Betania: una fe hospitalaria. El ministerio cristiano de hospedar en casa
propia. Hospitalidad y Evangelio
Te presento qué me ha movido a pensar y
redactar este pequeño ensayo sobre la hospitalidad. Por favor, antes de continuar o no, lee esta explicación con atención. Cuando en nuestras
comunidades religiosas se plantea la posibilidad de poder comenzar a pensar en
la acogida, bajo el mismo techo y en la misma mesa, de personas emigrantes que
están haciendo su itinerario personal acompañado y monitorizado de integración en nuestro
país, se suelen plantear miedos y temores. A veces se verbalizan. Otras veces,
no. Este pequeño ensayo ha sido suscitado por la escucha de esos miedos y
temores que otros han verbalizado. Pero no trato de responder en abosluto a los mismos. El esfuerzo de mi reflexión a
mí me ha ayudado a mirar cuáles son mis miedos y cuáles mis temores al huésped diferente (otra condición, otra cultura, otra formación, otra raza, otra religión, otro status…). Hecha esta precisión, yo escribo esta reflexión, y tú, si quieres, puedes o no continuar su lectura para hacer tu propia reflexión.

En la casa de Betania habita la familia de Lázaro, María,
Marta que ofrecen frecuentemente su acogida a Jesús y sus discípulos. Existe un
vínculo sutil y oculto entre quien acoge y quien es acogido: en el fondo, la
precariedad nos pertenece a todos, es algo común, nos hace similares y, por lo
tanto, hermanos.
Sin embargo, se necesita una mirada «contemplativa» para
interiorizar esta realidad sin dejarse abrumar por actitudes y palabras
cargadas, en el mejor de los casos, de indiferencia. Se necesita una mirada
«contemplativa» para captar la riqueza, pero también el esfuerzo de los gestos
capaces de mejorar nuestro mundo en lugar de embrutecerlo sembrando sospechas
estériles e interpretaciones sesgadas: y uno de esos gestos es la hospitalidad.
Es necesario recuperar la centralidad de la acogida, de
la hospitalidad en la vida cristiana. La hospitalidad no
debe considerarse solo como una virtud cristiana, social, política, …, sino
como el tiempo oportuno y favorable 'kairos' y el espacio donde, superado el miedo y el
desconocimiento del otro, Dios se revela inesperadamente transformando la vida
de las personas. La acogida se convierte, por tanto, en un 'locus
theologicus', el lugar en el que, al acogernos mutuamente, acogemos en realidad
a Dios y a sus ángeles, incluso sin darnos cuenta (cf. Hb 13,2).
Es una categoría teológica capaz de responder a las
exigencias de los signos de los tiempos que vivimos. La hospitalidad, ya sea un
pensamiento, ya sea una práctica, ayuda a pensar y a practicar el estilo del
diálogo. Es el estilo que inevitablemente genera las prácticas de hospitalidad:
relacionales, eclesiales, pastorales, ecuménicas … sinodales.
La práctica hospitalaria exige un pensamiento
hospitalario para convertirse en práctica difundida (virtud), no en una
declinación operativa, sino en el estilo de las personas y las comunidades que
profesan una fe hospitalaria.
La hospitalidad es una de las formas más antiguas y
difundidas de virtud social de la humanidad. Las raíces de esta virtud se encuentran sin duda en la obligación de
ayudarse mutuamente, sobre todo teniendo en cuenta que la necesidad de ser
acogido es una experiencia que tarde o temprano todos tenemos. Para
garantizar que quienes lo necesitan puedan encontrar acogida, todas las
religiones y sabidurías humanas siempre han considerado la hospitalidad como un
deber sagrado.
Sin embargo, no podemos dejar de señalar que en el
Antiguo Testamento no hay ningún mandamiento al respecto, y que la hospitalidad
no forma parte de las virtudes por las que se prevé una bendición especial (o
maldición en caso de incumplimiento de la obligación de acoger).
Con todo, muchas historias bíblicas están
relacionadas precisamente con la hospitalidad y la acogida (para que
haya hospitalidad es necesario ser capaz de acoger, por eso los dos términos se
utilizan como sinónimos). Los patriarcas primero y luego todo el pueblo se
presentan originalmente como «extranjeros» que solo pueden vivir
si son «acogidos» por otros. La historia de Abraham, el padre por
excelencia de Israel, es un paradigma esencial (cf. Gn 18,1-10).
Al forastero que se acogía en casa no se le preguntaba ni
su nombre ni su identidad, porque bastaba con encontrarse ante un extranjero en
situación de necesidad para que se activara la gramática de la hospitalidad. La
reciprocidad de las relaciones de acogida era la base de las alianzas entre
personas y comunidades, que constituían la gramática fundamental de la
convivencia pacífica entre los pueblos.
La guerra de Troya, icono mítico de todas las guerras,
nació de una violación de la hospitalidad (por parte de Paris). La civilización
romana siguió reconociendo la sacralidad de la hospitalidad, que también estaba
regulada jurídicamente. La Biblia, por su parte, es un canto continuo al
valor absoluto de la hospitalidad y la acogida de los huéspedes, a los que no
pocas veces se llama «ángeles».
El primer gran pecado de Sodoma fue negar la hospitalidad
a dos de los hombres que habían sido huéspedes de Abraham y Sara en las encinas
de Mamre (Génesis 18-19), y uno de los episodios bíblicos más espeluznantes es
una profanación de la hospitalidad: la violación y el asesinato de las hijas de
Gabaa (Libro de los Jueces, 19).
El cristianismo recogió estas tradiciones sobre la
hospitalidad y las interpretó como una declinación del mandamiento del ágape y
una expresión directa de la predilección de Jesús por los últimos y los pobres:
«Era forastero y me acogisteis» (Mt 25,35).
La hospitalidad requiere mucho más que permitir la
existencia del otro. Sin duda, es ya un gran paso de humanidad conceder que el
otro pueda existir en su alteridad y diversidad, «junto a mí». Sin embargo, muy
diferente es la actitud necesaria para hacerle espacio y permitirle entrar en
«mi casa».
No ofrecemos la hospitalidad de cerca, no la
proporcionamos bajo un roble en el bosque o en la calle, sino que le decimos al
amigo: «Ven a mi casa». ¿Alguna vez hemos pensado en esa frase
tan sorprendente: «Ven a mi casa»? Sugiere que la acogida
es primero espiritual, que abriré a mi huésped mi «yo», mi corazón.
Porque mi casa soy yo, mi yo ampliado. La casa me cuida
como el cuerpo al alma, es para mí como mi cuerpo soy yo. La casa centra al
hombre, física y moralmente. Favorece la intimidad; a través de ella se sabe
dónde encontrarse, dónde reunirse.
El mejor huésped es aquel que hace que el que llega se
sienta tan a gusto que se siente como en su propia casa: hay algo sagrado, hay
algo divino en la hospitalidad.
Imagino a Dios, para quienes tratamos de creer en Él, que
cuando nos acoja al final de nuestra vida hará todo lo posible para que no nos
sintamos incómodos o fuera de lugar, para no incomodarnos. Quizás el Paraíso,
para quienes creemos en Él, consistirá en sentirse total, completa e
íntegramente acogidos. Será no sufrir más ninguna lejanía.
Es especialmente significativo que una de las claves de
la relación de la humanidad con Dios en Jesucristo sea precisamente la
categoría de la hospitalidad: ante un Dios que se hace presente en la vida del
mundo, la actitud que hay que adoptar no puede ser otra que la de la acogida.
No es casualidad que la última imagen de Dios que nos
ofrece el Nuevo Testamento sea precisamente la de alguien que promete llegar
(cf. Ap 22,20) y, en esto, asume la condición de quien llama a la puerta
esperando que se le abra: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, cenaré con él y él conmigo»
(Ap 3,20).
También el Evangelio de Juan expresa el misterio de la
encarnación con las mismas categorías: «La luz verdadera, que ilumina a
todo hombre, vino a este mundo. Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por
medio de Él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo
recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, les dio poder de ser hijos de
Dios: a los que creen en su nombre […] Y el Verbo se hizo carne y vino a
habitar entre nosotros» (Jn 1,9-14).
Al exponerme al otro, al acogerlo en mí, en mi casa, en
mi mesa, estoy siempre esperando que el otro haga lo mismo. Si por milagro lo
hace, yo me convierto en su huésped y él me da hospitalidad. Este es el hilo
conductor que atraviesa las Escrituras, desde la figura de Abraham hasta la
cena prometida en el Apocalipsis.
Así, si relacionarse con Dios es ante todo acogerlo,
hacerle espacio, no es de extrañar que se exija la misma actitud hacia las
demás personas, reconociéndoles incluso una cualidad divina. Acoger a alguien
es fundamentalmente acoger a Dios, y no acoger a quien llama a nuestra puerta
se compara con no acoger a Dios mismo.
Hay varios pasajes que expresan este principio
fundamental, a menudo recordando precisamente la experiencia de Abraham en
Mamre: «No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin
saberlo, hospedaron ángeles» (Hb 13,2); «Fui forastero y me
acogisteis» (Mt 25,35; cf. también vv. 38.40.43-45).
Estas consideraciones permiten ampliar la mirada desde
actitudes individuales más o menos virtuosas a lo que podríamos definir un
verdadero estilo social. Sabemos bien por la historia que la vitalidad y
la longevidad de una civilización (de una cultura, de un «imperio») son
directamente proporcionales a su capacidad de acoger a poblaciones diferentes,
haciéndoles espacio tanto física como culturalmente.
Cuando, en cambio, la actitud se vuelve obsesivamente
defensiva y la sociedad se organiza según el dicho latino «hospes hostis» (es
decir, todo extranjero es enemigo), se produce una rápida e inexorable
degradación que acaba por arrollar incluso a quienes pensaban defenderse de un
peligro y garantizar su supervivencia. Solo la irrupción inesperada de alguien
más puede ponernos de nuevo en pie y en movimiento.
La hospitalidad ha sido una característica de la vida
civilizada en muchas sociedades, pero es impresionante ver también la
amenazante proximidad entre hospitalidad y hostilidad. Los griegos tienen un
solo término, xénos, para referirse al enemigo-extranjero y al huésped,
mientras que el latín atribuye la misma raíz hostis al extranjero y al
invitado.
La hospitalidad implica una gama de relaciones complejas
y se refiere a la acogida del otro y a la aceptación de la diferencia. Es un
tema clave en el enfoque relacional entre los seres humanos.
La hospitalidad exige a la persona una serie de
disposiciones que resultan esenciales. Para
que se produzca un diálogo auténtico es necesario, en primer lugar, alimentar
la vida con una actitud de búsqueda esencial y profunda. Partir siempre
animados por la convicción de que se está recorriendo un camino «en suelo
sagrado». El otro es portador de un «patrimonio humano» que no puede ser
revelado ni minimizado. La búsqueda de un contacto estrecho y desarmado con el
otro es también un requisito previo esencial.
Esto requiere una actitud inicial de respeto y amistad.
Es necesario respetar a las personas y sus convicciones, reconociendo que en
ellas vive lo más precioso. Este clima
espiritual debe impregnar todos los pasos del proceso de hospitalidad, con una
atenta disposición a cuestionarse siempre a uno mismo. La hospitalidad no puede
entenderse como un medio para otros fines; no puede entenderse como un medio
para la evangelización.
Lamentablemente, por ejemplo algunos religiosos misioneros, hemos sido educados en relaciones «funcionales», «instrumentales», es decir,
orientadas al objetivo de evangelizar. Las suyas son precisamente relaciones
«pastorales». No olvidemos que «pastoral» deriva de «pastor». «Pastor» es aquel
que provee el «alimento» de las ovejas. Por lo tanto, la formación presbiteral
es unidireccional.
La formación para «hacer religiosos» está orientada a
«dar de comer» a los demás, a preparar la «papilla», la «comida» para los
demás. ¡Siempre tiene algo que dar a los demás, nunca algo que recibir! Es
urgente una educación para la convivencia de posiciones, convicciones,
culturas, creencias, perspectivas y visiones.
He aquí que la hospitalidad necesita otra actitud: la humildad.
La apertura al otro exige ese abandono de uno mismo, una conciencia de la
contingencia y de la vulnerabilidad. Como observaba
Raimon Panikkar, «ningún individuo, ningún grupo humano, ni siquiera toda
la humanidad viva en un momento dado de la historia puede encarnar la medida
absoluta de la verdad».
Nada más letal para el diálogo que el sentimiento de
superioridad, de ‘hybris’ arrogante o de desprecio, aunque sea encubierto. El
diálogo, la hospitalidad, requieren este vaciamiento de uno mismo, esta kenosis,
para poder dejar emerger al otro, esta descentralización esencial, esta
apertura del corazón.
Hay también otra disposición importante, que comprende la
simpatía y la atención hacia el otro. Hay que dirigirse al otro, exponerse a su
enigma y misterio con una atenta aplicación del espíritu. Estar atento y
vigilante para adentrarse en sus fronteras, sintonizar con su vida.
Simone Weil hablaba de la «virtud milagrosa de la
simpatía», camino esencial para adentrarse en el mundo interior del
otro; y también de la atención como «la forma más rara y más pura de la
generosidad». Virtudes que son esenciales para conocer al otro desde
dentro, rompiendo las jerarquizaciones problemáticas. Afirmaba con razón que
quien conoce el secreto de los corazones es el único que conoce también el
secreto de las diferentes formas de fe. La atención es la puerta de entrada a
la hospitalidad.
La alteridad se caracteriza por un patrimonio de misterio
que se revela en cada momento, permitiendo comprender en cada ocasión su
importancia. Siempre desconcierta y seduce. Traduce ante todo el misterio de la
maravilla, que es fascinación y admiración. Es cuando la alteridad se presenta de manera significativa y se produce
el impacto con el otro, con su presencia inusual e inaplazable. Es esta
admiración la que hace posible el asombro y pone en marcha una provocación
inédita de descentralización y apertura.
En su lección sobre metafísica, en 1929, Martin Heidegger
señalaba este encuentro con «la extrañeza del ente». La
admiración se produce precisamente en el momento en que la extrañeza choca con
el sujeto, obligando a investigar y a preguntarse por qué.
La presencia del otro no solo suscita admiración, sino
también inquietud, en la medida en que su presencia provoca desorientación y
una desviación del camino seguro seguido hasta ese momento. Es la otra cara de
la dinámica de la alteridad, que provoca la experiencia del límite y de la
frontera, de la autoexposición al mundo del otro.
La hospitalidad ha sido un signo de civilización y
humanidad también en cuanto no se reduce simplemente a ofrecer refugio o
comida, sino que se revela como un fenómeno social total. Lo que se comparte no
son solo bienes de consumo, sino cortesías, banquetes, ritos, danzas, fiestas.
La hospitalidad comienza en la puerta de casa, cuando nos
encontramos con el rostro de un desconocido, un extraño o un extranjero. Ahí se plantea la delicada cuestión de la «frontera entre dos mundos», el
interior y el exterior. Se trata de una línea divisoria de una intrusión, ya
que la hospitalidad es intrusiva, implica, se quiera o no, un aspecto de
violencia, de ruptura, de transgresión, incluso de hostilidad. La hospitalidad
marca un límite, es decir, una línea que implica una transgresión, una
intrusión. Penetrar en el dominio del otro.
Hay que llamar a la puerta del otro con cuidado, con
atención. Entrar en un nuevo espacio requiere cautela, delicadeza y atención.
Hay que mantener un perfil bajo y renunciar a imponer. El gesto de la
hospitalidad presupone romper los residuos de hostilidad que siempre están
implícitos en los actos que forman parte del encuentro.
Esto no significa romper la distancia que sigue
existiendo: la paradoja del gesto hospitalario es tener que ofrecer
preservando, mantener la distancia estableciendo una presencia. No se trata
simplemente de una «acogida integradora», sino de un respeto radical hacia la
alteridad, que es irreductible e irrevocable. En la práctica de la hospitalidad
se produce esa transformación que implica un don de sí mismo.
Una condición esencial de la hospitalidad es el diálogo,
el paso del yo al nosotros, al ejercicio de la amistad que implica la acogida
del otro en la esfera de la intimidad. En el
diálogo hay un ejercicio singular de traspasar fronteras, de avanzar más allá
de los límites de nuestra finitud y contingencia. El diálogo siempre deja una
«huella» que revela un horizonte inaudito.
Lo que hace un verdadero diálogo no es haber
experimentado algo nuevo, sino haber encontrado en el otro algo que aún no
habíamos encontrado en nuestra propia experiencia del mundo. El diálogo posee
una fuerza transformadora. Donde el diálogo ha tenido éxito, ha quedado algo
para nosotros y en nosotros que nos ha transformado. El diálogo posee, así, una
gran proximidad con la amistad.
No hay un camino prometedor más que a través del diálogo,
aunque hay que reconocer las dificultades y tensiones que caracterizan su
realización. Es siempre un tesoro precioso, una zona de aventura, de miedo y de
inquietud.
Es una zona de paso, una cartografía incompleta donde los
interlocutores son invitados, manteniendo su propia identidad, a reflexionar
bajo una nueva luz. Descentrados de su centro respectivo, se orientan hacia un
nuevo punto de luz y un gesto solidario. En el centro del diálogo está la
acogida: en la belleza del rostro que contemplo, en la mirada del otro que me
observa y me invita a mover los labios.
Me gusta recordar una frase muy bella y sugerente de
Emmanuel Levinas: «El otro —dice— es un rostro por descubrir, contemplar y
acariciar». Ahí está toda nuestra teoría moral: «Ama a tu prójimo como a ti
mismo». Volcarse hacia el otro y encontrarse con el otro los rostros, el suyo y
el mío, volcados recíprocamente.
El diálogo es la expresión viva de la noble virtud de la
hospitalidad. Requiere abrir las puertas, respirar con amplitud, disponer de un
espacio luminoso. Es una condición esencial para una cultura de la paz.
El encuentro con el otro no puede reducirse a una «mezcla
sonora», a un simple ejercicio de escucha, sino que debe implicar los corazones
y las mentes en un movimiento de amistad y búsqueda de comprensión mutua. No
son individualidades fijas e impenetrables las que se encuentran, sino dos
mundos que se implican, aunque cada uno conserve un misterio que sigue siendo
insuperable.
Es la propia individualidad la que está llamada a abrirse
y a apropiarse de nuevas posibilidades. No es fácil, ya que provoca una lucha
interior, de eliminación de las dudas para dejarse acoger por lo diferente.
La hospitalidad como acogida de la alteridad caracteriza
la figura de Jesús de Nazaret, «el ser hospitalario» por excelencia. Toda tierra puede convertirse en tierra prometida cuando los seres vivos
viven el encuentro hasta el fondo, como lo hizo Jesús de Nazaret. Su
hospitalidad es radical, hasta el punto de que se anula a sí mismo para
permitir que el otro encuentre su propia identidad: «Tu fe te ha salvado»
(Lc 7,50; 8,48; etc.).
Cuando se presenta en la mesa de Simón el fariseo (cf. Lc
7,36-50), se trata desde el principio de una hospitalidad abierta. En las
escenas evangélicas, casi nunca Jesús se encuentra cara a cara. Siempre
interviene un tercero: en casa de Simón, es la mujer que se acerca y le baña
los pies con sus lágrimas y se los seca con sus cabellos...
La acogida y la hospitalidad deberían ser ante todo
realidades cotidianas, que practicamos para ir más allá del diálogo, más allá
del encuentro, hacia una comunicación más vital, hacia la comunión. La
hospitalidad, en efecto, no se limita al encuentro con el otro en el terreno
neutral de una lengua común, sino que deja entrar al otro en el propio espacio,
en la propia casa.
Vivimos en una época en la que los miedos se agrandan,
las fronteras se cierran. Y nos es necesario recordar que la hospitalidad es un
tema central en el Evangelio. Dios nos acoge siempre, sin condiciones. Jesús llama
a nuestras puertas, se nos presenta como un pobre, no se impone, sino que nos
pide que lo acojamos. Nos da confianza y quiere que esa misma confianza habite
también en nuestras vidas y se traduzca en confianza hacia los demás.
Ninguna sociedad puede vivir sin confianza y nuestro
peregrinaje de confianza por la tierra quiere ser simplemente un signo de
esperanza. La esperanza de que una civilización de la hospitalidad es posible.
La hospitalidad afecta a múltiples dimensiones de nuestra
vida, en las relaciones breves y en las relaciones largas, en los encuentros
sociales, políticos o religiosos. ¿No es acaso porque está ligada a la raíz de
nuestro comportamiento moral como actitud fundamental hacia los demás?
Algunos autores han hecho incluso de esta noción la
metáfora englobante de la moralidad. En mayor medida, los autores filosóficos
han tratado la relación yo-tú de diferentes maneras, dando significados
variados a la presencia del otro.
La hospitalidad es uno de los grandes retos de nuestro
tiempo. Afecta a nuestro encuentro con lo extraño, lo desconocido. Nos obliga a
elegir cómo reaccionaremos ante el otro. Necesitamos ejercer esta virtud de la
apertura y resistir las crecientes tendencias al cierre, al tribalismo y al
aislamiento. Necesitamos acoger las ideas de los demás para comprenderlas,
captar su impacto y su importancia y, finalmente, evaluarlas para poder
argumentar con nuestros oponentes, si es que los hay.
La ética del debate, necesaria para encontrar un fondo
común de valores en un mundo pluralista, presupone una actitud que está en el
corazón de todo diálogo. Como reconoce Jürgen Habermas, las reglas
procedimentales de la ética del debate deben completarse con un sentido de
solidaridad que incluya la posibilidad de habitar en el mundo del otro: «según
los supuestos pragmáticos de una discusión inclusiva y no violenta entre
participantes libres e iguales, cada uno está obligado a adoptar la perspectiva
de los demás y, así, proyectarse en la comprensión de sí mismo y del mundo que
es propia de todos los demás».
Esta actitud, necesaria para el debate democrático, debe
aprenderse con vistas a una cultura y una ética de la convivencia de las
diferencias. La tradición cristiana, a través del impacto de la virtud,
puede contribuir a este fin.
La hospitalidad es un modelo de integración entre
identidad y alteridad. Indica una atención al otro porque, como yo, el otro es
un ser humano. El otro, en su extrañeza, no es totalmente otro, sino aquel a
quien puedo acoger en su alteridad como semejante en humanidad. La hospitalidad
y el diálogo no son un intercambio inútil de ideas, sino la tarea nunca
terminada de abrirse al otro haciéndole un lugar junto a uno mismo, en la
propia vida, en la propia casa, en la propia lengua y cultura.
La acogida respetuosa y benevolente es un factor
fundamental que aumenta la calidad de la vida personal y comunitaria. Es la condición generadora de la relación y del sentido de pertenencia.
Acoger con respeto y benevolencia significa también aceptar que el otro es
asimétrico. Acoger al tú es permitirle existir, acogiendo su vulnerabilidad y
su precariedad.
Acoger al otro es hacerle un hueco, es ofrecerle un lugar
donde sentirse cómodo y moverse con libertad, es hacerle sentir «como en casa».
La acogida no puede confundirse con la tolerancia, el consuelo, la compasión,
el filantropismo, la aceptación condicionada y, mucho menos, con la defensa del
otro.
La hospitalidad se concreta en un encuentro que se
construye y se mantiene cuando la persona (el anfitrión) sabe desplazar su
mirada y su interés de sí mismo hacia el otro (el huésped), cuando se vuelve
hacia el otro y no se repliega sobre sí mismo, cuando ve en el otro no al
extraño o al extranjero, sino al semejante.
En la medida de lo posible, la trata como a un prójimo y
no se antepone a ella, se abre y no se cierra, se hace cada vez más visible y
menos opaca, se concentra y no se distrae, expresa interés y sensibilidad hacia
el otro y no lo convierte en destinatario de actitudes y comportamientos
egocéntricos y dominantes, sabe concentrarse en su interioridad y sabe
escucharla.
El encuentro acogedor, al implicar el éxodo del yo y la
expropiación de sí mismo, exige a la persona que se convierta en autora de
mensajes explícitos y continuos de acogida y sensibilidad, y que acepte y
defienda la singularidad y la irreemplazabilidad del otro.
La humanidad se manifiesta a través del encuentro. La
persona llega a sí misma extendiéndose más allá de sí misma hacia el otro,
acogiendo al otro incondicionalmente, gratuitamente, sin esperar recompensa.
Gracias a la conducta hospitalaria, quienes desempeñan
tareas formativas, como por ejemplo los religiosos, logran salir de su propio
papel, distanciarse de la inmediatez de su propio ser, liberar el espacio del
encuentro del exceso de su propio yo, asumir una postura vacía, ponerse a
disposición del otro «viéndolo» como una subjetividad singular, interrogativa e
interpelante, situándose desde su punto de vista y expresando atención y
fidelidad por su futuro y sus expectativas, su alegría y su sufrimiento, sus
proyectos y sus esperanzas, y acompañándolo pacientemente.
El encuentro interpersonal se construye y se mantiene
volviéndose hacia el otro, abriéndose, concentrándose, expresando atención y
sensibilidad hacia el otro. Para que sea
destinatario de la acogida, es necesario hacerle un lugar en la propia alma,
acogerlo en la propia mente, estar presente, ofrecerle dedicación, regalarle
tiempo, donarle energías, desplazarse de los propios intereses y
preocupaciones, de las propias necesidades y ansiedades.
Gracias al acontecimiento del encuentro, el que acoge está
llamado a «salir de sí mismo» y se le insta a ponerse a disposición del otro,
situándose en su punto de vista y asumiendo generosa y fielmente su destino y
sus expectativas, la alegría y el sufrimiento, los proyectos y las esperanzas,
a respetar y cultivar sus riquezas sin sustituirlas por las propias, a
acompañarlo en un camino de libertad sin desresponsabilizarlo.
La hospitalidad se convierte en una oportunidad
pedagógica para aumentar la humanidad, para involucrar al otro en el proceso de
crecimiento, para humanizar progresivamente al otro. Por eso, entiendo que el
anfitrión que hospeda debe pasar de un yo convexo a un yo hueco, para «darse
cuenta» del otro, «inclinarse» hacia él, salir al encuentro, abrirse a él,
dejarse «sorprender» por él, comprenderlo y ayudarlo a expresarse.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF