sábado, 1 de agosto de 2026

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - II -.

Aquella compasión que alimenta hasta saciar - II - 

La multiplicación de los panes y los peces. Quizás uno de los relatos más conocidos de todo el Nuevo Testamento y, en general, de la historia de Jesús. 

Expresiones, personajes y contextos que ya todos conocemos; probablemente el milagro más famoso entre los muchos que se nos cuentan. 

El deseo de soledad de Jesús se ve interrumpido por su compasión. El amor visceral (como indica el término griego original) que Jesús siente hacia la multitud le lleva a desistir de buscar otro lugar y le impulsa a curar a los enfermos, a quedarse con la multitud. 

Quizá este sea no solamente un punto interesante sino el que decide la vida de Jesús: hacer el bien no sigue un programa; es más, a veces exige precisamente dejar de lado la idea inicial y abrirse al otro, porque su «necesidad», su «enfermedad» no puede esperar. 

Es demasiado fácil —parece decirnos el Evangelio— hacer el bien cuando se está cómodo. El bien nos interpela; depende de nosotros hacerlo realidad, aprovechar el momento oportuno. 

Nos encontramos con la conocida expresión: «Dadles de comer vosotros mismos». El propio Jesús, en este caso, «llama» a sus discípulos a salir de su zona de confort, les pide que salgan de lo que les resulta cómodo «a ellos», para hacer lo que Él hizo. 

Esa misma compasión que había guiado a Jesús debe guiar ahora a los discípulos a hacer el bien. Una vez más, no hay un momento ni un lugar «adecuado» para el bien; solo existe la necesidad del otro que aquí y ahora pide ser alimentado, también por nuestra parte. 

De este modo llegamos al milagro propiamente dicho. Aquí encontramos una descripción, por decirlo suavemente, lenta, en la que cada gesto de Jesús se explica con detalle. 

No es casualidad que se trate precisamente de los verbos litúrgicos de la Pascua - tomó, alzó, pronunció, partió… -. 

Igualmente intrigante es ese «doble paso», quizá previsible, pero que, sin embargo, queda grabado en la página del Evangelio: de Jesús a los discípulos y de los discípulos a la multitud. 

He aquí el papel de la Iglesia: tomar todo de Jesús y darlo todo a la multitud. Pura mediación del don de la salvación, que no es ella quien genera, ni produce y, sobre todo, no es ella quien decide «a quién» debe ir dirigido. 

Todos comieron hasta saciarse: los que están allí son todos objeto del amor de Jesús y, por tanto, de sus discípulos. Como Iglesia, hoy en día, ¿no tendríamos mucho sobre lo que reflexionar al respecto?… 

La última cifra con la que se cierra el relato nos lleva idealmente al principio. Cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños. Esta es la multitud que al principio se desplazó desde las ciudades para llegar al lugar desierto, al que Jesús llegó incluso en barca. ¿Somos capaces de imaginar esta escena? 

De hecho, narrativamente hablando, hasta ahora nuestra mirada se había centrado en Jesús y los discípulos. No sabíamos nada de quiénes estaban allí o, mejor dicho, de cuántos eran. 

Aquí el evangelista pone en escena un auténtico recurso narrativo que emociona y sorprende. Solo al final se amplía el horizonte y nos muestra lo grande que es esta multitud. 

Un detalle que, sin embargo, a fin de cuentas, no es solo emotivo, sino que nos devuelve la grandeza del gesto, la «capacidad» del amor de Dios: un banquete verdaderamente escatológico, símbolo de plenitud (como las doce cestas que sobraron), tal y como solo Dios puede prepararnos (tal y como profetizó Isaías) y que, sin previo aviso, sin «cita previa», responde a nuestra necesidad y nos alimenta de sí mismo en el desierto (en realidad, siempre demasiado concurrido) de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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