Mostrando entradas con la etiqueta Diócesis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diócesis. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de abril de 2026

¿Para qué una Iglesia en salida?

¿Para qué una Iglesia en salida?

Un Obispo me decía en una sacristía, justamente antes de la celebración de la Eucaristía, y cuando nos estábamos revistiendo con nuestros ornamentos litúrgicos, que la Iglesia no necesita la voz de quienes critican, sino la de personas llenas de esperanza y confianza.

 

Una manera correctamente educada, como suele ser la manera de hablar de los Obispos, de decirme que no se necesita mi voz que en el noventa y cinco por ciento de los casos es crítica.

 

Pero reflexionar sobre cómo la Iglesia puede recuperar un rostro público, es decir, una forma creíble y fecunda de estar en el mundo hoy, representa para mí ya de por sí un acto de esperanza.

 

Porque la fisonomía que, lamentablemente, me parece más plausible para la Iglesia del futuro es la de pequeñas comunidades, cerradas e identitarias, desconectadas del mundo y de la cultura de la época, es decir, desprovistas de la preocupación por tener un rostro público creíble.

 

Si me fijo en los católicos más jóvenes, ya sean presbíteros, religiosos o laicos comprometidos, la tendencia que se perfila, salvo raras excepciones, me parece esta: se está mucho más preocupado por defender y conservar que por mostrar algo significativo.


Aventurarme a imaginar una fe capaz de recuperar un rostro público significa para mí intentar seguir esperando que la comunidad cristiana no interrumpa el diálogo con el mundo y pueda volver a ser creíble y fecunda en la historia.

 

Creo que la credibilidad y la relevancia de la fe cristiana en el presente y en el futuro es la verdadera cuestión que hay que plantearse si se quiere intentar devolverle un rostro público a la fe.

 

Una voz que pretenda tener una dimensión pública, de hecho, no puede conformarse con expresarse: debe poder parecer verdadera, adecuada al contexto, enriquecedora, provocadora…

 

Y esto es lo que la fe cristiana ha perdido, la raíz de la crisis de la fe hoy en día.

 

Lo que, desde mi punto de vista, es más urgente entonces, no es identificar nuevos espacios en los que la voz cristiana pueda ser escuchada o sujetos diversos, comunitarios, que la expresen, sino encontrar la manera de recuperar la plausibilidad y la relevancia de lo que la fe propone a los ojos de quien escucha.



Y quiero hacer una anotación decisiva: relevancia es algo distinto del éxito. Con el Evangelio en la mano, Jesús tuvo poco éxito en su vida, pero lo que decía era tan relevante que decidieron quitarlo de en medio para silenciarlo.

 

Imaginar una Iglesia capaz de salir del Cenáculo para recuperar la escena pública significa plantearse qué tiene la fe cristiana que decir y que aportar al mundo de manera fecunda, creíble y significativa.

 

El desafío no se reduce a un problema de lenguaje o de comunicación: es un problema de contenidos que resultan irrelevantes para la vida, incluso cuando se proponen de manera accesible y comprensible.

 

Entre la gente común, entre las personas no marcadamente religiosas, lo que la fe propone, sencillamente, no dice nada, no se sabe qué hacer con ello. Sobre todo los jóvenes y los adultos (menos los mayores) tienen dificultades para encontrar respuesta a preguntas como «¿por qué debería interesarme creer?», «¿qué promete aportar la fe de significativo y deseable a mi vida?».

 

Lo confieso. Yo mismo me doy cuenta de que no tengo una respuesta a estas preguntas. O, mejor dicho, tengo una respuesta que vale para mí, para mi fe; es la razón por la que para mí la fe es significativa: el encuentro con Jesús, que acoge mi frágil humanidad y me impulsa a cuidar del otro.


Pero me doy cuenta a diario de que esta respuesta no parece significativa para la gran mayoría de los jóvenes y adultos con los que me encuentro.

 

Cuando la fe individual se manifiesta públicamente, parece simplemente fuera de contexto y, por lo tanto, imposible de percibir como prometedora y deseable.

 

Puede ocurrir que se aprecien las cualidades humanas de algunos creyentes, pero esto, la mayoría de las veces, ocurre independientemente de la fe que las sustenta, que sigue siendo un hecho privado en el que no hay motivo para adentrarse: la fe permanece sin rostro público.

 

Desde este punto de vista, no basta, en mi opinión, con limitarse a aclarar, incluso de forma atractiva y novedosa, lo propio de la fe cristiana, lo que la Iglesia vive de manera diferente respecto al mundo,…

 

Creo, más bien, que hay que preguntarse qué parte de ese propio de la fe cristiana puede resultar creíble y relevante hoy en día.

 

No sé, y cada vez me inclino más a pensar que no, si nuestra Iglesia ha tomado en serio la cuestión de la credibilidad de la fe cristiana.

 

Tengo para mí que el post-teísmo represente el intento más serio de abordar la fe no de forma aislada, sino dejándose provocar por los retos que plantea el contexto cultural actual, sin eludirlos ni deslegitimarlos.


La investigación histórica, los avances de la ciencia, la cosmología, la psicología, la antropología cultural, las ciencias de la religión,…, plantean objetivamente cuestiones que ponen en tela de juicio algunos de los pilares sobre los que siempre se ha sostenido la fe cristiana.

 

El post-teísmo ha tenido el valor de intentar repensar el cristianismo dando relevancia a estas cuestiones.

 

Sí, también soy consciente, creo que lo soy, de que esta tarea no es gratuita: el riesgo de que la fe cristiana resulte desnaturalizada al final del proceso es real. Pero para recuperar la credibilidad de la fe cristiana es necesario e imprescindible un enfoque que reconozca la relevancia para la fe de los avances de la ciencia y, más en general, del saber humano; una reflexión que no resuelva la cuestión simplemente separando los planos, pidiendo elegir entre «creer en lo que propone la fe» o «creer en el progreso humano».

 

Una fe que quiera recuperar una presencia pública no puede seguir repitiendo los contenidos de siempre sin plantearse el problema del punto de vista de quien escucha, sin mostrar cómo y por qué la fe sigue siendo creíble hoy en día.

 

También pienso, junto a todo lo anterior, en la cuestión moral en el ámbito sexual y familiar. Es evidente que, a este nivel, la desconexión entre la enseñanza de la Iglesia, las prácticas de los cristianos y el contexto cultural no es una distancia abismal, vertiginosa,…, sino lo siguiente.

 

La recuperación de una imagen pública de la fe implica necesariamente una mediación cultural renovada del ideal moral cristiano en torno a temas como la corporalidad, el placer, la procreación, el posible fracaso de una relación, la relevancia constitutiva para lo humano y para el juicio moral de la dimensión cultural junto a la natural.



Acabo ya. También soy consciente, creo que lo soy, de que el desafío es arduo, y soy el primero en albergar desconfianza en la plausibilidad de que las comunidades cristianas elijan ir en esta dirección. A estas alturas uno ya ha despertado del sueño de las ingenuidades... y ha dejado de ser ingenuamente buenista y optimista. La realidad que escucho, leo, veo de las intervenciones de las comunidades cristianas, de casi todas las homilías, de los Obispos (en su mayoría) me resulta entre preocupante y triste. Más lo segundo que lo primero.

 

Pero, me temo, no es posible conformarse con menos si el objetivo es la recuperación de un rostro público de la fe significativo, creíble y fecundo hoy en día.

 

Sin el esfuerzo de ponerse del lado de quien escucha, dando relevancia a su sentir, no puede haber alternativa a las comunidades cristianas cerradas e identitarias, preocupadas únicamente por permanecer fieles a su propia Tradición.

 

Estas comunidades podrán tener también una voz y canales comunicativos atractivos que la difundan, pero seguirá siendo una expresión arqueológica, anacrónica y museística, preocupada por defender su propio punto de vista sin preocuparse de cómo se ve desde fuera.

 

También puede ocurrir que, a veces, la voz de estas comunidades diga cosas que el sentido común de algunos juzgará compartibles —de hecho cuando el Papa habla de la paz, de la pobreza, de la justicia, esto es lo que ocurre—, pero el revuelo mediático de un momento… es algo distinto de una imagen pública de la fe que sea, por sí misma y en su totalidad, percibida como creíble y deseable en el contexto cultural actual.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata. El Obispo tiene nombre y apellidos pero, como se comprenderá por razones obvias, prefiero que quede en el anonimato. Al fin y al cabo tampoco es importante. Mucho menos decisivo para mi reflexión.

viernes, 14 de noviembre de 2025

La remodelación pastoral diocesana: de accidente burocrático a un evento del Espíritu.

La remodelación pastoral diocesana: de accidente burocrático a un evento del Espíritu 

Este texto es una reflexión abierta que se me pidió desde el Consejo Pastoral de una Parroquia. Y - lo confieso - surge de una preocupación cuando las parroquias aceptan, pasiva y resignadamente, modelos administrativos de gestión pastoral, como por ejemplo, «parroquias in solidum», «unidades pastorales», etc. 

Y esto ya es una primera inquietud muy personal: cuando no hay resistencia alternativa positiva a la inercia administrativa con la que se tiende a proceder en las diócesis. 

Si miro alrededor, no me parece que la burocracia eclesiástica de estos nuevos modelos de gestión pastoral de las parroquias haya producido hasta ahora una pastoral diferente a la que se practicaba anteriormente. 

En otras palabras, se traslada el paquete de un contexto a otro, se racionalizan algunos servicios pastorales (generalmente los horarios y el número de Misas...), se concentran algunas actividades como la catequesis, y así sucesivamente... En resumen, después de todo es como si no hubiera pasado nada. 

Y esto tranquiliza al burócrata eclesiástico que está al frente de esta operación antinatural para lo que es el sentido original de la parroquia en su vínculo con el territorio y con la gente que, de una forma u otra, pertenece a él. 

Pero esta tranquilidad de las curias diocesanas tiene un alto coste. 

Por un lado, el de la desilusión de la multitud que forma la parroquia (la gente, los fieles, los laicos y las laicas,…), que se sienten sustancialmente invisibles con respecto a los mecanismos pastorales cuyos hilos se manejan en otra parte. 

Y, por otro lado, la pérdida de las últimas motivaciones y entusiasmos de los presbíteros, cuyo malestar de clase nace, en mi opinión, más por razones internas de las Iglesias Locales que por una pérdida de relevancia social de su papel (si hace muchos años alguien entraba en el seminario convencido de que el ministerio ordenado implicaba un aura de honor civil, había que detenerlo desde el principio; si, por el contrario, se le inculcó durante su formación, entonces los seminarios deberían cerrarse inmediatamente). 

Sin embargo, este inconsciente eclesial de la gestión pastoral de las parroquias, donde se trastoca la vida de una comunidad precisamente para que nada cambie, corre el riesgo de imponerse incluso cuando la gente y los presbíteros tratan de construir caminos para ser protagonistas de este camino hacia la comunidad que vendrá. 

No se trata de parir un mero clon extragrande de lo que había antes sino de alumbrar una invención de una nueva forma de ser convocados por el Espíritu para hacer circular la Palabra por las calles de la gran ciudad. 

Este incosciente eclesial se manifiesta, en general, en dos registros: los ajustes y las cosas que hay que seguir haciendo por fuerza porque no se pueden dejar de hacer. 

Empezaré, muy brevemente, por la segunda actitud. ¿Existe realmente algo que se deba hacer absolutamente en una parroquia, o este sentimiento de obligación nace más bien de una coacción generada por el hecho de que siempre se ha hecho así y, por lo tanto, no es posible otra cosa? 

Me atrevería a decir que el único mandamiento evangélico para una comunidad cristiana es celebrar la Memoria del Señor los Domingos y rezar juntos; me cuesta encontrar otros. Todas las demás cosas que consideramos obligaciones son, en su mayoría, una acumulación de prácticas pastorales (incluso, a veces, formas de control eclesiástico autoritario). 

Dado que, por ejemplo con la fusión de las parroquias, es precisamente la autoridad eclesiástica la que va en contra del deseo de Jesús de ser recordado cada Domingo en todas las comunidades cristianas, entonces todas las comunidades cristianas (y dentro de ellas sus presbíteros) pueden sentirse plenamente libres: la comunidad que vendrá no está obligada por nada, salvo por una fidelidad creativa al deseo evangélico del Dios de Jesús. 

La primera actitud es la de ajustar lo existente a la nueva condición de ser una comunidad de antiguas parroquias. Hay algo verdadero y sacrosanto en esta tentación, algo que yo llamaría fidelidad a la propia historia de la comunidad, sobre lo que volveré más adelante. 

Pero aquí, la frontera entre la fidelidad y el apego enfermizo es casi imperceptible; y los ajustes son a menudo el camino fácil que conduce a la repetición del statu quo, es decir, a dejar todo como estaba, con gran alivio de la burocracia administrativa curial. 

Poner parches nuevos en un vestido viejo no solo es antievangélico, sino que también significa perder un Kairós comunitario que, a diferencia de nuestras prácticas pastorales, no se repetirá nunca más. 

Propondría, pues, percibir el hecho contingente de la fusión de parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico: un tiempo que rompe con la cadena de la causalidad, pero también un tiempo que subvierte los ordenamientos religiosos y desactiva prácticas que pretendían ser índice de la fidelidad del Pueblo a Dios. 

Las razones por las que se obliga a las comunidades parroquiales a fusionarse, sin pedirles nada, son totalmente contingentes, banales, casi irrespetuosas de la dignidad que una comunidad de fe tiene ante los ojos del Señor: hay pocos presbíteros (pero ¿una comunidad cristiana, y católica en este caso, necesita un presbítero para subsistir como pueblo convocado por el Espíritu en la ciudad de las mujeres y los hombres?). 

Para las comunidades afectadas, partiendo de la conciencia de que son dignas de ser y seguir siendo tales ante los ojos de Jesús, aunque la autoridad eclesiástica no lo tenga en cuenta, se trata de aprovechar esta razón minimalista, de burocracia administrativa de la fe, y transformarla en una oportunidad evangélica, donde se arrancan techos, se derriban muros y se contradice incluso el sábado con tal de acercarse a Jesús, con tal de hacer que la vida humana tal como es se encuentre con la promesa de Dios que es el Cuerpo del Señor. 

Tanto la experiencia de Jesús como la de las primeras comunidades mesiánicas en su nombre, y también el ministerio de San Pablo, están salpicados de episodios contingentes; es más, podríamos decir que están hechos de ellos de pies a cabeza, porque solo así se puede estar realmente dentro de la historia de nuestra humanidad común. 

Pero ellos captaron y leyeron esta inmersión en la contingencia de la vida humana de manera sabia; y así convirtieron las ocasiones contingentes en una fuerza generadora. 

El Evangelio está lleno de estos puntos de inflexión, basta pensar en el encuentro de Jesús con la mujer sirofenicia: donde la fe de una extranjera, de una que no pertenece a los elegidos y predilectos, trastoca el programa pastoral de Jesús y le obliga a una reformulación radical en lo que respecta al destino de su ser «entre nosotros». Jesús es su destino y, por lo tanto, aprende aquí de una mujer, una extranjera, el sentido mismo de su ser, lo cual no es poca cosa para una contingencia. 

Así es como las comunidades parroquiales implicadas deberían leer y manejar la contingencia de su fusión. El primer paso es imaginarse como una comunidad (singular) en estado naciente, y no como una comunidad (plural) en transición burocrática. 

Como en los Evangelios y las Cartas, una comunidad que quiere situarse en estado naciente no es una comunidad que reniega de su propia historia, no es una creación ex nihilo que no tiene pasado ni recuerdos, porque está formada por el poderoso recuerdo de haberse reunido durante años y décadas para celebrar la Memoria del Señor. 

La comunidad en estado naciente inserta la historia que la ha hecho y moldeado en una situación nueva y diferente, la interpreta a partir de esta última (que incluye también los enormes y profundos cambios del «territorio» que representa el referente constitutivo del ser parroquia), e imagina una nueva forma de ser. 

San Pablo me sigue pareciendo una referencia esclarecedora y poderosa para acompañar a una comunidad naciente a cultivar una fidelidad generativa a la historia que la ha hecho. 

Entender la fusión de las parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico significa hacer de la fidelidad a la propia historia de comunidad una fuerza generadora y no un resentimiento nostálgico por algo que ya no podremos ser. 

Generar es el gesto más íntimo y arriesgado de la fidelidad a la propia historia, el que se atreve a soñar un futuro como espacio de libertad entregado a historias que ya no serán nuestras, pero que no existirían si ella no hubiera existido. 

Creo que esta debe ser la mentalidad básica y la disposición práctica que caracteriza a una comunidad que quiere pasar de una condición de estabilidad a una posición de estado naciente, y así experimentar la alegría y la emoción de una nueva mañana en su historia. 

Pero ¿qué significa todo esto en concreto? 

Intento imaginar los pasos de una comunidad generativamente fiel a la historia que la ha llevado a ser lo que es hoy; pasos que la hacen pasar de una condición de repetitividad estable a una de imaginación de la comunidad que vendrá. 

El primer paso es reapropiarse de manera evangélicamente crítica de la propia historia; porque solo así lo que hemos sido no dominará ni gobernará lo que deseamos llegar a ser y lo que podremos ser. 

Esto significa releer la propia historia de comunidad no tanto a partir de ella, sino más bien con la lente de la concreción del territorio que rodea a las parroquias llamadas a unirse entre sí. 

Nuestras parroquias actuales son como supermercados de la oferta religiosa, donde la maquinaria pastoral exige que se haga de todo: desde la catequesis a los niños hasta los funerales de los ancianos; desde el grupo bíblico hasta la convivencia para los jóvenes, y así sucesivamente. 

Tenemos una pastoral parroquial que es dispersiva, además de agotadora en términos de fuerzas gastadas; una pastoral así no solo no sirve, sino que también es sutilmente perversa. 

Es urgente pasar de ser una comunidad de acumulación de prácticas pastorales a una comunidad que se concentre en algo esencial. 

Y esta es la manera de releer la propia historia comunitaria, para encontrar en ella aquella práctica en la que no solo podamos reconocernos, sino que también la hagamos reconocible en las calles y en las casas del territorio «circundante». 

Una comunidad naciente es aquella que sabe reducir drásticamente el menú de cosas (pastorales) que se hacen, aquella que sabe cocinar bien un primer plato (y quizás un segundo, pero no más), dándole un sabor que no se encuentra en ningún otro lugar, porque está preparado según una receta de fe cultivada y actualizada en los ingredientes por una historia que solo esa comunidad tiene a sus espaldas. 

En el camino, y en la conflictividad, necesarios para identificar esta práctica distintiva, que encierra en sí toda la originalidad de una larga historia comunitaria, hay que tener en cuenta, sin embargo, otro factor: debe tratarse de una práctica pastoral de la fe que falta en otros lugares, tanto en el plano religioso como en el socio-civil. 

Releer evangélicamente la propia historia de comunidad significa, pues, identificar esa práctica de la fe y ese sentido de vínculo social que no está disponible en los espacios y lugares «circundantes». 

Entre las muchas y dispersas referencias evangélicas que fluyen en el cuerpo de las comunidades que se agrupan entre sí, hay que elegir algunos, pocos, mejor uno solo, que sepa expresar una fidelidad en situación y generativa a la propia historia comunitaria, sintetizándola, y que sea capaz, al mismo tiempo, de satisfacer las necesidades de un territorio que ha cambiado profundamente en su forma de ser, mientras que nosotros y nuestras parroquias seguimos siendo inmutables y repetitivos en nuestra identidad. 

Porque en la historia de nuestras comunidades parroquiales también se ha inoculado este virus perverso del replicante, junto al de la acumulación estratificada de prácticas pastorales yuxtapuestas unas a otras (sin una verdadera dirección y razón de ser). 

El ejemplo más llamativo es el de la catequesis para la iniciación cristiana que, de hecho, es una práctica pastoral que produce abandonos; y, en lugar de cuestionarla, simplemente hemos adelantado su inicio, sin que esto haya producido ningún efecto positivo concreto. 

Empezamos antes, agotamos más fuerzas, agotamos a los educadores, volvemos locos a los presbíteros en la búsqueda de última hora de algún voluntario sacrificado, para llevar a los chicos a salir rápidamente por la puerta de salida de nuestros locales. Y a los que se quedan tenemos muy poco que ofrecer, salvo prácticas retóricas y algún moralismo de moda. 

Y, al mismo tiempo, no hemos dado a luz una idea que sea una práctica pastoral dirigida a los que se han alejado ya «lejos» de los muros de nuestras parroquias (salvo la de esperar y esperar que «vuelvan» por sí mismos, a pesar de nosotros). 

Detrás de esta tragedia cómica de nuestra pastoral está el hecho de que no somos capaces de anunciar el Evangelio a la gente de nuestro tiempo tal como es; y no nos damos cuenta con alegría de que la Palabra, en cambio, circula eficazmente por los meandros de la vida de nuestra ciudad, es más, incluso nos resentimos un poco por ello. Y, en cualquier caso, no hacemos nada o muy poco para seguirla en estas divagaciones. 

Creo que, en parte, esto depende de la desconexión que se ha creado entre el territorio (y sus mutaciones) y la forma de concebir y vivir la parroquia. 

Porque el territorio, referente que da sentido y constituye esa invención del Concilio de Trento que llamamos parroquia, ha cambiado profundamente, mientras que la parroquia ha permanecido encerrada en el espejo encantado de la misma a sí misma. 

Si la forma de vivir el territorio cambia y la parroquia no la sigue en sus movimientos ondulantes, esta última queda totalmente ajena a las vidas que transcurren en él. De este modo, la parroquia pierde su sentido de ser y se convierte en un vestigio arqueológico de la fe que fue (que ha pasado inexorablemente, aunque se viva hoy). 

Sin embargo, todos los intentos de ir más allá de la parroquia han fracasado (como la pastoral ambiental, sobre todo porque se concibió y se llevó a cabo como una pastoral circunstancial con vistas a una reconducción a la parroquia) o han desembocado en un comunitarismo de afinidades electivas (como no pocos movimientos). 

Hasta la fecha no tenemos un modelo alternativo para dar forma a una comunidad cristiana hecha de parcialidades no totalizadoras, donde coexistan diferentes formas de sentir lo católico, hecha de conflictos que deben mediarse y negociarse y no eliminarse en la supuesta armonía de un carisma que une a todos. 

Por lo tanto, debemos refundar la parroquia y las comunidades cristianas a partir de los cambios en ese territorio de la vida humana que es su razón de ser. 

Sobre cómo ha cambiado la relación entre el territorio y la gente hay bibliotecas infinitas, y también en este caso debemos elegir, entre las muchas interpretaciones, la que pueda acompañar de manera más eficaz el camino generativo de una comunidad cristiana en estado naciente. 

Atreviéndome a hacer una síntesis extrema, podría decir que el cambio más profundo del territorio ha sido el paso de habitar a transitar. 

El territorio se ha convertido en un lugar de paso, un momento en la vida de las personas: no ha desaparecido, pero se ha deslocalizado y se vive, se frecuenta y se siente como tal (por eso, anteriormente, puse la palabra «circundante» entre comillas cuando hablaba del territorio). 

El territorio circundante a la parroquia ya no es un espacio geográfico de la ciudad (o no solo eso), sino que se ha ampliado, extendido, ha dejado atrás los marcadores físicos del espacio y se ha convertido en la encrucijada de un ir y venir existencial, fragmento de una de las muchas ubicaciones (reales-virtuales) en las que se desarrollan hoy las historias de las personas, de nuestra gente. 

Una comunidad naciente (ya sea parroquial o pastoral) es una comunidad que sabe seguir estos movimientos de «su» territorio, que sabe estar a la altura del juego de la dislocación y ofrecer oportunidades de resistencia a sus efectos a veces antihumanos. Que no se piensa como un gran vientre que fagocita las vidas de los demás, sino como un útero que genera vidas que estarán en otra parte. 

Una comunidad naciente que se centra en uno o pocos denominadores evangélicos de reconocimiento y reconocibilidad de su sentido de estar entre la gente de los barrios de nuestras ciudades, por un lado, y que se modela siguiendo la dislocación del territorio por el que transitan las multitudes, exige la disposición a aprender a conectarse con otras realidades religiosas (no solo parroquiales, no solo cristianas) y socio-civiles. 

El denominador de una comunidad cristiana se practica así como un indicador hacia otros sujetos con los que se trabaja juntos en favor de la vida de las personas y por el bien de las multitudes. 

Y es precisamente esta función de indicación la que actúa como demarcador de la comunidad parroquial (es decir, desactiva aquellos marcadores comunitarios que la encierran en sí misma, haciéndola impermeable a lo que ocurre en el territorio que la constituye). 

De este modo, el demarcador comunitario permite ampliar la malla del tejido conectivo de la comunidad cristiana, haciéndola capaz de desplazarse también. 

Así, ya no será necesario que una parroquia/comunidad pastoral asuma la carga de todos los servicios pastorales y litúrgicos de la fe, y será capaz de distribuirlos sin celos ni envidias entre una pluralidad de posibles referentes presentes dentro de un territorio desplazado en sí mismo. 

Centrándose en una práctica pastoral como demarcador comunitario, la comunidad cristiana apunta más allá de sí misma, para acompañar a la multitud hacia otro lugar donde podrá encontrar otras prácticas pastorales. Pero no solo eso. 

En el territorio deslocalizado, la red conectiva de la comunidad cristiana debe tejerse también con sujetos socio-civiles (desde los centros educativos hasta el barrio, desde los servicios sociales hasta el tercer sector, etc.), porque el humanismo evangélico de la fe sabe que el mandato del Señor fluye en las necesidades humanas de las personas: dondequiera que estén y sean quienes sean. 

De este modo, la parroquia deslocalizada logrará considerar «suyos» también a aquellos que realizan gestos evangélicos en otros lugares (es decir, en la deslocalización); y sentirá «suyas» también a aquellas personas que transitan por esos otros lugares a los que su demarcador/indicador comunitario las ha dirigido y acompañado.

Este cambio de paradigma en la autocomprensión de la parroquia o se hace ahora, en un momento como este, en el que las comunidades están llamadas a unirse entre sí, o nunca más se hará, porque el tiempo útil ya ha quedado atrás. 

Si no se entra en una mentalidad de comunidad naciente, deslocalizada, capaz de señalar más allá de sí misma, el sentido pastoral de la parroquia se extinguirá y de ella solo quedará la vestimenta canónica-administrativa. 

Una comunidad en estado naciente también debe identificar una forma de oración, un momento de celebración del tiempo y de su transcurrir, que alimente espiritualmente la práctica pastoral en torno a la cual se concentra. 

Y la comunidad que se reúne para rezar juntos es un sujeto que la autoridad eclesiástica no puede, y no debe, disolver, fusionar o deslocalizar. Más allá de cualquier nombre técnico y canónico, esta comunidad en oración es la parroquia (en su sentido evangélico) y así debe permanecer, es decir, debe seguir existiendo como comunidad cristiana. 

Celebrar bien los tiempos de la liturgia y los de la vida de la gente es un arte que hay que volver a aprender siempre, porque también la celebración de y en la comunidad cristiana debe ser capaz de seguir el desplazamiento del territorio atravesado tanto por la multitud como por los discípulos del Señor. 

También en este punto es necesario que la comunidad, que se encuentra en estado embrionario, haga un esfuerzo de concentración, tratando de responder a la pregunta de cuál es la manera de reunirse en la oración que expresa y anima lo específico del demarcador comunitario, del estilo de ser comunidad. 

No es necesario que sea necesariamente la Misa diaria, sino que, si es cierto que donde «dos o tres se reúnen en su nombre», allí la presencia de Jesús es cierta y real. 

No se trata aquí de inventar, sino de interrogar la experiencia vivida en la situación desplazada de la comunidad y del territorio para discernir qué acuerdo en la oración denomina su propio ser comunidad, pero hay que elegirlo y luego practicarlo con cuidado, atención y disponibilidad. 

Celebremos bien una cosa en lo cotidiano (el nacimiento, la muerte, la lectio, las vísperas o las laudes), hagámoslo con pasión y convicción, y para el resto indiquemos otras dislocaciones territoriales de la oración conjunta. 

Y si pensamos en la comunidad cristiana como una red deslocalizada, y no como una identidad obsesivamente cerrada en sí misma, entonces seremos capaces de crear una red litúrgica y espiritual difundida, de la que formamos parte como comunidad precisamente en la parcialidad limitada de nuestro encuentro en la oración, que atraviesa el territorio y sus múltiples transiciones de la vida humana. 

Como último aspecto, me gustaría recordar la urgencia de una valorización pastoral no solo de las competencias profesionales de los miembros de una comunidad parroquial, sino también y sobre todo de los lugares civiles y seculares en los que se ejercen cotidianamente. 

Estos lugares, situados en otros lugares de la ciudad (a veces del mundo), son lugares propios de una comunidad parroquial en estado naciente, es decir, no son su dispersión, sino la posibilidad de su eficacia pastoral en otros lugares. Estos lugares son territorio de la parroquia si esta sabe pensar más allá de su mera ubicación geográfica. 

Cuando se trabaja, cada día, no se está «fuera» de la parroquia, no se hace otra cosa que cuidar de la fe, sino que se está más bien en el corazón palpitante de la pastoral parroquial y en los espacios/tiempos de su destino a la ciudad. 

Las escuelas, los bancos, las oficinas, las tiendas, las farmacias, dondequiera que se encuentren en la gran ciudad, deben entenderse como territorios de la comunidad parroquial que sabe atravesar la dislocación de la vida típica de nuestro tiempo (creo que no es difícil imaginar cuánta atención pastoral es posible trabajando en una farmacia, cuánto tiempo se pasa con los jóvenes acompañándolos en la vida y en la formación humana enseñando en la escuela...). 

Intentemos imaginar la fuerza y el impacto de hacer de la parroquia el espacio/tiempo en el que esta dislocación de las competencias profesionales de su cuidado pastoral se convierte en una posibilidad de entrelazarlas entre sí, de aprender unas de otras, de confrontarse sobre lo específico de cada una en el horizonte de un destino pastoral de la fe que las une. 

Así se abrirían escenarios que no serían posibles sin esta interconexión parroquial de las competencias profesionales de la fe cultivadas en el signo de un humanismo evangélico común. 

Este es el trabajo que se abre cuando las comunidades cristianas para no limitarse a sufrir su fusión administrativa, sino que la convierten en una oportunidad evangélica, una entrada en la urgencia del tiempo mesiánico que Jesús siempre lleva consigo. 

Hay que empezar a hacer este trabajo y llevarlo a cabo, en el tiempo que queda. Después, es bueno seguir la palabra de Jesús: poner la mano en el arado sin mirar atrás. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de enero de 2025

Para un discernimiento eclesial, por ejemplo, en la Diócesis de Pamplona-Tudela.

Para un discernimiento eclesial, por ejemplo, en la Diócesis de Pamplona-Tudela 

Motivación 

El discernimiento y la toma de decisión son un arte sapiencial. Esta guía pretende motivar y profundizar en ello en una perspectiva espiritual y operativa. La «sabiduría» bíblica no es un razonamiento abstracto, sino que impulsa a la conversión personal y comunitaria. 

Atesorando toda la riqueza secular de esta Iglesia y aquella riqueza también complementaria de todo este Pueblo de Dios que peregrina en esta Comunidad Foral, se trata de tener un puente hacia un momento de profetismo, conduciendo a esta Diócesis de Pamplona-Tudela hacia un discernimiento operativo que prepare el terreno para decisiones necesariamente orientadas a la renovación eclesial y nunca introvertidas; incluso cuando el enfoque se centra en la vida interna de nuestras comunidades, el pensamiento es siempre el extrovertido hacia la misión en esta sociedad haciendo más ágiles ciertas dinámicas eclesiales (doctrinales, pastorales, jurídicas, administrativas,…) para el encuentro entre el Evangelio, energía vivificante y perenne, y la humanidad de hoy. 

Oración 

Estamos ante ti, Espíritu Santo: estamos todos reunidos en tu nombre. Ven a nosotros, ayúdanos, desciende a nuestros corazones. Enséñanos lo que debemos hacer, muéstranos el camino que debemos seguir todos juntos. Que la justicia no sea agraviada por nosotros, pecadores, que la ignorancia no nos extravíe, que la simpatía humana no nos haga parciales, porque somos uno en Ti y en nada nos apartar de tu verdad. Te lo pedimos a Ti que actúas en todo tiempo y lugar en comunión con el Padre y el Hijo, por los siglos de los siglos. Amén. 

Lectura de la Iglesia: 

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial» -Juan Pablo II, Christifedeles laici, 30 diciembre 1988, 26- (Evangelii gaudium 27). 

La Iglesia de Navarra tiene que enfrentarse a varios tipos de estructuras: las materiales y administrativas, y que están en el centro de procesos de renovación ya en marcha o inaplazables, pero también las pastorales, que a veces parecen obsoletas o atadas a modelos sociales y eclesiales del pasado. 

Una necesaria escucha pone de relieve que la renovación de las estructuras debe responder a criterios eclesiales. Es necesario, en otras palabras, poner en el centro el servicio del anuncio y la misión de la comunidad, para que las estructuras sean un recurso y no una carga para favorecer el encuentro del Evangelio con esta sociedad, con este pueblo. Es necesario un cambio de mentalidad desde varios puntos de vista: la gestión de las estructuras debe convertirse cada vez más en una acción comunitaria, en lógica sinodal; las responsabilidades deben compartirse al máximo, mientras que hoy en día una de las dificultades que a menudo se señalan se refiere al excesivo peso burocrático que a menudo recae sobre los hombros de pocas personas y sobre todo de los pastores; las competencias, también técnicas y profesionales de los laicos y laicas, para que su participación no sea meramente consultiva o de funcional asesoramiento. 

Un primer «lugar estratégico» que podemos identificar y focalizar es la necesidad prioritaria de una mentalidad de escuchar y compartir. Se puede decir que vamos adquiriendo dos aspectos en relación con el hecho de caminar juntos. En primer lugar, lo importante que es aprender a discernir lo que el Espíritu pide a nuestra Iglesia, y a leer comunitariamente los signos de su presencia, las necesidades reales de nuestras comunidades, de nuestro territorio y de nuestra gente. En palabras del Papa Francisco, podemos aprender que «la realidad es más importante que la idea» (Evangelii gaudium 231-233). Tal vez la propia falta de referencia a la realidad nos ha llevado a empecinarnos en una pastoral no adaptada a las necesidades del tiempo histórico, del lugar, de la sociedad en la que se insertaba, movida simplemente por el 'siempre se ha hecho así» o por el miedo a ver desmoronarse las propias certezas. 

Escuchar la realidad, es decir, a las personas que habitan nuestras comunidades, del territorio, de los cambios sociales nos permite oxigenar con mayor realismo, descubrir que muchos problemas son comunes a muchos, yendo más allá de nuestros propios círculos y recintos. Esto favorece una mayor cercanía a la gente y el inicio de una conversión pastoral que permite opciones más sensibles a las necesidades de hoy y, muy presumiblemente, futuras. 

Lectura de la Palabra de Dios: San Lucas 12, 22-34 

Dijo a sus discípulos: «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura. «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. 

A modo de Lectio Divina 

Vivimos tiempos difíciles, seamos sinceros. No sólo por cuestiones económicas, que en cualquier caso suponen una carga para nuestras familias. Sino sobre todo por la falta de esperanza que embarga a tantas personas, exasperados por la falta de futuro, aturdidos por un mundo que no les quiere más que para consumir y ser idiotas. Pero es precisamente en estos tiempos cuando estamos llamados a sacar lo mejor, a ir a lo esencial. Con los pies bien plantados en la tierra y el corazón volando alto, por encima de los problemas, para mirarlos desde otro ángulo. El de Dios. Es lo que afirma el mensaje sin precedentes del cristianismo. Dios está y se hace presente. No es un estricto contable que desde la cima de su indiferencia nos deja revolcarnos en nuestras tragicómicas vicisitudes. Dios cuida de nosotros, siempre. 

Primero el Reino de Dios. Con esta maravillosa certeza, la Palabra de Dios nos invita a levantar la mirada de nuestras inquietudes y preocupaciones para mirar a nuestro alrededor, observar las aves del cielo y los lirios del campo, y tener una mirada que aún sepa maravillarse ante el hecho de que Dios creó el mundo con sabiduría y previsión. Ciertamente: estamos llamados a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, pero sin la ansiedad de la acumulación, sin el demonio de la codicia que amenaza con cegar nuestras almas. Tratemos de captar los signos de la presencia del Señor en la Providencia, tratemos de elevar nuestra mirada más allá de los estrechos confines de nuestra vida cotidiana, buscando ante todo el Reino y todo lo demás se nos dará por añadidura. No seamos como los paganos, que se dejan abrumar por la inquietud. Cada día es suficiente en su complejidad y dificultad: vivamos intensamente el presente, dejando nuestro futuro en manos del Señor. 

Padre y Madre. Dios es una madre. Nuestro Dios una buena madre y un buen padre. No es posesivo, ni histérico, ni sobreprotector, ni estricto, como a veces somos los padres. Dios sabe que tenemos que crecer, sigue nuestro camino desde lejos, no interviene para sonarnos la nariz o atarnos los zapatos. Dios confía en nosotros, sabe que podemos hacerlo solos. Y nos recuerda que no nos abandona, nunca.

Igual que una buena madre no puede olvidar al hijo que ha llevado y traído a la vida. Así, en esta maravillosa aventura que es la vida, estamos llamados a fijar nuestra mirada en Él, a poner la búsqueda del Reino de Dios en el centro de nuestro crecimiento. Dios no es un asegurador que nos garantiza la ausencia de dolor en nuestras vidas, no. Sino un adulto que nos trata como adultos, que nos ofrece la posibilidad de mirar las cosas con otra mirada. El mundo no es un engaño y un antro de violencia que desciende hacia el caos, y la vida no carece de sentido. A nuestro alrededor se está construyendo un gigantesco mosaico de amor en el que cada uno de nosotros es una tesela. Dios nos pide que colaboremos en su gran proyecto. Por supuesto, hace falta fe, y mucha, para creer en esto. 

Lirios y Pájaros. Así que Jesús nos invita a mirar más de cerca: los lirios del campo, los pájaros del cielo. Y yo añadiría: el mar, el viento, la primavera temblorosa, la nieve que refleja la luz cegadora. Todo a nuestro alrededor nos grita que Dios creó el mundo con sabiduría y lo conserva con previsión. Ocupémonos del trabajo, del futuro, de la hipoteca que hay que pagar, por supuesto, pero sabiendo que nuestro corazón está en otra parte, que el Reino está en otra parte. Sabiendo que cada cosa (buena) que vivimos no es más que el anticipo del futuro, la página publicitaria del absoluto de Dios, de la plenitud que nos espera en otra parte. Entonces, si la gente que nos rodea también vive al revés, ¿a quién le importa? ¿Por qué nos importa lo que piense la gente y su juicio despiadado? Vivir las bienaventuranzas, vivir la paradoja del Evangelio, vivir el deseo de mirar lo invisible es nuestra vida.

Aunque nos tomen por ingenuos, o por locos. Pongamos lo esencial en el centro, cada día, no nos dejemos engañar por las mil sirenas que nos señalan un camino improbable hacia la felicidad (éxito, dinero, apariencias...), sino miremos obstinadamente hacia el único que puede colmar nuestra infinita necesidad de plenitud. 

Lo hemos experimentado mil veces: cuando aprendemos a confiar, sin soltar el timón de nuestro barco sino navegando hacia la dirección que nos señala la brújula de Dios, las cosas se simplifican, el universo se alinea, todo se orienta hacia la plenitud. No dejemos que la preocupación nos abrume, busquemos en cambio primero el Reino. Sencillo. 

Después de pedirnos a los discípulos que busquemos el único tesoro verdadero que importa, Jesús, sonriendo, nos invita a confiar, a mirar a nuestro alrededor para ver cómo Dios cuida también de la hierba en los prados y de los pájaros en el cielo. Hacemos bien en cuidar de nosotros mismos y de nuestros seres queridos, en vivir con equilibrio y conciencia, en planificar nuestro futuro, claro. Pero debemos confiar siempre en la Providencia, saber y comprender que somos preciosos a los ojos de Dios. Nuestra vida se convierte entonces en un equilibrio entre actuar con inteligencia y sagacidad en los asuntos humanos y dar prioridad a la iniciativa de Dios. Estamos en sus manos, en las manos de un Dios poeta que disfruta observando los lirios y los gorriones. Con esto en mente, ¡hagamos nuestro disrnimiento! 

Algunas etapas para ordenar la reflexión 

Estructuras materiales 

El patrimonio de estructuras materiales de que disponen las comunidades es amplio y diversificado: iglesias (algunas muy utilizadas, otras que empiezan a dejar de serlo); casas parroquiales, seminarios, casas de congregaciones religiosas (que en algunos casos ya no corresponden a las necesidades para las que fueron concebidas). Luego están otras instalaciones y/o centros-espacios asistenciales, educacionales, sociales… A todos los niveles, su gestión requiere recursos económicos no siempre disponibles, competencias específicas y visión de futuro. 

En vista de ello, es necesario: 

- iniciar una reflexión sobre ciertos aspectos reglamentarios para llegar a determinadas opciones; 

- formar a las personas llamadas a gestionar porque se reconoce una escasez de competencias; 

- realizar un estudio de las estructuras (a través de equipos cualificados) para una evaluación ponderada y colegiada la utilización presente y futura de los activos. 

Estructuras administrativas 

La vida de la Iglesia en Navarra se articula en torno a un gran número de entidades administrativas. 

Las parroquias necesitan una revisión, algunas trataron de comenzar a fusionarse en unidades pastorales. Este proceso requiere una atención específica. 

Los párrocos se ven sobrecargados con responsabilidades administrativas cada vez mayores. Para aligerarlas, debemos empezar a dejar ayudar a los laicos, especialmente a los que tienen competencias específicas y paulatinamente dejando que ellos sean los que asuman el servicio de la gestión. 

En vista de la administración de las parroquias sin párroco residente, debe estudiarse la posibilidad de confiarlas a un diácono o a la figura de los animadores comunitarios (laicos, consagrados, diáconos) o a áreas pastorales, también mediante equipos o grupos ministeriales. Iniciar una reflexión para discernir los caminos a seguir y la formación a ofrecer es un paso muy importante para evitar encontrarse con necesidades repentinas y no estar preparados. 

Es necesaria la agilidad y la simplificación de las reflexiones y de las tomas de decisión. 

Es necesario seguir pensando en centralizar algunas áreas específicas de gestión dentro de la diócesis. 

Estructuras pastorales 

Desde hace años ha surgido la necesidad de pensar en una pastoral «de salida» habitando lugares «umbrales» y entrando en diálogo con las necesidades reales de la gente. Al mismo tiempo, la escucha de los signos de estos tiempos presentes, y presumiblemente futuros, va mostrando la necesidad de volver a poner en el centro la escucha-estudio de la Palabra de Dios, la celebración de la fe, la acción samaritana, la vocación evangelizadora. 

Así pues, es necesario repensar las estructuras pastorales, empezando por la misma parroquia. Pasar de la «pastoral de los acontecimientos y del encanto» a la «pastoral de la vida cotidiana» en la que llevar a Jesús. 

Se puede abrir también una reflexión sobre las parroquias, las unidades pastorales, las oficinas de la Curia, a todos los niveles, para clarificar las competencias individuales y mejorar las interacciones sinérgicas. 

Una pregunta fundamental: 

Las estructuras eclesiásticas, en sus diversos ámbitos, necesitan competencias sólidas, profesionales formados y una división responsable del trabajo (ya no se puede confiar en la mera experiencia, aunque ésta sea importante): ¿qué caminos se pueden identificar para una gestión virtuosa y eficaz de bienes y personas combinada con una pastoral de nuevo atenta a la vida cotidiana? 

Otras preguntas: 

Para discernir hoy 

¿Dónde está nuestra Iglesia local? ¿De qué tradiciones procede nuestra Iglesia y hacia qué nuevo cristianismo se está encaminando? ¿Dónde tenemos miedo de hacer cambios y preferimos continuar una pastoral de «conservación» ligada a lo que siempre se ha hecho? 

Para fomentar el estilo de proximidad 

¿Qué tenemos que cambiar, qué espacios, qué modalidades y qué formas podemos imaginar para que en nuestras comunidades, los marginados no se sientan sólo destinatarios de nuestro anuncio y beneficiarios de las diversas actividades pastorales, sino interlocutores activos y responsables, con derecho a la palabra y de acción? 

Para reflexionar sobre la evolución de las estructuras 

Pensando en nuestras estructuras, ¿cómo podemos reducir la carga burocrática de la administración de estos bienes, que a menudo recae sobre los hombros de los presbíteros? 

Las estructuras administrativas de las Iglesias están en el centro de muchos cambios: ¿qué aprendizajes y orientaciones surgen de la experiencia de las unidades/comunidades pastorales o de la unificación de varias parroquias bajo la dirección de un párroco? ¿Cómo avanzar en la institución y formación de nuevas figuras y ministerios, por ejemplo, animadores comunitarios sin presbíteros residentes y equipos de pastoral? 

Para reorganizar las estructuras en función de la pastoral evangelizadora 

¿Cómo repensar las estructuras pastorales, poniendo en el centro el cuidado de la vida espiritual y de la acción evangelizadora y misionera? ¿Qué cambios en la pastoral ordinaria de diócesis y parroquias para poner en el centro el anuncio del Evangelio? ¿Cómo pasar de una pastoral de acontecimientos/eventos/jornadas a una pastoral que acompañe la vida de las personas, en sus diversos pasajes y situaciones? 

Para alcanzar estos objetivos ¿qué cambios son necesarios en la organización tradicional de los sectores pastorales de la parroquia (catequesis, liturgia y caridad) y en la organización de las oficinas de la curia? 

Para reflexionar sobre la formación de los presbíteros 

¿Qué aspectos del ministerio ordenado y de la vida de los presbíteros necesitan ser profundizados y renovados para apoyar y facilitar su formación permanente? ¿Qué cambios deberían introducirse para implementar y aumentar la formación conjunta y compartida entre presbíteros, religiosos y laicos? 

Para reflexionar sobre la formación de los laicos 

¿Cómo debería diseñarse la formación para la ministerialidad que nace del sacramento del bautismo? 

En nuestras parroquias, ¿qué tipo de propuesta formativa se ofrece para los laicos? ¿Cómo podemos pasar en nuestras comunidades de una formación orientada sólo o fundamentalmente a la preparación para los sacramentos a un conjunto de propuestas atentas a todas las edades y condiciones de vida? 

En relación con nuestra práctica catequética y formativa actual, ¿qué cuestiones nos plantean estas experiencias? ¿Qué tipo de orientaciones diocesanas serían deseables sobre estas cuestiones? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...