Aquella compasión que alimenta hasta saciar - III -
Te ofrezco dos perspectivas desde las que yo he tratado de leer este relato evangélico de la multiplicación de los panes y peces.
En este Evangelio que narra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, me llama la atención la multitud que busca a Jesús y cómo Él comprende su hambre: hambre de ser guiados, de sanación y de una enseñanza que solo Él sabía impartir. La multitud tiene hambre de Jesús y lo busca incluso en el lugar desierto donde se ha retirado.
Esto me dice que, en el corazón de las personas, esta hambre sigue existiendo: de vez en cuando resurge y hay que acogerla, no juzgarla. Creo que hay señales de esta hambre. Quizás las personas no sean del todo conscientes de ello… pero yo creo que tienen hambre de Dios.
Tienen hambre de algo más nutritivo para la vida que las cosas materiales o lo que la mentalidad consumista nos hace creer que es absolutamente necesario, aunque no lo sea.
Este Evangelio me invita a mí a reconocer esta hambre de Dios que hay en todos, y a hacer que incluso la más pequeña ocasión, con la modestia de nuestros medios, saciemos de verdad esa hambre, aunque sea por poco tiempo.
Los discípulos reconocen que tienen muy poco que ofrecer, solo «cinco panes y dos peces», y, sin embargo, Jesús consigue que alcancen para todos, e incluso que sobren. Como comunidad cristiana no disponemos de muchos medios y, a menudo, si miramos lo que somos y nuestra fe, nos parecen realmente pocos, como cinco panes y dos peces para alimentar a una multitud. Pero este poco, precisamente al confiar en Jesús, puede empezar a bastar.
Tenemos la oportunidad de ofrecer el alimento del Evangelio. Y no solo en la Iglesia, sino en cada ocasión en la que alguien nos revela su hambre de escuchar, de consuelo o de ir más allá de lo inmediato y lo superficial: precisamente ahí puedo ofrecer mi poca fe, el poco Evangelio que conozco y vivo, recordando el don de Jesús.
Todos tienen hambre de Dios: eso es lo que me dice el Evangelio. Y aunque cada vez lo busquen menos a través de los cauces habituales, eso no significa que no debamos hacer nada. Los discípulos se veían tentados a pensar que se podía hacer muy poco con lo poco que tenían, pero Jesús los sorprende y les muestra que ese poco, si es auténtico, se multiplica.
Evitemos, pues, el árido desierto de la desconfianza y el pesimismo: pongamos a disposición nuestra fe y alimentemos a todos los que tienen hambre de Dios, estén donde estén.
Otra perspectiva es la siguiente. A todos, creo, nos ha pasado alguna vez encontrarnos, por la calle, parados en un semáforo o en la puerta de casa, con alguien que nos pide limosna.
Cuando alguien se me acerca para pedirme algo de dinero, soy sincero, el primer sentimiento es de molestia. El pobre nunca llega con previo aviso y siempre tenemos la sensación de tener que dar o hacer algo de forma impuesta y que perturba nuestra merecida tranquilidad.
Y entonces siempre surgen las preguntas: «¿Pero este o esta lo necesita de verdad?», o «¿Es esta la forma correcta de ayudar a los pobres?», y muy a menudo se llega a la conclusión de que «los verdaderos pobres son otros, no este que me pide y que se aprovecha de mi sentimiento de culpa»…
El debate sobre los pobres - sobre todo los extracomunitarios - que deambulan por nuestras calles y que, de diversas formas, se nos acercan, no se apaga y no debe apagarse. No bastan dos leyes para resolver el problema, y la solución no consiste en apartar el problema de nuestra vista.
En este relato evangélico llaman la atención las dos actitudes diferentes ante el problema concreto de aquella multitud que se encuentra en el desierto: la de Jesús y la de sus discípulos.
Los discípulos quieren resolver el problema de la multitud hambrienta en el desierto dejando que sean las propias personas las que se las arreglen para conseguir comida, o, en el peor de los casos, que sea otra persona quien lo resuelva. Pero desde luego no es una tarea que les corresponda a Jesús ni a ellos.
Jesús, en cambio, se pone en marcha y hace lo que está en su mano hacer.
Y en el relato, el evangelista también destaca claramente lo que impulsa interiormente a Jesús a actuar: la compasión.
Jesús tiene el mismo impulso interior que una madre que oye llorar a su hijo porque tiene hambre y, aunque sea de noche, se levanta y le ofrece leche de su propio pecho. Jesús se implica y no delega. En todo caso, involucra a otros, a los discípulos, creando un trabajo en equipo basado en la caridad.
Entre líneas también se percibe el sentimiento de los discípulos que, cuando dicen «…despide a la multitud para que vayan a comprarse algo de comer» y cuando dicen «…no tenemos más que cinco panes y dos peces», dejan entrever esa molestia que nos invade cuando el hambre de otra persona nos perturba en nuestros planes y nos obliga a compartir lo que consideramos solo nuestro por derecho y por ganancia.
Así pues, el Evangelio, una vez más, nos presenta dos formas diferentes de sentir y de vivir: la de Jesús y la de los discípulos.
Esta enseñanza no solo se aplica al espinoso problema de los pobres que tienden la mano para pedir limosna en nuestras calles, sino también a todas aquellas situaciones en las que alguien se nos acerca y nos manifiesta su hambre y su petición de ayuda.
Podría ser hambre de amistad, de consuelo, de apoyo e incluso de perdón. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿La de Jesús, que no se queda indiferente y se implica, o la de los discípulos, que, molestos, piensan que cada uno debe arreglárselas como pueda?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF









