Mostrando entradas con la etiqueta Cristo Rey del Universo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristo Rey del Universo. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de noviembre de 2025

Meditación con Cristo Rey del universo - San Lucas 23,35-43 -.

Meditación con Cristo Rey del universo - San Lucas 23,35-43 -

Cuando miro a Jesús en la cruz,

veo el sufrimiento humano

en toda su profundidad.

 

Pero si miro más profundamente,

con mirada consciente,

también puedo ver el amor.

 

La cruz misma

no es solo el lugar del dolor:

es el punto en el que la conciencia humana

se encuentra con su sombra.

 

El poste vertical es el movimiento del Espíritu

que desciende a lo humano;

el poste horizontal es el aliento de la humanidad en el tiempo.

 

Jesús está en el punto central:

el lugar donde lo eterno toca el instante.

 

Muchos se burlan de Jesús: los poderosos, los soldados,

incluso uno de los condenados.

 

A veces, cuando una persona sufre,

puede perder el contacto con su propia bondad.

 

Quienes insultan, quienes se burlan, quienes humillan,

en ese momento, están dominados por su propio miedo,

por su propia ignorancia, por su propia herida.

 

No son personas malas

sino seres que no son conscientes de sus propios sentimientos

y, por lo tanto, quedan atrapados en su propio sufrimiento.

 

Esas voces no son solo hombres

sino el eco del alma del mundo:

la humanidad que teme lo que no puede controlar.

 

Es la misma energía que se levanta en mí

cuando me siento incomprendido, herido o juzgado

y no soy capaz de amar y aceptar mis heridas.

 

Jesús permanece arraigado en la compasión.

 

Cuanto más aumenta la violencia a su alrededor,

más libre permanece su mente.

 

Su compasión no es una emoción:

es una vibración estable,

la vibración de un campo de conciencia estable,

centrado en el amor y que emana Amor,

que trasciende el sentir humano.

 

Esta libertad interior

ninguna prisión puede arrebatársela.

El buen ladrón representa

el momento en el que puedo despertar.

 

Tú también, querido amigo, puedes,

en tu sufrimiento, reconocer

tu inocencia más profunda;

ver tu verdad en el momento presente,

asumir tu responsabilidad sin juzgarte,

abrir tu corazón.

 

Ese momento de claridad es el verdadero milagro.

 

No importa lo que hayas sido

sino tu despertar ahora.

 

Jesús también te promete el Paraíso:

no es solo un lugar «después de la muerte»,

sino un estado de paz

que nace en el momento en que dejas de luchar

contra la realidad y vuelves a tu buena naturaleza.

 

«Hoy estarás conmigo en el paraíso»:

el hoy no es un día.

Es la calidad de la presencia.

«Conmigo» no indica un espacio,

sino una relación, una vibración de unidad.

 

Cuando estás presente,

el Paraíso no está en otra parte:

se abre en ti.

 

Te deseo que no respondas

a la violencia con violencia.

 

Cuando los demás te critiquen o te hieran,

que puedas permanecer libre por dentro, como Jesús.

 

Puedes respirar y elegir la compasión.

 

Te deseo que cada uno de tus sufrimientos

sea un retorno al centro de la cruz:

ese punto en el que ya no te distraen

el pasado ni el futuro,

sino que estás arraigada en el ahora.

 

Aunque a veces hayas errado,

como el buen ladrón,

basta un instante de lucidez

para transformar tu vida.

 

Una sola respiración consciente

puede abrirte el Paraíso.

 

La verdadera salvación es la conciencia:

Jesús no salva al buen ladrón

liberándolo de la cruz,

sino liberándolo del miedo.

 

Lo único que realmente muere en la cruz

es la ilusión de estar separados de Él.

 

Y cuando la ilusión cae,

la conciencia vuelve a casa.

«Sálvate a ti mismo...» es la voz del ego,

no del Espíritu.

 

El ego interpreta la salvación como control,

defensa, huida del dolor, salvaguarda de su mundo egoísta.

 

Cuando el buen ladrón reconoce

su condición y la de Cristo,

se abre el corazón:

una brecha por la que entra la luz.

 

Por eso Jesús habla de «hoy»:

todo despertar ocurre solo en el presente.

 

Ni siquiera se trata de «salvarme a mí mismo».

 

No hay nada que salvar:

solo hay que reconocer el ser.

 

El Paraíso no es un premio

sino la vibración de la esencia reconocida.

 

Más que salvarme, debo despertar.

 

Te deseo este despertar:

la claridad de ver lo que eres,

distinguiendo el ego (ilusión),

la individualidad (instrumento)

y la conciencia (esencia).

 

Tu individualidad ya no es una prisión, sino una danza,

una forma a través de la cual el ser se expresa.

 

Querida alma, como me escribió un amigo:

 

«Y nosotros ya estamos en el paraíso,

que es el Bien,

conocerse profundamente a uno mismo,

el significado, el amor, la felicidad...

Solo un cambio de perspectiva...

el paraíso está aquí y ahora o nunca más...».

 

El paraíso no es un lugar

sino una cualidad de la percepción.

 

Cuando ves con los ojos de la conciencia,

el mundo se transfigura.

 

Cuando miras con los ojos del ego,

el mundo parece una cruz.

 

La cruz es real.

 

El paraíso es real.

 

Depende de qué «yo» mire.

 

Te deseo que descubras

que no hay ningún yo que salvar:

solo una realidad que reconocer.

 

Y entonces podrás acceder finalmente a la libertad.

 

La libertad es el paraíso.

 

Y esta libertad está siempre a tu disposición, en el ahora.

 

En el hoy de Cristo,

te abrazo.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 22 de noviembre de 2025

Jesucristo Rey del Universo… mirarán contemplando al Herido y Traspasado - San Lucas 23, 35-43 -.

Jesucristo Rey del Universo… mirarán contemplando al Herido y Traspasado - San Lucas 23, 35-43 -

A los pies del Calvario, cerca de la cruz, donde Jesús está muriendo, todos tienen razón. Todos dicen cosas ciertas, pero pocos comprenden. Una situación irónica y dramática que se repite desde hace dos mil años. 

Los jefes, en cambio, se burlaban de Jesús diciendo: ‘Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Cristo de Dios, el elegido’ 

Los jefes del pueblo tienen razón, Jesús realmente ha salvado a otros y realmente se está salvando a sí mismo. Los jefes tienen razón, Él es realmente el Cristo de Dios, el elegido, la respuesta es exacta, perfecta, la definición precisa. 

Sin embargo, se ríen. Saben lo que Jesús ha dicho de sí mismo, lo recuerdan, lo repiten, pero se ríen. 

Porque las palabras no coinciden con las expectativas, porque la comprensión profunda de lo que dicen los labios no puede ser solo teórica, mental. Porque para comprender el Amor hay que amar, para comprender al Crucificado hay que dejarse crucificar. 

Y esto da miedo. Y por miedo uno solo se puede burlar, ridiculizar, perdiéndose en la ilusión de una razón verdadera pero muerta. 

Las risas continúan. A carajada batiente. 

Salvarse a uno mismo es imponer al amor una contorsión, un reflujo, es como querer cambiar el curso de un río. Si el Amor se amara a sí mismo, la creación se derrumbaría irremediablemente, se arrugaría sobre sí misma. 

Precisamente porque la salvación solo puede ser para los demás, solo los demás podrían salvar el amor. 

El amor, cuando ama, se entrega por completo, está en manos del amado. Elige al otro como guardián de su corazón. Y la mano del otro, lo sabemos, puede cerrarse en un puño y hacer que nuestro corazón explote en el pecho. 

Si el Amor se amara a sí mismo, aunque solo fuera por un instante, Dios moriría. 

Incluso los soldados se burlaban de él 

Al menos tienen la fuerza para reír, al menos están allí, no por elección, sino por obediencia a otros reyes. Y reaccionan. 

No sé si es más doloroso pasar la vida creyendo que el sacrificio de amor de Jesús nunca existió o reaccionar burlándose. 

Parecen niños asustados, con las manos manchadas de sangre. Hay que armarse de valor, solo son personas que obedecen órdenes. Al mirarlos bien, dan más pena que los condenados a muerte. 

Aceptan mancharse las manos de sangre para dejar que los poderosos se las laven en público. Los soldados ríen y dan pena, ellos que para salvar al emperador probablemente perderán la vida en alguna batalla sin poder salvarse a sí mismos. 

Sobre él había también una inscripción: ‘Este es el rey de los judíos’ 

La inscripción tampoco miente. Pero la Escritura no basta, la leyenda no salva del error. 

No basta con conocer las respuestas exactas, embriagarse de teoría. No basta con la síntesis de una definición, ni siquiera un dogma puede salvar si no se acepta perder la palabra y derrumbarse con todo uno mismo en el Amado. 

Uno de los malhechores colgados en la cruz lo insultaba: ‘¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y también a nosotros’ 

El malhechor también tiene razón. El que está colgado a su lado es realmente el Cristo. Tiene razón, puede salvarse a sí mismo y también puede salvarlo a él. 

Definición perfecta, el único problema, dramático, es que no se da cuenta de que eso está sucediendo. 

No es el Cristo según sus expectativas y no salva según nuestras pretensiones. Me pregunto cuántas veces he sido salvado sin darme cuenta. Me pregunto cuántas veces el Señor ha sido el Cristo salvador de mis miserias y yo no lo he reconocido. ¿Cuántas veces he esperado la curación y Él, en cambio, me ha salvado? 

El otro, en cambio, lo reprendía diciendo: ‘¿No temes a Dios, tú que estás condenado al mismo castigo? Nosotros, con razón, porque recibimos lo que merecemos por nuestras acciones; él, en cambio, no ha hecho nada malo’ 

Solo un malhechor puede interrumpir la risa burlona. Solo él, que está muriendo, puede desafiar la risa burlona e irónica contra Cristo. 

Él también tiene razón. Jesús, para él, es un hombre bueno, que «no ha hecho nada malo», muy poco (¿?) en comparación con las grandes definiciones cristológicas ... 

Tiene «temor de Dios». Y esto le salva. Esta profunda humildad, este respeto que lo hace sentir pequeño ante el Todopoderoso. 

¡Qué riesgo corremos al hablar de Dios sin temor! Qué riesgo corremos al escribir sobre Dios, al dar interpretaciones, al abrazar una teología o su contraria, al escribir discursos magisteriales definitivos o no, al hablar en público, al usar a Dios o la Biblia o la religión para crear opinión, confrontación, conflicto … 

Qué blasfemia si esto no se hace con «temor de Dios», teniendo presente nuestra frágil condición de criaturas, teniendo muy presente que no serán las palabras de amor, por perfectas que sean, los que salven al mundo, sino quienes mueren por amor. Y resucitan por amor. 

Temor de Dios, tan cercano al silencio. ¡Cuánto me interpela! 

Sin temor de Dios, las definiciones, por perfectas que sean, se convierten en condena. 

El pueblo se quedó mirando 

No, no se quedó mirando… El Evangelio es más claro: el pueblo contemplaba. 

En silencio. Que es la única posibilidad de intuir la verdad. 

Detenerse, callar y contemplar.

Ante tu cuerpo crucificado, Señor,

ante tu carne clavada

bajo la inscripción que te condena injustamente

solo queda la contemplación,

no hay otra manera de dejarse penetrar por el misterio.

 

Silenciosa contemplación de un cuerpo masacrado por amor,

de una paradójica entrega total y real de ti mismo

al hombre, criatura que mata al Creador,

al Padre, dolor silencioso que salva al Amor,

y que salva también a los verdugos. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 14 de noviembre de 2025

Hoy estarás conmigo en el paraíso - San Lucas 23, 35-43 -.

Hoy estarás conmigo en el paraíso - San Lucas 23, 35-43 - 

El último domingo del Año Litúrgico celebra a Jesucristo como Señor y Rey del universo. Y en el año C, esta realeza se expresa en el episodio conocido como «el buen ladrón», tomado del relato de la pasión de Jesús en el tercer evangelio (Lc 23, 35-43). 

Antes de comentar el texto, es necesario hacer una premisa sobre la expresión «buen ladrón», que se repite constantemente. La expresión más fiel al texto es «el otro malhechor». A diferencia de Marcos y Mateo que hablan de «bandidos» al referirse a los dos hombres crucificados con Jesús, Lucas habla de «malhechores». 

Entiendo que es mejor dejar de lado la interpretación moralista que ha dado lugar al «buen ladrón» y permanecer fieles al texto evangélico, que asegura que ese hombre no pertenece al ámbito de la bondad, sino al de la maldad: es un malhechor. 

Este hombre es un malhechor, alguien que ha hecho el mal, sin que se especifique el delito o los delitos de los que es culpable. El texto lo define como «el otro» malhechor, ya que toma la palabra después de que su compañero de condena haya blasfemado contra Jesús. Así que, sencillamente, se le puede llamar: el otro malhechor. Junto a la dimensión del «mal», Lucas subraya la del «hacer»: es un «malhechor», evocando en varias ocasiones el hacer o no hacer el mal, el actuar o no actuar injustamente. 

Pensemos, en particular, en las palabras de Jesús que invocan el perdón para aquellos que «no saben lo que hacen» y a las del otro malhechor que, dirigiéndose al ladrón que blasfema contra Jesús, le recuerda que el castigo al que están sometidos es proporcional a lo que han cometido («recibimos el merecido [castigo] por lo que hemos hecho»), mientras que Jesús «no ha hecho nada malo». 

Tras la crucifixión, Lucas anota que «el pueblo estaba allí mirando». No se trata de una mirada movida por la curiosidad vulgar o por la complacencia maliciosa. La actitud indicada es la de «contemplar, mirar reflexionando». Se trata, pues, de una actitud con connotaciones positivas hacia Jesús. 

En contraste con la actitud del pueblo, Lucas enumera las burlas, los escarnios y las blasfemias de los jefes, los soldados y uno de los crucificados junto a Jesús. Lo que se le reprocha a Jesús y se le escarnece es su cualidad mesiánica: «Cristo de Dios», «Rey de los judíos», «Cristo». 

A los ojos y en la mente de quienes le acusan de usurpar el título de Mesías, su incapacidad para salvarse a sí mismo demuestra que es un falso mesías. Para ellos, «salvar la propia vida» es el sello del auténtica mesianismo. En cambio, es precisamente la autosalvación lo que es imposible en el espacio cristiano y lo que contradice radicalmente la salvación cristiana. 

Jesús había anunciado: «El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará» (Lc 9,24). Pero antes de anunciar que quien pierda su vida por Él, la salvará, Él mismo pasó por la experiencia de perder su propia vida. 

Salvar la propia vida es la gran tentación a la que Jesús se opuso ya durante las tentaciones iniciales de su ministerio (cf. Lc 4,1-13). Y es la tentación perenne del cristiano y de la Iglesia. De hecho, también se aplica a la Iglesia la frase de Jesús según la cual quien quiera salvarse, es decir, quien se convierta en su propio fin, pierde su vida. 

La realeza de Jesús es burlada por los líderes religiosos; es ridiculizada, escarnecida; es insultada, injuriada, ultrajada por uno de los condenados junto a Él. En resumen, la realeza de Jesús es rechazada con desprecio y burla o buscada para ser explotada en beneficio propio. 

Desde el punto de vista teológico y espiritual, se puede afirmar que Jesús habita el escándalo del Mesías perdido, que así puede llegar a cualquiera que se encuentre en situaciones de perdición. 

Después de todo, sabemos que la condición indispensable para encontrar y ayudar al otro en su sufrimiento es compartir algo de su impotencia y debilidad. Dietrich Bonhoeffer escribe: «Cristo no ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y su sufrimiento... La Biblia remite al hombre a la impotencia y al sufrimiento de Dios; solo el Dios que sufre puede ayudar». 

La realeza de Jesús invierte, por tanto, la lógica del poder que rige las realezas humanas. 

Tras las palabras irreverentes de uno de los malhechores crucificados, entra en escena, de forma inesperada, el otro condenado, pronunciando palabras que lo convierten en la figura del discípulo cristiano. 

En primer lugar, realiza la corrección fraterna «reprendiendo» al otro condenado que insulta a Jesús, poniendo así en práctica la palabra de Jesús: «Si tu hermano peca, repréndele» (Lc 17,9); además, aparece como ejemplo de asunción de responsabilidad: reconoce el mal que ha cometido y acepta las consecuencias, es decir, acepta pagar el precio; luego hace una confesión de fe reconociendo la inocencia y la justicia de Jesús; finalmente, se dirige humildemente a Jesús con la oración, la súplica, reconociendo su realeza escatológica: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino». 

Así aparece como imagen de los creyentes y de la Iglesia que, en la historia, están llamados a dar testimonio de la realeza de Cristo compartiendo los sufrimientos del Crucificado, invocando la venida del Reino y esperando al que viene en la gloria. 

La reprimenda se centra en la falta de temor a Dios por parte del malhechor blasfemo: «¿No temes a Dios, tú que estás condenado a la misma pena?». La proximidad de la muerte debería suscitar el temor a Dios, que tiene el poder de condenar o salvar: «No temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al Gehena. Sí, os digo, temed a este» (Lc 12,4-5). Este es el pensamiento del otro malhechor. 

Es interesante el hecho de que la referencia al temor de Dios sea suscitada por la blasfemia contra Jesús. La actitud blasfema del crucificado junto a Él es tanto más escandalosa cuanto que se encuentra en la misma situación que Jesús, condenado a la misma pena. 

Como era escandaloso el comportamiento despiadado del siervo que, después de haber visto perdonada su enorme deuda, había hecho meter en la cárcel a un compañero siervo, un siervo como él, por una deuda insignificante (Mt 18,23-35), así aquí es escandalosa la actitud del condenado a muerte que insulta a quien comparte su misma suerte. 

Podríamos pensar que compartir la misma suerte, sobre todo si se trata de miseria, debería ser condición para comprender al otro y, por tanto, para acercarse a él, pero el texto sugiere que no basta con encontrarse en la misma situación desgraciada para sentir empatía: es necesario, en cambio, adoptar otra mirada hacia el mal. Así, precisamente la situación del malhechor blasfemo hace que su blasfemia contra Jesús sea aún más gratuita que la de los jefes judíos y los soldados. 

El otro malhechor expresa el reconocimiento de su culpabilidad y la de su compañero y manifiesta la certeza de la inocencia de Jesús. Este, de hecho, «no ha hecho nada fuera de lugar», es decir, nada impropio, ilegal o malo. 

Y se dirige a Jesús con sorprendente intimidad (el vocativo «Jesús» sin especificaciones como «maestro» o «Señor» es único en el NT), reconociéndolo en su función mesiánica y sin pedirle nada en particular, salvo que se acuerde de él cuando venga como rey. 

«Acuérdate de mí»: confiar en el recuerdo de Jesús es una forma de confesión de fe en Él. Su súplica se refería a la venida del Señor al final de los tiempos, cuando tendrán lugar la resurrección de los hombres y el juicio final. 

La respuesta de Jesús afirma que ya hoy, inmediatamente después de la muerte, su destino personal encontrará un cumplimiento salvífico en la vida con Cristo en el paraíso. La salvación se evoca con un lenguaje mítico («el paraíso») y existencial («conmigo»). 

De hecho, la verdadera novedad cristiana, que interpreta el dato tradicional judío del paraíso, es la comunión con Cristo, el estar con Cristo. Esta es la salvación. El sentido de la expresión «conmigo en el paraíso» es, por tanto, este: conmigo, es decir, en el paraíso. Estar en el paraíso no será otra cosa que estar con Cristo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un Rey paradójico - San Lucas 23, 35-43 -.

Un Rey paradójico - San Lucas 23, 35-43 - 

La fiesta por excelencia de Cristo Rey del universo es la Ascensión, la glorificación de Jesús por parte del Padre, que lo entroniza a su lado como Kýrios, Señor vivo para siempre. 

En 1925 se añadió la fiesta actual para recordar dicha realeza a los reyes de este mundo. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, en realidad, la ha cambiado profundamente: Jesucristo es Rey porque reina en la cruz; es un Rey a diferencia de los reyes de este mundo, crucificado entre malhechores; es un Rey condenado por los poderes religiosos y políticos; es un Rey que salva a los demás y no a sí mismo. En definitiva, ¡es un Rey paradójico! 

El pasaje evangélico de Lucas previsto para esta fiesta es el relato de la crucifixión de Jesús. Tras la condena solicitada por los sacerdotes e impuesta por Pilato (cf. Lc 23,13-26), la comitiva que escolta a Jesús y a los dos delincuentes condenados junto con Él llega a una pequeña colina a las afueras de la ciudad de Jerusalén, más allá de la puerta de Efraín, una altura que los judíos llamaban Gólgota, o Cráneo, o monte Calvo, donde según una leyenda había sido enterrado Adán. 

Precisamente aquí son crucificados los tres, con el terrible suplicio reservado a los desechos de la sociedad, a los peores delincuentes. Entre dos criminales, «contado entre los que han cometido el mal» (Is 53,12; Lc 22,37), es crucificado el nuevo Adán (cf. Lc 23,32-33), o mejor dicho, el verdadero Adán, el hombre totalmente a imagen y semejanza de Dios (cf. Col 1,15). 

Es una escena cruel, cargada de violencia y horror, y sin embargo el pueblo, ese pueblo que había seguido a Jesús, que lo había aclamado (cf. Lc 19,38), que pocos días antes pendía de sus labios mientras enseñaba en el Templo (cf. Lc 19,48), pues bien, ese pueblo «se queda mirando». Ya no está del lado de Jesús, ya no lo sigue, ya no lo defiende: parece decepcionado por el resultado de su historia, incapaz de comprender lo que está sucediendo. 

Lucas recuerda que, tras la muerte de Jesús, «toda la multitud que había acudido a ver este espectáculo, reflexionando sobre lo que había sucedido, se marchaba golpeándose el pecho» (Lc 23,48), es decir, iniciando un camino de conversión, pero por ahora no: Jesús muere verdaderamente abandonado por todos, solo, porque los discípulos han huido y el público que antes lo aplaudía ahora está mudo y ya no está de su parte. 

Esperaban un Mesías victorioso, poderoso, un verdadero Rey, más fuerte que los reyes de este mundo, y en cambio vieron a alguien que ni siquiera es capaz de salvarse a sí mismo... 

Mirando al pueblo y a sus verdugos desde lo alto de la cruz, Jesús solo puede afirmar: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), pero ni siquiera estas palabras lo hacen comprensible para el pueblo. Y precisamente en esa soledad, en ese abandono, reaparece la tentación, como al comienzo de su misión, cuando se detuvo en el desierto (cf. Lc 4,1-12). 

Lucas advirtió entonces a los lectores del Evangelio: «Después de agotar todas las tentaciones, el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno» (Lc 4,13). Y he aquí que, puntual, reaparece en la hora extrema. Al igual que entonces, la tentación se centraba en la capacidad de Jesús de demostrar que era Hijo de Dios mediante signos espectaculares, no en la posibilidad de un ser humano, sino en el poder divino, lo mismo ocurre ahora. 

El primer instrumento demoníaco son los líderes religiosos, esos sacerdotes presentes en la cruz porque habían pedido a los romanos la condena a muerte de Jesús. Como verdaderos expertos en las Escrituras, proclaman con precisión teológica: «¡A otros ha salvado! ¡Que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!». Si Jesús es el Ungido del Señor, el Hijo de David, el Rey de Jerusalén, el Elegido enviado por Dios (cf. Is 42,1), que se salve primero a sí mismo, que muestre su poder liberándose del suplicio que lo lleva a la muerte. 

Pero Jesús permanece en la cruz: escucha y calla, se deja acusar de impotencia, no se defiende, no cede a comportamientos fruto de la enemistad. Hasta el final vive en la lógica del amor de Dios, un Dios que tiene un amor misericordioso incluso hacia sus enemigos; es más, simultáneamente al odio que recibe de ellos, sigue amándolos (cf. Rm 5,6-10). 

La segunda tentación es expresada por el poder político y militar de los soldados paganos que lo matan. Se burlan de él dándole a beber vinagre, cuando tiene la garganta seca y ardiente, y desde su perspectiva política lo escarnecen así: «Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Un rey que no es capaz de salvarse a sí mismo, ¿cómo podrá salvar a los demás? Entonces, ¿qué rey es? ¿Cómo puede un rey tan impotente oponerse a César y amenazar su poder? No, ¡solo merece desprecio! 

Sin embargo, Jesús es Rey, como proclama la inscripción colocada en la cruz, más arriba de su cabeza; inscripción que, en la intención de sus autores, pretende ser burlona, causa de compasión, y que, en cambio, dice una verdad muy diferente, para quien sabe verla... Jesús es verdaderamente el Ungido del Señor, el Mesías prometido por Dios a Israel, pero esta realeza es sorprendente, porque no se inspira en la de los reyes de este mundo, donde los gobernantes oprimen, mandan y se hacen aplaudir como autores del bien común (cf. Lc 22,25). 

La realeza de Jesús, en cambio, es otra y se encuentra en el espacio del amor: quien ama reina, quien ama hasta el final (cf. Jn 13,1) es verdadero rey. Jesús acoge en silencio también esta segunda tentación, como si continuara repitiendo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» ... 

La tercera tentación le viene de quien se solidariza con Él en el suplicio, en la tortura y en la muerte, uno de los «compañeros» de Jesús, uno de los dos bandidos condenados junto a Él. Jesús había comenzado su misterio poniéndose en la fila de los pecadores para ir a Juan el Bautista a pedir el bautismo (cf. Lc 3,21), durante toda su vida estuvo entre los pecadores (cf. Lc 15,1-2; 19,7) y ahora muere entre los pecadores. También aquí Jesús sigue siendo lo que siempre ha sido: «amigo de los pecadores» (Lc 7,34). 

Uno de los dos crucificados con Él le dice: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!». Es un grito de desesperación: «¡Sálvanos también a nosotros porque, si eres el Mesías enviado por Dios, puedes hacerlo!». Pero Jesús guarda silencio, comprendiendo su protesta y su desafío. Es el otro condenado quien interviene observando: «¿No temes a Dios, tú que estás condenado a la misma pena? Nosotros, con razón, porque recibimos lo que merecemos por nuestras acciones; él, en cambio, no ha hecho nada malo». 

Digamos la verdad: hemos convertido al primero en «el ladrón malo» y al segundo en «el ladrón bueno», pero en realidad ambos eran malhechores, asesinos según los otros Evangelios. Por lo tanto, ambos son malos, y si hay alguna diferencia, solo se encuentra en el hecho de que el segundo llega a hacer esta invocación confiada: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino», es decir, le pide a Jesús que lo salve no aquí, porque eso no es posible para Jesús, sino cuando venga a su Reino; es más, ni siquiera que lo salve, sino que lo recuerde, lo que ya sería mucho... ¿Puede Jesús negarse a salvar al primer ladrón que le pide: «Sálvanos también a nosotros»? En verdad, solo puede mostrar su poder salvándolos, pero no bajándolos de la cruz, sino no abandonándolos en la hora de la llegada de su Reino. 

Salvar a otro no es preservarlo de la muerte, sino hacer de su muerte un paso, un éxodo hacia la vida eterna, hacia el Reino. Jesús no nos salva ahora como nosotros querríamos, sino que nos salva si nosotros, que nunca somos justos ni buenos, sabemos acoger el perdón que Dios nos ofrece, que Jesús nos ofrece. Uno de los malhechores ha comprendido que ser buenos y justos es conforme a la voluntad de Dios, pero que, si esto no ha sucedido en su vida, lo que cuenta al final es acoger su perdón, diciendo simplemente: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino». 

En este pasaje evangélico resuena verdaderamente como una Buena Noticia, tanto para el malhechor como para cada uno de nosotros, la simple afirmación de Jesús en respuesta a una invocación de recuerdo: «Ya hoy, ya en tu muerte, y no al final de los tiempos, en la hora de la gloriosa manifestación del Señor, ya hoy entras en el paraíso, el lugar del árbol de la vida (cf. Gn 2,8-9), el lugar donde ya no habrá muerte, ni sufrimiento, ni pecado (cf. Ap 21,4)». La muerte se convierte en un paso a la vida, a la plenitud de la felicidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 2 de septiembre de 2025

Perdidos y salvados -Lucas 23, 35-43-.

Perdidos y salvados -Lucas 23, 35-43- 

Necesitamos salvación. Yo necesito salvación, urgentemente. 

Necesito una solución, alguien que me ayude a poner orden en mi caos interior, alguien que intervenga en la Historia, que haga justicia, que convenza de la paz. 

Necesitamos un salvador. Urgentemente. 

Y lo buscamos con ansiedad, estamos dispuestos a escuchar las sirenas de quienes proponen soluciones definitivas. Lo esperamos con la esperanza de que haya un político, un empresario, un hombre del espectáculo, un gurú, alguien, ¡cualquiera!, capaz de sacarnos de la oscuridad. Estamos dispuestos a todo, siempre y cuando lo hagan ellos, siempre y cuando lo haga él. 

Solo que, a menudo, buscamos salvadores sin admitir que estamos perdidos. 

Salvadores baratos, digamos, ellos salvan, nos salvan, nosotros nos sentamos a mirar (pero dispuestos a dar las gracias, en caso de que sea necesario). No, realmente no nos sentimos perdidos. Confusos sí, pero no perdidos. 

Tememos la desesperación, nos horroriza lo absurdo. 

Sin admitir que estamos perdidos, asustados por la seriedad de la vida, por la inevitabilidad de la existencia, sin admitir, simplemente, que no tienen todas las respuestas en nosotros, que solos no podemos hacerlo, que la respuesta al sentido y a la felicidad, aunque nos necesita, se encuentra fuera de nosotros, ya no sabemos qué es la salvación. 

Y en el último Domingo del Año Litúrgico, la Palabra todavía tiene algo que decir, una indicación fuerte, desestabilizadora, inesperada, dirigida a los buscadores de la salvación, en la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Un título un poco pomposo, quizás anticuado, pero que proclama con fuerza lo que los discípulos han experimentado: Jesús es la respuesta a toda búsqueda, y el mundo no se precipita hacia el caos, sino hacia sus brazos. 

Jesús es la salvación, la única salvación, mi salvación. 

La tuya, si quieres. 

¿Eres tú rey? 

¿Eres tú rey? (Jn 18,34), pregunta un procurador desconcertado al fugitivo que le han traído para ser juzgado y crucificado. El desencantado y sin prejuicios Pilato no da crédito a sus ojos: ¿qué peligro puede representar ese desvanecido que tiene ante sí? Sin embargo, si el Sanedrín se ha humillado pidiéndole un favor, debe haber algo oculto... 

¿Eres tú rey? Nos lo preguntamos ante la cruz: ante el más derrotado de los derrotados, el más frágil de los frágiles. Un rey sin trono y sin cetro, colgado desnudo en una cruz, un rey que necesita un cartel para ser identificado. No un rey triunfante, no un Dios todopoderoso, sino un hombre desnudo, expuesto, desfigurado, herido, rendido, derrotado. 

Una derrota que, para Él, para Dios, es la señal definitiva e inequívoca de la entrega de sí mismo. 

Un Dios derrotado por amor, un Dios que, inesperadamente, manifiesta su grandeza en el amor y el perdón. Dios, él sí, se pone en juego, se descubre, se revela, se entrega. 

He aquí a Dios, aquí está, colgado. He aquí al salvador. Desnudo. 

Sálvate a ti mismo 

El Evangelio de hoy, que dice en qué sentido Cristo es rey, da escalofríos. 

Jesús está colgado, agonizando. A su alrededor, la multitud que pocas horas antes pedía con fuerza su muerte, calla, consternada. 

Pocos hablan, los sacerdotes, los soldados romanos paganos y uno de los ladrones, y repiten el mismo mantra: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 

¿Quieres que te creamos? (Después de crucificarlo), demuestra que eres lo que dices bajando de la cruz y salvándote. Sálvate a ti mismo y te creeremos. 

Exacto. Eso es exactamente lo que pensamos de Dios. 

Dios es Dios porque solo piensa en sí mismo. Porque no se preocupa por los demás, porque no tiene reparos morales ni se siente culpable. Depender de los demás es un signo de debilidad. 

El poderoso, tal y como lo imaginamos (Dios, el multimillonario, el descarado, lo que sea), es aquel que se salva a sí mismo, que puede permitirse pensar solo en sí mismo, que tiene los medios para estar satisfecho, sin necesidad de los demás. 

Dios es lo que nosotros no podemos permitirnos ser, el más poderoso de los poderosos, que puede todo, que no necesita nada ni a nadie, ¡dichoso él! 

Para demostrar que es verdaderamente Dios, Jesús debe salvarse a sí mismo, porque para muchos, todavía, Dios es el Supremo egoísta que se basta a sí mismo, bendito en su perfecta, aséptica e imperecedera soledad. 

No es así. 

Nuestro Dios no se salva a sí mismo, nos salva a nosotros, me salva a mí. 

Dios se realiza a sí mismo dándose, relacionándose, abriéndose a mí, a nosotros. 

Esta es su realeza. Dios es rey porque salva a los demás, a nosotros, no a sí mismo. 

Ladrones y salteadores 

Los dos ladrones son como nosotros; el primero desafía a Dios, lo pone a prueba: si existes, sácame de la cruz, libérame de este sufrimiento, sálvate a ti mismo (¡otra vez!) y a nosotros, y a mí. Concibe a Dios como un rey al que someterse, pero solo lo reconoce como rey si Dios se somete a él. No admite sus responsabilidades, no es lo suficientemente maduro para releer su vida, intenta dar un golpe. Su petición no es amorosa: rezuma mezquindad y egoísmo, servilismo y desafío. Como, a menudo, lo son nuestra fe y nuestra oración. ¿Qué gano si creo? 

El otro ladrón, en cambio, solo está asombrado. 

No puede comprender lo que está sucediendo: Dios está allí compartiendo con él el sufrimiento. Un sufrimiento consecuencia de sus elecciones, las suyas. Inocente y puro, el de Dios. 

Admite haberse perdido, por lo que es salvado. 

Un ladrón bueno, dice la tradición, en el sentido de hábil, añado yo: ha dado el golpe más espectacular de su vida, ha robado el paraíso. 

He aquí el icono del discípulo: aquel que se da cuenta de que el verdadero rostro de Dios es la compasión y que el verdadero rostro del hombre es la ternura y el perdón. En el sufrimiento podemos caer en la desesperación o a los pies de la cruz y confesar: verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios. 

He aquí tu rey, Israel. 

He aquí tu rey, discípulos del Señor, llamados a construir la profecía de un mundo nuevo y reconciliado que es la Iglesia. Un rey humilde, entregado, pacificado, versado. 

Tiemblo, aturdido. 

¿Realmente quiero un Dios así? ¿Un Dios débil que está del lado de los débiles? ¿Es este, realmente, el Dios que quiero? No, prefiero un Dios poderoso que resuelva mis problemas y estoy dispuesto a agotar mis oraciones para convencerlo. 

He aquí la última provocación que nos ofrece la liturgia al final de nuestro camino: ¿de qué Dios queremos ser discípulos? ¿De qué rey queremos ser súbditos? 

Por favor, no demos respuestas precipitadas, porque si no, tendremos que convertirnos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...