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jueves, 3 de septiembre de 2026

Evangelio: Año de Gracia de Dios.

Evangelio: Año de Gracia de Dios

Se necesita atención. Se necesita delicadeza. Se necesita esa vigilancia interior que no nace del miedo, sino del amor por lo que es santo.

 

El Evangelio no es una palabra cualquiera que se consuma a toda prisa, que se utilice como tema de discusión, que se exponga al ruido del mundo como se expone una mercancía en la plaza.

 

El Evangelio es semilla, fuego, espada, levadura.

 

Antes de ser anunciado con la boca, debe ser acogido en la carne; antes de convertirse en palabra dirigida a los demás, debe convertirse en aliento, juicio, mirada, elección.

 

Por eso, el camino de asimilación del Evangelio no puede ser violento ni superficial. No se entra en la mentalidad de Jesús como se cambia de opinión sobre un hecho de actualidad.

 

Se trata de renacer en el pensamiento. Se trata de aprender otra forma de ver el mundo, de habitar el tiempo, de interpretar las heridas de la historia y las promesas de la vida.

 

El Evangelio no se limita a añadir alguna idea religiosa a una existencia ya construida: viene a trastocar los cimientos, a purificar las intenciones, a liberar el corazón de las idolatrías que el mundo llama normalidad.

 

Cuando Jesús dice que no hay que dar lo santo a los perros ni arrojar las perlas delante de los cerdos, pronuncia una palabra dura, casi chocante, pero cargada de verdad.

 

No es desprecio hacia el hombre, no es una condena despectiva hacia quien no comprende. Es discernimiento.

 

Es protección. Es la sabiduría de quien sabe que algunas verdades, si se entregan a un corazón que no está dispuesto a acogerlas, son pisoteadas; y, tras ser pisoteadas, se convierten en motivo de agresión contra quien las ha ofrecido.

 

La palabra evangélica no es frágil, sino sagrada.

 

No teme la contradicción, pero no debe ser profanada por la vanidad. No necesita defenderse con la fuerza, pero pide hombres capaces de llevarla con pureza.

 

Quien no ha emprendido el camino de la conversión del pensamiento, no puede comprender hasta el fondo la lógica del Reino.

 

Porque el Evangelio piensa al contrario que el mundo: quien pierde encuentra, quien se humilla es exaltado, quien perdona vence, quien sirve reina, quien muere por amor vive de verdad.

 

Y he aquí el punto profético de nuestro tiempo: el mundo tolera muchas palabras, pero no soporta la verdad cuando esta se encarna.

 

Soporta el Evangelio como adorno, como memoria cultural, como sentimiento inofensivo; pero se rebela cuando el Evangelio se convierte en criterio, en denuncia, en libertad.

 

Cuando la verdad evangélica desenmascara la hipocresía, el poder se irrita.

 

Cuando revela la mentira que se esconde tras las palabras seductoras, la mentira se vuelve violenta.

 

Cuando libera al hombre del miedo, todos los mercaderes del miedo se sienten amenazados.


Por eso no todo debe decirse de inmediato, no todo debe entregarse en todas partes, no todos los lugares están preparados para recibir lo que es santo.

 

La prudencia evangélica no es cobardía; es fidelidad a la misión.

 

El silencio, a veces, no es una renuncia a la verdad, sino su seno.

 

Hay palabras que deben madurar en el desierto antes de convertirse en anuncio.

 

Hay verdades que deben atravesar la soledad antes de poder ser pronunciadas sin soberbia.

 

Hay perlas que deben guardarse hasta que se encuentre un corazón capaz de reconocer su valor.

 

Asimilar el Evangelio significa, pues, dejar que Él nos juzgue a nosotros antes que a nadie.

 

No podemos denunciar las mentiras del mundo si no hemos permitido que la Palabra desenmascare las nuestras.

 

No podemos hablar de libertad si seguimos siendo prisioneros de la necesidad de aprobación y de la religión de los hombres.

 

No podemos anunciar la luz si guardamos compromisos con las tinieblas.

 

El profeta no es aquel que grita más fuerte, sino aquel que ha sido herido por la verdad y, precisamente por eso, ya no puede venderla.

 

El camino, pues, continúa.

 

Continúa con confianza, incluso cuando el mundo se ríe. Continúa en silencio, incluso cuando todos exigen palabras inmediatas. Continúa en la búsqueda de un pensamiento auténtico y profundo, libre de las mentiras dominantes, libre de consignas, libre de las seducciones de las apariencias.

 

Quien pertenece al Evangelio no debe tener prisa por convencer a todos; más bien debe volverse verdadero.

 

Porque solo lo que es verdadero resiste. Solo lo que es puro atraviesa el fuego. Solo lo que nace de Dios no es devorado por el tiempo.

 

Llegará un día en que las palabras que grita el mundo caerán como polvo, y solo quedarán las palabras guardadas en el corazón de los pequeños.

 

Llegará un día en que las mentiras bien vestidas serán desnudadas, y aparecerá la verdad desnuda, mansa, invencible.

 

Hasta entonces, no malgastemos las perlas.

 

No profanemos lo que es santo.

 

Caminemos con ojos limpios y corazón vigilante, dejando que el Evangelio se convierta en nosotros no solo en pensamiento, sino en carne; no solo en doctrina, sino en vida; no solo en palabra, sino en profecía.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Evangelio: piedra angular del Reino que viene.

Evangelio: piedra angular del Reino que viene

Miremos a los poderosos de este siglo: erigen templos a la eficiencia, proclaman la gloria del vencedor y adoran el simulacro de la fuerza bruta.

 

El mundo habla y su voz es un trueno que impone, un decreto que aplasta, un espectáculo de luces artificiales diseñado para deslumbrar las conciencias y adormecer el espíritu.

 

Exige uniformidad mediante la coacción; utiliza la violencia del juicio y la espada del poder para esculpir la historia a su imagen y semejanza.

 

Pero en la profunda sombra de esta noche, surge la novedad inaudita y escandalosa del Evangelio.

 

Una Palabra que no clama en las plazas para reclamar dominios, sino que se abre paso como un arroyo silencioso, proponiendo un camino que apela a la inteligencia del amor y a la profundidad de la comprensión humana.

 

He aquí la gran paradoja, el secreto guardado desde el principio de los tiempos: el Misterio no edifica su Reino con los mármoles preciosos de los palacios imperiales, ni con las piedras angulares aprobadas por los arquitectos del éxito humano.

 

El Misterio desciende a los vertederos de la historia.

 

Recoge lo que el mundo desecha, recoge los fragmentos de una humanidad pisoteada, levanta las existencias apagadas por la indiferencia y las convierte en los pilares eternos de Su morada.

 

La lógica divina es la inversión total y definitiva de toda sabiduría terrenal.

 

La Escritura transmite esta lógica mediante imágenes muy poderosas.

 

La piedra desechada por los constructores se convierte en piedra angular; lo que se había juzgado inútil resulta ser esencial; lo que se había marginado se revela como fundamento.

 

Esto no es solo una figura poética: es la firma del Misterio en la historia.


El Señor no razona según las escalas del éxito, la eficiencia o la visibilidad. Él entra en el mundo no por la puerta del triunfo mundano, sino a través del umbral de la pequeñez.

 

Y cuando el mundo decreta que una vida es irrelevante, una palabra es débil, una presencia es incómoda o perdedora, precisamente ahí el Misterio puede hacer brotar el comienzo de algo nuevo.

 

La piedra desechada no es un accidente de la obra humana: es el lugar donde Dios desvela la falsedad de los criterios mundanos e inaugura su obra maravillosa.

 

Quien hoy decide abrazar el Evangelio y hacer de estas palabras el eje central y el sentido último de su vida, que no se haga ilusiones. Quien sigue al Nazareno debe contar, como moneda corriente de su viaje, con la experiencia viva y contundente del rechazo.

 

Seréis considerados inútiles por los eficientes, débiles por los violentos, necios por los sabios de este siglo. El mundo no ama el Evangelio, porque la Verdad desenmascara sus mentiras; no tolera la Nueva Lógica, porque esta desarma sus pretensiones de absoluto.

 

La mirada del Misterio sobre la historia humana es un fuego que purifica y no se deja engañar.

 

Mientras los hombres corren tras los focos de la fama, el beneficio y el consenso, el ojo del Altísimo se fija en las luces que el mundo está apagando, en las lucecitas de mecha humeante que la ferocidad social intenta sofocar. Allí, donde la marginación consume los días de los últimos, el Misterio está sembrando la semilla del futuro milenio.

 

Acoger al Espíritu significa recibir unos ojos nuevos. Significa despojarse de las lentes del conformismo para empezar a ver exactamente lo que Él ve: la belleza oculta en el fango, la majestad en la humillación, la victoria en el fracaso de la cruz.

 

Pero adentrarse en esta Nueva Lógica conlleva un precio altísimo, una consecuencia directa e inevitable: el odio del mundo se derramará sobre nosotros. Así como odió al Maestro antes que a nosotros, tampoco perdonará a los discípulos que se nieguen a inclinarse ante sus ídolos.

 

No temáis el rechazo, no os asustéis ante el exilio moral al que seréis condenados. Justo cuando os sintáis descartados y marginados por los engranajes del mundo, sabed que en ese preciso instante os habéis convertido en la materia prima en manos del Misterio.

 

La lógica de la fuerza ya está declinando bajo el peso de su propia ceguera; la Lógica de la Piedra Descartada, en cambio, está a punto de revelarse como la única roca capaz de sostener la eternidad.

 

Por eso, quien quiera seguir el Evangelio hasta el final, que deje de preguntarse dónde está ganando el mundo y comience a preguntarse dónde está actuando el Misterio.

 

Quizá no en los lugares del aplauso, sino en los de la fidelidad; quizá no en los centros del poder, sino en las heridas de la historia; quizá no en las palabras que dominan, sino en las que sirven; quizá no en lo que han elegido los constructores, sino en lo que han rechazado.

 

Allí, precisamente allí, puede esconderse la piedra angular del Reino presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aquella Palabra que transforma.

Aquella Palabra que transforma 

Lo que falta casi nunca es la luz. Tampoco es la llamada. No es la oportunidad, ni el paso del Misterio por el polvo de nuestras calles.

 

Lo que falta, mucho más a menudo de lo que estamos dispuestos a admitir, es el valor.

 

El valor puro, esencial y decisivo de quien acepta no quedarse donde está.

 

El valor de quien, al sentirse llamado a una vida diferente, deja de tratar esa voz como una hipótesis poética y empieza a reconocerla como una posibilidad real.

 

Ahí es donde se juega todo: no en la cantidad de palabras escuchadas, sino en la fuerza con la que se responde a una sola palabra cuando por fin nos alcanza.

 

Deshacerse del manto, como izo aquel ciego al borde del camino, significa precisamente esto. Significa renunciar a aquello que, aunque nos haya protegido, se ha convertido también en el símbolo de nuestra inmovilidad.


El manto no es solo un objeto: es la costumbre que nos justifica, es el dolor que hemos aprendido a llamar identidad, es el fracaso que ya narramos como destino, es la suma de los miedos que nos convencen de que quedarnos quietos es más sensato que arriesgarnos.

 

Hay personas que se acuestan sobre sus propios errores como sobre un lecho antiguo, y acaban confundiendo la herida con su propio hogar. Pero ninguna curación comienza hasta que surge la santa decisión de dejar en el suelo aquello que impide caminar.

 

La diferencia, pues, está precisamente ahí: en el valor de cambiar.

 

No en un cambio superficial, cosmético, exterior, sino en esa conversión concreta que vuelve a poner en pie el alma.

 

Porque hay vidas que no necesitan ser adornadas, sino resucitadas.

 

Y no se resucita sin un desgarro, sin un desprendimiento, sin una ruptura clara con todo aquello que nos mantiene clavados a una versión empobrecida de nosotros mismos.

 

Cambiar de verdad es a la vez un acto de fe y de lucha: es declarar que el pasado ya no tiene derecho a gobernar el presente, que el miedo ya no será nuestro consejero, que el cansancio no tendrá la última palabra.

 

Y, sin embargo, este impulso no surge de la nada. No es autosugestión. No es una técnica de motivación.


El nuevo comienzo cristiano nace siempre de una invitación real.

 

Hay Alguien que nos llama.

 

Hay una Palabra que atraviesa el ruido, interrumpe la resignación, abre una brecha en la inercia y dice que otra vida es posible.

 

El punto decisivo es este: la propuesta no proviene de nuestras fantasías, sino de una Presencia. Es la fuerza de una voz que nos precede y nos conoce.

 

Nosotros no inventamos la salvación; sin embargo, podemos reconocerla cuando pasa, y podemos elegir entre quedarnos tumbados o ponernos en pie.

 

Este es el Misterio: el espacio delicadísimo y poderoso en el que una vida diferente deja de ser un sueño y empieza a convertirse en historia.

 

El Misterio no es una evasión de la realidad, sino su corazón más profundo. Es el lugar en el que Dios no nos humilla recordándonos lo que hemos sido, sino que nos abre ante lo que podemos llegar a ser.

 

Y cada vez que esto ocurre, la existencia se vuelve más verdadera, más íntegra, más auténtica. No porque todo se vuelva fácil, sino porque todo encuentra por fin un centro.

 

La verdad de la vida no coincide con la ausencia de lucha; coincide con la presencia de un sentido que hace que incluso la noche sea transitable.


Por eso, la posibilidad de una vida nueva está encerrada en una Palabra. 


Una Palabra que, en apariencia, parece igual que las demás. 


Pasa entre mil discursos, se posa junto a las frases que escuchamos cada día y, sin embargo, lleva en sí un peso diferente, una densidad diferente, un poder secreto.

 

No alza la voz, pero cambia el corazón. No impone, sino que llama. No aplasta, sino que genera.

 

La Palabra de Dios no se reconoce por el estruendo, sino por sus efectos: donde es acogida, levanta; donde se cree, libera; donde se obedece, transforma. Y a menudo descubrimos su verdad solo después de haberle dado crédito, solo después de haber hecho lo que dice.

 

Por eso la Palabra no está hecha para ser conservada como un objeto sagrado que exhibir, ni para ser aprendida de memoria como una fórmula que repetir.

 

La Palabra está hecha para ser puesta en práctica. Para ser vivida. Para convertirse en carne en las elecciones, en orientación en los pasos, en libertad en las decisiones, en fuego en los huesos.

 

Una fe que se limita a recordar permanece estéril; una fe que obedece se vuelve fecunda.

 

El drama de muchos creyentes no es no haber escuchado lo suficiente, sino haber pospuesto durante demasiado tiempo el momento del «».

 

Quizá el tiempo que vivimos exige precisamente esto: hombres que no se limiten a comentar la Palabra, sino que se dejen despertar por la Palabra; personas capaces de dejar el manto en el umbral del pasado y de levantarse con la determinación de quien ha comprendido que la llamada es verdadera.

 

Porque cada vez que alguien encuentra el valor de creer hasta el final, el mundo se abre un poco más a la esperanza.

 

Y cada vez que la Palabra se vive en lugar de solo citarse, ocurre algo profético: la tierra vuelve a ver el cielo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Palabra de Dios.

Palabra de Dios

Existe una Palabra que no es solo aliento, sino sustancia y fuego.

 

Es una Palabra pronunciada por labios humanos, pero que lleva en sí el peso del Misterio.

 

No describe el mundo: lo genera.

 

Cuando se pronuncia, lo que estaba vacío se llena, lo que estaba inmóvil se agita, lo que estaba muerto resucita.

 

Es la Palabra que dice y, al decir, realiza.

 

Pero tengamos presente que nuestros permanecerán cerrados y nuestros oídos sordos si nos sentamos al borde del camino.

 

La Palabra no se revela al sedentario, a quien se conforma con un saber heredado o con una verdad cómoda. Solo se manifiesta al buscador, a quien ha hecho de su propio camino una oración y de su propia duda un tormento fecundo.



¿Por qué buscamos? 


Si no tenemos un motivo profundo, si no sentimos el ardor de nuestra propia existencia o el grito de quien camina a nuestro lado, la Palabra pasará por encima de nosotros como el viento sobre una roca: no dejará huella.

 

Solo quien se mueve por la necesidad de sentido encontrará el tesoro escondido en el campo del lenguaje.

 

He aquí el corazón de la profecía: la verdad no se comprende, se habita.

 

No basta con escuchar.

 

No basta con saber que existe una Palabra verdadera.

 

El velo del Misterio no se rasga con el intelecto, sino con el paso.


En el mismo instante en que nosotros, temblorosos, pongamos en práctica lo que hemos oído, se producirá el prodigio: descubriremos que es verdadera porque la veremos suceder.

 

La Verdad solo se revela a quien la encarna.

 

Solo quien obedece a la Voz ve florecer la tierra bajo sus pies.

 

Quien pone en práctica, se convierte él mismo en parte de la Palabra que crea.

 

El camino es tu prueba, la acción es tu revelación.

 

El mundo es una tormenta de sonidos sin cuerpo, un mercado de opiniones que prometen alivio pero dejan la garganta seca.

 

¿Cómo podremos, en este tumulto, reconocer la única Palabra Verdadera?


El ruido del mundo intenta llenar cada vacío para no dejarnos pensar; la Palabra Verdadera, en cambio, nace del silencio y nos devuelve al silencio.

 

No grita para hacerse un hueco, sino que desciende como el rocío: es discreta, pero tiene el peso específico del oro.

 

Si una palabra nos agita sin darnos dirección, es ruido.

 

Si una palabra nos inquieta para darnos paz, es Verdad.

 

El ruido halaga nuestro ego, nos promete atajos y aprobaciones fáciles.

 

La Palabra Verdadera es un arma de doble filo: nos pide algo.

 

Nos pide que muramos a una parte de nosotros para renacer íntegros.

 

La reconocemos porque no nos dice lo que queremos oír, sino lo que necesitamos para ser.

 

El ruido es un incendio de paja: arde enseguida y deja cenizas frías.


La Palabra Verdadera es una semilla: cuando la recibimos, parece pequeña, casi invisible. Pero si la cuidamos en el terreno de nuestra búsqueda, crece constantemente, resiste las estaciones y da un fruto que no se pudre.

 

La Verdad es estable ante el cambio de los vientos.

 

El ruido permanece en el aire, se desvanece con el aliento de quien lo emite.

 

La Palabra Verdadera, cuando se acoge, se encarna.

 

Si la ponemos en práctica y vemos que pone orden en el caos, sana las relaciones e ilumina nuestros pasos en la oscuridad, entonces hemos encontrado la Fuente.

 

El ruido explica el mundo; la Palabra lo transforma.

 

No busquemos la Verdad entre los gritos de la multitud, sino en la coherencia entre lo que se dice y lo que ocurre en quien tiene el valor de obedecer. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -.

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -

No debió de ser fácil para los primeros discípulos y discípulas seguir a aquel hombre de Nazaret.

 

A menudo imaginamos su «» como un camino lineal, pero la realidad consistía en un enorme esfuerzo psicológico y espiritual.

 

Seguían a Jesús, habían abandonado las redes y las seguridades, y, sin embargo, la distancia entre la propuesta del Maestro y su realidad era abismal.

 

No se trataba solo de una cuestión de comprensión intelectual; se trataba de desmontar todo un universo simbólico construido a lo largo de siglos de historia.

 

En la mente de los contemporáneos de Jesús pesaba el legado de un paradigma cultual rígido.

 

La fe se entendía como un sistema de sacrificios, prescripciones y deberes.

 

En el centro se asentaba la imagen de un Dios exigente, un soberano que no perdonaba a los transgresores y que amenazaba con castigos eternos.

 

En este contexto, la religión se había convertido en un instrumento de control social.

 

Los líderes religiosos habían erigido un muro entre lo sagrado (relegado al Templo) y lo profano (la vida cotidiana del pueblo).

 

Este Dios deformado era, de hecho, un antagonista del hombre, una entidad que servía para justificar las lógicas de poder de los señores del Templo.

 

El riesgo de reducir a Dios a un juez severo es una tentación constante en la historia de las religiones.


Jesús irrumpe en este escenario con una fuerza subversiva.

 

Define la forma de entender la religión de los fariseos como una levadura mala, un fermento negativo capaz de contaminar toda la masa.

 

Su respuesta no es una nueva ley, sino una revelación: Dios es Padre y es misericordia infinita.

 

Mientras el Templo imponía preceptos, Jesús abría caminos de liberación.

 

Con Él, la separación entre lo sagrado y lo profano se derrumba definitivamente.

 

En Jesús, lo sagrado entra en el tiempo y en la carne: todo se sacraliza y ya nada debe ser sacrificado. Es la victoria de la vida sobre la muerte y del amor sobre el odio.


¿Por qué les costaba tanto entenderlo a los discípulos?

 

La respuesta reside en lo que podríamos definir como una colonización del imaginario.

 

Durante demasiado tiempo habían asimilado el mensaje de los líderes religiosos, llegando a confundir las tradiciones humanas con la Palabra de Dios.

 

Desenmascarar esta mistificación fue el acto más valiente de Jesús, pero también el que desató el odio del poder establecido.

 

Un Dios que lo perdona todo y a todos no conviene a quienes quieren someter al pueblo a través del miedo.

 

La misericordia no es un «buenismo» barato, sino la fuerza que destruye las lógicas del poder.

 

Entrar en el camino del Evangelio significa hoy aceptar el mismo sufrimiento de los discípulos: el esfuerzo por despojarse de la vieja religión hecha de miedo y negociación con lo divino.

 

El cambio es radical: pasar del Dios-tirano al Dios-amor.

 

Solo aceptando este despojo podemos revestirnos de la luz del Misterio de la misericordia, transformando la fe de una lista de obligaciones en una experiencia de auténtica libertad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

Oyente discípulo ante la Palabra.

Oyente discípulo ante la Palabra

Por la noche, cuando las voces se apagan y el mundo parece volver poco a poco a su silencio, se hace más evidente que la comprensión de la Palabra es la clave de todo.

 

No basta con escuchar.

 

La escucha puede quedarse en el umbral, puede deslizarse por encima como un ruido más entre otros, como un sonido que atraviesa el aire sin encontrar un lugar donde quedarse.

 

Comprender, en cambio, significa dejar que la Palabra penetre en lo más profundo de la vida, allí donde se forman los deseos, los miedos, las decisiones, la forma secreta en que cada uno se mira a sí mismo, a los demás y al Misterio.

 

Esta comprensión no es solo un ejercicio de la inteligencia.

 

Ciertamente, la razón está llamada a velar: debe cuestionar, discernir, buscar el sentido de las palabras escuchadas.

 

Pero la razón, por sí sola, no basta.


Si permanece aislada, corre el riesgo de reducir la Palabra a un objeto que poseer, a un concepto que explicar, a una doctrina que ordenar cuidadosamente en las estanterías de la mente.

 

La Palabra, en cambio, pide un hogar más grande: pide el corazón, el cuerpo, el tiempo, las relaciones, las decisiones cotidianas. Pide un estilo de vida capaz de sostener su luz.

 

Por eso es el discípulo quien puede comprender verdaderamente la Palabra y vivirla.

 

No quien pasa junto al Maestro por un instante, no quien lo escucha distraídamente entre muchas ocupaciones, sino quien permanece con él.

 

Uno se convierte en discípulo en las horas dedicadas a Él, en las pausas silenciosas, en la familiaridad paciente con su voz.

 

Uno se convierte en discípulo dejándose educar no solo por las palabras del Maestro, sino por su forma de habitar el mundo: por su libertad, por su misericordia, por su atención a los pequeños, por su capacidad de ver lo que los demás ya no ven.

 

La Palabra comprendida no queda sin efecto.


Cuando se asimila, comienza a obrar en nuestro interior, lentamente, como una luz encendida en plena noche. Modifica los criterios de elección, purifica las intenciones, desenmascara las falsas apariencias, libera de los hábitos que aprisionan. 


Cambia la forma de estar en el mundo con los demás: ya no como amos, ya no como jueces, ya no como espectadores indiferentes, sino como hermanos y hermanas capaces de reconocer en el otro una presencia que acoger, una historia que respetar, una dignidad que custodiar.

 

Este es el fruto maduro de la Palabra comprendida: una nueva forma de estar en el mundo.

 

No se trata simplemente de saber más, sino de ver de otra manera. La Palabra asimilada genera una nueva mirada, una nueva capacidad para interpretar la realidad que nos rodea.

 

Donde antes solo se veía una amenaza, comienza a aparecer una posibilidad de bien; donde antes se fijaba el límite, se vislumbra una promesa; donde antes se condenaba la fragilidad, se descubre una llamada a la compasión.


San Agustín, al comentar el Evangelio de Juan, ofrece una imagen intensa: el Evangelio es como un colirio para los ojos de los discípulos. No añade un mundo diferente ante ellos, sino que sana su forma de mirar.

 

La realidad sigue siendo la misma y, sin embargo, ya no es la misma, porque la mirada ha sido purificada. La oscuridad no desaparece por arte de magia, pero en medio de ella se aprende a reconocer una luz más profunda, aquella con la que Jesús mira todas las cosas.


¿Cómo ve Jesús el mundo? Lo ve en su bondad originaria.

 

Ve que todo lo que existe sigue llevando, incluso bajo capas de heridas y sombras, el signo de la creación. Ve en las personas la imagen de Dios, incluso cuando esta imagen está empañada, oculta o deformada por los miedos, el pecado y las durezas acumuladas a lo largo de los siglos.

 

Su mirada no es ingenua: conoce el mal, lo atraviesa, lo denuncia. Y, sin embargo, no permite que el mal tenga la última palabra sobre la realidad.

 

La mirada de Jesús purifica las incrustaciones que se han formado en el mundo y en las personas. Quita el polvo de los prejuicios, derrite la dureza de las condenas, abre rendijas de misericordia allí donde todo parecía cerrado.

 

Ver como Jesús significa aprender a buscar el bien incluso cuando es frágil, a reconocer la bondad incluso cuando está oculta, a custodiar la esperanza incluso cuando la noche parece larga.

 

Entonces, la comprensión de la Palabra se convierte verdaderamente en la clave de todo, porque abre no solo el texto sagrado, sino la vida misma.

 

Abre los ojos, abre el corazón, abre las manos.

 

Produce en los discípulos el fruto más raro y más necesario: la capacidad de ver el bien en el mundo y la bondad en las personas.

 

Y tal vez, precisamente en la noche, cuando todo ruido se apaga y toda apariencia pierde fuerza, la Palabra sigue obrando en silencio, como un colirio de luz, hasta que también nuestros ojos aprenden a ver el mundo tal y como lo ve Jesús.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 21 de enero de 2026

Dejarnos visitar por la Palabra para gestarla en nuestra carne.

Dejarnos visitar por la Palabra para gestarla en nuestra carne


Cuando pienso en la casa de Ein-Karem, la casa de Zacarías y Elisabeth, me vienen a la mente tres palabras: silencio, visita y bendición. Por eso se la puede llamar la casa de la oración. No en vano es la casa de un sacerdote, y no en vano en ella se pronunciaron dos de las oraciones más bellas del Nuevo Testamento.

 

Es la casa del silencio asombrado ante la obra de Dios. Tras la aparición angelical, Zacarías se vio obligado al silencio: se había quedado mudo y probablemente también sordo, ya que tuvieron que preguntarle por señas cómo quería que se llamara a su hijo (cf. Lc 1,62).

 

Me gustaría entrar en los nueve meses de silencio que cayeron entre estos dos esposos, destinatarios de un milagro e incapaces de expresarse mutuamente la gratitud y el asombro por las maravillas realizadas por Dios.

 

A veces, así es como actúa el Señor: en principio, Él quiere que demos testimonio de su amor, pero en ciertas situaciones pide silencio, contemplación asombrada, que sirve precisamente para permitir que el misterio crezca en lo íntimo y en lo profundo antes de manifestarse, como si tuviéramos que llevarlo en nuestro seno, con paciencia, hasta que esté listo para nacer.

 

San Gregorio de Nisa dice que debemos «gestar» la Palabra, es decir, hacerla crecer en nuestro seno como una madre hace crecer a su hijo en su vientre, antes de decirla, y para ello es indispensable el silencio.

 

¡Con demasiada frecuencia, un parto prematuro se convierte en realidad en un aborto!

 

Todo lo contrario de lo que hace esta época exhibicionista: basta con que uno tenga una pequeña intuición, un sobresalto espiritual, y enseguida corre a escribir un post en su blog, a lanzar un tweet para proclamar al mundo su verdad última y definitiva, que naturalmente cambiará al mes siguiente; porque así es con las inspiraciones paridas prematuramente, no tienen raíces y por lo tanto duran lo que dura un día.

 

La gestación de la Palabra requiere silencio, paciencia, espera, cuidado amoroso.

 

Porque la Biblia, como dice Orígenes, es femenina y se niega a quien pretende violarla, mientras que se entrega a quien la corteja a diario.

 

Hay que pasar horas en silencio en compañía de una página para que empiece a hablarnos, horas en las que parece que no ocurre nada, pero que son, en cambio, un intenso trabajo del Espíritu que se está preparando el camino en nosotros.


Y también después de que nos haya hablado, no hay que tener prisa por sacar lo que el Espíritu ha dicho, la Palabra debe entretejerse en nuestra carne, debe recibir de nosotros la sangre, la vida, la tierra, para que cuando sea dicha sea una palabra viva y eficaz, como una espada de doble filo, y no una palabra de aquellas de las que Dios nos pedirá cuenta en el día del juicio (cf. Mt 12,36).

 

En este silencio, Dios entra con su visita (cf. Lc 1,68) y es interesante que el verbo que Lucas elige sea el que literalmente significa «mirar en profundidad».

 

Si queremos que la Palabra dé fruto en nosotros, debemos dejar que nos visite. Para esto también sirven los nueve meses de silencio, son el tiempo necesario para que la Palabra nos escudriñe íntimamente y así lleve su salvación hasta lo más íntimo y oculto de nuestro ser.

 

La visita de María a Isabel es una imagen entrañable. María ha venido a servir: su misión es maternal, y sin embargo, dentro de esta visita de servicio también María lleva en sí misma la Palabra que escruta y bendice, la Palabra que da alegría. Y la Palabra que trae alegría es su propio saludo (cf. Lc 1,44).

 

¿Cuál habrá sido el saludo de María? El Evangelio no lo dice, pero con toda probabilidad habrá saludado a la manera judía: «Shalom», que es mucho más que un deseo de paz, es alegría, salvación, plenitud de vida.

 

María está llena del Espíritu Santo, por lo que su palabra ya no es una mera palabra humana, María está embarazada de Aquel que es la Palabra, por lo que la suya ya no es una palabra ineficaz, sino una palabra que no queda sin efecto (Is 55,11).

 

A Ella le sucede lo que Jesús profetiza para todos nosotros: «En cualquier casa que entréis, decid primero: ‘¡Paz a esta casa!’. Si hay allí un hijo de la paz, vuestra paz descenderá sobre él» (Lc 10,5-6). También nosotros, por tanto, si sabemos gestar la Palabra en el silencio, seremos capaces de esta visita que trae alegría y bendición.

 

¿Qué efecto produce en nosotros la visita de la Palabra? La alabanza. En la casa de Ein-Karem se cantaron por primera vez las dos alabanzas más bellas de la Biblia, las que algunos repetimos cada día: el Benedictus y el Magnificat.

 

Por eso Ein-Karem también puede llamarse Bet-Berakah, casa de la alabanza, de la bendición, de la acción de gracias, es decir, de la Eucaristía, casa ‘sacerdotal’ por definición, pues la vida de todo cristiano debería ser berakah: alabanza, bendición, acción de gracias, eucaristía.

 

Y por eso cada cristiano debería dejarse visitar cada día por la Palabra, para estar siempre lleno de ella y poder ser testigo de Ella de manera creíble.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...