El Tercer Testamento o el Quinto Evangelio
Este tiempo es un momento hermoso para todos nosotros,
llamados de manera diferente a vivir y dar testimonio del Evangelio en la forma
de la Vida Consagrada. Nos sentimos hermanas y hermanos, más allá de los
carismas y pertenencias individuales, convocados a dar gracias juntos por el
don recibido, y me parece percibir entre nosotros el deseo de un nuevo
comienzo, de una reanudación más confiada del camino después de un tiempo
marcado quizás por un cierto cansancio.
No creo equivocarme mucho si digo que lo que nos une en
este momento es más nuestra debilidad que nuestra fuerza. Sentimos en nuestra
propia piel la verdad de las palabras de Pablo: «Llevamos un tesoro en vasos de
barro».
Cuando somos fuertes tendemos a ser autosuficientes,
nuestro carisma es el mejor de todos, no sentimos la necesidad de los demás.
Cuando experimentamos la fragilidad se puede abrir espacio la solidaridad.
La Vida Consagrada, que ha marcado la Iglesia con rasgos
de santidad, vive un momento de profunda debilidad, de envejecimiento de las
fuerzas, de falta de vocaciones, de exceso de estructuras heredadas que hay que
gestionar sin recursos humanos y económicos suficientes. En todo esto hay
sin duda una prueba, pero sobre todo una gracia, una nueva oportunidad de vida
que hay que ver dentro de un mundo que se acaba, mirando los brotes de hierba
que crecen obstinadamente entre las piedras de los escombros de un templo
derrumbado.
Los brotes verdes anuncian un futuro cuya forma
desconocemos, pero ¿nos dejaremos sorprender?
Resuenan en nosotros, vasos de barro, junto con las
palabras de Pablo, las que el Señor dirigió al profeta Jeremías: «Ve y
baja al taller del alfarero; allí te haré oír mi palabra». Jeremías
acepta este descenso, esta kénosis. ¿Y qué ve? «Bajé al taller del
alfarero y he aquí que él estaba trabajando en el torno. Ahora bien, si la
vasija que él modelaba se estropeaba, como sucede con el barro en las manos del
alfarero, él volvía a hacer otra vasija con ella, como le parecía bien.
Entonces me fue dirigida la palabra del Señor: «¿Acaso no puedo yo hacer con
vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Oráculo del Señor» (Jer
18,16).
Todos, la Vida Consagrada, la Iglesia, el seminario, las
familias, la escuela, las instituciones sociales y civiles, cada mujer y cada
hombre, nos encontramos en la profunda falla de un «cambio de época»,
todos arrojados de nuevo a la masa y puestos en el torno, en la fatigosa
búsqueda de una forma nueva, de una nueva humanidad.
Los consagrados no estamos exentos de este trabajo de
gestación que exige morir a algo para que algo nuevo renazca. Es una
experiencia pascual la que estamos llamados a atravesar. Estar en el torno es
muy incómodo, sobre todo cuando no se sabe por cuánto tiempo y cuando, por
falta de profecía, por incapacidad de ver lo invisible, no vemos la forma que
el divino Alfarero, con sus dos manos, quiere dar a la masa de la que estamos
hechos.
Las últimas palabras de Dios a Israel: «¿Acaso no
puedo hacer con vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Oráculo del Señor»,
suenan como una invitación a la confianza, pero más aún como una reprimenda,
porque ponen al descubierto una falta de esperanza, de responsabilidad, no solo
para dejarnos remodelar, sino para aportar nuestra contribución a una nueva
forma de humanidad, de sociedad y de Iglesia.
De hecho, por eso estamos en el mundo, para buscar el
bien de este mundo. Está en juego, pues, nuestra maleabilidad, nuestra
disponibilidad personal y comunitaria.
Dios sabe cómo hacer para que todo vuelva a empezar, pero
volver a empezar implica ser amasado de nuevo, ser vaciado por la mano del
alfarero, y esto es un drama. No es un drama para el alfarero, es su oficio. Es
un drama para la vasija.
Dejarse remodelar significa aceptar que una forma
determinada ha llegado a su fin y asumir las consecuencias personales e
institucionales.
Sabemos cómo San Ireneo, con gran intuición, explicaba
que las dos manos de Dios que modelan a su criatura son las del Hijo y las del
Espíritu, interpretando ese plural - «Hagamos al hombre» - como
un diálogo creador de la Trinidad (San Ireneo Adv. Haer. IV, 28, 4).
¿Cómo permanecer en el torno todo el tiempo que sea
necesario? ¿Cómo permanecer maleables con confianza y responsabilidad?
Estamos acostumbrados a recibir eslóganes, frases hechas,
palabras redondas,…, (no digamos planes y proyectos pastorales, documentos
capitulares, …) que nos empujan a hacer, que nos dicen que nunca hemos hecho lo
suficiente, que cada año hay que programar de otra manera,… ¿No será ésta
la hora de hacernos llegar una invitación a no hacer, a ralentizar, a salir de
la ansiedad pastoral, a escuchar, simplemente a estar, ser, vivir …?
Estar es la forma de actuar de la comunidad eclesial.
Esto seguramente nos desconcierta. Por un lado, hace suspirar de alivio: por
fin, basta ya de palabrerío y verborrea. Estamos saturados. Después de la
pandemia no supimos ralentizar. Seguimos sin saberlo. Por otro lado, sin
embargo, la invitación a estar llega a personas que, ya sean sacerdotes,
consagrados o laicos, están sumergidos desde la mañana hasta la noche en
compromisos y responsabilidades, con poco o ningún tiempo para escuchar a las
personas, a Dios y, en definitiva, a sí mismos.
Y una situación así obliga a pensar. Por lo menos, a
pensar. ¿No habrá que poner el silencio como fundamento de todo? ¿No
habrá que acortar los discursos, prescindir de los titulares, de las frases
redondas, de las palabras eslogan, …, para
permanecer en silencio?
Y, si es así, ¿qué idea de la fe nos sugiere? ¿Qué tipo
de Iglesia pide, si no es una Iglesia que ante todo habla, sino que calla y
escucha? ¿A qué misión impulsa si comenzamos por hablar menos o por no hablar
tanto?
El silencio es el canto fijo de toda vocación cristiana
y, por tanto, también de toda forma de Vida Consagrada. El silencio no es solo
un tiempo recortado en el día para dedicarlo a la meditación: es una forma de
estar en el mundo.
¿No será necesario despertarnos al don que se nos ha dado?
¿No corremos el riesgo de ser absorbidos por el ruido, por las palabras
excesivas, por el parloteo sin ton ni son y la verborrea a tiempo y a
destiempo?
1.- Es necesario escuchar. Es necesario volver a lo
más esencial y simple del silencio que permite escuchar. La
invitación a permanecer «en el silencio» es una llamada a volver al corazón de
la vida, a hacer espacio a su sentido último, a custodiar el deseo que hay en
cada uno de nosotros.
El término «deseo»
contiene la raíz latina «sidera», «estrellas». El deseo en cada hombre y
en cada mujer es una nostalgia insatisfecha, que ningún ruido consigue acallar,
es un grito que pide ser liberado. Es la estrella que los Reyes Magos siguen
hasta la cueva de Belén. Son los gemidos del Espíritu que habitan en el corazón
de cada uno y cada una.
La necesidad de
silencio no es solo una exigencia humana de introspección, sino la escucha de
un Huésped que habita en nuestro corazón. La interioridad de las personas está
habitada por una presencia que invoca acogida.
La Vida Consagrada es
propia de personas que han sentido esta nostalgia. Pero todos sienten esta
nostalgia, esta melancolía existencial. Es la melancolía. La melancolía
es quizás Dios. En el sentido de que hay momentos en los que estás
bien, pero sientes... siempre un movimiento interior... a veces una inquietud o
siempre tienes la sensación de que hay algo más. Yo siempre tengo la
sensación de que hay algo más en la vida en general. Entonces, quizá Dios es
eso, es decir, lo que no podemos explicar.
Me pregunto si los
que se han ido de la Iglesia se han ido porque tengamos motivos para que otros
se vayan o se han ido porque no tienen ninguno para quedarse. Y este «no tener ninguno para quedarse» se refiere, paradójicamente, a su
búsqueda de espiritualidad. Estoy pensando que la Iglesia es pobre en
espiritualidad, es decir, en sentido, y hay quien lo busca en otra parte. Son
buscadores de una espiritualidad de la tierra. No están ni dentro ni fuera,
simplemente están «más allá», atraídos por un horizonte que no coincide ni con
la forma de fe a la que pertenecen ni con la incredulidad de su distancia.
¿Quién se ha alejado
de quién? Es una pregunta fundamental. Hasta podemos recordar aquellas palabras
fulminantes de Etty Hillesum, que tantas veces han resonado en nosotros,
nacidas de la profunda oscuridad de su celda en el campo de exterminio: «Tú
no puedes ayudarnos, somos nosotros los que debemos ayudarte a ti... lo único
que podemos salvar en estos tiempos, y también lo único que sin duda cuenta, es
un pequeño pedazo de ti en nosotros mismos, Dios mío».
En sus orígenes, la Vida
Religiosa nació para cuidar de un pedacito de Dios en el corazón de sus
miembros y de las mujeres y hombres de su tiempo. Y esto no es patrimonio de la
vida contemplativa sino que ha permanecido como constitutivo de las formas que
la Vida Consagrada ha adoptado a lo largo del tiempo.
Quizá se puede
declinar con diferentes verbos y muchos ejemplos concretos esta tarea de
custodia y de cuidado: contemplar el silencio, enseñar el silencio, hacer
silencio, acoger el silencio, custodiar el silencio, compartir el silencio,
promover el silencio. Cada uno de estos verbos para el cuidado de un pedacito
de Dios en el corazón de las personas nos concierne y nos interpela.
La mejor forma en que
todos y todas podemos cuidar de Dios en nuestro corazón y en el de las personas
es el silencio hospitalario, la escucha de las historias de vida. Las personas tienen
un sentido de la vida desmesurado, pero tantas veces no saben dónde darle
cabida, dónde expresarlo, dónde invertirlo. ¿No habrá que ayudar a las personas
a liberar sus historias? ¿No era Jesús de Nazaret un Maestro en ese arte, por
ejemplo, el diálogo con la Samaritana? ¿No habrá que liberar las historias,
hacer de nuestras personas y de nuestras comunidades una posada de historias
acogedora?
Escuchar los gemidos
del Espíritu exige una escucha estereofónica: la de su voz en las Sagradas
Escrituras y la que pronuncia cada día en las historias de vida de las
personas, allí donde escribe, después del Primer y del Segundo Testamento, hay
un Tercer Testamento o un Quinto Evangelio: las historias de la vida.
2.- Escuchar el silencio de quienes no tienen voz.
La voz de los sin voz: el grito del sufrimiento humano, ese grito que estamos
llamados a escuchar en el silencio de quienes no tienen voz - los ancianos, los
adolescentes, los migrantes, las mujeres, los presos, …-.
La mayoría de los
carismas de la Vida Consagrada han surgido por obra del Espíritu precisamente
por esta segunda dimensión del cuidado, no solo el cuidado de la presencia de
Dios en las personas, sino el cuidado de su vida, de su cuerpo, de su mente, de
su carne.
Porque el Dios que se
hizo hombre se preocupa por la humanidad de todos, porque Él sabe lo que
significa nacer sin hogar, ir al exilio, ser ayudado a crecer en sabiduría,
edad y gracia durante treinta años, tener hambre y sed, ser rechazado por la
sociedad, sentir la angustia de la muerte, ser abandonado. Su identificación
con todos los miserables de la tierra la declaró cuando nos habló del juicio
final sobre nuestra vida, en el texto de Mateo 25.
Nuestro Dios ama
nuestra carne y todo el Evangelio está ahí para decir que todo sufrimiento es
suyo y que en todo sufrimiento se identifica para decir con palabras y gestos
que quiere la vida para todos y para todas, y la vida en abundancia.
Las formas que ha
adoptado la Vida Religiosa a lo largo de la historia han sido hasta ahora tres:
la forma monástica antigua, la forma conventual mendicante medieval y la forma
de las obras apostólicas de la época moderna.
Yo creo que se va
perfilando un cuarto modelo que se expresa en las formas de Vida Consagrada en
las que participan personas consagradas y familias, comunidades religiosas con
consagrados y consagradas de diferentes confesiones cristianas, comunidades con
presencia de otras religiones o de no creyentes.
Estas otras formas de
Vida Consagrada señalan el anhelo de una fraternidad universal, más allá de las
pertenencias de género, de estatuto eclesial, de fe, de religión, de raza.
Cada vez que nace una
forma de Vida Consagrada, lo que la caracteriza es la profecía, entendida como
la capacidad de habitar «los desechos», los desechos entre lo cumplido y la
promesa, entre lo que está en acto y lo que la generosidad de Dios reserva para
la humanidad. En consecuencia, la Vida Consagrada está llamada a habitar
toda forma de deshecho, a compartir la vida con aquellos que menos que los
demás pueden disfrutar de lo que la vida humana debería dar a todos.
Aquí el silencio se
convierte en piedad, ‘pietas’ por todo sufrimiento humano. Es ese silencio que consiste en quitarnos las sandalias ante el
único terreno sagrado que existe, el hombre, en particular el hombre herido,
sufriente, marginado, golpeado y despojado, como el hombre que bajaba de
Jerusalén a Jericó.
Algunas comunidades
religiosas han nacido para asegurar en la Iglesia la adoración eucarística
perpetua. Pero todas están llamadas a esa otra adoración perpetua, la de
la humanidad herida convertida en tabernáculo de Dios. Siempre de rodillas ante
Dios y siempre de rodillas ante el hombre que sufre: esto es a lo que estamos
llamados.
¿No habrá que devolver
la palabra a esos “gritos desde el silencio”? ¿No habrá que escuchar los
sufrimientos más agudos que atraviesan nuestra humanidad herida?
Jesús de Nazaret fue
un Maestro que sentó frecuentemente a la mesa, a todas las mesas, a cada mesa. «Estar
«a la mesa» de los hombres y mujeres que son nuestros compañeros de viaje es la
forma silenciosa de ser Iglesia hoy. Estar «a la mesa» significa compartir el
pan de la misma humanidad, escuchar preguntas antiguas y nuevas, sentirse parte
de un camino que nos concierne, intercambiar palabras con sencillez, ponerse al
servicio, socorrer a los frágiles, ocuparse de los que nadie ve.

3.- La escucha recíproca como estilo de una Iglesia
sinodal. Es necesario que nuestras comunidades aprendan una práctica de
sinodalidad que se convierta en el horizonte de su servicio a la Palabra de
Dios gracias al intercambio dialogante de las palabras de todos... Es en
el silencio, por otra parte, donde podemos hacer espacio a las diversidades que
dibujan el rostro de nuestra porción de Iglesia; es del silencio donde sacamos
los motivos que fundamentan las opciones compartidas para comunicar a todos la
experiencia de Jesucristo.
Generar comunidades
participativas, en las que se propongan lugares donde el diálogo se califique
como un estilo relacional capaz de tomar en serio el mundo, se exprese en el
valor de la palabra y de la escucha de todos, y se convierta en conocimiento
compartido de la realidad y visión común del futuro. ¿No es ésta una
contribución fundamental que la Vida Consagrada puede dar a la Iglesia y a la
convivencia civil?
En las comunidades de
la Vida Consagrada se han experimentado las prácticas de una vida sinodal y de
discernimiento en común que se han madurado a lo largo de los siglos. De todo
ello aprendemos la sabiduría de caminar juntos. Muchas Congregaciones e Institutos
practican la conversación en el Espíritu o formas análogas de discernimiento en
el desarrollo de los Capítulos Provinciales y Generales, para renovar las
estructuras, repensar los estilos de vida, activar nuevas formas de servicio …
¿Vivimos hasta el
fondo esta dimensión fundamental que nos caracteriza, la de la vida fraterna en
escucha de la voluntad de Dios? Estamos llamados a mostrar que el Evangelio nos
permite vivir juntos, escucharnos, dar la palabra a todos, caminar de manera
sinodal.
La fraternidad real
que establecemos sin elegirnos es lugar de esperanza y profecía para todos.
Venimos de historias diferentes, de formaciones y sensibilidades diferentes,
tenemos caracteres diferentes, todos estamos marcados por limitaciones,
defectos, pequeñas manías. Somos simplemente humanos. La composición
internacional e intergeneracional de nuestras comunidades es, desde este punto
de vista, una maravillosa complicación.
La perfección de las
relaciones nunca se alcanzará en nuestras comunidades, pero esta es la herida
del signo, el lugar pascual del testimonio. No estamos llamados a dar
testimonio de la armonía del paraíso terrenal antes del pecado original, sino
de la convivencia dentro de los límites, las diferencias, las fragilidades, las
pobrezas individuales y colectivas.
Nuestras comunidades,
cada vez más multiétnicas y multigeneracionales, son un formidable laboratorio
de esta fraternidad de la diferencia. En todos los ambientes en los que vivimos
y en todos los campos de nuestra acción apostólica, nos educamos y educamos en
el silencio entendido como la capacidad de dar la palabra a todos y, así, darla
a Dios, de buscar el consenso más allá de los propios puntos de vista, de
promover la unidad y de ser así mujeres y hombres de paz.
Cada vez más creo que el silencio es el lenguaje de Dios.
Hay un silencio que siento personalmente necesario: el silencio sobre Dios.
Nosotros, los consagrados y consagradas, tenemos la boca
llena de Dios. La Iglesia tiene la boca llena de Dios. Seguramente hasta
hablamos demasiado de Él. Se diría que lo sabemos todo sobre Él, pero Él no
está en el ruido de nuestras palabras. Nunca lo capturaremos con nuestras
palabras, aunque paradójicamente estemos llamados a pronunciarlas. Deberíamos
pronunciarlas con pudor, de puntillas.
En este tiempo, yo creo, estamos llamados a pronunciar
menos y, ciertamente, a pronunciar solamente aquellas que provienen de escuchar
su silencio y el silencio de los que no tienen palabras.
Personalmente, desde hace algún tiempo siento la
necesidad de hablar menos de Dios, también como expiación por las demasiadas
palabras que he dicho sobre él y que decimos como Iglesia sobre él, con una
ingenuidad pasmosa, casi como si lo poseyéramos y hubiéramos agotado su
misterio.
Y creo que estamos llamados a hablar menos de Él y a
escucharlo más en las historias de las personas y compartiendo las nuestras. Es
en la mesa de los silencios compartidos donde Él podrá quizás decirnos una
palabra inesperada.
Ojalá captemos los silencios y las palabras de Dios en los
silencios y en las palabras humanas: ese es el Tercer
Testamento o el Quinto Evangelio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF