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martes, 16 de junio de 2026

Una perfección como la de vuestro Padre - San Mateo 5, 43-48 -.

Una perfección como la de vuestro Padre - San Mateo 5, 43-48 -


Como vuestro Padre…

 

He aquí el sentido de la vida cristiana: ser como el Padre. No navegando sin rumbo o sin horizonte, sino teniendo presente un modelo: el Padre.

 

Como vuestro Padre…

 

¿Y cómo es ese Padre del que Jesús nos ha hablado y del que somos signo?

 

Es aquel cuya propuesta está siempre a favor del hombre: «He venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia».

 

El Padre es alguien que nunca está delante de nosotros ni por encima de nosotros, ajeno o separado de nosotros.

 

Todo lo contrario.

 

Jesús lo ha manifestado como aquel que se ha involucrado plenamente en nuestra vida, nos ha elegido y se ha puesto de nuestro lado: desea estar con los hombres y se compromete a su favor.

 

Un Dios «con», un Dios «entre» y un Dios «para».

 

Sin el «con», el «entre» y el «para», Dios se pierde en un cielo abstracto, como una realidad evanescente.

 

Lo cual significa que estas preposiciones - «con», «entre» y «para» - son definitivas, atestiguan que ya no es posible concebir a Dios sin los hombres.

 

Nosotros hemos sido constituidos como signo de un Dios así: un Dios «con», un Dios «entre» y un Dios «para».


Como vuestro Padre…

 

Es decir, más allá de cualquier juicio de idoneidad o aptitud o capacidad.

 

Jesús, signo de un Dios que no sufre crisis de amor porque no conoce crisis de fe.

 

Quizás deberíamos preguntarnos más a menudo si nuestras crisis de amor no tienen su origen en una crisis de fe.

 

Jesús no sufrirá crisis de amor ni siquiera ante el hombre que lo entrega porque, como dirá Pablo, si nosotros carecemos de fe, Él, sin embargo, permanece fiel.

Dios sigue amando porque sigue creyendo en el hombre, independientemente de su capacidad, aptitud, idoneidad… y de la forma en que corresponda al amor.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor sin reservas que nunca pone como condición previa que para dar hay que tener.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor dispuesto incluso a sufrir para no romper el vínculo en los momentos en que la soledad o nuestra fragilidad vulnerable se manifiestan con mayor fuerza.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor que, incansable y pacientemente, vuelve a anudar los hilos cuando los lazos pueden estar en peligro.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor como capacidad de esperar, de no acelerar el paso cuando el otro no es capaz de seguir el nuestro, de sentarse con el otro al borde del camino esperando a que recupere el aliento y las ganas de reanudar el camino.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor que planta su tienda en medio de los hombres, no para romper la monotonía del cielo, sino porque el hombre es su destino secreto, deseado desde toda la eternidad.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor que reside en la alegría del encuentro, sin dar nunca la espalda, incluso cuando el hombre lo hiciera.

 

Dios, desde la habitación alta de su casa, escudriña el horizonte para captar su regreso.

 

Paradójico pero cierto: según este amor, el mismo día del alejamiento se convierte en el día de la promesa de quien, por ningún motivo, habría abandonado al hombre.

 

Un amor que nunca pide cuentas por el agravio sufrido, sino que llega incluso a asumir el agravio transformándolo en una experiencia de atención hacia el hombre culpable. Un amor que no conoce ni la venganza ni el ajuste de cuentas.

 

Como vuestro Padre…

 

Un amor que reconoce como propia la tarea de lavar los pies a los hombres: el lavatorio de los pies, el oficio de un Dios abajado y servicial a favor del hombre.

 

Como vuestro Padre… así vosotros…


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


domingo, 19 de abril de 2026

No demasiado rápido.

No demasiado rápido 

Ya estamos otra vez. 

Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones y se escucharon cánticos que reclamaban: «santo subito». 

Todos recordamos que las mismas pancartas y los mismos cánticos aparecieron también en la muerte del Papa Juan Pablo II o del Papa Benedicto XVI. 

En el caso del Papa polaco, se puede decir que la Iglesia oficial aceptó la petición y canonizó, a toda prisa, a Juan Pablo II. Digo a toda prisa, teniendo en cuenta los plazos que normalmente se requieren para llegar a la canonización. 

El amor por el Papa Francisco es evidente en algunos de nosotros. Pero no es necesario convertirlo en santo de inmediato. 

El Papa Juan Pablo II murió en 2005, fue declarado beato en 2011 y canonizado en 2014, solo nueve años después de su muerte, junto con el Papa Juan XXIII. Este, sin embargo, había fallecido en 1963 y, por lo tanto, tardó 51 años en subir a los altares. 

Un observador externo, no especialmente versado en asuntos de la Iglesia y la Curia, podría concluir que el P Juan Pablo II fue un santo formidable, mientras que el Papa Juan XXIII fue un santo más o menos: 51 años son realmente unos cuantos años. Conclusión inevitable cuando no se siguen las reglas y las prácticas. 

La petición que se repite dice algo obvio que ya se sabe y se sabe bien: mucha gente, y muchos creyentes en particular, hemos querido al Papa Francisco. Y esa simpatía impulsa esa petición. Sin embargo, ante una petición tan obvia, vale la pena recordar algunas verdades, al menos tan obvias como la petición. 

En primer lugar, se puede amar a un hombre de Iglesia sin que sea santo. Todos recordamos a un presbítero, a un laico, a un pariente… a quien, si dependiera de nosotros, pondríamos inmediatamente en los altares. Pero esa persona amada y admirada como gran creyente no ha acabado en los altares y nunca acabará allí. Esto no impide ni nuestra admiración ni nuestra convicción: ese presbítero, esa persona que conocí y admiré, es un santo. 

Esto, por cierto, no solo se aplica a los creyentes particulares y desconocidos, sino también a ilustres hombres de Iglesia. 

Volviendo al Papa Juan XXIII, durante los más de cincuenta años en los que aún no era santo, multitudes de peregrinos siguieron visitando los lugares de la vida y la muerte del «Papa Bueno», quien, por lo tanto, era considerado universalmente «bueno» incluso antes de ser elevado a la gloria de los altares. Se podrían citar cientos de casos similares. El Papa Francisco los llamó «los santos de la puerta de al lado».

Si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada por dedicar unos años a reflexionar sobre esa historia de santidad. 

Hasta entiendo que detrás del deseo de su declaración como santo no se revele tanto una pasión particular por la santidad sino que más bien se pida que la Iglesia sancione nuestras convicciones, nuestras emociones, nuestros afectos. 

Y, sin embargo, si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada si se dedican algunos años a reflexionar sobre esa historia de santidad, para comprenderla más a fondo. De modo que esa figura sea realmente una figura que hable a todos, y no solo a algunos: al fin y al cabo, es mejor una convicción serena de muchos que una pasión ardiente de pocos. 

En otras palabras, es mejor que la Iglesia vuelva a los tiempos de la sabiduría, tiempos largos también a la hora de proclamar a sus santos. Además, ya hay muchos santos (y los Papas de épocas cercanas a nosotros son casi todos santos) y yo no soy más santo solo porque la Iglesia haya proclamado, con toda prisa, a un nuevo santo. Ser santo es posible. Pero no de inmediato. 

«Era un hombre de Dios, pero no es necesario convertirlo en santo»: así se podía resumir el juicio del Cardenal Carlo Maria Martini sobre la santidad del Papa Juan Pablo II, tal y como se desprende de la «declaración» como testigo que figura en las actas del proceso. 

Mutatis mutandis, y de manera análoga, hasta se podría decir del Papa Francisco. 

Yo creo que sobre la conveniencia o no de beatificar y canonizar a los Papas, dado que ya son conocidos y divulgados en cada acto y palabra, habría que contemplar si no es hasta más «provechoso», para la vida de los cristianos, señalar a personas ejemplares que vivieron en el anonimato la santidad. 

Con lo que, en otras palabras, hasta pienso que es mejor elegir a los santos entre la gente común. Porque, así lo creo, estamos llenos - sobresaturados - de causas que atañen a personajes muy conocidos (papas, obispos, presbíteros, mártires, monjas y monjes,…) y me parece más conveniente buscar más bien a los santos desconocidos, por ejemplo y especialmente laicos, es decir, a los miembros del estamento "llano" del Pueblo de Dios, a aquellos del Pueblo Profético, Real y Sacerdotal que son los que constituyen una novedad en la forma de vivir el Evangelio en la vida cotidiana de su condición laical… y que es la mayoritaria. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de abril de 2026

La santidad de los inocentes.

La santidad de los inocentes 

Dolorosa, aunque resignada, toda pena y protesta, la condena de Fyodor Dostojevski contra la arrogancia de los poderosos que se ensaña con los pobres y sobre todo con los niños inocentes: el último Fyodor Dostojevski es toda una pasión de transfiguración en la participación en tanto dolor inocente que parece hundir al hombre en el horror de lo insignificante e inútil. 

El martirio de los Santos Inocentes se convierte en cambio para Charles Péguy en poema y prodigio de amor. El martirio para Péguy es una fiesta de amor, y el martirio de los tiernos niños, en brazos de sus madres desgarradas, es tal pero en un marco muy preciso: la celebración de la pureza que domina la parte anterior del admirable relato cristiano. Todo ello en el contexto de una robusta eclesiología que descansa en la divinidad del Hijo de Dios y la Comunión de los Santos en la asamblea celestial del Hombre-Dios, precedido por los Profetas y seguido por los Santos. 

Jesús prefiere a los niños - es el Padre quien habla: «Es mi Hijo quien dijo una vez: sinite parvulos venire ad me, - dejad que los niños vengan a mí». Y el Hijo de Dios había dicho esto de unos niños que estaban jugando y que, acabando de recibir la bendición, lo dejaron para volver a jugar. Pero yo digo, pero se lo hacen decir a cada niño que nunca volverá a jugar...: 'Si no es en mi Paraíso'. Y aquí Péguy, con admirable imaginación poética, describe el funeral de un niño precedido por la Cruz, las mujeres lloran pero el celebrante canta el viejo salmo de David: Bienaventurados los que son inmaculados en el camino - Bienaventurados los que no se manchan en el camino. 

Los Santos Inocentes son los inmaculados, estos desdichados niños que los soldados de Herodes masacraron en los brazos de sus madres - Oh Santos Inocentes seréis por tanto los puros - Santos Inocentes seréis por tanto los inmaculados y blancos. - Benditos inmaculados en el camino. Benditos los inocentes, los sin mancha en el camino. 

Y ahora el círculo lírico teológico se amplía y Jesús mismo entra a participar en la fiesta. «Ego sum via, veritas et vita. - Yo soy el camino, la verdad y la vida». Oh Santos Inocentes con la blancura original de toda vuestra inocente infancia. Los más cercanos a Cristo serán estos inmaculados e inocentes infantes, junto con el pobre Lázaro, que no han hecho nada en la vida ni en la existencia más que recibir un buen golpe del dolor y de la muerte. Es el triunfo de los puros en el Juicio Final junto al Cordero. No hay martirio más inaudito, más atroz, más espantoso... que los creyentes de todos los tiempos hayan sufrido por Cristo... 

La conclusión final sólo puede ser la sencillez de la más alta alegría: «Así es mi paraíso, dice Dios. Mi paraíso es lo más sencillo: un altar, y los niños jugando con sus palmas y sus coronas. Y la 'palmera' -es el último toque de tanta poesía- siempre les sirve aparentemente de bastón». Así es como la liturgia celebra la gloria del «misterio de los Santos Inocentes» con la glorificación que hace la oración: un misterio de fe que llega hasta la gloria del Paraíso en los rayos del Apocalipsis de Juan. 

Ciertamente, el misterio del mal, de la iniquidad, permanece: pero queda el «misterio de los Santos Inocentes», queda la dignidad de todo ser humano frente a toda tiranía. Desgraciadamente, la historia enseña que el ser humano prefiere la esclavitud a la libertad, que es la esclavitud del pecado según la Biblia de la que sólo Cristo nos ha liberado; es la esclavitud de las tinieblas que los hombres han preferido a la liberación de la luz. Pero el hijo de Dios que es el cristiano reza siempre para que «venga el reino de Dios» y para que «Dios nos libre del mal» (Mt. 5, 11 ss.). 

Así, el misterio de los Santos Inocentes, que había escandalizado a Albert Camus e Ivan Karamazov, como misterio del mal invencible y prueba de la inexistencia de Dios, se convierte para el converso Charles Péguy en el signo del triunfo del amor de Dios y en la aurora de la esperanza de nuestra salvación. 

Las voces de los pequeños víctimas de la violencia de todos los tiempos y de todos los lugares hoy se alzan en una acción de gracias a esta celebración. En su dolor está el sufrimiento de todos aquellos pequeños que todavía hoy pagan por el egoísmo de los adultos. La escena que propone hoy la liturgia golpea el corazón: el rey de Judea, atemorizado por lo que podría llegar a ser Jesús, es decir, un nuevo «gobernante» como anunciaban los Magos, decidió hacer matar a todos los niños nacidos al mismo tiempo. 

La provocación es muy actual: ¿estamos dispuestos los adultos a dejar que las nuevas generaciones se conviertan en aquello a lo que están llamadas, o preferimos sofocar su destino para evitar cualquier «riesgo»? Creer significa también dar crédito al futuro, confiarse totalmente a un niño indefenso, nacido en una «periferia» y acostado en un pesebre. El verdadero inocente a los ojos de Dios es la criatura que no conoce la malicia, no conoce la mentira, no conoce la fealdad, y nadie es más inocente que un niño que se confía total, loca y amorosamente. 

Es la inocencia la que está llena y es la experiencia la que está vacía. Es la inocencia la que gana y es la experiencia la que pierde. Es la inocencia la que es joven y es la experiencia la que es vieja. Es la inocencia la que sabe y es la experiencia la que no sabe. Es el niño el que está lleno y es el adulto el que está vacío. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 31 de octubre de 2025

Poner los ojos fijos en el Bienaventurado - San Mateo 5, 1-12 -.

Poner los ojos fijos en el Bienaventurado - San Mateo 5, 1-12 - 

En primer lugar, acercarse a Jesús, a Él, a su historia, a su testimonio, a su persona, acercarse a Él y no abandonarlo, acercarse a Él por lo que nos ha transmitido la Escritura y por lo que los testigos nos han transmitido en el río de la vida, acercarse a Jesús sin querer domesticarlo con categorías más modernas, inclusivas, políticamente correctas, acercarse a Él por lo que es, de todos modos, siempre, un escándalo. 

Acercarse a Jesús, exactamente a Él, en cuanto podamos, gracias a Él que elige dejarse encontrar, vivo, entre nosotros. Acercarse a Jesús porque nada podríamos saber de Dios sin sumergirnos en Él. Sin Él, el hombre nunca habría llegado a la dulcísima fractura de las bienaventuranzas. Jesús no es solo el ser humano llevado al más alto grado de perfección, Jesús es lo inédito, lo inevitable. 

Y luego sentir que las bienaventuranzas son verdaderas porque vibran de Él. No son un vago manifiesto intelectualista, esas palabras son Él, y si tenemos que confiar en alguien, lo sabemos, no confiamos en los teóricos, sino en los testigos, en las palabras hechas carne, en quien ha dado la vida, porque no sirve saber la vida, hay que sufrirla, interpretarla con la carne, las palabras verdaderas son solo aquellas inmersas en la sangre. 

Jesús es aquel que se hizo pobre, que llora, que elige el durísimo camino de la mansedumbre pagando siempre en primera persona, es aquel que comprende que luchar por la justicia solo es posible dejándose crucificar, Él es el misericordioso por excelencia, extendiendo la paz incluso sobre sus asesinos, Él es el puro de corazón, Él ve a Dios y nos muestra a Dios, Él es el insultado y el perseguido. Las bienaventuranzas son verdaderas porque Jesús es verdadero, porque son una descripción perfecta del estilo del Señor, porque ayudan a concebir una nueva visión de Dios; si no fuera así, serían solo otro patético manifiesto político utópico. 

Las bienaventuranzas no son un vago proyecto de inclusión de los pobres mártires del mundo, ni tampoco la promesa ilusoria de una compensación futura por las desgracias terrenales, las bienaventuranzas son Jesús y nosotros, que las escuchamos, estamos simplemente llamados a tomar partido: ¿queremos ser como Él? ¿Estamos tan enamorados de esa persona como para querer ser incluidos en su escandalosa forma de interpretar el mundo? 

Creer no es aceptar una filosofía de vida, creer es vivir así, es sentir que cada vez que una pieza de las bienaventuranzas no se encarna en nuestros huesos, entre nuestras elecciones, cada vez que escapamos del martirio de querer ser como Jesús (sí, se trata de ser testigo como el mártir), somos menos nosotros mismos, aún no somos plenamente nosotros. Perderse para encontrarse, aniquilarse para descubrirse, morir para vivir. 

El cristianismo no es un vago movimiento de inclusión social, no es la pertenencia a una Iglesia institucional tan buena y generosa que acoge a todos (pero ¿acoger dónde? ¿acoger para qué?), sino que es un vínculo vital con la figura de Jesús, con lo que nos han transmitido los padres y madres de la fe, lo que han defendido los concilios, lo que han delineado los mártires y los profetas con su testimonio de sangre... El cristianismo no es la inclusión en un mundo ilusoriamente pacificado, no aquí, no ahora, sino la inclusión en la carne del Crucificado. Esto da miedo. Creer es hundirse en Él y, por tanto, desaparecer para el mundo. 

Utilizar las bienaventuranzas para delinear mundos mejores aquí y ahora es una tontería y es antievangélico. Y también peligroso. Lo primero que hay que combatir es curarnos de la ilusión de creer que sabemos crear un mundo hecho de justicia, no es así, somos como todos los demás y quien establece modelos de sociedad creyéndose mejor que su predecesor cae en los mismos errores de soberbia y violencia. Estamos habitados por el pecado, el mal nos habita. Esta es la lucha. 

El enemigo es nuestro narcisismo. Por eso, gracias a quienes nos empobrecen, a quienes nos tratan injustamente, gracias a quienes nos persiguen, gracias a quienes no nos comprenden. Gracias a quienes nos ayudan a purificar nuestro corazón. Gracias a la vida cuando nos ha enfrentado dolorosamente al mal que sabemos hacer. Gracias porque hemos comprendido que no existe otra bienaventuranza sino en Jesús, Él que ha hecho de nuestros fracasos cuna y sepulcro. 

Las bienaventuranzas dan miedo porque son la inclusión en Jesús, en su pasión y muerte. No hay otro camino. Creer que se conoce a Jesús sin sufrimiento es una ilusión muy peligrosa. Pero no nos preocupemos, el sufrimiento forma parte, es intrínseco a la vida. Lo hemos encontrado, lo encontraremos, y si nos engañamos pensando que no existe, tengamos cuidado, podríamos vivir toda la vida sin despertar. Vivir en la ilusión, como muertos vivientes. 

La bienaventuranza es sumergirse en Jesús, asumir nuestra enfermedad, nuestra pobreza, nuestro dolor, nuestro pecado y sentir que Él se manifiesta allí. Y con Él bautizarse, y con Jesús crucificarse, y con Jesús dejarse enterrar en un sepulcro y con Jesús resucitar del Padre. Padre que también es descrito por las bienaventuranzas, que es realmente así, Padre que nos incluirá, con Jesús, en la Eternidad. 

Porque las bienaventuranzas sin este movimiento que de deposición en deposición lleva al Eterno no tienen ningún sentido. Sin la Eternidad, Jesús es un iluso, y quien habla del Evangelio sin ser realmente pobre, sin sangrar, ilusionando que es una posibilidad política, es falso y malvado. Sin la eternidad, la vida es vacía, pura alucinación. Si no existiera el Eterno, el Evangelio sería un instrumento peligroso en manos de los poderosos, que sabrían así acallar el grito de los débiles. 

Las bienaventuranzas son un cuerpo martirizado que se entrega y se transfigura en el Padre. Las bienaventuranzas son el resquicio de luz entre las tinieblas, nuestra durísima y dulcísima posibilidad de morir para resucitar finalmente en Él. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 30 de octubre de 2025

La santidad cristiana a partir de la belleza de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 -.

La santidad cristiana a partir de la belleza de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 -

 

La tradición cristiana, sobre todo occidental, ha realizado una interpretación esencialmente moral de la santidad. 

Y, sin embargo, esta no consiste propiamente en no pecar, sino en confiar en la misericordia de Dios, que es más fuerte que nuestros pecados y capaz de levantar al creyente que ha caído. 

El santo es el canto elevado a la misericordia de Dios, es aquel que da testimonio de la victoria del Dios tres veces santo y tres veces misericordioso. 

La santidad es, pues, gracia, don, y pide al ser humano una apertura fundamental para dejarse invadir por el don divino: la santidad, por tanto, da testimonio ante todo del carácter responsorial de la existencia cristiana, un carácter que afirma la primacía del ser sobre el hacer, del don sobre la prestación, de la gratuidad sobre la ley. 

Se puede decir que la santidad cristiana, incluso en su dimensión ética, no tiene un carácter legal o jurídico, sino eucarístico: es respuesta a la ‘charis’ de Dios manifestada en Cristo Jesús. Y por eso está marcada por la gratitud y la alegría; el santo es aquel que dice a Dios: «No yo, sino Tú». 

Esta perspectiva de gracia preveniente nos lleva a afirmar que otro nombre de la santidad es belleza. Sí, desde la perspectiva cristiana, la santidad también se declina como belleza. 

Ya el Nuevo Testamento asocia estas dos exhortaciones a los cristianos: tener «una conducta santa» no es otra cosa que tener «una conducta bella» (cf. 1 Pedro 1,15-16 y 2,12). 

Articulada como belleza, la santidad aparece ante todo como una empresa no individualista, no fruto del esfuerzo, tal vez heroico, del individuo, sino como un acontecimiento de comunión. 

Es la comunión representada icónicamente en Moisés y Elías «aparecidos en la gloria» (Lucas 9,3r) y en los discípulos Pedro, Santiago y Juan reunidos alrededor de Jesús resplandeciente en la luz de la transfiguración. 

Es la ‘communio sanctorum’, la comunión de los santos, de aquellos que participan en la vida divina ‘communicantes in Unum’, comunicándose con Aquel que es la única fuente de la santidad (cf. Hebreos 2,11). 

La gloria de Aquel que es «el autor de la belleza» resplandece en el rostro de Jesús, el Cristo (2 Corintios 4,6), el Mesías cantado por el salmista como «el más bello entre los hijos de los hombres» (Salmo 45,3), y se derrama en el corazón de los cristianos gracias a la acción del Espíritu santificador, que moldea su rostro a imagen y semejanza del rostro de Jesucristo, transformando su individualidad biológica en acontecimiento de relación y comunión. 

Y así, la vida y la persona del cristiano pueden conocer algo de la belleza de la vida divina trinitaria, vida que es comunión, ‘pericoresis’ de amor. 

La santidad es belleza que desafía la fealdad del encerramiento en sí mismo, del egocentrismo. 

Es alegría que desafía la tristeza de quien no se abre al don del amor, como el joven rico que «se marchó triste» (Mateo 19,22). 

Léon Bloy escribió: «Solo hay una tristeza, la de no ser santo». He aquí la santidad y la belleza, como don y responsabilidad del cristiano. 

En un mundo que «es cosa hermosa» —como subraya el relato del Génesis—, el hombre es creado por Dios en la relación de alteridad hombre-mujer y establecido como compañero adecuado para Dios, capaz de recibir los dones de su amor, y esta obra creadora es alabada como «muy hermosa» (Génesis 1,31). 

En un mundo llamado a la belleza, el hombre, que es responsable de la creación, tiene la responsabilidad de la belleza del mundo y de su propia vida, de sí mismo y de los demás. 

Si la belleza es «una promesa de felicidad» - Stendhal -, entonces cada gesto, cada palabra, cada acción inspirada en la belleza es profecía del mundo redimido, de los nuevos cielos y de la nueva tierra, de la humanidad reunida en la Jerusalén celestial en una comunión sin fin. 

La belleza se convierte en profecía de la salvación: «Es la belleza», escribió Dostoievski, «la que salvará al mundo». 

Llamados a la santidad, los cristianos estamos llamados a la belleza, pero entonces podemos plantearnos esta pregunta: ¿qué hemos hecho con el mandato de custodiar, crear y vivir la belleza? 

Se trata, de hecho, de una belleza que hay que instaurar en las relaciones, para hacer de la Iglesia una comunidad en la que se vivan realmente relaciones fraternas, inspiradas en la gratuidad, la misericordia y el perdón; en la que nadie le diga al otro: «No te necesito» (1 Corintios 12,21), porque cada herida a la comunión desfigura también la belleza del único Cuerpo de Cristo. 

Es una belleza que debe caracterizar a la Iglesia como lugar de luminosidad (cf. Mateo 5,14-16), espacio de libertad y no de miedo, de expansión y no de pisoteo de lo humano, de simpatía y no de oposición con los hombres, de compartir y solidaridad sobre todo con los más pobres. 

Es una belleza que debe impregnar los espacios, las liturgias, los ambientes y, sobre todo, ese templo vivo de Dios que son las propias personas. 

Es la belleza que surge de la sobriedad, de la pobreza, de la lucha contra la idolatría y contra la mundanidad. 

Es la belleza que resplandece allí donde se impone la comunión en lugar del consumo, la contemplación y la gratuidad en lugar de la posesión y la voracidad. 

Sí, el cristianismo es ‘filocalia’, camino de amor por lo bello, y la vocación cristiana a la santidad encierra una vocación a la belleza, a hacer de la propia vida una obra maestra de amor. 

El mandamiento «Sed santos porque yo, el Señor, soy santo» (Levítico 19,2; 1 Pedro 1,16) es ahora inseparable del otro: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 13,34). 

La belleza cristiana no es un dato, sino un acontecimiento. Un acontecimiento de amor que narra siempre de nuevo, de manera creativa y poética, en la historia, la locura y la belleza trágica del amor con el que Dios nos ha amado al darnos a su Hijo, Jesucristo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La santidad a la medida de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 -.

La santidad a la medida de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 -

El Evangelio según San Mateo, tras dar testimonio del inicio de la predicación de Jesús en Galilea (cf. Mt 4,17) y haber señalado que muchos se sienten atraídos por Él con la esperanza de ser curados de diversos males y, por lo tanto, comienzan a seguirlo (cf. Mt 4,23-25), nos presenta a Jesús actuando como Moisés, como maestro y libertador de los marginados, de los esclavizados. Se trata del primero de los cinco discursos de Jesús que Mateo relata en su obra (cf. Mt 5-7; 10; 13; 18; 24-25). 

Nos encontramos ante una escena grandiosa y solemne: seguido por las multitudes, Jesús sube a la montaña y, sentándose allí en posición de maestro, imparte su enseñanza a través de un largo discurso, que es el Evangelio, es decir, la Buena Nueva para los pobres y los humildes, aquellos creyentes que no son orgullosamente autosuficientes, que no confían en sí mismos sino en el Señor, buscando su justicia y esperando la salvación solo de él. Estos son el resto de Israel, según la mirada de Dios revelada por los profetas (véase la primera lectura: Sof 2,3; 3,12-13). 

Jesús comienza el discurso con algunas aclamaciones repetidas: «¡Bienaventurados!». ¿Cómo traducir este grito? ¿Felices? ¿En camino, según la elección de André Chouraqui? 

Ciertamente, el adjetivo «bienaventurado» no excluye contradicciones, fatigas y sufrimientos, sino que se dirige precisamente a quienes viven una situación de necesidad: pobreza, llanto, persecución..., a quienes renuncian a un alto precio a la violencia y la agresividad, renuncian a la venganza, a la mentira y a la hipocresía del corazón. 

¡Bienaventurados! Ocho veces resuena este grito de Jesús, que llega a los oyentes pidiéndoles que lean su propia situación, que disciernan con quién se sitúan en el mundo y, por tanto, que se conviertan, que cambien su forma de pensar y de comportarse. 

Por desgracia, lo olvidamos, pero las bienaventuranzas llevan inscrita en sí mismas la urgente necesidad de la conversión y, a través de ella, de alcanzar la promesa que enmarca las aclamaciones: «porque de ellos es el Reino de los Cielos». 

Sí, el Reino de los Cielos es suyo porque, si son o se vuelven pobres, llorosos, mansos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, puros de corazón, pacificadores, perseguidos por la justicia, ya ahora, en la vida terrenal, permiten que Dios reine sobre ellos, por lo que el Reino de Dios ha llegado para ellos, es su «porción» (cf. Sal 16,5). 

Esta realidad será evidente en el mundo venidero, pero la fuerza de Dios y la esperanza del creyente ya transfigura el presente. 

¿Qué es el Reino de Dios? Podemos decir con sencillez que es el amor de Dios que vence al mal y a la muerte, y esta acción ya se produce ahora en los creyentes que viven la lógica del Reino. 

El discurso de la montaña iniciado por las bienaventuranzas no es una carta ni un código, sino que pretende ser una orientación indicativa para una comunidad que hace de Jesucristo el único intérprete de la Ley de Dios y el único juez del comportamiento humano. 

Por lo tanto, es un discurso que hace uso de hipérboles, que puede parecer paradójico, que está en continuidad con la Ley dada a Moisés y, al mismo tiempo, la trasciende: nada de la Ley se contradice o se vacía de significado (cf. Mt 5,18), pero todo se somete a la interpretación que le da Jesús, el intérprete definitivo. 

Intentemos, pues, escuchar con sencillez las bienaventuranzas, leyéndolas y releyéndolas varias veces, con la fe de que la palabra de Dios contenida en ellas puede llegar sin comentarios a nuestro corazón y concedernos no un conocimiento intelectual, sino un conocimiento superior, en la adhesión a Jesús, en la esperanza que solo él puede infundir en nosotros, en la caridad que es su Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). En este sentido, procedamos con una paráfrasis de las bienaventuranzas, para no vaciarlas de significado o, peor aún, malinterpretarlas. 

«Bienaventurados los pobres de espíritu». Felicidades a los que son pobres también en espíritu, en el corazón, a los que son pobres materialmente pero interpretan su condición como un grito dirigido a Dios, que espera de Él la respuesta. Estos, que están encorvados bajo el peso de los humanos, ante Dios se sienten expectantes; tienen fe en Jesús, rostro definitivo de Dios, aquel que «siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (cf. 2 Cor 8,9), que se despojó de sí mismo (cf. Fil 2,7) y, por tanto, puede acoger a los pobres en su comunión. Podríamos decir que esta primera bienaventuranza resume todas las demás. 

«Bienaventurados los que lloran», los que bajo el peso de la dura tarea de vivir están afligidos, heridos hasta el punto de tener que lamentarse o, simplemente, llorar. Hay hombres y mujeres para quienes la vida difícilmente parece un don que los alegra y a quienes no sabemos o no queremos consolar. Felicidades porque es cierto que «serán consolados» por Dios mismo y ya ahora, a través del Espíritu Santo, pueden dar sentido a su sufrimiento y no desesperar. Según el profeta Isaías, consolar a los afligidos también forma parte de la misión del Mesías (cf. Is 61,2), pero no hay que olvidar que Jesús también lloró en su vida (cf. Lc 19,41) y en su pasión (cf. Heb 5,7). 

«Bienaventurados los mansos». He aquí un comentario a la primera aclamación. ¿No es el Reino de Dios sinónimo de «la tierra prometida» que se va a heredar? Al escuchar este grito de Jesús, además, recordamos las palabras con las que Él encarna esa bienaventuranza: «Yo soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), como el Siervo del Señor profetizado por Isaías, profeta no violento, hombre que no se impone (cf. Mt 12,15-21; Is 42,1-4). 

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», que en su corazón tienen el deseo de que se cumpla no su propia justicia, sino la de Dios, la justicia que Dios quiere y hace, haciendo justo al creyente humilde. Es una justicia que salva y que obra como en el Mesías, hecho por Dios «justo y salvado» (Zc 9,9; cf. Mt 21,5). No se puede restringir esta bienaventuranza solo a los cristianos: muchas personas que no han conocido a Cristo tienen esta hambre y luchan por ella, gastan su vida, permaneciendo «justos», coherentes con su pasión. ¿Quién puede rebatir esta felicitación de Jesús? ¿Quién puede restringirla? Bienaventurados, porque Dios los saciará con la justicia definitiva del Reino, porque habrá un juicio final del Hijo del hombre y quienes hayan tenido esta hambre y hayan actuado en consecuencia serán proclamados bienaventurados e invitados al Reino (cf. Mt 25,34). 

«Bienaventurados los misericordiosos», los que practican esta actitud, cargada de ternura y perdón hacia los demás: todos somos deudores de los demás, todos tenemos algo que debe ser perdonado. Y entonces Jesús anuncia: felicidades a quien hace misericordia, porque Dios le hará misericordia a él (cf. Mt 6,14-15; 7,2; 18,35; St 2,13). La misericordia es corazón para los miserables, es perdón para quien ha pecado, es cuidado para quien se encuentra en necesidad y en sufrimiento. Precisamente sobre esta bienaventuranza seremos juzgados al final de los tiempos: quien haya omitido hacer misericordia al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo, al enfermo, al prisionero, no encontrará misericordia (cf. Mt 25,41-45). 

«Bienaventurados los limpios de corazón», aquellos que tienen el corazón, fuente de sus sentimientos y acciones, íntegro, indiviso, conforme al de Jesús. Se le pide a Dios tener un corazón unificado (cf. Sal 86,11), quitar el corazón de piedra y dar un corazón de carne (cf. Ez 11,19; 36,26), para no tener un corazón doble (cf. Sal 12,3). Si hay esta transparencia, esta integridad, entonces se tiene el don de ver a Dios en la fe y de verlo en el Reino cara a cara. 

«Bienaventurados los que trabajan por la paz», los que trabajan por la reconciliación, por la comunión entre hermanos y hermanas, entre todos los seres humanos; los que derriban muros, no levantan barreras, construyen puentes, renuevan con convicción el diálogo, se ejercitan en la comunicación amable y sincera. Estos son llamados hijos de Dios porque esta es la primera acción de Dios hacia la humanidad: reunirla en paz, reconciliarla. 

Por último, «bienaventurados los perseguidos por la justicia», bienaventuranza desarrollada con una palabra dirigida directamente a los discípulos: «Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan» ... Felicitaciones a las víctimas de la injusticia, la opresión y la tiranía, porque han sabido resistir y, por tanto, afirmar la justicia de Dios contra la injusticia de este mundo. Los discípulos deben saberlo: en un mundo injusto, el justo es motivo de vergüenza, por lo que es hostigado y, si es necesario, incluso asesinado (cf. Sab 2,1-20). Como les sucedió a los profetas, como le sucedió a Juan el Bautista, como le sucedió a Jesús, así les sucede a quienes siguen su camino. Pero, paradójicamente, ¡felicidades, porque tienen plena comunión con Jesús en todo, incluso en los sufrimientos! 

Todo nuestro deseo por querer vivir las bienaventuranzas fue iniciado por el mismo Jesús de Nazaret que abrió el camino de aquella humanidad santa ofreciéndonos su ejemplo. Jesús es a quien Dios ha dirigido en primer lugar estas bienaventuranzas hasta encarnarlas en su persona. 

Las bienaventuranzas proponen al discípulo de Jesús que sea una obra maestra de humanidad alternativa, es decir, nueva. O lo que es lo mismo, santa.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de octubre de 2025

La inspiración contracorriente y transformadora de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 -.

La inspiración contracorriente y transformadora de las bienaventuranzas - San Mateo 5, 1-12 - 

«Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña...». 

La página de las bienaventuranzas, texto evangélico que cada año se repite en la Fiesta de Todos los Santos, presenta ante todo la mirada de Jesús, una mirada que no solo ve lo invisible, sino que ve de manera diferente lo que otros ven. 

Su mirada, que encuentra elocuencia en las bienaventuranzas, rehabilita condiciones consideradas indignas, humillantes, marcadas por una vergonzosa debilidad, en la sociedad de la época. 

Tanto lo humano como lo divino son vistos por Jesús con un ojo particular, que trastoca las miradas habituales tanto sobre el hombre como sobre Dios. 

San Pablo dirá, después de haber conocido la ceguera que le hará capaz de ver, después de haber reconocido que la luz que le guiaba no era más que oscuridad y que su mirada estaba viciada por el mal celo: «Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios; Dios ha elegido lo débil del mundo para confundir a los fuertes; Dios ha elegido lo ignominioso y despreciado del mundo, lo que no es nada, para reducir a la nada las cosas que son» (1 Cor 1,27-28). 

La lógica de la cruz, de la muerte y la resurrección, aún invisible a los ojos de la mayoría, ya está presente en las palabras y en la vida de Jesús y emerge en las bienaventuranzas. 

San Mateo sitúa las bienaventuranzas al comienzo del ministerio de Jesús. Sin embargo, estas palabras parecen más adecuadas para un momento avanzado de la vida de un hombre, porque son el fruto de una larga maduración, de un trabajo interior arduo y, sobre todo, profundo. Pero San Mateo las sitúa al principio, casi como si se tratara de una especie de discurso programático. 

En cualquier caso, las bienaventuranzas son el resultado de un trabajo interior, de reflexión, de observación de lo humano, de lectura de uno mismo, de comprensión de Dios, de un ejercicio de traducción a la práctica de la figura de Dios aprendida de las Escrituras, de un ejercicio de conexión entre la voluntad de Dios que surge de la meditación de las Escrituras y la vida cotidiana de las personas, los pescadores y las amas de casa que aparecerán en sus parábolas, los viñadores y los campesinos que formarán parte de sus narraciones sobre Dios, los enfermos físicos y psíquicos hacia los que mostrará una actitud que no se inventa en el momento, sino que nace de una larga maduración. 

Sus palabras también muestran haber pasado por una larga y oculta gestación, gestación que tampoco el Evangelio hace visible, o mejor dicho, solo permite adivinar, porque no nos dice nada o casi nada sobre lo que Jesús hizo y vivió antes de su ministerio público. 

Al situar las bienaventuranzas al comienzo de la actividad pública de Jesús, San Mateo nos sugiere la formación de la humanidad de este hombre en el tiempo que precedió a los acontecimientos de los que hablan las narraciones evangélicas. 

Jesús habla como sabio, enseña, dice San Mateo, habla como maestro. 

Las bienaventuranzas son ante todo una enseñanza. La enseñanza es transmisión de vida y nace de una experiencia. Jesús comunica a los discípulos lo que ha vivido, donde vivido no significa simplemente sucedido, sino elaborado, revivido interiormente, pensado y puesto ante Dios. Lo vivido no es realmente tal si no se revive en el corazón, en la mente, en el alma. 

No basta con llorar o ser perseguidos para ser bienaventurados. Para decir que los pobres, los mansos o los perseguidos son «bienaventurados» y añadir la motivación, «porque», es necesario haberlo vivido no solo exteriormente, sino también interiormente. 

El hombre no vive de hechos, sino de historia, no vive de crónicas, sino de narraciones. Decir «bienaventurados» y añadir «porque» implica un trabajo interior y espiritual que ha forjado una competencia, un saber y una sabiduría. Ha forjado un hombre libre, que sabe hacer algo positivo incluso de situaciones de llanto, de dolor, de fatiga. 

Enseñar es indicar un camino a seguir, a recorrer. Y así, las bienaventuranzas son una invitación y un estímulo: vosotros, los pobres, vosotros, los misericordiosos, vosotros, los afligidos, vosotros, los perseguidos, vosotros, los mansos, no os desaniméis, sino caminad, seguid el camino, seguid adelante, mantened la mirada fija en la meta, dejad que os atraiga lo que tenéis delante y no os dejéis frenar por lo que hay detrás, caminad confiando en estas palabras de Jesús que abren un horizonte de vida. 

Este camino de felicidad es el camino hacia lo esencial, hacia la sencillez. El Hermano Roger de Taizé expresó muy bien el carácter propio de este camino de las bienaventuranzas: 

«Lo que hace feliz una existencia es avanzar hacia la sencillez: la sencillez de nuestro corazón y la de nuestra vida. Para que una vida sea bella, no es indispensable tener capacidades extraordinarias o grandes posibilidades: el humilde don de la propia persona nos hace felices». 

Enseñar es también prometer. Es poner por delante un futuro, es ofrecer ahora las condiciones para lo que podrá ser verdad mañana. Las bienaventuranzas, como promesa de felicidad, son una invitación a la belleza, a trabajar la propia vida hasta convertirla en una obra maestra. 

Pero más que de felicidad, el hombre necesita sentido, y las bienaventuranzas, como promesa, atestiguan que se puede encontrar sentido incluso en lo absurdo del dolor, que el mundo se puede vivir incluso en lo insoportable de la persecución, de la violencia sufrida, de las situaciones de guerra y no de paz. 

Revelaciones de la experiencia de Jesús, las bienaventuranzas se convierten en revelaciones de la vida que nos es posible si encontramos raíces en la humanidad de Jesús. Entonces comprendemos que también la persecución y la aflicción, la ausencia de paz y la falta de justicia, la fealdad y la ausencia de santidad, son situaciones que pueden abrir a la bienaventuranza enseñándonos a trabajar por la paz, a practicar la misericordia, a vivir con mansedumbre. 

Las bienaventuranzas nos enseñan que también hay una enseñanza en la realidad, nos enseñan a aprender de la realidad misma, incluso de las realidades dolorosas y amargas, como a menudo hizo el mismo Jesús, el hombre de las parábolas. Y como los poetas entienden mejor que los teólogos y exégetas. 

La autoridad de la enseñanza de Jesús no es un conocimiento abstracto, sino la comunicación de una experiencia vivida; no es una enseñanza sobre Dios, sino una revelación de algo de Dios; no es un discurso ajeno al hombre, sino la indicación de un camino que el hombre puede recorrer. 

Las bienaventuranzas son una palabra que sintetiza quién es Jesús mismo (Jesús es el hombre de las bienaventuranzas; la primera clave de lectura de las bienaventuranzas es cristológica), pero también son una palabra que revela quién es Dios (Jesús se expresa con extrema autoridad sobre Dios: afirma que el Reino de los cielos, es decir, de Dios, pertenece a los pobres de espíritu y a los perseguidos por la justicia, dice que los puros de corazón verán a Dios, que los pacificadores serán llamados hijos de Dios). 

Y, por último, las bienaventuranzas revelan también cuál es el camino hacia una humanidad humanizada, una humanidad capaz de narrar a Dios: pobreza de espíritu, mansedumbre, misericordia, pureza de corazón, pacificación, búsqueda de la justicia hasta asumir e integrar también la persecución y el sufrimiento por causa de la justicia. 

En estas palabras, en las que Jesús proclama bienaventurados a los que son mansos y a los que son misericordiosos, está la sabiduría de quien sabe que no basta con realizar un gesto de mansedumbre o de misericordia, sino que hay que perseverar en la mansedumbre, habitar la misericordia, establecer la morada y habitar estas realidades de forma estable para conocer su bienaventuranza. 

Hay que amar las bienaventuranzas y permanecer fieles a ellas, obstinadamente, incluso cuando parecen perdedoras, inútiles, improductivas, estériles. Detrás de las bienaventuranzas está la experiencia de quien ha llegado a comprender que estas realidades se bastan a sí mismas, tienen valor en sí mismas, independientemente de lo que cambien en los demás y en la realidad. 

Aquí se esconde su fuerza transformadora: nos enseñan a ser misericordiosos, mansos, pobres de espíritu, a asumir la aflicción y la persecución como momentos de seguimiento de Jesús. Las bienaventuranzas nos recuerdan que el único poder que tenemos no es cambiar a los demás, sino a nosotros mismos. 

San Francisco de Asís diría aquello de «predicad siempre el Evangelio, y si es necesario, también con palabras». Quien evangeliza es quien vive el Evangelio en primera persona. La pureza de corazón y la pobreza de espíritu, la mansedumbre y la misericordia son fuente de bienaventuranza porque transforman a quienes las viven y perseveran en ellas. 

Las palabras de las bienaventuranzas solo pueden decirlas quienes conocen esta profunda labor porque la han realizado. Por eso, tal vez, las bienaventuranzas nos parecen a menudo tan hermosas y tan inalcanzables, tan elevadas y tan lejanas, porque a menudo somos ajenos al trabajo que las ha hecho nacer. 

Las bienaventuranzas son el fruto de la purificación de la mirada del corazón, que sabe ver incluso las situaciones de vida absolutamente penosas y dolorosas no solo como una realidad de la que huir o temer, sino como una oportunidad de humanización y de vida evangélica. 

Las bienaventuranzas nacen del silencio y del sufrimiento, de la lucha interior y de la soledad. Son palabras cuyo poder se esconde en su verdad inagotable: una verdad probada por el mismo Jesús, que vivió en sí mismo lo que ahora puede proclamar como autoritario y verdadero para todo ser humano. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...