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sábado, 1 de agosto de 2026

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - III -.

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - III - 

Te ofrezco dos perspectivas desde las que yo he tratado de leer este relato evangélico de la multiplicación de los panes y peces. 

En este Evangelio que narra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, me llama la atención la multitud que busca a Jesús y cómo Él comprende su hambre: hambre de ser guiados, de sanación y de una enseñanza que solo Él sabía impartir. La multitud tiene hambre de Jesús y lo busca incluso en el lugar desierto donde se ha retirado. 

Esto me dice que, en el corazón de las personas, esta hambre sigue existiendo: de vez en cuando resurge y hay que acogerla, no juzgarla. Creo que hay señales de esta hambre. Quizás las personas no sean del todo conscientes de ello… pero yo creo que tienen hambre de Dios. 

Tienen hambre de algo más nutritivo para la vida que las cosas materiales o lo que la mentalidad consumista nos hace creer que es absolutamente necesario, aunque no lo sea. 

Este Evangelio me invita a mí a reconocer esta hambre de Dios que hay en todos, y a hacer que incluso la más pequeña ocasión, con la modestia de nuestros medios, saciemos de verdad esa hambre, aunque sea por poco tiempo. 

Los discípulos reconocen que tienen muy poco que ofrecer, solo «cinco panes y dos peces», y, sin embargo, Jesús consigue que alcancen para todos, e incluso que sobren. Como comunidad cristiana no disponemos de muchos medios y, a menudo, si miramos lo que somos y nuestra fe, nos parecen realmente pocos, como cinco panes y dos peces para alimentar a una multitud. Pero este poco, precisamente al confiar en Jesús, puede empezar a bastar. 

Tenemos la oportunidad de ofrecer el alimento del Evangelio. Y no solo en la Iglesia, sino en cada ocasión en la que alguien nos revela su hambre de escuchar, de consuelo o de ir más allá de lo inmediato y lo superficial: precisamente ahí puedo ofrecer mi poca fe, el poco Evangelio que conozco y vivo, recordando el don de Jesús. 

Todos tienen hambre de Dios: eso es lo que me dice el Evangelio. Y aunque cada vez lo busquen menos a través de los cauces habituales, eso no significa que no debamos hacer nada. Los discípulos se veían tentados a pensar que se podía hacer muy poco con lo poco que tenían, pero Jesús los sorprende y les muestra que ese poco, si es auténtico, se multiplica. 

Evitemos, pues, el árido desierto de la desconfianza y el pesimismo: pongamos a disposición nuestra fe y alimentemos a todos los que tienen hambre de Dios, estén donde estén. 

Otra perspectiva es la siguiente. A todos, creo, nos ha pasado alguna vez encontrarnos, por la calle, parados en un semáforo o en la puerta de casa, con alguien que nos pide limosna. 

Cuando alguien se me acerca para pedirme algo de dinero, soy sincero, el primer sentimiento es de molestia. El pobre nunca llega con previo aviso y siempre tenemos la sensación de tener que dar o hacer algo de forma impuesta y que perturba nuestra merecida tranquilidad. 

Y entonces siempre surgen las preguntas: «¿Pero este o esta lo necesita de verdad?», o «¿Es esta la forma correcta de ayudar a los pobres?», y muy a menudo se llega a la conclusión de que «los verdaderos pobres son otros, no este que me pide y que se aprovecha de mi sentimiento de culpa»… 

El debate sobre los pobres - sobre todo los extracomunitarios - que deambulan por nuestras calles y que, de diversas formas, se nos acercan, no se apaga y no debe apagarse. No bastan dos leyes para resolver el problema, y la solución no consiste en apartar el problema de nuestra vista. 

En este relato evangélico llaman la atención las dos actitudes diferentes ante el problema concreto de aquella multitud que se encuentra en el desierto: la de Jesús y la de sus discípulos. 

Los discípulos quieren resolver el problema de la multitud hambrienta en el desierto dejando que sean las propias personas las que se las arreglen para conseguir comida, o, en el peor de los casos, que sea otra persona quien lo resuelva. Pero desde luego no es una tarea que les corresponda a Jesús ni a ellos. 

Jesús, en cambio, se pone en marcha y hace lo que está en su mano hacer. 

Y en el relato, el evangelista también destaca claramente lo que impulsa interiormente a Jesús a actuar: la compasión. 

Jesús tiene el mismo impulso interior que una madre que oye llorar a su hijo porque tiene hambre y, aunque sea de noche, se levanta y le ofrece leche de su propio pecho. Jesús se implica y no delega. En todo caso, involucra a otros, a los discípulos, creando un trabajo en equipo basado en la caridad. 

Entre líneas también se percibe el sentimiento de los discípulos que, cuando dicen «…despide a la multitud para que vayan a comprarse algo de comer» y cuando dicen «…no tenemos más que cinco panes y dos peces», dejan entrever esa molestia que nos invade cuando el hambre de otra persona nos perturba en nuestros planes y nos obliga a compartir lo que consideramos solo nuestro por derecho y por ganancia. 

Así pues, el Evangelio, una vez más, nos presenta dos formas diferentes de sentir y de vivir: la de Jesús y la de los discípulos. 

Esta enseñanza no solo se aplica al espinoso problema de los pobres que tienden la mano para pedir limosna en nuestras calles, sino también a todas aquellas situaciones en las que alguien se nos acerca y nos manifiesta su hambre y su petición de ayuda. 

Podría ser hambre de amistad, de consuelo, de apoyo e incluso de perdón. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿La de Jesús, que no se queda indiferente y se implica, o la de los discípulos, que, molestos, piensan que cada uno debe arreglárselas como pueda? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - II -.

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - II - 

La multiplicación de los panes y los peces. Quizás uno de los relatos más conocidos de todo el Nuevo Testamento y, en general, de la historia de Jesús. 

Expresiones, personajes y contextos que ya todos conocemos; probablemente el milagro más famoso entre los muchos que se nos cuentan. 

El deseo de soledad de Jesús se ve interrumpido por su compasión. El amor visceral (como indica el término griego original) que Jesús siente hacia la multitud le lleva a desistir de buscar otro lugar y le impulsa a curar a los enfermos, a quedarse con la multitud. 

Quizá este sea no solamente un punto interesante sino el que decide la vida de Jesús: hacer el bien no sigue un programa; es más, a veces exige precisamente dejar de lado la idea inicial y abrirse al otro, porque su «necesidad», su «enfermedad» no puede esperar. 

Es demasiado fácil —parece decirnos el Evangelio— hacer el bien cuando se está cómodo. El bien nos interpela; depende de nosotros hacerlo realidad, aprovechar el momento oportuno. 

Nos encontramos con la conocida expresión: «Dadles de comer vosotros mismos». El propio Jesús, en este caso, «llama» a sus discípulos a salir de su zona de confort, les pide que salgan de lo que les resulta cómodo «a ellos», para hacer lo que Él hizo. 

Esa misma compasión que había guiado a Jesús debe guiar ahora a los discípulos a hacer el bien. Una vez más, no hay un momento ni un lugar «adecuado» para el bien; solo existe la necesidad del otro que aquí y ahora pide ser alimentado, también por nuestra parte. 

De este modo llegamos al milagro propiamente dicho. Aquí encontramos una descripción, por decirlo suavemente, lenta, en la que cada gesto de Jesús se explica con detalle. 

No es casualidad que se trate precisamente de los verbos litúrgicos de la Pascua - tomó, alzó, pronunció, partió… -. 

Igualmente intrigante es ese «doble paso», quizá previsible, pero que, sin embargo, queda grabado en la página del Evangelio: de Jesús a los discípulos y de los discípulos a la multitud. 

He aquí el papel de la Iglesia: tomar todo de Jesús y darlo todo a la multitud. Pura mediación del don de la salvación, que no es ella quien genera, ni produce y, sobre todo, no es ella quien decide «a quién» debe ir dirigido. 

Todos comieron hasta saciarse: los que están allí son todos objeto del amor de Jesús y, por tanto, de sus discípulos. Como Iglesia, hoy en día, ¿no tendríamos mucho sobre lo que reflexionar al respecto?… 

La última cifra con la que se cierra el relato nos lleva idealmente al principio. Cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños. Esta es la multitud que al principio se desplazó desde las ciudades para llegar al lugar desierto, al que Jesús llegó incluso en barca. ¿Somos capaces de imaginar esta escena? 

De hecho, narrativamente hablando, hasta ahora nuestra mirada se había centrado en Jesús y los discípulos. No sabíamos nada de quiénes estaban allí o, mejor dicho, de cuántos eran. 

Aquí el evangelista pone en escena un auténtico recurso narrativo que emociona y sorprende. Solo al final se amplía el horizonte y nos muestra lo grande que es esta multitud. 

Un detalle que, sin embargo, a fin de cuentas, no es solo emotivo, sino que nos devuelve la grandeza del gesto, la «capacidad» del amor de Dios: un banquete verdaderamente escatológico, símbolo de plenitud (como las doce cestas que sobraron), tal y como solo Dios puede prepararnos (tal y como profetizó Isaías) y que, sin previo aviso, sin «cita previa», responde a nuestra necesidad y nos alimenta de sí mismo en el desierto (en realidad, siempre demasiado concurrido) de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - I -

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - I - 

A Jesús le llega la noticia de la muerte de Juan el Bautista. La muerte de Juan tiene lugar tras un banquete. Un banquete de corte, de poder, de seducción y de miedo. Una mesa bien puesta en la que se consuma la muerte del profeta. 

Por un lado está Herodes, encerrado en su palacio, prisionero de sus juramentos, de sus invitados, de la imagen que debe salvar ante los demás. Una fiesta que genera violencia. Un banquete que derrama sangre. El poderoso come y el justo es decapitado. 

Inmediatamente después, Mateo narra otro banquete. Jesús se sube a una barca, busca un lugar apartado, lleva en su corazón el dolor por Juan, la herida del amigo asesinado. No se encierra en el duelo. No responde a la violencia con más violencia. No deja que la muerte tenga la última palabra. Jesús responde a la muerte alimentando la vida. 

El nombre de Herodes parece encerrar su propio destino. «Erodere» significa roer, corroer, desgastar. Herodes el Grande fue devorado por la obsesión del poder. Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, hereda la misma lacra. 

El poder que no genera vida siempre acaba consumiéndola. El miedo a perder el control se convierte en miedo al otro. El miedo al otro se convierte en violencia. La violencia se convierte en muerte. En la mesa de Herodes se salva la imagen y se pierde al hombre. Juan muere porque el poderoso no encuentra el valor para afrontar la verdad. 

Toda violencia pretende eliminar a un enemigo. En realidad, erosiona ante todo la humanidad de quien la comete. Herodes hace exactamente lo contrario: en lugar de asumir el dolor, lo transfiere a Juan. Esta es la lógica de todo poder idólatra. 

Frente a una mesa que mata, Jesús prepara una mesa que da vida. La multitud le sigue al desierto. Y el desierto, lugar de la carencia, se convierte en lugar de la sobreabundancia. Todo nace de una palabra que recorre el Evangelio: compasión. «Al ver a la gran multitud, sintió compasión por ellos». Todo nace de aquí. 

El milagro no empieza por los panes. Empieza por la mirada. Jesús ve el hambre del hombre. Hambre de pan, claro. El hambre del cuerpo. El hambre del corazón. El hambre de justicia. El hambre de ser amado. El hambre de que alguien se dé cuenta de su existencia. Hambre de cercanía, de una mano abierta al mundo. La compasión es la forma en que Dios mira el mundo. No desde arriba. No desde lejos. Desde dentro. 

Isaías ya había vislumbrado este rostro de Dios: «¡Venid todos los sedientos, venid al agua!» Venid. Comed. Recibid sin pagar. Dios no regatea con la vida. No vende el alimento. No reparte la gracia a los merecedores. Abre la mano. Da. 

Por eso el profeta pregunta: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan?»  Es una pregunta que atraviesa todas las generaciones. 

¿En qué gastamos nuestra vida? ¿Qué banquetes perseguimos? ¿Cuántas mesas bien surtidas dejan el corazón más vacío que antes? ¿Cuántos consumos no sacian? ¿Qué riquezas acumulamos? ¿Qué deseos alimentamos? ¿Cuántas palabras y cosas llenan sin nutrir? ¿Cuántos poderes devoran a los hombres sin generar vida? 

Herodes lo posee todo. Jesús lo recibe todo: «Todo lo he recibido de mi Padre». Y aquel día son cinco panes. Dos peces. Alrededor de Jesús nace la abundancia. La vida en manos de Dios crece. El pan partido se multiplica. El amor entregado no disminuye. La compasión nunca empobrece a quien la vive. 

Y el compartir que suscita nunca es la lástima de quien luego dice «dejad que se vayan», sino que implica la propia implicación. Jesús, de hecho, no dice: «Dejad que se vayan». Dice: «Dadles de comer vosotros mismos». 

Dios, para alimentar al mundo, no actúa solo: necesita manos humanas. Implica a los discípulos. Nos implica a nosotros. El milagro comienza cuando alguien deja de retener lo poco que posee. Esperamos tener mucho para compartir. El Evangelio enseña lo contrario: compartir genera abundancia. 

«Todos comieron hasta saciarse». La saciedad es el signo mesiánico. Dios no ofrece migajas. Dios quiere hombres vivos. Mujeres vivas. Niños vivos. Pueblos vivos. Y sobran doce cestas. 

Porque el corazón de Dios siempre supera la necesidad inmediata. El amor no se mide, no calcula, no se limita a lo estrictamente necesario. Una espiga produce muchos granos. Una semilla genera una cosecha. 

La compasión auténtica genera más compasión. El amor que se da no disminuye. Se multiplica. La lógica del Reino no es la de la equivalencia, sino la de la generatividad. 

En la mesa de Herodes vence el miedo. En la mesa de Jesús vence la compasión. 

Por un lado, un hombre sacrifica al profeta para salvar las apariencias. Por otro, Dios se expone, se entrega a sí mismo para salvar a los hombres. 

Aún hoy, el mundo vive suspendido entre estos dos banquetes. Entre quienes utilizan a los demás para llenar su propio vacío y quienes sacrifican su propia vida para que otros vivan. 

Jesús no elimina el desierto. Lo transforma en el lugar donde Dios abre la mano y sacia a todo ser viviente. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


jueves, 23 de julio de 2026

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 -.

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 - 

En aquel tiempo, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se marchó de allí en una barca y se retiró a un lugar desierto, apartado de todos. 

Muere Juan el Bautista y Jesús se retira, deja espacio al silencio y a la soledad. No aprovecha el momento para imponer una idea de Dios, no finge que la muerte no tenga un efecto devastador sobre la vida. La muerte es la vida que se retira, es la marea baja que deja al descubierto, como heridas expuestas, todos los escombros depositados en el fondo y cubiertos por las costumbres y los hábitos. La muerte revela. 

Y Jesús se deja conmover por la muerte. No finge que no pasa nada. No ofrece respuestas fáciles. 

Y cómo desearía que callaran para siempre ciertas simplificaciones sobre la muerte, ciertos consejos estúpidos sobre cómo vivir el duelo. Cierta predicación poco evangélica que menosprecia el dolor. 

Jesús, ante la muerte del profeta, se retira a un lugar desierto y apartado. Hay que dejar que quien sufre se dirija a esos mismos desiertos y hay que dejar que elija el tiempo de descanso. 

Que la comunidad cristiana vaya en la misma dirección, si así lo desea, pero que lo haga en silencio y con discreción, como quien se retira. 

Pero las multitudes, al enterarse, lo siguieron a pie desde las ciudades. Al bajar de la barca, vio una gran multitud, sintió compasión por ellos y curó a sus enfermos. 

Las multitudes se sienten atraídas por la verdad, por las personas auténticas. Y a las personas auténticas estamos dispuestos a entregarnos, a desvelar incluso la parte más enferma y frágil de nosotros mismos. 

Jesús no ofrece respuestas fáciles, pero desde ese desierto en el que habita, desde ese «apartado» de dolor y miedo, desde ese silencio desde el que contemplar la violenta caída de otro profeta más a manos del poder, desde ese espacio recóndito de soledad desde donde ya puede vislumbrar también su propio final… mezclado con lágrimas y silencios puede dar a luz el único sentimiento capaz de hacer frente a la fragilidad y a la muerte: la compasión. Sin compasión no deberíamos tener derecho a hablar. 

Al caer la tarde, se le acercaron los discípulos y le dijeron: «Este lugar está desierto y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprarse algo de comer». Pero Jesús les dijo: «No hace falta que vayan; dadles vosotros mismos de comer». Le respondieron: «¡Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces!». Y él les dijo: «Traédmelos aquí». 

Como si se avergonzaran. Como si ya hubieran dejado de servirlos. Como si se hubiera alcanzado el límite máximo de tolerancia. Como si los discípulos, los sacerdotes y los voluntarios eclesiales fueran algo distinto de esa humanidad rechazada y enferma. 

He aquí el error mortal, el pecado que está en el origen de todo fracaso pastoral: considerarse distintos de la multitud. Si nuestras fraternidades eclesiales siguen imperturbables fingiendo ser lugares para discípulos llamados a ocuparse únicamente del pueblo, seguiremos siendo traidores al Evangelio. 

Mientras las comunidades eclesiales multipliquen los proyectos pastorales para responder a las exigencias del mundo, no seremos más que patéticos funcionarios de lo religioso. 

El día en que tengamos el valor de mostrar la llaga de nuestra enfermedad, el día en que nos mostremos vulnerables y necesitados (¡pero seguimos negando lo evidente!), en ese momento seremos libres y auténticos, una multitud frágil y amada. 

Y, tras ordenar a la multitud que se sentara en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 

Sentaos en este prado, en esta hierba que huele a vida, no temáis al atardecer, nunca será definitivo. Esto es lo que parece querer decir Jesús. Aprender a sentarse en nuestros propios atardeceres, aprender a morir. 

Y luego tomar los panes y los peces, pero después de haberlos pedido, es decir, sin pretensiones, aprender a aceptar lo que somos, a sentir que lo poco que tenemos es un reflejo de lo Infinito. 

Y si no está claro… entonces basta con levantar los ojos al cielo. Y aprender el arte de la bendición, de hablar bien. Conseguir tener tanto cielo en los ojos como para hablar bien de la vida al atardecer. Y partir, abrirse como una semilla. Dar a luz vida. 

Todos comieron hasta saciarse, y se llevaron los restos: doce cestas llenas. Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. 

Yo habría dejado las doce cestas llenas en aquel desierto, apartadas. En recuerdo. Y les habría dicho a los discípulos que volvieran a menudo a contemplar esos doce llenos de sobras. Doce vacíos llenos solo de pan sobrante. 

Solo se avanza si se acepta ser un resto. Solo se avanza si uno se vacía, si se convierte en una cesta hambrienta. Si uno se siente parte de la gran multitud. Sentados sobre ese mar de hierba. Hambrientos y necesitados de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hacer memoria de los gestos de Jesús - San Mateo 14, 13-21 -.

Hacer memoria de los gestos de Jesús - San Mateo 14, 13-21 - 

La vida de Jesús está estrechamente ligada a la de aquel que fue su maestro, Juan el Bautista, a quien Él definió como «el más grande de los nacidos de mujer» (Mt 11,11). Jesús inició su ministerio público inmediatamente después de que Juan fuera detenido (cf. Mt 4,12), casi como para recoger su testigo. 

Ahora, al recibir la noticia de la muerte violenta de Juan, siente la necesidad de retirarse a un lugar apartado y se dirige en barca a un lugar desierto. No se trata de una huida, sino de una pausa necesaria para meditar sobre ese acontecimiento en soledad y llegar a discernir su significado ante Dios. 

Pero las urgencias de la vida vuelven a aparecer muy pronto en el horizonte de Jesús. Las numerosas multitudes, al enterarse de su partida, lo siguen a pie, bordeando el lago de Galilea: su deseo de estar con Él parece no admitir demoras… 

Jesús no tarda en salir a su encuentro, tal vez sintiendo aún más la responsabilidad hacia estas personas, dado el vacío que ha dejado Juan. Como ya le había sucedido antes, al ver a las multitudes se conmueve de compasión y se ocupa de manera especial de los enfermos. 

La necesidad de estas «ovejas sin pastor» (Mt 9,36) lleva a Jesús a actuar concretamente en su favor: una vez más se comporta como «hombre para los demás», haciendo todo lo que está en su mano para dar paz y consuelo a los que están cansados y oprimidos (cf. Mt 11,28). 

Al caer la tarde, los discípulos le piden a Jesús que despida a las multitudes para que, una vez abandonado aquel lugar desierto, se dirijan a los pueblos cercanos a comprarse algo de comer. 

Jesús, sin embargo, los toma por sorpresa y los invita a cambiar su perspectiva, respondiendo: «No hace falta que se vayan». Los discípulos ya deberían saber que la comunión con Jesús es fuente de vida abundante, que escucharle significa comer cosas buenas, según las palabras del profeta (cf. Is 55,3). Si, pues, se adhirieran a Él con plena confianza, podrían compartir lo que tienen y hacer lo que Él les pide: «Dadles vosotros de comer». 

Pero la reacción de los discípulos —aparentemente dictada por el sentido común: «Solo tenemos cinco panes y dos peces»— muestra en realidad su incomprensión, cuyo verdadero nombre es «poca fe», esa enfermedad del corazón que Jesús les ha reprochado en repetidas ocasiones (cf. Mt 8,26; 14,31; 16,8; 17,20)… 

Entonces es el propio Señor quien toma la iniciativa, ordenando a los discípulos que traigan los pocos panes y peces disponibles y a la multitud que se siente en la hierba. Asumiendo el sentir de Dios, el Pastor misericordioso del que se canta en el salmo 23, Jesús está a punto de renovar el banquete pascual que vivió Israel en el desierto (cf. Éx 12-13), está a punto de preparar el banquete mesiánico profetizado por David (cf. 2 Sam 6,19). 

Y esta recapitulación de la historia de la salvación se lleva a cabo a través de gestos sencillos y cotidianos, que conocemos bien: «Tomó los cinco panes y los dos peces y, alzando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos los repartieron entre la multitud». 

Son los mismos gestos que realizó Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26,26), esos gestos ante los cuales los dos discípulos que se dirigían a Emaús lo reconocerán como el Resucitado (cf. Lc 24,30-31), esos gestos que repetimos en el corazón de cada celebración eucarística: son la síntesis de toda la vida de Jesús, entregada hasta la muerte por amor a los hombres. 

He aquí la gran realidad que encierra este signo del reparto de los panes y los peces: así como Jesús entregó su vida por los hombres, así también cada cristiano, su discípulo, debe entregar su vida por los hermanos… 

«Todos comieron y se saciaron; y se llevaron doce cestas», tantas como las tribus de Israel, «llenas de los restos». El don de Jesús es sobreabundante; Él es el profeta que realiza signos mucho más grandes que los de Eliseo (cf. 2 Re 4,42-44); es el Mesías prometido a Israel y a toda la humanidad, tal y como se manifestará en la otra multiplicación de los panes, que Él mismo realizó en los confines del territorio pagano (cf. Mt 15,32-39). 

Y, sobre todo, Jesús se revela cada vez más como el Mesías «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29): es Él, que aunque es más joven que Juan por haber nacido después que Él, el más grande en el Reino de los Cielos (cf. Mt 11,11); es Él quien cuida de nosotros, dándonos su vida y pidiéndonos que adoptemos su forma de sentir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

La compasión como una nueva inteligencia - San Mateo 14, 13-21 -.

La compasión como una nueva inteligencia - San Mateo 14, 13-21 - 

El relato comienza con la mención de que Jesús se marcha en una barca y se retira a un lugar apartado, desierto, tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista (cf. Mt 14,13). 

Al igual que se había retirado tras enterarse de la detención de Juan (Mt 4,12), ahora, al enterarse de su ejecución capital, se retira de forma análoga, se recluye. 

La relación de Jesús con Juan es profunda incluso a distancia. Es como si la presencia de Juan habitara en Jesús: la noticia de su muerte provoca en Él un eco profundo, una resonancia sin duda de carácter afectivo, pero no solo eso. 

Inmerso en el Jordán por Juan, Jesús fue su discípulo, y su encuentro fue un acontecimiento espiritual en el que cada uno reconoció la vocación del otro y ambos se obedecieron mutuamente con el fin de cumplir la voluntad del Padre (cf. Mt 3,13-17). 

Ahora, tras la muerte de Juan, Jesús busca la soledad para tomar distancia del acontecimiento de la ejecución del Bautista y poder así asumir su propia responsabilidad ante el vacío que ha dejado Juan. Es como si la muerte de Juan se convirtiera en un mensaje para Él, un paso del testigo. 

Cuando, al ver a las multitudes que le habían seguido —alejándole de hecho de la soledad que buscaba—, Jesús renuncie a su propósito de retiro para ocuparse de ellas, lo hará también adoptando una actitud pastoral hacia unas personas que, como especifica Marcos en su relato evangélico, «eran como ovejas sin pastor» (Mc 6,34) porque se habían quedado huérfanas del Bautista. 

En cualquier caso, ésta es la expresión de esa búsqueda de soledad y retiro que caracterizó la vida de Jesús (Mt 14,23; Mc 1,35.45; 6,31; Lc 5,16; Jn 11,54). Jesús no huye ante el vacío que supone el duelo por la pérdida de su amigo y maestro, no se aturde, sino que, buscando la soledad, intenta dar sentido a esa pérdida. Jesús cultiva el vacío de la muerte de Juan y, de este modo, esa muerte se convierte en generadora y productora de vida. 

No es casualidad que el relato evangélico, que comienza con la noticia de la muerte de Juan, concluya con el acto mediante el cual Jesús da vida a las multitudes curando a los enfermos y alimentándolos. 

Y así como Jesús asimiló la muerte de Juan convirtiéndola en un acto de responsabilidad que le comprometió ante las multitudes, del mismo modo impulsará a sus discípulos a asumir una responsabilidad análoga ante la gente hambrienta diciéndoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). 

Se difunde la noticia de que Jesús se ha marchado a un lugar solitario y las multitudes, a pie, siguen a Jesús, quien, en cambio, se ha trasladado en una barca. Nos encontramos, pues, en los alrededores del lago de Tiberíades. 

El «seguimiento» que las multitudes hacen de Jesús, en este caso, contradice la intención de Jesús. Y la contradicción se manifiesta en toda su «violencia» cuando, al final del relato, nos enteramos de que aquellas multitudes estaban formadas por miles de personas (Mt 15,21). 

Jesús no busca a las multitudes; es más, a veces desalienta a las multitudes numerosas que lo buscan y les advierte (cf. Lc 14,25). Jesús ciertamente no se deja cautivar por el gran número de oyentes, pero tampoco se sustrae a su clamor, a su necesidad, a su sed. 

De hecho, cuando baja de la barca, «siente compasión» por ellos y acepta «cambiar de planes», mostrando flexibilidad y capacidad para percibir, en la multitud que le distrae de su propósito de soledad y silencio, una llamada a la que hay que escuchar y a la que hay que obedecer. 

La soledad y el retiro son una necesidad para Jesús, pero no es tan rígido como para convertir sus propios proyectos —por muy justos y justificados que sean— en una barrera que le impida escuchar las necesidades de los demás. 

Y, por amor, hace una excepción a su proyecto de retiro. Es más, al sentir compasión —es decir, al sentirse conmovido en lo más profundo al ver a las multitudes que lo buscan suplicando su presencia—, también siente su sufrimiento, entra en contacto con su carencia y, al tiempo que cuida de ellos y les hace el bien, sin duda también se hace bien a sí mismo. 

Afligido por la muerte de Juan, Jesús se muestra especialmente dispuesto y abierto a sentir el sufrimiento de las multitudes, su necesidad, y a actuar en consecuencia. 

No hay ningún atisbo de fastidio ni de rebelión ante las numerosas multitudes, sino la aceptación de la realidad para convertir esa contradicción en una ocasión de vivir la obediencia a Dios. 

También en otros pasajes, Mateo relata la compasión de Jesús por las multitudes (por ejemplo, en Mt 9,36) y este profundo movimiento del alma no debe reducirse a un simple sentimiento, a una mera conmoción interior, sino que debe entenderse también en su dimensión cognitiva. 

La compasión es también inteligencia del otro. Una inteligencia que implica, como mínimo, un juicio que percibe la grave situación de necesidad del otro y una valoración de inocencia, por la que el otro no tiene culpa de la penosa situación en la que se encuentra. 

Por último, la compasión implica la acción, el intervenir en favor del otro. Y Jesús, dice Mateo, cura a los enfermos (Mt 14,14). No se dice realmente que los cura, sino que los atiende, y atender significa ante todo «servir» y «honrar» a una persona, preocuparse por ella, asumir la responsabilidad sobre su persona, cuidar de ella. Y así transcurre el día y llega la noche (Mt 14,15). 

Entran ahora en escena los discípulos, que se dirigen a Jesús con palabras de realismo distanciado. Le recuerdan a Jesús lo que Él sin duda ya sabía: que el lugar es solitario y que es tarde, por lo que hay que despedir a las multitudes para que se dirijan a los pueblos a comprar comida. La presencia de Jesús, maestro y guía, parece eximirlos de responsabilidad: le dicen a Jesús lo que debe hacer con respecto a las multitudes. 

No se preguntan qué podrían hacer ellos mismos, sino que juntos (Mt 14,15: «los discípulos», es decir, todos), como si fueran incapaces de actuar con autonomía e iniciativa, se dirigen a Él para que haga lo que ellos quieren. 

Pero la respuesta de Jesús muestra que su forma de pensar no coincide con la de los discípulos. 

Y es una forma de pensar que les hace responsables, remitiéndolos a sí mismos. «No hace falta que se vayan; dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). 

Al igual que en otros pasajes de los Evangelios, la objeción de los discípulos se apela a la sensatez, al sentido común, y se nutre de esa superioridad y condescendencia mal disimuladas que se tiene hacia quienes no se dan cuenta de la realidad. 

Y se convierte también en un reproche encubierto. ¿No es así cuando los discípulos le dicen a Jesús que, en medio de la multitud, alguien le ha tocado la túnica: «Tú ves a la multitud que se agolpa a tu alrededor y dices: “¿Quién me ha tocado?”» (Mc 5,31)? 

Aquí la objeción se centra en la ridícula cantidad de comida de la que disponen los discípulos: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). Y se podría añadir: «¿Cómo vamos a encontrar en un desierto tantos panes para alimentar a una multitud tan grande?» (Mt 15,33). 

Hay un realismo que es falta de fe, que se convierte en un impedimento para que el Señor intervenga en la historia, que obstaculiza el novum que Dios puede obrar. En este caso, es como si los discípulos dijeran que su pobreza, la escasez de lo que tienen a su disposición, es lo que les impide cumplir la palabra de Jesús. 

Preguntémonos: ¿no es acaso una tentación que acecha a los cristianos la de considerar que la pobreza, la falta de medios, es lo que obstaculiza la evangelización, el anuncio y el testimonio del Evangelio? 

Para Jesús es exactamente lo contrario: la pobreza es una condición necesaria para el anuncio evangélico. El Evangelio empobrece y despoja a quien quiere ser su testigo y siervo. Y solo así el anuncio es fecundo. 

Y el camino que señala Jesús es el del compartir. Lo poco, cuando se comparte, se vuelve suficiente para todos. 

Y Jesús prepara un banquete, más aún, el banquete mesiánico. Entre las tareas del Mesías se encuentra la de garantizar el pan al pueblo. 

El rey David, figura del Mesías venidero, había repartido una torta de pan a cada uno de los miembros del pueblo de Israel (2 Sam 6,19). 

Jesús se manifiesta aquí como aquel que lleva a cabo la obra de Dios, que «da alimento a todo ser viviente» (Sal 136,25), como el pastor que hace sentar a su rebaño en pastos verdes (Mt 14,19) y lo refuerza y sostiene (cf. Sal 23). 

El texto también puede interpretarse como una prefiguración del banquete eucarístico (cf. Mt 14,19); pero puede resultar útil concluir la reflexión recordando que las palabras de Jesús «Dadles vosotros de comer» se dirigen también a nosotros hoy y se convierten en una espina clavada que interpela a las Iglesias ante la tragedia del hambre en el mundo. 

Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de solidaridad y compartir del Señor Jesús. 

Además, erradicar el hambre en el mundo se ha convertido, en la era de la globalización, también en un objetivo que hay que perseguir para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. 

La práctica mesiánica de Jesús se traslada así a la realidad eclesial y se convierte en palabra y acción proféticas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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