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sábado, 3 de mayo de 2025

Cónclave: el futuro de la Iglesia.

Cónclave: el futuro de la Iglesia 

¿Quién impartirá la bendición Urbi et Orbi tras el humo blanco y el «habemus papam»? Junto con el mundo, se lo pregunta la conciencia bimilenaria de la Iglesia, en vísperas de un cónclave que abarca toda la historia de la gloria in excelsis Deo y el valor de vivir plenamente la fe en el presente, según el concepto filosófico latino: «Ultima semper est maxime momenti», el último momento es siempre el más importante, en torno al cual a menudo se desarrollaron las reflexiones de Séneca. 

Símbolo de la tradición y memoria de las tribulaciones de las anteriores elecciones papales, el cuarto cónclave vaticano desde el comienzo del siglo XXI ya ha adquirido la importancia de un chequeo trascendental de la Ecclesia Universalis. Una especie de sismógrafo fundamental para sondear en profundidad lo que mueve las aspiraciones y esperanzas del mosaico de más de 2900 diócesis repartidas por todo el mundo, pero también para ver con antelación el sol o las nubes, las tormentas, los temporales o los arcoíris que se vislumbran en el horizonte. 

Un cónclave que es la suma del ejército invisible del papado, mucho más numeroso que los 1406 millones de católicos oficialmente censados. Una multitud considerable de la población mundial, animada por la mística intensidad de su credo religioso y en estado de movilización permanente que preocupaba a Stalin. «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?», llegó a preguntar el dictador soviético, dudando del papel y la autoridad espiritual internacional del pontífice. 

La respuesta la dio San Juan XXIII a Nikita Krusciov, el nuevo secretario del PCUS, que entretanto había denunciado los terribles crímenes de su predecesor. Con la sola «persuasión religiosa», el Papa San Juan XXIII convenció in extremis a los rusos y al primer presidente católico de los Estados Unidos, John Kennedy, de no desencadenar la primera y última guerra nuclear y de retomar el camino de la paz. 

Mientras que otro Papa proclamado santo, Juan Pablo II, con una sola frase, «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!», desestabilizó el comunismo ruso hasta provocar su caída y, apenas hace unos días antes, el intangible y conmovedor «poder papal» del Papa Francisco reunió en la Plaza de San Pedro a todos los poderosos, jefes de Estado, líderes, reyes y reinas de la Tierra, para el funeral de un pontífice humilde y anticonformista. 

¿Cuán largo es el camino del compromiso ecuménico unitario de la Iglesia católica? Se preguntaba en 1995 la encíclica Ut unum sint de San Juan Pablo II. Treinta años después, es una de las principales respuestas que se esperan del 112º cónclave, que se reúne desde 1058, cuando la elección de los pontífices pasó a ser prerrogativa del Colegio Cardenalicio. 

Una respuesta que es directamente proporcional al número de escrutinios que se sucederán antes de que el humo blanco se eleve en el cielo de Roma y del mundo. Las horas o los días medirán en el tabernáculo del cónclave el estado de salud y la unidad de la Iglesia. 

Las demás respuestas se refieren a la voluntad y la prioridad que dará el 267º sucesor del Apóstol San Pedro a armonizar, con una sabia mezcla de novedad y continuidad, la Iglesia con la evolución tecnológica, científica y social de la humanidad. 

Por no hablar de los nudos que tarde o temprano habrá que desatar. Se trata de algunas reformas trascendentales que llevan décadas llamando a las puertas de las comunidades eclesiales, destinadas a revitalizar la esencia del credo religioso entre los fieles y la opinión pública mundial y a marcar aún más la diferencia cultural y existencial con otras religiones. 

La elección de un Papa «desfasado» o, peor aún, inadecuado, frustraría todos los esfuerzos por no romper el delicado equilibrio entre la vida consagrada, la secularización, el agnosticismo y el contexto social, y anularía la notable recuperación de visibilidad, de popularidad y de incisión de los 12 años de pontificado del Papa Francisco. 

Dos mil años después, el valor espiritual intrínseco del mensaje y del ejemplo de Jesucristo permanece inalterable, pero los destinatarios han cambiado radicalmente. 

El «Christus vincit, Christus regnat» o el «Magnificat», que solemnizan el anuncio cristiano, impregnan ahora a las últimas generaciones de una humanidad globalizada, cultural y tecnológicamente evolucionada, alejada años luz del oscurantismo medieval y del dogmatismo de cualquier infalibilidad ex cathedra. 

Un mensaje cristiano nunca tan actual como ahora, en un contexto de conflictos e inhumanidad que sacuden el planeta, pero que presupone la adaptación de la capacidad de dar testimonio por parte de los «portavoces e intérpretes» eclesiales: laicos, congregaciones religiosas, presbíteros, obispos, cardenales y pontífices, doctrinal y jerárquicamente anclados en las estructuras vaticanas y en una liturgia y ceremonial pluriseculares. 

Una adaptación muy delicada y gradual, que debe iniciarse y proseguirse constantemente con infinita y misericordiosa paciencia, como había comenzado a hacer el Papa Francisco al desestructurar la Curia, las diócesis, los nombramientos episcopales y los cardenales. Una profecía que quedó inconclusa. Escenarios muy presentes en la Capilla Sixtina, donde junto al fresco de Miguel Ángel sobre el Juicio Final se representan la génesis bíblica y la vida de Cristo, desde la historia de Moisés, hasta el discurso de la montaña, la última cena y la resurrección. 

Escenarios poderosos que plantean al cónclave no solo la capacidad, sino también la posibilidad, con una sacudida espiritual, de imprimir un giro exponencial a la Iglesia, conjurando la desertificación de las Iglesias donde, particularmente y sobre todo en Occidente, cada vez se entra menos, y más solamente para bautizos, bodas y funerales. 

El riesgo de un cierto colapso vertical de la religión cristiana católica en algunas latitudes hasta conlleva la posibilidad de que el mundo, convulsionado por las guerras y nublado por la inteligencia artificial y las redes, se pregunte si es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad o es la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Intra omnes - Todos dentro -.

Intra omnes - Todos dentro - 

Después de los Papas Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, que habían sido padres conciliares, y después del Papa Benedicto XVI, que había participado en la asamblea conciliar como perito del cardenal Frings, el Papa Francisco fue el primer papa verdaderamente «hijo» del Concilio Vaticano II, ya que en los años de su convocatoria (1962-1965) aún se encontraba en formación como novicio jesuita. Fue ordenado presbítero en 1969. Ahora bien, ¿cómo traducir estas instancias a las generaciones más jóvenes y a las venideras, que serán, como en parte ya somos, «nietos» del Concilio? 

En esta herencia conciliar, el Papa Francisco ha iniciado procesos, devolviendo la autoridad a la Iglesia como Pueblo de Dios que camina itinerante y peregrino en la historia más que en la tradición entendida de manera estática como «dispositivo de bloqueo» de las acciones de reforma. Ha sido, y es, el comienzo de una nueva primavera. ¿Qué será más importante, necesario y urgente para el futuro? 

La impronta de encuentro, escucha, diálogo del pontificado —en el plano eclesial y ecuménico, pero también en el secular— ha iniciado procesos de relectura de la doctrina católica. ¿Qué desarrollos necesita la Iglesia después del Papa Francisco? 

Los procesos y diálogos han tenido algunas traducciones institucionales, pero queda mucho por hacer a la Iglesia que vendrá, en el plano teológico, normativo, moral, litúrgico, etc. ¿Cuáles son los perfiles en los que deberá trabajar la Iglesia en los próximos años? 

Son algunas preguntas de un cuadro sobre el que cada uno de nosotros, como miembro del Pueblo de Dios, está llamado a reflexionar. El Pueblo de Dios respeta el «Extra omnes», el «Todos fuera», con el que comienza el cónclave. Pero el Pueblo de Dios no puede dejar de señalar cómo la historia de los dos últimos siglos —y quizás de manera particular la de los últimos doce años— ha hecho que el colegio cardenalicio pueda ser cada vez más inclusivo: no excluye, sino que incluye a toda la Iglesia. «Intra omnes», «Todos dentro». 

En un futuro próximo, probablemente, se darán las condiciones para replantearse de manera efectivamente «sinodal» e inclusiva las formas y los modos de elección del Romano Pontífice. El principio «Lo que concierne a todos debe ser tratado y aprobado por todos» - Quod omnes tangit, ab omnibus tractari et adprobari debet - reiterado también en el último Sínodo de los Obispos, no puede dejar de referirse también a la provisión del cargo del Romano Pontífice. Por el momento, al menos en los días inmediatamente anteriores al cónclave, no nos parece exagerado afirmar: Intra omnes, Todos dentro. 

Si la Iglesia es ese Pueblo de Dios que se reconoce como pirámide invertida, tiene, por lo tanto, la base en la cima. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 8 de enero de 2025

A propósito de "Cónclave".

A propósito de "Cónclave" 

Acabo de ver “Cónclave”, película de Edward Berger, basada -con algunas variaciones en el argumento- en la novela homónima de Thomas Harris. Una premisa puramente estética: más vale evitar ver esta película sin tener demasiados remordimientos. El espectador aficionado al urbanismo y la arquitectura se divertirá, sin embargo, observando por ejemplo cómo la columnata del Museo de la Civilización Romana de EUR se utilizó para «sustituir» a la columnata de Gian Lorenzo Bernini en la plaza de San Pedro. 

A su manera, sin embargo, “Cónclave” se desvía un tanto del género conspirativo que -como en “Los sótanos del Vaticano” de André Gide o “Ángeles y Demonios” de Dan Brown- hace de la Curia romana un mero pozo negro de fealdad y villanía. No es que la mayoría de los cardenales en cónclave, llamados a elegir un nuevo Papa tras la inesperada muerte del anterior, se comporten bien en el transcurso de la historia; en el centro del relato hay verdades no dichas, conspiraciones y ansias de poder. 

Hacia el final, sin embargo, la apertura de una brecha en el techo de la Capilla Sixtina y el soplo del viento que penetra en ella parecen insinuar la posibilidad de un nuevo comienzo, más allá de los pecados y mezquindades de sus representantes, para la institución-Iglesia. 

La derrota del reaccionario Goffredo Tedesco -interpretado en un tono tan exagerado que el personaje resulta casi simpático- y la elección con el nombre de Inocencio XIV del arzobispo de Kabul, el cardenal Vincent Benítez -por así decirlo, nacido y criado con una peculiaridad anatómica- permiten, en efecto, albergar la esperanza del advenimiento de una Iglesia más «liberal» -término que se repite a menudo en la película-. 

Un momento antes de la votación decisiva, el cardenal Vincent Benítez había respondido así a una arenga de Goffredo Tedesco sobre la necesidad de una nueva cruzada contra el Islam: “Cuando dice que hay que luchar, ¿contra quién hay que hacerlo? La lucha está dentro de nosotros. La Iglesia no es la tradición, no es el pasado. La Iglesia es lo que haremos a partir de ahora”. 

Ciertamente se puede compartir la esperanza de que la Iglesia católica, resistiéndose al deseo nostálgico de restaurar un régimen pasado de la Cristiandad, adopte resueltamente una actitud de «diálogo» con el mundo contemporáneo (y para ello un hombre santo como el cardenal Vincent Benítez-Inocencio XIV sería mucho más adecuado y funcional que un nuevo Torquemada alemán). 

Iniciar un diálogo, sin embargo, presupone que cada uno de los interlocutores tiene -o al menos cree tener- algo que decir, una contribución que aportar. En efecto, ¿qué tendría que comunicar una Iglesia plenamente «inocenciana» a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Porque la tolerancia, el rechazo de la violencia, el sentido de la solidaridad con los sujetos más frágiles,…, son actitudes propias y loables, pero no exclusivas de quienes nos llamamos cristianos. 

En este sentido, hay quien también señala como una especie de ‘asimetría’, en el mundo católico, entre el compromiso práctico de solidaridad y la capacidad de «pensar la fe», dando razones de la propia esperanza, en sentido teológico. 

También existe el riesgo de que, privilegiando siempre y en todo caso la dimensión de la praxis, se acabe haciendo un uso ideológico de la propia categoría de «testigo». A fuerza de separar a los testigos de los maestros, y de seguir exaltando la concreción de los primeros y denunciando la abstracción de los segundos, los propios testigos se han vuelto mudos e irreconocibles: incluso cuando están ahí, parece que nadie repara en ellos; se les oye, pero da la sensación de que ya nadie habla de ellos porque nadie es capaz de hablar de ellos. 

O, dicho de otra manera, corriendo quizá el riesgo de caer en una forma de neofundamentalismo: ¿no se nos exige hoy, además de un estilo de vida no demasiado distinto de lo que prescribe el Evangelio, también un esfuerzo de reflexión, de estudio sobre los antiguos contenidos del relato cristiano? ¿No habrá que volver a repensar el posible significado de las palabras «Dios», «creación», «salvación», «vida eterna»,…? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

El Evangelio de las imágenes de los ojos, de las manos, de los pies.

El Evangelio de las imágenes de los ojos, de las manos, de los pies 

La revolución del cristianismo pasa también por el lenguaje. Jesús abre caminos más que concluye discursos; no proporciona soluciones ya preparadas, sino direcciones de búsqueda; involucra y pone al oyente en un itinerario. 

Las imágenes y comparaciones brotan de la voz viva de Jesús. Escucharlas es como escuchar el murmullo de la fuente, del momento inicial, fresco y fecundo del Evangelio, porque así vienen de la boca de Jesús. Las imágenes y comparaciones representan el punto más alto y brillante, el más refinado de su lenguaje, no la excepción. Para Jesús hablar en imágenes era la norma. No enseñó a través de abstracciones o conceptos, sino a través de imágenes. Las palabras generadoras de su mensaje (el Reino de Dios, Abba,…) no ofrecen conceptos sino metáforas, transferencias de significados de lo visible a lo invisible. 

¿Por qué Jesús decidió convertirse en profeta de imágenes? El lenguaje más adecuado a lo sagrado no es el filosófico o teológico, sino el poético. Si le quitamos la poesía y la metáfora a la Biblia, lo que queda es un montón de huesos. Quítense de la Escritura los Salmos, el Cantar de los Cantares, las profecías, el lenguaje mítico de los orígenes, y lo que queda son historias de guerras, crónicas de dinastías sangrientas, listas de leyes, prohibiciones y preceptos,... ¿Qué es más eficaz y cautivador, decir en lenguaje filosófico: Dios es el ser más perfecto y omnipotente, o sugerir, poéticamente: Dios es un padre experto en abrazos? 

El Salmo 19, por poner un ejemplo, nos ayuda a comprender esto poniendo su canto en boca de las criaturas silenciosas: los cielos narran la gloria de Dios... la obra de tus manos anuncia el firmamento… El día confía la historia al día... y la noche a la noche. El poeta Jesús se vincula a este antiguo poeta y dice: la tierra narra la gloria de Dios, la semilla narra la fuerza del reino. 

Jesús toma imágenes de vida y las convierte en imágenes de Dios y de su Reino. Esta narración de día a día, de sol a sol, de estrella a estrella, de semilla a semilla, es la más democrática y la más laica, ha sido entregada a todos, no hay elegidos, gente preparada o no, no hay jerarquías ni iglesias elegidas que interpreten la narrativa de los cielos. El relato de la noche es para todos, no para unos pocos privilegiados. 

Con sus imágenes, Jesús alimenta en nosotros la facultad de la imaginación. Nos llama a dejar espacio a la hermosa y generativa capacidad de imaginar. Que no sigue un programa preestablecido, sino que abre una dinámica, una creatividad, una manera de ver el mundo desde otra perspectiva. Hablar en imágenes permite dar densidad a las palabras, concentrar su significado. Y la mayor parte de las veces sin necesidad de muchas ni grandes explicaciones. Si decimos… eres una flor, inmediatamente lo entendemos y todos pueden entendernos, incluso las personas de diferentes culturas, siempre que hayan visto una flor al menos una vez. 

Es importante reflexionar sobre el lenguaje que usa Jesús, y sobre el que usamos en la Iglesia, porque el lenguaje libera o enjaula. Incluye o excluye. Y puede convertirse en un instrumento de poder. La revolución del cristianismo pasa también por el lenguaje. Con la historia de Jesús, lo sublimemente trágico se encarna en lo extraordinariamente humilde, concreto, cotidiano. En el Evangelio, un carpintero, unos pescadores, mujeres y hombres corrientes se convierten en los protagonistas de la historia más sublime jamás narrada. Y el lenguaje de Jesús es coherente con su mensaje: era un laico que utilizaba palabras seculares para comunicar un mensaje dirigido a todos. 

Las imágenes no ofrecen una ecuación o definición estática, sino una dinámica, nos envuelven en una danza que sugiere. No presentan una definición de Dios y de su Reino sino que evocan y provocan transmitiendo capacidad de imaginar. 

La imagen es llamativa y fascinante. La mente del poeta piensa en imágenes, tal como soñamos. Las palabras son símbolos que nos permiten comunicar o describir dichas imágenes. Y si aprendemos a mantener una imagen positiva en nuestra mente, será posible transformar la forma en que vemos lo que nos rodea. Por eso el Papa invita a los nuevos cardenales a contemplar detenidamente esas imágenes con muy breves y sucintas pinceladas: ojos altos, manos juntas, pies desnudos. 

La invitación del Papa Francisco a mirar esas imágenes de lo que le gustaría que fueran los nuevos cardenales les hace tocar con las manos, visualmente, la realidad del cardenalato y por tanto acercan a los sentidos lo que las palabras no pueden hacer. Esa es su fascinación. De hecho, mirar y contemplar tiene un mayor impacto en la mente que leer. La visión por imágenes no requiere el ejercicio de la mente que conlleva la visión de códigos gráficos; por tanto no requiere capacidad para decodificar signos y elaborar conceptos abstractos. Por eso, por ejemplo, también los atletas aprenden mejor si pueden ver el movimiento corporal correcto a realizar. La idea de que cuando las personas podamos ver lo que necesitamos hacer, es mucho más probable que podamos hacerlo (y hacerlo bien). 

Acostumbrados a un uso exclusivo del lenguaje verbal y conceptual, con el tiempo perdemos la capacidad de explotar el "poder visual" de nuestro pensamiento, perdiendo la capacidad de lograr esa visión holística y sistémica que nos ayuda a explicar y comprender el sentido. “Ver” nos brinda un enfoque simultáneo, sintético y global, donde todas las partes se perciben y procesan simultáneamente. Sucede, al menos a veces, que el sentido y significado que buscamos se esconde más en la relación entre dos imágenes que en el encuentro de las palabras. 

Y ahora me quedo contemplando esas imágenes: ‘ojos altos’, ‘manos juntas’, ‘pies desnudos’. Una pro-vocación para la Iglesia que quiere ser más diaconisa que eminencia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Algunas claves de interpretación en la elección de los nuevos cardenales.

Algunas claves de interpretación en la elección de los nuevos cardenales 

Uno será llevado y el otro dejado” (Mateo 24, 40). 

La “geometría”, como dice el propio término (‘geo-metría’, es decir, la medida de la tierra), indica la comprensión del espacio en el que se mueve el hombre y, por tanto, expresa la intencionalidad y la posibilidad de entrar más rigurosamente en el significado de la realidad. La geometría, que inicialmente servía para resolver cuestiones de carácter natural, se ha convertido con el tiempo en una ciencia verdaderamente intuitiva y descriptiva, capaz todavía hoy de ser un punto de referencia para explicar fenómenos que a primera vista todavía parecen enigmáticos. Para llegar a una propuesta de significado de ellos, es necesario referirse no tanto a conceptos abstractos (que corren el riesgo de no conducir a la ejemplificación deseada), sino a imágenes, "modelos", que forman parte de un horizonte interpretativo que es tan lo más amplio posible. Para explicar ciertos fenómenos complejos, como la Iglesia y algunos procesos sociológicos, el Papa Francisco ha recuperado varias figuras geométricas como "modelos". 

La elección de los cardenales en perspectiva de poliedro 

Uno de ellos es el poliedro: un sólido formado y delimitado por un número finito de caras poligonales planas. Para evitar atribuir significados deducidos de especulaciones personales, lo mejor es recurrir directamente a las citas del Papa, rastreando los diferentes contextos en los que fueron pronunciadas. 

En la Evangelii Gaudium está escrito: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto equidista del centro y no hay diferencias entre un punto y otro. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él mantienen su originalidad». El Papa Francisco se refiere aquí al modelo del poliedro para explicar la relación entre globalización y localización, y la tensión que puede ocurrir entre ambas. De hecho, en la globalización, que en sí misma es un proceso que manifiesta una intención positiva porque tiende a la composición de una realidad unitaria, se ha producido una asimetría creciente entre las partes involucradas, sistemáticamente desfavorable para los países más pobres. La reacción se manifestó en diversas formas de localismo, que reclamaban su autonomía. 

Frente a un todo que elimina las partes, y las partes que pretenden constituirse de manera autorreferencial, el modelo del poliedro permite pensar en una unidad que no sólo mantiene la pluralidad que la compone, sino que la favorece constantemente, al contrario de la esfera en la que cada punto es equidistante del centro. En este caso el Papa Francisco representa geométricamente la dinámica de la ‘glocalización’, término acuñado por Ronald Robertson, para expresar un proceso que mantiene y garantiza un equilibrio entre las partes y el todo. 

El Papa Francisco escribe: «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre un punto y otro». No es la esfera: pero ¿por qué la rechaza? Con toda probabilidad, la primera razón reside en el hecho de que la esfera es un signo de perfección, pero ¿cómo puede ser esto un motivo para eliminarla como modelo eclesial? 

La esfera se elimina precisamente porque es un símbolo tanto de perfección como de regularidad absoluta e incluso de la divinidad. La Iglesia ha encontrado, y seguirá encontrando, la limitación de las capacidades, el desastre moral, la debilidad del pecado, la perfidia de los malvados, la irregularidad de los comportamientos, la debilidad a todos los niveles. También la mediocridad del discípulo, el cansancio del misionero, la pobreza del contexto humano, la adversidad de los tiempos, la debilidad y escasez de medios de todo tipo... 

El perfeccionismo es siempre peligroso: también lo es en la Iglesia porque, hijo de la soberbia, bloquea incluso a quien humildemente se propone buscar lo bueno y lo mejor, quitándole tiempo y espacio para hacerlo... Todo ello para decir que la Iglesia sólo puede realizarse apuntando a la perfección infinita de Dios, a la belleza infinita del Evangelio, a la santidad infinita del Reino, a la felicidad infinita de la proximidad samaritana. 

El Papa Francisco, para no ceder a retóricas de ningún tipo, escribe: «No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que acabe encerrada en una maraña de obsesiones y procedimientos». Incluso prefiere una Iglesia defectuosa y limitada, pero más sincera y humilde en su misión: «Así vemos que el compromiso evangelizador se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias. Busca siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que puede aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero es consciente de estas limitaciones y se hace 'débil con los débiles [...] todo a todos' (1 Co 9,22)». 

El Papa Francisco había dicho que la esfera 'no es superior a las partes', evidentemente porque no tiene partes, queriendo decir -con sutileza- porque es sólo ella misma... Cuántas veces la Iglesia no hace coro, no canta, no hace armonía, precisamente porque los que se consideran perfectos imponen su 'a solo' ¡quizás durante años! Siempre es así: los que se consideran perfectos en la Iglesia no respetan a nadie, ni se sienten superiores a nadie, sino que simplemente... no ven a nadie. 

Habiendo dicho no a la esfera, el Papa Francisco opta por el poliedro como modelo de la Iglesia. Escribe: «El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que conservan en él su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política tratan de reunir lo mejor de cada una de ellas en un poliedro semejante». Con sus muchas caras, con sus muchas refracciones, con sus pequeñas unidades y la originalidad de que se componen apoyándose unas en otras, el poliedro forma un conjunto interesantísimo y bellísimo. 

Ésta es una posible manera de interpretar uno de los cuatro principios presentados en Evangelii gaudium: "El todo es superior a las partes". No se trata del "principio de totalidad", que -como lo ha demostrado la propia historia- ha conducido a estructuras gubernamentales humanamente devastadoras, sobre todo desde el punto de vista sociológico y político, sino -si se quiere preservar el término "principio" - del "principio de unidad", en cuanto se refiere a aquella realidad que simultáneamente: se compone de lo múltiple, es su causa, garantiza y favorece la existencia continua y la interacción entre las distintas partes que la constituyen. 

La elección de los cardenales en perspectiva de geometría variable 

Quizá también se pueda leer e interpretar la elección de unos cardenales -y la no elección de otros- desde la perspectiva de la ‘geometría variable’. Es uno de los términos recurrentes, por ejemplo, de la política: ante la dificultad de alcanzar mayorías absolutas se opta por la necesidad de pactos. Los pactos de geometría variable significan buscar en cada momento el aliado más adecuado en el gobierno. 

La disparidad de los orígenes y trayectorias, procedencias e itinerarios de los cardenales puede ser también un signo de un magisterio del Papa Francisco de geometría variable que cambia según las circunstancias y los signos de los tiempos. Dicho con otras palabras, una Iglesia de geometría variable puede ser más sensible y adaptarse más y mejor a las periferias según las propias necesidades de cada momento que una Iglesia monocorde o monolítica centrada en el continente europeo y en Roma. En el credo niceno-constantinopolitano se habla de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. No europea. Tampoco romana.   

No sé si antes hubo un Papa tan favorablemente aceptado por no creyentes y que, sin embargo, haya encontrado tanta resistencia dentro de la Iglesia y, me atrevo a decir, entre los mismos obispos. Los mismos movimientos eclesiales, que hasta ahora eran vanguardia del Papa, sorprenden, confunden y desconciertan a algunos. En las últimas décadas, el catolicismo ha tomado conciencia y se ha adaptado progresivamente a un estatuto cada vez más minoritario en casi todas partes, incluso en situaciones en las que siempre había sido mayoritario. En plena escasez de sacerdotes en no pocos lugares, el catolicismo se esfuerza por cambiar y gestionar su declive hacia una cierta minoridad allí donde mayoritario e, incluso, la religión del Estado. La difícil reestructuración necesaria tendrá que alejarse de una organización de determinados modelos de absoluta y poderosa cristiandad, de grandes e influyentes mayorías, de honores y privilegios… 

La propuesta alternativa del Papa Francisco es un catolicismo del pueblo «en salida», con la figura de la misericordia, atento a las periferias. Desde esa geometría variable de su magisterio, también se pueden interpretar no pocos de los destinos de sus 46 viajes apostólicos a países de las periferias y también de minorías católicas del planeta tierra: “Hay que ir a la periferia si se quiere ver el mundo tal cual es. Siempre pensé que uno ve el mundo más claro desde la periferia, pero en estos últimos siete años como Papa, terminé de comprobarlo. Para encontrar un futuro nuevo hay que ir a la periferia”. En lugar de enfatizar el centro se trata de enfatizar la periferia, en lugar de las fronteras la diversidad de las multiplicidad, en lugar de la auto-referencialidad (europea, romana,…) la apertura y la integración de los cruces de los caminos y de los márgenes. Esto provoca y conlleva otras nuevas geometrías y estilos y métodos de gobernanza, así como moviliza y genera una gran vitalidad. 

Europa en general y Roma en particular… van quedando relegadas a un cierto segundo plano, desprovistas cada vez más de esa centralidad como punto de referencia. La Iglesia se va poco a poco des-vaticanizando, o mejor dicho, se des-romanizando. La Iglesia romano-céntrica va siendo relevada por una Iglesia poli-céntrica –poliédrica-. 

En toda elección, también en la de los nuevos 21 cardenales, unos han sido escogidos y otros desechados (cfr. Mateo 24, 40). El nombramiento de los nuevos cardenales parece obedecer al misterioso criterio enunciado por el Evangelio de Jesús. El Papa Francisco, una vez más, no ha prestado atención a los lugares de origen. ¿Arbitrario y desestabilizador? Sí, también. Pero incluso, quizá sobre todo, para el arribismo clerical. 

Las ilusiones y las desilusiones, los cumplimientos y las decepciones, los acuerdos y los desacuerdos, las alegrías y los resentimientos,…, van por barrios. Así fue antes, es ahora y será mañana en toda elección. También en la que ayer comunicó el Papa Francisco de los nuevos 21 cardenales. 

No pocos de sus electores quizá hasta estén decepcionados del Papa Francisco. Era el hombre ideal, sin esqueletos en los armarios, doctrinalmente seguro, tradicionalista pero con una aceptable apertura hacia lo nuevo. Podría haber garantizado un período de tranquilidad a la Iglesia devastada por escándalos y divisiones. Nunca hubieran pensado que Jorge Mario Cardenal Bergoglio tuviera la intención de reformar nada menos que la Curia romana, eliminando privilegios y azotando las vanidades del clero vanidoso. Su mera presencia, sobria y espontánea, es una crítica constante a aquellos prelados pomposos, faraones anacrónicos y engreídos. 

Quizá también estén decepcionados los obispos de carrera, es decir, aquellos para quienes un nombramiento en una ciudad, con marchamos incluso de cardenalicia, era sólo el pedestal para un puesto más prestigioso… Estaban dispuestos a clonarse con el Papa del momento, a imitarlo en todos los sentidos, desde la vestimenta hasta la doctrina, sólo para ganarse su agrado y obtener sus favores. Ahora este Papa invita a los obispos ambiciosos y vanidosos a oler a ovejas, y prefiere buscar cardenales en aquellos que no han caído en la tentación del carrerismo clerical, y encontrarlos en las periferias. 

Algunos otros, lo que sólo habíamos esperado, imaginado o soñado, parece que se va haciendo más concreta y real, y tomando carne humana. Hasta pareciera que podemos redescubrir el aroma de Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...