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sábado, 22 de agosto de 2026

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -

Lo sabemos, pero conviene recordarlo: un relato nunca es objetivo. 

Todo el mundo lo dice, aunque a menudo no nos detenemos lo suficiente para darle importancia: quien quisiera hacer un relato preciso y detallado de algo que ha sucedido, incluso con toda la buena voluntad del mundo, no podría pretender ofrecer la única versión veraz y cierta de lo ocurrido. De hecho, su relato seguirá siendo siempre un testimonio desde su propio punto de vista, que, por lo tanto, puede acentuar un aspecto y pasar por alto otro. 

Todo esto resulta aún más evidente si tenemos un texto como este relato evangélico, que no pretende ser una crónica histórica y objetiva, ni mucho menos. 

San Juan, al igual que los demás, nos lo dice claramente: el evangelio quiere suscitar la fe, le interesa que el oyente crea que Jesús es el Cristo. 

Y cada Evangelio tiene esta preocupación dirigida a un público concreto, y por eso utiliza un lenguaje diferente en cada caso, porque convencer a un judío no es lo mismo que convencer a un pagano. Se necesitan medios, estrategias y lenguajes diferentes. 

Esta introducción puede ser necesaria para leer e interpretar este pasaje evangélico. 

En la llamada «confesión de Cesarea», Jesús plantea la pregunta decisiva: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?», a lo que Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo». 

Esto es lo que nos cuentan todos los sinópticos. 

Pero San Mateo, porque escribe desde su propio punto de vista, quiere dar el reconocimiento que merece a la hermosa respuesta de Pedro y, por eso, introduce una especie de «investidura» de Pedro como roca sobre la que la comunidad puede crecer. 

En sí misma, esta inserción resulta casi irónica. Al final del pasaje, de hecho, se dice: «Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo». En definitiva, parece que las palabras de Jesús dirigidas a Pedro cayeron en saco roto… 

Este hecho quizá nos lleva a una reflexión, tal vez trivial pero que creo importante: justamente más delante de este relato evangélico leemos que la verdadera prueba de valía no es dar la «respuesta exacta», sino saber asumir su peso, ser conscientes de qué Cristo es Jesús. 

El verdadero corazón de la Iglesia, pues, es la confesión de Pedro, no Pedro. 

Durante siglos se ha construido una teología en torno a estos versículos, sintiendo quizá la necesidad de encontrar un centro de gravedad, un punto firme en torno al cual construir la Iglesia. 

Por desgracia, nos hemos olvidado de que el verdadero centro, el verdadero punto de referencia estaba unos versículos antes: no en Pedro, sino en sus palabras, en su fe en el Hijo de Dios. 

Porque este es el único fundamento que cada uno debe reconocer para poder salvarse. 

Recordemos el final, el famoso secreto mesiánico. Este es el misterio que no hay que desvelar, porque la fe no debe imponerse, sino que debe ser atestiguada y acogida libremente por cada uno. 

Por eso, tal vez, Jesús no dice que no se le diga a nadie que Pedro es la piedra, porque no es eso lo que hay que reconocer y, aunque se proclame, se defienda o se anuncie, no es eso lo que mantiene unida a la Iglesia. 

La roca de la Iglesia, la llave del Reino, es aquel o aquella que, iluminado por el Padre, confiesa: «No yo, sino Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 -.

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio nos ofrece una imagen sencilla y muy poderosa: una llave. 

Me viene a la mente Las llaves de casa que narra el reencuentro, tras años de separación, entre un padre y su hijo discapacitado. El viaje abre mucho más que un camino: abre una relación. Porque las llaves más difíciles de encontrar no son las que abren una casa. Son las que abren a una persona. 

Las llevamos en el bolsillo cada día sin pensar en ello. Hasta que un día las perdemos. Y entonces no solo tememos una puerta cerrada. Tememos haber perdido una orientación, un sentido de pertenencia, el camino a casa. 

Recibir una llave es uno de los gestos más profundos de la vida. Significa: esta casa también es tuya. Entregar una llave significa depositar confianza. Por eso perderla nos inquieta tanto. 

Quizá por eso, en la Biblia, las llaves se convierten en símbolo de responsabilidad y custodia. 

Cada umbral exige a alguien capaz de abrir sin poseer. 

«Te quitaré el cargo, te derribaré de tu puesto». Isaías cuenta que Dios le quita las llaves a Sebna y se las confía a Eliaquim: «Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David». ¿Por qué? Porque Sebna había olvidado que la casa no era suya. Había convertido un servicio en una posesión. 

Llama la atención un detalle: la llave se coloca sobre el hombro, no en la mano. Las llaves pesan. Toda autoridad es una carga que hay que llevar, no un privilegio que ejercer. Las llaves siempre pertenecen a la casa. Nunca al guardián. 

Antes de entregar las llaves a Pedro, Jesús le hace una pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» Las llaves surgen de una relación. Pedro no recibe un poder. Recibe una confianza. No es el mejor. Vacilará. Tendrá miedo. Negará a Jesús. Y es precisamente a él a quien Jesús confía el Reino. Porque ha aprendido que nadie se salva por sí solo. 

Con demasiada frecuencia nos hemos imaginado las llaves de Pedro como un símbolo de dominio. Jesús piensa lo contrario. Quien recibe las llaves no se convierte en dueño de la puerta. Se convierte en guardián de un umbral. No decide quién entra. Anuncia que la puerta ya está abierta. 

La Iglesia es fiel a su Señor no cuando multiplica las cerraduras, sino cuando abre posibilidades de encuentro. 

Las llaves existen para abrir. Toda esclavitud nace, en cambio, cuando alguien quita a otros las llaves de su propia vida. Las llaves de la libertad. Del trabajo. De la dignidad. Del futuro. 

Y ocurre en toda situación en la que una persona ya no puede decidir sobre su propia vida. 

Pero existen, además, llaves invisibles. Son las de la atención, los deseos y la información. Cuando unos pocos concentran datos y poder, corremos el riesgo de entregar también las llaves de nuestro interior. Por eso las mismas tecnologías capaces de crear conexiones pueden alimentar nuevas formas de esclavitud y de dominio. 

Dios confía llaves. Los ídolos construyen cerraduras. El Reino devuelve a las personas la libertad de habitar su propia conciencia. Porque ningún ser humano es una propiedad. Cada persona es un umbral sagrado ante el cual incluso Dios se detiene y llama. 

Quizá las llaves del Reino no sirvan para decidir quién entra y quién se queda fuera. Sirven para abrir. Una casa. Una relación. Una herida. Un futuro. Un corazón. Una ciudad. «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). 

El Evangelio, de principio a fin, nos habla de un Dios que no deja de llamar a la puerta. Con infinita paciencia. Hasta que alguien encuentra el valor para abrir. Y descubre que la casa siempre había estado allí. Con la puerta de par en par. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 3 de mayo de 2026

El santo Cura de Ars: una lección de ministerio ordenado - una charla al Consejo Presbiteral -.

El santo Cura de Ars: una lección de ministerio ordenado - una charla al Consejo Presbiteral -

El Cura de Ars era un hombre humilde, sin grandes dotes ni recursos. Le costó bastante llegar a ser presbítero, aunque ya desde muy temprano había empezado a pensar en esta elección de vida.

 

Fue ordenado a los 29 años, tras superar no pocas adversidades en las que se ponía de manifiesto su tenacidad por permanecer fiel a la vocación que consideraba haber recibido de Dios, precisamente mientras experimentaba la insuficiencia de sus recursos humanos.

 

No tenía una memoria brillante, le costaba comprender y discernir: cabe imaginar las humillaciones y derrotas a las que se vio sometido. Exámenes suspendidos, recriminaciones de todo tipo. La humildad fue sin duda una de las virtudes que más le caracterizaron.

 

Hoy se exalta —incluso en el seno de la comunidad cristiana y del presbiterio— a quien está lleno de sí mismo, a quien tiene una confianza incondicional en sus propios recursos, a quien no se echa atrás ante nada. No pocas veces estas parecen ser las aptitudes necesarias para un candidato al ministerio ordenado.

 

Sin embargo, la humildad es la virtud que no puede faltar en un cristiano y, mucho más, en un presbítero y en quien se prepara para serlo. ¿Qué quiero decir? La humildad como conciencia de no merecer el ministerio ordenado, como conciencia de que el don que nos ha hecho el Señor es infinitamente más grande que nosotros: no puedo ser presbítero pensando que me basto a mí mismo, sino solo en una comunión de la que recibo mucho y a la que debo mucho. La humildad como verdad, por usar una expresión de Santa Teresa de Jesús.

 

¿Soy un presbítero humilde? ¿Soy un formando humilde? ¿Cómo he vivido y cómo pretendo vivir la dimensión de la humildad? No hay identidad presbiteral sin humildad. Donde falta la humildad crece la hipocresía, se multiplica la presunción, aumentan las pretensiones hasta el punto de que ya no somos capaces de donarnos a nosotros mismos, sino solo hombres que dilatan desmesuradamente su ansia de éxito.


 

La historia del Cura de Ars fue una escuela que lo moldeó en el camino de la humildad día tras día: pensemos solo en cuántas tentaciones aterradoras sufrió, ¡cuántos desánimos y desesperaciones!

 

Hoy nos hace gracia que este joven presbítero de treinta años tuviera miedo del infierno. Y, sin embargo, debe hacernos reflexionar: ¿no somos quizá demasiado despreocupados? ¿No vivimos con cierta arrogancia algunos dones de Dios que, si tan solo fuéramos conscientes de ellos, no harían más que hacernos temblar? ¿Qué conciencia tenemos de que Él es el Señor?

 

La actitud de humildad es preparatoria para un itinerario vocacional, pero es también lo que constituye una identidad presbiteral seria.

 

Cuando falta ese continuo enfrentamiento entre mi condición de fragilidad y el santo misterio de Dios que se me ha revelado, el ministerio se vuelve repetitivo, aburrido; nos encontramos cansados de hacer siempre lo mismo, de vivir siempre las mismas dificultades. Olvidamos así que, si bien los gestos pueden ser repetitivos, el misterio no se repite: siempre, de nuevo, se realiza y se hace presente.

 

El Cura de Ars nunca estaba frustrado, nunca cansado, nunca decepcionado: sus tentaciones de huida, de hecho, no nacían de estas experiencias, sino de la consternación que le invadía cada vez que volvía a pensar en la inconmensurabilidad del don que se le había concedido.

 

Mientras que nosotros querríamos comprenderlo todo, escudriñarlo todo, este hombre conocía bien un gesto que nosotros hemos olvidado: postrarse ante el sagrario precisamente para saborear el misterio de no comprender y, al mismo tiempo, la alegría de creer y de permanecer fiel.

 

El misterio de mi fragilidad exalta e ilustra la magnificencia del Señor.

 

Este pobre sacerdote —como solían llamar al Cura de Ars— era el continuador de la misión salvífica de Jesús en el mundo, era ministro del amor del Padre.

 

¿Qué significa ser constituidos ministros mediante la ordenación? El itinerario de santidad del presbítero es su ministerio. El ministerio no es un obstáculo para la santidad del presbítero, como si el hecho de ser ministros para los demás nos impidiera pensar en nosotros mismos.

 

Ser ministros no es algo al margen de nuestra identidad presbiteral, sino que debe ser la esencia de nuestro ministerio ordenado. Ejercer el ministerio y ser ministros no son lo mismo. Cuántos, al ejercer un ministerio, se dejan llevar por una actitud de poder y prepotencia. No pocas veces se ejerce el ministerio sin querer ser ministro: se asume una tarea sin querer ser siervos.

 

No he venido a ser servido, sino a servir: también nosotros estamos llamados a ser siervos, sacramento del ministerio de Jesús.

 

Una vez convertido en presbítero, para el Cura de Ars vivir era ejercer el ministerio. No tenía otra cosa que hacer que ser presbítero. Nos cuesta asimilar plenamente esta identidad: basta con pensar en cuánta energía dedicamos a nuestros pasatiempos.

 

El Cura de Ars no tenía un programa de vida: su programa era entregarse a las exigencias pastorales. Esto daba unidad a su ser de presbítero. No había otras razones de vida, no existían otros criterios para decidir qué hacer: entregado al ministerio no con la actitud del amo, sino del siervo.

 

El ser ministro ocupaba su tiempo y sus intereses: pasaba en el confesionario entre 15 y 17 horas al día. Era su ministerio el que tomaba las decisiones por él.

 

¿Cómo imagino mi ministerio? ¿Cómo lo concibo? ¿En qué medida está presente en mí el dualismo entre el ministerio, por un lado, y el itinerario de santidad personal, por otro? ¿De dónde provienen las razones de mi oración? ¿Puede un presbítero decir que su vida de oración personal es una cosa y su ministerio otra?


 

No pocas veces pensamos en el ser presbíteros cada uno a su manera, del tipo: dejadme ser presbítero como yo quiera. Pero, ¿tiene sentido ser presbítero a su manera? El ser ministros se arraiga y surge continuamente del sacramento del ministerio ordenado, por lo que es esencialmente una realidad de comunión.

 

El único sacramento del Orden que recibimos exige la unidad del ministerio. Somos ministros juntos: ¿es así como concibo mi ministerio? Pensemos solo por un momento en las tensiones entre párroco y coadjutor, obispo y presbíteros. ¿Hasta qué punto siento la necesidad de comunión, de fraternidad, de compartir? ¡Pensemos en cuántas divisiones en nombre del ministerio!

 

La biografía del Cura de Ars atestigua que, a pesar de la pobreza de sus recursos, este hombre siempre estaba dispuesto a ayudar a sus hermanos, sin faltar en los momentos difíciles y compartiendo las preocupaciones ajenas.

 

Pensarlo da escalofríos: los santos resuelven los problemas de las grandes doctrinas sin siquiera saber que existen doctrinas. Hay una sabiduría que nace de la santidad de la vida y que no surge de las disertaciones sobre el tema.

 

Al hojear la biografía del Cura de Ars descubrimos que le costó mucho llegar a ser presbítero: hablábamos de las humillaciones sufridas, de la paciencia que tuvo que ejercer. Todos a su alrededor pretendían que él entendiera lo que decía y lo que se decía, y que no fuera solo un hombre de buenos sentimientos: querían que poseyera la verdad para poder transmitirla a los demás. Su vivo deseo era convertirse en presbítero para celebrar Misa.

 

Cuando era niño, de hecho, los presbíteros eran perseguidos, obligados a vivir en la clandestinidad: no era posible oficiar el culto y las Iglesias estaban cerradas. Tenía que recorrer un buen trecho para encontrar un presbítero que celebrara Misa: incluso le tocó participar en una Misa celebrada por un presbítero cismático porque había jurado lealtad a la república subversiva. El Cura de Ars no sabía nada de esto: lo que le atraía era la Misa.

 

Tenía hambre de la Eucaristía: haría la primera comunión a los 14 años en un régimen de clandestinidad, en una habitación cerrada por dentro. El encuentro con la Eucaristía le costó mucho, pero fue precisamente allí donde nació su vocación, de aquella Eucaristía proscrita, reducida a la clandestinidad.

 

Y celebrar Misa sería su ministerio. Su Misa atraía a no pocas personas, ya que en no pocas ocasiones entraba en éxtasis y todos podían deleitarse con un fervor poco común.

 

En una parroquia de 300 almas, solo asistían a Misa las mujeres, ningún hombre; y esto le causaba tal pena que se puso a buscarlos uno por uno. Los trajo a todos, excepto a uno, y ese uno le pesará en el corazón, atribuyéndose a sí mismo, a sus pecados, el motivo de ese fracaso.

 

Su pasión como presbítero se alimentaba de la Eucaristía: en un contexto bastante pobre, se preocupaba por garantizar el decoro de la Liturgia. Pobre como era, contrario a todo lo que es inútil, hizo todo lo posible por embellecer su Iglesia precisamente porque era el santuario de la Eucaristía.

 

La Eucaristía lo unía a los enfermos: no quería que nadie lo sustituyera en llevar la comunión a los enfermos, ni siquiera al final, cuando se le asignó un coadjutor.

 

En un clima rigorista y jansenista, la Eucaristía le suavizó el espíritu, convirtiéndolo en un pastor de misericordia y bondad hasta el punto de que moriría acusado de ser laxista.

 

¿Hasta qué punto percibo la Eucaristía como fundamento e insustituible para mi vida de presbítero?


 

Cuando pienso en mi ser presbítero, ¿cómo me veo? ¿Comprometido en qué? Cuando miramos la vida de muchos presbíteros, son muchas las cosas que vienen primero y que parecen ser la razón de su ser presbíteros: desde las comunicaciones sociales hasta las nuevas pobrezas, pasando por la relación fe-cultura.

 

Si miramos la vida del Cura de Ars, su primer ministerio, el que informaba todo lo demás, era la Eucaristía. ¿Cómo me preparo para ella, cómo la vivo, qué repercusiones tiene en mi vida? ¿Cuál es el hábitat de mi deseo de ser un hombre eucarístico?

 

El Cura de Ars hizo todo lo posible por llevar a los hombres al Señor: cuántas veces nos anima la ansiedad de tener que celebrar Misa en cualquier lugar fuera de la Iglesia, en lugar de hacer que nuestros hermanos se reúnan allí donde el Señor ha elegido habitar.

 

No pocas veces la Eucaristía se convierte en un accesorio y no en el punto de referencia y de inspiración. Es la Eucaristía la que debe condicionarnos a nosotros, y no al revés: somos ministros de ella, no dueños de ella. Ciertamente, el Señor se deja llevar a cualquier lugar, pero nos corresponde a nosotros hacer resplandecer la dignidad y la belleza del misterio celebrado.

 

Cuántas veces, en nuestras catequesis, nos encontramos buscando temas de moda. ¿Quién de nosotros habla ya de la Eucaristía? Nos parece un tema anticuado, que no hay que tocar. Para el Cura de Ars solo existía un domicilio: en la Iglesia, ante el sagrario. Quien lo necesitaba sabía que lo encontraría allí, de día y de noche.

 

El Cura de Ars era un adorador: la adoración de la Eucaristía le hacía capaz de asombrarse, de maravillarse, de entusiasmarse, de sorprenderse. Al hablar, no por casualidad, solía usar a menudo el modo exclamativo, y no solo por su escasa preparación cultural, sino sobre todo porque era un hombre asombrado.

 

No pocas veces se extiende entre nosotros, los presbíteros, la convicción de que la oración es algo diferente, alternativo al ministerio. No pocas veces estamos convencidos de que nuestro ministerio es para los demás hasta el punto de que, aunque celebremos la Misa, no oramos.

 

Nos falta una formación presbiteral en la oración. Ahora bien, el programa de oración de un presbítero es su ministerio. ¿Qué llevamos a la oración si no es nuestro ministerio, es decir, aquellas situaciones que nos involucran, situaciones de las que nos enteramos, situaciones que nos interpelan?

 

La oración es el tejido conectivo de todas nuestras acciones ministeriales, tanto de las sacramentales como de las que no lo son y que, sin embargo, tienen como finalidad el testimonio del Señor en medio de los hermanos.

 

Somos conscientes de que es el Señor quien nos ha constituido sus ministros, haciéndonos aptos para realizar muchas cosas. Pero somos enviados en la medida en que no perdemos el contacto con Él.

 

El Cura de Ars no tenía muchas cosas que hacer salvo ser ministro y orar. Oraba hasta el punto de perder la noción del tiempo, incluso del hambre y la sed. Es la experiencia contemplativa la que sirve de aglutinante a todas nuestras desintegraciones. No pocas veces estamos sometidos al estrés por la forma inhumana en que nos toca vivir, pero también porque aún no hemos aprendido a valorar todos los recursos de la gracia que el Señor ha puesto a nuestra disposición.


 

El Cura de Ars es por excelencia el hombre del confesionario. Si la Eucaristía le llenaba el alma y era una experiencia de comunión con el Señor, el sacramento de la penitencia era su encuentro con la humanidad herida.

 

Su tormento fue descubrir que la mayoría de la gente no se acercaba al sacramento de la penitencia. Esto no le dejaba tranquilo: ante el Santísimo Sacramento se angustiaba porque quería que la gente se reconciliara con Dios. Se sentía culpable porque, si sus feligreses eran pecadores, eso dependía de él, que no había logrado darles a conocer hasta el fondo las insondables riquezas de la gracia de Dios. ¡Cuántas veces era él quien hacía penitencia por los pecados ajenos! Sufrir por el pecador, participar en la pasión y muerte del Señor era para él un criterio de vida.

 

A menudo nos acostumbramos los presbíteros a escuchar confesiones. Pero esa especie de indiferencia ante el pecado ajeno es una trampa que no pocas veces delata la indiferencia ante nuestros propios pecados. El riesgo es convertirnos solo en funcionarios, mientras que los penitentes son meros usuarios de un servicio, sin permitir que se realice esa relación salvífica que es propia del sacramento.

 

Cuando un pecador no deja huella en nuestro interior, solo hemos ejercido una función. Aunque los hayamos confesado uno a uno, la mayoría de las veces lo que nos queda es el número de la estadística. ¿Qué pasión se ha producido en nuestro interior mientras decíamos: «Te absuelvo de tus pecados»?

 

El perdón concedido a los demás es un instrumento de conversión para nosotros. En el sacramento de la penitencia nos hacemos partícipes de la caridad de Dios hacia cada hombre; somos el instrumento a través del cual Dios libera al hombre del pecado; somos la posibilidad de que alguien pueda volver al Padre, quien les reabre las fuentes de la gracia y renueva en ellos la esperanza: «Vete en paz y no peques más».

 

Cuántas personas se acercan al Señor con ánimo contrito: hay días en los que la experiencia de la conversión de alguien a quien regalamos el sacramento de la penitencia puede convertirse en viático para nuestro cansancio y estímulo para nuestra fidelidad, para superar ciertas tentaciones.

 

Todos tienen derecho a llamar a nuestra puerta y a nuestro corazón y a encontrar acogida. Nuestra tarea es ir a buscar a los hermanos. ¡Ay de la actitud de delegar, por la que distribuimos servicios de tal manera que nosotros no estamos en ninguna parte!

 

Hoy todo es una cuestión de organización, de sectores, de pastoral de un aspecto más que de otro. Todo sirve en la medida en que el presbítero sigue siendo ministro de la caridad. No es la organización la que hace la caridad, sino las personas: la caridad, de hecho, es una relación de persona a persona, de corazón a corazón.

 

Quien se encuentre conmigo debe poder decir que ha encontrado al Señor, que ha sido reconocido, mirado y acogido tal y como lo habría hecho el Señor. Nosotros somos el signo del corazón de Dios. Nuestra tarea es la de anticiparnos, de captar al vuelo, de darnos cuenta los primeros.

 

El Cura de Ars amó a su gente como nunca, casi a su merced: los pobres sabían que encontrarían atención en él. Los acogía a la mesa: para ellos no había solo las dos patatas que él solía comer, sino mucho más.

 

No necesitaba preguntarle a su interlocutor quién era o de dónde venía: bastaba con llamar a la puerta y entrar para encontrar acogida.

 

Una de sus atenciones especiales eran los enfermos: se angustiaba cuando no lograba atenderlos como era debido.

 

Cuántas veces —pensemos en nuestros días— nos perdemos en debates interminables para establecer si ciertas cosas nos incumben o no. ¡Cuántos problemas, cuántos debates! Y tal vez quien está en la necesidad no encuentra a nadie que lo escuche.

 

Detestaba el pecado hasta el punto de vivir en angustia, pero el Cura de Ars amaba a los pecadores. Los pecadores se convertían en los financiadores de sus obras de caridad: sabía a quién recurrir.

 

¿Cuánta atención presto a las personas? ¿Me importa conocerlas? ¿Soy capaz de recordar rostros, situaciones, para entrar en la vida de quienes el Señor me confía? ¿Hasta qué punto consigo vivir relaciones de amistad? ¿Soy capaz de establecer una relación humana?

 

En la escuela del Cura de Ars se comprende que no es cierto que el ministerio sea otra cosa que nuestro camino personal hacia la santidad. Este hombre no asistió a una escuela de espiritualidad: simplemente se entregó a su ministerio, que sin duda lo consumió, pero que sin duda le permitió llegar a ser santo.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de abril de 2026

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote


Un sacerdote de una existencia sacerdotal que se hace presente y se realiza cada día. 

Un sacerdote de lunes a domingo. No es un santo; un ser humano, un sacerdote común y corriente, de la vida cotidiana de cada día. 

Un sacerdote como tantos otros, como la mayoría, como casi todos. 

Pienso hoy, 3 de mayo - en el día en que fui ordenado sacerdote -, en ese sacerdocio cotidiano de todas y cada una de las horas del día y de la noche. 

Ese sacerdocio que a menudo damos por sentado. 

Personas con todos sus defectos, miedos, agobios, contradicciones. Personas de las que a veces nos quejamos, a las que a veces ayudamos y de las que a veces somos ayudados. Sacerdotes comunes y corrientes. 

Sacerdotes que tal vez no prediquen de manera atractiva, estimulante e iluminadora. Pero celebran la misa cotidiana de la entrega y de la vida. 

Sacerdotes que a veces son objeto de burla y crítica, que tal vez no entienden hacia dónde va el mundo, y no siempre tienen la palabra adecuada, las ganas de abrir la puerta, la fuerza para sostener. 

Sacerdotes que tal vez no siempre sean los adecuados, que no brillan en la iniciativa, que frenan el paso ante las cosas nuevas o las acompañan con prudencia. 

Sacerdotes que tal vez sientan los dolores de la soledad, el miedo al aislamiento, el cansancio de la fraternidad. Sacerdotes que tal vez sientan el peso de la obediencia, el coste de la pobreza, el esfuerzo de la castidad. 

Sacerdotes que, sin embargo, permanecen fieles; que tal vez critiquen pero que no desobedecen. 

Sacerdotes que están allí. Y que permiten a quienes se acercan a ellos recibir el perdón de Dios y el alimento de su cuerpo. Porque Cristo decidió así hacerse presente. A través de sus manos, sus corazones, sus vidas. 

Sacerdotes de las llanuras, que no habitan ni en las alturas de la gracia ni los barrios bajos del pecado. 

Sacerdotes de las tierras bajas y de las llanuras. En la llanura, al fin y al cabo, vivimos todos, que a menudo tenemos muchas exigencias que cargar sobre los hombros de estos hombres. 

Sacerdotes cotidianos, a quienes siempre comparamos con el Buen Pastor: un criterio elevado, que ellos también conocen y al que, con mil compromisos, poco tiempo y alguna desilusión, intentan parecerse. Y a quién dieron sus vidas. 

Sacerdotes de entre semana, como nosotros, con nuestras luces y nuestras sombras. 

Sacerdotes para amar, en sus defectos y en sus talentos, porque son seres humanos como nosotros. 

Sacerdotes cotidianos, como es la fe cristiana: una fe para el pueblo mezclada con trigo y cizaña. 

Sacerdotes que, si no son visitados por lo inesperado, fluyen por la vida de este mundo como los hombres y mujeres que encuentran entre semana. 

Sacerdotes llaneros, sacerdotes elegidos por un Dios que ama estar entre la gente. 

Dediquemos un pensamiento a estos sacerdotes de o con un sacerdocio de cada día; después de todo, como en todas las guerras, incluso en la larga lucha entre el bien y el mal, son las tropas las que soportan gran parte de la carga. 

Dediquémosles una oración. 

Digamos gracias a estos sacerdotes de cada día de la semana y de todas las horas del mes y del año. 

Gracias por estar aquí. 

Gracias por testificar que Dios nos llama y nos ama aunque seamos imperfectos. 

Gracias por saber testimoniar, en el momento de la prueba inesperada, que vale la pena seguir a Jesucristo. 

Hasta el final, si es necesario, con una entrega tan generosamente gratuita, como calladamente discreta. Sacerdocio de aquel que ha hecho de la propia vida una entrega en la patena y en el cáliz de cada día, amigo de todos los cenáculos y compañero de cada Emaús. Cada día sacerdotal es un día en el que Dios se encarna en tu corazón y en tu mente, en tus silencios y palabras, en tus actitudes y gestos. 

Está claro que sólo se vive amando y cuando el sacerdote ama su estado de vida lo transforma en un lugar de donación amorosa y de vida relacional fecunda, fructífera. 

Decimos que el sacerdote es signo del amor revelado del Padre. Y es verdad. Pero para serlo es necesario vivir plenamente la propia humanidad, sin miedo a las limitaciones, porque siguiendo a Cristo Hombre perfecto, el hombre se hace más hombre, y el sacerdote más sacerdote. 

San Bernardo en el “Discurso del Cantar de los Cantares” dice: "Amo porque amo, amo para amar. El amor es suficiente por sí mismo, se complace por sí mismo y por sí mismo". El amor es razón en sí mismo, no se ama ser buen sacerdote ni ir al cielo: se ama seguir siendo humano. 

El reto del sacerdote es a quién amar y cómo educarse para amar. 

Puedes amar tu papel y tu imagen, y aquí tienes a Don Narciso eternamente en equilibrio entre el amor propio y la incapacidad de dar ni el más mínimo signo de atención hacia los demás. ¿Cómo se sale del narcisismo? Aprendiendo la lógica de Jesús, aceptando las derrotas pastorales, y tantas otras heridas, y haciendo las paces con una lógica de servicio humilde y desinteresado. 

Puedes amar confundiéndote con la gloria de Dios y sintiéndote tan responsable de los demás que quieres salvarlos. Y aquí tenemos a Don Apocalipsis con el síndrome de "hago nuevas todas las cosas" y con la peligrosa tendencia a entrar en lo sagrado del misterio de la vida sin descalzarse. 

Como sacerdote puedo decir que he amado sólo si durante mi día fui capaz de cercanía, escucha y perdón hacia las personas que me fueron confiadas para ponerme apasionadamente a su servicio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


A ti y por ti, sacerdote.

A ti y por ti, sacerdote 

Para revelar la belleza del rostro de Dios, Jesús contaba a menudo historias. Antes que la cátedra del Templo siempre prefirió la calle polvorienta donde podía encontrarse con el rostro de la gente, y al rigor de la doctrina prefirió la narración de parábolas. Jesús tenía una mirada "poética", es decir, era capaz de adentrarse en la realidad para extraer de ella la belleza misteriosa de Dios y de la vida humana. 

Por eso -y no por una simple habilidad lingüística- le apasionaba construir parábolas, ofrecer imágenes sacadas de la vida y cavar pozos de agua fresca incluso en medio de los desiertos de la vida. Y cuando se trataba de traducir en gestos la compasión del Padre y la ternura de su amor, entonces se inclinaba sobre las heridas de las personas, acariciaba a los niños, se dejaba tocar por los impuros, extendía los brazos hospitalarios hacia los perdidos, para curar a todos con el toque del amor suave. Nunca oprimiendo, nunca aplastando, nunca cerrando el camino posible de la esperanza y el renacimiento. 

Eres un vaso de arcilla 

El Papa Francisco recuerda constantemente esta humanidad de Jesús y, a lo largo de su magisterio, la ha convertido en el "lugar" donde mejor se revelan la misericordia, la compasión y la ternura de Dios. Un estilo de cercanía que, con su carga profética, el Papa recomienda a toda la Iglesia y, en particular, a los ministros ordenados. 

Al mismo tiempo, sobre todo hoy, esto es precisamente lo que se espera del sacerdote. No un funcionario de lo sagrado, un burócrata de la ley religiosa o un maestro separado de la vida, que se sube a la cátedra para lanzar piedras a los demás. Se quiere y se desea al pastor manso y humilde de corazón, que se convierte en compañero de camino, en ternura de Dios, en mirada hospitalaria hacia todos, sin excluir a nadie. 

Todos lo esperan, olvidando a veces que tiene un tesoro en vasos de barro (cf. 2 Co 4,7). Que es un hombre impregnado de fragilidad, de una humanidad que siempre debe asumir su propia pobreza, que a menudo se extravía y debe reencontrarse a sí misma. Por eso, la pregunta urgente es ésta: mientras todos esperan todo del sacerdote, ¿quién piensa en su humanidad, en su soledad, en sus necesidades? 

En camino 

Detrás de cada sacerdote está la historia de un hombre, de un caminante que se siente tantas veces cansado y necesitado de un abrazo humano y espiritual. 

Está la historia de quien es incapaz de dar sentido a los acontecimientos cotidianos y de vivir con entusiasmo la monotonía de unos días que parecen parecerse unos a otros; están las lágrimas discretas y dignas por la incomprensión de otros hermanos en el ministerio, por la envidia y los celos, por un poco de demasiada cháchara; está la soledad de quien vive y lleva el Evangelio como "liberación" en un contexto marcado por el la indiferencia, teniendo que soportar la soledad de sentirse como "un raro extraño" que casi siempre tiene que justificarse ante los demás. 

También, junto a historias de sufrimiento, existen experiencias sacerdotales que se pierden en la nostalgia del pasado y que se mueven según criterios que entran en colisión con el Evangelio, como lo fue para los Apóstoles tantas veces. También el sacerdote siente una fuerte necesidad de detenerse y dejarse llevar por el Maestro de Nazaret, para confiarle sus debilidades y sus sueños, pero también para renovar junto a los demás el sueño de esta Buena Noticia que Él ha puesto en sus manos. 

Sí, no son pocos los males de la vida del sacerdote: el demonio del individualismo, el miedo a la confrontación, la inmovilidad ante las provocaciones de un mundo en ebullición, el no dejarse tocar por las heridas de los que sufren, las agendas pastorales que ocupan el lugar de las relaciones humanas, la anestesia de la conciencia que le convierte en obediente soldadito de las expectativas, dispuesto a quejarse y criticar a sus espaldas. 

No hay recetas fáciles Quizá ésta sea la más importante: volver a las fuentes, volver a los márgenes para aprender todo y de nuevo de Jesús, para hacer suya su pasión por la fragilidad, descubriendo que es precisamente de ella de la que Dios se sirve para hacerle más humano y más capaz de anunciar el Evangelio. 

Para bendecir 

El sacerdocio ministerial no es una fría teoría sino los nombres y las historias concretas de tantos sacerdotes cuya historia, fragilidad, tenacidad, perseverancia escondida también, aunque no solo, dentro de una rutina agotadora o de la rabia por tantas decepciones y experiencias negativas. Incluso todo ello compone la belleza de la Iglesia. 

Incluso en medio de caídas y fracasos el sacerdote es también aquél que no pierde el coraje de volver siempre a la fuente y a la alegría de abrazar de nuevo el Evangelio. Que el Señor llene siempre de pasión tu corazón, habite tu soledad de sinceras amistades, te conforte con la gratitud de tu pueblo y con el óleo de la comunión fraterna, te refresque de todo cansancio. Y, sobre todo, te libre de todo temor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Corazón sacerdotal.

Corazón sacerdotal 

Jesús vivió toda su existencia mesiánica como signo de una grande misericordia que debe ser anunciada y realizada. Misericordia es el nombre completo del misterio trinitario, y es también el nombre relevante para indicar "aquel de la Trinidad" que se encarnó, reveló el misterio de la Santísima Trinidad, manifestó, en una profecía sustancialmente cumplida, la vocación salvífica y el destino de gloria que Dios ha reservado al hombre. 

Éste es el sentido global de la identificación que Cristo, en la sinagoga de Nazaret, establece entre sí y el Mesías liberador anunciado por Isaías (cf. Lc 4,14). 

La manifestación de la caridad misericordiosa por parte de Cristo tiene su inicio en la encarnación y su culmen en la cruz, en el misterio de la "hora", cuando Jesús se expresa de la mejor manera en términos de misericordia: muestra su misericordia filial hacia el Padre y su misericordia fraternal hacia los hombres en grado sumo. 

En su pecho late un "corazón sacerdotal" que tiene un doble ritmo: un latido por el Padre y por los hombres. «Cristo Jesús, Hijo unigénito del Padre eterno» (cf. Jn 1,18), «constituido heredero de todo» (Heb 1,2), es el sumo y eterno Sacerdote (cf. Heb 5,15) que él sabe compadecerse de nuestras debilidades en su Divino Corazón, habiendo sido probado en todo excepto en el pecado (cf. Heb 4,15): podemos, por tanto, acercarnos a Dios como a un trono de gracia para alcanzar misericordia y encontrar la gracia y ser ayudados en el momento adecuado (cf. Heb 5,16). 

El "corazón sacerdotal" del Divino Maestro tiene, pues, fundamentalmente dos cualidades: se define como "misericordioso" para con los hermanos y "digno de fe" en las relaciones con Dios (cf. Heb 2, 17)". 

Pero, ¿cómo es el «corazón sacerdotal» de Jesús en el "mientras tanto" pascual, cuando ese corazón se presenta como un "templo", un espacio necesario para el acto litúrgico, hasta el punto que Pablo VI afirma que es «el origen y el comienzo de la sagrada liturgia"? Cristo, con los acontecimientos de la Pascua, inauguró el nuevo Altar, el nuevo Sacerdocio, la nueva Víctima, en una palabra, el nuevo Templo: en él, corazón sacerdotal, todo está unificado en su persona. Inaugura el nuevo culto espiritual con su muerte. El Corazón del Salvador es, pues, el Templo nuevo y eterno (cf. Jn 2,19-21; Ap 21,22) que, con su muerte y resurrección, restablece la amistad rota por el pecado de Adán. 

Jesús llega a la cruz ya con el corazón probado por la pasión; su corazón sufriente conoce todas las etapas de la pasión y queda impresionado por ella: 

* es un "corazón agonizante": en el huerto de los olivos sufre la percepción del abandono del Padre (cf. Juan 26,39), el beso ardiente de Judas (cf. Lucas 22,47-53), el sentimiento de angustia y de soledad que le hace sudar sangre (cf. Lc 22,44); 

* es un "corazón juzgado": experimenta el dolor causado por la refinada arrogancia religiosa (cf. Juan 18, 20-21); 

* es un "corazón interrogado": sufre el insulto de ser juzgado por un juez vil (Poncio Pilato) (cf. Juan 18,37), por un juez ingrato (el pueblo), que grita "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" (Mc 15,13-14), por soldados que lo tratan como a un rey en broma, burlándose de él (cf. Lc 18,31-32); 

* es un "corazón crucificado": es el corazón desgarrado por la muerte, que crea su propio paradigma de amor verdadero: "Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por los amigos" (Jn 15.13). 

Habiendo abierto nuestros corazones, la profecía de Juan aún perdura: «Pero cuando llegaron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le golpeó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. » (Juan 19,33-34). 

El último gesto de una ejecución romana tiene lugar en el Gólgota: la verificación de la muerte del condenado. Así también se podría decir de Jesús: sí, está verdaderamente muerto. Jesús murió antes que los dos crucificados con él. 

Por tanto, el golpe de lanza no es un sufrimiento nuevo para él. Es más bien el signo del don total que Él hizo de sí mismo, un signo grabado en su propia carne con la apertura de su corazón, una manifestación simbólica de aquel amor por el cual Jesús lo dio todo y seguirá ofreciéndose a todos. 

Es un signo que perdurará hasta el Cielo: Juan -el único entre los evangelistas- enseña que las llagas del Crucificado, entre las que se encuentra la del corazón desgarrado (cf. Juan 20,20.25.27), no desaparecerán sino que estarán también allí en el Cielo: serán las llagas del "Cordero inmolado y en pie" (Ap 1,7; 5,6). En su muerte Jesús se reveló hasta el fin. 

El corazón traspasado es su último testimonio. Jesús en la cruz nos amó con un amor inconmensurable, abriendo de par en par su corazón (ver Ef 2,4.7; 3,19). El apóstol Juan, al pie de la cruz, lo entendió bien. 

A lo largo de los siglos, otros discípulos de Cristo y maestros de la fe lo han comprendido. En la tradición teológica y litúrgica de la Iglesia, el Corazón de Cristo, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Juan 19, 34), es considerado como epifanía del amor de Dios, como "símbolo e imagen transparente de la caridad infinita de Jesucristo" por el hombre, que nos amó, a todos y cada uno, con "corazón humano", sin dejar nunca de amarnos con "corazón divino". 

Sin embargo, el cristianismo sigue siendo una religión nada fácil lo que evita el malentendido de una presentación permisiva y simplificada de sí misma. Después de todo, ¿cómo sería un cristianismo sentimental, sin la cruz? Quedaría muy poco. Y tergiversado maliciosamente. 

El cristianismo es la religión del corazón, porque es la religión de un Dios de corazones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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