¿Claridad moral?
Me gustaría llamar la atención sobre un notable ejemplo de prosa, una auténtica filípica ciceroniana contra la deshonestidad en el poder, un «¿Hasta cuándo, Catilina?» rebosante de la mejor moral clarity generada por la civilización: esa «claridad moral» que permite distinguir nítidamente el bien del mal.
Es una regla de la política inglesa, por ejemplo, que
un ministro pueda sobrevivir incluso al más escandaloso de los escándalos, o
haber llevado la carrera más sórdida, pero si ha mentido al Parlamento no tiene
más remedio que dimitir, es decir, que ser destituido de su cargo.
Si un político es capaz de mentir conscientemente a
sus pares y al electorado, a partir de ese momento nada de lo que diga podrá
creerse. Una vez que la sinceridad se pierde, tanto en el país como en el
extranjero, la política se vuelve imposible. Los asuntos internos corren tanto
riesgo como la seguridad nacional. No importa a qué se refiriera la mentira. Lo
que importa es que haya sido una mentira premeditada.
Por supuesto, los Estados Unidos de América no tienen
un sistema parlamentario, razón por la cual el presidente tiene un margen de
maniobra mucho mayor. Puede disculparse, puede pedir perdón o puede aceptar un
juicio político.
Pero Donald Trump no es una persona tan honrada como
para dimitir. Sus mentiras son la destilación de todo lo que ya sabemos de él,
la prueba más clara del nihilismo moral que lo guía.
Desde el principio, Donald Trump ha mentido con una
generosidad indiscriminada. Ha mentido sobre un genocidio igual que ha mentido
sobre los resultados de sus partidos de golf.
Cada etiqueta que se ha atribuido, cada postura
pública que ha adoptado ha estado corrompida por el oportunismo, por una
deshonestidad que servía a sus intereses personales y nunca al interés público.
Como una tarjeta de crédito, Donald Trump es cualquier
cosa para lo que se quiera utilizarlo, lo que significa que nunca es fiable,
nunca digno de confianza y mucho menos honesto.
Y lo que es más importante, nunca ha asumido la más
mínima responsabilidad. En su universo moral, la verdad es todo aquello con lo
que puede salirse con la suya. De hecho, no tiene problemas con la verdad,
porque donde no hay responsabilidad no hay problemas.
Me imagino que esto ya se sabía en sus Estados Unidos
de América. Y aun así fue reelegido.
Pero su reelección se basaba en una apuesta: es decir,
que los resultados prácticos importan más que la integridad de la persona, y
que una cultura basada en el engaño puede contrarrestarse con una acumulación
de prosperidad.
Sus acciones son las de quien está convencido de no
tener restricciones, y su degeneración moral toca fatalmente a muchos de los
que se asocian con él.
Sin una pizca de honestidad en los más altos cargos
del país, ningún sistema democrático puede soportar el cinismo y el conformismo
que tarde o temprano lo arrollarán.
Pero aunque se demuestre que Donald Trump ha mentido
de la forma más cínica y desvergonzada, y que se le ha permitido salir indemne,
el daño que ya ha infligido será indeleble.
Donald Trump es un cáncer de la cultura, un cáncer de
cinismo, narcisismo y mentira. Ni siquiera la economía más triunfante vale el
precio de una metástasis tan imparable.
En esta imagen de arriba Catilina aparece solo, con la cabeza gacha, derrotado. Es culpable de traición a la República, y no cambiará de opinión sobre su rebelión, pero las palabras de Cicerón le afectan porque sigue siendo un sujeto moral. Sabe a qué se ha expuesto públicamente.
La moral de Donald Trump, sin embargo, no se expone a
nada. Es solo suya. Cuando le preguntaron si había límites a su poder, Donald Trump
respondió: «Sí, mi moralidad, mi forma de pensar. Es lo único que puede detenerme»
(New York Times, 8 de enero de 2026). Donald Trump no puede ser objeto de
«crítica» en el sentido tradicional, ni siquiera de la más inspirada y
elocuente.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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