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lunes, 14 de septiembre de 2026

El lugar de la memoria.

El lugar de la memoria

A los pies de la cruz. Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atractivos y complacientes. Y, sin embargo, precisamente esos lugares que más seducen son los más incapaces de cumplir lo que prometen.

 

Buscamos sin cesar relaciones y vínculos que nos ayuden a superar la soledad y la angustia, garantizándonos el amor, el verdadero, aquel que no sufre altibajos; y, a veces, nos parece haberlo encontrado ora en uno, ora en otro, solo para descubrir después que ese amor se desvanece cuando se agota el entusiasmo y el sentimiento.

 

A los pies de la cruz, si aceptamos no apartar la mirada de ella, descubrimos cuándo y qué es el amor verdadero. Descubrimos, de hecho, que no hay amor si no se acepta incluso la unilateralidad de la ofrenda cuando el otro nos da la espalda: «Así amó Dios al mundo…».

 

A los pies de la cruz aprendemos a reconocer la inconsistencia de nuestros éxitos y la falacia de nuestras ilusiones.

 

A los pies de la cruz, nuestras imágenes de Dios ligadas a manifestaciones de poder deben enfrentarse a un Dios cuyo amor acepta ser aniquilado con tal de no imponerse: allí, de hecho, se aniquilan el ídolo de la fuerza, del poder y del orgullo. Dios se deja aniquilar sin destruir.


A los pies de la cruz tocamos con nuestras propias manos cómo todo lo que en nosotros habla de vulnerabilidad y limitación, todo lo que en nosotros huele a barro y a lágrimas, es precisamente el aspecto de la humanidad con el que el Verbo de Dios celebra su unión esponsal, que nada ni nadie podrá romper jamás. Lo que más huele a contacto con la tierra es precisamente lo que más debe ser elevado.

 

A los pies de la cruz, por una gracia totalmente singular, precisamente aquellas partes de nosotros que más parecen traer destrucción y muerte se convierten en los canales por los que fluye una nueva savia vital.

 

A los pies de la cruz descubrimos una vez más que el camino que hay que recorrer es el contrario al que hemos seguido hasta ahora: Dios, de hecho, eleva lo que nosotros detestamos y humilla lo que nosotros exaltamos.

 

A los pies de la cruz reconocemos que Dios fija la cita con Él en aquellas situaciones, personas o realidades a las que nosotros nunca asignaríamos la tarea de revelar lo divino. También allí Dios se oculta. Y, sin embargo, está presente.

 

A los pies de la cruz aprendemos que, si bien Dios puede parecer oculto en no pocas ocasiones, no por ello podemos concluir que esté ausente. Nuestra historia, tanto personal como comunitaria, debe leerse como un lugar en cuyos pliegues se esconde un poder dinámico, rico en energías capaces de renovar y transformar, y que, sin embargo, permanece oculto y requiere una mirada muy especial para reconocerlo, acogerlo y valorarlo.

 

A los pies de la cruz reconocemos que lo que es «imagen del sufrimiento» puede ser también «imagen del amor de Dios», lo que es «imagen de impotencia» puede ser también «imagen de misericordia», lo que es «imagen del silencio» puede ser al mismo tiempo «imagen de una palabra particular del Señor».

 

A los pies de la cruz experimentamos la «grandeza» de Dios. A menudo caemos en la tentación de pensar que Dios se conforma con mucho menos. La cruz, en cambio, nos revela cómo el amor es escandalosamente excesivo hasta el punto de privarse de lo que Dios podía tener más querido: su Hijo.

 

«¡Ella guardaba todas estas cosas en su corazón!». Apartar la mirada del Crucificado equivale a una pérdida irreparable de la memoria, a la que intentamos hacer frente con antídotos que provocan una mayor esclerosis.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -.

 Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -

¿Por qué volvemos siempre a María? ¿Por qué, desde hace generaciones, hombres y mujeres siguen poniéndose en camino hacia Ella con su vida tal y como es? ¿Qué es lo que aún nos atrae hacia Ella que buscamos su mirada?

 

Sí, venimos a Ella porque buscamos una mirada. Necesitamos fijar nuestros ojos en los ojos maternales de la Madre, porque hay momentos en los que ya no sabemos mirarnos con la sinceridad de hijos...

 

El dolor estrecha la mirada, la culpa la rebaja, una decepción la amarga; a veces acabamos creyendo que somos solo lo que hemos hecho mal, lo que hemos perdido, lo que alguien ha dicho o pensado de nosotros.

 

Te lo confieso, Madre: esos tus ojos siempre me conceden la gracia de volver a empezar.

 

Es precisamente esto lo que venimos a encontrar en tus ojos: no solo consuelo, sino la posibilidad de volver a empezar; no la ilusión de que lo que ha sucedido pueda borrarse, sino la gracia de que lo que ha sucedido no tenga el poder de detenernos para siempre.

 

Necesitamos, pues, unos ojos que no nos reduzcan a nuestro error, a nuestra herida, a nuestra fragilidad. Necesitamos que nos miren de otra manera.


Tus ojos, Madre, son ojos maternales porque una madre sabe distinguir lo que un hijo ha hecho de lo que un hijo es. No ignora su debilidad, no finge que todo va bien,..., pero sigue viéndolo más allá de sus fracasos.

 

La mirada maternal no borra la verdad, sino que impide que la culpa o la derrota se conviertan en una sentencia definitiva.

 

Tu maternidad, María, no es distancia, superioridad ni privilegio. Eres Madre porque perteneces por completo a Dios y, precisamente por eso, sabes recordarnos a cada uno de nosotros a quién pertenecemos.

 

No creas súbditos, sino que levantas a los hijos. Tu mirada nos devuelve una dignidad que a menudo hemos perdido. Nos recuerda que somos más que nuestras caídas, más que el juicio de los demás, más que el mal que hemos cometido o sufrido.

 

Venimos a Ti, Madre, para volver a ponernos en pie.

 

Tu maternidad nos acoge tal y como somos. Tú, Madre, nos dices con tu mirada: puedes venir con tu fragilidad.

 

Y precisamente porque eres Madre, María, no fijas la mirada en ti misma. Nos enseñas a mirar hacia donde Tú miras.



El Evangelio te sitúa ante la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».

 

Es aquí donde comprendemos de verdad esos ojos que hoy contemplamos.

 

Son ojos que han visto la violencia, la humillación, el dolor del Hijo y no se han apartado. María ve la carne de su carne entregada a los hombres, escucha los insultos, siente los golpes, mira al Hijo crucificado... y permanece allí.

 

San Juan utiliza un verbo muy sencillo: «estaban».

 

Cuando podemos intervenir, resolver, cambiar algo, todavía nos parece que tenemos la situación bajo control.

 

Pero hay momentos en los que no podemos arreglar nada, no podemos borrar lo que ha sucedido, quitar el dolor a quienes amamos, devolver lo que se ha perdido. El amor, entonces, queda despojado de todo poder y solo le queda una posibilidad: no huir.



La tradición cristiana llama a esta permanencia de María «compasión». No se trata de una emoción superficial, sino de «sufrir con», de dejar que la herida del otro encuentre espacio dentro de nosotros.

 

La Pasión de Jesús es la com-pasión de Dios por el hombre. Dios no nos salva manteniéndose alejado de nuestra herida: entra en la carne, en la fragilidad, en la muerte.

 

María entra en ese mismo movimiento: no añade nada a la obra salvífica del Hijo, sino que se deja involucrar hasta el fondo.

 

Este es también el lugar del discípulo: no ser espectador de la cruz de Jesús ni de las cruces de los hombres.

 

Pero la grandeza de María no consiste simplemente en sufrir. El dolor no santifica automáticamente a nadie. Puede abrir el corazón o cerrarlo, puede hacernos más humanos o más duros.

 

San Juan no dice solo que María está junto a una cruz; dice que está junto a la cruz 'de' Jesús.

 

La cuestión cristiana no es cuánto dolor hemos conocido, sino junto a quién hemos permanecido mientras lo atravesábamos. La grandeza de María bajo la cruz es su fe, más aún que su sufrimiento.


Y es una fe puesta a prueba hasta el fondo. 


María había recibido promesas inmensas sobre ese Hijo: había oído que sería grande, que su Reino no tendría fin. Ahora lo ve clavado en la cruz. 


Podría haber preguntado: ¿por qué no bajas? ¿Por qué no te salvas a ti mismo? ¿Por qué no me libras también a mí de este dolor?

 

Y, sin embargo, se queda.

 

Su fe no consiste en comprender, sino en quedarse y permaneces, en estar, en no romper la relación cuando ya no comprende.

 

También por eso buscamos tus ojos, Madre. Porque los nuestros, cuando no comprenden, se vuelven fácilmente recelosos hacia Dios. Nos gustaría una presencia divina que impidiera el mal, resolviera, protegiera y sanara. y Tú no recibes una explicación del dolor sino que recibes a un Hijo crucificado.

 

Y precisamente allí, Madre, descubres que Dios no salva permaneciendo al margen de la herida del hombre. La cruz no dice que Dios ame el dolor; dice que ya no hay dolor en el que Él se niegue a entrar.

 

La compasión de María llega aún más lejos, porque bajo la cruz no solo se le pide que comparta el dolor de su Hijo, sino que entre en la forma en que su Hijo atraviesa el dolor.


«Padre, perdónalos».

 

El mal, de hecho, no solo quiere hacernos daño, sino que intenta deformarnos. Quien nos humilla querría enseñarnos a humillar; quien nos traiciona querría hacernos incapaces de confiar; quien nos hiere querría convencernos de que la única respuesta posible es devolver la herida.

 

María no concede al mal este poder, sino que permanece libre para amar.

 

Aquí comprendemos aún mejor la serenidad de sus ojos: son serenos porque no se dejan esclavizar por el mal que han visto. 


La verdadera serenidad es esta libertad interior, la posibilidad de no dejar que el pecado o el juicio de los demás decidan quiénes somos.


Entonces Jesús mira a su madre y al discípulo: «Mujer, he aquí a tu hijo». «He aquí a tu madre».

 

En el lugar de la muerte nace una relación. María pierde al Hijo que ha engendrado y recibe hijos que no había engendrado. El discípulo pierde al Maestro y recibe una Madre. Allí donde la muerte parece solo quitar, Cristo confía una nueva pertenencia.

 

«Desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa».

 

Acoger a María en nuestra casa significa dejar que su mirada penetre en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos y de mirar a los demás. Significa aprender a no emitir juicios definitivos sobre las personas, a seguir viendo dignidad allí donde todo parece haberla borrado.

 

¿Qué queremos buscar en tus ojos maternales, María?

 

Venimos a buscar una mirada que nos acoja sin humillarnos y que, precisamente porque nos acoge, no nos deje prisioneros de lo que nos hemos convertido.

 

Venimos a buscar el recuerdo de nuestra dignidad de hijos amados.

 

Venimos a buscar a alguien que, mientras nosotros solo vemos nuestra herida, siga viendo al hijo; mientras bajamos la mirada, siga recordándonos que estamos hechos para mantenernos en pie.

 

Ante Ti no nos sentimos pequeños porque Tú seas grande. Tu grandeza nos devuelve la nuestra porque una Madre nos recuerda nuestra dignidad de hijos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -

Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega.

 

Porque existe una religiosidad que no es ascensión, sino caída en el abismo de la propia imagen.

 

Es la religión de la auto-exaltación, un Templo construido no para el Eterno, sino para el pedestal del yo.

 

Llena al hombre y a la mujer de sí mismos, satura sus venas de un orgullo que hincha el pecho pero reseca el alma.

 

Es un veneno disfrazado de incienso.

 

Pero el Misterio, ese Fuego que no se consume, no habita en lo pleno, sino en el vacío.


El verdadero contacto con el Infinito no añade capas de presunción, sino que arranca las vestiduras de la hipocresía.

 

Es la Kénosis: el vaciamiento sagrado, el desierto interior donde por fin calla el ruido de la ambición.

 

¿Por qué intentamos escalar el cielo cargando sobre los hombros el peso de nuestro orgullo? ¿No sabemos que la puerta del Templo es baja, y que solo quien se agacha puede atravesarla?

 

Quien se envanece no puede entrar; quien se eleva por encima de los demás se priva del abrazo del Altísimo.

 

¿Por qué podemos decir que la humildad es el signo seguro del encuentro?

 

Porque la humildad no es debilidad, sino espacio sagrado.

 

Es el seno que se hace cóncavo para acoger la Palabra.


En un corazón egocéntrico no hay lugar para el Misterio, ni para el hermano, ni para la hermana: solo hay el monólogo estéril de un rey sin reino.

 

Al hombre y a la mujer que realmente han encontrado el Misterio los reconoces por su andar: es dócil, no pisotea.

 

Es atento, no ignora.

 

Él sabe que cada respiración es un don gratuito, no un mérito conquistado.

 

No hace alarde de su piedad como si fuera un trofeo, porque quien ha visto el Sol ya no necesita encender pequeñas luces para que le miren.

 

En el corazón del orgulloso habita una tensión perpetua.

 

Es esclavo del juicio, mendigo de aprobación, dispuesto a humillar al otro para sentirse tan solo un palmo más alto.

 

La suya es una paz armada, que tiembla ante cualquier viento de crítica.


En el corazón del humilde habita la quietud del mar profundo.

 

Él no busca el aplauso del mundo, porque su nombre ya está escrito en el silencio del Misterio.

 

Le basta con hacer el bien, como la flor emana perfume sin preguntar quién la olerá.

 

Que este sea, pues, nuestro discernimiento: si el camino que seguimos nos vuelve ásperos, críticos y engreídos de nuestra supuesta santidad, ¡huyamos!

 

Ese no es el camino del Misterio, sino el laberinto de nuestro ego.

 

El camino del Espíritu es paz, mansedumbre y justicia.

 

Es el retorno a lo esencial.

 

¡Vaciémonos, pues!

 

Deshagámonos del lastre de nuestro yo para que lo Invisible pueda por fin establecer su morada, habitar en nuestros miembros y transformar nuestro orgullo en polvo, y nuestro polvo en luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -.

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -

Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.

 

Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en moneda de cambio.

 

Las palabras que debían abrir de par en par los brazos del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras diabólicas.

 

Una tergiversación meticulosa, obra de mentes perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.

 

Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.

 

Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que han traicionado el ejemplo para servir al poder.


Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.

 

Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.

 

Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a desvelar su núcleo de fuego.

 

A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.

 

Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de la hipocresía.

 

Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven derrumbarse su castillo de mentiras.

 

Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de la verdad pasa por la oposición de los corruptos.

 

¡Contemplemos la Cruz!


Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.

 

Ya no hay lugar para tergiversaciones ni malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era de los mercaderes.

 

Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.

 

La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar, sino un Hombre al que hay que seguir.

 

La época de los conceptos y las mistificaciones ha llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el abismo que ella misma ha cavado.

 

La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de la sangre de machos cabríos…

 

No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos tras la que ocultar el vacío del corazón.

 

Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.


Pero he aquí que el velo se rasga.

 

La verdad ahora tiene un rostro.

 

Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.

 

La verdad es un hombre.

 

No es algo que se posea en la mente, sino alguien a quien escuchar y seguir.

 

No es una meta que alcanzar al final de un razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.

 

No se estudia: se sigue.

 

No se analiza: se ama.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 14 de abril de 2026

Mujeres de Pasión.

Mujeres de Pasión

 

A menudo son las mujeres las que hacen 

que la humanidad sea humana, 

que la sociedad sea social, 

que la comunidad sea común, 

que la población sea un pueblo… 

Su amor une, construye, fecunda y engendra.

Es un amor presente allí donde la vida es amenazada y agoniza. 

A menudo es su corazón el que da vida al tejido humano.

 

Las guerras son también plagas del alma. Su virus de violencia se extiende, contagia, actúa a distancia e infecta los corazones de muchas más personas que las directamente implicadas en el conflicto armado.

 

Es un mal común y global de la humanidad, que merma el bien de todos y hace que la Tierra pierda su belleza. Ya habíamos salido enfrentados de tantos y tantos conflictos, pero el enfrentamiento se sigue multiplicando…

 

El Evangelio de Marcos, el más antiguo de los Evangelios nos dice que bajo la cruz solo había mujeres, y entre ellas María Magdalena; mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén.

 

Los hombres habían huido todos. No solo Judas lo había traicionado, sino que también Pedro y todos sus Apóstoles lo habían traicionado.

 

Las mujeres no. Todos huyen del Crucificado, las mujeres se quedan. 


Quizás fueron esas mujeres las que contaron a Marcos y a los evangelistas la escena de la Pasión y así ha llegado hasta nosotros: entre nuestros ojos y esos hechos hay ojos de mujeres, que vieron, amaron y contaron. Una compañía femenina fiel y maravillosa.

 

Las mujeres están, saben estar bajo las cruces de los amigos. Siempre lo han hecho y siguen haciéndolo.

 

Este cuadro de carne es un homenaje a todas las mujeres, una imagen erigida para todas aquellas mujeres anónimas y olvidadas que supieron y saben estar bajo las cruces.

 

El stabat es el verbo de la madre, es el verbo de las mujeres.

 

La imagen recrea una escena viva de la verdadera pasión, encarnada, crucificada. Es una imagen que nos hace revivir el Gólgota, que saca ese relato de la literatura y lo hace resurgir.

 

U recordaba hoy que el ágape es imprudente, parcial, partidista, desequilibrado y por eso fue crucificado. Otros en lugar de Jesús habrían encontrado una salida del Calvario, habrían encontrado compromisos y salvaciones menos complejas y difíciles, más económicas.

 

Jesús no; su fidelidad a su propia vocación lo llevó hasta el final, hasta la cima, y allí fue clavado de verdad, murió de verdad y, por tanto, resucitó de verdad.

 

Las mujeres acompañaron a Jesús y cuidaron de Él en cada etapa de su ministerio. Los Evangelios nos dicen que las mujeres también fueron, de hecho, discípulas: financiaron su ministerio, abrieron sus casas a Jesús y a los suyos durante sus itinerarios y mucho más.

 

Y un grupo de estas mujeres también estuvo presente en la crucifixión, presenciando el acontecimiento. A algunas de ellas se las nombra, pero a muchas otras no.

 

¿Cuántas «otras mujeres que habían subido con él a Jerusalén», como dice Marcos, estaban presentes?


 

Los Evangelios también nos dicen que fueron las mujeres las que siguieron el cuerpo mientras lo llevaban al sepulcro, para ver dónde era enterrado y poder celebrar los ritos del entierro. A lo largo de toda la historia de la crucifixión, las mujeres estuvieron allí.

 

Independientemente del Evangelio que se lea para comprender el acontecimiento de la pasión, las mujeres mencionadas en los cuatro relatos evangélicos eran las guardianas de la cruz, y éste es un hecho innegable.

 

Si examinamos con atención los relatos de la Pasión, descubrimos que Dios repara la injusticia de la crucifixión de Jesús ANTES de la resurrección, cuando reúne a la amada comunidad de mujeres en torno a Jesús para que le asistan en su Pasión y Muerte en Cruz.

 

Si bien solemos decir que el origen de la Iglesia tuvo lugar en el Cenáculo, en el acontecimiento que conocemos como Pentecostés, está claro que, si consideramos atentamente la crucifixión, la muerte y la resurrección de Jesús, Dios construyó la comunidad de Jesús en la Cruz, donde las mujeres velaron.

 

No se puede subestimar la importancia de esta observación. La Iglesia de Jesús fue formada entorno a la Cruz, con la plena participación de las mujeres.

 

Con las mujeres, nuevas cireneas, podemos nosotros subir a todos y cada uno de los Calvarios, sentir en nuestra carne los demasiados clavos y lanzadas que siguen crucificando a hombres y mujeres, y por fin ver al Hombre de Dolores.

 

Una contemplación así hasta nos puede ayudar a asomarnos más y mejor a la realidad de los crucificados de la historia: sacramento concreto y real, eficaz y vivo del Ecce Homo desfigurado.

 

Y pienso que la resurrección comenzó dos días antes, bajo una madera más viva de lo habitual. Porque las verdaderas resurrecciones no comienzan en el sepulcro vacío... sino que lo hacen en el Gólgota. Y allí, siempre están algunas mujeres.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...