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domingo, 12 de abril de 2026

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -.

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -



Mina cantaba en los años 70 «Parole, parole, parole», a dúo con el actor Alberto Lupo. Esta canción narraba una historia de amor que se arrastraba vacía y sin pasión, llena únicamente de palabras empalagosas, pero igualmente vanas… y así, la mujer reaccionaba con ingenio ante los halagos de su hombre, haciéndole notar que algún gesto más concreto habría sido más apreciado que tantas palabras dulces; sin embargo, él permanece sordo a tales advertencias y sigue contemplando a su amada.

 

Es una metáfora musical. Nada más. Para los nostálgicos éste es un vídeo de la mencionada canción: https://www.youtube.com/watch?v=NbOiYJofNSw&list=RDNbOiYJofNSw&start_radio=1  


Y a mí me ayuda a realizar una reflexión eclesial (también congregacional) quizá importante y actual: de hecho, a menudo en nuestra Iglesia (Vida Consagrada, Diócesis,…) se emplean, ¿o será se desperdician?, demasiadas palabras, pero hay poca verdad y pocos hechos concretos… Y, sin embargo, en la relación entre palabras y hechos, son estos últimos los que tienen mayor peso.

 

Alguien me dirá, y con razón, que se trata de un problema que afecta a toda la población en la vida cotidiana, tanto a nivel privado como público. Sin embargo, si bien en lo que respecta a la vida privada de una persona, sea correcto o incorrecto, cada uno es responsable de sus propias acciones y las decisiones son estrictamente personales, cuando se trata de una esfera más amplia como, por ejemplo, la Iglesia que abarca más hechos y más personas, entonces el problema hasta se vuelve incluso grave.

 

En el ámbito de nuestra sociedad lo vemos al encender la televisión, leer los periódicos y escuchar acalorados debates, donde lo importante no es lo que se dice, ¡sino conseguir tener la última palabra!

 

Pero, mutatis mutandis, ocurre también en nuestras asambleas, congresos, simposios, …


Aquel proverbio «mucho humo y nada de asado» o «salir con la cabeza caliente y los pies fríos» hasta cobra vida no solamente en nuestra sociedad sino también en nuestros ambientes eclesiales, círculos congregacionales,… A menudo, sin embargo, el problema no se refiere únicamente a las muchas palabras y las pocas acciones concretas, sino también a la importancia de las palabras utilizadas.

 

En un momento de campaña electoral resulta fácil poner como ejemplo a los políticos que, con tal de conseguir un voto más, están dispuestos a prometer lo imposible. ¿No se agradecería más escuchar promesas quizá más modestas, pero que ofrezcan una realización segura?

 

También en la Iglesia abusamos, por ejemplo, de las palabras comodín (‘sinodalidad’ es un más que notable ejemplo de ello especialmente de un tiempo a esta parte) o de titulares estrella (del tipo, por ejemplo, ‘necesitamos afianzar y contagiar el radicalismo evangélico y la misión profética de nuestra vida’, ‘la vida religiosa puede renacer de sus debilidades’).

 

En general, creo que hay una sobreabundancia de obviedades que pretendiendo decir algo… vienen a decir la nada. Una nada envuelta en papel de erudición, sabiduría... pero una nada al fin y al cabo. Y creo que otra verdadera carencia está en ser lo suficientemente abstractos y genéricos… que brilla por su ausencia toda concreción posible y real... porque es ahí donde nos aprieta el zapato.

 

Nuestras reflexiones suelen levitar sin hacer pie y sin tocar con las propias manos la realidad de las cosas… Y, llegados a este punto, no estaría de más recordarnos (y por supuesto también yo) que, sin caer en lo banal, es mejor abrir la boca solo para pronunciar hechos posibles, reales, veraces,... más allá de lo política o eclesial o congregacionalmente correcto.


 

Es fácil hablar. Y estamos muy acostumbrados a que nos pongan un micrófono delante de los labios, o una grabadora ante nosotros, o a estar delante de una audiencia afín y entregada… pero luego son los hechos los que cuentan… incluso, a veces, obstinada y tercamente.

 

Y entonces, como Mina intentaba hacerle entender a su hombre que los gestos concretos serían mucho más apreciados que esas palabras cantadas al viento, ya que habría obtenido una verdadera demostración de ese amor tan comentado, así, para poder dar un giro a la situación eclesial (congregacional, diocesana…) actual hasta sería bueno reducir las asambleas, congresos, simposios,…, y aumentar las acciones, y, si realmente se tiene ganas de hablar, hablar y hablar, entonces que se haga solo para decir cosas con el sentido de lo concreto, posible y real.

 

Llegados a este punto tampoco estaría mal bajar la guardia y ser más humildes. Dejar de comportarnos como niños, en esas reflexiones repetitivas hasta la saciedad, donde lo único que se quiere demostrar es la propia erudición, pero donde al mismo tiempo se pierde el hilo de la realidad concreta y ya ni siquiera se sabe al final qué se ha sacado en claro… salvo que el ponente, en el mejor de los casos, habla convencido de lo que dice.



Porque también la palabra es eficaz si es comedida, mesurada, sobria. Quienes usamos demasiadas palabras - y en la Iglesia (Congregaciones, Diócesis,…) hasta puede haber un exceso de verborrea - deberíamos recordar (o aprender) que nuestra palabra no es tan poderosa como creemos. Otra cosa es la Palabra de Dios. Pero, eso mismo, es otra cosa. 


Siempre existe el miedo a que no nos consideren lo suficientemente inteligentes si usamos tres palabras… Por eso usamos cientos y miles de palabras…

 

Quizá es la debilidad de nuestras palabras lo que nos empuja a exagerar, a usarlas en exceso, a abusar de ellas para darles una fuerza que acaba desnaturalizándolas. 


Mientras que debería ser su fragilidad lo que nos indujera a usarlas cuando hace falta: precisamente para aumentar su eficacia. 

Recuerdo cómo solía repetir socarronamente un misionero claretiano ya difunto: «parturiunt montes, nascetur ridiculus mus» - ese proverbio latino derivado de una fábula de Esopo y popularizado por Horacio que significa «parieron los montes y nació un ridículo ratón» -.


Está por ver si mientras hablamos la realidad va cambiando al compás de nuestras palabras... Por lo menos, y quizá con ello nos debamos conformar, es una manera hasta amable y confortable de pasar el tiempo haciendo más llevadero tanto el presente como el futuro. Sin más pretensiones que superen, con creces, nuestra capacidad.


Ahora nos conformamos tranquilamente con la buena voluntad. Con ella ya nos sentimos sobradamente justificados. Por eso, queremos creer que el Congreso, por ejemplo, ha valido sobradamente la pena... aunque en el fondo algo nos dice que las ideas (incluso con las más bellas palabras) no son superiores a la realidad.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 12 de febrero de 2025

Lenguaje y lenguajes: más allá del aburrimiento del lenguaje eclesial.

Lenguaje y lenguajes: más allá del aburrimiento del lenguaje eclesial 

Comunicación y lenguajes son dos palabras claves. Un lenguaje no discriminatorio, menos marcado por la rigidez, pero más abierto a las preguntas de significado, parece la clave para hablar a tanta gente en búsqueda, para hacer la Iglesia más accesible, más comprensible y más atractiva para los jóvenes y los ‘alejados’, más capaz de transmitir la alegría del Evangelio. 

El tema es central, pero ¿cómo evitar que las soluciones buscadas no sean más que un trabajo de maquillaje? 

El lenguaje eclesial se caracteriza por su claridad, linealidad, sistematicidad, está bien definido y articulado… es aburrido, extremadamente aburrido. No me refiero a una intervención académica. Pienso en tantos discursos, homilías, textos que nos sucede que escuchamos o leemos. La fuerte tentación de explicar, describir, enseñar es omnipresente. Todo es desvelado… nada se revela. 

El tema del lenguaje es uno de los núcleos que más ha emergido en los últimos tiempos. La necesidad es clara y fuerte. El gran riesgo que percibo es el de recurrir a una “vulgarización” del lenguaje eclesial: utilizar términos y expresiones de hoy, imágenes y fórmulas que hacen más claro y comprensible lo que queremos decir a los demás. Nuevamente la lógica es convencer, explicar, enseñar el contenido que tenemos. Todo es convincente, nada se convierte. 

Henry Nouwen, en su escrito “En el nombre de Jesús: reflexiones sobre el liderazgo cristiano”, indica entre las características del líder cristiano del futuro la del misticismo: la capacidad de sentir la realidad en sus dimensiones más profundas de significado. Es también la «mística de la fraternidad» la que nos abre a la auto-trascendencia, que puede ayudarnos a vernos a través de la mirada de Otro. Y es precisamente sobre el misticismo que me gustaría escribir. Se refiere al lenguaje de los místicos del siglo XVI, quienes en un cambio de época supieron repensar profundamente el uso del lenguaje para comunicar la experiencia de la fe. 

El lenguaje de los místicos 

En este sentido, la fuerza de los místicos fue, en mi opinión, la de transformar el lenguaje de mero instrumento de transmisión de contenidos a experiencia. Es decir, el lenguaje se vuelve capaz de generar, a través de la forma y el estilo que asume, un movimiento interior, produciendo en el receptor una experiencia real de relación. Hay un llamado en la base, una voz, no un contenido, no una claridad. 

El lenguaje místico trata de hablar de una ausencia, de una espera de algo que falta. Es buscar lo que se necesita decir. Un vacío del que puede nacer la Palabra. A nosotros nos corresponde el papel de los adverbios, a través de los cuales el Verbo y sus verbos pueden reposar y contextualizarse. 

El tiempo irrumpe y se transforma. Se aferra a un presente que es sorpresa continua, nacimiento y muerte, comienzo, irrupción. No es lineal, no hay continuidad como es propio de las instituciones. El presente es pasión por “lo que es”. No es una actitud proyectiva ni nostálgica. Es una pasión por el mundo tal como es o por la cosa en sí, es fundirse y confundirse con ella. 

La mística y el mantenimiento de las instituciones 

El lenguaje místico no ofrece una doctrina, ofrece dispositivos: maneras de expresarse, de ordenar los términos. Crea un espacio donde la conversación pueda ocurrir. No prescribe, no dice “esto es esto”: la sabiduría es siempre “no esto”. 

La doctrina, mediante el control catequístico, la unificación y la difusión, se convierte en un instrumento que permite la fabricación de cuerpos sociales, su defensa o su extensión. La tarea educativa y la preocupación por los métodos distinguen la actividad de los “partidos” religiosos y de todas las nuevas congregaciones, cada vez más conformes, en esto, con el modelo estatal. ¡Estamos reducidos a instituciones pedagógicas! 

Creo que éste es el gran riesgo que estamos viviendo. La Iglesia no es una institución pedagógica, sino una realidad que inicia procesos de liberación a través de la práctica y el anuncio de una Palabra de Vida. Una Palabra que cruza las fronteras como un ángel, un símbolo – symballo – une, mantiene unido, cose la fractura entre mundos, espacios, trayectorias de vida: conecta dos soledades, supera los muros de separación, los binomios, lo binario, las lógicas maniqueas, hombre/mujer, alto/bajo, arriba/abajo, afuera/adentro. En esto también hay confusión, desorientación. 

Éste es el espacio que proporciona el lenguaje místico. Implementa prácticas espaciales, un exceso de la Palabra hasta hacer coincidir opuestos, como entrar-salir. Es arrogancia, transgresión. Habitar el presente y desafiarlo: es experimentar que hay un ‘más que tú’. La palabra es una palabra pasajera, separada como la de un poeta o la de un analista. Es un hilo que pasa sin detenerse. 

Un lenguaje que no seduce. Al contrario, utiliza la categoría de «locura», el secreto interior que llevamos dentro... como el hijo menor de la parábola, como el santo Francisco... se carga de la locura de todos nosotros. Locura que escapa a la institución (hijo mayor), la evade, la sobrepasa, va más allá, se convierte en ultraje. La institución, por el contrario, tiene el papel de proteger del vértigo del exceso. El problema es si deja de escuchar la voz del Padre que la llama, que la invita, que la devuelve a la realidad de las cosas, a lo que es. 

Los clérigos son la policía del símbolo. El loco, en cambio, rompe el vínculo establecido, sacude la institución, recordándonos que es móvil. Se burla, porque no necesita ser defendido y ya no tiene nada que defender, porque es fuerte en ausencia. Es cosa de todos, liberado de la propiedad que fundamenta la violencia: el Cristo crucificado. El loco crea una relación de fuerza, un cuerpo a cuerpo que está fuera de la relación simbólica establecida. Es un acto violento. 

El lenguaje místico invita a una transformación 

El lenguaje místico es una narración de relaciones, no de afirmaciones con lógica o hechos (historiografía). Los místicos narrativizan formas relacionales. Se trata de historias: operaciones transformadoras: transforman las relaciones entre sujetos dentro de sistemas de significado. 

En los místicos el criterio de lo bello sustituye al de lo verdadero. Función poética más que referencial o conativa, persuasiva. Lo que deja de tener la “transparencia” del signo (comunitario) se vuelve místico, mientras que la institución pedagógica apunta a la “vulgarización” de una predicación clara, apta para todo grupo social. 

Los teólogos creen que pueden arreglar las cosas de la mente con palabras, asegurando así una institucionalización del significado. Son el reino del verbo: privilegian la lógica del agente que autonomiza las operaciones intelectuales respecto de un mundo de signos y que piensa la serie de estas operaciones según el modelo de la génesis con un hablante-creador. Yo soy el reino del verbo, no del adverbio. Se convierten en verbos. 

El místico genera nuevas palabras. Para ello se requiere de lo masculino y lo femenino, no es célibe como la institución clerical. Ella tiene que dar a luz. Sus palabras insinúan en el lenguaje una otredad reprimida, lo ausente. Utiliza términos incongruentes e inauditos. Más allá de la esterilidad, el ángel dijo: “Tendrás un hijo”. 

La actividad metafórica es una traducción: introduce palabras extranjeras en una lengua canónica; introduce en un nuevo lenguaje los términos de una ciencia legítima. Genera un pasaje entre lugares lingüísticos, entre diferentes epistemes. Unificar conocimientos en un nuevo lenguaje. Esto es posible a través de la forma de diálogo o relato: combina una pluralidad de lugares y acciones en un solo texto. Los místicos han utilizado la forma epistolar, la narración de la propia vida, itinerarios imaginarios y/o normativos. El objetivo es situarse en un lugar donde una voz nunca deja de sonar. 

En el misticismo el verbo es destronado, liberando unidades semánticas. Se da prioridad al discurso interno y externo. A través de una escena física de acontecimientos que precede a la escena mental. 

No establece leyes generales (metafísicas), a nivel ético u ontológico. Fija pasos en el tiempo, indicando una transformación dentro de la lógica del juego, es decir de reglas y errores. Distinto sería si fuese a nivel ético el que prescribiese las leyes, y por tanto la culpa y el pecado ante su infracción. Es un proceso, es una secuela, no una mera imitación, un proyecto para repetir, es una performance, no una actuación. 

Es una performance que se apoya en las circunstancias, en la utilidad del momento, en el discernimiento que crea ruptura, desapego, alejamiento de adherencias ideológicas o históricas para la construcción de un futuro más que para el respeto de una tradición. “Deja tu país.” Circuncisión mística y espiritual, corte, espada. Se trata de olvidar, en lugar de permanecer fiel (atrapado en un pasado). 

El lenguaje místico libera significados 

El místico utiliza términos poco comunes. La oscuridad no es claridad, ni luz, sino fuego. Intenta sugerir experiencia y gusto más que especulación. El lenguaje no imita las cosas: deshace las coherencias de los significados, crea un vacío en un mundo donde debería estar escrito, para liberar lo que la cosa mantenía dormido en las palabras.

Es una impertinencia de yuxtaposiciones: propone un exilio semántico, una salida: oxímoron, metáforas (tropos), ¡no símiles ni analogías! 

Cuando un signo representa algo, es transparente, se olvida y ya no se percibe. Al mismo tiempo tiene su propia realidad, es opaca. El lenguaje místico centra la atención en el signo, hace olvidar la cosa, produce un secreto, vela, no revela. No describe una experiencia, crea una experiencia. Hay un exceso, una indecencia gramatical, una actuación que va más allá de la competencia. 

Es una palabra rota: una palabra herida, separada de la cosa, de lo que muestra. La palabra como dolor del lenguaje. 

La frase mística como artefacto del silencio: produce silencio en el ruido de las palabras. 

Es retórica más que hermenéutica. Un decir que genera una experiencia y, por tanto, también un conocimiento, más allá del conocimiento establecido. Mientras que la hermenéutica es la explicación de la experiencia dentro del conocimiento establecido. 

Algunas condiciones para un lenguaje liberado y liberador 

Algunas condiciones para una renovación del lenguaje religioso podrían ser, por ejemplo: 

1 – debe ser habitado y atravesado por un silencio inmenso, que es el de la escucha. No sé de antemano la palabra que voy a escuchar. Un silencio presente, pura atención a la Palabra; 

2 – un nuevo lenguaje, que debe inventarse especialmente en tiempos de disrupción cultural como el que vivimos. Como lo ha hecho siempre la Iglesia en su tradición. Cuanto mayor es la ruptura cultural, más urgente se hace la invención; 

3- el lenguaje debe respetar la literalidad del antiguo, debe escuchar la letra del lenguaje antiguo, sin edulcorar ni vulgarizar el Evangelio para hacerlo más aceptable o comprensible. No se trata de dar a los contemporáneos una formulación que guste sino que desoriente. 

Son algunas condiciones que no son fáciles de conciliar. Lograr esto quizá no sea la solución, sino exponerse, aceptar el vértigo del exceso, de proceder más allá del centro de gravedad del lenguaje predeterminado y controlado, claro y lineal. Emprender un camino nuevo y al mismo tiempo antiguo. “El camino es como un pliegue en el suelo, visible sólo cuando lo recorres” (Tim Ingold), no pide ser explicado, sino recorrido. Más allá de la tentación de convencer, que quita espacio a la atención, a la espera. 

La apologética y la predicación hacen afirmaciones que son aceptadas por los interlocutores y sobre esta base pretenden obtener una adhesión (convicción), un cambio de voluntad. 

El misticismo, por otro lado, genera un desapego de las afirmaciones aceptadas, una liberación. Un desapego orientado a formar EL deseo del ausente: la conversión. 

Es la experiencia del orador la que respalda el discurso y no la acreditación de la Institución. 

La forma que toma el lenguaje tiene un valor de arquetipo: es reconocer una misma forma en acontecimientos diferentes, fruto de la experiencia, de acontecimientos contingentes, y no interpretar lo que se dice. Es la forma y no el discurso teológico o histórico lo que tiene valor. No es una palabra de amor sino una palabra que ama. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de enero de 2025

El Evangelio de las imágenes de los ojos, de las manos, de los pies.

El Evangelio de las imágenes de los ojos, de las manos, de los pies 

La revolución del cristianismo pasa también por el lenguaje. Jesús abre caminos más que concluye discursos; no proporciona soluciones ya preparadas, sino direcciones de búsqueda; involucra y pone al oyente en un itinerario. 

Las imágenes y comparaciones brotan de la voz viva de Jesús. Escucharlas es como escuchar el murmullo de la fuente, del momento inicial, fresco y fecundo del Evangelio, porque así vienen de la boca de Jesús. Las imágenes y comparaciones representan el punto más alto y brillante, el más refinado de su lenguaje, no la excepción. Para Jesús hablar en imágenes era la norma. No enseñó a través de abstracciones o conceptos, sino a través de imágenes. Las palabras generadoras de su mensaje (el Reino de Dios, Abba,…) no ofrecen conceptos sino metáforas, transferencias de significados de lo visible a lo invisible. 

¿Por qué Jesús decidió convertirse en profeta de imágenes? El lenguaje más adecuado a lo sagrado no es el filosófico o teológico, sino el poético. Si le quitamos la poesía y la metáfora a la Biblia, lo que queda es un montón de huesos. Quítense de la Escritura los Salmos, el Cantar de los Cantares, las profecías, el lenguaje mítico de los orígenes, y lo que queda son historias de guerras, crónicas de dinastías sangrientas, listas de leyes, prohibiciones y preceptos,... ¿Qué es más eficaz y cautivador, decir en lenguaje filosófico: Dios es el ser más perfecto y omnipotente, o sugerir, poéticamente: Dios es un padre experto en abrazos? 

El Salmo 19, por poner un ejemplo, nos ayuda a comprender esto poniendo su canto en boca de las criaturas silenciosas: los cielos narran la gloria de Dios... la obra de tus manos anuncia el firmamento… El día confía la historia al día... y la noche a la noche. El poeta Jesús se vincula a este antiguo poeta y dice: la tierra narra la gloria de Dios, la semilla narra la fuerza del Reino. 

Jesús toma imágenes de vida y las convierte en imágenes de Dios y de su Reino. Esta narración de día a día, de sol a sol, de estrella a estrella, de semilla a semilla, es la más democrática y la más laica, ha sido entregada a todos, no hay elegidos, gente preparada o no, no hay jerarquías ni iglesias elegidas que interpreten la narrativa de los cielos. El relato de la noche es para todos, no para unos pocos privilegiados. 

Con sus imágenes, Jesús alimenta en nosotros la facultad de la imaginación. Nos llama a dejar espacio a la hermosa y generativa capacidad de imaginar. Que no sigue un programa preestablecido, sino que abre una dinámica, una creatividad, una manera de ver el mundo desde otra perspectiva. Hablar en imágenes permite dar densidad a las palabras, concentrar su significado. Y la mayor parte de las veces sin necesidad de muchas ni grandes explicaciones. Si decimos… eres una flor, inmediatamente lo entendemos y todos pueden entendernos, incluso las personas de diferentes culturas, siempre que hayan visto una flor al menos una vez. 

Es importante reflexionar sobre el lenguaje que usa Jesús, y sobre el que usamos en la Iglesia, porque el lenguaje libera o enjaula. Incluye o excluye. Y puede convertirse en un instrumento de poder. La revolución del cristianismo pasa también por el lenguaje. Con la historia de Jesús, lo sublimemente trágico se encarna en lo extraordinariamente humilde, concreto, cotidiano. En el Evangelio, un carpintero, unos pescadores, mujeres y hombres corrientes se convierten en los protagonistas de la historia más sublime jamás narrada. Y el lenguaje de Jesús es coherente con su mensaje: era un laico que utilizaba palabras seculares para comunicar un mensaje dirigido a todos. 

Las imágenes no ofrecen una ecuación o definición estática, sino una dinámica, nos envuelven en una danza que sugiere. No presentan una definición de Dios y de su Reino sino que evocan y provocan transmitiendo capacidad de imaginar. 

La imagen es llamativa y fascinante. La mente del poeta piensa en imágenes, tal como soñamos. Las palabras son símbolos que nos permiten comunicar o describir dichas imágenes. Y si aprendemos a mantener una imagen positiva en nuestra mente, será posible transformar la forma en que vemos lo que nos rodea. Por eso el Papa invita a los nuevos cardenales a contemplar detenidamente esas imágenes con muy breves y sucintas pinceladas: ojos altos, manos juntas, pies desnudos. 

La invitación del Papa Francisco a mirar esas imágenes de lo que le gustaría que fueran los nuevos cardenales les hace tocar con las manos, visualmente, la realidad del cardenalato y por tanto acercan a los sentidos lo que las palabras no pueden hacer. Esa es su fascinación. De hecho, mirar y contemplar tiene un mayor impacto en la mente que leer. La visión por imágenes no requiere el ejercicio de la mente que conlleva la visión de códigos gráficos; por tanto no requiere capacidad para decodificar signos y elaborar conceptos abstractos. Por eso, por ejemplo, también los atletas aprenden mejor si pueden ver el movimiento corporal correcto a realizar. La idea de que cuando las personas podamos ver lo que necesitamos hacer, es mucho más probable que podamos hacerlo (y hacerlo bien). 

Acostumbrados a un uso exclusivo del lenguaje verbal y conceptual, con el tiempo perdemos la capacidad de explotar el "poder visual" de nuestro pensamiento, perdiendo la capacidad de lograr esa visión holística y sistémica que nos ayuda a explicar y comprender el sentido. “Ver” nos brinda un enfoque simultáneo, sintético y global, donde todas las partes se perciben y procesan simultáneamente. Sucede, al menos a veces, que el sentido y significado que buscamos se esconde más en la relación entre dos imágenes que en el encuentro de las palabras. 

Y ahora me quedo contemplando esas imágenes: ‘ojos altos’, ‘manos juntas’, ‘pies desnudos’. Una pro-vocación para la Iglesia que quiere ser más diaconisa que eminencia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...