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domingo, 21 de junio de 2026

¡Oh capitán, mi capitán!

¡Oh capitán, mi capitán!

En el mundo nunca han faltado personajes grotescos. 


En la Casa Blanca, para celebrar los ochenta años del emperador, se instaló un enorme ring de artes marciales o algo semejante coronado por una estructura de acero. Esto se suma al salón de baile de estilo grecorromano, y a los generosos dorados que el César ha introducido en los interiores de ese antiguo palacio neoclásico.

 

Hay quien define ese lugar institucional, así transfigurado, como un parque de atracciones o un circo. Debo de ser realmente un pacato timorato porque la ostentación de Donald Trump me repugna como si fuera un rasgo político de la persona. No solo un rasgo estético.

 

El uso contundente del dinero, la ostentación jactanciosa del lujo, el mal gusto americano llevado al paroxismo sin que ni una sola partícula residual del perdurable estilo del buen gusto pueda actuar como anticuerpo, sin que una vaga percepción de la variedad del mundo, de su biodiversidad humana, disuada de considerar el planeta entero como un conjunto de parcelas no solo edificables, sino también reducibles a una única estética americana y hollywoodiense.

 


Como esa Nueva Gaza dorada y servil, erigida sobre la sangre de sus habitantes y puesta a disposición de los ricos clientes occidentales, ilustrada por aquel vídeo (https://www.youtube.com/shorts/7YQvpsaW6aA) del que nunca se entendió bien si era satírico - para desacreditar a Donald Trump y Benjamin Netanyahu - o promocional-triunfalista: es difícil imaginar algo más violentamente imperialista y más estúpidamente incapaz de aceptar que el mundo existe por sí mismo, y que es muy diferente de la medida norteamericana.

Con la llegada de Donald Trump es como si ese cielo del pésimo gusto nos hubiera envuelto a todos. El mito de la moderación y la compostura pertenece definitivamente al pasado: a menudo me pregunto cuántos, y por qué, y de qué edad, comparten conmigo la idea de que, para ser caballeros, hay que intentar no llamar demasiado la atención.

 

El «no te jactes, son los necios los que se jactan» (cf. Proverbios 13, 6; 14, 7-9; 27, 2-22;…) me parece un eslogan sepultado por los acontecimientos, casi como aquel de «proletarios de todos los países, uníos». La burguesía y el proletariado están, al fin y al cabo, y para siempre, reunidos y, en cierto modo, reconciliados por la derrota común.


Con todo, ¡qué lejos toda esa exhibición esperpéntica de mal gusto trumpiano de aquel primer verso de uno de los poemas que Walt Whitman dedicó a la «memoria del presidente Lincoln» - Memories of President Lincoln - y que forma parte, al igual que toda la obra del poeta estadounidense, de Hojas de hierba, el libro que, entre 1855 y 1892, fue creciendo poco a poco, edición tras edición, con nuevos poemas! 

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! 

Nuestro espantoso viaje ha terminado,

la nave ha salvado todos los escollos, 

hemos ganado el anhelado premio,

próximo está el puerto, 

ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,

siguiendo con sus miradas la poderosa nave, 

la audaz y soberbia nave;

más ¡ay! 

¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!

No ves las rojas gotas que caen lentamente,

allí, en el puente, donde mi capitán

yace extendido, helado y muerto.

Por eso confieso que sigo prefiriendo, delante de toda la lógica trumpiana, o análoga, aquel emotivo e insurrecto clamor  ¡Oh capitán, mi capitán!: https://www.youtube.com/watch?v=BfjyJfgAKJs (te invito a recordar aquella escena memorable de "El club de los poetas muertos").


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de junio de 2026

¿Claridad moral?

¿Claridad moral?

Me gustaría llamar la atención sobre un notable ejemplo de prosa, una auténtica filípica ciceroniana contra la deshonestidad en el poder, un «¿Hasta cuándo, Catilina?» rebosante de la mejor moral clarity generada por la civilización: esa «claridad moral» que permite distinguir nítidamente el bien del mal.

 

Es una regla de la política inglesa, por ejemplo, que un ministro pueda sobrevivir incluso al más escandaloso de los escándalos, o haber llevado la carrera más sórdida, pero si ha mentido al Parlamento no tiene más remedio que dimitir, es decir, que ser destituido de su cargo.

 

Si un político es capaz de mentir conscientemente a sus pares y al electorado, a partir de ese momento nada de lo que diga podrá creerse. Una vez que la sinceridad se pierde, tanto en el país como en el extranjero, la política se vuelve imposible. Los asuntos internos corren tanto riesgo como la seguridad nacional. No importa a qué se refiriera la mentira. Lo que importa es que haya sido una mentira premeditada.

 

Por supuesto, los Estados Unidos de América no tienen un sistema parlamentario, razón por la cual el presidente tiene un margen de maniobra mucho mayor. Puede disculparse, puede pedir perdón o puede aceptar un juicio político.



Pero Donald Trump no es una persona tan honrada como para dimitir. Sus mentiras son la destilación de todo lo que ya sabemos de él, la prueba más clara del nihilismo moral que lo guía.

 

Desde el principio, Donald Trump ha mentido con una generosidad indiscriminada. Ha mentido sobre un genocidio igual que ha mentido sobre los resultados de sus partidos de golf.

 

Cada etiqueta que se ha atribuido, cada postura pública que ha adoptado ha estado corrompida por el oportunismo, por una deshonestidad que servía a sus intereses personales y nunca al interés público.

 

Como una tarjeta de crédito, Donald Trump es cualquier cosa para lo que se quiera utilizarlo, lo que significa que nunca es fiable, nunca digno de confianza y mucho menos honesto.

 

Y lo que es más importante, nunca ha asumido la más mínima responsabilidad. En su universo moral, la verdad es todo aquello con lo que puede salirse con la suya. De hecho, no tiene problemas con la verdad, porque donde no hay responsabilidad no hay problemas.



Me imagino que esto ya se sabía en sus Estados Unidos de América. Y aun así fue reelegido.

 

Pero su reelección se basaba en una apuesta: es decir, que los resultados prácticos importan más que la integridad de la persona, y que una cultura basada en el engaño puede contrarrestarse con una acumulación de prosperidad.

 

Sus acciones son las de quien está convencido de no tener restricciones, y su degeneración moral toca fatalmente a muchos de los que se asocian con él.

 

Sin una pizca de honestidad en los más altos cargos del país, ningún sistema democrático puede soportar el cinismo y el conformismo que tarde o temprano lo arrollarán.

 

Pero aunque se demuestre que Donald Trump ha mentido de la forma más cínica y desvergonzada, y que se le ha permitido salir indemne, el daño que ya ha infligido será indeleble.

 

Donald Trump es un cáncer de la cultura, un cáncer de cinismo, narcisismo y mentira. Ni siquiera la economía más triunfante vale el precio de una metástasis tan imparable.



En esta imagen de arriba Catilina aparece solo, con la cabeza gacha, derrotado. Es culpable de traición a la República, y no cambiará de opinión sobre su rebelión, pero las palabras de Cicerón le afectan porque sigue siendo un sujeto moral. Sabe a qué se ha expuesto públicamente.

 

La moral de Donald Trump, sin embargo, no se expone a nada. Es solo suya. Cuando le preguntaron si había límites a su poder, Donald Trump respondió: «Sí, mi moralidad, mi forma de pensar. Es lo único que puede detenerme» (New York Times, 8 de enero de 2026). Donald Trump no puede ser objeto de «crítica» en el sentido tradicional, ni siquiera de la más inspirada y elocuente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de abril de 2026

La arrogancia del poder.

La arrogancia del poder 

La arrogancia prepotente es una especie de indigestión de poder. 

La historia ofrece grandes ejemplos y, como enfermedad, es tan antigua como la humanidad. 

No solo es frecuente entre los políticos, sino que aparece con frecuencia entre los directores generales, los presidentes de empresas prestigiosas o entre los profesionales que alcanzan un alto nivel de poder en su sector. 

La peculiaridad es que quienes la padecen acaban siendo destructivos para la organización o la empresa que dirigen y para su propio entorno. 

La razón por la que muchos partidos políticos, empresas, organizaciones sociales,…, echan por tierra los buenos propósitos por los que fueron creados es precisamente tener al mando a una persona que padece la enfermedad de la arrogancia prepotente. 

No me refiero a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgredir los límites cuando la insolencia y la arrogancia dominan. 

Carisma, encanto, capacidad de inspirar, amplitud de miras, disposición a asumir riesgos, grandes aspiraciones, audacia, autoestima… suelen asociarse con un liderazgo exitoso. 

¿Dónde está el límite? ¿En qué momento estos aspectos transforman a un líder resuelto e intrépido en un peligro? 

La línea divisoria es, precisamente, la arrogancia, la impulsividad, la negativa a escuchar o aceptar consejos y una forma particular de incompetencia debida precisamente a la impulsividad insolente.   

La arrogancia extrema constituye un conjunto de características —o síntomas— desencadenadas por un «gatillo» específico que es, precisamente, el poder. Y, por lo general, termina cuando se pierde el poder. 

La clave es que esta enfermedad es un trastorno de la posesión del poder —en particular, el asociado a un éxito abrumador— mantenido durante un cierto número de años con mínimas restricciones para el líder. 

Quienes la padecen tienen una propensión narcisista a ver su mundo como un escenario sobre el que ejercer el poder y buscar la gloria; en consecuencia, muchas de las acciones emprendidas servirán más que nada para mejorar y reforzar la imagen, por la que sienten una preocupación desproporcionada, perdiendo de vista los objetivos de su propio papel.

Se identifican con la nación, o con la organización que representan, hasta el punto de considerar que los puntos de vista y los intereses son idénticos, es decir, perfectamente superponibles. 

Desprecian los juicios y los tribunales «terrenales» que critican su inmoralidad y su desprecio por la ética; solo serán juzgados por los dioses y por la historia y, en su mente, absolutos y reivindicados sin sombra de duda. 

Seguramente el escenario hasta es similar a otros trastornos de la personalidad (narcisismo…) pero en este caso el detonante es el poder, especialmente si va acompañado del éxito. 

Las personas en posiciones de poder pueden volverse más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y, sobre todo, menos capaces de considerar los hechos desde el punto de vista de otras personas. 

Los síntomas pueden atenuarse o desaparecer, junto con la pérdida del poder que los «desencadenó». 

Las personas humildes, dotadas de sentido del humor, de autocrítica y de autocontrol, corren menos riesgo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 15 de abril de 2026

La arrogancia y el orgullo del poder de los soberbios.

La arrogancia y el orgullo del poder de los soberbios

Seguramente era inevitable. Tarde o temprano. Antes o después. La desmesura de Donald Trump tenía que chocar con algo y alguien mesurado. Y ha sido con el Papa León XIV.

 

Aunque la lista de sus enemigos y críticos - que para él son lo mismo - es ya muy larga, la señal del límite para el Emperador de lo MAGA ha venido del Papa de la Iglesia católica. Una autoridad universal, como ya no lo es el poder estadounidense que Donald Trump querría volver a hacer grande, llevando la guerra al mundo entero.

 

Donald Trump ha calificado a León XIV de «pésimo» y «débil» porque ha declarado «inaceptable» su propósito de borrar de la faz de la tierra la civilización iraní.

 

Donald Trump rechaza la idea de que exista un plan legítimo de reflexión - que contenga incluso crítica y resistencia - que vaya más allá de su poder: el poder debe permanecer absoluto, libre de ataduras, no juzgable y, en cambio, capaz de juzgar y de imponer la ley del más fuerte.

 

En realidad, la de Donald Trump es una primitiva teología política imperial: la que pretende saber qué debe ser y hacer la Iglesia católica y la que le ordena «volver al redil». La historia guarda ejemplos notables de esta teología.

 

Pero en esta ocasión, esa altanería orgullosa y soberbia ha generado una brusca fractura entre Estados Unidos de América y el Vaticano - incluido el clero estadounidense -, justo en el momento en que el Papa es el primer pontífice estadounidense.

 

Todo este asunto tiene resonancias y significados que van más allá de la contingencia, y que ni siquiera se limitan al problema de la distinción entre magisterio moral y acción política, o al conflicto entre laicidad e injerencia eclesial.

 

La cuestión de fondo no es si la política debe someterse a una moral religiosa, sino si la política es solo poder —fácilmente transformable en delirio de omnipotencia— o si es también la construcción de una dimensión compartida de civilización y de humanidad.

 

En otras palabras, si la fuerza contempla y cuenta con la presencia de los demás, de los otros,…, o si, por el contrario, es solo un ejercicio unilateral de prepotencia.

 

La voluntad de poder ha sido y es un rasgo característico de Occidente, en la Edad Media y aún más en la Edad Moderna. El Estado absolutista y soberano, el capitalismo, la ciencia, el colonialismo, las revoluciones, las guerras de religión, ,…, son algunas de sus expresiones.

 

Pero junto a estas lógicas siempre ha permanecido vivo un espíritu crítico, insatisfecho, que busca resistir y contrarrestar toda brutalidad e inhumanidad, denunciando la pobreza de cierta riqueza, la parcialidad de cierto poder, la ceguera de todo orgullo altanero y de cada soberbia prepotente.

 

Un espíritu que no acepta el cierre del horizonte de la historia, la miseria del hombre unidimensional. Un espíritu que insinúa un más allá, que pide al poder que se trascienda, que no se crea un absoluto, que no quiera encarnar una verdad absoluta ni definitiva.

 

Este espíritu de apertura, de libertad, de inconformismo, es el de la gran arte, el de la cultura, el de la filosofía. Y también de las religiones. Y, por supuesto, de aquella Iglesia católica que ha sido y es parte relevante de esta función crítica. Que consiste, hoy como ayer, también en el ejercicio de la resistencia a la arrogancia ebria de prepotencia.

 

La brutalidad simplificadora de la administración estadounidense, intolerante con toda medida que no sea la propia medida, ajena a los demás, a los otros, que se glorifica a sí misma, es una degeneración y una degradación de la civilización, es decir, una reducción de la humanidad.

 

Esa arrogancia practica una política que se está enroscando sobre sí misma, en un infierno propio carente de luz y de perspectivas, porque se deja deslumbrar por el desmesurado poder técnico y militar de unas armas que matan y por su esplendor de una idolatría mentirosa. Y porque es esclava de su propio poder arbitrario y desmesurado.

 

No soy quién para decir si el presidente estadounidense está o no está sano mentalmente para un ejercer los poderes y deberes de su oficio presidencial. No soy especialista en psicología. Sí he leído que algunos comienzan a ponerlo seriamente en duda.

 

Pero sí creo que es un arrogante altanero y cegado en su orgullo, prepotencia, y soberbia, y alguien ajeno al verdadero espíritu de humanidad. 


Y creo que en esta ocasión también habla la humanidad, la que somos y la que que queremos defender, con la voz del Papa León XIV. 


Y que esa humanidad siempre habla con la voz de toda alma libre, de toda voz crítica y se toda voz que resiste a la barbarie inhumana de un poder político ebrio de sí mismo.


Al menos Atila, el Huno, se retiró después de su encuentro con el Papa, otro León, y desistió de su deseo de atacar Roma. Era el año 452. Nos queda la duda de si Donald Trump será capaz de aprender de esa historia. Por el momento, todo apunta a que no va camino de ello.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 13 de abril de 2026

El Anticristo: la imagen de un falso Mesías.

El Anticristo: la imagen de un falso Mesías

Se puede decir, muy a grandes rasgos, que la importancia de los elementos de fantasía, de los elementos de representación en la vida en sociedad, es un dato objetivo y también de una conciencia muy marcada en la memoria de Europa occidental.

 

Esta es una de las tradiciones, quizá más antiguas y más importantes, de la cultura europea: reconocer en el mito o en lo fantástico una dimensión diferente que no pertenece ni a lo verdadero ni a lo falso, pero que es, en cualquier caso, una condición esencial.

 

Si la investigación histórica se concibe como un lugar de verificación de la verdad, y se han creado técnicas útiles para ello, por otro lado la dimensión de la fantasía, de la imaginación, sobre todo el principio subjetivo de la representación, ha ganado un espacio enorme.

 

Precisamente porque el mito desempeña un papel importante en la interpretación de la realidad, hay que detenerse en la figura apocalíptica del Anticristo. La cuestión se vincula, en el imaginario cristiano occidental, al binomio verdadero/falso, auténtico/hipócrita o perverso.

 

El intento por parte de los autores cristianos de identificar al Anticristo pone en juego varios elementos en nombre de una pretensión racional o, al menos, argumentada: la teología de la historia.

 

Los textos sobre el Anticristo surgen precisamente para responder a las estrategias de este enemigo, tradicionalmente mentiroso: él intenta entrelazar su reino con el de Dios, a fin de engañar a sus víctimas.



En la historia de sus doctrinas, el cristianismo ha establecido una igualdad entre Cristo y la verdad. Ya en los textos cristianos más antiguos se puede observar dicha correlación. En el Evangelio de Juan, Cristo mismo se define como la verdad; en los escritos paulinos y pseudopaulinos, la verdad se identifica con el mensaje de Cristo y para llegar al conocimiento de la verdad hay que adherirse a la verdadera fe. De hecho, la sustitución del nombre de la persona de Cristo por el término «verdad» se vuelve muy común.

 

Pero frente a esta verdad, existe - siempre dentro de la historia cristiana - una verdad engañosa, que se presenta de la forma más cautivadora posible. Y esta mentira aparecerá, en los momentos finales de la historia, en forma de un enemigo final, destinado a cumplir los misterios de la iniquidad, mostrándose como un falso mesías.

 

Este sujeto, que se ha ido configurando a lo largo de los siglos, resume toda la vasta acumulación de imágenes y relatos diseminados en toda la literatura apocalíptica de la Biblia, y, por supuesto, en los apócrifos intertestamentarios y neotestamentarios. Y recapitula en sí mismo, en el momento final de la historia, toda la acción del mal personificado, que desde siempre ha estado actuando en el mundo contra los justos.

 

Ciertamente, y en el abundante bestiario que los apocalipsis bíblicos han aportado a nuestro imaginario, el Anticristo no desempeña el papel de un simple figurante.

 

Su presencia resulta inquietante porque se le presenta como una persona. No se trata solo de una fuerza de las tinieblas, un simple sustituto del Mal, un eco confuso, el ruido de fondo de la culpa original: posee, en cambio, rasgos personales.

 

Tampoco se trata de un demonio cualquiera, ya que se presenta como una persona humana dotada de poderes excepcionales; su maldad, que huele a azufre, es tanto más horrible cuanto que es un hombre de verdad.

 

Esa auténtica humanidad es probablemente el rasgo más aterrador del Anticristo: si la salvación de los hombres está asegurada por la Encarnación de Dios en la humanidad, ¿cómo no temer lo peor de este Mal encarnado, de este hijo del Engañador que se ha establecido en nuestra carne?

 

Este hombre es identificado como el adversario personal de Cristo.


Ahora bien, para los cristianos, el Mesías es la Encarnación de Dios. Esta identidad no se ha acogido en el cristianismo sin arduas construcciones conceptuales, organizadas por una enseñanza doctrinal compleja que se constituyó en los concilios ecuménicos de los primeros siglos.

 

La reflexión sobre el Dios-Hombre ha dado lugar a una teología delicada, que hace coexistir en la unión «hipostática», sin confusión ni separación, las dos naturalezas, humana y divina, para construir un único individuo. ¿Cómo puede este individuo, el Mesías Hijo de Dios, ser enfrentado por una criatura?

 

Si el Mesías no es un ángel hecho hombre, ya que está por encima de los ángeles, ¿sería entonces el Anticristo un «ángel maligno» particularmente excepcional, hasta el punto de poder oponerse al Mesías y representar un obstáculo o, al menos, un adversario para aquel que expulsa a los demonios y gobierna sobre los infiernos?

 

El poder y el papel del Anticristo plantean cuestiones delicadas a la teología. 


Pero aún más delicada es la reflexión sobre el comportamiento del Anticristo, que no es solo un adversario de Cristo. De hecho, es usurpando su identidad como se opone a Cristo.

 

Y en nuestros días ese imaginario del usurpador hasta se ha convertido no en un concepto, idea,…, sino en una imagen... que,  también en esta ocasión, vale más que mil palabras: la de un Donald Trump endiosado... y que no es sino una caricatura del Anticristo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 6 de marzo de 2026

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia 

Debe haberse puesto de moda (o tal vez nunca ha dejado de estar de moda) dividir el mundo en perdedores y ganadores. En débiles y fuertes. En buenos y malos. En amigos y enemigos.

 

Hay quien utiliza la categoría de “perdedor” o, sus más o menos equivalentes, débil, estúpido, flojo, idiota, tonto…

 

Pero, y no desde ahora, tengo la sensación de que detrás de estas categorías no hay una gran visión. Porque las categorías en sí mismas son más frágiles de lo que parecen. Y detrás de no pocos ganadores, o considerados tales, hay un comportamiento perdedor.

 

La pareja “ganador – perdedor” delinea un panorama cognitivo que incluye criterios de juicio quizás hasta primitivos y toscos, pero dotados de una coherencia innegable y, por lo tanto, probablemente muy persistentes.

 

Se trata de criterios de juicio característicos del pensamiento dicotómico, que esquematizan y simplifican dividiendo el mundo en blanco y negro, sin matices. O en amigos y enemigos. O, como digo, precisamente, en perdedores y ganadores.


Un pensamiento típico del Far West del universo norteamericano.

 

Es un pensamiento demasiado apresurado, superficial,..., y, por ende, inadecuado para lidiar con la complejidad del presente.

 

Pero también es fácil de entender, tranquilizador y consolador, sobre todo si siempre y automáticamente nos ponemos de lo que llaman “el lado bueno de la historia”. O de la película.

 

En una supuesta historia de perdedores, o en un hipotético mundo de perdedores, siempre hay quien construye la narrativa de que él es el único ganador que promete proteger, redimir, salvar… a los supuestamente perdedores.


Como digo, hay quien tiene la obsesión  de definir el éxito y la felicidad en términos de ganadores y perdedores. Se trata de una actitud que impregna todos los ámbitos, desde el deporte hasta la política y los negocios, y que causa más daños que beneficios.

 

De hecho, esta obsesión neurótica genera algunas consecuencias paradójicas.

 

Por ejemplo, suelen decir que los ganadores olímpicos de medallas de plata suelen estar más insatisfechos que los ganadores de medallas de bronce. Y esto se debe a que los «plateados» se consideran perdedores con respecto al primer clasificado, mientras que los «bronceados» se alegran de haber ganado una medalla.

 

Las personas más infelices y frustradas solo se emocionan con los resultados excelentes, y solo las más felices aprecian cualquier buen resultado aunque no sea excelente.

 

Y una de las consecuencias de querer ganar a toda costa, y no solo en los deportes, es la propensión a ganar incluso con el engaño. O el aumento del estrés. O el aumento de los prejuicios y la alienación. O la transformación de cada derrota en un evento traumático.

 

La alternativa a competir, obviamente, no es renunciar a la competición. Porque eso sería otra forma de pensamiento dicotómico. Sino elegir la cooperación. Por ejemplo, en las relaciones entre naciones.

 

Ocurre que los ganadores, si los consideramos desde el punto de vista narrativo, son poca cosa. Menos de lo que ellos creen que son.

 

Y ocurre a menudo que una reacción positiva y consciente ante la derrota resulta mucho más interesante que una victoria que se exhibe auto-complacida y normalmente no exenta de controversia entre otras cosas porque se debe al engaño.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

De la Bestia… líbranos Señor.

De la Bestia… líbranos Señor

La bestia que hay en nosotros se desata bajo el efecto de estímulos incontrolados de codicia, de poder sin límites, de ambición absurda, de instinto feroz…

 

Hoy asistimos al espeluznante espectáculo de lo inhumano, al que nos estamos acostumbrando dramáticamente. De hecho, el horror se está convirtiendo en normalidad, en una práctica cotidiana.

 

Las películas de terror y de la realidad son, de hecho, indistinguibles. Las ojivas nucleares se exhiben junto con los tanques de última generación y se publicitan como prendas de alta costura. El precio de los instrumentos de muerte es incalculable, los intereses son demenciales,…, es más, todo es demencial.

 

De ahí aquella reflexión anterior “La nave de los locos” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/01/la-nave-de-los-locos.html).

 

Hay quienes llegan a decir que el desarme global es cosa de enfermos mentales. ¿No será que los locos que hay que internar son precisamente los fabricantes de armas, sus comerciantes, sus clientes sanguinarios y sus consumidores?

 

Sin tener en cuenta que hoy en día una guerra «seria» no se libra con armas convencionales, basta con una bomba atómica o una ampolla de virus letal...


La corrupción y la mentira imperan, desde la política hasta la economía. Gran parte de la información está al servicio del poder y, por lo tanto, difunde impunemente mentiras macroscópicas.

 

Las redes sociales son el marcador de la maldad y la superficialidad rampantes. Basta con leerlas para comprender inmediatamente de lo que es capaz el cerebro humano, habitado por la mentira y la maldad cargada de envidia y odio hacia cualquiera que piense de forma diferente.

 

Debates insoportables e inaudibles, llenos de insultos e intolerancia destructiva, a veces falsos y tendenciosos, con lenguaje vulgar. La carga de odio y violencia ha alcanzado niveles similares a los del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Por poner un ejemplo.

 

La insensibilidad y el racismo feroz campan a sus anchas sin pudor. Se puede matar a una mujer (compañera, esposa, ex…) y luego ir al bar de siempre a tomar una cerveza con la cuadrilla antes del partido de fútbol.

 

Es desconcertante quien clama contra la eutanasia y el aborto, pero guarda silencio ante las miles de personas desesperadas que mueren en el Mediterráneo. No digamos ante los miles de asesinados en Gaza.

 

Se necesita un pacto firme para recuperar una ética común, partiendo de los valores fundamentales que son indispensables para resurgir, empezando por las familias, la escuela, la política, las asociaciones, el deporte, las religiones…

 

Hay mucha gente aparentemente silenciosa e invisible, a la que hay que buscar e involucrar. Creo que son muchos los que discrepan de la cultura efímera de la nada, de la muerte, de la avaricia asesina, del egoísmo, del cinismo, del fanatismo religioso, de la crueldad violenta, del nacionalismo exacerbado,…, hecha de palabras y acciones.

 


Creo que todavía somos muchos pero, por desgracia, todavía demasiado silenciosos e intimidados. Debemos «hacer lío» (según aquella expresión del Papa Francisco), es decir, armar jaleo, movilizarnos unidos, independientemente de todas las diferencias que nos caracterizan, en una única visión del mundo en la que nadie quede excluido, para entrar en la «aldea global» que tiene la Humanidad como arquitecto y arquetipo.
 

De hecho, ella - la Humanidad - está viviendo en nosotros y en cualquiera que haya elegido seguir siendo humano.

 

Pienso esto también ante la enésima… guerra ya en marcha. 

Yo pensaba que hacer la guerra era convertirse en asesinos múltiples, renunciar a la Humanidad, maldecir el don de la vida para convertirse en sus amos. Que no había nada peor. Y lo sigo pensando. 

El debate, la oposición, la confrontación… humanas son una variedad natural y positiva de la vida humana. Convertirlas en un absoluto destructivo es una traición a la Humanidad. Esto hay que decirlo y vivirlo. Solo esto es política humana. 

Todas las guerras son actos de asesinos. Los rusos hicieron mal al invadir Ucrania, pero también fueron muy provocados por la OTAN desde 1989. Una cadena maldita. Una espiral de muerte. Tenemos razón al condenarlos.

 

Pero el mal es también un misterio profundo y espantoso. Nadie es puro, incluidos nosotros, todos incluidos.

 

También el antídoto contra el mal es un gran misterio, que hay que invocar. Se trata de la necesidad de Dios, el Viviente (sea cual sea la invocación religiosa o no), para poder vivir como seres humanos.

 

La guerra le quita sentido a nuestra existencia. Es imposible hacerla encajar en lo humano, porque demuele lo humano, el reconocimiento mutuo: las víctimas inocentes - los niños,…- son testigos de esta nada que viola el ser.

 

La ley es un frágil dique cuando se hace uso de la fuerza bruta. Hoy, peor que usada, se niega la ley.

 

El sheriff del mundo tiene menos pudor que los demás y lo declara fanfarrón: “la ley soy yo”. Hace daño no solo matando, sino también suprimiendo el último pudor de la ley.


Hay quien dirá que la realidad es ambigua. Es verdad. Por eso hay que elegir siempre y únicamente opciones más claras que redunden en Humanidad.

 

La verdadera fuerza humana es la que no es violenta. La que ayuda a reconocerse mutuamente en la diferencia. Incluso en la discrepancia.

 

La cuestión es la esencia. No se trata en absoluto de disculpar a Putin, o de condenar a Trump. Ni lo contrario. Tampoco se trata de empobrecer la tragedia humana. Cada decisión y acción particulares tienen su peso de incertidumbre y de falibilidad.

 

Pero quien hace la guerra, siempre hace la guerra a la Humanidad.

 

Después de 1945, la humanidad comenzó a construir el derecho internacional, por encima de las potencias soberanas que había traicionado la Humanidad. Hoy en día, la única tarea es reafirmar el derecho internacional, sin concesiones para nadie.

 

Toda guerra es asesinato. Responder a la guerra con la guerra es convertirla en una regla desesperada. Iniciar una guerra es una traición a toda la Humanidad.

 

El juicio final, anunciado por el Profeta de Galilea en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, y que es una página intuida en toda espiritualidad humana sea de la confesión que sea, es que no vivirá quien no ayude a vivir, quien despliegue enemistad, dominio, guerra,…, y que vivirá quien ayude a otros a vivir.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


Disuasión avanzada: cuando a la desolación le llamamos paz

Disuasión avanzada: cuando a la desolación le llamamos paz

En nombre de la hegemonía occidental en Oriente Medio (y de la liberación de las mujeres de esa inmensa prisión que en el imaginario colectivo es el Islam), la ofensiva impulsada por Israel y Estados Unidos (con el silencio-consentimiento de la vieja Europa en proceso de rearme) comienza a arrasar ciudades.

 

Y se entierran bajo decenas de bombas quirúrgicas a jefes de Estado escondidos; se desarticula el sistema nervioso productivo y defensivo del país; se causa daños colaterales irrelevantes… como la muerte de niñas de una escuela femenina.

 

Y en medio de este panorama desolador… hay quien se echa las manos a la cabeza por los retrasos aéreos en Dubái… Lo que importa a nuestra opinión pública, una vez más, será poner a salvo a todos nuestros compatriotas.

 

Al final, sin embargo, intentaremos imponer, a través de nuestra prepotencia, gobiernos y refundaciones institucionales compatibles con nuestros intereses capitalistas y occidentales que, decimos, democráticos y liberales.

 

Asistimos al ajuste de cuentas en torno a uno de los últimos intentos del siglo XX de escapar del orden capitalista y democráticos occidentales - faltan Cuba, Corea del Norte,… -.


Sorprenden los comentarios en los que la crítica mediática occidental traiciona, de forma meridiana, los lugares comunes en torno a la cultura islámica y la demonización obtusa de los símbolos histórico-religiosos y de la relación entre «sociedad civil» y «religión» en esos mundos.

 

Utilizamos la cuestión global de las libertades femeninas como palanca para desmontar toda credibilidad histórica de las comunidades que se quieren ser alternativas a lo que para nosotros es la única perspectiva no de convivencia civil, sino de desarrollo económico ordenado según nuestros intereses.

 

En un pasado reciente se justificó la subyugación y la devastación de Afganistán en nombre de la liberación del burka, fingiendo de mala fe que las organizaciones socioculturales seculares podrían ser desmanteladas en pocos años y bajo la amenaza de nuestras armas.

 

Ni sucedió. Ni podía suceder. Lo mismo se quiere presumir en Irán.

 

Está por ver cuál será el giro que tome esta historia.

 

Occidente quiere la occidentalización precipitada y liquidadora de todo bajo la diosa «prosperidad» en cuyos altares se sacrifica toda decencia y todo escrúpulo.

 

Mientras tanto tendremos que lidiar con los escombros y el desencanto que provocan aquellos que, con aparente espíritu de liberación, confían en la redención de la tiranía a base de misiles.



En lugar de dotarnos de un mínimo de conciencia histórico-cultural como requisito previo para confrontarnos e interactuar diplomáticamente con las mil experiencias históricas legítimamente diferentes que llamamos “Islam”, y en lugar de plantearnos el problema de cómo reconocer, en el respeto mutuo, el derecho de esos mundos a un papel y un futuro autónomos,…, en lugar de todo ello a Occidente le interesa que los «otros» sean compatibles a nuestros ‘intereses’, a nuestro ‘crecimiento’, a nuestro ‘desarrollo’…

 

Y en esta tesitura Occidente exige a los otros que no se armen por esa misma disuasión en nombre de la cual nosotros exigimos rearmarnos y usar las armas.

 

En realidad, Occidente no tiene nada que reconocer y garantizar, salvo la subordinación de los otros y la arrogancia del dominio occidental. En el lenguaje moderno a esto se le llama la disuasión avanzada. Porque, como dice el Presidente de la República francesa: “En este mundo peligroso e inestable, para ser libre hay que ser temido”.

 

Hay algo de loco en los tiempos que vivimos y que nos deja impotentes y al borde del abismo. Con Oriente en llamas, uno teme que nada bueno saldrá de esta guerra.

 

Todo tiene su vuelta y su revuelta. Tiempo al tiempo. O nosotros, o los que nos sucedan, pagaremos el odio.

 

Me recordaba alguien que hay una frase extraída de una obra escrita hace casi dos mil años por el historiador romano Tácito. Una frase para el recuerdo. Son las palabras de un jefe británico, Calgaco, mientras arengaba a sus hombres antes de la batalla. Los romanos estaban conquistando Britania, que hoy llamamos Gran Bretaña. La campaña militar estaba dirigida por el general romano Julio Agrícola.

 

Ésta es la frase en cuestión: «A la desolación la llaman paz». Las palabras de Calgaco deberían recordarnos que las cosas de cierto modo de entender y ejercer el poder en realidad no ha cambiado esencialmente en estos 2000 años. Como para decir que la historia enseña... cuando repetimos los mismos errores.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...