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miércoles, 24 de junio de 2026

No: Juan es su nombre - Dios interviene únicamente poniendo novedad -.

No: Juan es su nombre - Dios interviene únicamente poniendo novedad -

En el Nacimiento de San Juan Bautista vemos con nuestros propios ojos cómo Dios se abre camino en una historia que conoce el drama de la esterilidad, es decir, el drama de no ver un futuro porque el tiempo de la fecundidad ya ha quedado muy atrás.

 

Precisamente la historia de Juan sugiere una forma diferente de afrontar la historia. Algunos pretenderían imponerle el nombre de su padre, Zacarías, que significa «Dios recuerda», pero Isabel es tajante: «No, se llamará Juan», que significa «Dios hace gracia».

 

Solo Dios nos da el verdadero nombre, es decir, nos asigna nuestro lugar y nuestra tarea en la historia, nadie más. 


A quienes pretenden reducir la vida e interpretarla únicamente a partir de las costumbres, las tradiciones arraigadas o el clan, se les recuerda que nadie es dueño indiscutible del misterio de una existencia.

 

La tarea de cada uno de nosotros es ayudar a descubrir el verdadero nombre - el nuestro y el de quienes nos han sido confiados - que se nos ha asignado y llevarlo a buen término.

 

¿Qué nos dice esta diferencia de nombres?

 

Llamarlo como a su padre significaba interpretar el presente a partir del pasado. ¡Cuántas veces hay un pasado que se cierne sobre nosotros y nos condiciona! Del tipo: ¿acaso puedes esperar algo diferente con premisas semejantes? ¿Cuántas veces se ha dicho y seguimos diciendo “siempre se ha hecho así” o aquello de “desde siempre…”?

 

Llamarle con un nombre nuevo, en cambio, sugiere la conciencia de que la intervención de Dios no queda relegada únicamente a una historia memorable y gloriosa, sino que sigue actuando: Dios no deja de intervenir en favor de su pueblo.

 

El problema, en todo caso, es darse cuenta de ello y reconocerlo.

 

Cuando el ángel anuncia el nacimiento de Juan, le atribuye a este último una tarea muy concreta: la de «convertir el corazón de los padres hacia los hijos». Habríamos esperado lo contrario. Pero Juan nos recuerda que es el presente el que arroja nueva luz sobre el pasado, el que da sentido a lo que parecía no tenerlo. Es el aquí y ahora lo que nos hace comprender que, en verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios», incluso la vejez de Zacarías y la esterilidad de Isabel.

 

¿Y si hubiera una forma diferente de interpretar nuestras limitaciones, lo que a nosotros nos parece, es decir, solo un obstáculo, un impedimento?

 

Es la nueva vida que surge ante nuestros ojos la que nos devuelve la perspectiva adecuada con la que abordar lo que ha sido.


Ponerle el nombre de «Juan» al niño significa confesar que, por mucho que nadie nazca sin bagaje, nadie es esclavo de sus condicionamientos pasados. Ese hijo, ya inesperado, no es el último eslabón de una historia pasada a la que siempre tendrá que estar en deuda, sino el fruto inesperado al que la historia pasada debe mirar, reconociendo que, aun entre mil resistencias, dudas e incredulidad, Dios se abre camino entre los hombres.

 

Allí donde nosotros estaríamos convencidos de que no hay solución de continuidad, el Evangelio atestigua que Dios interrumpe un mecanismo condicionado por un cierto fatalismo: «No hay nadie de tu familia que se llame así», objetan los parientes y vecinos, como queriendo recordar que las cosas deben permanecer inalteradas.

 

Que Dios siga concediendo su gracia significa que ningún fatalismo puede prevalecer: lo que influye en nosotros no serán solo los inevitables condicionamientos de un entorno o una cultura, sino, mucho más, los de la gracia, de la propia obra de Dios. Entre lo que precede a nuestro nacimiento y lo que le sigue, existe el admirable entrelazamiento entre la acción de Dios y mi libertad.

 

Mi existencia no es un libro cerrado cuyo índice ya esté escrito. Si no me aparto de la presencia de Dios en mi vida, las mejores páginas aún están por escribir. 


Basta con pensar en el buen ladrón: una historia inevitablemente marcada por el mal, que conoce un desenlace diferente gracias al encuentro con la Gracia en el último instante.  O cabe pensar en Zaqueo, o en la mujer sorprendida en adulterio, o…

 

No estoy llamado a ser lo que alguien ya ha escrito, sino a convertirme en lo que Dios desea para cada uno de nosotros: «luz de las naciones». Cada uno está llamado a abrir caminos de novedad allí donde el Señor lo ha colocado.

 

Al igual que Juan, nuestra tarea es también preparar el camino al Señor. No estamos llamados a promocionarnos a nosotros mismos, sino a hacer que otros puedan saborear la alegría de conocer al Señor.

 

«Él debe crecer, yo disminuir»: que no nos asuste, por tanto, todo aquello que parezca rebajar nuestras pretensiones y expectativas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de junio de 2026

El Señor da su gracia.

El Señor da su gracia 

Acaba de comenzar el verano y ya estamos en la fiesta de la natividad de Juan Bautista, una festividad muy antigua, celebrada ya por San Agustín en África. Junto a María, la madre del Señor, Juan el Bautista es el único santo cuya Iglesia celebra no solo el día de su muerte, el dies natalis a la vida eterna, sino también el dies natalis en este mundo: de hecho, Juan es el único testigo cuyo nacimiento se recuerda en el Nuevo Testamento, tan entrelazado con el de Jesús. 

Y es precisamente esta intersección de acontecimientos lo que llevó a elegir la fecha del 24 de junio para celebrar su memoria: si la Iglesia recuerda el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, no puede sino recordar el de Juan el 24 de junio, ya que, según atestigua el Evangelio de Lucas, tuvo lugar seis meses antes. 

Y el paralelismo de estas fechas también contiene un simbolismo, al menos en la cuenca del Mediterráneo, que ha sido el crisol de la fe judeocristiana: si el 25 de diciembre es la fiesta del sol vencedor, que comienza a aumentar su declinación sobre la tierra, el 24 de junio es el día en que el sol comienza a declinar, tal y como ocurrió en la relación del Bautista con Jesús, según las palabras del propio Juan: «Él debe crecer y yo disminuir» (Jn 3,30). 

Juan es la luz que disminuye ante la luz victoriosa, es la lámpara preparada para el Mesías (cf. Sal 132,17 y Jn 5,35), es su precursor en el nacimiento, en la misión y en la muerte, es el maestro de Jesús, su discípulo que le sigue, es el amigo de Jesús, el esposo que viene, como dice bellamente el cuarto Evangelio. 

Podríamos incluso decir que el evangelio es la historia sincrónica de dos profetas, Juan y Jesús, con su profunda singularidad, su vocación específica, pero también con su sustancial unanimidad en la persecución de los designios de Dios, con la misma determinación al servicio del Reino. 

Sí, lamentablemente hoy la figura del Bautista ya no ocupa el lugar que le corresponde en la memoria y en la conciencia de la Iglesia: después del primer milenio y la mitad del segundo —en el que Juan el Bautista y María representaban juntos el vínculo entre la antigua y la nueva alianza y, como intercesores, estaban junto al que venía, el Señor glorioso, tanto en la liturgia como en la iconografía—, el crecimiento del culto mariano superó al Bautista, acabando por eclipsarlo y dando lugar a una deriva peligrosa para el equilibrio de la conciencia cristológica. 

Si la Iglesia, aún hoy, celebra como solemnidad el nacimiento del Bautista es porque sigue consciente de la centralidad reveladora de esta figura: en los sinópticos, la buena nueva del anuncio del Reino siempre se abre con Juan, al igual que el Evangelio de la infancia de Jesús según Lucas se abre con el anuncio del ángel a Zacarías y con el relato del nacimiento prodigioso de Juan. 

Juan es un hombre que solo Dios podía dar a Israel. En el origen de su historia hay una mujer estéril y anciana, Isabel, y hay un padre en el Templo, también avanzado en años: son los pobres del Señor, «justos ante Dios, irreprochables en todas las leyes y prescripciones del Señor» (Lc 1,6), el humilde resto que confía en Dios, y es precisamente a ellos a quienes Dios se dirige para cumplir su designio de amor y salvación. Nada puede condicionar la elección de Dios, ni esta puede ser obstaculizada por límites humanos como la vejez y la esterilidad: solo pide que haya predisposición, espera, fe. 

Juan nace así, anunciado por un ángel a su padre sacerdote que está oficiando en el Templo, es solo un embrión en el seno de su madre cuando ya reconoce bailando la presencia del Mesías y Señor Jesús recién concebido en el seno de María, y en el seno de su madre es santificado por el Espíritu Santo que desciende sobre ella. 

Cuando nace, he aquí el nombre que fija su vocación y misión, el nombre dado por Dios a través del ángel: Johanan, «El Señor da gracia», y he aquí un salmo mesiánico entonado por el padre como acción de gracias y alabanza a Dios, pero en el que también se dirige a su hijo: «Y tú, que ahora eres pequeño, serás llamado profeta del Altísimo, caminarás delante del Señor» (Lc 1,76). Así vino al mundo «el más grande entre los nacidos de mujer... más que un profeta» (Lc 7,28), según la confesión de Jesús sobre él: no es la luz que vino al mundo, sino «la lámpara que arde y alumbra» (Jn 5,35) para dar testimonio de la luz. 

Toda su historia se entrecruza con la de Jesús, y los acontecimientos de su vida narrados en el Evangelio no son solo prefiguraciones de los que le sucederán a Jesús, sino que son sincrónicos, contemporáneos, hasta el punto de superponerse y confundirse unos con otros: ¡Juan y Jesús vivieron juntos! 

E incluso cuando Juan será asesinado violentamente, su vida y su misión aparecerán en plenitud en la de Jesús. No es casualidad que el Evangelio recoja la opinión del rey Herodes sobre Jesús: «Es Juan el Bautista resucitado de entre los muertos», ni que los discípulos transmitan a Jesús el juicio de algunos contemporáneos que decían de él: ‘Es Juan el Bautista’» (cf. Mt 16,14 y par.). 

Cuando Juan muere, anticipa la muerte de Jesús y la prefigura como la pasión del profeta perseguido y asesinado en su propia patria, pero así como en su muerte también muere Jesús, así en la resurrección de Jesús también resucita Juan el Bautista. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


 

San Juan Bautista: más allá de la ortodoxia - meditación contemplativa -.

San Juan Bautista: más allá de la ortodoxia - meditación contemplativa - 

En el silencio que precede a cada gran cambio, se alza una voz que invita a desviarse del camino trillado. 

Es la voz de los profetas, aquellos que eligen ir en contra, cruzar la teología al otro lado de la ortodoxia. 

Su camino es solitario, a menudo criticado, pero necesario: solo quien se atreve a desafiar el sentido común puede descubrir el rostro oculto de la verdad, escondido precisamente donde nadie se atreve a mirar. 

La profecía, en este contexto, no es solo una anticipación del futuro, sino también una ruptura con el pasado. 

Quienes se obstinan en identificar la vida con la norma, con lo ya dicho y lo ya hecho, se condenan a una esterilidad espiritual, incapaces de captar la embriaguez de lo verdadero. 

La verdad no se encuentra donde todos indican, sino en el camino inverso, en la dirección opuesta, allí donde la sed de vida, de justicia y de amor empuja a buscar lo nuevo bajo las cenizas de lo antiguo. 

Así, la teología «a contracorriente» se convierte en deseo de autenticidad, en reconocimiento de que el Misterio no se deja aprisionar en las fórmulas transmitidas, sino que se esconde a los ojos de quienes se creen guardianes del pasado. 

Es aquí donde brota el agua viva, no de la memoria fosilizada, sino del presente que inquieta y renueva, como el viento que sacude las ramas e invita a salir de la seguridad de las costumbres. 

Ir en contra, entonces, es un acto profético: requiere valor y espíritu crítico, y sobre todo la capacidad de dejarse interrogar por lo desconocido, por la parte de la historia que aún no tiene nombre. 

Solo quien abraza la incertidumbre descubre que la fe es camino, nunca posesión; el amor es riesgo, nunca simple adhesión; la justicia es sed, nunca recompensa. 

En esta tensión vive la verdadera teología: no en el control, sino en el abandono confiado al Misterio que solo se revela a quienes se atreven a ir en contra. 

La fe misma no nace de la seguridad, sino de ese paso incierto que nos aleja del rebaño. 

La historia de la fe cristiana, como la de la espiritualidad, está atravesada por mujeres y hombres que han sabido escuchar la voz interior contraria, elegir el camino menos transitado y, por ello, han generado novedad. 

Hoy más que nunca, en tiempos de crisis y transformación, volver a profetizar desde la teología del otro lado es un gesto de responsabilidad y esperanza, una invitación a dejarse sorprender por el Misterio que nos precede y nos acompaña, más allá de cualquier valla doctrinal. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 20 de junio de 2026

Juan el Bautista: el hombre de Dios.

Juan el Bautista: el hombre de Dios

La Palabra ofrece siempre una especie de memorial.

 

Uno echa la vista atrás y contempla la figura de Juan el Bautista. La intención no es narrar una historia, sino recoger su legado, tratando de reconocer el hilo conductor que une todos los episodios de su vida.

 

Al final, ¿qué queda de Juan? ¿Qué queda de nosotros?

 

Queda un hombre que dejó que Dios actuara en su vida. Esta es una primera luz sobre el ministerio porque el hombre de Dios corre continuamente el riesgo de identificarse con lo que hace: celebraciones, actividades, responsabilidades, obras realizadas…

 

Cuando la Escritura recuerda a Juan el Bautista, no habla de sus logros, sino de su docibilitas (se trata de esa actitud interior de apertura, de humildad y de escucha; es lo que permite dejarse formar por la Palabra de Dios, por los acontecimientos y por las personas que el Señor pone en nuestro camino).

 

La santidad no consiste en haber hecho grandes cosas por Dios, sino en haber dejado que Dios realice su obra en nosotros.


El fuego, en la Escritura, es siempre algo que pertenece a Dios antes que al hombre. Es la zarza que arde sin consumirse, es la nube luminosa que acompaña a Israel en el desierto, es el Sinaí envuelto en llamas.

 

Decir que Juan el Bautista es como el fuego no significa, ante todo, describir su temperamento o su energía, sino reconocer que su vida estuvo marcada por una presencia que no provenía de él. Por eso la primera palabra que define al profeta no es el valor, sino la presencia.

 

Vivir en la presencia de Dios. Esta es la clave de toda su existencia.

 

Antes de ser el hombre del desierto, Juan el Bautista es el hombre de la presencia; antes de ser el profeta del fuego, es el hombre que está ante Dios.

 

La fuente de todo no se encuentra tanto en los prodigios en sí mismos como en ese estar ante el Señor, de donde nace toda palabra auténtica.

 

Es una lección que recorre toda la Palabra y que conserva una especial actualidad para el ministerio del hombre de Dios. De hecho, existe una sutil tentación que acompaña a todo servicio eclesial: la de identificarse progresivamente con lo que se hace.

 

El Pueblo de Dios, sin embargo, no necesita ante todo personas competentes en lo sagrado, sino personas que hayan permanecido ante el Señor.

 

La santidad no nace del esfuerzo por perfeccionarse continuamente, sino del abandono confiado a la gracia que precede, sostiene y transfigura.

 

Juan el Bautista es precisamente esto, no un héroe, sino un hombre sostenido por la gracia.


Los Evangelios recuerdan de inmediato el gesto que inaugura el ministerio público del profeta: el desierto. Juan el Bautista se encuentra ante un pueblo que ha perdido de vista el rostro de Dios: el drama no es meteorológico, sino espiritual.

 

Todo ministerio eclesial se enfrenta a esta lucha. Hoy el problema fundamental no es la indiferencia religiosa, sino la idolatría: los ídolos cambian de nombre, pero siguen ocupando el corazón del hombre.

 

El hombre de Dios está llamado a custodiar la memoria del verdadero Dios, a recordar a los hombres de quién proviene la vida, a denunciar todo aquello que pretende sustituirlo.

 

Sin embargo, quien desempeña esta tarea descubre pronto una verdad dolorosa: no basta con hablar, hay que dejarse purificar; por eso Dios conduce a Juan el Bautista al desierto.

 

Dios lo oculta en el desierto, lejos de lo sagrado del Templo y de Jerusalén, y lo confía a la inclemencia de la intemperie, lo obliga a vivir de lo que recibe… miel y saltamontes.... Así comienza la verdadera formación de Juan el Bautista.

 

Antes incluso de ser profeta del pueblo, debe convertirse en discípulo de Dios; debe aprender que no es él quien sostiene la misión, sino Dios quien lo sostiene a él.

 

Cada uno de nosotros conoce su propio desierto, un momento en el que nuestras seguridades se desvanecen, un encargo que no cumple las expectativas, una labor pastoral, una prueba personal, una experiencia de soledad. Se trata de momentos en los que Dios parece quitarnos los medios y los apoyos, pero en realidad está educando el corazón.

 

El hombre de Dios es una vasija de barro: el tesoro no le pertenece.


Dios obra a través de lo que parece insuficiente. También el hombre de Dios debe convertirse continuamente a esta lógica. A menudo pensamos que la fecundidad depende de los medios, de las cifras, de las estructuras, de la organización.

 

Dios, en cambio, sigue prefiriendo a un hombre vestido con una piel de camello y adornado con un taparrabos de cuero. Dios sigue prefiriendo lo humanamente inadecuado.

 

¿No es acaso este el misterio de la Eucaristía? Un trozo de pan que contiene el infinito.

 

En el desierto Juan el Bautista descubre que la Providencia no elimina la pobreza, sino que la atraviesa: lo poco sigue siendo poco, pero es lo suficiente.



La verdadera batalla no se libra en el altar del Santo de los Santos del Templo. Se libra en el corazón.

 

El problema de Israel no es el ateísmo, sino la división: la fe y los ídolos, la alianza y la conveniencia.

 

También el hombre de Dios atraviesa continuamente esta lucha. La primera idolatría que hay que vencer, de hecho, es la que se esconde en nuestro interior: la búsqueda del consenso, el apego a nuestro propio papel, la tentación del protagonismo, la necesidad de ser aprobados.

 

El fuego sigue siendo necesario, no para destruir a los demás, sino para purificar el corazón del profeta.

 

El fuego de Dios habita en la fragilidad humana. Juan el Bautista no es un superhombre, sino un hombre herido de Dios.

 

Este es el corazón del camino de Juan el Bautista, pero también del ministerio del hombre de Dios.

 

Dios no es solo el Señor del fuego, es también el Dios de la ternura; no solo el Dios que sacude, sino el Dios que consuela; no solo el Dios que envía, sino el Dios que cuida.

 

El Corazón traspasado de Jesús es el lugar en el que la santidad se manifiesta como cercanía, compasión y ternura.

 

El Desierto prepara el Gólgota, la intemperie del desierto poblado de aullidos prepara el Corazón abierto del que mana agua y sangre; el Dios buscado por Juan el Bautista revela finalmente su rostro en el Jesús traspasado.


La última imagen evocada de Juan el Bautista es su prisión en la cárcel y aquella caprichosa decapitación.

 

Juan el Bautista desaparece pero la misión de Dios continúa. Esta es la prueba definitiva de todo ministerio: aceptar que la obra no es nuestra y que otros la continúen, aceptar disminuir, aceptar entregar, aceptar dejarse, aceptar ser llevado.

 

El hombre de Dios no está llamado a construir algo que lleve su nombre, sino que está llamado, en cambio, a generar vida, a hacer posible el encuentro con Jesús, a transmitir una llama que no le pertenece.

 

Por eso los Evangelios pueden contemplar a Juan el Bautista como un hombre realizado, porque ha permitido que Dios lo guíe a través del desierto, del fuego y de la pobreza, de la lucha y de la soledad, del testimonio y del desapego.

 

Este es el camino de todo hombre de Dios. El hombre de Dios es el que aprende poco a poco que el centro no es él sino Dios.

 

La santidad no consiste en tener un corazón invulnerable, sino en dejar que el corazón lata cada vez más al ritmo de Dios y de su Reino incluso a precio de la propia vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 17 de enero de 2026

San Juan el Bautista: una aproximación a partir del Nuevo Testamento.

San Juan el Bautista: una aproximación a partir del Nuevo Testamento

Nos resulta difícil imaginar a Juan el Bautista sin tener en cuenta a Jesús; sin embargo, hubo grupos que se han considerado «seguidores» del Bautista sin creer en Jesús. 

Las fuentes históricas sobre Juan el Bautista son: los cuatro Evangelios, es decir, la tradición cristiana canónica, la tradición apócrifa y Josefo Flavio. 

La interpretación cristiana sitúa al Bautista como testigo del mesianismo de Jesús, mientras que el judío no cristiano Flavio Josefo (Antiquitates Judaicae XVIII, 116-119) habla de Juan Bautista como un hombre bueno y profundamente religioso, que practicaba el bautismo por inmersión, pero no para purificar los pecados (que se purifican con la práctica de la justicia), sino para la pureza del cuerpo, exigida por la ley mosaica. Según Flavio Josefo, el Bautista fue asesinado por temor a los trastornos políticos: no se hace ninguna mención a la historia de Herodías y Salomé. 

En resumen, el Bautista es un mártir, víctima de la degeneración del poder en Palestina, pero nos cuesta entender por qué Herodes lo consideraba peligroso. 

Llama la atención el silencio de San Pablo (y de los autores de las Cartas) sobre el Bautista, al que nunca se menciona. La razón es clara: Juan se inscribe plenamente en la tradición del profetismo apocalíptico judío; para San Pablo, el Evangelio de Jesús supera completamente la tradición de Moisés. 

Si en las comunidades de San Pablo el bautismo es un momento central, lo es pero interpretado como paso de la muerte a la vida e inmersión en el Espíritu Santo. Parece casi que se quiera distanciarse de esta diferencia entre cristianos y bautistas. 

Quizás encontremos un rastro de ello en Hechos de los Apóstoles 19, 1-7: San Lucas cuenta que en Éfeso había discípulos del Bautista que solo conocían el bautismo de Juan, pero no el Espíritu Santo. De estos doce, se convirtieron y se hicieron seguidores de Jesús. También en Hechos de los Apóstoles 18, 24-25 se habla de un tal Apolo, un intelectual refinado de Alejandría, que solo conocía el bautismo del Bautista, y que luego fue instruido por la pareja Priscila y Aquila, amigos de San Pablo. 

En los Evangelios, el nombre de Juan aparece 73 veces (23 en Mateo, 16 en Marcos, 15 en Lucas, que lo menciona otras 9 veces en los Hechos de los Apóstoles, 19 en el Cuarto Evangelio) y unas 15 veces va acompañado del apelativo Bautista -el que bautiza-; una decena de veces se le llama profeta o se le asocia con profetas del Antiguo Testamento como Elías y Jeremías. 

Por los Evangelios podemos saber lo que los cristianos pensaban del Bautista, pero no lo que los seguidores del Bautista pensaban de Jesús: es cierto que en los Evangelios se recogen las palabras de Juan sobre Jesús, pero siempre es el punto de vista de los creyentes en Jesús.

Nuestra curiosidad, que querría conocer a Juan desde el punto de vista de sus seguidores, está destinada a quedar insatisfecha, ya que no nos han llegado documentos autónomos de los bautistas. 

Solo dos Evangelios hablan de la infancia de Jesús y solo San Lucas compara sus orígenes con los del Bautista: 

San Lucas 1, 5-25 se narra la Anunciación del ángel Gabriel (el modelo es el literario de los anuncios de los nacimientos de los personajes bíblicos) al sacerdote Zacarías durante la liturgia de la ofrenda del incienso en el Templo. El niño será un nazir, un consagrado que no debe beber vino ni bebidas embriagantes (cf. Números 6, 1-8) como Sansón (Jueces 13, 1-5) y será el Elías resucitado, el reformador de los últimos tiempos (escatológicos) del que habla Malaquías (3, 22-24). Juan será motivo de alegría porque será grande ante el Señor (1, 15: esta es la traducción literal del texto griego). Es fácil la comparación con el nacimiento paralelo de Jesús, del que Gabriel dice algo más: será grande y será llamado hijo del Altísimo (San Lucas 1, 32). 

San Lucas 1,57-80: el padre Zacarías interpreta el nacimiento de su hijo como el anuncio del cumplimiento de las promesas mesiánicas, recordando a Isaías (9,1, 42,6) e indicando en Juan al precursor de Jesús. 

El relato de los orígenes paralelos en Lucas se basa en el parentesco entre Isabel y María: esto permite que se encuentren y subraya la diferente identidad de los dos niños (San Lucas 1, 39-45) y su estrecha relación. 

De la comparación se desprende que el escenario en el que tiene lugar el nacimiento de Jesús es mucho más extraordinario, ya que en él participan no solo parientes y vecinos (San Lucas 1,58), sino también pastores, ángeles, magos... También la presentación de Jesús en el Templo es un momento de revelación del Mesías (paralelo del Nunc dimittis con el Benedictus: cf. Lc 2, 22-38). 

Juan creció bien hasta el comienzo de su misión (cf. Lc 1,80), pero de la de Jesús se dice que había la gracia de Dios (cf. Lc 2,40), lo que se reafirma al final del episodio entre los doctores del templo (cf. Lc 2, 52). 

La figura del Bautista, que en sí misma lleva a cabo una acción autónoma de llamada a la conversión, siempre se integra con la precisión de que está al servicio de alguien más importante: así comienza el Evangelio de San Marcos (1, 1-8). 

San Marcos cita Isaías 40,3 con un montaje de textos, Éxodo 23,20 y Malaquías 3,23. Se puede leer, por ejemplo, Isaías 40, 1-11. El profeta dice en el versículo 6 que ha recibido la orden de anunciar. Siguiendo el esquema de las Lamentaciones (cf. «Lamentaciones» 1), se afirma la buena nueva -«evangelio»- de la consolación, que es ante todo efecto del perdón de Dios, porque las culpas del pasado, con sus consecuencias, han sido borradas. 

El Señor ha decidido volver a Jerusalén con su pueblo y, por lo tanto, hay que preparar desde Babilonia hasta Sión una nueva «vía sacra», llana y recta, adecuada para la procesión (el motivo se retoma de los Evangelios y se aplica a Juan el Bautista; cf. Mt 3, 1-3). El regreso no es mérito del hombre, que es frágil como la hierba, sino de Dios, que cumple las promesas de su palabra. 

Es conmovedora la imagen del buen pastor, que será retomada por Jesús y las primeras comunidades cristianas (cf. Jn 10, 11-16). 

El desierto es el lugar del encuentro del pueblo que salió de Egipto con Dios. Hay ecos de estos temas en los textos de Qumrán. Juan tiene un comportamiento alimentario (San Marcos 1,6) típico de los testimonios apocalípticos. 

Cabe señalar también que las únicas palabras de Juan según el relato de San Marcos son para decir que va a venir alguien más fuerte, más poderoso; y, de hecho, inmediatamente después llega Jesús (cf. Mc 1, 14-15). La imagen del siervo sirve para confirmar la subordinación de Juan a Jesús. 

La diferencia mesiánica de Jesús (Mc 2, 18-22) significa también una superación de las prácticas religiosas tradicionales y de la ley mosaica: con el Esposo Jesús comienza el banquete de los tiempos mesiánicos. 

San Marcos, al igual que los sinópticos, subraya que en las polémicas con los judíos de Jerusalén, incluso poco antes de su detención y Pasión, Jesús se refería al testimonio de Juan (cf. Mc 11, 27-33). 

San Marcos, al igual que San Mateo, ofrece una versión muy diferente a la de Fravio Josefo sobre la muerte de Juan. 

Herodes había hecho arrestar a Juan porque lo denunciaba por haberse casado con su cuñada Herodías, que tenía hijos (lo que la excluía de la ley del levirato). Las razones de este matrimonio no eran solo afectivo-sexuales (para lo cual habría bastado una aventura…), sino políticas: Herodes Antipas no tenía ni una gota de sangre judía en las venas y esperaba legitimarse políticamente casándose con Herodías, hija de un medio hermano de Herodes el Grande, Aristóbulo, y de Mariamne, última princesa de la dinastía de los Asmoneos. 

La denuncia de Juan tuvo consecuencias políticas: Herodes se encontraba en un estado de impureza constante, los observantes podían desobedecer sus órdenes, atraía la ira divina sobre su reino y sus habitantes...  

La historia de Salomé introduce en la tragedia un detalle narrativo ‘picante’ que debía gustar al pueblo y que ha tenido muchas versiones. Sin embargo, Herodes debía tenerle mucho miedo, tanto en vida como después de muerto, porque llega a pensar que Jesús es Juan resucitado (cf. Mc 6, 14-16). 

San Mateo convierte la predicación de Juan en una especie de duplicado de la de Jesús, representado por este evangelista como un profeta renovador de la Torá (cf. Mt 3, 1-12). La figura de Juan impresiona por su fuerza, su ira y su conciencia de la urgencia del Reino. Según Mateo 11, 2-15, Jesús se entiende a sí mismo como el Mesías de los tiempos mesiánicos anunciados por Isaías y define al Bautista como el misterioso mensajero del que habla Malaquías, el Elías que ha de venir. 

Por otra parte, el Evangelio que Jesús viene a traer lo distingue claramente de Juan también en la práctica, en las relaciones, en el estilo de vida (cf. Mt 11, 16-19). 

En el episodio de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16, 13-14) nos damos cuenta de que la gente no había entendido ni aceptado mucho esta interpretación de Jesús del testimonio de Juan y del suyo propio. San Mateo insiste en 17, 1-33 y da a entender que Jesús debía ser considerado como el Siervo sufriente de Deuteroisaías (Isaías 52,13-53,12) y que la figura de Elías debía interpretarse desde la perspectiva del sufrimiento y la persecución, como Juan Bautista, encarcelado y decapitado. 

En la cruz (cf. Mt 27, 45-50), en el momento de la muerte de Jesús, se repite el malentendido del pueblo: si Elías no viene a salvar a Jesús, significa que aún no ha llegado el día del juicio de Dios... ¡pero Elías ya ha venido y no lo han reconocido! 

En cambio, en el evangelio de San Lucas (3, 1-18), la predicación de Juan se interpreta sobre todo como un programa de ética cristiana, casi una catequesis para los catecúmenos. En los relatos del nacimiento para San Lucas el Bautista es profeta del Altísimo, pero no se le identifica con Elías. 

También según el comienzo de los Hechos (1, 2.5.21), Jesús pronuncia un discurso en el que presenta al Bautista como el eslabón entre la historia de Israel y su misión. 

El relato del bautismo de Jesús seguramente debió plantear algún problema a los primeros cristianos, porque Jesús se somete al Bautista. Quizás por eso San Marcos 1, 9-11 lo enmarca en un contexto teofánico que exalta el mesianismo de Jesús. 

En cambio, San Mateo 3, 13-17 narra una improbable resistencia del Bautista. San Lucas es particularmente apresurado en cuanto al bautismo de Jesús y lo sitúa después de explicar el arresto del Bautista por parte de Herodes (Lucas 3, 19-20). El cuarto Evangelio resuelve el problema omitiendo el relato. Para los cristianos, el bautismo en el nombre de Jesús es en el Espíritu Santo y no solo en el agua. 

El cuarto Evangelio, en cambio, da mucha importancia al testimonio de Juan sobre Jesús (cf. Jn 1, 15; 18-41). 

Cabe señalar que aquí el Bautista no se entiende a sí mismo como Elías, ni como el Mesías, ni como el Profeta (probablemente la figura esperada por Moisés en Deuteronomio 18, 15-18), sino como aquel que prepara el camino al Señor. 

Para San Juan, Jesús es aquel que bautiza en el Espíritu Santo y, como tal, puede ser considerado el Cordero que quita los pecados del mundo. Del relato se desprende que algunos discípulos del Bautista se unieron al movimiento de Jesús. 

Se entiende cómo se desarrolló una polémica entre los discípulos del Bautista y los de Jesús en torno a la actividad bautismal: se ve en el encuentro con Nicodemo (Jn 3, 1-10) e, inmediatamente después, en el nuevo testimonio del Bautista (Jn 3, 22-30), que refleja una probable controversia entre los discípulos en torno a problemas de proselitismo. 

No está claro si era Jesús o sus discípulos quienes bautizaban: el éxito obtenido, según San Juan 4,1-3, alarmó a los fariseos y entonces Jesús se trasladó a Galilea (según el cuarto Evangelio Jesús habría comenzado su actividad primero en Judea, según los sinópticos en Galilea). 

Siempre en el cuarto Evangelio, Jesús se sirve del testimonio de Juan en la polémica con los judíos de Jerusalén, pero afirma que su testimonio es superior (cf. Jn 5, 33-36). El tema vuelve al final de la controversia en Jerusalén con los judíos, cuando Jesús, ante la amenaza de ser arrestado, regresa al otro lado del Jordán, donde antes Juan bautizaba (cf. Jn 10, 39-42). 

Sobre la imagen del Bautista en los cuatro Evangelios se puede decir, por ejemplo, que el Bautista es inseparable de Jesús. Sin Jesús, el Bautista sería la última voz del profetismo bíblico judío. Pero sin el Bautista, Jesús sería un maestro taumaturgo que da vida a un movimiento mesiánico que sale de la tradición judía: el vínculo con el Bautista arraiga el mesianismo de Jesús en la tradición bíblica y judía. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

jueves, 15 de enero de 2026

El signo del testigo - San Juan 1, 29-34 -.

El signo del testigo - San Juan 1, 29-34 -

En el cuarto evangelio Juan Bautista es presentado como testigo del Cordero, aquel que reconoce a Jesús como enviado por el Padre y sobre quien descansa el Espíritu Santo. 

¿Quién es el testigo? El testigo es la persona transformada por lo que ha visto, por el encuentro que ha tenido. Lejos de cualquier exhibicionismo, protagonismo o exhibición de sí mismo, el testigo da testimonio de otro, no de sí mismo, y conduce a quienes lo ven y lo escuchan no hacia sí mismo, sino a adherirse a Aquel de quien da testimonio, como aparecerá en la continuación de nuestro texto, en el que la confesión repetida de nuevo por Juan - «He aquí el Cordero de Dios» - llevará a dos de sus discípulos a seguir a Jesús, dejando a su maestro. 

De esta manera se ve que el testimonio es esencial también para la transmisión de la fe. El testigo que es Juan lleva a sus discípulos de él a Jesús, convirtiéndose en intermediario del encuentro con Jesús de quienes le escuchan. 

El verdadero testimonio va acompañado de un conocimiento justo, realista y humilde de uno mismo. Juan, que supo confesar de manera realista su propia identidad, rechazando las identificaciones con el Mesías, con Elías, con el profeta escatológico, ahora puede dar testimonio auténtico de Jesús como Mesías. «No yo, sino Él»: esto dice Juan, el testigo. 

Totalmente descentrado de sí mismo, Juan desaparece detrás de Aquel que lo ha enviado y delante de Aquel a quien introduce en escena y presenta a Israel. Su palabra es todo anuncio de Aquel que viene: sin egocentrismo, sin un «yo» desbordante e invasivo que opaca a Aquel que lo ha enviado y a Aquel a quien le abre el camino, y solo así no opaca el mensaje para sus destinatarios, es decir, Israel. El testigo es también el verdadero anunciador, el verdadero evangelizador. 

Testificar es el arte de decir la verdad sobre uno mismo, sobre los demás y sobre la realidad. El testimonio evangélico no requiere hacer muchas cosas, sino decidirse ante Jesús, en relación con él, responder a la pregunta: «¿Quién eres tú?» (1,19), leyéndose y conociéndose a sí mismo en relación con Jesús, a su luz. El testigo es, por tanto, aquel que suscita el sentido de otra presencia, la presencia de aquel de quien da testimonio. 

Jesús no aparece sino en la mirada de Juan («Al ver a Jesús que venía hacia él»), en las palabras de Juan («Él es aquel de quien he dicho...», en el testimonio de Juan («Juan da testimonio diciendo...»). Juan, como testigo, despierta la conciencia de Alguien aún desconocido, pero que existe, que está presente. 

El testigo no es tanto alguien que toma la iniciativa de dirigir una palabra a los demás, sino más bien una persona cuya vida es tal —y tal es la forma en que mira el mundo y los seres— que los demás se interrogan a sí mismos y se preguntan sobre el origen de su singularidad. De este modo, el testigo aparece como una persona capaz de suscitar preguntas y de indicar un camino a seguir. 

Juan, como aparece a menudo en las representaciones iconográficas, es un índice que señala a Jesús. No es solo alguien que señala, sino que él mismo es signo, con su propia persona y presencia, y así debe ser todo testigo. 

Y el testimonio contempla la virtud de la coherencia. La coherencia, una virtud poco común, no tiene nada que ver con un rígido apego a ideas decididas de una vez por todas y con la falta de disposición al cambio, sino que es inherente, precisamente, al testimonio, a la martyría. 

La persona coherente rehúye la división y la hipocresía e intenta dar continuidad práctica a sus palabras, a los valores que profesa, a la fe que le inspira. Los grandes valores (honestidad, justicia, libertad, fidelidad) no existen separados de los hombres y mujeres que los encarnan en su existencia y aceptan servirles hasta pagar las consecuencias extremas. 

La incoherencia, en cambio, es el primer contra-testimonio que se da a los valores que uno proclama o profesa y que luego incumple en la práctica cotidiana. 

Juan es un testigo auténtico también porque paga con la vida la coherencia que le lleva a decir la verdad incluso ante quien es tan poderoso que puede condenarlo a muerte. 

El ministerio de Juan es, por tanto, siempre esencial para la Iglesia, para los anunciadores del Evangelio, para los testigos de Jesús, para quienes se dedican a la transmisión de la fe, para cualquiera que acceda a la fe y se disponga a seguir a Jesús. 

Paradójico testigo que precede a Jesús, Juan desempeña un ministerio esencial también para los testigos que seguirán a Jesús, que vendrán después. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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