¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -
No debió de ser fácil para los primeros discípulos y discípulas seguir a aquel hombre de Nazaret.
A menudo imaginamos su «sí» como un camino
lineal, pero la realidad consistía en un enorme esfuerzo psicológico y
espiritual.
Seguían a Jesús, habían abandonado las redes y las
seguridades, y, sin embargo, la distancia entre la propuesta del Maestro y su
realidad era abismal.
No se trataba solo de una cuestión de comprensión
intelectual; se trataba de desmontar todo un universo simbólico construido a lo
largo de siglos de historia.
En la mente de los contemporáneos de Jesús pesaba el
legado de un paradigma cultual rígido.
La fe se entendía como un sistema de sacrificios,
prescripciones y deberes.
En el centro se asentaba la imagen de un Dios
exigente, un soberano que no perdonaba a los transgresores y que amenazaba con
castigos eternos.
En este contexto, la religión se había convertido en
un instrumento de control social.
Los líderes religiosos habían erigido un muro entre lo
sagrado (relegado al Templo) y lo profano (la vida cotidiana del pueblo).
Este Dios deformado era, de hecho, un antagonista del
hombre, una entidad que servía para justificar las lógicas de poder de los
señores del Templo.
El riesgo de reducir a Dios a un juez severo es una
tentación constante en la historia de las religiones.
Jesús irrumpe en este escenario con una fuerza subversiva.
Define la forma de entender la religión de los
fariseos como una levadura mala, un fermento negativo capaz de contaminar toda
la masa.
Su respuesta no es una nueva ley, sino una revelación:
Dios es Padre y es misericordia infinita.
Mientras el Templo imponía preceptos, Jesús abría
caminos de liberación.
Con Él, la separación entre lo sagrado y lo profano se
derrumba definitivamente.
En Jesús, lo sagrado entra en el tiempo y en la carne:
todo se sacraliza y ya nada debe ser sacrificado. Es la victoria de la vida
sobre la muerte y del amor sobre el odio.
¿Por qué les costaba tanto entenderlo a los discípulos?
La respuesta reside en lo que podríamos definir como
una colonización del imaginario.
Durante demasiado tiempo habían asimilado el mensaje de
los líderes religiosos, llegando a confundir las tradiciones humanas con la
Palabra de Dios.
Desenmascarar esta mistificación fue el acto más
valiente de Jesús, pero también el que desató el odio del poder establecido.
Un Dios que lo perdona todo y a todos no conviene a
quienes quieren someter al pueblo a través del miedo.
La misericordia no es un «buenismo» barato, sino la fuerza que destruye las lógicas del
poder.
Entrar en el camino del Evangelio significa hoy
aceptar el mismo sufrimiento de los discípulos: el esfuerzo por despojarse de
la vieja religión hecha de miedo y negociación con lo divino.
El cambio es radical: pasar del Dios-tirano al
Dios-amor.
Solo aceptando este despojo podemos revestirnos de la
luz del Misterio de la misericordia, transformando la fe de una lista de
obligaciones en una experiencia de auténtica libertad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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