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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando confundimos salvación con solución.

Cuando confundimos salvación con solución

¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como paja?

 

Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo sagrado en un mercado de necesidades.

 

Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.

 

Esta es la religión del hambre pasajera: una vez saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.

 

¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!

 

Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio de nuestro deseo.

 

Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios para servirse a sí mismo.

 

Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no encadenada a la necesidad de las cosas tangibles. 



La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de gratuidad y de amor.

 

Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.


No confundamos la salvación con la solución. El camino del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego hacia el horizonte de la luz verdadera.

 

La hora de la religión del deber ha llegado a su fin bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.

 

La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo esclavo del do ut des.

 

La religión del deber se basa en la norma, un dique que tranquiliza pero que no salva.

 

El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.

 

La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.

 

Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.


El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.

 

Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.

 

Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.

 

Quien vive la religión del deber es un siervo que teme el castigo o ansía la recompensa.

 

Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura alegría.

 

Esta es la verdadera subversión profética: la gratuidad libera a la ética del chantaje.

 

La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la cadena de la necesidad.

 

En la cruz muere definitivamente la religión del contrato.

 

La religión del deber construye muros de piedra; la gratuidad profética abre pasos de luz.

 

El deber interroga a la conciencia, la gratuidad enciende el corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 8 de agosto de 2026

Educarse (y educar) en el perdón, la gratitud, la compasión.

Educarse (y educar) en el perdón, la gratitud, la compasión 

Lo primero es la capacidad de perdonarme a mí mismo. 

El amor por mí mismo está indisolublemente ligado a cuidarme. 

¿Qué significa esto? Cuidarme significa aceptarme tal y como soy, acogerme con todas mis limitaciones y errores. 

No para quedarme estancado en esa situación, sino para reconocer lo que he aprendido de ella e intentar seguir mejorando. 

Decirme que quiero ser una persona que tiene un camino, una dirección, un propósito, una meta e, incluso, una misión. 

Amarme a mí mismo depende, por tanto, de mi capacidad para decirme: «Te acepto tal y como eres, sin ningún juicio». 

Cuando dejo de juzgarme y condenarme, por fin puedo reconocer lo maravilloso e importante que es este momento que estoy viviendo y, desde una posición de derrota, me convierto en alguien que participa en la vida, haciendo que nazca en mí la gratitud. 

Lo segundo es la capacidad de estar agradecido. 

Si soy capaz de amarme y aceptarme tal y como soy, me vuelvo agradecido y descubro que también puedo aceptar al otro. 

Todo lo que nos hacía diferentes y nos alejaba se reordena, dejándome libre para crear una nueva relación en la que podamos reencontrarnos. 

Por lo tanto, suspender el juicio o la condena sobre mí mismo me permite suspenderlo también sobre el otro y aclara en mi mente la relación indisoluble que existe entre todos los seres humanos y toda la creación. 

Por último, la capacidad de ser compasivo. 

En el instante en que deseo para el otro el mismo bien que he deseado y persigo para mí, descubro el sentido de mi estar aquí y ahora: amarme a mí mismo, para amarte a ti, para amar. 

Este amor tiene una triple dimensión: 

1. Al prestar atención a mí mismo, me vuelvo capaz de prestar atención al otro. 

2. Al escucharme a mí mismo, soy capaz de escuchar al otro. 

3. Al trazar para mí un nuevo escenario para mi vida, soy capaz de ofrecer al otro otra posibilidad, abandonando el esquema rígido en el que lo había encerrado. De hecho, si ayer se equivocó, no significa que tenga que seguir equivocándose. 

Así pues, el paso de la compasión me permite dejar en manos del otro la decisión de estar dispuesto a mostrar la mejor versión de sí mismo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 6 de agosto de 2026

Hoy es tiempo también de gratitud.

Hoy es tiempo también de gratitud 

Nos resulta fácil pedir, pero no dar las gracias. 

Cuando reflexiono, y a veces escribo, te confieso la revelación que en mi vida va aconteciendo cuando me acerco a la simplicidad del Evangelio, al minimalismo de la Bienaventuranzas y al mandamiento positivo del amor que resume decenas de decálogos. 

Y a todo ello puedo añadir la gratitud. 

«La práctica diaria de la gratitud es uno de los caminos a través de los cuales te llega la riqueza» (Wallace Wattles). 

Uno ya ha comenzado a pensar en aquello por lo que está agradecido y se ha dado cuenta de que el tiempo que dedicaba a quejarme era claramente mayor que el que dedicaba a apreciar lo que tenía. 

No lo sé. Tal vez estamos centrados en lo que nos falta, en lo que tienen los demás y nosotros no; las personas que no nos hacen sentir bien parecen ocupar más espacio en nuestra mente que aquellas que nos quieren. 

No puedo dejar de tener en cuenta que estamos rodeados de publicidad y mensajes subliminales que nos hacen pensar continuamente en desear cosas materiales, cuerpos de ensueño, viajes de lujo, teléfonos, portátiles… 

Y de esto también acuso a algunas redes sociales que podrían ser un medio enorme para compartir cosas bonitas, energía, buenas vibraciones, positividad,…, pero cada vez se parecen más a un catálogo de tonterías. 

Afortunadamente, hay personas que nos devuelven a la realidad, nos muestran la vida cotidiana, nos recuerdan que la vida es así de hermosa, y no me refiero a las redes sociales, me refiero al señor que pasea por la calle y te sonríe, al frutero que te deja probar esas fresas tan ricas sin esperar que las compres, hablo de una madre que te acaricia, de un abrazo espontáneo de una amiga… 

Le debo mucho a estos últimos años de mi vida: vivir sin cargos (¿no serán cargas?) ni responsabilidades, dormir plácidamente tranquilo de discernimientos, reflexiones y decisiones, pasar los días descalzo de aquellos “debo”, “hay que”, “tengo que”…, cuando uno ya no está en aquellos foros donde antes estuvo de decisión y de gobierno o cuando uno ya no es consultado sino sencilla y llanamente obviado… 

Y ahora que he empezado a sentir estas sensaciones que me hacen cosquillas en el alma, he entendido por qué: cuanto más te despojas de lo superfluo, más puedes mirarte en profundidad sin distracciones; cuanto más estás en contacto con todo, más sientes el vínculo contigo mismo.

Nos quejamos... nos quejamos por ejemplo de nuestro cuerpo, porque tenemos los muslos gruesos, las caderas anchas y celulitis en el trasero, pero ¿no deberíamos quizá darle las gracias? Nos lleva de paseo por el mundo, nos sostiene y se regenera de forma increíble ante cada herida. 

Nos quejamos de quienes no nos merecen, pero ¿no deberíamos dedicarnos a quienes, por el contrario, nos hacen sentir bien y nos regalan su tiempo? 

Deberíamos estar agradecidos por despertarnos y tener la oportunidad de vivir un nuevo día, afrontarlo como si fuera a ser el mejor, salir en busca de las oportunidades y posibilidades que se esconden a la vuelta de cada esquina; no es algo que se pueda dar por sentado, no todo el mundo ha tenido la oportunidad de disfrutar de un nuevo día. 

Pensar en aquello por lo que estoy agradecido me hace sentir mucho mejor, más ligero y sereno; los pensamientos positivos que desarrollo atraerán, en consecuencia, otros más, y el curso de las cosas que nos rodean cambiará de dirección. 

Ser agradecido, sin dar nada por sentado. 

Ser libres precisamente sin lo superfluo. 

Ser positivo incluso para atraer más positividad. 

“Sed agradecidos por lo que tenéis; acabaréis teniendo más. Si os centráis en lo que no tenéis, nunca tendréis lo suficiente” (Oprah Winfrey). 

Aunque yo mismo he escrito estas palabras, soy consciente de que la vida, obviamente no siempre puede ser perfecta; no me levanto cada mañana con una sonrisa y gratitud en el corazón, sino que a menudo abro los ojos con un «¡vaya por Dios!», «¡joder!»,… 

No soy perfecto y hay días malos para todos; a veces también hace falta asimilarlo, entender la causa del dolor y tomarnos un tiempo para quedarnos plácidamente sin hacer nada y a la espera… porque uno también ha aprendido que «todo tiene su tiempo» (Eclesiastés 3 ss) y que «no por mucho madrugar amanece más temprano». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Agradecida gratitud.

Agradecida gratitud 

Tantas veces, por la noche, antes de apagar la luz, repaso mentalmente los acontecimientos del día que acaba de terminar y hago balance de lo que ha salido bien y de lo que, en cambio, no ha funcionado; compruebo si he conseguido hacer todo lo que me había propuesto y ahí es donde suele comenzar la fase de juicio hacia mí mismo: «Hoy tampoco he conseguido terminar todo lo que quería», «He perdido el tiempo», «Soy un desastre». 

Termino el día sumido en la frustración porque la parte negativa de mi jornada parece cobrar más importancia que los logros alcanzados, las emociones positivas que he sentido y los gestos de apoyo de algún compañero atento. 

Incluso cuando vivimos experiencias dolorosas en la vida, nos sentimos bloqueados, incapaces de reaccionar, y entramos en una espiral que nos lleva a ver solo la parte negativa de lo que hemos vivido. 

En mi experiencia, he logrado salir de mi inmovilidad cuando he comprendido, con el corazón, que no podía cambiar los hechos, pero sí podía cambiar mi forma de aceptar lo que había sucedido. 

Quiero precisar «con el corazón» porque, racionalmente, con palabras, es fácil decir «hay que seguir adelante» o «tengo que seguir viviendo», pero mientras no sintamos en el corazón que es lo correcto seguir viviendo, seguiremos bloqueados. 

La gratitud es, para mí, la clave para renacer, para volver a respirar. 

¿Qué es la gratitud? Cito la definición del diccionario: del latín tardío gratitudo –dĭnis, derivado de gratus «agradecido, reconocedor. Es decir aquel sentimiento y estado de ánimo que implica afecto hacia quien nos ha hecho un bien, recuerdo del beneficio recibido y deseo de poder corresponder (es sinónimo de reconocimiento, pero puede indicar un sentimiento más íntimo y cordial). 

Añado que la gratitud es un sentimiento que también podemos sentir hacia nosotros mismos y hacia la vida, ¡no solo hacia los demás! 

El sentimiento de gratitud nos permite establecer una relación diferente con cada acontecimiento, ya sea bueno o malo. Nos lleva a encontrar la belleza incluso allí donde, a primera vista, solo vemos dolor, dificultades o decepción. Nos impulsa a fijarnos en las pequeñas cosas y a apreciarlas, aquellas que a menudo damos por sentadas. 

La gratitud cambia nuestra relación con la vida, porque cada acontecimiento, persona o cosa se convierte en un regalo y una oportunidad de cambio y crecimiento. 

Para mí, ser agradecida no es solo reconocer lo que la vida me ofrece, sino también regalar gratitud. Esto se traduce en dar las gracias: «Gracias por escucharme», «Gracias por dedicarme un poco de tu tiempo», «Gracias por ayudarme», «Gracias por comprenderme», «Gracias por prepararme el café». 

La gratitud no es algo con lo que se nace, sino que es como un músculo: cuanto más la ejercitemos, más fácil nos resultará practicarla. 

Parecen acciones sencillas, casi triviales, pero si se hacen con constancia, cambian por completo la forma de vivir el día a día, las relaciones y los acontecimientos de la vida. 

  • Cambiar de perspectiva: aprender a fijarse en las pequeñas cosas.
  • Estar atentos: a lo largo del día, entrenarse para ver las cosas positivas que suceden (p. ej., una sonrisa inesperada; un compañero que se ofrece a hacer algo por vosotros para aligeraros la carga; la cena lista al llegar a casa).
  • Fijarse en las cosas que tenemos… y que damos por sentadas, como tener una casa, dinero para hacer la compra o poder ir de vacaciones.
  • Escribir: al final del día, coger papel y lápiz y anotar tres cosas del día por las que uno puede estar agradecido (p. ej., un objetivo alcanzado, una tarea completada). 

A lo mejor hay que dejar de darlo todo por sentado, de dar más importancia a lo que no sale como me gustaría. Todo lo que me ocurre tiene una razón, a veces fácilmente reconocible, otras veces invisible. Depende de mí detenerme y encontrar el «porqué» o, simplemente, aceptar sin juzgar lo que estoy viviendo. 

Aprender a ser agradecidos significa aceptar todo lo que tenemos en nuestra vida con la conciencia de que no todo se puede cambiar. Aceptar no significa sufrir pasivamente, sino comprometerse a comprender cómo una determinada situación puede hacernos mejores y permitirnos crecer y evolucionar. 

Lo más difícil es sentirnos agradecidos cuando estamos enfadados, tristes, decepcionados o cuando la vida nos plantea pruebas duras que superar, como vivir un duelo. Al principio resultará muy difícil encontrar un motivo para dar las gracias, pero si nos damos tiempo para observar y escuchar lo que sentimos, lo encontraremos. 

Decidir cultivar la gratitud es un poco como crear un bumerán que, una vez lanzado, nos volverá más rico y potente que antes. 

La gratitud es un sentimiento capaz de cambiar nuestra existencia, llevándonos a vivir el presente con mayor conciencia y a afrontar con más serenidad los acontecimientos, ya sean difíciles o sencillos, que la vida nos depare. 

«No es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino que es la gratitud lo que nos hace felices» (David Steindl-Rast). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 6 de octubre de 2025

La lección de otro samaritano - San Lucas 17, 11-19 -.

La lección de otro samaritano - San Lucas 17, 11-19 -

«¿No ha habido nadie que volviera para dar gloria a Dios, excepto este extranjero?» (Lc 17,18). La pregunta de hoy es compleja.

 

El relato del evangelista Lucas nos pone en camino con Jesús. He aquí que se acercan a Jesús diez «leprosos», personas afectadas por enfermedades de la piel que, según el pensamiento de la época, eran consideradas «impuras», obligadas a permanecer fuera de los centros habitados, aisladas de todo tipo de vida social, privadas de todo reconocimiento como seres humanos. Obligadas a mantenerse alejadas de los demás.

 

Aquí se atreven a acercarse a Jesús, a ese maestro itinerante, pidiendo «misericordia». Piden que se les mire, que se les reconozca como personas, que se les devuelva su dignidad, su integridad.

 

Y Jesús los ve. Los ve, los reconoce como personas, no solo como «enfermos». Y les pide que cumplan la Ley: es decir, que se presenten ante los sacerdotes, que deberían reconocer su curación y decretar su readmisión a la normalidad de las relaciones, a la vida.

 

Los diez se ponen en camino confiando en su palabra. Y en el camino «quedaron purificados» (Lc 17,14). Al caminar, ocurre algo que los libera de esa opresión.

 

Sin embargo, de los diez, símbolo de toda la humanidad, solo uno «se ve curado» (Lc 17,15). Solo uno es capaz de mirarse y reconocer que algo ha ocurrido en él. Y reconoce que ese algo ha sucedido por obra de otra persona, de Otro.

 

Este hombre vuelve atrás para dar las gracias a Jesús. O mejor dicho, primero vuelve sobre sus pasos «alabando a Dios en voz alta» (Lc 17,15), como antes «en voz alta» (Lc 17,13) todos juntos se habían dirigido a Jesús.

 

De los diez curados, solo uno vuelve para dar las gracias. Solo uno reconoce, es consciente de haber recibido una palabra que lo ha liberado: su curación se convierte también en salvación.



Y la salvación es la restitución de su integridad, de su totalidad. Su mirada es capaz de reconocer al dador de todo bien, el origen del don de la vida. Y, como con todo don, de dar las gracias, de expresar su gratitud.

 

Asistimos a una cierta perplejidad de Jesús, que se pregunta por qué solo uno reconoce esto: ¿y todos los demás permanecen tan inconscientes? ¿Siguen tan encerrados en sí mismos? ¿El único que vuelve a él es el extranjero, el supuestamente lejano, el diferente?

 

¿Acaso Jesús pretende que se le dé las gracias? No.

 

Jesús remite a la posibilidad de mirarse a uno mismo, de leer en uno mismo lo que nos puede llegar de Dios, de los demás, de cambiar de perspectiva volviéndose, de reconocer que todo es un don.

 

De ponerse, por tanto, en una actitud de agradecimiento, una actitud de vida que sabe acoger y reconocer, y no retener.

 

Ciertamente, la curación no llega necesariamente, lo vemos a diario, en nosotros, a nuestro lado o lejos de nosotros. Sin embargo, algo puede cambiar: nuestra mirada. Una mirada que puede volverse más libre para acoger, que reconoce que todo nos es dado, una mirada capaz de agradecer, de dar gracias. Y la fuente de toda gracia es Dios mismo.

 

Quizás sea precisamente la capacidad de agradecer lo que nos salva, lo que nos hace felices.

 

No es necesario ser feliz para estar agradecido, sino todo lo contrario: si se está agradecido, también se es feliz.

 

Es una cuestión de mirada. No necesariamente cambia la realidad, pero nuestra forma de acogerla y llevarla puede ser radicalmente diferente.

 

Quizás esta sea la verdadera salvación: estar agradecidos, libres y contentos con lo que hay, sin estar tristes o enfadados por lo que falta. Y esto nos hace capaces de amar.

 

Esta es la verdadera fe, la que siempre nos levanta y nos hace capaces de recorrer el difícil camino de la vida: la confianza de ser nosotros mismos un don.

 

Y cada don es una semilla de esperanza, y por cada don se dice «gracias».

 

Y recordaba yo aquellas palabras de Georges Bernanos al final de su Diario de un cura rural - “¿Qué más da ya? Todo es gracia” - que dice el protagonista justo antes de morir en un vómito de sangre.

 

¿Somos conscientes de ello?


 

Permitidme una última consideración sobre la gratitud a partir de este relato evangélico.

 

Da gracias aquel que ha sabido verse curado. Es necesario el respeto (en el sentido etimológico de 'mirar atrás' - “respicere” -) para llegar al reconocimiento de lo que ha sucedido y, por tanto, al agradecimiento, a la gratitud.

 

Mirar atrás es también un trabajo de memoria, y la memoria es constitutiva por ejemplo de la Eucaristía, al igual que del movimiento humano de la gratitud: a menudo solo nos damos cuenta, después de mucho tiempo, de lo que debemos a las personas que hemos conocido en nuestro pasado y que han dejado huellas importantes en nosotros.

 

La capacidad de dar las gracias requiere tiempo: para el niño, requiere el desarrollo del sentido de la alteridad y el descubrimiento de que lo que otros han hecho por él en términos de cuidado, protección y amor no era algo que se le debía, sino algo gratuito.

 

En el caso de este relato evangélico podríamos decir que, si todos han sido curados de la lepra, solo uno lo ha sido de la ceguera (espiritual). El samaritano sabe ver lo que ha sucedido en su vida, reconoce que es gracias a otro que ha sucedido lo que ha sucedido y responde a este acontecimiento cambiando de camino: no va a los sacerdotes, sino a Jesús, y le da las gracias.

 

No hay nada ritual ni religioso en todo esto, todo sucede en el plano puramente humano. Y el Dios que el samaritano alaba es el que se ha manifestado en la acción del hombre Jesús.

 

Realmente Dios ya no está en el monte Garizim, donde los samaritanos celebraban el culto. Pero tampoco está en el Templo de Jerusalén, donde adoraban los judíos (cf. Jn 4,20-24), y del que ya habían tenido que salir los sacerdotes cuando la nube de la presencia divina se había apoderado de él (cf. 1Re 8,10). Ni qué decir tiene, por analogía, que tampoco en la Basílica Vaticana de San Pedro ni en nuestras Iglesias.

 

Sino en la humanidad de Jesús donde hay que reconocer la presencia de Dios. No en la mediación religiosa, sino en la inmediatez humana. La diferencia entre los nueve y este uno está en su saber ver y responder. Es una diferencia elementalmente humana, de actitud humana, de tomarse en serio lo humano.

 

Y, sin embargo, solo a este le dice Jesús: «Tu fe te ha salvado». Es decir, tu fe te ha colocado en la unidad, te ha dado integridad, sencillez, verdad humana. Tu fe se ha adherido a tu humanidad hasta formar un todo con ella.

 

De la fe y de la práctica de lo humano forma parte plenamente la gratitud, la capacidad de dar gracias. Las palabras de Jesús sobre la fe del samaritano significan que la salvación es verdaderamente tal si se celebra: el don de Dios es verdaderamente acogido cuando se sabe dar gracias por él, es decir, reconocer y confesar su origen. Solo en el agradecimiento se reconoce el don como don.

 

Ante el don de Dios no hay más que hacer que entrar en el agradecimiento, hacerse eucarístico (cf. Col 3,15), vivir en la acción de gracias.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 25 de mayo de 2025

Te Deum: la gratitud es la memoria del corazón.

Te Deum: la gratitud es la memoria del corazón

Dios, te doy gracias por todas las veces que durante mi vida no he funcionado bien. Por cuando he estado de mal humor, ofendido, triste, enfadado, inadecuado, malicioso. Te doy gracias porque no ha sido una casualidad, una desafortunada coincidencia o un tropiezo. El problema es que yo realmente no funciono bien. Tengo un defecto de fabricación, algo en mi origen, pero ahora, como me dice mi director espiritual, se me ha caducado la garantía y tendré que arreglármelas con lo que tengo. Tendré que cocinar con lo que hay en la nevera y ver si consigo preparar un plato decente.

 

Te doy gracias porque mi mal funcionamiento me recuerda lo que significa que Tú eres el Salvador. Significa que Tú no eres la guinda del pastel, sino el pastel mismo, el que nos da vida, el que nos hace felices. Te doy gracias porque cada mañana, muy pronto, te espero balbuciendo «¡aquí estoy, señor, porque me has llamado!», como quien está al borde de un precipicio y necesita, con una necesidad real y vital, ser salvado.

 

Te doy gracias por mis manías, mis obsesiones, mis rarezas. Te doy gracias por los pensamientos bajos, estúpidos e inútiles que mi mundo interior produce continuamente (incluso tengo algunos para exportar, por si a alguien le faltan). Te doy gracias porque me obligan a apartar la mirada de mí mismo y a fijarla en Ti, si no quiero morir de asco. Te doy gracias por las emociones incontrolables y locas que de vez en cuando quieren tomar el mando del barco, y te doy gracias porque solo contigo —con esa pizca de oración que consigo reunir, con tu mismo cuerpo al que me aferro cada día en la Eucaristía como a un salvavidas— consigo mantenerme, de forma destartalada, casi decentemente fiel al pequeño puesto de combate que me has asignado. Te doy gracias también por todas las cualidades que me has dado, por las municiones para gastar en la batalla, y te doy gracias por haberlas mezclado tan bien con los defectos que no puedo mirar unas sin ver los otros.

 

Te doy gracias porque cuando no veo mi límite, permites que alguien me lo señale, y cada vez deseo más fijar mi mirada en Ti, única belleza verdadera. Te doy gracias porque cuando no tengo la gracia de ver mi pecado, porque esa es la verdadera gracia, además de las vibrantes protestas de quienes están enfadados conmigo, siempre envías a alguno de tus hijos predilectos que me corrige fraternalmente y reza por mi conversión, poniendo en marcha la comunión de los santos, al grito de guerra «a mi señal, desatad el paraíso» (copyright de mi director espiritual).

 

Te doy gracias porque la vida es insostenible sin Ti, es demasiado difícil la fidelidad total, la dedicación leal e incondicional al propio puesto en la trinchera, de modo que o se intenta colarse, esconderse detrás de un arbusto dejando que otro haga nuestra parte, o hay que apoyarse en Ti como un peso muerto. Te doy las gracias porque la insostenibilidad de la vida y nuestra insuficiencia nos obligan a recordar tu memoria, a preguntarnos quién puede responder a nuestro deseo, quién puede finalmente colmar todas nuestras expectativas, nuestra sed ardiente.

 

A veces me dicen «qué bonito es tener una fe como la tuya» y yo me avergüenzo un poco y me asusto un poco, porque no sé si realmente es fe, y me siento como cuando das una impresión demasiado buena de ti mismo (por ejemplo, como cuando en un examen sacabas una nota más alta de la que merecías, probablemente porque te habían preguntado precisamente las dos únicas cosas que sabías, porque casualmente las habías repasado la noche anterior). El caso es que no sé si tengo fe, pero necesito, exijo que Tú, Dios, seas realmente mi Padre, que me ames como dice el Evangelio.

 

No podría vivir si no fuera así, y si te necesito es precisamente porque sin Ti no funciono. Cuando no funciono, cuando veo la estructura del mal que hay en mí incluso cuando no colaboro activamente con el pecado, cuando veo mi naturaleza dual, el mal y el bien, busco las razones, porque no necesitamos preguntarnos nada sobre el bienestar. Y cuando busco las razones, siempre me veo obligado a volver la mirada hacia Ti. La estructura del mal que hay en mí me muestra claramente la necesidad vital e imprescindible de que Tú me esperes, de que corras hacia mí, para ser redimido y salvado, acogido y abrazado.

 

El sentido de la fe es tener una relación verdadera y personal contigo, perder nuestra vida, destartalada, loca y disfuncional, para empezar a vivir la tuya, y así realizar la maravillosa y feliz semejanza para la que nos has pensado, creado. Es llegar a una relación verdadera, total, radical, sin cálculos, contigo. Solo entonces seremos creíbles, y alguien confiará en nosotros, y tal vez incluso nos siga un poco. Y así, además de amarte, tal vez podamos hacer que alguien te conozca, te ame, te sirva, te alabe.

 

A quien me ha leído, y hasta quizá se reconoce en algo de lo que he escrito, le invito a escuchar este Te Deum de alabanza y gratitud: https://www.youtube.com/watch?v=5XVrtsOP_n0


P. Joseba Kamiruaga  Mieza CMF

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida! Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “ ¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo de...