Sobre la Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación
Cuando rezamos
hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros (San
Agustín de Hipona)
El domingo 4 de agosto, cuando comienza realmente para
muchos el verano en el sentido del período estival dedicado al descanso, al
tiempo para uno mismo, el Papa Francisco publicó una larga carta dirigida a sus
sacerdotes, pero mejor aún no sólo para ellos, sino para todos los cristianos,
sobre la importancia de la lectura de novelas y poesía en la formación (https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2024/08/04/240804a.html).
A menudo, en el aburrimiento de las vacaciones, en el calor y la soledad de
algunos barrios desiertos, encontrar un buen libro para leer se convierte en un
oasis que nos aleja de otras opciones que no nos hacen bien. Luego están los
momentos de cansancio, de rabia, de decepción, de fracaso, y cuando ni siquiera
en la oración conseguimos encontrar la quietud del alma, un buen libro al menos
nos ayuda a capear el temporal, hasta que podamos tener un poco más de
serenidad. Y tal vez esa lectura nos abra nuevos espacios interiores que nos
ayuden a no encerrarnos en esas pocas ideas obsesivas que nos atrapan
inexorablemente. Antes de la omnipresencia de los medios de comunicación, las
redes sociales, los teléfonos móviles y otros dispositivos, esta era una
experiencia frecuente, y quienes la han vivido saben de lo que hablo. No es
algo pasado de moda.
Si no me equivoco, el texto no tiene precedentes en las
cartas papales, y el Papa comienza subrayando que la obra literaria, la
escritura creativa, es una coproducción entre el escritor y el lector: De algún modo [el lector] reescribe la obra,
la amplifica con su imaginación, crea un mundo, utiliza sus habilidades, su
memoria, sus sueños, su propia historia llena de dramatismo y simbolismo, y de
este modo lo que surge es una obra muy distinta de la que el autor pretendía
escribir. Una obra literaria es un texto vivo y siempre fértil, capaz de volver
a hablar de muchas maneras y de producir una síntesis original con cada lector
que encuentra. Al leer, el lector se enriquece con lo que recibe del autor,
pero esto le permite al mismo tiempo florecer en la riqueza de su propia
persona, de modo que cada nueva obra que lee renueva y amplía su universo
personal.
Mientras leía, intenté recordar una novela y enseguida me
acordé de "Las escalas del Levante", de Amin Maaluf, el gran escritor libanés que ahora es secretario
perpetuo de la Academia Francesa. Ese libro entró en mi imaginación, lo
reescribí dentro de mí cien veces, imaginando esa historia de amor entre una
persona de Haifa y otra de Beirut divididas de repente por una frontera
infranqueable. El Papa observa que para
un creyente que quiera sinceramente entrar en diálogo con la cultura de su
tiempo, o simplemente con la vida de personas concretas, la literatura se hace
indispensable. Con razón, el Concilio Vaticano II sostiene que la literatura y las artes [...] buscan
expresar el carácter propio del hombre" e "ilustrar sus miserias y
alegrías, sus necesidades y capacidades. En efecto, la literatura se
inspira en la cotidianidad de la vida, en sus pasiones y en los acontecimientos
reales, como la acción, el trabajo, el
amor, la muerte y todas las pobrezas que llenan la vida.
¿No ocurre lo mismo con los no creyentes? Creo que sí,
pero para el creyente es decisiva la siguiente referencia a Jesús, contenida en
un párrafo titulado Nunca Jesús sin carne:
Antes de profundizar en las razones
concretas por las que se debe promover la atención a la literatura en el
itinerario de formación de los futuros sacerdotes, permítaseme recordar aquí
una reflexión sobre el contexto religioso actual: El retorno a lo sagrado y la
búsqueda espiritual que caracterizan nuestra época son fenómenos ambiguos. Pero
más que el ateísmo, hoy nos enfrentamos al reto de responder adecuadamente a la
sed de Dios de muchas personas, para que no intenten saciarla con propuestas
alienantes o con un Jesucristo sin carne. La urgente tarea de anunciar el
Evangelio en nuestro tiempo exige, por tanto, de los creyentes y de los
sacerdotes en particular, el compromiso de que todos puedan encontrarse con un
Jesucristo hecho carne, hecho hombre,
hecho historia. Todos debemos estar atentos a no perder nunca de vista la "carne" de Jesucristo: esa
carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos, historias concretas, manos
que tocan y curan, miradas que liberan y animan, hospitalidad, perdón,
indignación, valentía, intrepidez: en una palabra, amor.
Aquí estamos, en la actualidad, ante este Jesús
abstracto, sin carne, tan extendido. Con esta "abstracción" en mente
entiendo la poderosa cita de Jorge Luis
Borges: Cuando mis pensamientos se
vuelven hacia la literatura, me acuerdo de lo que el gran escritor argentino
Jorge Luis Borges solía decir a sus alumnos: lo más importante es leer, entrar
en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos
delante, en lugar de fijarse en ideas y comentarios críticos. Y Borges
explicaba esta idea a sus alumnos diciéndoles que tal vez al principio
entenderían poco de lo que estaban leyendo, pero que en cualquier caso oirían
"la voz de alguien". He
aquí una definición de la literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de
alguien. ¡Y no olvidemos lo peligroso que es dejar de escuchar la voz del otro
que nos interpela! Caemos inmediatamente en el autoaislamiento, entramos en una
especie de sordera "espiritual", que también afecta negativamente a
nuestra relación con nosotros mismos y a nuestra relación con Dios, por mucha
teología o psicología que hayamos podido estudiar.
A medida que leía, tenía la sensación de que su carta me
acompañaba realmente al misterioso mundo de la escritura creativa, que amplía
nuestra realidad con personajes, historias, destinadas a permanecer en ella
para siempre: T.S. Eliot, el poeta a
quien el espíritu cristiano debe obras literarias que han marcado la época
contemporánea, describió con razón la crisis religiosa moderna como la de una
"incapacidad emocional"
generalizada. A la luz de esta lectura de la realidad, el problema de la fe hoy
no es, en primer lugar, el de creer más o creer menos en las proposiciones
doctrinales. Es más bien el de la incapacidad de tantos de conmoverse ante
Dios, ante su creación, ante los demás seres humanos. He aquí, pues, la tarea
de sanar y enriquecer nuestra sensibilidad. Por eso, a mi regreso del Viaje
Apostólico a Japón, cuando me preguntaron qué tiene que aprender Occidente de
Oriente, respondí: 'Creo que a Occidente
le falta un poco de poesía'.
El Papa Francisco, en mi opinión, vuelve a dar en el
clavo, capta el punto de hoy, de nuestra relación con los demás, con la
creación y, por tanto, también con la poesía. ¿Qué quería decir el teólogo
jesuita Karl Rahner cuando hablaba
de una profunda afinidad entre el sacerdote y el poeta? He aquí la explicación
del Papa: Las palabras del poeta -escribe
Rahner- están llenas de nostalgia, son puertas
que se abren al infinito, puertas que se abren de par en par a la inmensidad.
Evocan lo inefable, tienden a lo inefable. Esta palabra poética se asoma al infinito, pero no puede darnos
este infinito, ni puede llevar o esconder en sí a Aquel que es el Infinito.
Esto es propio de la Palabra de Dios, de hecho, y -continúa Karl Rahner- la
palabra poética invoca, por tanto, la Palabra de Dios. Para los
cristianos, la Palabra es Dios y todas las palabras humanas llevan en sí el
rastro de un anhelo intrínseco de Dios, que tiende hacia esa Palabra. Puede
decirse que la palabra verdaderamente poética participa analógicamente de la
Palabra de Dios, tal como la Carta a los Hebreos nos la presenta de forma
disruptiva. Y así es como Karl Rahner puede establecer un hermoso paralelismo
entre el sacerdote y el poeta: 'sólo la
palabra es íntimamente capaz de liberar lo que mantiene cautivas todas las
realidades no expresadas: el mutismo de su tendencia hacia Dios'.
Esto nos lleva al lector y a su discernimiento, esencial en la visión de un jesuita como el Papa
Francisco. Para él, el lector está directamente
implicado en el proceso de lectura. Aquí se despliega el escenario del
discernimiento espiritual personal en el que no faltan las angustias e incluso
las crisis. De hecho, son numerosas las páginas literarias que pueden responder
a la definición ignaciana de "desolación":
Se entiende por desolación [...] las
tinieblas del alma, la turbación interior, el estímulo hacia las cosas bajas y
terrenas, la inquietud debida a diversas agitaciones y tentaciones: así el alma
se inclina a desconfiar, está sin esperanza y sin amor, y se encuentra
aletargada, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor. El dolor o
el aburrimiento que uno siente al leer ciertos textos no son necesariamente
sentimientos feos, malos o inútiles.
El mismo Ignacio de Loyola había señalado que en los que van de mal en peor el buen
espíritu actúa causando inquietud, agitación, descontento. Esta sería la
aplicación literal de la primera regla ignaciana del discernimiento de
espíritus reservada a los que van de
pecado mortal en pecado mortal y es que en tales personas el buen espíritu
actúa aguijoneándoles y reconviniéndoles
la conciencia con la sindéresis de la razón (es decir, la capacidad innata del
hombre para conocer los principios universales) para conducirles al bien y
a la belleza. Se entiende así que el lector no es el destinatario de un mensaje
edificante, sino una persona a la que se insta activamente a pisar un terreno
inestable en el que las fronteras entre la salvación y la perdición no están a
priori definidas y separadas. El acto de leer es, pues, como un acto de "discernimiento"
en el que el lector se implica en primera persona como "sujeto" de la
lectura y, al mismo tiempo, como "objeto" de lo que lee. Al leer una
novela o una obra poética, el lector experimenta realmente "ser
leído" por las palabras que lee. Así, el lector se asemeja a un jugador en
el campo: juega el partido, pero al mismo tiempo el partido se juega a través
de él, en el sentido de que está totalmente implicado en lo que hace.
Pero entonces, ¿para qué sirve la literatura? El Papa
Francisco lo explica así: "La
literatura es como un laboratorio fotográfico, en el que es posible elaborar
las imágenes de la vida para que revelen sus contornos y matices. Para esto
"sirve" la literatura: para "elaborar" las imágenes de la vida, para "interrogarnos sobre su sentido".
Sirve, en definitiva, para experimentar efectivamente la
vida. Pero, ¿qué significa esto, concretamente? La respuesta es muy clara,
inmediata: Al leer un texto literario, se
nos permite 'ver a través de los ojos de
los demás', adquiriendo una amplitud de perspectiva que ensancha nuestra
humanidad. Esto activa en nosotros el poder empático de la imaginación, que es
un vehículo fundamental para esa capacidad de identificación con el punto de
vista, la condición, el sentimiento de los demás, sin la cual no hay
solidaridad, compartir, compasión, misericordia. Leyendo descubrimos que lo que
sentimos no es sólo nuestro, es universal, y así hasta la persona más
abandonada no se siente sola.
Extraordinario. El Papa Francisco explica en pocas
palabras el misterio de tantos personajes que pueblan nuestra realidad, que son
protagonistas, aunque sólo sean personajes de una novela que no podemos
olvidar: La originalidad de la palabra
literaria consiste en que expresa y transmite la riqueza de la experiencia no
objetivándola en la representación descriptiva del conocimiento analítico o en
el examen normativo del juicio crítico, sino como contenido de un esfuerzo
expresivo e interpretativo para dar sentido a la experiencia en cuestión.
Pero eso no es todo, no se trata sólo de que los demás
entren en nuestra imaginación: Al leer un
cuento, gracias a la visión del autor, cada uno imagina a su manera el llanto
de una niña abandonada, la anciana que cubre el cuerpo de su nieto dormido, la
pasión de un pequeño empresario que intenta salir adelante a pesar de las
dificultades, la humillación de alguien que se siente criticado por todos, el
niño que sueña como única salida al dolor de una vida miserable y violenta. Al
sentir huellas de nuestro mundo interior en medio de esas historias, nos
volvemos más sensibles a las experiencias de los demás, salimos de nosotros
mismos para entrar en sus profundidades, podemos comprender un poco más sus
luchas y deseos, vemos la realidad a través de sus ojos y acabamos
convirtiéndonos en compañeros de viaje. Así nos sumergimos en la existencia
concreta e interior del vendedor de fruta, la prostituta, el niño que crece sin
padres, la mujer del albañil, la anciana que aún cree que encontrará a su
príncipe. Y podemos hacerlo con empatía y, a veces, con tolerancia y
comprensión.
Sí, esto nos ocurre a cada uno de nosotros, leyendo una
novela que consigue engancharnos. Aprendemos a ver a través de los ojos de los
demás. El Papa Francisco nos ayuda así a comprender mucho también de la Gracia
de Dios: "Al reconocer la
inutilidad y quizá incluso la imposibilidad de reducir el misterio del mundo y
del ser humano a una polaridad antinómica de verdadero/falso o bien/derecho, el
lector acepta el deber de juzgar no como instrumento de dominación, sino como
impulso hacia la escucha incesante y como disponibilidad a ponerse en juego en
esa extraordinaria riqueza de la historia debida a la presencia del Espíritu,
que se da también como Gracia: es decir, como acontecimiento imprevisible e
incomprensible que no depende de la acción humana, sino que redefine lo humano
como esperanza de salvación.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF