El arte de ver el Espíritu
Hay una pregunta que acompaña a todo peregrino del alma: ¿cómo se puede ver al Espíritu?
Estamos inmersos en un mundo de signos, de acontecimientos
que se desarrollan ante nuestros ojos, pero ¿con qué frecuencia nos limitamos
a la superficie de lo visible, ignorando lo que vibra más allá del velo de la
materia?
El misterio de la visión del Espíritu nos interroga
profundamente: ¿es solo para unos pocos elegidos, o todo hombre está llamado, en el
silencio de su corazón, a escrutar un más allá?
La Escritura nos ofrece una clave de interpretación en
una escena de rara fuerza: a orillas del Jordán, Juan el Bautista percibe lo
que muchos no ven, una paloma que desciende y se posa sobre Jesús, signo
tangible de una realidad invisible. Es aquí donde la dimensión espiritual se
hace carne, y lo visible se transfigura en revelación.
La figura del Bautista se erige como centinela entre
el Antiguo y el Nuevo Testamento, hombre del desierto y de la Palabra, voz que
clama en la aridez de un mundo adormecido. En el momento en que Jesús se acerca
para recibir el bautismo, Juan es testigo de un acontecimiento único: «Yo vi
al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él» (Jn
1,32).
En esa paloma, signo humilde y pacífico, Juan reconoce
la presencia del Espíritu Santo.
No es la mirada física lo que le permite captar tal misterio, sino una disposición interior, una larga espera en el silencio y en la escucha.
Él sabe discernir el sentido oculto tras el signo, y
en ese instante lo material se abre a lo espiritual como el cielo que se abre
para dar paso a una nueva creación.
La diferencia entre quien vive en la superficie y
quien, por el contrario, busca el significado profundo de los acontecimientos
radica enteramente en la calidad de la mirada.
¿Cuántos, entre la multitud del Jordán, habrán visto
solo una paloma revoloteando? Sin
embargo, Juan, un hombre acostumbrado a leer los signos de los tiempos, percibe
un sentido más profundo.
Ver al Espíritu es un arte que requiere ojos
purificados, capaces de ir más allá de las apariencias y de dejarse sorprender
por lo que escapa al control de la lógica humana.
La materia, entonces, ya no es una barrera, sino un
paso: el acontecimiento sencillo se convierte en revelación, lo ordinario se
transforma en extraordinario para quien cultiva una mirada espiritual.
Pero, ¿cómo se alcanza tal profundidad?
El camino no pasa por la curiosidad, ni por la búsqueda ansiosa de signos espectaculares.
Es más bien un camino de recogimiento, de escucha, de
paciencia.
La búsqueda interior es la forja donde se afina la
mirada; es en el silencio del corazón donde se aprende a reconocer la voz suave
del Espíritu.
Solo quien desciende a las profundidades de sí mismo,
quien se atreve a adentrarse en el desierto interior, puede captar el lenguaje
secreto con el que el Misterio se comunica en la historia. Es necesario
detenerse, esperar, dejar que la realidad se muestre en su verdad más profunda.
Juan Bautista no improvisa su capacidad de ver al
Espíritu. Su vida de sobriedad, el silencio cultivado en el desierto, la
renuncia a lo que distrae el espíritu, son el campo de entrenamiento donde se
agudiza la mirada.
La tradición espiritual nos recuerda que el silencio
es el seno de las revelaciones y que solo quien sabe vivir lo esencial, sin
dejarse arrollar por los ruidos del mundo, puede percibir el suave soplo del
Espíritu.
El desierto, en su desnudez, enseña el camino del
despojo: privados de lo superfluo, se aprende a reconocer lo que realmente
importa. Es allí donde la realidad se revela en toda su transparencia y donde
cada acontecimiento puede convertirse en un signo de la presencia de Dios.
Esta capacidad de ver al Espíritu no se limita
únicamente a los tiempos bíblicos.
Hoy, en el corazón de nuestras ruidosas ciudades, entre los pliegues de la vida cotidiana, se esconde el mismo misterio. ¿Cuántas veces, tras un encuentro inesperado, una palabra de consuelo, un gesto de bondad, se esconde la caricia del Espíritu?
Para percibir su presencia hay que aprender a leer los
acontecimientos con ojos nuevos, a interpretar la realidad no solo según la
crónica, sino a la luz de una historia sagrada que sigue desarrollándose.
El reto consiste en no dejarse cegar por el ajetreo,
sino en hacer espacio en el día a día para el silencio, la reflexión y el
asombro. De este modo, incluso las situaciones más cotidianas pueden
transfigurarse en encuentros con lo divino.
Al fin y al cabo, ver al Espíritu no es un privilegio
de unos pocos, sino una llamada universal. Es un camino que requiere valor,
paciencia y humildad.
El Espíritu sopla donde quiere, pero solo quien se
abre a lo más profundo del alma puede acoger su paso.
Estamos invitados a dejarnos interpelar por los
acontecimientos, a meditar en el corazón cada señal, a no conformarnos con lo
superficial.
Es en lo más profundo donde se juega la partida de la
fe, y solo quien busca con sinceridad puede recibir como don la visión que
transforma la vida.
Como escribía un padre espiritual: «Allí
donde el corazón se inquieta, Dios susurra sus secretos».
Que nuestra mirada, pues, esté siempre en búsqueda,
capaz de ver al Espíritu que se esconde en los pliegues de lo cotidiano y eleva
la realidad hacia el cielo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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