domingo, 26 de julio de 2026

La cruz cristiana en Aliança Catalana

La cruz cristiana en Aliança Catalana 

Confieso que estoy a vueltas sobre el uso político de los símbolos religiosos. Algunos confiesan que están convencidos de que el símbolo religioso no debe estar al margen del debate político, porque una cruz, un rosario, una referencia a la Virgen, …, evocan los valores que deben inspirar la actuación de un político honrado en nuestro Estado español. 

Y me temo que no es tan sencillo afirmar que, por buenas razones, no se debería mezclar lo sagrado y lo profano en la vida pública, y no solo porque la Constitución de este Estado español proclama la aconfesionalidad. Aunque ya esto hasta debería reconocerse como el único argumento decisivo y definitivo. 

Es difícil transmitir la idea de que el uso privado de un símbolo religioso es un derecho, mientras que el uso público e institucional de ese símbolo es un abuso que vulnera la libertad de quienes no creen o no comparten esa fe. 

Porque el Estado es aquella institución que une a sus ciudadanos inspirándolos en valores comunes, no los divide en función del credo que profesan, o que han decidido libremente no profesar. 

Es cierto, de hecho, que una cruz que blande por ejemplo una persona diputada de un Parlamento, para los ciudadanos de otras confesiones o los no creyentes, no representa ningún valor y no transmite nada, salvo la distancia entre sus ideas y sus valores y los de la mencionada diputada. 

En lugar de unir, ese símbolo separa y excluye, aísla y margina. Es un signo que proclama la diversidad —tanto en el Parlamento como en la escuela o en los tribunales—. Y te señala con el dedo, como a quien no forma parte, no está incluido entre quienes lo comparten. 

El símbolo religioso se dirige únicamente a quienes aceptan la sacralidad de su valor. Y quien reconoce ese símbolo está del lado del bien y de la verdad; quien no lo reconoce está en el error y, sobre todo, está del lado del mal. 

Porque si la política persigue (o debería perseguir) el bien de la colectividad poniendo en marcha formas útiles de convivencia social, la religión vincula al ser humano con lo sagrado para orientar su comportamiento hacia el bien y alejarlo del mal. 

La primera debería preocuparse, ante todo, de tratar a todos como si fueran iguales, estableciendo normas a las que todos, sin distinción, deban atenerse para crear una sociedad en la que todos se respeten. 

La segunda, en cambio, crea unidad dentro de una diversidad artificial, para unir el espíritu de los fieles, más que para resolver las necesidades de su vida social y política cotidiana. 

En definitiva, la religión crea unidad en la diversidad y en la separación, lo cual puede ser algo bueno y totalmente lícito, pero no contribuye a fomentar el sentimiento de pertenencia a una sociedad. 

Solo por poner un ejemplo. La diputada del Parlamento de Catalunya, Sra. Silvia Orriols, de Aliança Catalana, interviniendo en el mencionado Parlamento, que luce en su cuello una cruz, está comunicando que ella, en el desempeño de una función institucional, no representa a todos, ni se preocupa por hacerlo. 

No está comunicando que yo también, pongamos por ejemplo musulmán, soy un ciudadano igual que los demás. No le importamos en absoluto ni a ella ni a todos aquellos que, como yo, no nos reconocemos en el símbolo que sostiene en su cuello. 

Dicho sea de paso, el porcentaje de musulmanes en Catalunya ronda el 9% de su población total, según los datos publicados en marzo de 2026 por el Observatorio Demográfico de CEU CEFAS. Esta cifra equivale a cerca de 700.000 personas, situando a esta comunidad como la Autonomía con mayor concentración de habitantes musulmanes de todo el Estado español. 

Es más, tal vez hasta se complace en hacerme sentir la diferencia, mi diversidad. Elige conscientemente declararme, de esta manera, distinto. Precisamente al distanciarme y aislarme así, la Sra. Silvia Orriols me está diciendo sencilla y llanamente que, en su papel de persona del Parlamento de Catalunya, no tiene intención de representarme a mí que soy musulmán. 

Con todo, me temo, no creo que sea probable que esa misma fe religiosa, cristiana en este caso, salga ganando al ser ‘instrumentalizada’ a antojo para un fin político concreto. 

La experiencia me enseña que podría incluso ocurrir que un político se valiera de un símbolo religioso para encubrir acciones erróneas, o para legitimar acciones criminales o simplemente inhumanas, o para legitimar discursos que están tan cercanos del mensaje del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia como el planeta Tierra de Neptuno. 

Y es que, además, está en juego la propia imagen de esa fe cristiana en este caso. Porque cabría preguntarse cómo conciliar el uso del símbolo con los valores de la fe que representa ese símbolo de la cruz. ¿Acepta sin más la fe cristiana que su significado (instrumental) se identifique con las reflexiones y acciones de esa persona política? 

Un uso demagógico de los símbolos religiosos vacía a una fe de sus valores y la convierte en pura forma, en puro espectáculo. Y uno cree que ninguna fe debiera aceptar ser tratada de esta manera. 

El símbolo religioso se explota demagógicamente cuando pretende dirigirse a un sector limitado de fieles para influir en ellos y, al mismo tiempo, para declarar la adhesión a valores que no son los laicos de la política que debería gestionar los asuntos públicos. Valores válidos dentro de una Iglesia cristiana, no en un parlamento, en una escuela o en una sala de tribunal, porque el Estado aconfesional debería afirmar valores comunes, no valores divisivos. Y a estas alturas sabemos que el Estado no necesita de la religión, cristiana en este caso, para afirmar el valor de la ética. 

Me queda una última e inocente pregunta: si realmente los fieles cristianos, para identificarse con una línea política, se dejan influir y guiar por la ostentación de un símbolo cristiano como es la cruz, confiando en la supuesta verdad de una apariencia más que en la verificación, sobre el terreno, de las palabras, los mensajes, los hechos, los comportamientos y las acciones de un político. 

También últimamente la Iglesia católica ha utilizado expresiones cruciales, y muy claras, hablando de un cristianismo contrario a la xenofobia. Esa Iglesia sabe perfectamente y nos advierte de que el riesgo actual es el de volver a una religión sierva de la política, «instrumentum regni». Y esto pasa hoy por la «perversión» de ciertas comprensiones de la identidad de las prioridades nacionales - tanto monta, monta tanto, catalán como española -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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