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martes, 21 de octubre de 2025

Christian Tok: entre ligereza y profundidad.

Christian Tok: entre ligereza y profundidad

Esta reflexión se encuentra en la línea de aquella otra que ya publiqué en mi blog “¿Evangelizar en las redes sociales?”: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/evangelizar-en-las-redes-sociales.html 

En el mundo de las redes sociales, donde todo va muy rápido y la apariencia suele importar más que el contenido, se ha creado un espacio bastante sorprendente: el de los influencers cristianos. 

Jóvenes, parejas, presbíteros, religiosos y laicos están apareciendo en plataformas como Instagram, YouTube y, sobre todo, TikTok para compartir su fe de una manera accesible, cotidiana y, por qué no, viral. 

Me refiero muy especialmente en esta ocasión al llamado «Christian Tok». 

El «Christian Tok» es una burbuja dentro de TikTok - pero también de Instagram y YouTube - donde creadores de fe cristiana de todas las denominaciones publican vídeos cortos que hablan de Dios, la Biblia, la oración, las relaciones, la vocación, la conversión, la liturgia… 

A menudo utilizan lenguajes visuales modernos, con montajes rápidos y música de moda. Desde contenidos divertidos hasta reflexiones teológicas, desde frases motivacionales hasta vlogs - videoblogs - sobre su propia vida: el «Christian Tok» realmente tiene y brinda algo para todos. 

Se diría que la modernidad tecnológica y la dimensión espiritual pueden coexistir con cierta armonía. Y es bueno y necesario que así sea. 

Con todo, y en todo esto, no pocos se plantean una pregunta legítima: ¿hasta qué punto es correcto aligerar los temas espirituales? 

El humor, el lenguaje afable y la creación de contenidos pueden, sin duda, atraer fácilmente a muchos usuarios. 

Pero hay que tener cuidado, porque el Evangelio no es un juego, y se corre el riesgo de reducir la fe a uno de los muchos contenidos que se consumen, entre un vídeo de cocina y un anuncio de ropa. 

La espiritualidad es una esfera esencial de la vida humana y sería un error reducirla también al entretenimiento. 

Algunos aspectos requieren necesariamente silencio, profundidad, reflexión; si todo se vuelve fácil o estético, corremos el riesgo de confundir la emoción con la conversión, o de buscar el consenso en lugar de la verdad. 

Es verdad, la fe cristiana no es necesariamente seria, pero también es seria y debe tomarse en serio. Y las cosas importantes, por otra parte, a veces nos llaman a la formalidad. 

Es correcto usar la ligereza cuando es necesario, y la alegría es parte integrante y profunda de la experiencia espiritual, pero no todo puede simplificarse. 

Se puede (¡de hecho, se debe!) hablar del Evangelio con frescura y vitalidad, pero teniendo mucho cuidado de no reducirlo a eslóganes. Del mismo modo, se puede contar el propio testimonio incluso con ironía, conservando al mismo tiempo su misterio. 

Más que perderse en concursos de visitas y de links, la dimensión de las redes sociales puede ser una oportunidad valiosa para transmitir la verdad con caridad, la belleza con dignidad y la alegría con conciencia. 

El reto puede ser encontrar ese espacio sutil y delicado en el que comunicar a Dios sin hacerlo espectáculo, sí para llegar al corazón de los demás, pero sin malvender la verdad en favor del algoritmo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de septiembre de 2025

¿Evangelizar en las redes sociales?

¿Evangelizar en las redes sociales?

Recientemente, un amigo al que estimo por su profundidad de pensamiento, y al que sigo en sus escritos y reflexiones, me hablaba del Jubileo de los influencers católicos (o mejor dicho, de los misioneros digitales) del pasado 28-29 de julio. Y me decía algo que me hizo reflexionar mucho: 

«A menudo, la impresión que tengo al ver a ciertos influencers católicos es que, más que responder a una necesidad de la Iglesia, están respondiendo a una necesidad personal. Y esta necesidad personal muchas veces les aleja de la verdadera necesidad de la Iglesia». 

Son palabras fuertes, quizás un poco críticas, pero que sin duda contienen algo de verdad y, a partir de este estímulo, surgió una interesante charla/reflexión sobre los «enfoques misioneros» de las redes sociales, de la que quiero compartir algunos aspectos destacados. 

A mí, en primer lugar, me han sido útiles estas reflexiones, no tanto porque me sienta misionero digital, ni mucho menos porque creo que no lo soy, sino porque, al estar presente en las redes sociales, me han ayudado a cuestionarme. 

Me pregunto, y lo hago desde hace bastante tiempo, ¿cuál podría ser la «necesidad personal» que mueve a muchos a hacerse un hueco para evangelizar en las redes sociales? 

No quiero juzgar las intenciones, también porque hay que tener en cuenta que se trata de un terreno complejo, donde las cosas nunca son blancas o negras, y donde incluso las necesidades más distorsionadas (a menudo inconscientes) se mezclan siempre con deseos nobles y propósitos buenos, por lo que hay que actuar con mucha prudencia. 

Sin embargo, las reflexiones con mi amigo al que sí considero influencer o misionero digital me han hecho pensar en tres aspectos que propongo a continuación: 

1.- La necesidad de estima y reconocimiento. 

Cada uno de nosotros necesita naturalmente confirmaciones, alguien que nos devuelva cierta estima y consideración. Esto, obviamente, a diferentes niveles según las personas y el momento de la vida: el joven que está construyendo su personalidad lo necesita mucho, el adulto que ya debería haber consolidado una buena autoestima y confianza en sí mismo, menos. Y, sin embargo, esta inclinación natural, en el entorno social, corre el riesgo de degenerar. 

De hecho, no es raro que detrás de cierta ansia de evangelizar se esconda una necesidad insatisfecha de confirmación, de ser visto y estimado, de sentirse alguien: es esa idea inconsciente de que obtener visibilidad y audiencia coincide con la confirmación de su propio valor. 

Una señal de alarma que puede alertar en este sentido es cuando el hecho de ser considerados y apreciados nos produce una cierta embriaguez, una sensación de euforia y gratificación, un afán que nos empuja a producir contenidos e iniciativas (a menudo no solicitadas) para seguir siendo el centro de atención. Por el contrario, se siente desánimo y tristeza si no se recibe la atención esperada. 

Entonces, uno sin darse cuenta, se produce una especie de cortocircuito: con la noble intención de evangelizar, ¡me encuentro alimentando mi ego! 

Y el contenido, precisamente porque es expresión de mi ego, se vuelve más importante que las personas a las que se dirige. Pero, sobre todo, desvía la atención del propósito de evangelizar, porque más que a Dios lleva... ¡al yo! 

2.- El ansia de sentirse capacitado para hablar de todo. 

Sí creo ir advirtiendo, y desde hace tiempo, como una presuntuosa arrogancia de saberlo todo. Es una tentación que a menudo aflige incluso a los mejor intencionados. A mí, ciertamente. Y también en los ámbitos eclesiales. 

Quiero entender que nadie se siente presuntuoso por defecto, pero cuando nos anima una cierta frenética necesidad de decir y proponer, o nos sentimos del lado de los buenos que deben defender el buen nombre de la moral católica, sin darnos cuenta corremos el riesgo de aventurarnos con ligereza y superficialidad en ámbitos delicados o que nunca hemos profundizado realmente. 

De hecho, sucede que, estimulados por los seguidores o por algún comentario cáustico, o para producir contenidos, acabamos interpretando la Biblia «según mi opinión», citando a «San ChatGPT», o soltando frases hechas y eslóganes escuchados, pero nunca profundizados ni puestos a prueba en la vida. 

He de decir que incluso en intervenciones del episcopado, de superiores generales, …, veo no poca tendencia a eslóganes y frases hechas. Pero eso es otro tema… 

No creo que hagamos un buen servicio al Evangelio cuando, por ejemplo, ofrecemos enfoques por lo menos parciales o incluso distorsionados que acaban fallando significativamente el objetivo y el verdadero bien de las personas a las que se dirige, que siempre pasa por una cierta prudencia. 

Es necesario invocar el don de la prudencia, ¡no basta con tener buena fe para anunciar una buena fe! El hecho de hacer algo «oficialmente» noble no me autoriza a hablar de todo. 

3.- Sentirse heraldos paladines que defienden la fe. 

A menudo, cuando uno se siente así, cree evangelizar explicando a las personas cómo deben comportarse y por qué. 

Esta actitud, que hasta se podría resumir en la palabra «moralismo», crea inexorablemente divisiones y cierres: sentirse juzgado y tratado con superioridad apaga toda apertura al diálogo y al encuentro. 

He aquí la paradoja del moralismo: en lugar de tender puentes, se alimentan polémicas y debates estériles; en lugar de sembrar belleza y alegría, se difunden juicios y sentencias propios de auténticos gurús. 

El Papa Francisco, en Evangeli Gaudium - un texto que podría ser el vademécum de cualquiera que deseara evangelizar -, recuerda que el anuncio cristiano no debe obsesionarse con la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas, sino que debe centrarse en lo esencial: lo que es más bello, más grande, más atractivo y más necesario (cf. EG 35). 

También en este tercer caso se cae lejos del objetivo: el moralismo hace daño a los demás, pero también me hace daño a mí porque me hace sentir del lado de los buenos, de los justos, de los que «han entendido», y me aleja de los demás y de reconocer mi necesidad de misericordia. 

Entonces, ¿qué es hacer misión en las redes sociales? ¿Explicar lo que está bien y lo que está mal? ¿Mostrar las cosas «imprescindibles» para un auténtico católico? ¿Defender los principios cristianos contra un mundo feo y malo? ¿Crear el enésimo curso o podcast? ¿Ofrecer la enésima propuesta de comentario al Evangelio? ¿Qué es evangelizar? 

El Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos no sé si ha ofrecido una oportunidad para repensar el significado de la misión digital, porque las buenas intenciones no bastan para evangelizar. 

Seguramente deberíamos liberarnos de la idea un tanto clerical de que evangelizar es solo o fundamentalmente «explicar cosas». Es verdad, la palabra tiene un poder muy fuerte, pero evangelizar, en el fondo, es manifestar una vida nueva, revelar en los gestos y en las relaciones un encuentro que nos ha cambiado la vida, el encuentro con Cristo vivo y actuante en nuestra vida. Como recordaba el Papa Francisco: «El misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre». 

Si el misionero digital (como el que no es digital) y el influencer católico se define como «misionero», no estará de más recordar que el misionero siempre responde a una llamada.

Muchos podemos sentir que queremos aportar nuestro granito de arena en las redes sociales, pero habría que verificar en la Iglesia si este sentimiento es realmente una llamada y no solo una autoproclamación

O, como preguntaba alquien, Dios se sirve de ti para contruir su Reino o tú te sirves de Dios para contruir tu reino. Una pregunta directa, seguramente hasta incómoda, pero no menos pertinente y necesaria. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 17 de agosto de 2025

Que las palabras se hagan carne.

Que las palabras se hagan carne 

«Preferimos no hablar... por miedo a decir demasiado o a no poder transmitir nada; por miedo a crear confusión o vergüenza; por miedo a estropear el momento o a arruinar una relación; por miedo a no llegar realmente al fondo del asunto; por miedo a no ser claros y explícitos o a no ser comprendidos realmente hasta el fondo; por miedo a que se nos quiebre la voz o a que las emociones nos dominen; por miedo a la verdad, sea cual sea... 

Preferimos no hablar por miedo, a pesar de que esto inevitablemente lleva a crear muros. Y no nos damos cuenta de que es precisamente la distancia lo que debería asustarnos. 

Preferimos no hablar por miedo a equivocarnos, pero el único gran error que cometemos es precisamente no hablar». 

Esto me parece significativo con lo que vivimos en el día a día, además de resonar como una provocativa invitación a transformar nuestra cotidianidad en palabras. 

«Preferimos no hablar...». Sin embargo, me parece que hoy en día vivimos ahogados por las palabras, en su mayoría sumergidos por la charlatanería, incluso eclesial, las palabras superficiales, los «he oído decir», las palabras impersonales, los llamamientos generalistas, los mensajes obvios ... 

No es raro que nos dejemos llevar por los tópicos habituales, sin esforzarnos demasiado por comprender lo que decimos: con demasiada frecuencia nuestras palabras son obvias y ambiguas, y así acabamos banalizándolas, ignorándolas o instrumentalizándolas. O nos inundamos de palabras «vacías», aquellas que parecen querer decir algo, pero que en realidad no dicen nada. 

¿Cuántas veces, por ejemplo, preguntamos «¿Cómo estás?», «¿Qué tal hoy?», pero no nos detenemos a escuchar la respuesta de nuestro interlocutor, porque en realidad ya estamos pensando en otra cosa? Es nuestra forma de llenar el espacio con quien tenemos delante, librándonos de la vergüenza y del esfuerzo de comprometernos de verdad. 

Sigmund Freud escribió: 

«Las palabras eran originalmente hechizos, y la palabra conserva aún hoy gran parte de su antiguo poder mágico. Con palabras, un hombre puede hacer feliz a otro o llevarlo a la desesperación; con palabras, un maestro transmite su conocimiento a sus alumnos; con palabras, el orador arrastra a su audiencia y determina sus juicios y decisiones. Las palabras despiertan afectos y son el medio general por el que los hombres se influyen mutuamente». 

Es decir: las palabras no son solo sonidos. La palabra tiene tal fuerza que puede dejar una huella indeleble en la vida de los demás: lo que decimos tiene realmente el poder de herir o de reconfortar. Una palabra buena y generosa, dicha en el momento adecuado, puede sanar un corazón afligido; por el contrario, unas palabras ambiguas pronunciadas con malicia pueden herir mortalmente a un hermano («Hay quienes hablan sin pensar: hieren como una espada, pero la lengua de los sabios cura» – Proverbios 12,18). 

La capacidad de comunicarse a través del lenguaje es un don de Dios, dador de «todo don bueno y todo don perfecto» (Santiago 1, 17). Este don distingue al hombre de los animales, permitiéndole expresar no solo sus pensamientos, sino también sus sentimientos. 

Palabras... palabras... palabras... y, sin embargo, cuando tenemos que decir palabras verdaderas, palabras que marcan la vida, tenemos miedo. Miedo a no gustar, miedo a no ser comprendidos, miedo a poner en crisis a alguien, miedo a responder a las palabras vacías que escuchamos con palabras «llenas», que tienen significado, porque dicen algo de nosotros, porque describen lo que sentimos, lo que vemos, lo que queremos sin adornos, tal y como es. 

Si nos esforzáramos por utilizar palabras «llenas» y trabajar las vacías para cambiarlas, llegaríamos realmente a comunicarnos a nosotros mismos, nuestra vida; la palabra sacaría a la luz nuestra verdadera esencia y nuestro amar, sufrir, esperar se convertiría en un auténtico regalo de nosotros mismos a los demás y no solo en palabrería. 

Entonces también el otro se dejaría llevar, se abriría un paso y las relaciones formales en las que vivimos en su mayor parte se transformarían en relaciones auténticas, en las que el juicio deja espacio a la escucha verdadera, la que comprende y acoge al otro en la plenitud de sus pensamientos, sentimientos y emociones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 10 de agosto de 2025

Y el Verbo se hizo verborrea: o de las palabras en exceso en la Iglesia.

Y el Verbo se hizo verborrea: o de las palabras en exceso en la Iglesia 

El exceso de verborrea en la Iglesia amenaza la grandeza de la Palabra. 

Un anciano monje del desierto, al acercarse al final de su vida, compartió con uno de sus devotos discípulos un precepto memorable: «Evita impartir enseñanzas sobre lo que no has practicado a la perfección». 

Esta frase suscita una profunda reflexión sobre el vínculo entre el ser humano y la palabra, poniendo de relieve cómo las palabras a menudo resuenan vacías, carentes de sustancia o vitalidad. 

Nuestra Iglesia, inmersa en un flujo incesante de palabras, puede caer en la tentación de descuidar su verdadero valor, su poder y su eficacia. El uso y abuso de la palabra encierra múltiples riesgos y peligros. 

En el contexto de nuestra cultura 'logorreica', destaca de manera significativa la advertencia de los Padres del desierto de evitar la 'verbosidad' excesiva. Las palabras pronunciadas, pero no traducidas en acciones, generan el engaño de haber hecho algo solo por haberlo dicho. 

Esta trampa insidiosa se conoce como «verborrea» y es un defecto compartido también por aquellos que tenemos acceso a un micrófono y contamos con un auditorio. Sin embargo, es una actitud a la que todos estamos predispuestos de diferentes maneras. 

La «verborrea» representa una tentación no solo para aquel que impone normas a los demás en lugar de a sí mismo, sino también para quienes viven una experiencia religiosa. En este último caso, se configura como una forma errónea de acercarse a la salvación. 

Jesús, encarnación de la Palabra de Dios, transmitió la salvación no solo a través de sus palabras, sino también a través de gestos tangibles y corporales, expresando la totalidad de su persona. 

En una sociedad cada vez más inclinada a la verborrea, donde la abundancia de palabras parece ser una competición para declamar el bien con promesas enfáticas, los seguidores de Jesús están llamados a traducir su enseñanza en acciones tangibles, asimilando su mensaje como se hace con la sal y la luz. 

La Iglesia, en este contexto, no puede aceptar pasivamente los excesos de la verborrea. Es imperativo evitar todo abuso de la palabra, ya que esta conserva su centralidad solo cuando está libre de toda inclinación al discurso vacío, y solo cuando se enriquece con la experiencia práctica de su significado en los diversos contextos en los que se emplea. 

Seguramente hay que reconocer que una cierta dosis de verborrea es inevitable en la vida de cada uno. La palabra desempeña un papel crucial en la interpretación de la realidad y en la comunicación con los demás. Sin embargo, es fundamental no limitarse a la formulación verbal de las cosas, especialmente si esta se presenta precisa, elegante y refinada. 

A menudo, en lugar de tratar de comprender y transformar la realidad, nos contentamos con detenernos en su representación verbal, transformándola en un mundo aparte, una especie de «intersticio» en lugar de un instrumento de mediación. Esta tendencia a la evasión y a la defensa afecta inevitablemente también al enfoque eclesial de Dios. 

Asistimos a un predominio de las palabras humanas sobre Dios. A veces, cuestiones de crucial importancia antropológica se reducen a discursos puramente léxicos, donde la sustancia se sacrifica en el altar de la verborrea y de una superficialidad imprudente. El clero se refugia a menudo en una retórica dorada, cada uno convencido de poseer la verdad y de ser víctima de las circunstancias. 

Si la Iglesia habla sobre Jesús sin hacer tangible su presencia a través de rostros humanos y gestos concretos, esto se traduce en una retórica religiosa vacía y, más aún, en una misión vanagloriosa, de la que es mejor guardarse. 

Y creo que es necesaria una catarsis, una especie de hoguera purificadora de la charlatanería a la que nos hemos abandonado y del que nos hemos complacido hasta el momento presente. 

El fenómeno de la verborrea se ha extendido también a la liturgia, poniendo de manifiesto un cierto racionalismo que se manifiesta a través de un uso excesivo de las palabras y una sobreexposición fonética. En este contexto, cobra cada vez más importancia el uso de palabras, discursos, exhortaciones, comentarios y razonamientos, mientras que las acciones, los gestos y los movimientos quedan relegados a un segundo plano. 

Ante la difusión rampante de la verborrea, ya en 1973 la Congregación para el Culto Divino se sintió obligada a aclarar: «En cada advertencia se respete su carácter, de modo que no se convierta en un discurso o una homilía; se procure la brevedad y se evite la verbosidad que podría aburrir a los presentes» [Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales 14]. 

Nos encontramos ante una excesiva prolijidad verbal, que parece sobreponerse al valor del silencio y al arte de escuchar. En los tiempos actuales, es como si todos estuvieran empeñados en expresarse. 

El abuso actual no se expresa solo en una cantidad excesiva de pronunciamientos, sino en la proliferación de opiniones, posturas y actitudes. Todos hablan (fieles, magisterio, organismos, congregaciones, instituciones, fundadores) dando por cierto lo que a menudo es solo una opinión propia, a veces incluso discutible y gratuita. 

Una de las peculiaridades de la verborrea eclesial se manifiesta en la repetitividad y la estereotipia. Se utiliza un lenguaje común, casi recitando de memoria un texto fijo. La verborrea traslada a las palabras el peso que debería corresponder a los hechos de las obras. 

También la verborrea acontece en el vasto universo de la llamada «pastoral», una actividad muy extendida pero a menudo ineficaz. A veces se presenta como prolija y artificiosa. En el ámbito eclesial, asistimos a numerosas reuniones, asambleas y consejos, muchas veces improvisados, con órdenes del día inciertos y una conducción poco clara. 

La capacidad de comunicar, por desgracia, no siempre está a la altura de las nobles intenciones. Una de las antiguas reglas de la retórica, que sugiere a quien habla en público que tenga algo que decir, lo diga y luego concluya, parece a menudo ignorada. 

En el mundo de las reuniones, a menudo largas e infructuosas, todos nos preguntamos si ha valido la pena dedicar tanto tiempo. Estas reuniones, caracterizadas por disputas inconclusas, dificultades para llegar a una conclusión y falta de claridad en el enfoque del discurso, dejan una sensación de cansancio y de no haber alcanzado los objetivos. 

Las convocatorias de reuniones a todos los niveles eclesiales se están extendiendo hasta multiplicarse, casi como para poner de relieve el dinamismo sinodal de las diferentes realidades eclesiales. Convocar un consejo, independientemente de los temas tratados, es un signo inequívoco de la pérdida de tiempo de la verborrea

Quizás sea precisamente por eso que, a veces (o a menudo), cuanto menos se interactúa de manera incisiva con el territorio o con las personas, más se organizan reuniones. Los participantes son tristemente conscientes de que el aburrido ritual de las reuniones es uno de los males necesarios de la vida actual. 

Es fácil identificar algunas de las patologías de la comunicación contemporánea: el aislamiento en lo virtual, que ha vaciado las relaciones humanas; la indiferencia hacia la verdad; la sumisión a la lógica d lo establecido y del poder; ... 

En esta delicada encrucijada, con el riesgo concreto de que la corrupción de la palabra se traduzca en una corrupción de la humanidad, Josef Pieper, inspirado en la gran lección de los clásicos, aún capaces de ofrecer profundas reflexiones, lanza una invitación fundamental: es necesario reapropiarse de las palabras, de su significado que pone de manifiesto la verdad, y del diálogo que tiene como único fin el intercambio sincero. Porque una comunicación leal hacia las personas y la verdad de las cosas es el hábitat fértil del ser humano, lo que nos da sentido. 

La palabra sufre abusos cada vez que se aleja de la búsqueda de la verdad. Pero ¿qué significa para la palabra no buscar la verdad? Significa no reflejar la realidad, no tener ningún anclaje en la concreción de las cosas. 

Cuando la palabra se desprende de la realidad, por ejemplo, manifestándose como adulación personal o institucional o propaganda autorreferencial, establece una convivencia distorsionada entre los seres humanos, carente de fundamentos sólidos para la comunidad y abierta al abuso. La alteración de la palabra genera realidades ilusorias que se vuelven funcionales a una estructura institucional o a un sistema de organización. 

Ante el abuso de la palabra, existe una tarea nunca completada: resistir toda simplificación parcial, toda exaltación ideológica y toda emotividad ciega derivada de palabras sin significado. 

La retórica, desde sus orígenes, se ha centrado en la función persuasiva de las palabras, es decir, en el análisis de los efectos que las palabras pueden tener en nuestras vidas. Ha incluido el análisis del poder de las palabras en una reflexión más amplia sobre el lenguaje y el papel que desempeña no solo en la construcción de los vínculos sociales, sino también en su mantenimiento. 

En las Sagradas Escrituras, la Palabra divina, de la que toda expresión humana no es más que un reflejo y un eco, se concibe como una fuerza tan poderosa que materializa lo que proclama. Es importante recordar que la Biblia comienza con una palabra... Sin embargo, según Qohelet, esta poderosa realidad es intrínsecamente enferma: «Todas las palabras son gastadas» (Eclo 1,8). 

Ante el poder de la Palabra divina, toda la retórica vacía, los argumentos efímeros, los sofismas y las elucubraciones intelectuales se desmoronan en un instante, se disuelven como la lava al contacto con el agua, desapareciendo por completo ante el deslumbrante resplandor de la Palabra. 

Habría que recordar por ejemplo al escritor Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914-Ciudad de México, 20 de abril de 1998), premio Nobel de Literatura cuando decía aquello de: «Un pueblo comienza a corromperse cuando se corrompe su gramática y su lengua». 

Esta declaración subraya la extraordinaria relevancia de la máxima de Qohelet, que refleja la enfermedad de la comunicación y del lenguaje que observamos hoy en día:

 

1.- por un lado, el individuo contemporáneo se ve limitado al uso de un vocabulario extremadamente reducido, a menudo basado en palabras sin significado, que utiliza como apoyo para desarrollar el discurso;

 

2.- por otro lado, nos encontramos inmersos en un flujo de palabras vacías, carentes de “incisividad” y sin ninguna contribución significativa a la verdadera comunicación de un contenido. 

Si estamos envueltos en una trama de palabras superfluas, especialmente si pensamos en el contexto de la comunicación televisiva y las redes sociales, también conviene reconocer que la observación de Qohelet se aplica bien a las palabras vacías pronunciadas en el ámbito eclesial. 

Porque también en el contexto del lenguaje religioso, deberíamos apreciar el valor del silencio, de la palabra que se presenta envuelta en luz, que es similar a una semilla en lugar de a una dispersión de paja. 

Se trataría pues de ser precavidos y de no dejarse invadir por la charlatanería, esa difusa e incompetente verborrea caracterizada por estereotipos, por frases hechas, por palabras o frases de eslogan titular y por un recurso regresivo a tópicos que quieren ser brillantes. El lenguaje eclesial, para encontrar un sentido auténtico, debe beber no del abuso de la palabra sino más bien de la Palabra de Dios encarnada en hechos. 

Nuestro tiempo necesita palabras poderosas, pero para que la Iglesia haga un uso legítimo de ellas, debe permitir que estas palabras se impregnen de la concreción de los gestos y del realismo de los hechos, de lo contrario corren el riesgo de resonar en el flujo indiferenciado del hablar vacío. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


jueves, 7 de agosto de 2025

El Tercer Testamento o el Quinto Evangelio.

El Tercer Testamento o el Quinto Evangelio 

Este tiempo es un momento hermoso para todos nosotros, llamados de manera diferente a vivir y dar testimonio del Evangelio en la forma de la Vida Consagrada. Nos sentimos hermanas y hermanos, más allá de los carismas y pertenencias individuales, convocados a dar gracias juntos por el don recibido, y me parece percibir entre nosotros el deseo de un nuevo comienzo, de una reanudación más confiada del camino después de un tiempo marcado quizás por un cierto cansancio. 

No creo equivocarme mucho si digo que lo que nos une en este momento es más nuestra debilidad que nuestra fuerza. Sentimos en nuestra propia piel la verdad de las palabras de Pablo: «Llevamos un tesoro en vasos de barro». 

Cuando somos fuertes tendemos a ser autosuficientes, nuestro carisma es el mejor de todos, no sentimos la necesidad de los demás. Cuando experimentamos la fragilidad se puede abrir espacio la solidaridad. 

La Vida Consagrada, que ha marcado la Iglesia con rasgos de santidad, vive un momento de profunda debilidad, de envejecimiento de las fuerzas, de falta de vocaciones, de exceso de estructuras heredadas que hay que gestionar sin recursos humanos y económicos suficientes. En todo esto hay sin duda una prueba, pero sobre todo una gracia, una nueva oportunidad de vida que hay que ver dentro de un mundo que se acaba, mirando los brotes de hierba que crecen obstinadamente entre las piedras de los escombros de un templo derrumbado. 

Los brotes verdes anuncian un futuro cuya forma desconocemos, pero ¿nos dejaremos sorprender? 

Resuenan en nosotros, vasos de barro, junto con las palabras de Pablo, las que el Señor dirigió al profeta Jeremías: «Ve y baja al taller del alfarero; allí te haré oír mi palabra». Jeremías acepta este descenso, esta kénosis. ¿Y qué ve? «Bajé al taller del alfarero y he aquí que él estaba trabajando en el torno. Ahora bien, si la vasija que él modelaba se estropeaba, como sucede con el barro en las manos del alfarero, él volvía a hacer otra vasija con ella, como le parecía bien. Entonces me fue dirigida la palabra del Señor: «¿Acaso no puedo yo hacer con vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Oráculo del Señor» (Jer 18,16). 

Todos, la Vida Consagrada, la Iglesia, el seminario, las familias, la escuela, las instituciones sociales y civiles, cada mujer y cada hombre, nos encontramos en la profunda falla de un «cambio de época», todos arrojados de nuevo a la masa y puestos en el torno, en la fatigosa búsqueda de una forma nueva, de una nueva humanidad. 

Los consagrados no estamos exentos de este trabajo de gestación que exige morir a algo para que algo nuevo renazca. Es una experiencia pascual la que estamos llamados a atravesar. Estar en el torno es muy incómodo, sobre todo cuando no se sabe por cuánto tiempo y cuando, por falta de profecía, por incapacidad de ver lo invisible, no vemos la forma que el divino Alfarero, con sus dos manos, quiere dar a la masa de la que estamos hechos. 

Las últimas palabras de Dios a Israel: «¿Acaso no puedo hacer con vosotros, casa de Israel, como este alfarero? Oráculo del Señor», suenan como una invitación a la confianza, pero más aún como una reprimenda, porque ponen al descubierto una falta de esperanza, de responsabilidad, no solo para dejarnos remodelar, sino para aportar nuestra contribución a una nueva forma de humanidad, de sociedad y de Iglesia. 

De hecho, por eso estamos en el mundo, para buscar el bien de este mundo. Está en juego, pues, nuestra maleabilidad, nuestra disponibilidad personal y comunitaria. 

Dios sabe cómo hacer para que todo vuelva a empezar, pero volver a empezar implica ser amasado de nuevo, ser vaciado por la mano del alfarero, y esto es un drama. No es un drama para el alfarero, es su oficio. Es un drama para la vasija. 

Dejarse remodelar significa aceptar que una forma determinada ha llegado a su fin y asumir las consecuencias personales e institucionales. 

Sabemos cómo San Ireneo, con gran intuición, explicaba que las dos manos de Dios que modelan a su criatura son las del Hijo y las del Espíritu, interpretando ese plural - «Hagamos al hombre» - como un diálogo creador de la Trinidad (San Ireneo Adv. Haer. IV, 28, 4). 

¿Cómo permanecer en el torno todo el tiempo que sea necesario? ¿Cómo permanecer maleables con confianza y responsabilidad? 

Estamos acostumbrados a recibir eslóganes, frases hechas, palabras redondas,…, (no digamos planes y proyectos pastorales, documentos capitulares, …) que nos empujan a hacer, que nos dicen que nunca hemos hecho lo suficiente, que cada año hay que programar de otra manera,… ¿No será ésta la hora de hacernos llegar una invitación a no hacer, a ralentizar, a salir de la ansiedad pastoral, a escuchar, simplemente a estar, ser, vivir …? 

Estar es la forma de actuar de la comunidad eclesial. Esto seguramente nos desconcierta. Por un lado, hace suspirar de alivio: por fin, basta ya de palabrerío y verborrea. Estamos saturados. Después de la pandemia no supimos ralentizar. Seguimos sin saberlo. Por otro lado, sin embargo, la invitación a estar llega a personas que, ya sean sacerdotes, consagrados o laicos, están sumergidos desde la mañana hasta la noche en compromisos y responsabilidades, con poco o ningún tiempo para escuchar a las personas, a Dios y, en definitiva, a sí mismos. 

Y una situación así obliga a pensar. Por lo menos, a pensar. ¿No habrá que poner el silencio como fundamento de todo? ¿No habrá que acortar los discursos, prescindir de los titulares, de las frases redondas, de las palabras eslogan, …,  para permanecer en silencio? 

Y, si es así, ¿qué idea de la fe nos sugiere? ¿Qué tipo de Iglesia pide, si no es una Iglesia que ante todo habla, sino que calla y escucha? ¿A qué misión impulsa si comenzamos por hablar menos o por no hablar tanto? 

El silencio es el canto fijo de toda vocación cristiana y, por tanto, también de toda forma de Vida Consagrada. El silencio no es solo un tiempo recortado en el día para dedicarlo a la meditación: es una forma de estar en el mundo. 

¿No será necesario despertarnos al don que se nos ha dado? ¿No corremos el riesgo de ser absorbidos por el ruido, por las palabras excesivas, por el parloteo sin ton ni son y la verborrea a tiempo y a destiempo?

1.- Es necesario escuchar. Es necesario volver a lo más esencial y simple del silencio que permite escuchar. La invitación a permanecer «en el silencio» es una llamada a volver al corazón de la vida, a hacer espacio a su sentido último, a custodiar el deseo que hay en cada uno de nosotros. 

El término «deseo» contiene la raíz latina «sidera», «estrellas». El deseo en cada hombre y en cada mujer es una nostalgia insatisfecha, que ningún ruido consigue acallar, es un grito que pide ser liberado. Es la estrella que los Reyes Magos siguen hasta la cueva de Belén. Son los gemidos del Espíritu que habitan en el corazón de cada uno y cada una. 

La necesidad de silencio no es solo una exigencia humana de introspección, sino la escucha de un Huésped que habita en nuestro corazón. La interioridad de las personas está habitada por una presencia que invoca acogida. 

La Vida Consagrada es propia de personas que han sentido esta nostalgia. Pero todos sienten esta nostalgia, esta melancolía existencial. Es la melancolía. La melancolía es quizás Dios. En el sentido de que hay momentos en los que estás bien, pero sientes... siempre un movimiento interior... a veces una inquietud o siempre tienes la sensación de que hay algo más. Yo siempre tengo la sensación de que hay algo más en la vida en general. Entonces, quizá Dios es eso, es decir, lo que no podemos explicar. 

Me pregunto si los que se han ido de la Iglesia se han ido porque tengamos motivos para que otros se vayan o se han ido porque no tienen ninguno para quedarse. Y este «no tener ninguno para quedarse» se refiere, paradójicamente, a su búsqueda de espiritualidad. Estoy pensando que la Iglesia es pobre en espiritualidad, es decir, en sentido, y hay quien lo busca en otra parte. Son buscadores de una espiritualidad de la tierra. No están ni dentro ni fuera, simplemente están «más allá», atraídos por un horizonte que no coincide ni con la forma de fe a la que pertenecen ni con la incredulidad de su distancia. 

¿Quién se ha alejado de quién? Es una pregunta fundamental. Hasta podemos recordar aquellas palabras fulminantes de Etty Hillesum, que tantas veces han resonado en nosotros, nacidas de la profunda oscuridad de su celda en el campo de exterminio: «Tú no puedes ayudarnos, somos nosotros los que debemos ayudarte a ti... lo único que podemos salvar en estos tiempos, y también lo único que sin duda cuenta, es un pequeño pedazo de ti en nosotros mismos, Dios mío». 

En sus orígenes, la Vida Religiosa nació para cuidar de un pedacito de Dios en el corazón de sus miembros y de las mujeres y hombres de su tiempo. Y esto no es patrimonio de la vida contemplativa sino que ha permanecido como constitutivo de las formas que la Vida Consagrada ha adoptado a lo largo del tiempo. 

Quizá se puede declinar con diferentes verbos y muchos ejemplos concretos esta tarea de custodia y de cuidado: contemplar el silencio, enseñar el silencio, hacer silencio, acoger el silencio, custodiar el silencio, compartir el silencio, promover el silencio. Cada uno de estos verbos para el cuidado de un pedacito de Dios en el corazón de las personas nos concierne y nos interpela. 

La mejor forma en que todos y todas podemos cuidar de Dios en nuestro corazón y en el de las personas es el silencio hospitalario, la escucha de las historias de vida. Las personas tienen un sentido de la vida desmesurado, pero tantas veces no saben dónde darle cabida, dónde expresarlo, dónde invertirlo. ¿No habrá que ayudar a las personas a liberar sus historias? ¿No era Jesús de Nazaret un Maestro en ese arte, por ejemplo, el diálogo con la Samaritana? ¿No habrá que liberar las historias, hacer de nuestras personas y de nuestras comunidades una posada de historias acogedora? 

Escuchar los gemidos del Espíritu exige una escucha estereofónica: la de su voz en las Sagradas Escrituras y la que pronuncia cada día en las historias de vida de las personas, allí donde escribe, después del Primer y del Segundo Testamento, hay un Tercer Testamento o un Quinto Evangelio: las historias de la vida. 

2.- Escuchar el silencio de quienes no tienen voz. La voz de los sin voz: el grito del sufrimiento humano, ese grito que estamos llamados a escuchar en el silencio de quienes no tienen voz - los ancianos, los adolescentes, los migrantes, las mujeres, los presos, …-. 

La mayoría de los carismas de la Vida Consagrada han surgido por obra del Espíritu precisamente por esta segunda dimensión del cuidado, no solo el cuidado de la presencia de Dios en las personas, sino el cuidado de su vida, de su cuerpo, de su mente, de su carne. 

Porque el Dios que se hizo hombre se preocupa por la humanidad de todos, porque Él sabe lo que significa nacer sin hogar, ir al exilio, ser ayudado a crecer en sabiduría, edad y gracia durante treinta años, tener hambre y sed, ser rechazado por la sociedad, sentir la angustia de la muerte, ser abandonado. Su identificación con todos los miserables de la tierra la declaró cuando nos habló del juicio final sobre nuestra vida, en el texto de Mateo 25. 

Nuestro Dios ama nuestra carne y todo el Evangelio está ahí para decir que todo sufrimiento es suyo y que en todo sufrimiento se identifica para decir con palabras y gestos que quiere la vida para todos y para todas, y la vida en abundancia. 

Las formas que ha adoptado la Vida Religiosa a lo largo de la historia han sido hasta ahora tres: la forma monástica antigua, la forma conventual mendicante medieval y la forma de las obras apostólicas de la época moderna. 

Yo creo que se va perfilando un cuarto modelo que se expresa en las formas de Vida Consagrada en las que participan personas consagradas y familias, comunidades religiosas con consagrados y consagradas de diferentes confesiones cristianas, comunidades con presencia de otras religiones o de no creyentes. 

Estas otras formas de Vida Consagrada señalan el anhelo de una fraternidad universal, más allá de las pertenencias de género, de estatuto eclesial, de fe, de religión, de raza. 

Cada vez que nace una forma de Vida Consagrada, lo que la caracteriza es la profecía, entendida como la capacidad de habitar «los desechos», los desechos entre lo cumplido y la promesa, entre lo que está en acto y lo que la generosidad de Dios reserva para la humanidad. En consecuencia, la Vida Consagrada está llamada a habitar toda forma de deshecho, a compartir la vida con aquellos que menos que los demás pueden disfrutar de lo que la vida humana debería dar a todos. 

Aquí el silencio se convierte en piedad, ‘pietas’ por todo sufrimiento humano. Es ese silencio que consiste en quitarnos las sandalias ante el único terreno sagrado que existe, el hombre, en particular el hombre herido, sufriente, marginado, golpeado y despojado, como el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. 

Algunas comunidades religiosas han nacido para asegurar en la Iglesia la adoración eucarística perpetua. Pero todas están llamadas a esa otra adoración perpetua, la de la humanidad herida convertida en tabernáculo de Dios. Siempre de rodillas ante Dios y siempre de rodillas ante el hombre que sufre: esto es a lo que estamos llamados. 

¿No habrá que devolver la palabra a esos “gritos desde el silencio”? ¿No habrá que escuchar los sufrimientos más agudos que atraviesan nuestra humanidad herida? 

Jesús de Nazaret fue un Maestro que sentó frecuentemente a la mesa, a todas las mesas, a cada mesa. «Estar «a la mesa» de los hombres y mujeres que son nuestros compañeros de viaje es la forma silenciosa de ser Iglesia hoy. Estar «a la mesa» significa compartir el pan de la misma humanidad, escuchar preguntas antiguas y nuevas, sentirse parte de un camino que nos concierne, intercambiar palabras con sencillez, ponerse al servicio, socorrer a los frágiles, ocuparse de los que nadie ve. 

3.- La escucha recíproca como estilo de una Iglesia sinodal. Es necesario que nuestras comunidades aprendan una práctica de sinodalidad que se convierta en el horizonte de su servicio a la Palabra de Dios gracias al intercambio dialogante de las palabras de todos... Es en el silencio, por otra parte, donde podemos hacer espacio a las diversidades que dibujan el rostro de nuestra porción de Iglesia; es del silencio donde sacamos los motivos que fundamentan las opciones compartidas para comunicar a todos la experiencia de Jesucristo. 

Generar comunidades participativas, en las que se propongan lugares donde el diálogo se califique como un estilo relacional capaz de tomar en serio el mundo, se exprese en el valor de la palabra y de la escucha de todos, y se convierta en conocimiento compartido de la realidad y visión común del futuro. ¿No es ésta una contribución fundamental que la Vida Consagrada puede dar a la Iglesia y a la convivencia civil? 

En las comunidades de la Vida Consagrada se han experimentado las prácticas de una vida sinodal y de discernimiento en común que se han madurado a lo largo de los siglos. De todo ello aprendemos la sabiduría de caminar juntos. Muchas Congregaciones e Institutos practican la conversación en el Espíritu o formas análogas de discernimiento en el desarrollo de los Capítulos Provinciales y Generales, para renovar las estructuras, repensar los estilos de vida, activar nuevas formas de servicio … 

¿Vivimos hasta el fondo esta dimensión fundamental que nos caracteriza, la de la vida fraterna en escucha de la voluntad de Dios? Estamos llamados a mostrar que el Evangelio nos permite vivir juntos, escucharnos, dar la palabra a todos, caminar de manera sinodal. 

La fraternidad real que establecemos sin elegirnos es lugar de esperanza y profecía para todos. Venimos de historias diferentes, de formaciones y sensibilidades diferentes, tenemos caracteres diferentes, todos estamos marcados por limitaciones, defectos, pequeñas manías. Somos simplemente humanos. La composición internacional e intergeneracional de nuestras comunidades es, desde este punto de vista, una maravillosa complicación. 

La perfección de las relaciones nunca se alcanzará en nuestras comunidades, pero esta es la herida del signo, el lugar pascual del testimonio. No estamos llamados a dar testimonio de la armonía del paraíso terrenal antes del pecado original, sino de la convivencia dentro de los límites, las diferencias, las fragilidades, las pobrezas individuales y colectivas. 

Nuestras comunidades, cada vez más multiétnicas y multigeneracionales, son un formidable laboratorio de esta fraternidad de la diferencia. En todos los ambientes en los que vivimos y en todos los campos de nuestra acción apostólica, nos educamos y educamos en el silencio entendido como la capacidad de dar la palabra a todos y, así, darla a Dios, de buscar el consenso más allá de los propios puntos de vista, de promover la unidad y de ser así mujeres y hombres de paz. 

Cada vez más creo que el silencio es el lenguaje de Dios. Hay un silencio que siento personalmente necesario: el silencio sobre Dios. 

Nosotros, los consagrados y consagradas, tenemos la boca llena de Dios. La Iglesia tiene la boca llena de Dios. Seguramente hasta hablamos demasiado de Él. Se diría que lo sabemos todo sobre Él, pero Él no está en el ruido de nuestras palabras. Nunca lo capturaremos con nuestras palabras, aunque paradójicamente estemos llamados a pronunciarlas. Deberíamos pronunciarlas con pudor, de puntillas. 

En este tiempo, yo creo, estamos llamados a pronunciar menos y, ciertamente, a pronunciar solamente aquellas que provienen de escuchar su silencio y el silencio de los que no tienen palabras. 

Personalmente, desde hace algún tiempo siento la necesidad de hablar menos de Dios, también como expiación por las demasiadas palabras que he dicho sobre él y que decimos como Iglesia sobre él, con una ingenuidad pasmosa, casi como si lo poseyéramos y hubiéramos agotado su misterio. 

Y creo que estamos llamados a hablar menos de Él y a escucharlo más en las historias de las personas y compartiendo las nuestras. Es en la mesa de los silencios compartidos donde Él podrá quizás decirnos una palabra inesperada. 

Ojalá captemos los silencios y las palabras de Dios en los silencios y en las palabras humanas: ese es el Tercer Testamento o el Quinto Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...