El ritmo lento del crecimiento
Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en
la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, encierra una palabra ardiente
para nuestro tiempo: el Evangelio dice que el niño crecía, se fortalecía en el
espíritu y vivía en regiones desérticas hasta el día de su manifestación ante
Israel.
Antes de la voz que clama, hay un largo silencio.
Antes de la palabra que sacude las conciencias, está el desierto que educa el
alma. Antes del hombre público, está el hombre oculto.
Este mismo misterio lo encontramos en la vida de Jesús.
Tampoco Él se impone de inmediato en la escena del mundo. También Él atraviesa
los años del ocultamiento, de la vida ordinaria, de la obediencia silenciosa,
de la maduración secreta.
El Hijo de Dios no se salta etapas. No busca
visibilidad antes de tiempo. No confunde la misión con la exposición pública,
ni la llamada con el aplauso.
Juan el Bautista y Jesús nos revelan una ley
espiritual que hoy casi hemos olvidado: ninguna palabra verdaderamente
profética nace del ruido.
Las palabras que salvan, que hieren para sanar, que
juzgan para liberar, que llaman a la conversión, no provienen de la
improvisación ni de la excitación del momento. Vienen de lejos. Vienen de años
de escucha. Vienen de la profundidad de una conciencia forjada por el silencio.
El desierto, en las Escrituras, no es solo un lugar
geográfico. Es una escuela. Es un crisol. Es el lugar donde caen las máscaras,
se apagan las voces inútiles, se desinflan las ambiciones prematuras. En el
desierto, el hombre ya no puede fingir ante los demás: se queda ante Dios, ante
la verdad, ante su propia hambre o sed, ante su propio miedo, ante su propia
espera.
Por eso, cuando Juan por fin habla, su voz no se
parece a las palabras frívolas de los hombres acostumbrados a complacer. No
habla para ocupar espacio, no habla para seducir, no habla para ganarse el
consenso. Habla porque ha sido habitado por una Palabra más grande que él. Y
esa Palabra, madurada en la soledad, llega como fuego a las conciencias.
Nosotros, en cambio, vivimos en una época que expone
demasiado pronto, consume demasiado pronto, exige demasiado pronto.
A los jóvenes se les empuja al centro del escenario
antes incluso de que hayan encontrado el centro de sí mismos. Se les pide que
aparezcan cuando aún no han aprendido a escuchar, que elijan cuando no se les
ha ayudado a discernir, que hablen cuando nadie les ha enseñado el valor del
silencio.
Esta es una de las carencias más graves de nuestra
época: hemos multiplicado las oportunidades de expresión y hemos empobrecido la
vida interior. Hemos dado a los jóvenes herramientas para mostrarse, pero no
siempre espacios para conocerse a sí mismos. Los hemos rodeado de estímulos,
imágenes, juicios, expectativas, pero muy pocas veces los hemos acompañado al
desierto bueno del silencio, de la pregunta, de la oración, de la reflexión, de
la responsabilidad.
Así corremos el riesgo de quemar su vocación antes
incluso de que pueda tomar forma. Corremos el riesgo de convertir la
adolescencia en un escaparate y la juventud en una carrera frenética hacia el
reconocimiento externo.
Pero el alma no madura bajo los focos. La conciencia
no se profundiza en medio del ajetreo. La libertad no nace de estar
continuamente observados, sino de aprender a estar ante la verdad de uno mismo.
Si Juan Bautista y Jesús pasaron por un tiempo oculto,
entonces ningún educador debería menospreciar los ritmos lentos del
crecimiento.
Hay una gracia en no estar listos de inmediato. Hay
una sabiduría en no ser visibles de inmediato. Hay una protección en poder
madurar lejos del juicio continuo del mundo.
Formar a un joven no significa situarlo inmediatamente
en el centro de la atención de los adultos, ni convertirlo en la prolongación
de sus expectativas. Significa custodiar en él un espacio interior. Significa
enseñarle que no todo lo que vale debe exhibirse de inmediato, que no todo
pensamiento debe convertirse en palabra, que no toda emoción debe convertirse
en gesto, que no todo deseo debe transformarse inmediatamente en derecho.
Educar en la profundidad significa devolver a los
jóvenes el gusto por la vida interior: la capacidad de cuestionarse, de
esperar, de discernir, de reconocer lo que es auténtico y lo que es ilusorio.
Significa ayudarles a descubrir que en su interior no
hay solo un conjunto de necesidades que satisfacer, sino una conciencia a la
que escuchar, una vocación que reconocer, una palabra que preparar.
Las palabras de Juan impactaban porque no eran
palabras frívolas. Las palabras de Jesús tenían autoridad porque no procedían
de una superficie agitada, sino de una comunión profunda con el Padre.
Quien habla después de haber escuchado durante mucho
tiempo no habla para llenar el vacío: habla para abrir un camino. Quien ha
habitado el silencio no utiliza la palabra como adorno, sino como semilla, como
espada, como medicina.
Quizá nuestro tiempo necesite precisamente esto: no
jóvenes más expuestos, sino jóvenes más arraigados; no adolescentes más
aplaudidos, sino adolescentes más acompañados; no generaciones más ruidosas,
sino conciencias más libres.
Necesitamos devolverle el valor al desierto, no como
huida del mundo, sino como preparación para encontrarnos con él sin que nos
devore.
El desierto no apaga la vida: la purifica.
El silencio no empobrece la palabra: la hace
verdadera.
El ocultamiento no anula la misión: la prepara.
Juan Bautista se presenta ante Israel solo después de
haberse formado lejos de Israel.
Jesús comienza su misión pública solo tras un largo
período de vida oculta.
Es una ley del Reino: lo que debe dar fruto debe
primero echar raíces.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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