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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Ante la mentira del Black Friday: un ejercicio de lucidez y de ascesis.

Ante la mentira del Black Friday: un ejercicio de lucidez y de ascesis


Desde el miedo a perder la oferta hasta la ansiedad por llegar primero. Tal vez hasta podemos proponer un ejercicio para sobrevivir a la ansiedad del Black Friday.

 

Se trata de una ansiedad recurrente, casi estacional. Comienza como una agitación a mediados de noviembre.

 

Es la llamada «fiebre de las compras»: una mezcla de urgencia y miedo. Es el miedo a perder la oferta decisiva y la ansiedad por no llegar primero al objeto de deseo.

 

Sin embargo, si se piensa que se trata de un problema moderno, nacido con el comercio electrónico, se comete un error. Es un problema profundamente humano.

 

El punto central seguramente es que esta ansiedad, en gran parte, no es real. Es una ilusión que construye la mente humana.

 

El Black Friday es la demostración perfecta de que solemos aumentar nuestros dolores o sufrirlos antes de que nos hayan afectado, o incluso inventarlos con la imaginación - Seneca dixit -.

 

Es la ansiedad por un dolor imaginario: el arrepentimiento futuro, el «dolor» de haber perdido la oferta. Es un dolor que inventamos con la imaginación incluso antes de que el evento (la pérdida) sea real o nos haya afectado.

 

Estalla una «fiebre» que se alimenta de dos errores de juicio que son la raíz misma de nuestra infelicidad humana. La noción errónea de riqueza y la consiguiente pérdida del control interior.

 

Al analizar este estrés, surgen por lo menos dos «venenos» psicológicos que componen la ansiedad por la super-oferta. Me explico.

 

1.- El veneno del deseo: la idea errónea de la riqueza.

 

El primer síntoma es el «miedo a perder la oferta». Este miedo se basa en un malentendido fundamental, que el objeto en oferta es un bien en sí mismo y que no obtenerlo es un mal.

 

Y esto es un claro error de juicio. Los bienes materiales (casas, ropa, teléfonos inteligentes) no son ni «bienes» ni «males»: son «indiferentes». El único «bien» verdadero es la virtud (un juicio correcto, la sabiduría,…). El único «mal» es el vicio (un juicio erróneo, la falta de control,…).

 

El Black Friday funciona convenciendo al individuo de que su felicidad depende de una posesión externa.

 

A esto, el mismo Séneca diría que no es pobre quien posee poco, sino quien desea más de lo que posee.

 

La ansiedad, por lo tanto, no proviene de la posible pérdida del objeto, sino del deseo incontrolado que el individuo siente por él.

 

2.- El veneno del rebaño: la pérdida de control.

 

El segundo síntoma es la «ansiedad por llegar primero». Se trata del pánico inducido por la escasez (real o artificial), amplificado por la presión social, por el «rebaño» que corre en la misma dirección.

 

En esta dinámica se pierde el necesario pilar del control. Porque se deja que un factor externo (el temporizador de la oferta, la acción de los demás) dicte la propia acción, perdiendo el centro de mando interior que es el auto-control. La persona se vuelve reactiva, no proactiva.

 

Si la ansiedad nace de un juicio erróneo sobre la riqueza y de una pérdida de control, el antídoto consiste en una serie de «ejercicios» prácticos que podemos llamar “ascesis” para restablecer la supremacía de la razón sobre el impulso.

 

Algunos ejercicios que se pueden proponer - la lista puede ser ampliada - son, por ejemplo, los siguientes:

 

a.- Un ejercicio puede consistir en reconocer el Black Friday por lo que es: un gran «espectáculo» social.

 

Al igual que los juegos de gladiadores o los partidos del siglo…, es un evento diseñado para generar emoción masiva y animación. La ansiedad por «llegar primero» es el equivalente moderno de emocionarse por tu gladiador favorito o por tu equipo de fútbol del alma.

 

Si se asiste al Black Friday, uno debería hacerlo manteniendo su centro de mando. El individuo sensato se abstiene de emocionarse de forma exagerada (la «fiebre de las compras») y mantiene la calma.

 

b.- Otro ejercicio es no dejarse llevar por el impulso de la «fiebre por las compras».

 

El marketing del Black Friday está diseñado para crear una urgencia artificial, una representación tan fuerte que exige una aceptación inmediata, pasando por alto la facultad racional. Es una forma de provocación.

 

El individuo sabio se esfuerza por no dejarse llevar y valora con lucidez si la compra es una necesidad real o un deseo inducido por la provocación del marketing comercial.

 

c.- Otro ejercicio es calcular el «coste real», es decir, el precio en tiempo de vida.

 

El marketing nos obliga a pensar en términos de dinero ahorrado, pero la lucidez nos enseña a calcular el coste en términos de vida gastada. El tiempo es nuestro único recurso no renovable.

 

Hay que convertir el precio del objeto en horas de vida. Por ejemplo, si un objeto cuesta 200 euros y los ingresos netos son de 20 euros por hora, ese objeto no cuesta 200 euros, sino 10 horas de la propia existencia.

 

La pregunta que desenmascara la ansiedad por la oferta es: «¿Vale la pena cambiar 10 horas de mi vida, un bien, que nadie puede devolver, por este objeto?». Esto desplaza inmediatamente el juicio del plano del «deseo» al del «valor» real.

 

d.- Otro ejercicio es descomponer el objeto del deseo, el análisis físico.

 

Es decir, hacer un análisis objetivo, incluso hasta ‘despiadado’, del objeto que se desea. El marketing no vende un producto, sino un aura, una promesa de felicidad o de estatus. La ansiedad surge del deseo de esta promesa.

 

La lucidez enseña a «descomponer» el objeto en sus elementos físicos para verlo «desnudo», despojado de su aura emocional.

 

Ese nuevo smartphone no es «el futuro» ni «la conexión global»; sino vidrio, metal, litio y plástico ensamblados que quedarán obsoletos en dos años. Ese abrigo de marca no es «elegancia» ni «éxito»; es lana de oveja y botones de plástico. Este examen objetivo atenúa el deseo inducido, devuelve al objeto a su naturaleza «indiferente» (ni bueno ni malo) y neutraliza la ansiedad por poseerlo.

 

e.- Otro ejercicio es resistir el contagio de la multitud.

 

Se trata de un ejercicio que es un antídoto específico contra el «veneno del rebaño» y la «ansiedad por llegar primero». Este frenesí no es un juicio autónomo, sino un contagio social, un comportamiento «gregario» que genera pánico.

 

Uno tiene que ser consciente y lúcido para advertir de los peligros de la masa, en la que se disuelve la razón individual. Y esto exige un acto de independencia intelectual.

 

La «carrera» del Black Friday es el «rebaño» que se arrastra hacia un error de juicio de que un objeto rebajado es un bien absoluto. La acción consiste en reconocer el frenesí ajeno (las colas, los productos agotados,…) por lo que es, es decir, un «indiferente», un ruido externo que no debe influir en el propio control.

 

Apagar las notificaciones, cerrar las redes sociales y negarse a participar en la carrera no es «perder», sino afirmar la propia superioridad racional sobre la multitud.

 

f.- Otro ejercicio es valorar el presente, es decir, hacer inventario.

 

En otras palabras, se trata de un ejercicio que es un antídoto contra el deseo, que a menudo surge de una falsa percepción de carencia inducida por el marketing. La ansiedad por «perder la oferta» se basa en la idea de que lo que se tiene actualmente es insuficiente.

 

Antes de ceder al impulso de comprar un nuevo objeto (un abrigo, un teléfono,…), la acción consiste en «considerar los bienes que se tienen».

 

La persona lúcida debe observar lo que ya posee y que cumple esa función, preguntándose cuánto desearía esos objetos si no los tuviera. Esto desplaza el foco de la carencia (no tener la oferta) a la abundancia (ya tener lo que se necesita), apagando el deseo inducido por lo superfluo.

 

g.- Otro ejercicio es ejercitar el «dominio de sí mismo», la verdadera libertad.

 

Seguramente es la culminación de esta ascesis de lucidez: afirmar la propia libertad interior.

 

Cada temporizador de una oferta, cada notificación de «escasez» o de «necesidad», es un intento externo de coaccionar la voluntad del individuo, convirtiéndolo en esclavo de un impulso. La libertad es exactamente lo contrario.

 

El individuo «obligado» por el temporizador de la oferta no es libre. Cada vez que se resiste a un impulso inducido por el marketing, se está realizando un acto de afirmación de la propia libertad interior. Rechazar la compra no es una «pérdida», sino la «victoria» de la propia facultad de elección sobre la coacción externa.

 

Estos y otros ejercicios, repito que la lista no es completa, muchos menos exhaustiva, se pueden completar con un ejercicio de redefinir la riqueza y el sentido de la autosuficiencia.

 

Todo el evento del Black Friday se basa en la promesa de un enriquecimiento (obtener más, pagando menos). Pero la lucidez enseña que la verdadera riqueza no se encuentra en la acumulación de los bienes materiales sino en la reducción del deseo, es decir, en el logro de la autosuficiencia.

 

Comprar el objeto en oferta no calma la «fiebre por las compras», sino que la valida, simplemente preparando el terreno para el siguiente deseo y la siguiente compra. La verdadera riqueza es la eliminación de la necesidad.

 

La victoria sobre el Black Friday no es «comprar bien» o «ahorrar dinero», sino no tener necesidad de comprar.

 

La pregunta final que se hace el individuo lúcido no es «¿Esta compra me satisfará y cuánto?», sino «¿Esta compra me hará menos libre y más dependiente del próximo deseo?».

 

El objetivo no es un carrito lleno, sino un alma autosuficiente, que encuentra su riqueza no en la oferta, sino en su propia capacidad para juzgar si esa compra es relevante o irrelevante... imprescindible o prescindible.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


lunes, 17 de noviembre de 2025

Allegro - Antonio Vivaldi -

Allegro - Antonio Vivaldi -

La infelicidad es la falta de sorpresas. La vida está llena de ellas, pero somos nosotros los que aletargamos dormidos. La vida, en el fondo, es un entrenamiento para estar despiertos y preparados para recibirlas.

 

Por eso es necesario inventar siempre un llamamiento diferente para «despertar» el cuerpo y el alma.

 

Te propongo que escuches el primer movimiento del concierto para violín n.º 1 de Vivaldi: La primavera. En concreto, el famosísimo Allegro, quizás una de las piezas más conocidas de la música clásica en el mundo. Dura algo más de 3 minutos.

 

Te pongo a continuación el link: https://www.youtube.com/watch?v=s2lbGix2wtE

 

Seguramente la reconocerás inmediatamente, aunque quizá no recuerdes el nombre y el autor. Verás que es una música que sorprende. La sorpresa es, de hecho, el primer peldaño de la felicidad.

 

Las verdaderas sorpresas (del latín super prendere: agarrar desde arriba, estar «elevado», «levantado») aportan una ligereza que no es huida, sino plena posesión de la vida, liberan porque «sorprenderse» es experimentar la gratuidad, es decir, sentir que la vida es un regalo, gratis, incluso en su repetición de cada día.

 

Un arco iris siempre es sorprendente, al igual que el Allegro de La primavera de Antonio Vivaldi. ¿Cómo podemos entonces estar abiertos de forma habitual al efecto sorpresa de la realidad, sin el cual es imposible ser felices?

 

En este año 2025 ese concierto de Antonio Vivaldi cumple 300 años.

 

Era 1725 cuando se publicaron en Ámsterdam las partituras de «La prueba de la armonía y de la invención», 12 conciertos (originalmente una forma musical en tres tiempos en la que el solista dialoga con los demás instrumentos) para violín solista y cuerdas, de los cuales los cuatro primeros son las famosísimas Estaciones.

 

En aquella época, al no existir soportes de grabación, la música solo permanecía cuando se publicaba, y eso solo ocurría con los más grandes. Sin embargo, la primera interpretación tuvo lugar unos años antes en Venecia, en un orfanato, «sorprendiendo» a todos.

 

De hecho, Antonio Vivaldi, presbítero católico, enseñaba violín a las jóvenes acogidas en una de las instituciones benéficas para huérfanos y pobres de la ciudad: el Ospedale della Pietà, específico para niñas, que de otro modo estarían destinadas a la calle...

 

En este contexto, se les enseñaba canto e instrumentos (¿por qué en nuestras escuelas este arte indispensable para la educación se reduce a lo que se reduce?), logrando resultados que han pasado a la historia. Puedes escuchar, por ejemplo, el ‘Stabat Mater’ o el ‘Gloria’ de Antonio Vivaldi.

 

Y Antonio Vivaldi dirigía a las niñas ocultas tras rejas de madera ante un público procedente de toda Europa para escuchar su encanto.

 

En Las estaciones, en particular, el músico se divirtió imitando los sonidos de la naturaleza: pájaros, truenos, hojas, vientos helados... hasta el punto de sorprender a todos por su genialidad compositiva, interpretativa y social, un fenómeno único en una época en la que a las mujeres se les prohibía tocar en Iglesias y teatros.


Si esta música te «sorprende» quiere decir que hasta te eleva a un nivel de vida alegre y liberada de las cargas del siglo XXI para experimentar lo «gratuito». 


Lo contrario de esta experiencia es, de hecho, «dar por sentado», expresión nacida para indicar algo adquirido (en el sentido de comprado).

 

Solo la experiencia de la vida dada «gratis» y no «por sentado» (que, de hecho, se ha convertido en sinónimo de «ya no me sorprende») provoca el despertar y la unión, los dos elementos de la gratitud, sin los cuales no es posible ser feliz.

 

El día en que se da algo o alguien por sentado, se acaba la alegría, porque la felicidad es tan grande como el asombro: la sorpresa de un rostro o un objeto se apaga.

 

No es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino la gratitud lo que nos hace felices.

 

Hay personas que, a pesar de tenerlo todo, no son felices, y personas que, teniendo poco, lo son. ¿Por qué?

 

La diferencia está en la práctica (es una acción) de la gratitud, que nos hace capaces de recibir el instante como un regalo, algo que, por desgracia, a menudo solo conseguimos cuando perdemos algo o a alguien (quienes han y hemos sufrido por amor o por una pérdida lo saben y sabemos).

 

Esto significa que la capacidad de sorprendernos está en nosotros: es interior y hay que entrenarla.

 

De hecho, tradiciones espirituales y filosóficas milenarias y muy diferentes entre sí nos invitan a despertar y velar, y no porque nos quieran insomnes y ansiosos, como ocurre hoy en día, sino porque nos quieren agradecidos, es decir, felices.

 

El cristianismo debería producir una ética de la alegría porque todo es gracia para quien tiene confianza (fe) en la vida, que es, de hecho, «eucaristía» (en griego, «acción de gracias»), rito en el que la vida misma de Dios se da gratuitamente, a menudo resuelto en una práctica que hay que realizar.

 

Es verdad, a veces las sorpresas también pueden referirse a cosas negativas… Pero lo que importa es que nos están sucediendo a nosotros, que somos libres, es decir, capaces de decidir qué hacer con ellas. El problema no es lo que sucede, sino lo que hago con ello.

 

Por ejemplo: ¿qué hace un músico genial como Antonio Vivaldi con unas chicas abandonadas? Las convierte en una Primavera inmortal. Para aquellas chicas sin apellido, salvo el apelativo «della Pietà», la música fue salvación y redención. Una verdadera «sorpresa».

 

La tumba de la felicidad es lo «dado por sentado» o «dado por descartado». Quien da por «sentado» o «descartado» no recibe, quien no recibe no está agradecido, quien no está agradecido no es feliz.

 

Y la escuela de la vida es precisamente todo lugar o momento donde se aprende a estar siempre abierto a la vida, donde se entrena para ser despierto, sorprendido, agradecido, feliz, vivo


Empezando por un poco de buena música. Quizás un Allegro de Antonio Vivaldi.

 

Aquí tienes otra versión... de una belleza sin igual: https://www.youtube.com/watch?v=bQujhuIst5E


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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