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lunes, 17 de agosto de 2026

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana.

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana 

La humanidad nunca ha sido una estatua inmóvil, esculpida de una vez por todas en la piedra del origen. Se asemeja más bien a un mosaico en perpetuo movimiento: un conjunto de piezas vivas, frágiles y luminosas, que se rozan, chocan, se alejan, se buscan, a veces se rompen y a veces se funden, generando figuras que ninguna mente habría podido prever. 

Cada pueblo, cada lengua, cada rito, cada memoria colectiva, cada… es una pieza de este diseño inestable, pero el diseño nunca está concluido, porque la historia no conoce marcos definitivos. 

Allí donde una frontera parece cerrarse, la vida abre una brecha; allí donde una identidad pretende bastarse a sí misma, el encuentro con el otro la obliga a cuestionarse, a temblar, a renacer. 

En este escenario variado e inquieto, la mezcla cultural se presenta como una de las fuerzas más vitales del progreso humano. 

No es un accidente marginal de la historia, ni un simple adorno de la convivencia: es una de sus leyes más profundas. 

Las culturas existen porque se transmiten, pero sobreviven porque se transforman. 

Una tradición que rechaza todo contacto se endurece; una civilización que teme toda mezcla acaba confundiendo la pureza con la esterilidad. 

Por el contrario, en el diálogo, en el intercambio, en la propia fricción entre diferentes visiones del mundo, se produce esa energía creativa que permite a los seres humanos imaginar nuevas formas de vida, nuevos lenguajes, nuevas instituciones, nuevas bellezas… 

La mezcla no debe entenderse como una pérdida mecánica de uno mismo, sino como una experiencia del umbral. 

De hecho, todo encuentro auténtico tiene lugar en una frontera: no solo geográfica, sino también simbólica, emocional y espiritual. 

En el umbral, la identidad no desaparece; más bien queda expuesta a su propia ser in-completo. El otro, con su lengua diferente, con sus gestos, con sus mitos y sus preguntas, nos revela que lo que llamábamos «mundo» era quizá solo una de sus posibles interpretaciones. 

En este sentido, la cultura ajena no es simplemente lo que está fuera de nosotros: es un espejo oblicuo, capaz de mostrarnos lo que en nosotros permanecía invisible. 

De ahí surge la belleza del encuentro. No es solo entusiasmo, sino también vértigo. 

Cuando las culturas se tocan, se observan, a veces se enfrentan y se mezclan, el horizonte de lo posible se amplía. Lo que parecía natural se revela de repente como histórico; lo que parecía necesario se revela como contingente; lo que parecía ajeno se convierte, poco a poco, en parte de nuestro vocabulario interior. 

La belleza es precisamente esta desorientación fecunda: el momento en que el ser humano descubre que no es prisionero de la forma que ha recibido, sino capaz de habitar otras, de traducirlas, de reinventarlas. 

A lo largo de la historia, los grandes florecimientos de lo humano han surgido a menudo de cruces, préstamos y encuentros: rutas comerciales, migraciones, traducciones, conquistas, exilios, escuelas, puertos, bibliotecas, ciudades abiertas al paso. 

Las lenguas se han enriquecido gracias a las palabras extranjeras; las cocinas han inventado sabores inesperados al acoger ingredientes venidos de lejos; las artes han generado nuevos estilos entrelazando técnicas y simbologías diversas; incluso el pensamiento filosófico ha encontrado a menudo su fuerza en el enfrentamiento con lo que lo superaba. 

Ninguna civilización es realmente una isla: incluso cuando se imagina autónoma, ya lleva en sí misma rastros de encuentros olvidados. 

Pero sería ingenuo celebrar la mezcla sin reconocer sus sombras. 

Cada encuentro conlleva también el riesgo de la dominación, de la apropiación, de la reducción del otro a mercancía, adorno o curiosidad exótica. 

No toda mezcla es diálogo; no todo intercambio es recíproco; no toda apertura es justa. 

Para que la mezcla sea verdaderamente generativa, debe custodiar una dimensión ética: la escucha, el respeto, la conciencia de las asimetrías, la voluntad de no devorar lo que se encuentra. 

El encuentro auténtico no asimila al otro borrándolo, sino que le deja resonar en su diferencia. 

Aquí se abre el problema filosófico más profundo: ¿cómo seguir siendo uno mismo sin cerrarse, y cómo abrirse sin disolverse? 

La respuesta no puede encontrarse en la nostalgia de identidades puras, porque tales identidades son a menudo ficciones retrospectivas, construidas por miedo al cambio. 

Pero tampoco puede consistir en una fluidez sin memoria, en la que todo se vuelve intercambiable y nada conserva profundidad. 

La humanidad necesita raíces y viento: raíces para no perder su propia memoria, viento para no convertirla en una prisión. La cultura está viva cuando sabe recordar y, al mismo tiempo, dejarse atravesar. 

La mezcla cultural, social,…, pues, no es una amenaza para la belleza del mundo, sino una de sus condiciones. Hace visible el carácter plural de lo humano: nadie posee por sí solo toda la gramática de la existencia. 

Cada cultura guarda una respuesta parcial a las preguntas fundamentales: cómo vivir, cómo morir, cómo amar, cómo recordar, cómo dar sentido al dolor y a la fiesta. 

Cuando estas respuestas entran en relación, no siempre se armonizan de inmediato; a veces producen disonancia, conflicto, esfuerzo. Pero incluso la disonancia puede convertirse en música, si se escucha no como un ruido que hay que suprimir, sino como la posibilidad de una composición más amplia. 

En el fondo, la belleza del encuentro es la experiencia de una libertad mayor: la libertad de no coincidir por completo con lo que hemos sido, de descubrir que nuestra identidad no es una fortaleza, sino un camino. 

El otro no viene a quitarnos nada; viene, cuando el encuentro es acertado, a multiplicar nuestra forma de estar en el mundo. Nos enseña que la pertenencia no tiene por qué excluir necesariamente la apertura, y que la diferencia no es lo contrario de la comunión, sino su materia viva. 

Así, el mosaico de la humanidad sigue moviéndose. Sus piezas no pierden valor por cambiar de posición; al contrario, adquieren nuevos reflejos al estar cerca de las demás. 

La belleza que nace de la mezcla no es la fría de la simetría perfecta, sino la ardiente de lo imprevisto: una belleza hecha de transiciones, heridas, traducciones, injertos, reconocimientos. 

Es la belleza de un mundo que no se deja reducir a una sola voz, sino que busca, en la pluralidad de sus voces, una armonía siempre provisional y siempre necesaria. 

Y tal vez el progreso humano no sea más que esto: aprender, de época en época, a transformar el choque en diálogo, el miedo en curiosidad, la distancia en creación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de julio de 2026

La cruz cristiana en Aliança Catalana

La cruz cristiana en Aliança Catalana 

Confieso que estoy a vueltas sobre el uso político de los símbolos religiosos. Algunos confiesan que están convencidos de que el símbolo religioso no debe estar al margen del debate político, porque una cruz, un rosario, una referencia a la Virgen, …, evocan los valores que deben inspirar la actuación de un político honrado en nuestro Estado español. 

Y me temo que no es tan sencillo afirmar que, por buenas razones, no se debería mezclar lo sagrado y lo profano en la vida pública, y no solo porque la Constitución de este Estado español proclama la aconfesionalidad. Aunque ya esto hasta debería reconocerse como el único argumento decisivo y definitivo. 

Es difícil transmitir la idea de que el uso privado de un símbolo religioso es un derecho, mientras que el uso público e institucional de ese símbolo es un abuso que vulnera la libertad de quienes no creen o no comparten esa fe. 

Porque el Estado es aquella institución que une a sus ciudadanos inspirándolos en valores comunes, no los divide en función del credo que profesan, o que han decidido libremente no profesar. 

Es cierto, de hecho, que una cruz que blande por ejemplo una persona diputada de un Parlamento, para los ciudadanos de otras confesiones o los no creyentes, no representa ningún valor y no transmite nada, salvo la distancia entre sus ideas y sus valores y los de la mencionada diputada. 

En lugar de unir, ese símbolo separa y excluye, aísla y margina. Es un signo que proclama la diversidad —tanto en el Parlamento como en la escuela o en los tribunales—. Y te señala con el dedo, como a quien no forma parte, no está incluido entre quienes lo comparten. 

El símbolo religioso se dirige únicamente a quienes aceptan la sacralidad de su valor. Y quien reconoce ese símbolo está del lado del bien y de la verdad; quien no lo reconoce está en el error y, sobre todo, está del lado del mal. 

Porque si la política persigue (o debería perseguir) el bien de la colectividad poniendo en marcha formas útiles de convivencia social, la religión vincula al ser humano con lo sagrado para orientar su comportamiento hacia el bien y alejarlo del mal. 

La primera debería preocuparse, ante todo, de tratar a todos como si fueran iguales, estableciendo normas a las que todos, sin distinción, deban atenerse para crear una sociedad en la que todos se respeten. 

La segunda, en cambio, crea unidad dentro de una diversidad artificial, para unir el espíritu de los fieles, más que para resolver las necesidades de su vida social y política cotidiana. 

En definitiva, la religión crea unidad en la diversidad y en la separación, lo cual puede ser algo bueno y totalmente lícito, pero no contribuye a fomentar el sentimiento de pertenencia a una sociedad. 

Solo por poner un ejemplo. La diputada del Parlamento de Catalunya, Sra. Silvia Orriols, de Aliança Catalana, interviniendo en el mencionado Parlamento, mientras luce en su cuello una cruz, también está comunicando que ella, en el desempeño de una función institucional, no representa a todos, ni se preocupa por hacerlo. 

No está comunicando que yo también, pongamos por ejemplo musulmán, soy un ciudadano igual que los demás. No le importamos en absoluto ni a ella ni a todos aquellos que, como yo, no nos reconocemos en el símbolo que sostiene en su cuello. 

Dicho sea de paso, el porcentaje de musulmanes en Catalunya ronda el 9% de su población total, según los datos publicados en marzo de 2026 por el Observatorio Demográfico de CEU CEFAS. Esta cifra equivale a cerca de 700.000 personas, situando a esta comunidad como la Autonomía con mayor concentración de habitantes musulmanes de todo el Estado español. 

Es más, tal vez hasta se complace en hacerme sentir la diferencia, mi diversidad. Elige conscientemente declararme, de esta manera, distinto. Precisamente al distanciarme y aislarme así, la Sra. Silvia Orriols me está diciendo sencilla y llanamente que, en su papel de persona del Parlamento de Catalunya, no tiene intención de representarme a mí que soy musulmán. 

Con todo, me temo, no creo que sea probable que esa misma fe religiosa, cristiana en este caso, salga ganando al ser ‘instrumentalizada’ a antojo para un fin político concreto. 

La experiencia me enseña que podría incluso ocurrir que un político se valiera de un símbolo religioso para encubrir acciones erróneas, o para legitimar acciones criminales o simplemente inhumanas, o para legitimar discursos que están tan cercanos del mensaje del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia como el planeta Tierra de Neptuno. 

Y es que, además, está en juego la propia imagen de esa fe cristiana en este caso. Porque cabría preguntarse cómo conciliar el uso del símbolo con los valores de la fe que representa ese símbolo de la cruz. ¿Acepta sin más la fe cristiana que su significado (instrumental) se identifique con las reflexiones y acciones de esa persona política? 

Un uso demagógico de los símbolos religiosos vacía a una fe de sus valores y la convierte en pura forma, en puro espectáculo. Y uno cree que ninguna fe debiera aceptar ser tratada de esta manera. 

El símbolo religioso se explota demagógicamente cuando pretende dirigirse a un sector limitado de fieles para influir en ellos y, al mismo tiempo, para declarar la adhesión a valores que no son los laicos de la política que debería gestionar los asuntos públicos. Valores válidos dentro de una Iglesia cristiana, no en un parlamento, en una escuela o en una sala de tribunal, porque el Estado aconfesional debería afirmar valores comunes, no valores divisivos. Y a estas alturas sabemos que el Estado no necesita de la religión, cristiana en este caso, para afirmar el valor de la ética. 

Me queda una última e inocente pregunta: si realmente los fieles cristianos, para identificarse con una línea política, se dejan influir y guiar por la ostentación de un símbolo cristiano como es la cruz, confiando en la supuesta verdad de una apariencia más que en la verificación, sobre el terreno, de las palabras, los mensajes, los hechos, los comportamientos y las acciones de un político. 

También últimamente la Iglesia católica ha utilizado expresiones cruciales, y muy claras, hablando de un cristianismo contrario a la xenofobia. Esa Iglesia sabe perfectamente y nos advierte de que el riesgo actual es el de volver a una religión sierva de la política, «instrumentum regni». Y esto pasa hoy por la «perversión» de ciertas comprensiones de la identidad de las prioridades nacionales - tanto monta, monta tanto, catalán como española -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lógica de don.

La lógica de don   Hay verdades que solo se hacen oír en algunas circunstancias.   También en algunas etapas de la vida.   Cuando el rui...