No demasiado rápido
Ya estamos otra vez.
Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones y se escucharon cánticos que reclamaban: «santo subito».
Todos recordamos que las mismas pancartas y los mismos cánticos aparecieron también a la muerte del Papa Juan Pablo II o del Papa Benedicto XVI.
En el caso del Papa polaco, se puede decir que la Iglesia oficial aceptó la petición y canonizó, a toda prisa, a Juan Pablo II. Digo a toda prisa, teniendo en cuenta los plazos que normalmente se requieren para llegar a la canonización.
El amor por el Papa Francisco es evidente en algunos de nosotros. Pero no es necesario convertirlo en santo de inmediato.
El Papa Juan Pablo II murió en 2005, fue declarado beato en 2011 y canonizado en 2014, solo nueve años después de su muerte, junto con el Papa Juan XXIII. Este, sin embargo, había fallecido en 1963 y, por lo tanto, tardó 51 años en subir a los altares.
Un observador externo, no especialmente versado en asuntos de la Iglesia y la Curia, podría concluir que el P Juan pablo II fue un santo formidable, mientras que el Papa Juan XXIII fue un santo más o menos: 51 años son realmente unos cuantos años. Conclusión inevitable cuando no se siguen las reglas y las prácticas.
La petición que se repite dice algo obvio que ya se sabe y se sabe bien: mucha gente, y muchos creyentes en particular, hemos querido al Papa Francisco. Y esa simpatía impulsa esa petición. Sin embargo, ante una petición tan obvia, vale la pena recordar algunas verdades, al menos tan obvias como la petición.
En primer lugar, se puede amar a un hombre de Iglesia sin que sea santo. Todos recordamos a un presbítero, a un laico, a un pariente… a quien, si dependiera de nosotros, pondríamos inmediatamente en los altares. Pero esa persona amada y admirada como gran creyente no ha acabado en los altares y nunca acabará allí. Esto no impide ni nuestra admiración ni nuestra convicción: ese presbítero, esa persona que conocí y admiré, es un santo.
Esto, por cierto, no solo se aplica a los creyentes particulares y desconocidos, sino también a ilustres hombres de Iglesia.
Volviendo al Papa Juan XXIII, durante los más de cincuenta años en los que aún no era santo, multitudes de peregrinos siguieron visitando los lugares de la vida y la muerte del «Papa Bueno», quien, por lo tanto, era considerado universalmente «bueno» incluso antes de ser elevado a la gloria de los altares. Se podrían citar cientos de casos similares. El Papa Francisco los llamó «los santos de al lado».
Si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada por dedicar unos años a reflexionar sobre esa historia de santidad.
Hasta entiendo que detrás del deseo de su declaración como santo no se revele tanto una pasión particular por la santidad sino que más bien se pida que la Iglesia sancione nuestras convicciones, nuestras emociones, nuestros afectos.
Y, sin embargo, si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada si se dedican algunos años a reflexionar sobre esa historia de santidad, para comprenderla más a fondo. De modo que esa figura sea realmente una figura que hable a todos, y no solo a algunos: al fin y al cabo, es mejor una convicción serena de muchos que una pasión ardiente de pocos.
En otras palabras, es mejor que la Iglesia vuelva a los tiempos de la sabiduría, tiempos largos también a la hora de proclamar a sus santos. Además, ya hay muchos santos (y los Papas de épocas cercanas a nosotros son casi todos santos) y yo no soy más santo solo porque la Iglesia haya proclamado, con toda prisa, a un nuevo santo. Ser santo es posible. Pero no de inmediato.
«Era un hombre de Dios, pero no es necesario convertirlo en santo»: así se podía resumir el juicio del Cardenal Carlo Maria Martini sobre la santidad del Papa Juan Pablo II, tal y como se desprende de la «declaración» como testigo que figura en las actas del proceso.
Mutatis mutandis, y de manera análoga, hasta se podría decir del Papa Francisco.
Yo creo que sobre la conveniencia o no de beatificar y canonizar a los Papas, dado que ya son conocidos y divulgados en cada acto y palabra, habría que contemplar si no es hasta más «provechoso», para la vida de los cristianos, señalar a personas ejemplares que vivieron en el anonimato la santidad.
Con lo que, en otras palabras, hasta creo que es mejor elegir a los santos entre la gente común. Porque, así lo creo, estamos llenos – sobresaturados - de causas que atañen a personajes muy conocidos (papas, obispos, presbíteros, mártires, monjas y monjes,…) y me parece más conveniente buscar más bien a los santos desconocidos, por ejemplo y especialmente laicos, es decir, a los miembros del estamento llano del Pueblo de Dios, sino a los del Pueblo Profético, Real y Sacerdotal que son los que constituyen una novedad en la forma de vivir el Evangelio en la vida cotidiana de su condición laical… que es la mayoritaria en nuestro devenir.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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