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jueves, 3 de septiembre de 2026

La lógica del Templo.

La lógica del Templo

Las piedras soberbias, los tejados dorados que reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.

 

He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas, que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.

 

Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan dominar a muchos.

 

¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los cimientos del atrio!


Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz la planta venenosa de nuestra religiosidad.

 

Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.

 

Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones. Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.


¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos que habíais sido excluidos!

 

No es un camino para iniciados, ni una escalada para los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de profunda misericordia.

 

Es el camino de los pobres, de los descartados, de los últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.

 

Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.

 

Esta es la afrenta suprema. Este es el delito imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.

 

Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.


Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de la mañana.

 

Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.

 

Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar vida.

 

El Templo ha crucificado a la Verdad, pero precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.

 

Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia, libertad e igualdad para los más desfavorecidos.

 

El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos, prohibiciones, jerarquías y miedos.

 

Allí donde debería resonar la libertad de los hijos, se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.


El Templo se convierte así en el signo de una fe secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

 

Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta con la fuerza de los profetas.

 

Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de control sobre el hombre.

 

Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias, sino que las hiere con el veneno de la culpa.

 

Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Bienaventuranza de la fe confiada y simple.

Bienaventuranza de la fe confiada y simple

¿Qué es la fe, si no es la confianza radical depositada en la palabra del Maestro?

 

No es posesión, no es cálculo, no es una garantía forjada por las manos del hombre.

 

La fe es docilidad viva ante una palabra reconocida como realidad auténtica y verdadera; es el corazón que, tras haber buscado durante mucho tiempo, finalmente se inclina, no por miedo, sino porque ha intuido la luz.

 

En verdad, no todos oyen de la misma manera. Hay palabras que pasan como el viento sobre las piedras, y hay palabras que penetran como una semilla en la tierra fértil.

 

Solo quien recorre la vida con el deseo de autenticidad, solo quien cuestiona sus propias decisiones, solo quien no se conforma con una verdad cómoda, sino que busca una verdad capaz de juzgar y salvar, es capaz de reconocer la voz que viene de lo alto.

 

Es el camino interior el que abre los ojos de la conciencia. Es la purificación secreta del corazón la que genera la intuición de la palabra verdadera.



Así como el centinela reconoce el amanecer antes de que aparezca el sol, así también el alma sincera reconoce la palabra auténtica incluso antes de comprender todas sus razones. La reconoce porque esa palabra no domina, sino que llama; no hiere, sino que sana; no aprisiona, sino que devuelve a la vida su sentido profundo.

 

Así le sucedió al centurión en su encuentro con Jesús.

 

En el centro no estaba el orgullo de un hombre poderoso, ni el deseo de ver una señal para saciar la curiosidad. En el centro estaba el dolor de un siervo que sufría, la preocupación por una vida frágil, la atención concreta hacia aquel que yacía en la necesidad.

 

Y este dato existencial es fundamental: la fe nace donde el corazón no está cerrado en sí mismo, sino que vibra ante la herida del otro.

 

Quien vive relaciones profundas ya conoce, aunque sin saberlo, la gramática del Reino.

 

La madre que vela por su hijo, el padre que cuida del camino de sus hijos, los cónyuges que se sostienen mutuamente en la fidelidad y en la prueba, el amigo que no abandona a su amigo en la hora oscura: todos ellos aprenden, en el fuego del amor, a discernir lo verdadero de lo vacío. Las relaciones auténticas educan al alma para reconocer la palabra que merece confianza.


Porque la palabra verdadera nunca es ajena a la compasión. Desciende donde hay una herida, se posa donde hay una pregunta, se convierte en bálsamo donde el hombre ya no encuentra remedio.

 

La palabra del Maestro no pasa de largo ante el dolor como un juez distante: lo visita, lo asume, lo transfigura. Y quien ha aprendido a amar reconoce esta palabra, porque lleva el sello de la misericordia.

 

No busquemos la fe como una fórmula que repetir, ni como una certeza que esgrimir contra los demás.

 

Busquémosla en el seno de nuestras relaciones auténticas, en el cuidado de quienes sufren, en la fidelidad cotidiana, en la disposición a dejarnos herir por la necesidad del otro. Allí, en el lugar donde el amor se convierte en responsabilidad, la conciencia se aclara y el oído interior se abre.



Bienaventurado quien reconoce la palabra auténtica cuando llega.

 

Bienaventurado quien no pretende poseerla, sino que se deja guiar.

 

Bienaventurado quien, como el centurión, lleva ante el Maestro el dolor de otro y comprende que basta una palabra verdadera para volver a poner la vida en marcha.

 

Porque la fe es esto: confiar en la palabra que sana, en la palabra que ilumina, en la palabra que, al penetrar en nuestras heridas, las transforma en manantiales de esperanza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

Por la noche, cuando el lago pierde sus contornos y el viento parece hablar con una voz más antigua que nuestro miedo, el Evangelio nos ofrece una imagen que no deja de inquietarnos y consolarnos: Jesús duerme en la barca, mientras a su alrededor las aguas se agitan, el cielo se oscurece y los discípulos tiemblan.

 

Normalmente, nuestra mirada se dirige enseguida al milagro visible, a la orden dirigida al viento y al mar, a la calma repentina que sigue a la palabra del Maestro.

 

Pero tal vez el prodigio más grande no sea que Jesús haya calmado la tormenta. El prodigio más misterioso, más radical, es que durante la tormenta Él dormía.

 

Ese sueño no es indiferencia, no es huida, no es ausencia ante el dolor de los hombres. Es más bien la revelación silenciosa de un corazón habitado por una paz más profunda que el estruendo.

 

Jesús duerme no porque no vea el peligro, sino porque no lo absolutiza; no porque el mar no dé miedo, sino porque el mar no es la última palabra.

 

En la oscuridad de la noche, su descanso se convierte en una luz oculta, una pregunta que se nos plantea a nosotros: ¿desde qué centro interior se puede vivir para no dejarse arrollar por lo que ocurre?

 

Si intentamos leer este episodio desde el punto de vista de la experiencia humana, nos damos cuenta de que la tormenta no pertenece solo al lago de Galilea.



Atraviesa nuestros hogares, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestras enfermedades, nuestras pérdidas.

 

Hay noches en las que todo parece volverse en nuestra contra: las olas de los pensamientos, el viento de las preocupaciones, el ruido de las preguntas sin respuesta.

 

En esos momentos, lo que deseamos es que alguien calme las aguas de inmediato.

 

Pero el Evangelio parece sugerir algo aún más exigente: antes incluso de pedir que la tormenta termine, hay que aprender dónde apoyar el corazón mientras la tormenta continúa.

 

¿Cómo se hace para mantenerse tranquilo, relajado y sereno ante los acontecimientos dramáticos de la vida?

 

No basta con una técnica, no basta con repetirse palabras de consuelo, no basta con fingir que el peligro no existe. Se necesita una espiritualidad grande, madura, cultivada con paciencia.


Espiritualidad significa claridad en los propios objetivos, capacidad de mirar la realidad sin reducirla a su fragmento más doloroso, libertad interior ante la urgencia del momento.

 

Significa, sobre todo, haber aprendido a no confundir el acontecimiento pasajero con el todo de la vida.

 

Quien no cuida de su alma queda prisionero del instante. Cada ola se convierte en un abismo, cada viento en contra se convierte en una condena, cada noche parece definitiva.

 

Pero quien ha aprendido a velar en su interior, quien ha dedicado tiempo al silencio, a la oración, al discernimiento, al recuerdo del bien recibido, consigue poco a poco situar incluso el acontecimiento más dramático dentro de un horizonte más amplio.

 

No lo niega, no lo minimiza, no lo llama bien si es mal. Pero lo inserta en la historia, en el camino, en la dinámica global de la existencia, donde incluso lo que hiere puede atravesarse sin que se convierta en dueño del alma.


El sueño de Jesús en medio de la tormenta es, pues, la forma más elevada de confianza.

 

Es la paz de quien sabe de dónde viene y hacia dónde va.

 

Es la serenidad de quien no entrega su identidad a las circunstancias, ni su esperanza a la incierta meteorología de los acontecimientos.

 

En aquella barca sacudida por el viento, Jesús nos muestra que la verdadera fuerza espiritual no consiste en no tener tormentas, sino en no dejar que la tormenta se convierta en el centro de todo.

 

El creyente no es aquel que vive sin miedo, sino aquel que, incluso en medio del miedo, busca un punto más profundo desde el que mirar.

 

Quizá nuestra vida espiritual se mide precisamente aquí: en la calidad de nuestro corazón cuando se levanta la noche, cuando nos sorprende el viento en contra, cuando ya no podemos controlar lo que sucede.

 

En esos momentos se ve si hemos vivido solo en la superficie o si hemos excavado en nuestro interior un espacio habitado por Dios.

 

Porque solo quien cuida de su alma puede mantenerse firme ante el drama; solo quien ha aprendido a contemplar el todo puede evitar ser devorado por el fragmento; solo quien ha cultivado una paz profunda puede, al menos un poco, dormir en medio de la tormenta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


jueves, 27 de agosto de 2026

La aventura de nuestra fe.

La aventura de nuestra fe

«Al mito de Ulises regresando a Ítaca,

querríamos contraponer la historia de Abraham

que abandona para siempre su patria

en busca de una tierra aún desconocida».

(Emmanuel Lévinas)

 

Ulises lo tiene más fácil que Abraham. Sus dificultades y sus riesgos serán enormes, pero Ulises sabe adónde va: le espera un hogar, una patria. Viajar es peligroso, pero la imagen de Ítaca lo endulza todo: Escila y Caribdis, la maga Circe, el cíclope, las columnas de Hércules; todo se puede soportar y superar si se sabe hacia dónde se dirige uno. La distribución de la casa, los muebles, los rostros alegran incluso las noches más oscuras y los sueños más aterradores.

 

Abraham no sabe adónde irá, solo sabe lo que deja atrás. Sus noches están llenas de recuerdos de casas, cosas y rostros que ya no volverá a ver. Delante de él no hay un regreso, sino una partida continua. Se sufre sin hogar y sin patria. El éxodo, el exilio son terribles si el billete es de ida y para siempre.

 

Por eso, la aventura judeocristiana de Abraham es muy diferente de la grecoclásica de Ulises, y es mucho más dura.

 

Por eso, la tendencia a la aventura de Ulises ha prevalecido también en la tradición cristiana.

 

Al viaje de Ulises se le han dado a menudo los contornos de un viaje, lleno, sí, de riesgos, pero reconfortado por el regreso a casa.

 

La virtud de la esperanza se ha transformado con demasiada frecuencia en una garantía del billete de vuelta, en un seguro de un sitio preparado en la mesa, con los cubiertos y las flores.

 

Es verdad, me dirás, que también el cristiano tiene su Ítaca: un hermoso paraíso que le espera más allá de las columnas de Hércules de la muerte, más allá de todas las sirenas, de todas las luchas con los pretendientes. Tarde o temprano. 


Incluso le recibirán sus seres queridos, rostros, tal vez, apenas marcados por el paso del tiempo. Una hermosa Ítaca segura, bien defendida, Penélope toda para ti, de la que ya no tendrás que volver a partir. Merece la pena navegar… para llegar regresando a la casa del padre y al banquete del Reino.

 

Así, durante varias décadas, imaginamos nuestro paraíso. Todas las penurias, entonces, tienen sentido: la muerte es un batir de alas, triste, sí, pero un momento pasajero. Como el parto, que es mucho más vida que muerte.


Y los cristianos solemos pensar más en términos de Ulises, que en los de Abraham. Somos más griegos que bíblicos. Nos gustan los términos consoladores que no son, sin más, términos de fe y esperanza.

 

Y nos cuesta mucho darnos cuenta de ello.

 

Ítaca está bien delimitada y definida, aunque con algún que otro rincón en sombra; nuestro paraíso es cierto, bien conocido, garantizado, asegurado. Es nuestro hogar.

 

No hemos acabado de cortar el cordón umbilical. El paraíso es nuestra tierra madre, a la que tarde o temprano volveremos.

 

En cambio para Abraham un día llegó el corte del cordón umbilical, una partida sin retorno, una noche sin crepúsculo.

 

Un itinerario errante en el desierto, tras haber levado anclas y sin saber dónde echarlas. Ninguna certeza sobre el mañana. La conciencia, sin embargo, de que la salvación no está «en casa», sino «en otra parte», no está en un regreso, sino en una salida.

 

La tentación de mirar atrás, como Lot, es constante. También la nostalgia de Egipto, con la seguridad de sus ajos y la certeza de sus cebollas.

 

Pero Abraham no sabía adónde iba, solo sabía que tenía que levantarse, ponerse en marcha y salir.

 

Los judíos solo conocen la aspereza monótona del desierto, no el mapa de la tierra prometida.

 

Jesús en la cruz grita desesperado porque todos, incluso el Padre, le han abandonado.

 

La aventura de la fe no se inscribe en el círculo de un eterno retorno, sino en la línea recta de un camino sin puntos de apoyo, sin certezas.

 

Creo, Señor: ¡ayuda a mi incredulidad!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 15 de agosto de 2026

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 -.

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 - 

Estamos acostumbrados a pensar que siempre es Jesús quien cambia a las personas. Es cierto. Quien se cruza con su mirada deja atrás redes, mesas de recaudación de impuestos, miedos y certezas. 

Pero este Evangelio nos cuenta algo aún más sorprendente: el propio Jesús se deja interpelar por una mujer extranjera. 

Es una cananea. Una pagana. Viene de fuera: fuera de las fronteras de Israel, fuera de la religión de los hijos, fuera de las pertenencias reconocidas. Y es precisamente ella quien abre ante Jesús un horizonte más amplio. 

La frontera, en el Evangelio, nunca es solo un límite geográfico. Es el lugar donde Dios sorprende. Porque a menudo son precisamente aquellos que son diferentes a nosotros quienes amplían nuestra mirada. 

Toda fe enferma cuando se convierte en posesión, en recinto, en privilegio. Isaías ya lo había anunciado: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». 

Dios no pertenece a nadie. Es Él quien acoge a todos. 

La mujer clama: «¡Ten piedad de mí, Señor! Mi hija está muy atormentada». No pide por sí misma. Lleva ante Jesús el dolor de su hija. Es el dolor universal de toda madre y de todo padre: ver sufrir a quien se ama sin poder salvarlo. 

Jesús guarda silencio. Luego responde con palabras que escandalizan: «He sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y añade: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 

Mateo no suaviza la dureza del diálogo. Nos muestra a un Jesús plenamente inmerso en la historia de su pueblo. Pero precisamente este encuentro deja entrever cómo la misión del Hijo se abre progresivamente a la universalidad del Padre. 

La mujer no se echa atrás. No se ofende. No responde con ira. Se queda. Y con una libertad desarmante dice: «Es cierto, Señor. Sin embargo, incluso los perritos comen las migajas que caen de la mesa». 

Pide migajas. Pero precisamente al pedir migajas revela que el pan de Dios es tan abundante que basta para todos. 

Entonces Jesús pronuncia una de las palabras más bellas del Evangelio: «Mujer, grande es tu fe». 

Una gran fe no significa poseer todas las respuestas. Significa creer que la misericordia de Dios es más grande que nuestros límites. Esta mujer no cambia a Dios. Revela el rostro universal del Padre. Y el propio Jesús se convertirá en pan partido para nosotros y para todos. 

Mateo recuerda que era una mujer sirofenicia. Es natural preguntarse: ¿en qué idioma habrán hablado? Quizá Jesús en arameo, ella en griego. Y, sin embargo, se entienden. 

Porque existe un lenguaje más profundo que las palabras. El dolor. La compasión. La esperanza. Quien ama siempre aprende el idioma del otro. Así se cumple la profecía de Isaías: los extranjeros «se llenarán de alegría en la casa de Dios». No como huéspedes tolerados. No como destinatarios de migajas. Sino como hijos en la misma mesa. 

El Evangelio nos pregunta: ¿A quién seguimos dejando fuera? ¿A quién le concedemos solo migajas de dignidad? ¿A cuántas personas seguimos definiendo como «que no son de los nuestros»? 

Y quizá sean precisamente ellos quienes custodian una fe que puede convertirnos también a nosotros. Porque Dios sigue llegando desde donde no lo esperamos. La cananea pedía migajas. 

Jesús le ofrece una mesa. Esta es la lógica del Reino. Dios no reparte sobras. Prepara una mesa. No selecciona, no crea exclusiones. Extiende su mesa hasta sus enemigos (Sal 23). La mujer había intuido el secreto del Padre incluso antes que los discípulos. 

El Evangelio termina donde había comenzado Isaías. «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». No para algunos. Para todos. 

La mujer cananea se convierte así en el rostro de todo hombre que llama a la puerta de Dios. Y descubre que esa puerta ya estaba abierta. Porque el corazón del Padre es siempre más grande que nuestras fronteras. 

Y el verdadero creyente no es aquel que posee a Dios. Es aquel que sigue dejándose sorprender por la inmensidad de su misericordia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de agosto de 2026

Un ejemplo sublime de la fe - San Mateo 15, 21-28 -.

Un ejemplo sublime de la fe - San Mateo 15, 21-28 - 

Aquella mujer desesperada se había convertido para los discípulos en una simple carga de la que deshacerse lo antes posible, casi una molestia de la que librarse haciéndola callar mientras le aseguraban lo que ella imploraba con fuerza. 

Al fin y al cabo, ¿qué pedía? Solo unas migajas que, comparadas con el pan que había saciado a los cinco mil, no eran absolutamente nada. ¿Qué les costaban esas migajas a quienes tenían un poder mucho mayor? 

Paradójicamente, precisamente ellos, que en varias ocasiones a lo largo del Evangelio se revelan en toda su mezquindad, aquí parecen incluso más atentos que un Jesús que «ni siquiera le dirigió una palabra». ¡Qué maleducado, se diría! Al menos podría haber respondido. 

Hay silencios que desconciertan porque incomodan y que, no pocas veces, se interpretan como una respuesta definitiva ante la cual es mejor dar marcha atrás: es inútil insistir, mejor salvar al menos la dignidad. 

No así la mujer: ella no se detiene ante el muro del silencio. Intuye que hay algo más en juego y que se le está pidiendo dar un salto cualitativo: de hecho, podría incluso conseguir lo que pide sin que ello, sin embargo, afecte a su vida. 

En el fondo, eso era lo que, de manera descarada, habían sugerido los discípulos: «Quítatela de en medio para que no moleste más; ella estará contenta por haber conseguido lo que pedía y nosotros nos habremos librado de una molestia». Sí, contenta y engañada. A ellos no les importaba en absoluto su situación desesperada: les importaba mucho más su tranquilidad. 

La insensibilidad y el cierre de los discípulos dan miedo. De hecho, a veces nos enfrentamos a los acontecimientos preocupados únicamente por zanjar el asunto lo antes posible, sin dejarnos interpelar por lo que un acontecimiento provoca. 

La mujer, en cambio, que además había ido por su hija, debe aceptar que precisamente esa situación le permita nacer a la fe: se han invertido los papeles. No le basta con llevarse a casa el milagro, que en este caso era la liberación de su hija. Intuye que esa situación la concierne a ella, ante todo. 

No así los discípulos: para evitar problemas, acaban actuando con precipitación. Y ofrecen una respuesta práctica. 

¡Los doce tienen mucho que aprender! Tienen que aprender un poco de sana envidia ante la fe de una mujer que se conformaría con la millonésima parte de lo que a ellos les ha tocado en suerte. 

Es el riesgo de los «hijos», es decir, de aquellos que acaban dando todo por sentado y no reconocen ni aprecian lo que tienen: dan por sentado que el pan les corresponde por derecho y que, por lo tanto, es algo que se les debe. Fue el riesgo de Israel, es el riesgo de nosotros, los cristianos. 

Para los doce, ese Jesús era algo dado por sentado: por eso, en un territorio pagano, donde no hay lugares de culto y no se utiliza un lenguaje religioso, se ven obligados a enfrentarse a una fe que no tiene igual, una fe que, aunque no conozca la doctrina, sabe con quién está tratando. 

Allí, frente a ella, la mujer no tiene ante sí a un hombre cualquiera: tiene al Señor. Frente a Él no hay títulos, no hay méritos ni primogenituras que alegar. Le bastaría incluso que la equipararan a un perrito con tal de alimentarse de lo que cae de la mesa de la abundancia preparada por Dios para sus hijos. 

¡Cuánto camino tienen que recorrer los doce! Tienen que aprender qué es la fe y tienen que aprenderlo de una mujer, pagana además. 

La fe es no ceder a la desesperación, no temer los contratiempos, no desanimarse ante los retrasos y no rendirse ante un silencio que podría parecer descuido. 

Y, en esto —parece decir Jesús—, las mujeres son maestras; por eso se adelantan y disfrutan de los primeros frutos de lo que Dios suscita en ese aparente silencio que, no pocas veces, obliga a los hombres a replegarse en el miedo y el letargo, como sucederá en los días de la Pasión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 11 de agosto de 2026

El grito de dolor convierte más que catecismos, dogmas, homilías y teologías- San Mateo 15, 21-28 -.

El grito de dolor convierte más que catecismos, dogmas, homilías y teologías- San Mateo 15, 21-28 - 

Solo hay que tener paciencia y mucha fe; por desgracia, todavía hay demasiada resistencia: las antiguas barricadas se mantienen en pie y algunos, con ingenua imprudencia, construyen otras nuevas; sin embargo, caerán, ya han caído, pero cuando nos demos cuenta de verdad, cuando la acojamos con gratitud, todo será diferente, se necesita mucha fe y mucha paciencia, pero por fin llegará el día en que logremos elegir habitar el mundo, vivir la fe como extranjeros en tierra ajena, sin rencor, con gratitud, con toda la humildad necesaria, dejando de lado las pretensiones que conlleva el hecho de ser extranjeros, caminando de puntillas y cuidando de no herir la sensibilidad ajena. Solo así podrá reflorecer la vida. Solo así el Evangelio podrá volver a sintonizar con el mundo. 

Pero los extranjeros nos dan miedo, y ni hablar de llegar a comprender que solo ellos pueden convertirnos… 

Mientras nos sintamos «amos en nuestra propia casa», mientras defendamos todas las formas de las antiguas tradiciones, mientras creamos que el futuro pasa por una nueva traducción del Misal o de Leccionario… no habrá la fe de la página evangélica de hoy. 

Solo cuando logremos convertirnos en madres extranjeras hambrientas de vida y dejemos de perseguir al Maestro tratando de silenciar a quien perturba nuestro silencio, descubriremos la fuerza sanadora del Encuentro. 

La mujer cananea no solo es extranjera, sino que es extranjera en tierra extranjera. Como Jesús. Hay que ir sinceramente allí, a un lugar donde cada uno se ve obligado a transformar su mirada, sus propias convicciones. La tierra extranjera también transforma a Jesús. 

En tierra extranjera hay que despojarse de todo, ya nada se da por sentado. En tierra extranjera, ante el derrumbe de las costumbres, ¿qué queda? Un grito lanzado por amor. 

Desafío a cualquiera a encontrar hoy, en nuestras comunidades, llantos maternales por el sufrimiento ajeno. Nos hemos enredado, estamos gastando mucha energía solo para mantenernos con vida, cuando la lógica de la semilla dice exactamente lo contrario. 

¿Qué me importan las estructuras del pasado si ya no saben captar ni dejarse transformar por la urgencia de la vida? 

¿Qué me importan querer conservar a toda costa las formas de un cristianismo de pertenencia (pienso en las procesiones, pero, del mismo modo, en otras experiencias y propuestas que no consiguen morir de una vez para dejarnos en paz)? 

¿Qué me importa ver cómo cambia el rostro de la comunidad cristiana, parroquia, diócesis…? 

¿Qué me importa participar en reuniones interminables que solo apuntan a una reorganización territorial para no perder posición, como si se tratara de una guerra? 

¿Qué me importa una Iglesia que no solo ya no escucha el grito de amor de los hombres y mujeres que buscan una forma de vivir lo más dignamente posible, sino que —y esto es lo que más me preocupa— qué hago con una Iglesia que multiplica las estrategias de supervivencia con tal de no convertirse en la madre cananea, con tal de sofocar el humillante grito de amor que dice: «¡Señor, ayúdame!»? 

¿Por qué multiplicar las fuerzas para reafirmar nuestra legitimidad en este mundo y no preocuparnos en absoluto por el silencio, por la incapacidad de gritar que necesitamos ser salvados? 

¿Cómo se traduce hoy el grito de la mujer cananea? ¿Por qué no conseguimos aferrarnos con fuerza a ese «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!»? 

Ten piedad de nosotros, porque somos pobres mártires asustados y desorientados. 

Ten piedad de tus Obispos y presbíteros, que aún no encuentran el valor para clamar su necesidad de ser amados. 

Ten piedad de tus comunidades, tan enredadas en sus miedos. 

Ten piedad de nuestro colonialismo cultural, de nuestra incapacidad para reconocer el Evangelio, más vivo que nunca, en formas y modalidades que no comprendemos, que nos cuestionan y que, sencillamente, nos piden conversión. 

«Mi hija está muy atormentada por un demonio», ¿por qué no conseguimos encontrar nuevas traducciones para esta frase que es una puerta abierta a una nueva forma de estar en el mundo? ¿Dar voz a la preocupación de sentirnos vacíos, poseídos, utilizados y esclavizados por algo que tal vez incluso nos atrevamos a definir como amor, pero que no lo es, porque ya no libera? 

No es fácil transformar las propias expectativas; tampoco lo fue para Jesús. Esta página es valiente. Como si Jesús tuviera miedo de llegar hasta una visión tan ajena y liberadora de la vida. 

Jesús permanece en silencio, no dirige ninguna palabra a la mujer, como si no tuviera ninguna, como si no comprendiera la gramática de esta petición. Como si estuviera desorientado. Silencio. Como para recordarse a sí mismo que es un extranjero en tierra extranjera. 

Y luego parece asustarse: sus discípulos, tan duros en su comprensión de la fe, ante la visión de aquella madre necesitada de vida, «se acercaron y le suplicaron»; ¡la mujer extranjera convierte incluso a los discípulos! El grito de amor convierte más que una catequesis. 

Y Jesús, sin embargo, le explica que siempre ha sido así, que desde que el mundo es mundo la conversión pasa por la elección divina que escoge a un pueblo para convertir, después, al mundo entero. Pero aquí la elegida es la mujer. La elegida es la madre. La elección divina es gritar de amor por otro. Esto abre las fronteras. 

Y ella, además, es hermosa —me refiero a la madre—, es hermosa porque sabe conciliar dos extremos que la hacen irresistible: clama, sí, pero sin pretensiones. Clama su amor y se conforma con las migajas. 

No lo sé, pero creo que la conversión pasa necesariamente por aquí: aprender a clamar nuestra necesidad de amor, pero como extranjeros en tierra ajena, que saben que no pueden pretender nada y que saben dar las gracias por cada migaja de vida que cae al suelo. 

¡Cómo da las gracias un perro cuando te vuelves, cuando te fijas en él! ¡Él no se avergüenza de mostrarte que está contento de necesitarte! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...