Si las palabras crean mundos, las palabras de mierda crean un mundo de
mierda
Escribo esta reflexión a propósito, no tanto del
interesante artículo de Juan José Tamayo titulado “El racismo en Estados Unidos, una
enfermedad crónica” (https://www.religiondigital.org/el_blog_de_juan_jose_tamayo/racismo-eeuu-enfermedad-cronica_7_2721997775.html),
sino más propiamente del tema del racismo en los Estados Unidos de América. Hace
unos días publiqué en otra página web un artículo titulado “El
fascismo eterno” (https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/el-fascismo-eterno).
Recomiendo su lectura aunque sea un artículo mío.
Desafortunadamente, y como nos enseñan la lingüística y
la neurociencia, las palabras no describen el mundo sino que lo crean. Es más,
el relato del Génesis bíblico nos muestra que Dios llama al hombre a poner
nombre al mundo y a lo que en él habita. Cuando dices algo, esa cosa
"es", "está", es traída al mundo. Decir “criminal” o decir
“animales” nombra un mundo y lo crean. Hablar de "trabajo forzado" y
"pudrirse en prisión" hace que estas expresiones existan al
presentarlas como realidades mundanas y posibles, de hecho, ya existentes.
La transgresión que se convierte en regla; el coro de
voces cantando para cantar fuera del coro; la seguridad que se persigue a
través del aumento de las armas en circulación y la incitación a su uso; salvar
vidas humanas se convierte en un crimen; el victimismo como discurso de poder
(según la moderna enseñanza de Donald Trump): todas estas, y más, son
articulaciones homólogas a la anti libertad de los partidarios de la libertad.
La paradoja que, en lugar de negarlo, se alía con el
sentido común es la paradoja que anula las laboriosas conquistas y las costosas
adquisiciones de la especie humana y devuelve a sus individuos, uno a uno, a
clichés ya obsoletos, a creencias enterradas, a orígenes ancestrales: el miedo
al hombre negro; la segregación de los diferentes; el actual confinamiento de
los colectivos LGTBQ; la responsabilidad de los poderes ocultos por cada dolencia;
la defensa armada de espacios cerrados; la justicia sumaria y ejemplar en
sujetos identificados por estereotipos; la deuda para la reestructuración del
balance; la meritocracia de quienes no tienen curriculum; la inocencia de lo
inerte. Además del conformismo de que “te jodan”, existe el conformismo de la
paradoja. La lista de sus manifestaciones se puede hacer incluso más larga.
Quiero decir que seamos realistas: las palabras de mierda crean un mundo de mierda. Es el título de
esta reflexión.
En un país civilizado, en una democracia auténtica y no
sólo formal, en una modernidad racional e ilustrada, esto ciertamente no habría
sucedido: ‘santificar un golpista como Donald Trump’. Y en cambio es hasta lo
que ocurrió tras el ataque que sufrió. Porque la retórica dominante ha
eliminado el hecho de que Trump era (y sigue siendo) un golpista, un
antidemócrata radical, un soberanista y un racista, y no sólo en la propaganda
de la espectacular verborrea electoral, sino esencialmente un fascista, pero con
detrás de él, según las encuestas, hasta el 52% de los estadounidenses que
evidentemente comparten su ideología.
En realidad, Estados Unidos no es (nunca lo ha sido
realmente, excepto en la guerra contra el nazifascismo y en los movimientos
juveniles contra la guerra en Vietnam o en favor de los derechos civiles) un
país racional, ilustrado y liberal (bastaría con recordar a los asesinos de dos
Kennedy y a Martin Luther King).
Sobre todo, nunca han sido un país verdaderamente
democrático, incluso si quieren hacer creer a la gente que lo son, que son
efectivamente la mejor democracia del mundo, un modelo y un faro para toda la
humanidad. En nombre de su exportación, su modelo de democracia ha provocado
los peores desastres de su y de nuestra historia reciente, desde la ex
Yugoslavia hasta Irak, pasando por Libia y hoy apoyando militarmente el
genocidio -o como queramos llamarlo- y el colonialismo israelí en Palestina,
sancionado por la Internacional Tribunal de Justicia por ser contrario al
Derecho Internacional, sin olvidar el apoyo estadounidense al golpe del
fascista Pinochet en Chile en 1973).
Más bien -y no digo nada nuevo, pero tal vez sea útil
recordarlo- es un país gobernado por las oligarquías del dinero y de la industria,
por el complejo militar-industrial (el presidente Eisenhower ya lo había
entendido en 1961), hoy por Silicon Valley, con el contorno de los
fundamentalismos religiosos de una América donde incluso la fe se ha convertido
en una industria para consumidores de bienes religiosos.
Un país imperialista -¿cómo podemos negarlo, con más de
800 bases militares repartidas por todo el mundo y el deseo, ahora, de crear
efectivamente una OTAN global-, ciertamente no para defender la democracia, en
todo caso para defender sus intereses y los de su economía? Un modelo que
produce también de este modo siempre nuevos enemigos contra los cuales luchar.
Una vez que Donald Trump fue primero santificado, después
resulto coronado como candidato en las próximas e inmediatas elecciones presidenciales
por un partido republicano ahora indecorosamente arrasado por el
fascismo/trumpismo, siendo Donald Trump el último oligarca en la larga historia
oligárquica de Estados Unidos. “Tenía a Dios de mi lado”, dijo Donald
Trump, describiendo cómo sobrevivió a un disparo en el oído. Y si
fuera cierto habría que pensar que Dios también tiene algunos problemas si
apoya y defiende a Donald Trump, demostrando así que ya no sabe distinguir el
bien del mal, el bien del mal. Por supuesto, estoy ironizando. El asesinato
siempre debe ser condenado y estoy feliz de Donald Trump siga vivo; pero lo digo
para recordar que poner en tela de juicio a Dios es una antigua práctica de
poder (del peor poder), y a Dios siempre se le echa mano cuando sirve también, por
ejemplo, para su propia santificación: como precisamente para Donald Trump - y
si el 52% de los estadounidenses se reconocen en él, significa que Dios siempre
trabaja muy bien para la máquina de propaganda-.
En su discurso en la Convención Republicana también dijo,
y lo ha repetido en diferentes ocasiones, que quería ser una figura unificadora
-él que ha hecho de la violencia verbal y física su ideología- y que se postula
"para ser el presidente de toda América, no de la mitad de América",
añadiendo que Estados Unidos debe ser "salvado de un gobierno fallido e
incompetente", porque "bajo la administración Biden, Estados Unidos
se ha convertido en una nación en decadencia". Olvidando que la
decadencia ha durado mucho más y que se vuelve cada vez peor cuanto más crece
la arrogancia del poder estadounidense y su incapacidad (por egocentrismo y
narcisismo de identidad y por el deseo mesiánico de omnipotencia como verdadero
y único pueblo elegido) para entender que el mundo ha cambiado. El
candidato republicano se presenta como quien puede hacer que Estados Unidos
vuelva a ser grande cuando en realidad hasta puede ser sólo la expresión de la
última etapa de este declive.
El oligarca Donald Trump está obviamente al servicio de
la oligarquía económica y financiera, incluida la fósil, para la cual, como
dicen, es más fácil imaginar el fin del mundo -y el nuestro- que el fin del
capitalismo. Es decir, Donald Trump es una mezcla mortal -para la democracia y
para la biosfera- de soberanismo, negacionismo climático, neoliberalismo,
racismo, anarcocapitalismo, egoísmo/solipsismo del pueblo elegido, teocracia,
oligarquía y no democracia (ni siquiera formal), soberbia y soberbia, belicista
siempre y en cualquier caso - en fin (llamemos las cosas por su nombre) del
fascismo.
Si esta es la América trumpiana (también muskiana) que
nos espera, tal vez deberíamos abandonarla a su decadencia para salvarnos, es
decir, evitando convertirnos en aliados de su arrogancia -la decadencia puede
ser muy arrogante, la arrogancia de la voluntad de poder que se opone a su
propia decadencia. Sabiendo, sin embargo, que si Donald Trump es un oligarca
temporal, la de Musk y Silicon Valley es una oligarquía -y recordemos que la
oligarquía, desde la antigua Grecia, siempre está en contra de la democracia; y
por tanto la democracia, si quiere ser democracia, debe ser siempre
antioligárquico- que ahora parece consolidado y aceptado por muchos. Es
fascismo tecnológico. Mucho más peligroso que el fascismo político, que sin
embargo siempre ha estado y está al servicio del capital y hoy del
tecnocapitalismo.
Por lo tanto, tal vez deberíamos -como Europa- dejar a
Estados Unidos a su suerte y participar en la construcción de un mundo
diferente y, sobre todo, mejor. El problema es que nosotros, los europeos,
también somos americanos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF