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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El ritmo lento del crecimiento.

El ritmo lento del crecimiento

Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, encierra una palabra ardiente para nuestro tiempo: el Evangelio dice que el niño crecía, se fortalecía en el espíritu y vivía en regiones desérticas hasta el día de su manifestación ante Israel.

 

Antes de la voz que clama, hay un largo silencio. Antes de la palabra que sacude las conciencias, está el desierto que educa el alma. Antes del hombre público, está el hombre oculto.

 

Este mismo misterio lo encontramos en la vida de Jesús. Tampoco Él se impone de inmediato en la escena del mundo. También Él atraviesa los años del ocultamiento, de la vida ordinaria, de la obediencia silenciosa, de la maduración secreta.

 

El Hijo de Dios no se salta etapas. No busca visibilidad antes de tiempo. No confunde la misión con la exposición pública, ni la llamada con el aplauso.

 

Juan el Bautista y Jesús nos revelan una ley espiritual que hoy casi hemos olvidado: ninguna palabra verdaderamente profética nace del ruido.


Las palabras que salvan, que hieren para sanar, que juzgan para liberar, que llaman a la conversión, no provienen de la improvisación ni de la excitación del momento. Vienen de lejos. Vienen de años de escucha. Vienen de la profundidad de una conciencia forjada por el silencio.

 

El desierto, en las Escrituras, no es solo un lugar geográfico. Es una escuela. Es un crisol. Es el lugar donde caen las máscaras, se apagan las voces inútiles, se desinflan las ambiciones prematuras. En el desierto, el hombre ya no puede fingir ante los demás: se queda ante Dios, ante la verdad, ante su propia hambre o sed, ante su propio miedo, ante su propia espera.

 

Por eso, cuando Juan por fin habla, su voz no se parece a las palabras frívolas de los hombres acostumbrados a complacer. No habla para ocupar espacio, no habla para seducir, no habla para ganarse el consenso. Habla porque ha sido habitado por una Palabra más grande que él. Y esa Palabra, madurada en la soledad, llega como fuego a las conciencias.

 

Nosotros, en cambio, vivimos en una época que expone demasiado pronto, consume demasiado pronto, exige demasiado pronto.

 

A los jóvenes se les empuja al centro del escenario antes incluso de que hayan encontrado el centro de sí mismos. Se les pide que aparezcan cuando aún no han aprendido a escuchar, que elijan cuando no se les ha ayudado a discernir, que hablen cuando nadie les ha enseñado el valor del silencio.

 

Esta es una de las carencias más graves de nuestra época: hemos multiplicado las oportunidades de expresión y hemos empobrecido la vida interior. Hemos dado a los jóvenes herramientas para mostrarse, pero no siempre espacios para conocerse a sí mismos. Los hemos rodeado de estímulos, imágenes, juicios, expectativas, pero muy pocas veces los hemos acompañado al desierto bueno del silencio, de la pregunta, de la oración, de la reflexión, de la responsabilidad.


Así corremos el riesgo de quemar su vocación antes incluso de que pueda tomar forma. Corremos el riesgo de convertir la adolescencia en un escaparate y la juventud en una carrera frenética hacia el reconocimiento externo.

 

Pero el alma no madura bajo los focos. La conciencia no se profundiza en medio del ajetreo. La libertad no nace de estar continuamente observados, sino de aprender a estar ante la verdad de uno mismo.

 

Si Juan Bautista y Jesús pasaron por un tiempo oculto, entonces ningún educador debería menospreciar los ritmos lentos del crecimiento.

 

Hay una gracia en no estar listos de inmediato. Hay una sabiduría en no ser visibles de inmediato. Hay una protección en poder madurar lejos del juicio continuo del mundo.

 

Formar a un joven no significa situarlo inmediatamente en el centro de la atención de los adultos, ni convertirlo en la prolongación de sus expectativas. Significa custodiar en él un espacio interior. Significa enseñarle que no todo lo que vale debe exhibirse de inmediato, que no todo pensamiento debe convertirse en palabra, que no toda emoción debe convertirse en gesto, que no todo deseo debe transformarse inmediatamente en derecho.

 

Educar en la profundidad significa devolver a los jóvenes el gusto por la vida interior: la capacidad de cuestionarse, de esperar, de discernir, de reconocer lo que es auténtico y lo que es ilusorio.

 

Significa ayudarles a descubrir que en su interior no hay solo un conjunto de necesidades que satisfacer, sino una conciencia a la que escuchar, una vocación que reconocer, una palabra que preparar.


Las palabras de Juan impactaban porque no eran palabras frívolas. Las palabras de Jesús tenían autoridad porque no procedían de una superficie agitada, sino de una comunión profunda con el Padre.

 

Quien habla después de haber escuchado durante mucho tiempo no habla para llenar el vacío: habla para abrir un camino. Quien ha habitado el silencio no utiliza la palabra como adorno, sino como semilla, como espada, como medicina.

 

Quizá nuestro tiempo necesite precisamente esto: no jóvenes más expuestos, sino jóvenes más arraigados; no adolescentes más aplaudidos, sino adolescentes más acompañados; no generaciones más ruidosas, sino conciencias más libres.


Necesitamos devolverle el valor al desierto, no como huida del mundo, sino como preparación para encontrarnos con él sin que nos devore.

 

El desierto no apaga la vida: la purifica.

 

El silencio no empobrece la palabra: la hace verdadera.

 

El ocultamiento no anula la misión: la prepara.

 

Juan Bautista se presenta ante Israel solo después de haberse formado lejos de Israel.

 

Jesús comienza su misión pública solo tras un largo período de vida oculta.

 

Es una ley del Reino: lo que debe dar fruto debe primero echar raíces.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 23 de marzo de 2026

Formación sinodal en la sinodalidad.

Formación sinodal en la sinodalidad

Si los laicos están llamados a compartir la responsabilidad de la dirección de las comunidades cristianas a nivel pastoral, organizativo, económico, …, ¿estamos seguros de que cuentan con todas las herramientas necesarias para hacerlo? 

Y si los presbíteros están llamados a acoger en su ministerio de acompañamiento de las comunidades cristianas las competencias laicales, ¿estamos seguros de que son capaces de comprender su mundo y de acoger sus capacidades sin pedirles que adopten, como modelo de participación, el del presbítero? 

Me parece poder decir que esta petición, con las correspondientes perplejidades, surge de años de experiencia de trabajo compartido, no siempre fácil: por un lado, los laicos con sus competencias adquiridas en el ámbito de los estudios, del trabajo y de la experiencia familiar; por otro, la formación teológica y pastoral del clero orientada al ministerio que están llamados a ejercer. 

Los tiempos nos están obligando a revisar la idea de Iglesia que hemos tenido hasta ahora: todos los bautizados, conscientes de su identidad de cristianos, están llamados a asumir una forma diferente de estar en la Iglesia y de ser Iglesia. 

Es necesario formarse en la sinodalidad: en pocas palabras, debemos aprender a coeducarnos en la vida cristiana, debemos aprender a constituir un «nosotros de los creyentes». 

¿Cómo podríamos avanzar, si realmente nos comprometiéramos en un camino formativo? 

El primer paso, en mi opinión, podría ser mirar a nuestro alrededor con realismo, sin caer en el pesimismo ni caer en la melancolía de los tiempos pasados. Hay una Iglesia que ya no existe: las iglesias abarrotadas, el número de niños inscritos en la catequesis, la disponibilidad generosa y gratuita de cientos de voluntarios… no son un objetivo al que apuntar para recuperar el terreno perdido. Son nuestro pasado, que estamos llamados a asumir para reformular el presente. 

Quizá deberíamos esforzarnos más por «estudiar» lo que está sucediendo, por leer los documentos (al menos los más accesibles), por mantenernos informados de lo que ocurre en la Iglesia, por mirar a nuestro alrededor para comprender qué sucede. 

Digo esto también porque a veces corremos el riesgo de permitirnos pensar que todo sigue como antes. Sería importante no dejarnos pillar desprevenidos cuando el cambio se ha manifestado con toda su evidencia. ¿No será éste precisamente el momento de estar atentos, de prepararnos, de imaginar el futuro? 

Me doy cuenta de que no es una sugerencia muy sorprendente, pero me parece que la conciencia de lo que está sucediendo aún no está tan extendida. A veces escucho a personas que se sorprenden de que ya no haya mucha gente en la iglesia y que culpan de ello a la homilía del párroco… Bueno, probablemente ese ya no sea el quid de la cuestión. 

Un segundo paso podría ser arriesgarnos un poco en los ensayos generales de la Iglesia del futuro (que es, en definitiva, el presente) y dar una oportunidad a algunas propuestas formativas, tanto de carácter académico, como de carácter más aplicable en lo inmediato, como itinerarios concebidos por laicos para laicos, … 

Quizás sea realmente el momento de darnos cuenta de las oportunidades que se nos ofrecen, intentando confiar y encomendarnos a lo que el Espíritu, en este momento, está diciendo a las Iglesias. Al fin y al cabo, habrá una razón si, tras dos mil años de Iglesia, seguimos aquí, preocupados, decepcionados, enfadados, pero apasionados, hablando de ello. 

El primer paso formativo debe ser, por tanto, cultural y espiritual: salgamos de la lógica de los números como único criterio de vitalidad; aceptemos que el contexto ha cambiado; intentemos superar el clericalismo, por ambas partes, laicos y laicas y presbíteros. 

¿Qué objetivos concretos podemos fijarnos, teniendo en cuenta la desorientación y la perplejidad en las que estamos inmersos en un periodo que nos parece incierto? 

En primer lugar, se puede apuntar a un crecimiento/profundización común entre el clero, el laicado y los religiosos, tratando de vivir juntos, en la medida de lo posible, el proceso de cambio. No más caminos separados, sino momentos de crecimiento/profundización común entre el clero y el laicado. 

La secularización afecta y, en consecuencia, disminuyen los creyentes practicantes. En unos años disminuirán también los simples creyentes; las vocaciones presbiterales (como las religiosas) ya han disminuido considerablemente. 

Hay una llamada evidente a retomar toda la cuestión eclesial. Hay que volver a colaborar, aunque sea a costa de hacer concesiones. En el fondo, la exigencia formativa surge de esto: aprendamos a ser Iglesia de verdad, como en los orígenes. 

Nos puede iluminar, precisamente en este sentido, el pasaje de Hechos de los Apóstoles 15, 22-31, en el que la Iglesia de Jerusalén es llamada a tomar una decisión sobre las obligaciones cultuales que deben imponerse a los nuevos creyentes procedentes de culturas no judías. Los apóstoles deciden juntos. 

Llega entonces el momento de decidir y dejar claros los caminos concretos. Los hermanos de Jerusalén lo hacen, sometiendo ese resultado a una doble autoridad: “El Espíritu Santo y nosotros”. El primer responsable de las decisiones es el Espíritu Santo… ¡Y luego está el “nosotros” eclesial! Un nosotros variopinto, que no descuida ninguna voz, donde cada uno ejerce su propia “autoridad” (cf. Mc 13,34): laicos y ministros ordenados, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Con la íntima convicción de que la autoridad pertenece al Señor: «Se me ha dado toda autoridad… id», dirá el Resucitado a los suyos, enviándolos en misión (Mt 28,18). Todos siervos de la única Palabra, cada uno según el don de gracia recibido y custodiado. ¡Ningún poder que ejercer y repartir, sino una Palabra a la que servir! 

Esta imagen nos ayuda a orientarnos en el ámbito de la formación, de la que todos sentimos la necesidad, aunque nos cueste comprender en qué dirección avanzar. 

Los hermanos de Jerusalén, para tomar decisiones, se reúnen en asamblea e intentan caminar juntos de manera sinodal. Las diferencias entre ellos eran realmente enormes; sin embargo, logran constituir un «nosotros» eclesial que les permite tomar decisiones, iluminados por el Espíritu, tras muchos debates (e incluso enfrentamientos).

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 21 de marzo de 2025

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero…

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… 

Una Iglesia clerical atraerá vocaciones clericales de presbíteros, de religiosos, de laicos. Una Iglesia sinodal atraerá vocaciones en sintonía con un estilo sinodal, hecho de apertura y de discernimiento de su presente. 

Es un pensamiento que encuentro en sintonía con lo que pienso sobre el tema del clericalismo y, también, sobre los seminarios como lugares actualmente destinados a la tarea de formar a los futuros presbíteros. Y trato de explicar mi punto de vista. 

El clericalismo es una raíz enferma del ministerio ordenado presbiteral. Y entiendo por clericalismo fundamentalmente la condición de separación que aísla al clero del Pueblo de Dios y lo configura en una esfera de sacralidad, la condición de superioridad que eleva al clero por encima del Pueblo de Dios, la condición de monopolio que asigna al clero casi todos los carismas-ministerios. Y digo raíz enferma también porque supone una pérdida del carácter eminentemente laical y secular del cristianismo de los Evangelios y, por ende, de la Iglesia. 

Habrá quienes esperan que la formación de los futuros presbíteros resuelva casi todos los problemas relacionados con la figura del presbítero. En esta visión, el seminarista será un buen presbítero en el futuro si la formación, con todos y cada uno de sus recursos, habrá sido una formación adecuada, buena, óptima… 

Mi experiencia me dice que las cosas suelen ser un poco más matizadas y, ciertamente, complejas de lo que he pretendido describir, pero al final los deseos que se esconden detrás de los debates eclesiales sobre el presbítero llegan muy a menudo a esta conclusión. 

En realidad, creo que la formación del seminario es importante y cuenta aquello que cuenta… No menos. Tampoco más. De hecho, no podemos atribuir las quejas sobre el ministerio del presbítero exclusivamente al seminario (como si se tratara de una especie de pecado original). 

Por esta razón no creo que haya que debatir tanto como creo que se hace sobre el valor o no de la formación en los seminarios. Por supuesto, se trata de debates importantes, probablemente necesarios, pero tanto en cuanto, es decir, teniendo en cuenta que la realidad de la formación/seminarios es sólo un aspecto de un problema mucho más profundo que lo precede, lo acompaña y le sucede. 

Lo podría formular con una expresión un tanto cruda, pero que ayuda a transmitir la idea: "dime qué presbítero y (antes aún o mejor aún) qué Iglesia quieres, y te diré qué formación/seminario tendrás". 

No creo, es una opinión por supuesto, que los seminaristas ciertamente tomen sus modelos eclesiológicos y ministeriales de las aulas de teología, tampoco de la “burbuja” o “invernadero” del seminario, sino que los toman de su vida y experiencia de la Iglesia. 

Dicho con otras palabras, los seminaristas no toman como modelo de ministerio ordenado presbiteral,   y más generalmente de la Iglesia, tanto el que se propone en los programas de formación del seminario, como el que viven concretamente en sus parroquias y diócesis. Y, exactamente, ¿qué o cuáles son estos modelos? Sobre este punto deberíamos reflexionar más… 

El reto, sigo creyendo, debe pues ser tomado en su amplitud y complejidad, sin limitarlo a lo que puede convertirse, según los casos, en el chivo expiatorio o en la clave de solución de todos los problemas: es decir, la formación en los seminarios. 

Con todas las limitaciones y dificultades, existen también seminarios (y por tanto programas de formación) que se plantean el acompañamiento de los candidatos al presbiterado tratando de contrastar o al menos problematizar la figura del presbítero tal como ha sido percibida y vivida en el régimen de cristiandad. 

Si en el presente y en el futuro se revisan, se agrupan, se cierran los seminarios, pero sin una reforma previa del ministerio presbiteral a gran escala (poder, celibato, visión sacral, etc.), corremos el riesgo de tener seminaristas y futuros presbíteros no menos clericales,… de lo que podemos tener hoy. 

O, si se prefiere, si no afrontamos una revisión profunda del ministerio ordenado presbiteral, seguramente tendremos estructuras formativas más afinadas y (al menos en teoría) más relacionadas con la vida cotidiana, pero la pre-comprensión con la que los seminaristas asumirán la vida presbiteral seguirá siendo fundamentalmente clerical. En una palabra, siempre tendremos los mismos problemas. 

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… a la vez, por lo menos a la vez, replanteamiento y reforma de la configuración concreta y real del ministerio ordenado presbiteral. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de enero de 2025

Sobre la Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación.

Sobre la Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación

Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros (San Agustín de Hipona) 

El domingo 4 de agosto, cuando comienza realmente para muchos el verano en el sentido del período estival dedicado al descanso, al tiempo para uno mismo, el Papa Francisco publicó una larga carta dirigida a sus sacerdotes, pero mejor aún no sólo para ellos, sino para todos los cristianos, sobre la importancia de la lectura de novelas y poesía en la formación (https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2024/08/04/240804a.html). 

A menudo, en el aburrimiento de las vacaciones, en el calor y la soledad de algunos barrios desiertos, encontrar un buen libro para leer se convierte en un oasis que nos aleja de otras opciones que no nos hacen bien. Luego están los momentos de cansancio, de rabia, de decepción, de fracaso, y cuando ni siquiera en la oración conseguimos encontrar la quietud del alma, un buen libro al menos nos ayuda a capear el temporal, hasta que podamos tener un poco más de serenidad. Y tal vez esa lectura nos abra nuevos espacios interiores que nos ayuden a no encerrarnos en esas pocas ideas obsesivas que nos atrapan inexorablemente. Antes de la omnipresencia de los medios de comunicación, las redes sociales, los teléfonos móviles y otros dispositivos, esta era una experiencia frecuente, y quienes la han vivido saben de lo que hablo. No es algo pasado de moda. 

Si no me equivoco, el texto no tiene precedentes en las cartas papales, y el Papa comienza subrayando que la obra literaria, la escritura creativa, es una coproducción entre el escritor y el lector: De algún modo [el lector] reescribe la obra, la amplifica con su imaginación, crea un mundo, utiliza sus habilidades, su memoria, sus sueños, su propia historia llena de dramatismo y simbolismo, y de este modo lo que surge es una obra muy distinta de la que el autor pretendía escribir. Una obra literaria es un texto vivo y siempre fértil, capaz de volver a hablar de muchas maneras y de producir una síntesis original con cada lector que encuentra. Al leer, el lector se enriquece con lo que recibe del autor, pero esto le permite al mismo tiempo florecer en la riqueza de su propia persona, de modo que cada nueva obra que lee renueva y amplía su universo personal. 

Mientras leía, intenté recordar una novela y enseguida me acordé de "Las escalas del Levante", de Amin Maaluf, el gran escritor libanés que ahora es secretario perpetuo de la Academia Francesa. Ese libro entró en mi imaginación, lo reescribí dentro de mí cien veces, imaginando esa historia de amor entre una persona de Haifa y otra de Beirut divididas de repente por una frontera infranqueable. El Papa observa que para un creyente que quiera sinceramente entrar en diálogo con la cultura de su tiempo, o simplemente con la vida de personas concretas, la literatura se hace indispensable. Con razón, el Concilio Vaticano II sostiene que la literatura y las artes [...] buscan expresar el carácter propio del hombre" e "ilustrar sus miserias y alegrías, sus necesidades y capacidades. En efecto, la literatura se inspira en la cotidianidad de la vida, en sus pasiones y en los acontecimientos reales, como la acción, el trabajo, el amor, la muerte y todas las pobrezas que llenan la vida. 

¿No ocurre lo mismo con los no creyentes? Creo que sí, pero para el creyente es decisiva la siguiente referencia a Jesús, contenida en un párrafo titulado Nunca Jesús sin carne: Antes de profundizar en las razones concretas por las que se debe promover la atención a la literatura en el itinerario de formación de los futuros sacerdotes, permítaseme recordar aquí una reflexión sobre el contexto religioso actual: El retorno a lo sagrado y la búsqueda espiritual que caracterizan nuestra época son fenómenos ambiguos. Pero más que el ateísmo, hoy nos enfrentamos al reto de responder adecuadamente a la sed de Dios de muchas personas, para que no intenten saciarla con propuestas alienantes o con un Jesucristo sin carne. La urgente tarea de anunciar el Evangelio en nuestro tiempo exige, por tanto, de los creyentes y de los sacerdotes en particular, el compromiso de que todos puedan encontrarse con un Jesucristo hecho carne, hecho hombre, hecho historia. Todos debemos estar atentos a no perder nunca de vista la "carne" de Jesucristo: esa carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos, historias concretas, manos que tocan y curan, miradas que liberan y animan, hospitalidad, perdón, indignación, valentía, intrepidez: en una palabra, amor. 

Aquí estamos, en la actualidad, ante este Jesús abstracto, sin carne, tan extendido. Con esta "abstracción" en mente entiendo la poderosa cita de Jorge Luis Borges: Cuando mis pensamientos se vuelven hacia la literatura, me acuerdo de lo que el gran escritor argentino Jorge Luis Borges solía decir a sus alumnos: lo más importante es leer, entrar en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos delante, en lugar de fijarse en ideas y comentarios críticos. Y Borges explicaba esta idea a sus alumnos diciéndoles que tal vez al principio entenderían poco de lo que estaban leyendo, pero que en cualquier caso oirían "la voz de alguien". He aquí una definición de la literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de alguien. ¡Y no olvidemos lo peligroso que es dejar de escuchar la voz del otro que nos interpela! Caemos inmediatamente en el autoaislamiento, entramos en una especie de sordera "espiritual", que también afecta negativamente a nuestra relación con nosotros mismos y a nuestra relación con Dios, por mucha teología o psicología que hayamos podido estudiar. 

A medida que leía, tenía la sensación de que su carta me acompañaba realmente al misterioso mundo de la escritura creativa, que amplía nuestra realidad con personajes, historias, destinadas a permanecer en ella para siempre: T.S. Eliot, el poeta a quien el espíritu cristiano debe obras literarias que han marcado la época contemporánea, describió con razón la crisis religiosa moderna como la de una "incapacidad emocional" generalizada. A la luz de esta lectura de la realidad, el problema de la fe hoy no es, en primer lugar, el de creer más o creer menos en las proposiciones doctrinales. Es más bien el de la incapacidad de tantos de conmoverse ante Dios, ante su creación, ante los demás seres humanos. He aquí, pues, la tarea de sanar y enriquecer nuestra sensibilidad. Por eso, a mi regreso del Viaje Apostólico a Japón, cuando me preguntaron qué tiene que aprender Occidente de Oriente, respondí: 'Creo que a Occidente le falta un poco de poesía'. 

El Papa Francisco, en mi opinión, vuelve a dar en el clavo, capta el punto de hoy, de nuestra relación con los demás, con la creación y, por tanto, también con la poesía. ¿Qué quería decir el teólogo jesuita Karl Rahner cuando hablaba de una profunda afinidad entre el sacerdote y el poeta? He aquí la explicación del Papa: Las palabras del poeta -escribe Rahner- están llenas de nostalgia, son puertas que se abren al infinito, puertas que se abren de par en par a la inmensidad. Evocan lo inefable, tienden a lo inefable. Esta palabra poética se asoma al infinito, pero no puede darnos este infinito, ni puede llevar o esconder en sí a Aquel que es el Infinito. Esto es propio de la Palabra de Dios, de hecho, y -continúa Karl Rahner- la palabra poética invoca, por tanto, la Palabra de Dios. Para los cristianos, la Palabra es Dios y todas las palabras humanas llevan en sí el rastro de un anhelo intrínseco de Dios, que tiende hacia esa Palabra. Puede decirse que la palabra verdaderamente poética participa analógicamente de la Palabra de Dios, tal como la Carta a los Hebreos nos la presenta de forma disruptiva. Y así es como Karl Rahner puede establecer un hermoso paralelismo entre el sacerdote y el poeta: 'sólo la palabra es íntimamente capaz de liberar lo que mantiene cautivas todas las realidades no expresadas: el mutismo de su tendencia hacia Dios'. 

Esto nos lleva al lector y a su discernimiento, esencial en la visión de un jesuita como el Papa Francisco. Para él, el lector está directamente implicado en el proceso de lectura. Aquí se despliega el escenario del discernimiento espiritual personal en el que no faltan las angustias e incluso las crisis. De hecho, son numerosas las páginas literarias que pueden responder a la definición ignaciana de "desolación": Se entiende por desolación [...] las tinieblas del alma, la turbación interior, el estímulo hacia las cosas bajas y terrenas, la inquietud debida a diversas agitaciones y tentaciones: así el alma se inclina a desconfiar, está sin esperanza y sin amor, y se encuentra aletargada, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor. El dolor o el aburrimiento que uno siente al leer ciertos textos no son necesariamente sentimientos feos, malos o inútiles. 

El mismo Ignacio de Loyola había señalado que en los que van de mal en peor el buen espíritu actúa causando inquietud, agitación, descontento. Esta sería la aplicación literal de la primera regla ignaciana del discernimiento de espíritus reservada a los que van de pecado mortal en pecado mortal y es que en tales personas el buen espíritu actúa aguijoneándoles y reconviniéndoles la conciencia con la sindéresis de la razón (es decir, la capacidad innata del hombre para conocer los principios universales) para conducirles al bien y a la belleza. Se entiende así que el lector no es el destinatario de un mensaje edificante, sino una persona a la que se insta activamente a pisar un terreno inestable en el que las fronteras entre la salvación y la perdición no están a priori definidas y separadas. El acto de leer es, pues, como un acto de "discernimiento" en el que el lector se implica en primera persona como "sujeto" de la lectura y, al mismo tiempo, como "objeto" de lo que lee. Al leer una novela o una obra poética, el lector experimenta realmente "ser leído" por las palabras que lee. Así, el lector se asemeja a un jugador en el campo: juega el partido, pero al mismo tiempo el partido se juega a través de él, en el sentido de que está totalmente implicado en lo que hace. 

Pero entonces, ¿para qué sirve la literatura? El Papa Francisco lo explica así: "La literatura es como un laboratorio fotográfico, en el que es posible elaborar las imágenes de la vida para que revelen sus contornos y matices. Para esto "sirve" la literatura: para "elaborar" las imágenes de la vida, para "interrogarnos sobre su sentido". 

Sirve, en definitiva, para experimentar efectivamente la vida. Pero, ¿qué significa esto, concretamente? La respuesta es muy clara, inmediata: Al leer un texto literario, se nos permite 'ver a través de los ojos de los demás', adquiriendo una amplitud de perspectiva que ensancha nuestra humanidad. Esto activa en nosotros el poder empático de la imaginación, que es un vehículo fundamental para esa capacidad de identificación con el punto de vista, la condición, el sentimiento de los demás, sin la cual no hay solidaridad, compartir, compasión, misericordia. Leyendo descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro, es universal, y así hasta la persona más abandonada no se siente sola. 

Extraordinario. El Papa Francisco explica en pocas palabras el misterio de tantos personajes que pueblan nuestra realidad, que son protagonistas, aunque sólo sean personajes de una novela que no podemos olvidar: La originalidad de la palabra literaria consiste en que expresa y transmite la riqueza de la experiencia no objetivándola en la representación descriptiva del conocimiento analítico o en el examen normativo del juicio crítico, sino como contenido de un esfuerzo expresivo e interpretativo para dar sentido a la experiencia en cuestión. 

Pero eso no es todo, no se trata sólo de que los demás entren en nuestra imaginación: Al leer un cuento, gracias a la visión del autor, cada uno imagina a su manera el llanto de una niña abandonada, la anciana que cubre el cuerpo de su nieto dormido, la pasión de un pequeño empresario que intenta salir adelante a pesar de las dificultades, la humillación de alguien que se siente criticado por todos, el niño que sueña como única salida al dolor de una vida miserable y violenta. Al sentir huellas de nuestro mundo interior en medio de esas historias, nos volvemos más sensibles a las experiencias de los demás, salimos de nosotros mismos para entrar en sus profundidades, podemos comprender un poco más sus luchas y deseos, vemos la realidad a través de sus ojos y acabamos convirtiéndonos en compañeros de viaje. Así nos sumergimos en la existencia concreta e interior del vendedor de fruta, la prostituta, el niño que crece sin padres, la mujer del albañil, la anciana que aún cree que encontrará a su príncipe. Y podemos hacerlo con empatía y, a veces, con tolerancia y comprensión. 

Sí, esto nos ocurre a cada uno de nosotros, leyendo una novela que consigue engancharnos. Aprendemos a ver a través de los ojos de los demás. El Papa Francisco nos ayuda así a comprender mucho también de la Gracia de Dios: "Al reconocer la inutilidad y quizá incluso la imposibilidad de reducir el misterio del mundo y del ser humano a una polaridad antinómica de verdadero/falso o bien/derecho, el lector acepta el deber de juzgar no como instrumento de dominación, sino como impulso hacia la escucha incesante y como disponibilidad a ponerse en juego en esa extraordinaria riqueza de la historia debida a la presencia del Espíritu, que se da también como Gracia: es decir, como acontecimiento imprevisible e incomprensible que no depende de la acción humana, sino que redefine lo humano como esperanza de salvación.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

Repensar el modelo tridentino del seminario.

Repensar el modelo tridentino del seminario 

La necesidad de reflexionar sobre los seminarios no procede sólo de los problemas de distorsión sexual de los presbíteros, que si acaso son un efecto y no una causa, sino que es mucho más antigua y profunda. 

Cuando el Concilio de Trento tomó en 1563 la decisión de establecer seminarios como lugares de formación de los futuros presbíteros, quería conseguir dos cosas: un aumento del nivel cultural medio de los presbíteros y una mayor profundidad y uniformidad espiritual. Nos encontramos en un momento histórico muy importante para la Iglesia. La penetración cultural del cristianismo es total, en Europa, pero es necesario reaccionar ante los movimientos protestantes para salvaguardar la doctrina correcta. No hay habitante de Europa que no esté llamado a tomar partido, y esto demuestra cómo el cristianismo tiene un papel cultural, social y político absolutamente primordial sobre cualquier otra visión del sentido de la vida. La fe cristiana es la referencia social a tener en cuenta, aunque, con la llegada de la modernidad, ya no se dé tan por supuesta como en la Edad Media y deba acreditarse de algún modo frente a la razón, que poco a poco se convierte cada vez más en el verdadero motor de la vida humana. 

Tiene sentido, por tanto, tomar a un joven durante cinco años y hacerle vivir en las reglas de la institución seminarística, fuertemente reconocida por la propia sociedad, para que allí se forme una profundidad cultural y espiritual tal que pueda responder precisamente a esta doble necesidad: re-acreditar la fe a los ojos de la razón y restablecer la recta doctrina. Transcurridos esos cinco años, se encontró en la misma sociedad que cinco años antes y entró en ella con una posición clara, reconocida no sólo eclesialmente, sino también socialmente: ser el guía de los fieles por el recto camino de la fe y de la espiritualidad. 

El resultado ya sabemos cómo fue. Hay que destacar, al menos, cuatro efectos. 

En primer lugar, a lo largo de los cuatro siglos siguientes, el seminario se convirtió pronto en un lugar de «garantía» de supervivencia económica para muchos hijos de familias que no tenían otra opción y que, por tanto, ingresaron en él con motivos no del todo vocacionales. En segundo lugar, al mismo tiempo, no desaparece la costumbre de las familias poderosas de meter mano en la Iglesia para hacer de ella un instrumento de su poder social y político, terminando por «distraer» de los objetivos eclesiales. 

Algunos dirán: distorsiones incluso hasta aceptables, que sobre el gran número de seminaristas en esos cuatro siglos, han permitido igualmente a los mejores aumentar realmente su índice cultural y profundizar en su espiritualidad. Cierto sí, incluso generando grandes santos. Pero estas distorsiones terminaron, gracias a Dios, a finales de los años sesenta, cuando la sociedad europea empezó a cambiar profundamente su fisonomía y su condición económica y los seminarios se vaciaron casi repentinamente. A partir de entonces, el seminario es cada vez menos reconocido socialmente, pero sigue siéndolo eclesialmente. Pero a partir de mediados de los años ochenta, la Iglesia pierde progresivamente su papel de único punto de referencia del sentido de la vida, y la sociedad empieza a cambiar drástica y rápidamente. 

Por otra parte, el seminario sigue siendo prácticamente él mismo, y esto perpetúa un tercer efecto, ya presente en los comienzos y que persiste hasta hoy: los futuros presbíteros son educados en la diversidad y la separación con respecto a los fieles ordinarios, y sobre todo a considerarse líderes, por tanto en un nivel de poder superior al de los fieles. Se trata, de hecho, de la entrega del poder de la comunidad de fe todo en manos del presbítero, que está en la raíz del drama actual del clericalismo y de la insignificancia de los laicos. 

Hace tiempo que pienso que la crisis de vocaciones presbiterales en Europa y América es obra de Dios y no de la falta de respuesta de los hombres (como piensa la mayor parte de la jerarquía), ni del demonio (como afirman muchos católicos ultraconservadores). Tal vez Dios está tratando de enviarnos una señal para desmantelar el clericalismo, y repensar cómo podemos ser una comunidad de fe que sepa estar presente y ser eficaz en el mundo de hoy. 

En la lógica tridentina, tenía sentido construir seminarios como están, pero hoy ya no. Porque hoy el cristianismo ya no es la referencia principal del sentido de la vida de los europeos. Nos puede disgustar, pero no se puede negar. Porque un seminarista, al cabo de cinco años, vuelve a entrar en una sociedad distinta de la de antes, y su papel de guía eclesial es casi siempre disonante con respecto a unas comunidades eclesiales que a menudo no son comunidades, vaciadas de fe y habitadas por personas que se benefician cada vez más del «servicio religioso» de manera individualizada. Por tanto, no se puede seguir pensando que un presbítero tiene un lugar reconocible en la sociedad actual y que la comunidad eclesial es un lugar efectivo de vida cristiana en el que puede sentirse reconocido. Hoy, la comunidad no debe ser orientada, sino refundada, porque la fe debe ser re-acreditada no tanto con respecto a la razón, sino con respecto al mercado de la felicidad y a las dimensiones afectivas y corporales, sobre las cuales no existe casi ningún «camino» educativo dentro de los seminarios. 

Así, el aislamiento, la intelectualización y el sentirse guía son dimensiones contraproducentes para un seminarista de hoy. El aislamiento le hará sentirse solo; la intelectualización le llevará a no encontrar canales de comunicación con los pocos fieles que aún pueden seguirle; y el sentirse guía acabará siendo la forma más difundido de procurarse las inevitables compensaciones humanas. 

Y este es el cuarto efecto con el que tenemos que lidiar. Los seminarios actuales, a partir de mediados de los años ochenta, corren cada vez más el peligro de ser lugares de «refugio» o de «compensación» de las distorsiones humanas que no encuentran otra salida en la experiencia del individuo. Y no me refiero ni en primer lugar ni, mucho menos aún, exclusivamente a las afectivas y sexuales sino también a las relacionadas con la gestión del poder y del dinero. 

Sigo pensando que cada vez está hasta más claro que el clericalismo, la vida comunitaria y la formación de los presbíteros están estrechamente entrelazados. La necesidad de repensar el modelo tridentino del seminario, y de encontrar otras formas de formación de los presbíteros, se deriva del cambio de época en el que nos encontramos y de la necesidad de una nueva evangelización, anunciada desde hace tiempo, pero que cada vez tiene más dificultades para concretarse, porque una de las mayores resistencias sigue estando en los seminarios. 

Negar que los seminarios están en crisis en su capacidad de formar presbíteros capaces de vivir con suficiente plenitud y ser suficientemente atractivos como testigos de Cristo en la sociedad europea, y sospecho también que en la americana, es muy difícil, a no ser que se niegue la realidad. 

El modelo de formación de los futuros presbíteros es consecuencia directa del modelo de Iglesia que tenemos en la cabeza. Por eso no es posible simplemente sumar las mejores propuestas de cambio de seminario y amalgamarlas un poco para resolver el problema de la formación de los presbíteros. Antes de resolverlo, es necesario clarificar, si no compartir, el modelo de Iglesia que queremos para el futuro de esta parte del mundo. Nos guste o no, los presbíteros no son algo «aparte» del Pueblo de Dios, aunque a menudo los consideremos así y muchos de ellos se perciban a sí mismos como tales. Por lo tanto, es evidente que el modo en que pensemos la forma de la comunidad será la línea inevitable con la que imaginemos la futura formación de los presbíteros. 

Estamos a las puertas de una nueva fase sinodal en Roma. Tengo dudas sobre si se tendrá el coraje de tratar realmente de dar forma a la idea de la Iglesia del futuro y en sus múltiples y diferentes contextos, pero esto sería necesario, Y dentro de esto, entonces, también se podría tratar de reflexionar sobre el presente y el futuro de los seminarios. Hay una correlación entre método y objetivos tanto si pensamos en los seminarios como si lo hacemos sobre el Sínodo de la sinodalidad. El modo en que se lleve a cabo este momento actual del Sínodo, y su posterior transmisión y recepción, será ya un signo de qué modelo de Iglesia tenderá a ser favorecido: desde el amanecer se puede intuir el día. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...