martes, 21 de enero de 2025

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote

Un sacerdote de una existencia sacerdotal que se hace presente y se realiza cada día. 

Un sacerdote de lunes a domingo. No es un santo; un ser humano, un sacerdote común y corriente, de la vida cotidiana de cada día. 

Un sacerdote como tantos otros, como la mayoría, como casi todos. 

Pienso hoy, Fiesta del Sumo y Eterno Sacerdote, en ese sacerdocio cotidiano de todas y cada una de las horas del día y de la noche. 

Ese sacerdocio que a menudo damos por sentado. 

Personas con todos sus defectos, miedos, agobios, contradicciones. Personas de las que a veces nos quejamos, a las que a veces ayudamos y de las que a veces somos ayudados. Sacerdotes comunes y corrientes. 

Sacerdotes que tal vez no prediquen de manera atractiva, estimulante e iluminadora. Pero celebran la misa cotidiana de la entrega y de la vida. 

Sacerdotes que a veces son objeto de burla y crítica, que tal vez no entienden hacia dónde va el mundo, y no siempre tienen la palabra adecuada, las ganas de abrir la puerta, la fuerza para sostener. 

Sacerdotes que tal vez no siempre sean los adecuados, que no brillan en la iniciativa, que frenan el paso ante las cosas nuevas o las acompañan con prudencia. 

Sacerdotes que tal vez sientan los dolores de la soledad, el miedo al aislamiento, el cansancio de la fraternidad. Sacerdotes que tal vez sientan el peso de la obediencia, el coste de la pobreza, el esfuerzo de la castidad. 

Sacerdotes que, sin embargo, permanecen fieles; que tal vez critiquen pero que no desobedecen. 

Sacerdotes que están allí. Y que permiten a quienes se acercan a ellos recibir el perdón de Dios y el alimento de su cuerpo. Porque Cristo decidió así hacerse presente. A través de sus manos, sus corazones, sus vidas. 

Sacerdotes de las llanuras, que no habitan ni en las alturas de la gracia ni los barrios bajos del pecado. 

Sacerdotes de las tierras bajas y de las llanuras. En la llanura, al fin y al cabo, vivimos todos, que a menudo tenemos muchas exigencias que cargar sobre los hombros de estos hombres. 

Sacerdotes cotidianos, a quienes siempre comparamos con el Buen Pastor: un criterio elevado, que ellos también conocen y al que, con mil compromisos, poco tiempo y alguna desilusión, intentan parecerse. Y a quién dieron sus vidas. 

Sacerdotes de entre semana, como nosotros, con nuestras luces y nuestras sombras. 

Sacerdotes para amar, en sus defectos y en sus talentos, porque son seres humanos como nosotros. 

Sacerdotes cotidianos, como es la fe cristiana: una fe para el pueblo mezclada con trigo y cizaña. 

Sacerdotes que, si no son visitados por lo inesperado, fluyen por la vida de este mundo como los hombres y mujeres que encuentran entre semana. 

Sacerdotes llaneros, sacerdotes elegidos por un Dios que ama estar entre la gente. 

Dediquemos un pensamiento a estos sacerdotes de con un sacerdocio de cada día; después de todo, como en todas las guerras, incluso en la larga lucha entre el bien y el mal, son las tropas las que soportan gran parte de la carga. 

Dediquémosles una oración. 

Digamos gracias a estos sacerdotes de cada día de la semana y de todas las horas del mes y del año. 

Gracias por estar aquí. 

Gracias por testificar que Dios nos llama y nos ama aunque seamos imperfectos. 

Gracias por saber testimoniar, en el momento de la prueba inesperada, que vale la pena seguir a Jesucristo. 

Hasta el final, si es necesario, con una entrega tan generosamente gratuita, como calladamente discreta. Sacerdocio de aquel que ha hecho de la propia vida una entrega en la patena y en el cáliz de cada día, amigo de todos los cenáculos y compañero de cada Emaús. Cada día sacerdotal es un día en el que Dios se encarna en tu corazón y en tu mente, en tus silencios y palabras, en tus actitudes y gestos. 

Está claro que sólo se vive amando y cuando el sacerdote ama su estado de vida lo transforma en un lugar de donación amorosa y de vida relacional fecunda, fructífera. 

Decimos que el sacerdote es signo del amor revelado del Padre. Y es verdad. Pero para serlo es necesario vivir plenamente la propia humanidad, sin miedo a las limitaciones, porque siguiendo a Cristo Hombre perfecto, el hombre se hace más hombre, y el sacerdote más sacerdote. 

San Bernardo en el “Discurso del Cantar de los Cantares” dice: "Amo porque amo, amo para amar. El amor es suficiente por sí mismo, se complace por sí mismo y por sí mismo". El amor es razón en sí mismo, no se ama ser buen sacerdote ni ir al cielo: se ama seguir siendo humano. 

El reto del sacerdote es a quién amar y cómo educarse para amar. 

Puedes amar tu papel y tu imagen, y aquí tienes a Don Narciso eternamente en equilibrio entre el amor propio y la incapacidad de dar ni el más mínimo signo de atención hacia los demás. ¿Cómo se sale del narcisismo? Aprendiendo la lógica de Jesús, aceptando las derrotas pastorales, y tantas otras heridas, y haciendo las paces con una lógica de servicio humilde y desinteresado. 

Puedes amar confundiéndote con la gloria de Dios y sintiéndote tan responsable de los demás que quieres salvarlos. Y aquí tenemos a Don Apocalipsis con el síndrome de "hago nuevas todas las cosas" y con la peligrosa tendencia a entrar en lo sagrado del misterio de la vida sin descalzarse. 

Como sacerdote puedo decir que he amado sólo si durante mi día fui capaz de cercanía, escucha y perdón hacia las personas que me fueron confiadas para ponerme apasionadamente a su servicio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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