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martes, 28 de julio de 2026

Betania, la casa de la amistad.

Betania, la casa de la amistad 

En Betania, una casa tenía una reputación extraña. Allí vivían dos hermanas que no estaban casadas. Su hermano también era soltero. A quien lo criticaba, Lázaro respondía: «Id a la región desértica de Judea y veréis cuántos hombres no están casados». El Reino de Dios está cerca. 

Un Maestro como Jesús que entraba en la casa de dos mujeres era soberanamente libre de ir donde le llevara el corazón. Sin embargo, los fariseos no animaban a los hombres a hablar libremente con las mujeres, ni siquiera con su propia esposa. Hablar demasiado con las mujeres alejaba del estudio de la Torá. 

En la casa de Marta y María, Jesús encontró la acogida y la hospitalidad que le habían negado en Samaria. 

Marta y María tenían un carácter diferente. Se complementaban muy bien. Ambas esperaban la visita de Jesús en su casa, que el Maestro llamaba la casa de la amistad. 

«Pasar de la preocupación por lo que debo hacer por Él, al asombro por lo que Él hace por mí», solía repetir Marta después de cada visita del Maestro. 

«Pasar de Dios como una obligación a Dios como un deseo», repetía María, que amaba sentarse a los pies de Jesús para escuchar sus palabras. Sabiduría del corazón de una mujer, intuición que elige lo que es bueno para la vida y regala paz, libertad, horizontes y sueños: la Palabra de Dios. 

María, que conocía bien a Jesús, sabía escucharlo con asombro; sabía dejarse encantar como si fuera la primera vez. El milagro de María consistía una vez más en beber sus palabras y sus silencios y contemplar sus ojos. Ella sabía que Jesús no buscaba sirvientes, sino amigos; no buscaba personas que hicieran cosas por Él, sino gente que le dejara hacer cosas grandes. 

«El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mí», repetía ella también. El centro de la fe es lo que Dios hace por mí, no lo que yo hago por Dios. 

María, después de cada visita de Jesús, le decía a su hermana: «El primer servicio que se le debe rendir a Dios es escucharlo. La relación comienza con la escucha, porque te contagias de una especie de luz cuando estás cerca de un maestro como Él, un contagio de luz cuando estás cerca de la luz». Marta respondía: «Has encontrado un nido y un corazón que escucha, tienes un rabino solo para ti, para ti una mujer, a la que nadie enseñó». 

A María le debía arder el corazón aquel día. A partir de ese momento su vida cambió. María se había hecho fecunda, vientre donde se custodiaba la semilla de la Palabra, apóstol: enviada a donar, en cada encuentro, lo que Jesús había sembrado en su corazón. 

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por demasiadas cosas», había dicho Jesús, afectuosamente doblando el nombre, no contradiciendo el servicio sino la preocupación, no cuestionando el corazón generoso de Marta, sino la agitación. 

Estaba atento a un exceso que acecha, a un exceso que puede surgir y tragarte, demasiado trabajo, demasiados deseos, demasiada prisa. Primero importaba la persona, luego las cosas. Sentarse a los pies del maestro permitía aprender lo más importante: distinguir entre lo superfluo y lo necesario, entre lo ilusorio y lo permanente, entre lo efímero y lo eterno. 

Jesús no soportaba que Marta se empobreciera en una función de servicio marginal, que se perdiera en las demasiadas tareas del hogar: «, le decía Jesús, eres mucho más. Tú no eres las cosas que haces; puedes estar conmigo en una relación diferente, compartir no solo servicios, sino pensamientos, sueños, emociones, sabiduría y conocimiento». 

Las actitudes de María y Marta eran complementarias. Marta no podía prescindir de María, porque su servicio tenía una única fuente que hacía grande su corazón. María no podía prescindir de Marta porque no había amor de Dios que no debiera traducirse en gestos concretos. La amiga y la sierva eran dos formas de amar, ambas necesarias, los dos polos de un único mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios y amarás a tu prójimo». Solo contaba una única bienaventuranza: «Bienaventurados los que escuchan la Palabra, bienaventurados los que la ponen en práctica». 

Las dos hermanas se cogían de la mano, y cuando nada separe al hombre de Dios, entonces nada separará al hombre del servicio al hombre (Lc 10, 38-42). Son posibles dos actitudes ante la acogida de Jesús: el servicio generoso al huésped, grato y respetuoso, y la escucha atenta de las palabras del Señor. 

Marta desempeñaba el papel tradicional, y es perfecta (Pr 30), de ama de casa. María, por el contrario, inauguraba un papel nuevo y esencial para una mujer: estar a los pies del Maestro como discípula (Hch 22, 3). 

En realidad, Marta daba más importancia a las apariencias que a la escucha, de la que había perdido el sentido. En consecuencia, el sentido de su afán: está preocupada, ansiosa, tensa, insegura, impaciente, mordaz. Marta es la imagen de quien vive momentos de temor, de miedo, sin saber ya regalar una sonrisa y sin saber cuál es exactamente su identidad (o mejor dicho, solo la que le han endilgado). 

Escuchar a Dios era para María la roca de su salvación: «Tú, oh Dios, eres la roca de mi salvación» (Sal 89, 27). La Buena Noticia que se deriva de la meditación consiste en el hecho de que Dios tiene una Palabra para mí, y puedo escucharla, en silencio y en paz, de tal escucha me alimento, crezco en la fe y me realizo como ser humano: «Esta parte mejor no te será quitada». 

Una teología de la humildad de Dios recorre transversalmente las Sagradas Escrituras y recorta historias y personajes que remiten al espejo humanísimo de la fragilidad. Todos aparecen con rasgos humanos, ni perfectos ni perfectamente virtuosos. La Biblia no narra la historia de los ángeles, sino la de los hombres. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida.

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida 

Jesús se dirige a Jerusalén y en este camino se alternan escenas de acogida y de rechazo, de hospitalidad afectuosa y de invitaciones provocadoras. A lo largo de este camino tiene lugar un encuentro con dos mujeres: 

"Mientras iban de camino, entró en una aldea y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María que estaba sentada a los pies de Jesús, escuchaba su Palabra" (Lc 10,38-39). 

Es casi espontáneo un lado u otro, atribuyendo más valor a la escucha que al servicio. Conviene partir de la premisa de que Marta y María encarnan dos maneras de ser que a menudo están presentes juntas también en nosotros. Una no excluye a la otra... quizás ¡éste es el verdadero reto! 

Marta interpreta el papel tradicional de la mujer: el de la perfecta anfitriona y ama de casa (Pr 30). María, por el contrario, inaugura un papel nuevo y esencial para una mujer: ponerse a los pies del Maestro como discípula del Maestro (Hch 22, 3). 

Lucas presta especial atención no sólo al servicio y los cuidados que las mujeres en la comunidad, sino también a su tarea para la edificación de la Iglesia (Hch 9, 36; 16, 14; 18, 26). 

Este episodio de la vida de Jesús sigue inmediatamente al del "buen samaritano", de modo que no parece que el "hacer" sea un "hacer" cualquiera, sino un "hacer" del "buen samaritano", un "hacer" que viene de dentro, del íntimo. 

María se sienta a los pies de Jesús, se pone públicamente a su escuela, siguiéndole, y es fácil imaginar el escándalo. Para comprender el gesto revolucionario no olvidemos la condición de la mujer en aquella época. Pensemos en el murmullo de la gente que estaba alrededor: '¿Cómo, esta mujer, en vez de estar en la cocina, va a la escuela de teología? ¿Pero qué quiere? ¿Qué se cree que es? ¿Qué quiere llegar a ser? ¿Cuáles son sus ambiciones? De ahí la reacción de Marta. 

María descubre que la belleza de su vida reside en la capacidad de escuchar al Maestro, una escucha que no permanece pasiva, es una escucha que hace temblar, que implica, que se convierte en servicio... en Marta. 

María, junto con Marta, son la imagen de un ser humano que alcanza la autenticidad, la claridad y la conciencia de que la condición humana se juega en la escucha y acogida del Otro/Otredad, para aprender a realizarnos en el don y la gratuidad. 

La atención al Maestro, la escucha de su Palabra es para el discípulo la "mejor parte", la que no le será arrebatada. Pero la escucha de la Palabra lleva a la acción concreta y exigente (Lc 8, 15). 

Un segundo aspecto que se desprende del pasaje y que nos puede orientar como discípulos de Jesús es el hecho de que Marta y María están en casa, son las "discípulas de la casa". Casa aquí no es casa, sino discípulos de la vida cotidiana y en la vida cotidiana. 

El hogar, el pueblo, son el 'templo' de la vida ordinaria... el templo de la 'laicidad', el lugar donde ordinariamente los fieles viven su experiencia diaria de fe; es el lugar donde uno puede encontrar a Cristo como el verdadero "Señor" de su vida... pero también se puede encontrar a muchos otros a los que nunca se encontraría en los lugares o en el tiempo' 'reservados' sólo para uno. 

Acoger es una apertura: significa dejar entrar y dejar que la que entra participe en algo propio. 

En la Palabra de Dios acoger significa abrir la puerta, permitir la entrada a la propia casa. Acoger es algo muy visible y tangible. 

La hospitalidad da significado a la presencia del otro. Es, por tanto, una elección: llevar a la persona acogida con uno mismo. 

Acoger significa hacer espacio para los demás en el entorno de vida de uno. Significa desencadenar un proceso de transformación mutua: doy la bienvenida al otro si parcialmente me "convierto" en el otro, y si el otro a su vez se convierte en parte en mí. 

Esta vocación de la acogida no es como una invitación a perder la propia especificidad, las propias ideas, la propia identidad. En la acogida real, en la aceptación mutua, no nos reducimos a uno sino que nos convertimos en tres porque se genera una nueva realidad cuando acogemos. 

La acogida es la virtud de quien sabe reconocer la diversidad como una riqueza y dejar que la propia vida venga cambiada por el encuentro con el otro. Es la virtud de quien sabe crear, inventar espacio el uno para el otro. La virtud de quien quiere buscar y sabe encontrar un idioma común, lugares y espacios para compartir el encuentro. 

Acoger en nuestra casa… 

Hoy existe una obligación urgente de que seamos generosamente prójimos de cada ser humano. 

Si una comunidad es amorosa atrae es porque la acogida es necesariamente atractiva. La vida llama vida. Hay una gratuidad extraordinaria en su poder de procreación y creatividad. Es maravillosa la forma en la que un ser vivo genera otros seres vivos. 

El amor es constantemente movimiento, nunca puede permanecer estático. Si el corazón humano no progresa, retrocede. Si no se abre más y más, se cierra y entra en proceso de muerte espiritual. Una comunidad que empieza a decir "no" a la hospitalidad, por miedo, por cansancio o por motivos de inseguridad o comodidad, entra igualmente en el proceso de la muerte espiritual. 

Pronunciar y realizar en la vida la dimensión de la acogida y de la hospitalidad nos abre el corazón. Es humano y divino sentir la bienvenida. Todos queremos a alguien que nos reciba tal como somos y si hemos experimentado que alguien nos 'acoge' y nos ama sin querer cambiarnos, hemos probado, por un momento, lo que significa la felicidad. 

Nuestro camino discipular nos lleva hacia muchos otros a los que acoger pero también nos empuja a reflexionar, a comprender, a discernir nuestra capacidad real de acoger. Pero, ¿esta capacidad es innata o puede aprenderse? 

Que aprendamos a acoger como discípulos amados y con el Corazón de Jesús. Y cultivemos esa hospitalidad. 

Porque el discípulo amado es el que acoge en su casa (Juan 19, 27). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón.

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón 

La Liturgia nos invita a celebrar juntos a los tres hermanos de Betania, porque la Iglesia latina dudó durante siglos sobre la identificación de María, superponiéndola a la Magdalena y a la mujer pecadora de la que habla el evangelista Lucas, que a su vez realiza el gesto de ungir los pies de Jesús (cf. Lc 7,36-50). 

Después del Concilio Vaticano II, María de Betania fue distinguida tanto de la Magdalena como de la pecadora anónima del Evangelio de Lucas. 

Sin embargo, solo a partir de la edición del Martirologio Romano de 2001 se conmemora a santa María de Betania junto con sus hermanos Marta y Lázaro (recordados anteriormente el 17 de diciembre). 

Síntoma de todos estos cambios histórico-litúrgicos es también la propuesta, en el Leccionario, de dos pasajes del Evangelio que, en mi humilde opinión, son ambos inadecuados (o al menos insuficientes) para celebrar a los tres hermanos de Betania: 

1.- el primero presenta a Marta y María afligidas por la muerte de su hermano Lázaro y el diálogo de Jesús con Marta sobre la resurrección; 

2.- el segundo es el pasaje que conocemos de memoria y que hemos maltratado convirtiéndolo en una página ejemplar para la distinción (o, peor aún, la contraposición) entre la vida activa y la vida contemplativa. 

Para esta ocasión, yo habría elegido el relato joaneo de la unción de Betania, y en particular los tres primeros versículos: 

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María tomó entonces trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy preciado, lo derramó sobre los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos, y toda la casa se llenó del aroma del perfume (Jn 12,1-3). 

Pero solo leyendo juntos todos los pasajes del Evangelio que nos hablan de esta casa comprendemos el clima de amistad, afecto e intimidad que Jesús encontraba allí. 

El evangelista Juan, al comienzo del largo relato de la resurrección de Lázaro, anota: Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (Jn 11,5). 

El verbo griego utilizado para indicar este tipo de amor es agapào (que en latín se traduce por caritas): significa amor desinteresado, inmenso, desmesurado, y se utiliza en la teología cristiana para indicar el amor de Dios hacia la humanidad. 

En la casa de Betania, Jesús experimentó el espíritu familiar y la amistad sincera y desinteresada de estos tres hermanos: esto se entiende por el clima de sencillez, cotidianidad y confianza que se desprende de los rasgos con los que se describen los distintos episodios. 

En particular, se entiende por el contexto en el que Jesús va a «buscar refugio» en esta casa. En el relato de Lucas, el Maestro se dirige ya decididamente hacia Jerusalén (cf. Lc 9,51) y está a punto de afrontar el momento crucial de su vida. Ya ha recibido varias veces la confirmación de que Jerusalén, la gran ciudad, «mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía» (cf. Lc 13,34), y ya lo ha anunciado sin rodeos incluso a sus amigos más cercanos (cf. Lc 9,22 y 9,44). Así, en el relato de Juan, nos encontramos ya «seis días antes de la Pascua»: no una Pascua cualquiera, sino su Pascua, la de la Pasión y la muerte. 

Son momentos de tristeza, de angustia... Jesús necesita paz, amistad, acogida, un refugio. En estos momentos no puedes acudir a cualquiera. En esos momentos se necesitan los verdaderos amigos. Son momentos de la vida en los que se necesita un amigo de verdad, de esos que solo se encuentran dos o tres en toda la vida, a los que se puede llamar incluso a la madrugada y ellos están ahí. 

¡Cuántas veces quizá hemos vivido también nosotros también esta experiencia! Cuando nos hemos sentido abrumados por… Es entonces cuando sentimos una fuerte necesidad de refugiarnos en los afectos más queridos, en las amistades más verdaderas y sinceras. Necesitamos descansar física, mental y «afectivamente». Otras veces tenemos el honor (y la carga) de ser «buscados» por alguien que ha encontrado en nosotros ese refugio. 

Jesús «no se avergüenza de llamarnos hermanos», dice la carta a los Hebreos (Hb 2,11). El misterio de la encarnación del Verbo ha hecho a Jesús hermano universal de la humanidad. Jesús tampoco se avergüenza de llamarnos amigos. Lo declara abiertamente a sus discípulos en la última cena: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El título de amigo, atribuido a Jesús, no es una pretensión ilusoria de sus discípulos de ayer o de hoy, sino un don de su corazón misericordioso. 

El Evangelio no es prerrogativa de nadie. La palabra de Jesús es un don para todos, como lo es su persona. Sin embargo, el mensaje evangélico y la persona de Jesús tuvieron diferentes resonancias en el corazón de quienes lo escuchaban y lo encontraban: acogida o rechazo, entusiasmo o indiferencia, correspondencia u oposición. Incluso entre quienes lo acogieron hay un crescendo de intimidad, que va desde las multitudes que seguían al Maestro para escucharlo y ser sanadas, hasta el grupo de los Setenta y las mujeres que lo acompañaban y lo ayudaban con sus bienes (Lc 8,1-3). 

Jesús vivió una relación muy especial con los Doce, y entre ellos aún más intensa con Pedro, Santiago y Juan, a quienes Pablo llamará las columnas de la Iglesia primitiva (cf. Gál 2,9). Entre las personas que estuvieron cerca de Jesús destacan Juan, el discípulo más joven, el amado, que apoyó la cabeza en el pecho del Maestro durante la última cena, y María Magdalena, que, liberada del poder del mal, siguió a Jesús hasta el Calvario y con tanta tenacidad lo buscó en el jardín de Pascua y se convirtió en la primera testigo de su resurrección. 

Entre los amigos de Jesús figuran también los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro, a quien Jesús mismo llamó «amigo» (Jn 11,11), como nos señala el Evangelio cuando Jesús dice: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo». Totalmente humana y divina la amistad de Jesús en Betania. La amistad de Jesús se expresa en su llanto ante las lágrimas de las hermanas y ante la tumba de su amigo. Pero Jesús no está prisionero de las lágrimas y de la impotencia humana ante la muerte, su amistad divina devuelve la vida al amigo que lleva ya cuatro días en la tumba. 

Uno de los títulos más hermosos que los enemigos de Jesús atribuyen al Maestro de Nazaret es el siguiente: «Amigo de los publicanos y de los pecadores». ¡Cuán consoladora resuena esta frase para nosotros y para todos los que creen e invocan el amor misericordioso de Cristo! Jesús es criticado por los bienpensantes de su tiempo por su manera humana y amistosa de acercarse a la gente, sobre todo a los que eran considerados alejados, pecadores públicos, como los recaudadores de impuestos y las prostitutas. 

Jesús, que conoce el corazón humano, sabía bien que la amistad es el octavo sacramento, capaz de abrir los corazones de todos, sin prejuicios ni prevenciones. «¿Me amas más que a estos?» (Jn 21,15-19) - fue la triple pregunta que Jesús hizo a Pedro después de la resurrección. La conciencia de su propia fragilidad hizo que Pedro dudara en su respuesta. Cuán verdadero y cercano nos resulta ese Pedro temeroso que responde avergonzado a la inquietante triple pregunta del Resucitado: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». 

Caen las comparaciones de superioridad, caen las expectativas demasiado altas y nace en nosotros la confianza en el conocimiento que Él, el Señor, tiene de nosotros, y en la confianza que Él deposita en nosotros... Jesús, que había sostenido a Pedro con la oración (Lc 22,32), no culpa al discípulo sincero y generoso, aunque débil. «Tú, sígueme», repite Jesús a Pedro, después de haberle hecho comprobar en su interior el amor por el Maestro, que ni siquiera la experiencia del pecado y la fragilidad habían borrado. «Si me amas... ¡No importa si de manera perfecta o más que los demás! Si realmente me amas, cuida de mis hermanos, de mis ovejas, de mis corderos. Sígueme, Pedro, ámame tal como eres, porque si esperas amarme cuando seas perfecto, nunca estarás listo para amarme y servirme». 

La amistad de Jesús no disminuye su grandeza, y su grandeza no oculta su amistad. La amistad es la gramática de la Buena Noticia del Reino. Lázaro, María y Marta fueron testigos de ello en aquel hogar que fue para Jesús refugio de su corazón. 

Creo, pues, que podemos y debemos invocar la intercesión de estos tres hermanos que fueron capaces de convertirse en los amigos más especiales nada menos que de Jesús en persona. Se trata de aprender la hospitalidad. Y se trata, incluso más aún, de convertirnos realmente en «una casa de Betania» para todos aquellos que, también hoy, nos conceden el inmenso honor de acoger al Maestro: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

En la escuela de una mujer.

En la escuela de una mujer 

El Evangelio narra en varias ocasiones a Jesús recibiendo lecciones de mujeres. Uno de estos casos en los que encontramos a Jesús en la escuela de una mujer es precisamente en la casa de Betania, donde aprende lo que es el desperdicio del amor. 

A los discípulos les había dicho expresamente: Dentro de dos días es Pascua y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado (Mt 26,2). Pero ellos no reaccionaron, es más, habían ignorado la noticia. Justo cuando se conspiraba contra él, Jesús se retira a Betania, a la casa de la amistad, donde una mujer sorprende a todos con un gesto gratuito, con sabor profético. 

Intentemos imaginar la escena: en el centro está Jesús, a sus pies una mujer realiza un gesto de extraordinaria ternura hacia el cuerpo de Jesús. Al fondo, las críticas interesadas de Judas. Finalmente, la palabra de Jesús que elogia el gesto de la mujer. 

María no dice una palabra a nadie, ni siquiera a Jesús. En cambio, es lo que hace su palabra más elocuente que Jesús no dejará de resaltar. 

La acción de María debe releerse a la luz de esa otra escena que siempre ocurre en la casa de Betania, donde Jesús está de nuevo en el centro y María a sus pies mientras escucha sus palabras. También en este caso no faltan las críticas a la conducta de María por parte de su hermana Marta (Lc 10,38-42). 

Las dos escenas presentan bastantes analogías: Jesús está en el centro; María está convencida de que por él se puede «perder» mucho tiempo, por él se puede «desperdiciar» un perfume tan caro. En ambas escenas, el comportamiento de María, totalmente absorta en la persona de Jesús, no se entiende, sino que se critica duramente. Marta querría que su hermana la ayudara en las tareas del hogar en lugar de estar a los pies de Jesús escuchándolo; Judas querría que el costoso perfume se vendiera para dar el dinero a los pobres. 

La elección de una existencia dominada por la centralidad de Jesús, marcada por la dedicación exclusiva a Él, a su palabra, a su persona, no se comprende. Parece una elección irresponsable porque carga sobre los hombros de los demás las tareas de la vida cotidiana, parece una elección irresponsable porque desperdicia recursos que podrían utilizarse mejor. No todos entienden y aprecian la elección de hombres y mujeres que dedican toda su existencia al Evangelio. 

Para María no hay nada más importante que la persona de Jesús. 

No es así para Judas: ¿por qué no se vendió...? ¿De qué acusa María, aunque sea de forma implícita? De haber malgastado el dinero. A él no le interesan los pobres, sino la codicia del dinero. Judas protesta porque ese perfume vale trescientos denarios. ¡Qué contraste! Él venderá al Maestro por mucho menos: apenas treinta denarios. 

María y Judas son dos figuras opuestas: 

– María, la amiga fiel, unge a Jesús con perfume; Judas, el amigo traidor, provoca su muerte. 

– María, con su acción, hace algo gratuito; Judas, con sus críticas, manifiesta su esclavitud al dinero. 

– La acción de María hace que la casa se llene de perfume; la pregunta de Judas manifiesta el clima asfixiante creado por quien tiene turbias intenciones de fraude. 

En Betania, Jesús se enfrenta a una mujer que, como la viuda de Mc 12,38-44, no se guarda nada para sí misma. De hecho, esa mujer podría haberse limitado a echar la medida suficiente (lo justo) para honrar a ese notable invitado, ahorrándose así las críticas de los comensales. Lo sabemos: no ocurre nada nuevo en la vida cuando nos detenemos en la lógica de lo suficiente. 

El sentido común juzga una acción así como irracional, al igual que irracional es el donativo de aquella viuda que, por otra parte, estaba exenta de pagar el impuesto al Templo. A todos nosotros se nos ha enseñado que una cosa valiosa debe usarse con moderación: será precisamente esto, de hecho, lo que provocará el comentario de desaprobación por parte de los comensales. 

Y, sin embargo, podemos decir que fue precisamente en Betania donde Jesús aprendió lo que luego haría en la última cena con sus discípulos. Esa acción permanecerá grabada en la memoria de su corazón, tanto le había gustado. 

De hecho, poco después hará lo mismo con sus discípulos: Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13,1). Y lo hará con un lavado de amor, Él, el Maestro, el Señor, a los pies de sus discípulos. Incluso a los pies de su traidor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Elogio de los gestos desmesurados.

Elogio de los gestos desmesurados 

Toda la casa se llenó del aroma de aquel perfume”… Cierro la luz de la mesilla de noche, y después de leer el pasaje de este Evangelio que abre lo que llamamos la Semana Santa y pienso en este momento vivido por Jesús unos días antes de su muerte. Otro banquete, una invitación a cenar en casa de un amigo. La historia, sin embargo, no se centra en la mesa, aún no ha llegado el día para centrarse en una cena. 

En este relato evangélico, la Palabra cae inmediatamente al suelo, debajo de la mesa. Hay una mujer que se arrodilla a los pies de Jesús, literalmente acurrucada, llorando - dice uno de los evangelistas - y con sus lágrimas moja esos pies, los lava del polvo y luego los acaricia y los seca con sus largos cabellos. Y todavía no es suficiente, no para... quiere ungirlos y masajearlos, rociándolos con un ungüento muy fragante, aceite de nardo, precioso y muy caro. Utiliza todo lo que tenía, incluso rompiendo la botella que lo contenía para no dejar ni una gota en su interior. 

Ni una gota desperdiciada... 

Una gota habría bastado para ungir y perfumar... no, piensa, todo. No se reserva nada. 

Todo mi perfume para ti, Jesús Todo. Perfume en exceso, en abundancia. 

Un gesto loco. 

Demasiado, piensan los comensales molestos, escandalizados por este vertido exagerado, por esta intimidad audaz. Empiezan a medir. Juzgan el exceso, el desperdicio. Juzgan la pasión sin ver el amor y provocan una vez más la reacción de Jesús. 

Un gesto sin límites, sobreabundante y gratuito. Es un aceite extendido y untado con toda el alma, es más, con toda ella misma, con todo su ser, manos y cabellos. Un deseo de amor espontáneo y límpido, sin carga, sin miedo y sin vergüenza. 

El amor es así: Alma y Cuerpo unidos en entregarse, en servir, en hacer sentir bien a quienes amas. Más allá de cualquier esfuerzo, más allá de los límites a veces, sin pedir nunca la cuenta, sin hablar demasiado. 

Solo por amor. 

Jesús ve el corazón, conoce el verdadero amor de esa mujer y se deja tocar, se deja amar. Ahora es el momento de la cercanía, de percibir y saber dar todo lo que tienes dentro, lo que estás viviendo con el Señor Jesús. 

Porque ama mucho”, les dice a sus invitados. La medida de Jesús está aquí mismo, en el amor desbordante. Y Jesús lo conoce, lo sabe. 

Jesús sale, acoge, libera. 

Pero mientras tanto, ese olor se esparce por el aire y llena toda la casa, dice Juan. No se queda abajo, a los pies de Jesús, se eleva alto, lo impregna todo, deja que esa maravillosa declaración de amor no se desvanezca, sino que invada los corazones, infecte las almas de los escépticos y de las almas contenidas. Este gesto de amor de Jesús lo eleva a una dignidad extraordinaria. Incluso algo tan efímero, quizás inútil e innecesario como un perfume, cobra un valor muy alto en esta página del Evangelio. El perfume en sí nunca es necesario, sin embargo es lo que nos avisa de que hay algo bueno o bello. Y el perfume queda suspendido en el aire. 

Hueles bien” nos gusta decir mientras abrazamos a alguien cuando le vemos feliz, cuando sabemos que se siente amado. 

Y es ese tipo de perfume el que hay allí... 

Siempre me encuentro mucho en esta mujer. Todos mis esfuerzos son un regalo, cada lágrima es como una gota de nardo porque sé que de alguna manera contagiará el amor con el que trato de hacer todo y lo que tengo dentro. Dejar un rastro... es lo que me gustaría que hiciera mi vida. Estela perfumada, que sabe del bien que vivo, que respiro y quiero proteger y dar. 

Cada una de nuestras vidas es un tarro de nardo, que no conviene mantener cerrado por miedo a desperdiciarlo. Hay que utilizarla, esparcirla gota a gota, darse en abundancia, encontrándose a veces incluso en arrebatos imprevisibles y fuera de todo cálculo. Allí, allí mismo, se romperán todos los frascos de nuestros cierres, de las inseguridades y los miedos, de nuestras vidas insípidas e inodoras. 

Y Jesús recogerá amor, sólo amor y lo derramará en nuestros corazones de una manera nueva. Él mismo será vaso rebosante y roto para todos nosotros, gotas de amor y gotas de dolor, de alma y de cuerpo, dadas sin medida… “hasta el extremo”. 

Un aroma, auténtico y sin precedentes, de pasión. 

Habrá entonces un nuevo tiempo, un tiempo en el que dulcemente le dirá a esa misma mujer "noli me tangere", no me toques, o mejor dicho, no me abraces, no me retengas. Jesús resucitado la conducirá de la mano hacia un Amor liberado, lejos de la corporeidad, pero profundamente arraigado en ella, y que soltará una vez más un nuevo aroma a su alrededor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 25 de julio de 2025

Betania: una fe hospitalaria. El ministerio cristiano de hospedar en casa propia - hospitalidad y Evangelio -.

Betania: una fe hospitalaria. El ministerio cristiano de hospedar en casa propia. Hospitalidad y Evangelio 

Te presento qué me ha movido a pensar y redactar este pequeño ensayo sobre la hospitalidad. Por favor, antes de continuar o no, lee esta explicación con atención. Cuando en nuestras comunidades religiosas se plantea la posibilidad de poder comenzar a pensar en la acogida, bajo el mismo techo y en la misma mesa, de personas emigrantes que están haciendo su itinerario personal acompañado y monitorizado de integración en nuestro país, se suelen plantear miedos y temores. A veces se verbalizan. Otras veces, no. Este pequeño ensayo ha sido suscitado por la escucha de esos miedos y temores que otros han verbalizado. Pero no trato de responder en abosluto a los mismos. El esfuerzo de mi reflexión a mí me ha ayudado a mirar cuáles son mis miedos y cuáles mis temores al huésped diferente (otra condición, otra cultura, otra formación, otra raza, otra religión, otro status…). Hecha esta precisión, yo escribo esta reflexión, y tú, si quieres, puedes o no continuar su lectura para hacer tu propia reflexión. 

En la casa de Betania habita la familia de Lázaro, María, Marta que ofrecen frecuentemente su acogida a Jesús y sus discípulos. Existe un vínculo sutil y oculto entre quien acoge y quien es acogido: en el fondo, la precariedad nos pertenece a todos, es algo común, nos hace similares y, por lo tanto, hermanos. 

Sin embargo, se necesita una mirada «contemplativa» para interiorizar esta realidad sin dejarse abrumar por actitudes y palabras cargadas, en el mejor de los casos, de indiferencia. Se necesita una mirada «contemplativa» para captar la riqueza, pero también el esfuerzo de los gestos capaces de mejorar nuestro mundo en lugar de embrutecerlo sembrando sospechas estériles e interpretaciones sesgadas: y uno de esos gestos es la hospitalidad. 

Es necesario recuperar la centralidad de la acogida, de la hospitalidad en la vida cristiana. La hospitalidad no debe considerarse solo como una virtud cristiana, social, política, …, sino como el tiempo oportuno y favorable 'kairos' y el espacio donde, superado el miedo y el desconocimiento del otro, Dios se revela inesperadamente transformando la vida de las personas. La acogida se convierte, por tanto, en un 'locus theologicus', el lugar en el que, al acogernos mutuamente, acogemos en realidad a Dios y a sus ángeles, incluso sin darnos cuenta (cf. Hb 13,2). 

Es una categoría teológica capaz de responder a las exigencias de los signos de los tiempos que vivimos. La hospitalidad, ya sea un pensamiento, ya sea una práctica, ayuda a pensar y a practicar el estilo del diálogo. Es el estilo que inevitablemente genera las prácticas de hospitalidad: relacionales, eclesiales, pastorales, ecuménicas … sinodales. 

La práctica hospitalaria exige un pensamiento hospitalario para convertirse en práctica difundida (virtud), no en una declinación operativa, sino en el estilo de las personas y las comunidades que profesan una fe hospitalaria. 

La hospitalidad es una de las formas más antiguas y difundidas de virtud social de la humanidad. Las raíces de esta virtud se encuentran sin duda en la obligación de ayudarse mutuamente, sobre todo teniendo en cuenta que la necesidad de ser acogido es una experiencia que tarde o temprano todos tenemos. Para garantizar que quienes lo necesitan puedan encontrar acogida, todas las religiones y sabidurías humanas siempre han considerado la hospitalidad como un deber sagrado. 

Sin embargo, no podemos dejar de señalar que en el Antiguo Testamento no hay ningún mandamiento al respecto, y que la hospitalidad no forma parte de las virtudes por las que se prevé una bendición especial (o maldición en caso de incumplimiento de la obligación de acoger). 

Con todo, muchas historias bíblicas están relacionadas precisamente con la hospitalidad y la acogida (para que haya hospitalidad es necesario ser capaz de acoger, por eso los dos términos se utilizan como sinónimos). Los patriarcas primero y luego todo el pueblo se presentan originalmente como «extranjeros» que solo pueden vivir si son «acogidos» por otros. La historia de Abraham, el padre por excelencia de Israel, es un paradigma esencial (cf. Gn 18,1-10). 

Al forastero que se acogía en casa no se le preguntaba ni su nombre ni su identidad, porque bastaba con encontrarse ante un extranjero en situación de necesidad para que se activara la gramática de la hospitalidad. La reciprocidad de las relaciones de acogida era la base de las alianzas entre personas y comunidades, que constituían la gramática fundamental de la convivencia pacífica entre los pueblos. 

La guerra de Troya, icono mítico de todas las guerras, nació de una violación de la hospitalidad (por parte de Paris). La civilización romana siguió reconociendo la sacralidad de la hospitalidad, que también estaba regulada jurídicamente. La Biblia, por su parte, es un canto continuo al valor absoluto de la hospitalidad y la acogida de los huéspedes, a los que no pocas veces se llama «ángeles». 

El primer gran pecado de Sodoma fue negar la hospitalidad a dos de los hombres que habían sido huéspedes de Abraham y Sara en las encinas de Mamre (Génesis 18-19), y uno de los episodios bíblicos más espeluznantes es una profanación de la hospitalidad: la violación y el asesinato de las hijas de Gabaa (Libro de los Jueces, 19). 

El cristianismo recogió estas tradiciones sobre la hospitalidad y las interpretó como una declinación del mandamiento del ágape y una expresión directa de la predilección de Jesús por los últimos y los pobres: «Era forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). 

La hospitalidad requiere mucho más que permitir la existencia del otro. Sin duda, es ya un gran paso de humanidad conceder que el otro pueda existir en su alteridad y diversidad, «junto a mí». Sin embargo, muy diferente es la actitud necesaria para hacerle espacio y permitirle entrar en «mi casa». 

No ofrecemos la hospitalidad de cerca, no la proporcionamos bajo un roble en el bosque o en la calle, sino que le decimos al amigo: «Ven a mi casa». ¿Alguna vez hemos pensado en esa frase tan sorprendente: «Ven a mi casa»? Sugiere que la acogida es primero espiritual, que abriré a mi huésped mi «yo», mi corazón. 

Porque mi casa soy yo, mi yo ampliado. La casa me cuida como el cuerpo al alma, es para mí como mi cuerpo soy yo. La casa centra al hombre, física y moralmente. Favorece la intimidad; a través de ella se sabe dónde encontrarse, dónde reunirse. 

El mejor huésped es aquel que hace que el que llega se sienta tan a gusto que se siente como en su propia casa: hay algo sagrado, hay algo divino en la hospitalidad. 

Imagino a Dios, para quienes tratamos de creer en Él, que cuando nos acoja al final de nuestra vida hará todo lo posible para que no nos sintamos incómodos o fuera de lugar, para no incomodarnos. Quizás el Paraíso, para quienes creemos en Él, consistirá en sentirse total, completa e íntegramente acogidos. Será no sufrir más ninguna lejanía. 

Es especialmente significativo que una de las claves de la relación de la humanidad con Dios en Jesucristo sea precisamente la categoría de la hospitalidad: ante un Dios que se hace presente en la vida del mundo, la actitud que hay que adoptar no puede ser otra que la de la acogida. 

No es casualidad que la última imagen de Dios que nos ofrece el Nuevo Testamento sea precisamente la de alguien que promete llegar (cf. Ap 22,20) y, en esto, asume la condición de quien llama a la puerta esperando que se le abra: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

También el Evangelio de Juan expresa el misterio de la encarnación con las mismas categorías: «La luz verdadera, que ilumina a todo hombre, vino a este mundo. Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre […] Y el Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros» (Jn 1,9-14). 

Al exponerme al otro, al acogerlo en mí, en mi casa, en mi mesa, estoy siempre esperando que el otro haga lo mismo. Si por milagro lo hace, yo me convierto en su huésped y él me da hospitalidad. Este es el hilo conductor que atraviesa las Escrituras, desde la figura de Abraham hasta la cena prometida en el Apocalipsis. 

Así, si relacionarse con Dios es ante todo acogerlo, hacerle espacio, no es de extrañar que se exija la misma actitud hacia las demás personas, reconociéndoles incluso una cualidad divina. Acoger a alguien es fundamentalmente acoger a Dios, y no acoger a quien llama a nuestra puerta se compara con no acoger a Dios mismo. 

Hay varios pasajes que expresan este principio fundamental, a menudo recordando precisamente la experiencia de Abraham en Mamre: «No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Hb 13,2); «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35; cf. también vv. 38.40.43-45). 

Estas consideraciones permiten ampliar la mirada desde actitudes individuales más o menos virtuosas a lo que podríamos definir un verdadero estilo social. Sabemos bien por la historia que la vitalidad y la longevidad de una civilización (de una cultura, de un «imperio») son directamente proporcionales a su capacidad de acoger a poblaciones diferentes, haciéndoles espacio tanto física como culturalmente. 

Cuando, en cambio, la actitud se vuelve obsesivamente defensiva y la sociedad se organiza según el dicho latino «hospes hostis» (es decir, todo extranjero es enemigo), se produce una rápida e inexorable degradación que acaba por arrollar incluso a quienes pensaban defenderse de un peligro y garantizar su supervivencia. Solo la irrupción inesperada de alguien más puede ponernos de nuevo en pie y en movimiento. 

La hospitalidad ha sido una característica de la vida civilizada en muchas sociedades, pero es impresionante ver también la amenazante proximidad entre hospitalidad y hostilidad. Los griegos tienen un solo término, xénos, para referirse al enemigo-extranjero y al huésped, mientras que el latín atribuye la misma raíz hostis al extranjero y al invitado. 

La hospitalidad implica una gama de relaciones complejas y se refiere a la acogida del otro y a la aceptación de la diferencia. Es un tema clave en el enfoque relacional entre los seres humanos. 

La hospitalidad exige a la persona una serie de disposiciones que resultan esenciales. Para que se produzca un diálogo auténtico es necesario, en primer lugar, alimentar la vida con una actitud de búsqueda esencial y profunda. Partir siempre animados por la convicción de que se está recorriendo un camino «en suelo sagrado». El otro es portador de un «patrimonio humano» que no puede ser revelado ni minimizado. La búsqueda de un contacto estrecho y desarmado con el otro es también un requisito previo esencial. 

Esto requiere una actitud inicial de respeto y amistad. Es necesario respetar a las personas y sus convicciones, reconociendo que en ellas vive lo más precioso. Este clima espiritual debe impregnar todos los pasos del proceso de hospitalidad, con una atenta disposición a cuestionarse siempre a uno mismo. La hospitalidad no puede entenderse como un medio para otros fines; no puede entenderse como un medio para la evangelización. 

Lamentablemente, por ejemplo algunos religiosos misioneros, hemos sido educados en relaciones «funcionales», «instrumentales», es decir, orientadas al objetivo de evangelizar. Las suyas son precisamente relaciones «pastorales». No olvidemos que «pastoral» deriva de «pastor». «Pastor» es aquel que provee el «alimento» de las ovejas. Por lo tanto, la formación presbiteral es unidireccional. 

La formación para «hacer religiosos» está orientada a «dar de comer» a los demás, a preparar la «papilla», la «comida» para los demás. ¡Siempre tiene algo que dar a los demás, nunca algo que recibir! Es urgente una educación para la convivencia de posiciones, convicciones, culturas, creencias, perspectivas y visiones. 

He aquí que la hospitalidad necesita otra actitud: la humildad. La apertura al otro exige ese abandono de uno mismo, una conciencia de la contingencia y de la vulnerabilidad. Como observaba Raimon Panikkar, «ningún individuo, ningún grupo humano, ni siquiera toda la humanidad viva en un momento dado de la historia puede encarnar la medida absoluta de la verdad». 

Nada más letal para el diálogo que el sentimiento de superioridad, de ‘hybris’ arrogante o de desprecio, aunque sea encubierto. El diálogo, la hospitalidad, requieren este vaciamiento de uno mismo, esta kenosis, para poder dejar emerger al otro, esta descentralización esencial, esta apertura del corazón. 

Hay también otra disposición importante, que comprende la simpatía y la atención hacia el otro. Hay que dirigirse al otro, exponerse a su enigma y misterio con una atenta aplicación del espíritu. Estar atento y vigilante para adentrarse en sus fronteras, sintonizar con su vida. 

Simone Weil hablaba de la «virtud milagrosa de la simpatía», camino esencial para adentrarse en el mundo interior del otro; y también de la atención como «la forma más rara y más pura de la generosidad». Virtudes que son esenciales para conocer al otro desde dentro, rompiendo las jerarquizaciones problemáticas. Afirmaba con razón que quien conoce el secreto de los corazones es el único que conoce también el secreto de las diferentes formas de fe. La atención es la puerta de entrada a la hospitalidad. 

La alteridad se caracteriza por un patrimonio de misterio que se revela en cada momento, permitiendo comprender en cada ocasión su importancia. Siempre desconcierta y seduce. Traduce ante todo el misterio de la maravilla, que es fascinación y admiración. Es cuando la alteridad se presenta de manera significativa y se produce el impacto con el otro, con su presencia inusual e inaplazable. Es esta admiración la que hace posible el asombro y pone en marcha una provocación inédita de descentralización y apertura. 

En su lección sobre metafísica, en 1929, Martin Heidegger señalaba este encuentro con «la extrañeza del ente». La admiración se produce precisamente en el momento en que la extrañeza choca con el sujeto, obligando a investigar y a preguntarse por qué. 

La presencia del otro no solo suscita admiración, sino también inquietud, en la medida en que su presencia provoca desorientación y una desviación del camino seguro seguido hasta ese momento. Es la otra cara de la dinámica de la alteridad, que provoca la experiencia del límite y de la frontera, de la autoexposición al mundo del otro. 

La hospitalidad ha sido un signo de civilización y humanidad también en cuanto no se reduce simplemente a ofrecer refugio o comida, sino que se revela como un fenómeno social total. Lo que se comparte no son solo bienes de consumo, sino cortesías, banquetes, ritos, danzas, fiestas. 

La hospitalidad comienza en la puerta de casa, cuando nos encontramos con el rostro de un desconocido, un extraño o un extranjero. Ahí se plantea la delicada cuestión de la «frontera entre dos mundos», el interior y el exterior. Se trata de una línea divisoria de una intrusión, ya que la hospitalidad es intrusiva, implica, se quiera o no, un aspecto de violencia, de ruptura, de transgresión, incluso de hostilidad. La hospitalidad marca un límite, es decir, una línea que implica una transgresión, una intrusión. Penetrar en el dominio del otro. 

Hay que llamar a la puerta del otro con cuidado, con atención. Entrar en un nuevo espacio requiere cautela, delicadeza y atención. Hay que mantener un perfil bajo y renunciar a imponer. El gesto de la hospitalidad presupone romper los residuos de hostilidad que siempre están implícitos en los actos que forman parte del encuentro. 

Esto no significa romper la distancia que sigue existiendo: la paradoja del gesto hospitalario es tener que ofrecer preservando, mantener la distancia estableciendo una presencia. No se trata simplemente de una «acogida integradora», sino de un respeto radical hacia la alteridad, que es irreductible e irrevocable. En la práctica de la hospitalidad se produce esa transformación que implica un don de sí mismo. 

Una condición esencial de la hospitalidad es el diálogo, el paso del yo al nosotros, al ejercicio de la amistad que implica la acogida del otro en la esfera de la intimidad. En el diálogo hay un ejercicio singular de traspasar fronteras, de avanzar más allá de los límites de nuestra finitud y contingencia. El diálogo siempre deja una «huella» que revela un horizonte inaudito. 

Lo que hace un verdadero diálogo no es haber experimentado algo nuevo, sino haber encontrado en el otro algo que aún no habíamos encontrado en nuestra propia experiencia del mundo. El diálogo posee una fuerza transformadora. Donde el diálogo ha tenido éxito, ha quedado algo para nosotros y en nosotros que nos ha transformado. El diálogo posee, así, una gran proximidad con la amistad. 

No hay un camino prometedor más que a través del diálogo, aunque hay que reconocer las dificultades y tensiones que caracterizan su realización. Es siempre un tesoro precioso, una zona de aventura, de miedo y de inquietud. 

Es una zona de paso, una cartografía incompleta donde los interlocutores son invitados, manteniendo su propia identidad, a reflexionar bajo una nueva luz. Descentrados de su centro respectivo, se orientan hacia un nuevo punto de luz y un gesto solidario. En el centro del diálogo está la acogida: en la belleza del rostro que contemplo, en la mirada del otro que me observa y me invita a mover los labios. 

Me gusta recordar una frase muy bella y sugerente de Emmanuel Levinas: «El otro —dice— es un rostro por descubrir, contemplar y acariciar». Ahí está toda nuestra teoría moral: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Volcarse hacia el otro y encontrarse con el otro los rostros, el suyo y el mío, volcados recíprocamente. 

El diálogo es la expresión viva de la noble virtud de la hospitalidad. Requiere abrir las puertas, respirar con amplitud, disponer de un espacio luminoso. Es una condición esencial para una cultura de la paz. 

El encuentro con el otro no puede reducirse a una «mezcla sonora», a un simple ejercicio de escucha, sino que debe implicar los corazones y las mentes en un movimiento de amistad y búsqueda de comprensión mutua. No son individualidades fijas e impenetrables las que se encuentran, sino dos mundos que se implican, aunque cada uno conserve un misterio que sigue siendo insuperable. 

Es la propia individualidad la que está llamada a abrirse y a apropiarse de nuevas posibilidades. No es fácil, ya que provoca una lucha interior, de eliminación de las dudas para dejarse acoger por lo diferente. 

La hospitalidad como acogida de la alteridad caracteriza la figura de Jesús de Nazaret, «el ser hospitalario» por excelencia. Toda tierra puede convertirse en tierra prometida cuando los seres vivos viven el encuentro hasta el fondo, como lo hizo Jesús de Nazaret. Su hospitalidad es radical, hasta el punto de que se anula a sí mismo para permitir que el otro encuentre su propia identidad: «Tu fe te ha salvado» (Lc 7,50; 8,48; etc.). 

Cuando se presenta en la mesa de Simón el fariseo (cf. Lc 7,36-50), se trata desde el principio de una hospitalidad abierta. En las escenas evangélicas, casi nunca Jesús se encuentra cara a cara. Siempre interviene un tercero: en casa de Simón, es la mujer que se acerca y le baña los pies con sus lágrimas y se los seca con sus cabellos... 

La acogida y la hospitalidad deberían ser ante todo realidades cotidianas, que practicamos para ir más allá del diálogo, más allá del encuentro, hacia una comunicación más vital, hacia la comunión. La hospitalidad, en efecto, no se limita al encuentro con el otro en el terreno neutral de una lengua común, sino que deja entrar al otro en el propio espacio, en la propia casa. 

Vivimos en una época en la que los miedos se agrandan, las fronteras se cierran. Y nos es necesario recordar que la hospitalidad es un tema central en el Evangelio. Dios nos acoge siempre, sin condiciones. Jesús llama a nuestras puertas, se nos presenta como un pobre, no se impone, sino que nos pide que lo acojamos. Nos da confianza y quiere que esa misma confianza habite también en nuestras vidas y se traduzca en confianza hacia los demás. 

Ninguna sociedad puede vivir sin confianza y nuestro peregrinaje de confianza por la tierra quiere ser simplemente un signo de esperanza. La esperanza de que una civilización de la hospitalidad es posible. 

La hospitalidad afecta a múltiples dimensiones de nuestra vida, en las relaciones breves y en las relaciones largas, en los encuentros sociales, políticos o religiosos. ¿No es acaso porque está ligada a la raíz de nuestro comportamiento moral como actitud fundamental hacia los demás? 

Algunos autores han hecho incluso de esta noción la metáfora englobante de la moralidad. En mayor medida, los autores filosóficos han tratado la relación yo-tú de diferentes maneras, dando significados variados a la presencia del otro. 

La hospitalidad es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. Afecta a nuestro encuentro con lo extraño, lo desconocido. Nos obliga a elegir cómo reaccionaremos ante el otro. Necesitamos ejercer esta virtud de la apertura y resistir las crecientes tendencias al cierre, al tribalismo y al aislamiento. Necesitamos acoger las ideas de los demás para comprenderlas, captar su impacto y su importancia y, finalmente, evaluarlas para poder argumentar con nuestros oponentes, si es que los hay. 

La ética del debate, necesaria para encontrar un fondo común de valores en un mundo pluralista, presupone una actitud que está en el corazón de todo diálogo. Como reconoce Jürgen Habermas, las reglas procedimentales de la ética del debate deben completarse con un sentido de solidaridad que incluya la posibilidad de habitar en el mundo del otro: «según los supuestos pragmáticos de una discusión inclusiva y no violenta entre participantes libres e iguales, cada uno está obligado a adoptar la perspectiva de los demás y, así, proyectarse en la comprensión de sí mismo y del mundo que es propia de todos los demás». 

Esta actitud, necesaria para el debate democrático, debe aprenderse con vistas a una cultura y una ética de la convivencia de las diferencias. La tradición cristiana, a través del impacto de la virtud, puede contribuir a este fin. 

La hospitalidad es un modelo de integración entre identidad y alteridad. Indica una atención al otro porque, como yo, el otro es un ser humano. El otro, en su extrañeza, no es totalmente otro, sino aquel a quien puedo acoger en su alteridad como semejante en humanidad. La hospitalidad y el diálogo no son un intercambio inútil de ideas, sino la tarea nunca terminada de abrirse al otro haciéndole un lugar junto a uno mismo, en la propia vida, en la propia casa, en la propia lengua y cultura. 

La acogida respetuosa y benevolente es un factor fundamental que aumenta la calidad de la vida personal y comunitaria. Es la condición generadora de la relación y del sentido de pertenencia. Acoger con respeto y benevolencia significa también aceptar que el otro es asimétrico. Acoger al tú es permitirle existir, acogiendo su vulnerabilidad y su precariedad. 

Acoger al otro es hacerle un hueco, es ofrecerle un lugar donde sentirse cómodo y moverse con libertad, es hacerle sentir «como en casa». La acogida no puede confundirse con la tolerancia, el consuelo, la compasión, el filantropismo, la aceptación condicionada y, mucho menos, con la defensa del otro. 

La hospitalidad se concreta en un encuentro que se construye y se mantiene cuando la persona (el anfitrión) sabe desplazar su mirada y su interés de sí mismo hacia el otro (el huésped), cuando se vuelve hacia el otro y no se repliega sobre sí mismo, cuando ve en el otro no al extraño o al extranjero, sino al semejante. 

En la medida de lo posible, la trata como a un prójimo y no se antepone a ella, se abre y no se cierra, se hace cada vez más visible y menos opaca, se concentra y no se distrae, expresa interés y sensibilidad hacia el otro y no lo convierte en destinatario de actitudes y comportamientos egocéntricos y dominantes, sabe concentrarse en su interioridad y sabe escucharla. 

El encuentro acogedor, al implicar el éxodo del yo y la expropiación de sí mismo, exige a la persona que se convierta en autora de mensajes explícitos y continuos de acogida y sensibilidad, y que acepte y defienda la singularidad y la irreemplazabilidad del otro. 

La humanidad se manifiesta a través del encuentro. La persona llega a sí misma extendiéndose más allá de sí misma hacia el otro, acogiendo al otro incondicionalmente, gratuitamente, sin esperar recompensa. 

Gracias a la conducta hospitalaria, quienes desempeñan tareas formativas, como por ejemplo los religiosos, logran salir de su propio papel, distanciarse de la inmediatez de su propio ser, liberar el espacio del encuentro del exceso de su propio yo, asumir una postura vacía, ponerse a disposición del otro «viéndolo» como una subjetividad singular, interrogativa e interpelante, situándose desde su punto de vista y expresando atención y fidelidad por su futuro y sus expectativas, su alegría y su sufrimiento, sus proyectos y sus esperanzas, y acompañándolo pacientemente. 

El encuentro interpersonal se construye y se mantiene volviéndose hacia el otro, abriéndose, concentrándose, expresando atención y sensibilidad hacia el otro. Para que sea destinatario de la acogida, es necesario hacerle un lugar en la propia alma, acogerlo en la propia mente, estar presente, ofrecerle dedicación, regalarle tiempo, donarle energías, desplazarse de los propios intereses y preocupaciones, de las propias necesidades y ansiedades. 

Gracias al acontecimiento del encuentro, el que acoge está llamado a «salir de sí mismo» y se le insta a ponerse a disposición del otro, situándose en su punto de vista y asumiendo generosa y fielmente su destino y sus expectativas, la alegría y el sufrimiento, los proyectos y las esperanzas, a respetar y cultivar sus riquezas sin sustituirlas por las propias, a acompañarlo en un camino de libertad sin desresponsabilizarlo. 

La hospitalidad se convierte en una oportunidad pedagógica para aumentar la humanidad, para involucrar al otro en el proceso de crecimiento, para humanizar progresivamente al otro. Por eso, entiendo que el anfitrión que hospeda debe pasar de un yo convexo a un yo hueco, para «darse cuenta» del otro, «inclinarse» hacia él, salir al encuentro, abrirse a él, dejarse «sorprender» por él, comprenderlo y ayudarlo a expresarse. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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