sábado, 18 de abril de 2026

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -.

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -

Estaban convencidos de que, para encontrar la paz, bastaba con dejar atrás Jerusalén y a la pandilla de ilusos como ellos.

 

En realidad, a medida que avanzaban hacia Emaús, descubrían que las cosas no eran exactamente así.

 

Es más: a veces ocurre que, incluso con el paso del tiempo, resurge un mundo que creíamos muerto y enterrado.

 

De hecho, justo cuando habían emprendido el camino de vuelta a casa, ahí estaban, incapaces de dejar de pensar en lo que les había sucedido apenas dos días antes.

 

Habían soñado despiertos mientras seguían a Jesús, que hablaba como nadie lo había hecho antes, que realizaba prodigios y señales, que era buscado y rodeado por una humanidad tan variada como el camino de cada hombre.

 

Habían creído y se habían comprometido con aquel hombre al que no tardaron en reconocer como el Mesías esperado. ¿Pero y después? «Nosotros esperábamos…», confesarán con amargura poco después.

 

De repente se dan cuenta de que alguien acelera el paso para alcanzarlos.

 

Es uno como ellos, pero desconoce cuál es el motivo de la tristeza que se lee en su mirada antes que en sus palabras.

 

Y, según el estilo propio de Dios, se acerca a ellos partiendo precisamente de su condición: en este caso, en la hora de la aflicción, Tomás en la hora de la duda, María Magdalena en el momento del llanto, los Once mientras están presa del miedo.

 

Siempre así: se pone en nuestra piel, sea cual sea nuestra situación.

 

El tema que anima la discusión es sin duda algo candente. Los tonos resultan bastante acalorados. No podía ser de otra manera.

 

¿Acaso no es cierto que solemos hablar de lo que más nos importa? ¿Y que nos importa lo que para nosotros es el sentido de la vida, y el sentido de la vida es aquello o aquel a quien amamos?

 

Efectivamente: están hablando de él, del Señor, de aquel que se ha puesto a su nivel.


Y justo cuando la conversación se vuelve más acalorada, ahí está él, interviniendo no con un discurso, sino con una pregunta que capta, aquí y ahora, qué ha sucedido para perturbar su estado de ánimo. «¿De qué habláis? ¿Qué os preocupa?»

 

¡Qué delicadeza pedagógica!

 

La pregunta que plantea Jesús se inscribe en la escucha de lo que preocupa a sus interlocutores.

 

No da discursos, sino que les deja hablar.

 

Si hubiéramos estado en su lugar, sabiendo cómo habían ido realmente las cosas, no habríamos dudado en poner los puntos sobre las íes. Nada de eso.

 

La pregunta, ante todo.

 

Hay momentos, de hecho, en los que más que una respuesta necesitamos a alguien capaz de llevar nuestro peso, de compartir nuestro dolor.

 

Y, así, precisamente el interés por ellos comienza a encender el corazón. Habla de manera que enciende algo que suena como una forma diferente de leer las cosas.

 

El maestro es aquel que sabe reavivar las brasas encendidas bajo la ceniza que se ha depositado sobre ellas.

 

El dolor que llevan en el corazón aún no ha apagado del todo la mecha humeante de la fe. Esto se deduce de la descripción tan detallada de cómo habían ido las cosas.

 

Jesús, por otra parte, percibe que los dos, como todos nosotros, no necesitan condena sino atención, no una sentencia, sino compañía, no prescripción sino consuelo, no una palabra gritada sino una susurrada al corazón: necesitaban una caricia, no un palo.

 

Solo son un poco lentos a la hora de confiar, pero esta confianza no se ha apagado en absoluto en su interior, como tampoco en el nuestro.

 

La gracia, aquella tarde camino de la noche, la gracia en nuestras noches, es encontrar a alguien que no apague, sino que haga que la llama apagada recupere su vigor.

 

Había dado a entender que la experiencia del Gólgota no debía interpretarse ante todo como un fracaso, sino como una revelación: allí se había revelado la forma en que cada hombre es querido por Dios.

 

La cruz revela siempre quién es Dios y quién es el hombre. Es la prueba la que mide lo que cada uno lleva en su corazón (cf. Dt 8,2).

 

Hablamos un poco precipitadamente de resurrección, pero olvidamos que se trata de una Pascua, de una laceración, de algo que se rompe, se parte, se abre para que suceda otra cosa.

 

No hay ninguna petición en las palabras de Jesús.


 

Y es aquí donde surge espontáneo el impulso del corazón: «Quédate, quédate con nosotros porque ya es tarde».

 

Parece un gesto de atención hacia él, que solo querría continuar en la noche, pero en realidad están confesando todo lo contrario: «Una presencia como la tuya es la que necesitamos cuando el sol se pone, incluso antes de que se ponga sobre nuestros días, en nuestros corazones».

 

No podía ser de otra manera: las suyas no eran palabras vacías, sino que, mientras habla, calientan; mientras articula sonidos, no solo acarician los oídos, sino que encienden el corazón.

 

No tuvieron tiempo de abrir los ojos mientras lo reconocían en su gesto más característico, el de partir el pan, cuando él ya había desaparecido.

 

La suerte de los dos de Emaús fue precisamente haberse dejado interrogar por un desconocido sin encerrarse en su decepción.

 

Necios, pero no tanto como para rechazar un diálogo; tardos de corazón, pero no hasta el punto de quedarse sentados al borde del camino.

 

No, nos centremos tanto en qué ven los discípulos, qué oyen, qué dicen; sino en el cómo: cómo se muestran dispuestos a acoger un encuentro inesperado, cómo se presentan ansiosos de una palabra que tenga sentido, cómo se dejan acompañar, cómo se conceden la libertad de que se les explique lo que creen saber ya, y que en realidad no saben.

 

Porque reconocer a Jesús, en el fondo, y según la lección de Emaús, significa recordar que su lugar está en otra parte. En otra parte, no donde pretendemos que esté.

 

Y esto nos empuja siempre a buscarlo para que Él se haga el encontradizo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -.

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 - Estaban convencidos de que, para encontrar la paz, bastaba con dejar atrás...