El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -
Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega.
Porque existe una religiosidad que no es ascensión,
sino caída en el abismo de la propia imagen.
Es la religión de la auto-exaltación, un Templo
construido no para el Eterno, sino para el pedestal del yo.
Llena al hombre y a la mujer de sí mismos, satura sus
venas de un orgullo que hincha el pecho pero reseca el alma.
Es un veneno disfrazado de incienso.
Pero el Misterio, ese Fuego que no se consume, no
habita en lo pleno, sino en el vacío.
El verdadero contacto con el Infinito no añade capas de presunción, sino que arranca las vestiduras de la hipocresía.
Es la Kénosis: el vaciamiento sagrado, el desierto
interior donde por fin calla el ruido de la ambición.
¿Por qué intentamos escalar el cielo cargando sobre
los hombros el peso de nuestro orgullo? ¿No sabemos que la puerta del Templo es
baja, y que solo quien se agacha puede atravesarla?
Quien se envanece no puede entrar; quien se eleva por
encima de los demás se priva del abrazo del Altísimo.
¿Por qué podemos decir que la humildad es el signo
seguro del encuentro?
Porque la humildad no es debilidad, sino espacio
sagrado.
Es el seno que se hace cóncavo para acoger la Palabra.
En un corazón egocéntrico no hay lugar para el Misterio, ni para el hermano, ni para la hermana: solo hay el monólogo estéril de un rey sin reino.
Al hombre y a la mujer que realmente han encontrado el
Misterio los reconoces por su andar: es dócil, no pisotea.
Es atento, no ignora.
Él sabe que cada respiración es un don gratuito, no un
mérito conquistado.
No hace alarde de su piedad como si fuera un trofeo,
porque quien ha visto el Sol ya no necesita encender pequeñas luces para que le
miren.
En el corazón del orgulloso habita una tensión
perpetua.
Es esclavo del juicio, mendigo de aprobación,
dispuesto a humillar al otro para sentirse tan solo un palmo más alto.
La suya es una paz armada, que tiembla ante cualquier
viento de crítica.
En el corazón del humilde habita la quietud del mar profundo.
Él no busca el aplauso del mundo, porque su nombre ya
está escrito en el silencio del Misterio.
Le basta con hacer el bien, como la flor emana perfume
sin preguntar quién la olerá.
Que este sea, pues, nuestro discernimiento: si el
camino que seguimos nos vuelve ásperos, críticos y engreídos de nuestra
supuesta santidad, ¡huyamos!
Ese no es el camino del Misterio, sino el laberinto de
nuestro ego.
El camino del Espíritu es paz, mansedumbre y justicia.
Es el retorno a lo esencial.
¡Vaciémonos, pues!
Deshagámonos del lastre de nuestro yo para que lo
Invisible pueda por fin establecer su morada, habitar en nuestros miembros y
transformar nuestro orgullo en polvo, y nuestro polvo en luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario