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miércoles, 3 de diciembre de 2025

La Inmaculada Concepción: el gesto inmaculado y ruborizado de un “sí”.

La Inmaculada Concepción: el gesto inmaculado y ruborizado de un “sí”

Más allá de las palabras del dogma que se engañan a sí mismas creyéndose exactas y solemnes por el mero hecho de estar redactadas en las salas del Vaticano, más allá del miedo a tener que hablar del Evangelio sin una página que al menos describa el misterio de la Inmaculada Concepción en cuestión, me convenzo por afecto de acercarme de nuevo a la Inmaculada Concepción...

 

Y elijo abrir la nube de la memoria en mi ordenador. He acumulado muchas páginas, basta con escribir «Inmaculada», y desde el vientre depositado en algún desierto americano… me aparecen mis inciertos intentos de comentario ... en mis Dropbox y OneDrive...

 

¿Qué he dicho sobre la Inmaculada Concepción en estos años?


Inmaculado no es lo puro, sino lo verdadero

 

Es que todo se mueve entre el silencio cotidiano y la soledad más dramática. Es que siempre te sientes un poco fuera de lugar cuando intentas entrar en el hogar de Nazaret durante la visita del ángel. Todo se sostiene agarrado a hilos de seda invisibles y delicados. Alrededor no hay la solemnidad del Templo, sino la solemnidad de lo cotidiano: el silencio de una joven que, con un hilo de voz, borda temblorosa su presencia ante Dios. Y entonces nuestra presencia resulta incómoda incluso para nosotros mismos.

 

El Evangelio no se deja dominar. Siempre ocurre en esa habitación de antiguos y divinos anuncios. Siempre sucede de puntillas. No solo existe lo que está escrito. El vicio de querer confiar solo a la palabra el sello de lo real. Entre líneas, no dudo del Encuentro, sino de su modalidad. Que la Virgen fuera Inmaculada es solo una cuestión de interpretación. Empiezo a cuestionarme a mí mismo. Y conmigo, mis conceptos.

 

Y salgo de puntillas dejando a María en una casa y a un ángel alejarse. Salgo de puntillas pidiendo a Dios que nos haga intuir que también nosotros estamos llamados a bailar y a buscar. A bailar con el Dios de la alegría y a buscarlo, a Él que está con nosotros y nos espera. Un baile con Dios.

 

Inmaculado es una hoja en blanco, una conciencia nueva, un campo nevado aún sin pisar. Inmaculado es una mirada infantil, el proyecto antes de su realización, un mantel esperando a los invitados. Inmaculado en nuestro imaginario, es una palabra que precede a la vida real, anterior a los mecanismos de la vida. Es un blanco vacío y frío. No es una palabra de carne, sino una palabra de puro espíritu.

 

María Inmaculada no parece una mujer real, es algo puro y etéreo, anterior a la vida real. Inmaculado es una palabra antipática, sabemos que no dura, traiciona proyectos demasiado nobles. Es el instante de la victoria de la perfección sobre todas nuestras debilidades, un instante, precisamente. Nosotros no somos inmaculados. Ni siquiera recordamos si alguna vez lo hemos sido.

 

Inmaculado no tiene sabor, perfume ni memoria. Inmaculado, tal y como lo entendemos nosotros, no existe. Instante enterrado en el sueño incognoscible de Dios.

 

Y es que buscamos en el lugar equivocado. Buscamos lo intacto antes de la herida, lo blanco antes de la suciedad, lo limpio antes del polvo. Buscamos en el lugar equivocado, buscamos en el pasado. Como si la historia fuera una lenta degradación, una suciedad que se acumula, un polvo que se deposita.

 

Quizás por eso Dios busca a María, la Inmaculada, entre calles polvorientas y hedor a animales, entre tiendas y verduras al sol y virutas de madera. En los suburbios de un pueblo y no entre los vapores de incienso del Templo. Inversión de la tendencia divina: lo inmaculado no es lo puro, sino lo verdadero. Lo inmaculado no hay que buscarlo en el pasado, sino en su declinación futura. Lo inmaculado es fruto de un camino en el tiempo, no una huida hacia un pasado inalcanzable.

 

A Eva también se le hizo la misma promesa: «Serás madre de todos los vivientes», pero en aquellos tiempos era un amor sin reciprocidad, en aquellos tiempos solo Dios no traicionó el amor, en aquellos tiempos el amor seguía siendo un asunto privado de Dios, el hombre sufrió y padeció esa elección: una elección preciosa porque permitió al Creador romper la espiral del odio, de las acusaciones y del pecado.

 

Pero aquél no era amor de relación. En medio hubo éxodos, tierras prometidas y profetas, en medio hubo exilios y tiendas y arcas y templos. En medio hubo la historia de la salvación. Hasta el día en que la salvación definitiva se hizo historia. Gracias a una mujer enamorada y sin miedo al amor de Dios.


Inmaculado es el futuro

 

Inmaculado no es el pasado, ni el presente, sino el futuro. Pienso en los tiernos recuerdos de la infancia, y me convenzo de que realmente es así, es el tiempo el que hace inmaculados algunos recuerdos, sin duda aquellos recuerdos atravesados por el amor.

 

Dogma del tiempo que se vuelve inmaculado porque se purifica, de quienes se aman se retiene el gesto transfigurado, lejos de los inevitables malentendidos, al abrigo de la cotidianidad que a menudo parece saber hacer mediocres los días, lo que queda es el gesto inmaculado en su intención. Pero eso se descubre después, al final.

 

Quizás esto es lo que significa el dogma de la Inmaculada Concepción, que al final, después de todo, de María quedó intacto el gesto inmaculado de un «sí». Que seguramente no había comprendido en toda su explosividad, pero que, con el paso de los años, aparecía como el corazón incandescente de su amor por la historia. Al fin y al cabo, los Evangelios se escriben después. La concepción se vuelve inmaculada con el tiempo.


El amor que hace inmaculadas las relaciones

 

De la Concepción Inmaculada de María yo salvo la confianza. La confianza en el amor. Solo el amor es dogmático, el que hace inmaculadas las relaciones. Lo inmaculado nunca es la predisposición humana, sino la obsesión divina de amor por su criatura.

 

En nuestras reflexiones a veces falta una reflexión sobre el pecado original. Sin embargo, el dogma quiere parar ahí, que María estaba exenta. No lo entiendo. Pero a veces nos enredamos en los conceptos de la castidad, de la pureza, de la virginidad (quizás porque sus contrarios nos parecen siempre, erróneamente, poco inmaculados).

 

María, mujer de la espera,

ayúdanos a aprender de ti el gusto de la virginidad,

que es amor ardiente por la vida,

que es deseo de abrazarla, la historia, para fecundarla en la vida.

Ayúdanos a aprender a confiar en la promesa.

Que es aprender el gusto de Dios, de la cotidianidad con Él.

Ayúdanos a no tener miedo a los lazos,

que no son ataduras que aprisionan,

sino el único paso posible para que

el amor se convierta en vida.


Inmaculada es toda carne que no se esconde detrás de teorías

 

Tantas veces la Iglesia se enreda y se pierde en un intelectualismo… siempre estéril. Se usa el término «antropológico» con una frecuencia pasmosa, vergonzosa.

 

La Iglesia tiene miedo del hombre verdadero. Porque lo humano es visceral e instintivo y soporta mal las categorías y las inmaculadas teorías teológicas. El ser humano verdadero es el que huele mal y se equivoca, decepciona y hiere, el que no obedece a nuestros esquemas pastorales, el que se mantiene alejado de nuestros círculos y de nuestras liturgias, el ser humano que se atreve a quedarse fuera de nuestras categorías antropológicas.

 

El Amor que se encarna, pero que se encarna de verdad, a riesgo de perderse, es más fuerte que el pecado. Inmaculada es toda carne que no se esconde detrás de teorías.


El amor inmaculado es estar siempre en manos ajenas

 

Son otros los que nos han salvado. Creo que esto también tiene que ver con la Inmaculada Concepción, ojos que ven el corazón, un corazón que es amable mucho antes que las acciones, antes que el papel de la función o del rol.

 

El Corazón de María no es, por tanto, un corazón perfecto por algún privilegio divino, sino un Corazón Inmaculado porque se ha dejado moldear dócilmente por la existencia.

 

Después de esa loca elección de Dios, después de comprender que ni siquiera el Hijo forzaría las decisiones humanas. Después de comprender que el amor siempre duele... porque expone y hiere. Porque es un asunto radical de toda una vida. Porque es todo o nada. Porque transfigura. Porque transforma. Porque es estar siempre en manos ajenas.

 

Como aquel día en que el Creador, como amante clandestino, se coló en el corazón de una mujer para arrancarle el «sí» que cambiaría el perfil del mundo.


Inmaculados en todas las distorsiones que aún llevamos con nosotros

 

Que la solemnidad de la Inmaculada Concepción nos permita convertir nuestra mirada de todas las distorsiones que aún llevamos con nosotros.

 

Distorsiones del rostro de Dios, del hombre y de nosotros mismos. Distorsiones que nos convierten en personas asustadas y perdidas, a menudo enfadadas y violentas. Distorsiones que solo se curan fijando la mirada en Jesús y comprendiendo en profundidad su estilo.

 

Y cuando nos parezca demasiado difícil cambiar nuestra mirada, recordemos que «nada es imposible para Dios», es decir, que el Amor, solo el Amor, lo hace todo posible, incluso la conversión más difícil, la nuestra.


Inmaculada es la vida que no pierde el tiempo buscando culpables, sino que ama

 

Vivir de forma inmaculada es tener en el corazón la experiencia de un Amado que, inexplicablemente, elige estar con nosotros. Y no hay mérito, solo asombro. Inmaculada es la vida que no pierde el tiempo buscando culpables, sino que ama. Solo ama. Hasta dar la vida, desnuda, frágil y hermosa, sin culpa.

 

La vida no es inmaculada porque sea pura, sino porque es honesta, verdadera, sincera. Incluso descarada. Benditas sean las tormentas que dispersan las falsas imágenes que tenemos de nosotros mismos.

 

El dogma de la Inmaculada Concepción es quizás esta mirada verdadera sobre la vida. María no era inmune a nada, era mujer, verdadera y dispuesta a ser atravesada por las inclemencias del tiempo, y esa visita angelical, cualquiera que fuera su forma, fue solo el comienzo de un itinerario duro y áspero. María es una mujer que resistió aferrada a la tierra del Calvario, fiel a una tierra manchada con la sangre de su Hijo.

 

¿Cómo puede estar viva una vida sin mancha? ¿Cómo podemos imaginar la vida de María sin mancha? ¿Obligada a una perfección aburrida? ¿Pero perfección con respecto a qué? ¿A las reglas religiosas de la época? ¿Pero si luego el hijo de la Inmaculada dirá que ha venido por los enfermos? ¿Pero si el fruto de la Inmaculada se enfadará precisamente con quienes se esfuerzan cada día por no caer en el pecado? ¿Cómo creer en un Dios que, para que su Hijo nazca en el fango de lo humano, prepara, no se sabe muy bien cómo, un espacio sin sombra de maldad? Y además, ¿qué es el pecado original? Uno se pierde. A mí me gustan las manchas. Los niños se manchan comiendo chocolate. Prefiero un Dios que come chocolate a una divinidad sin manchas.

 

Siempre permanece verdadera para mí la idea de la inmersión del Hijo en las miserias del mundo. Más que chocolate, el mundo y la historia eran y son lodo, eran y son arenas movedizas en las que es más fácil perderse que encontrarse. Y además, ¿qué es el pecado original?

 

Esta es la pregunta clave que finalmente surge y que sirve para permanecer en el dogma de la Inmaculada Concepción. Durante años he dicho que el pecado original es que el origen de todo pecado es la acusación, el buscar siempre un culpable, el no saber asumir las propias responsabilidades.

 

Adán culpa a Dios y a la mujer, Eva culpa a la serpiente, y el paraíso se desvanece. Jesús perdonará desde lo alto del árbol de la cruz. Sin culpar. Solo perdonar. Y así puede incluso sostenerse erguido en la cruz.


         María, tú no lo buscaste.

No tenías esterilidad por la que llorar,

ninguna necesidad de Él.

 

Con la violencia propia de los silencios,

fue Dios quien tomó

la iniciativa.

 

Caminó en tus ojos

vírgenes,

incapaces de defenderse

 

Tomó entre sus manos

tu promesa,

pero te moldeó como su esposa.

 

Como si hubiera

un mundo que rehacer

un paraíso que modelar.

 

José tal vez se aferró

a su nombre,

fiel al jeroglífico de los sueños.

 

Fuera nadie se dio cuenta,

tal vez solo los animales

levantaron por un momento

el hocico del pesebre.

 

El ángel te concedió la alegría,

el umbral no opuso resistencia,

te llenó de gracia

y te ató fuertemente a Su fidelidad.

 

Pero tú no lo habías buscado.

 

Perturbada, no entendías el sentido

de tanto derroche divino,

de su molestia por ti

 

Conmocionada,

escuchaste el nombre de un Hijo

que Su amor ya había decidido hacer nacer

en un vientre repentinamente incandescente.


Pero quizás,

María,

esto y solo esto

es la fe:

sentirse parte del acontecimiento de la vida.

Ser fieles al aliento ininterrumpido del cosmos.

 

Quizás esta es la fe,

el derrumbe de la gracia,

dejarse traspasar por el milagro.

 

Quizás esta es la fe,

la vida que ocurre en nosotros,

el perfil de un Dios demasiado incómodo,

la invasión de la Vida en un corazón

que no puede decir Sí

ni siquiera

para no ofenderlo.

 

Creer es no ser descortés

con este Dios repentinamente

tan descaradamente íntimo.

 

Así te siento cerca

María,

compañera sencilla

abrumada por el Misterio.

 

Te habrías conformado con mucho menos

pero al final, ¿qué quieres decirle

a este Dios que ahora sientes en todas partes?

Aquí estoy, estoy aquí,

Tú lo sabes.

¿A dónde quieres que huya? ¿A quién quieres que vaya?

Si te impidiera respirar en mí

yo no sería nada.

 

Aquí estoy,

pero no me pidas que invente respuestas,

confórmate con mí,

haz que tu palabra se haga realidad en mi carne,

habla Tú. Yo seré la escucha.

El espacio para tu imaginación.

 

Solo soy una sierva.

Tú lo sabes.

No sirvo para nada si tú no estás.

 

Pero desde ese día

en cada cosa viva

siento temblar el ala de un ángel

 

que emprende el vuelo,

que se aleja,

que vuelve a casa.

 

Desde ese día

no espero otra cosa.

Solo que Tú me recojas.

No tengo dudas:

no soy yo quien te ha buscado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Llenos de gracia - contemplación meditativa -.

Llenos de gracia 

La fiesta de la Inmaculada Concepción es el recuerdo del comienzo y la profecía de nuestro destino. 

Con María, Dios pudo finalmente hacer surgir de la humanidad una mirada que no pierde la inocencia de su brillo, una mano incapaz de golpear, un gesto que no encierra ninguna ambigüedad. 

Por gracia, ha aparecido en la historia un corazón sin divisiones, un fruto no envenenado por la serpiente, una belleza y una ternura que ya no están fragmentadas. 

Hacia este sueño, con Ella, nos hemos puesto en camino. 

La Inmaculada nos asegura que Alguien se opone a la fuerza destructiva del mal en cada vida. 

Al principio, Dios le dice a la serpiente: «Tú le herirás el talón». 

El mal solo puede herir a la humanidad; está abajo, es inferior, está detrás. 

Te golpeará por la espalda, no está delante de ti, no traza caminos ni historia, no será dueño del futuro del mundo. 

El hombre tiene una ventaja, una ventaja sobre el mal porque tiene en sí mismo la imagen de Dios y no la de la serpiente, está colocado en un jardín y no dentro de un abismo envenenado. 

Entonces, volvamos a escuchar las antiguas palabras como una bendición: solo detrás de ti está el mal, a tus pies. 

Y este retraso del mal, por la gracia de Dios, será un retraso eterno. 

En la fiesta de la Inmaculada, memoria de los comienzos y profecía del futuro, el Edén no es solo un recuerdo, sino un proyecto en el que todos podemos reinsertarnos, siguiendo los pasos de Ella, icono resplandeciente de nuestro futuro. 

Hay un don en nosotros, más antiguo y más fuerte que el mal, la vida misma de Dios. 

Es la fiesta de toda la luz enterrada en nosotros y que debemos liberar. 

Y eso es lo que le dice el ángel a María: «¡Tú eres llena de gracia, el Señor está contigo!». 

Esa palabra nunca antes pronunciada en la Biblia, ese nombre inaudito «Llena de gracia» tiene el poder de sorprender a María, significa: todo el amor de Dios está sobre ti; significa: tu nombre es «amada para siempre». 

Llena de gracia, dice el ángel; Inmaculada, proclama el pueblo cristiano, y es lo mismo. 

Es hermoso escuchar hoy, de Dios y de su ángel, los dos nombres de María y, en Eva, de cada criatura: enemiga del mal y amada para siempre. 

Una página llena de alas y rendijas sobre lo eterno, y que introduce lo inédito: una mujer que habla con Dios y con los ángeles como un profeta o un patriarca. 

Y por primera vez, en los diálogos con el cielo, es a una criatura de la tierra a quien le corresponde la última palabra: «¡hágase!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 18 de noviembre de 2025

Un nacimiento con sabor de resurrección - San Lucas 1, 26-38 -.

Un nacimiento con sabor de resurrección - San Lucas 1, 26-38 -

María abre el camino al Señor. Podríamos decir que este es el contenido esencial del Evangelio de la Inmaculada concepción en esta andadura del Adviento, que nos introduce en la contemplación de la encarnación con el recuerdo del nacimiento de Jesús.

 

Juan Bautista abrió el camino al Señor con su predicación y su testimonio en el desierto, María abre el camino al Mesías convirtiéndose en su morada, haciendo de su cuerpo el lugar de acogida del Señor.

 

Desde el punto de vista del género literario, el pasaje de la anunciación (Lc 1,26-38) es un texto mixto, un relato de un nacimiento prodigioso, pero también de una vocación. Se narra el nacimiento de Jesús por obra del Espíritu de Dios, pero también se presenta la vocación de María.

 

La página del Evangelio de Lucas narra la vocación de María. Una vocación que irrumpe desde lo alto, como muestra la llegada del ángel Gabriel, el ángel que representa la fuerza de Dios, esa fuerza que bíblicamente consiste en la palabra de Dios habitada y acompañada por su Espíritu.

 

La historia que se desarrolla es de la más ordinaria cotidianidad, pero se vuelve extraordinaria por la palabra de Dios que la ilumina con una luz nueva e inesperada.

 

Lo impensable, lo irregular —un embarazo fuera del matrimonio— se entiende como un acontecimiento del Espíritu y una intervención de Dios en la vida humana.

 

El Antiguo Testamento presenta una larga historia de intervenciones divinas que se manifiestan en los recovecos dolorosos o irregulares de la existencia humana: las mujeres estériles y las parejas incapaces de procrear se convierten en el espacio para la intervención divina, para la renovación de la promesa y la continuación de la historia de la salvación.

 

Nuestro texto comienza con una nota cronológica que sitúa todo el episodio en el marco del embarazo iniciado por Isabel, «la estéril». Estamos «en el sexto mes» del embarazo de Juan Bautista. Y, en continuidad y diferencia con la historia de Isabel, aparece María, no estéril, sino virgen, que no tiene relaciones sexuales con un hombre, como ella misma afirma: «No conozco varón».

 

De la imposibilidad de engendrar se pasa a dos concepciones y dos nacimientos. De una virgen, María, nace un hijo, y señal de este nacimiento es el hijo concebido por una estéril, Isabel: de situaciones de muerte, la intervención de Dios suscita vida. Podemos entender nuestro texto, que nos adelanta el misterio de la Navidad, como un relato de resurrección.

 

Nos encontramos ante la historia de María y José, prometidos que esperan casarse y vivir juntos. Pero en esta vida cotidiana se abre paso lo nuevo.

 

Ciertamente, el texto habla de un ángel, es decir, un mensajero divino, pero luego recurre ampliamente a frases extraídas de la Escritura para tejer los diálogos entre el ángel y María, y habla de un camino interior de María que se perfila a partir de las palabras del ángel.

 

El anuncio es claro: lo que está sucediendo viene de Dios.

 

Es típico de la acción de Dios la elección del menor en detrimento del mayor, la preferencia dada al pobre y no al poderoso: ahora Dios posa su mirada electiva sobre la joven de Nazaret.


El saludo inicial del ángel, Alégrate, no es solo una fórmula de saludo, sino una invitación profética a regocijarse para saludar la venida del Señor en medio del pueblo. «Alégrate mucho, hija de Sión, [...] el Señor está en medio de ti» (Sof 3,14-15); «Alégrate mucho, hija de Sión, porque tu rey viene a ti» (Zac 9,9); «Alégrate, exulta, hija de Sión, porque yo vengo a habitar en medio de ti, en tu seno, dice el Señor» (Zac 2,24-25).

 

La invitación a regocijarse por la visita de Dios en los últimos tiempos se convierte en la invitación a regocijarse dirigida a María por lo que Dios está a punto de realizar en ella.

 

Lo extraordinario de la historia de la salvación se concentra y se hace ordinario en la historia de una persona sencilla como la joven María de Nazaret.

 

Llena de gracia, o mejor dicho, «mujer transformada por la gracia» de Dios, hecha aceptable a Dios. Esta expresión indica que no es por sus méritos o títulos que María conoce esta elección, sino solo en virtud de la acción gratuita de Dios.

 

Por último, El Señor está contigo: expresión que en el Antiguo Testamento indica a las personas a las que Dios ha confiado una misión importante en el ámbito de la historia de la salvación: a Moisés, cuando recibió el encargo de sacar al pueblo de Israel de Egipto; a Josué, cuando tuvo que hacer entrar al pueblo en la tierra prometida.

 

Es una expresión que siempre denota, en aquel a quien se dirige, una dimensión de pequeñez, de debilidad, de impotencia. Moisés no sabe hablar, Jeremías es demasiado joven, David es el menor de sus hermanos, y así sucesivamente.

 

También María se encuentra en una situación de debilidad. Es más, como muestra la primera reacción de María a las palabras del ángel, su situación es realmente paradójica.

 

Tanto es así que María se turba y se pregunta qué sentido tiene ese saludo. La llamada que le dirige el Señor la perturba y la confunde, en lugar de tranquilizarla.

 

María se siente perdida, como desorientada ante esas palabras que no sabe adónde pueden llevarla y que la arrancan de la situación «normal» en la que se encontraba antes.

 

Entonces, el ángel responde a la reacción de María con nuevas palabras.

 

En primer lugar: No temas. Esta orden es en realidad una promesa, una invitación a la confianza, como se desprende de la otra expresión del ángel: Has hallado gracia ante Dios.

 

Hallar gracia ante alguien significa que un superior adopta una disposición favorable frente a un inferior. Se dice de Noé ante Dios (Génesis 6,8), de Moisés (Éxodo 33,12.13), de David (Hechos 7,46), etc.

 

María puede vencer su debilidad contando con la relación que Dios establece con ella. María es invitada a la fe en la acción de Dios y en su presencia. «El Señor está contigo»: Él mostrará en ti su poder y te permitirá llevar a cabo la tarea que se te ha encomendado: concebir y dar a luz un hijo que será el Mesías.

 

Cuando María objeta al ángel que no conoce varón, encontrándose en ese momento del compromiso en el que los dos aún no conviven bajo el mismo techo y aún no tienen relaciones íntimas, y por lo tanto pregunta cómo podrá dar a luz a un niño, no dice que lo que se le propone es difícil, sino humanamente imposible.


María está llamada a un acto de confianza radical que se asemeja a una muerte. Podrá cumplir su misión, ser madre del Mesías, no contando con sí misma, sin calcular, sin medir sus capacidades y fuerzas, sino abandonándose, con un acto de confianza radical, a la palabra del Señor.

 

Es como si hubiera un momento salvífico de rendición en el camino de María hacia la aceptación de su vocación y misión. Un momento en el que las defensas deben ceder, las resistencias desaparecer ante la evidencia de que hay algo imposible en la propia vocación: es imposible sostener y mantener la propia vocación con las propias fuerzas, contando con uno mismo. Es necesario abrirse a la novedad y a lo impensado que el Señor pide.


María acepta la llamada. Y dice su sí. La apertura a la Palabra de Dios es apertura a lo nuevo, a lo impensado.

 

Obedecer significa permanecer abiertos a la novedad que siempre puede venir del Señor a través de las situaciones de la vida. Si a veces se piensa en la obediencia como una actitud pasiva y cerrada, en realidad la obediencia cristiana es siempre una apertura dinámica al novum.

 

María, al aceptar los acontecimientos, permite que una situación de escándalo se convierta para ella en gracia.

 

Lo que a los ojos de todos parecía motivo de vergüenza y condena —el hecho de estar embarazada sin ser de su prometido y fuera del tiempo legítimo— se convierte para ella, una vez aceptado, en motivo de renovación radical de su existencia.

 

El relato del nacimiento y la vocación se convierte así también en un relato de liberación.

 

Al aceptar la revelación de lo que para ella es imposible, María ve nacer en ella una fuerza y una libertad impensables. María se abre al Dios para quien nada es imposible, como dice el ángel. El consentimiento de María es el signo de su libertad liberada. Liberada del miedo, de la voluntad de control, del temor a lo nuevo que trastorna la rutina cotidiana.

 

María se encuentra liberada del miedo.

 

En el sentido de que, una vez cruzado el umbral de la confianza radical, por la que la propia vida —el tiempo, el cuerpo, la voluntad— no es más que la ocasión que permite vivir al servicio de la Palabra de Dios, cuando se ha entrado en esta dimensión de pobreza radical en la que no se posee nada, ni siquiera el propio cuerpo, el propio tiempo, la propia voluntad, paradójicamente se descubre que se puede vivir con mucha más libertad el propio cuerpo, de poder dirigir la propia voluntad hacia lo esencial, de poder vivir los instantes del propio tiempo con gran eficacia y presencia ante uno mismo y ante los demás.

 

Y se puede vivir así porque ya no se está comprometido en esas batallas de retaguardia que son el querer protegerse de lo que nos puede ser quitado y el agotar las propias energías en controlar y dominar lo que es realmente nuestro solo si lo acogemos como un don gratuito.

 

En realidad, el relato es el anuncio de un nacimiento, pero un nacimiento a costa de una muerte. Es un relato de resurrección.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sin hacer ruido - San Lucas 1, 26-38 -.

 Sin hacer ruido - San Lucas 1, 26-38 -

El camino del Adviento hace un alto y nos pide que reorientemos nuestra mirada: desde el futuro, en el que esperamos el regreso del Señor al final de los tiempos, hacia el pasado, en el que contemplamos la venida del Señor en la carne.

 

Dos momentos de la historia de la salvación que en el tiempo de Adviento se entrelazan y se sostienen mutuamente: el Señor que esperamos en la gloria es el mismo que reconocemos venido en la carne.

 

A la figura de Juan Bautista, que nos acompaña como voz de quien anuncia y prepara la venida del Mesías, le viene al encuentro la de María, en la que la espera mesiánica comienza a encarnarse, a entrar en la historia y en el tiempo.

 

El pasaje evangélico de la anunciación, que escuchamos el día de la Inmaculada Concepción, nos narra precisamente este momento naciente de una Vida que se abre paso y entra en nuestras vidas.

 

Todo sucede con discreción.

 

El Bautista había predicado en el desierto atrayendo a las multitudes. Ahora la escena se abre en un pueblo perdido de Nazaret.

 

Al gran profeta y mensajero de Dios, el más grande entre «los nacidos de mujer» (Lc 7,28), le sucede una joven, una muchacha a la que el mensajero del Señor alcanza en su vida ordinaria, en sus proyectos en los que hay el deseo muy normal de un matrimonio.

 

El cumplimiento se hace realidad en la cotidianidad de una existencia, para recordar que la salvación obra en la cotidianidad de cada acontecimiento humano.

 

Dios entra en la historia sin hacer ruido. No necesita grandes proclamas ni palabras gritadas. Actúa como la levadura que se mezcla con la masa y la fermenta (cf. Lc 13,21).

 

Comienza con una palabra que entra humildemente y conmueve, pone en marcha. Un comienzo que nos remite a la dinámica de la fe, de la que María es icono. El relato de la anunciación nos cuenta cómo María, al convertirse en madre del Hijo de Dios, se convierte también en mujer creyente.

 

El anuncio del ángel se abre con una invitación a la alegría: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

 

En estas palabras resuenan varios pasajes proféticos: «No temas, tierra, sino alégrate y regocíjate, porque grandes cosas ha hecho el Señor» (Jl 2,21); «Exulta grandemente, hija de Sión, alégrate, hija de Jerusalén, he aquí que tu rey viene a ti» (Zac 9,9); «Alégrate, hija de Sión, grita de alegría, Israel... el rey de Israel, el Señor, está en tu seno» (Sof 3,14-15).

 

La fe es ante todo una invitación a la alegría, motivada por la presencia del Señor: «El Señor está contigo».

 

La primera reacción de María es de turbación y reflexión: «Se turbó mucho y se preguntaba qué significaba un saludo como ese». Permanece turbada, pero no se deja paralizar. Se interroga para comprender.

 

Entonces el ángel vuelve a tranquilizarla: «¡No temas!». A esta exhortación le sigue una nueva afirmación de la acción de gracia de Dios hacia ella: «Has hallado gracia ante Dios», y el anuncio propiamente dicho: «Concebirás un hijo, lo darás a luz y lo llamarás Jesús». Hijo suyo, pero también «Hijo del Altísimo» e hijo «de David, su padre». Un anuncio que no es fácil de comprender.

 

El evangelista anota entonces una segunda reacción de María: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». Pide explicaciones, alegando que a ese «Hijo del Altísimo» e «Hijo de David» le falta un padre.

 

Recibe así una tercera palabra, después del saludo y el anuncio: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra». Será Dios mismo quien proveerá. A María solo se le pide que confíe y se encomiende a aquel que cumple sus palabras.

 

Así llega la tercera palabra/reacción de la joven de Nazaret: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

 

Una afirmación audaz y humilde al mismo tiempo. Audaz porque María se presenta como la sierva del Señor, empleando una expresión que en el Antiguo Testamento se refiere a los grandes personajes de la historia de la salvación, todos ellos hombres: Moisés (Mal 3,22), Josué (Jos 24,29), David (Sal 36,1) y el Siervo del Señor (Is 52,13).

 

Pero también humilde, porque no exige ninguna garantía adicional, ni siquiera comprenderlo hasta el fondo. Le basta la promesa del Señor para ponerse en camino. Ese poco le permite emprender un camino cuyo destino desconoce, pero solo la fiabilidad de quien la llama.

 

El camino de Dios hacia la humanidad pone en movimiento la historia de María y nuestras historias. Creer significa acoger la levadura de la Palabra, que entra y actúa en nuestras vidas. Nos pide el humilde valor de María, que sabe cuestionarse, interrogar y, finalmente, confiar.


Que el tiempo de Adviento en el que nos encontramos nos enseñe a esperar al Señor que viene y a reconocer al Dios-con-nosotros, haciendo nuestra la humilde y valiente fe de María de Nazaret.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...