Testigos del Misterio
Hay una antigua verdad que atraviesa el tiempo y se insinúa como un eco en los laberintos del alma humana: el Misterio es el bien en estado puro, fuente inagotable de la que todo emana y a la que todo regresa.
Desde los albores del pensamiento, filósofos y
maestros espirituales, desde Platón hasta Plotino, han reconocido en el Uno, en
lo indecible, el principio de todo Bien.
Y así, si escuchamos el latido más profundo de la
historia, nos damos cuenta de que toda la humanidad está guiada por una
nostalgia de origen, por una llamada a la unidad, porque procedemos del Bien y
hacia Él nos dirigimos, como el río busca el mar.
Pero el Misterio no se ofrece como una respuesta
obvia, sino como un camino: nos susurra y nos sacude, nos invita a una
peregrinación interior donde, paso a paso, nuestra esencia se purifica.
He aquí la profecía grabada en lo más profundo del
ser: cuanto más nos acercamos al Misterio, más capaces somos de ofrecer el
Bien.
No estamos llamados al aislamiento, sino a la
apertura, a esa comunión que transforma nuestro pequeño horizonte en un abrazo
universal.
También en esas ocasiones se trata de despertar. Y redescubrir el bien enterrado en nuestro corazón, esa semilla inmortal plantada por el Misterio.
¡Ella es vida!
Es el río que fluye puro, que enseña el arte de vivir
bien, que abre el camino recto hacia el otro, hacia la hermana, el hermano que
está a vuestro lado, en la calidez de lo cotidiano.
¡Ay de nosotros cuando cedemos al mal! Este se erige como un muro de espinas: egoísmo voraz que devora el alma, cierre hermético sobre uno mismo, desinterés ciego por el destino de los demás, por el gemido del mundo herido.
El mal es muerte que se hace pasar por refugio, es
soledad armada contra el viento de la comunión.
El camino hacia el Misterio es, por tanto, la misión
suprema: liberarnos de las cadenas del egoísmo, vislumbrar en el otro el
reflejo de nuestro origen luminoso, actuar para que la vida misma se convierta
en una bendición compartida.
El Misterio, fuente de todo Bien, nos invita a ser
luz, para que el mundo entero pueda resplandecer con su belleza originaria.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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