martes, 1 de septiembre de 2026

Testigos del Misterio.

Testigos del Misterio

Hay una antigua verdad que atraviesa el tiempo y se insinúa como un eco en los laberintos del alma humana: el Misterio es el bien en estado puro, fuente inagotable de la que todo emana y a la que todo regresa.

 

Desde los albores del pensamiento, filósofos y maestros espirituales, desde Platón hasta Plotino, han reconocido en el Uno, en lo indecible, el principio de todo Bien.

 

Y así, si escuchamos el latido más profundo de la historia, nos damos cuenta de que toda la humanidad está guiada por una nostalgia de origen, por una llamada a la unidad, porque procedemos del Bien y hacia Él nos dirigimos, como el río busca el mar.

 

Pero el Misterio no se ofrece como una respuesta obvia, sino como un camino: nos susurra y nos sacude, nos invita a una peregrinación interior donde, paso a paso, nuestra esencia se purifica.

 


Cada vez que el mal nos agobia y la negatividad nubla la mente, el Misterio nos recuerda que la luz del Bien yace a la espera, como una semilla bajo la nieve. 

En la confrontación, en el esfuerzo, aprendemos a redescubrir el tesoro escondido en nuestro interior.

 

He aquí la profecía grabada en lo más profundo del ser: cuanto más nos acercamos al Misterio, más capaces somos de ofrecer el Bien.

 

No estamos llamados al aislamiento, sino a la apertura, a esa comunión que transforma nuestro pequeño horizonte en un abrazo universal.

 


Vivir bien significa, pues, vivir para los demás, acoger el mundo en toda su complejidad y elegir, cada día, hacerlo crecer en la dirección del Bien.

Tantas veces llegan, como tormentas silenciosas, los pensamientos negativos: buitres negros que se abalanzan sobre la mente y la inundan cuando la dejamos vagar, libre e indefensa, por los laberintos de la duda.

 

También en esas ocasiones se trata de despertar. Y redescubrir el bien enterrado en nuestro corazón, esa semilla inmortal plantada por el Misterio.

 

¡Ella es vida!

 

Es el río que fluye puro, que enseña el arte de vivir bien, que abre el camino recto hacia el otro, hacia la hermana, el hermano que está a vuestro lado, en la calidez de lo cotidiano.


¡Ay de nosotros cuando cedemos al mal! Este se erige como un muro de espinas: egoísmo voraz que devora el alma, cierre hermético sobre uno mismo, desinterés ciego por el destino de los demás, por el gemido del mundo herido.

 

El mal es muerte que se hace pasar por refugio, es soledad armada contra el viento de la comunión.

 

El camino hacia el Misterio es, por tanto, la misión suprema: liberarnos de las cadenas del egoísmo, vislumbrar en el otro el reflejo de nuestro origen luminoso, actuar para que la vida misma se convierta en una bendición compartida.

 

El Misterio, fuente de todo Bien, nos invita a ser luz, para que el mundo entero pueda resplandecer con su belleza originaria.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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