De esto sois testigos vosotros
Hoy la Iglesia celebra la Ascensión, acontecimiento
pascual que Lucas narra en su Evangelio (el pasaje de hoy) como el
acontecimiento final de la vida de Jesús de Nazaret y en los Hechos de los
Apóstoles como el acontecimiento inicial de la vida de la Iglesia (cf. Hch 1,1-11,
también proclamado hoy en la liturgia).
Es significativo que los dos relatos no sean totalmente
armonizables entre sí, ya que leen el mismo acontecimiento desde dos
perspectivas diferentes. En los Hechos, la ascensión de Jesús al cielo tiene
lugar cuarenta días después de su resurrección de entre los muertos (cf. Hch
1,3), mientras que en el Evangelio se sitúa en la tarde de ese «día sin
fin», «el primer día de la semana» (Lc 24,1), día del
descubrimiento del sepulcro vacío y de la aparición del Resucitado a las
mujeres (cf. Lc 24,1-12), a los dos discípulos en el camino a Emaús (cf. Lc
24,13-35) y, finalmente, a todos los discípulos reunidos en una casa en
Jerusalén (cf. Lc 24,36-49).
Dos maneras diferentes de narrar el único acontecimiento
de la resurrección, que Lucas trata de iluminar en toda su amplitud: la
resurrección significa, en efecto, la entrada de Jesús como Kýrios
en la vida eterna a la derecha de Dios Padre (Ascensión) y también la venida
del Espíritu (Pentecostés: cf. Hch 2,1-11).
En la página final de su Evangelio, Lucas cuenta cómo
Jesús se separó de los suyos, no para abandonarlos, sino para estar siempre con
ellos, el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros (cf. Mt 1,23; 28,20),
en una nueva forma de vida. Su existencia humana terminó con la muerte, y
ahora, tras la resurrección de su cuerpo, la vida de Jesús es otra, es la del
Señor vivo, es la vida divina de aquel que está en la vida íntima de Dios, a su
derecha, el lugar del Hijo elegido y amado (cf. Sal 109,1 bc; Lc 3,22; 9,35).
Nos encontramos, pues, en la casa de los discípulos en
Jerusalén: los dos de Emaús han regresado y han contado su experiencia,
mientras los Once y los demás testigos también dan testimonio de que Cristo ha
resucitado y ha sido visto por Simón Pedro (cf. Lc 24,33-35). Mientras todos
hablan de Jesús, Él mismo está en medio de ellos, les da la shalom,
la paz (cf. Lc 24,36), y luego pronuncia unas palabras que resuenan con
absoluta novedad: «Estas son las palabras que os dije cuando aún estaba
con vosotros» (Lc 24,44a).
Sí, porque Jesús ya no está con ellos como antes, como
hombre, maestro y profeta; ahora es el Señor vivo que ya no habla en arameo,
con el sonido de su voz humana que ellos habían escuchado durante tanto tiempo,
sino de una manera nueva, más eficaz, persuasiva, porque su voz está dotada de
la fuerza del Espíritu de Dios plenamente activo en el Resucitado.
En la potencia del Espíritu, el Señor Jesús muestra a los
discípulos el cumplimiento de las Escrituras y el cumplimiento de sus palabras
en los acontecimientos que precedieron a ese día (cf. Lc 24,44-47). El
Resucitado explica las Escrituras de manera que los discípulos comprendan la
conformidad entre lo «estado escrito» y lo que han vivido: ahora los
discípulos pueden finalmente comprender lo que antes no podían entender.
Sin duda habían leído muchas veces la Torá, los Profetas
y los Salmos, pero ahora que los hechos se han cumplido pueden comprenderlos
creyendo, a la luz de la fe. Jesús les había anunciado varias veces la necessitas
de su pasión y muerte (cf. Lc 9,22.43-44), pero estas palabras les habían
parecido escandalosas, enigmáticas (cf. Lc 9,45). Ahora, sin embargo, que se
han cumplido, no por destino o fatalidad, sino por la necesidad mundana según
la cual «el justo» (Lc 23,47) en un mundo injusto debe morir (cf.
Sab 1,26-2,22) y por la necesidad divina por la cual Jesús, en obediencia a la
voluntad del Padre, no se defiende, sino que acoge el odio sobre sí mismo
amando hasta el final, ahora sí es posible creer en las Sagradas Escrituras.
Y creyendo es posible convertirse en «testigos», hasta
anunciar la muerte y resurrección de Jesús como acontecimiento que exige
conversión y da la remisión de los pecados: el perdón de Dios a toda la
humanidad, en espera de la buena nueva de la salvación. Todos son testigos
—subraya Lucas—, todos anunciadores del Evangelio, no solo los Once, los apóstoles,
sino también los demás presentes en el mismo lugar.
Sí, Jesús, este hombre de Nazaret, hijo de María y de
Dios, que solo Dios podía darnos, había venido sobre todo como visita
de parte de Dios (cf. Lc 1,68): una visita no para castigar los pecados
cometidos por el Pueblo de Dios y por toda la humanidad, sino una visita que
anunciaba el perdón de los pecados (cf. Lc 1,77). Con esa muerte de «hombre
justo» que acogía sobre sí el odio, la violencia y la mentira de los
malvados, y respondía no con violencia sino con amor, Jesús entregaba al Padre
la verdadera imagen de Dios, el Adán que Dios había querido (cf. Col 1,15).
Y precisamente como justo que está del lado de los
pecadores, solidario con los publicanos, los impuros, las prostitutas, los
ladrones y los malhechores, Jesús subía al Padre dirigiéndole la oración
incesante que implora perdón y misericordia. Entre sus últimas palabras antes
de morir, ¿no había dicho: «Padre, perdónalos porque no saben lo que
hacen» (Lc 23,34)? ¿Y no fue acaso a un malhechor a quien dirigió su
última promesa: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)?
Por lo tanto, los discípulos, testigos de esta
misericordia vivida, enseñada y contada por Jesús, deben anunciarla a todos los
pueblos. Esta es la predicación de la Iglesia, que, en cambio, a menudo se ve
tentada a atribuirse tareas que el Señor no le ha encomendado: la única tarea
evangélica es anunciar y hacer misericordia, lo que significa servicio a los
pobres, a los enfermos, a los que sufren, cercanía y solidaridad con los
pecadores.
«Comenzando por Jerusalén» y hasta los
confines del mundo, los testigos, como viajeros y peregrinos, anunciarán en
todas partes el perdón de los pecados, perdonarán e invitarán a todos a
perdonar: este es el Evangelio, la buena nueva.
Ser testigos de este anuncio (¡y de nada más!) es una
tarea ardua, porque parece poco creíble, casi imposible de realizar, y, sin
embargo, aquellos pobres discípulos y discípulas, la noche de Pascua,
escucharon, comprendieron y desde entonces intentaron poner en práctica nada
más que esto: el perdón, la remisión de los pecados.
Se necesitará «el poder que viene de lo alto»,
la venida del Espíritu Santo de Dios, para estar capacitados para cumplir este
mandato, pero no hay que temer: cuando Jesús, el Hijo de Dios, asciende al
cielo, desciende del cielo el Espíritu de Dios, que es también y siempre el
Espíritu de Jesucristo, fuerza que siempre nos acompaña y nos inspira en esta
misión.
¿Cómo contar la ascensión de Jesús con palabras humanas?
Lucas intenta narrarla, recordando cómo el profeta Elías había dejado esta
tierra para ir a Dios (cf. 2 Re 2,1-14), y así escribe que Jesús, después de
haber llevado a Betania a aquellos discípulos que ya se habían convertido en
testigos, les dejó la bendición y, «mientras los bendecía, se separó de
ellos y fue llevado al cielo». Este es el éxodo de Jesús de la tierra
al Reino de Dios.
El Evangelista no atenúa en modo alguno la separación de
Jesús de los suyos: Él ya no está presente como antes, pero la bendición que da
es una bendición continua, es la inmersión de los suyos en el Espíritu Santo
(cf. Lc 3,16). Es también el último acto del Resucitado: da la bendición
sacerdotal que había sido suspendida, no dada al principio del evangelio por el
sacerdote Zacarías, después de la aparición del ángel y el anuncio de la venida
del Mesías (cf. Lc 1,21-22).
Esta bendición llena de alegría a la comunidad de Jesús
precisamente cuando él se separa de ella, pero también la convierte en
sacerdotal (cf. 1 P 2,9): los creyentes en Jesús son, de hecho, un nuevo
templo, sacerdotes y adoradores del Resucitado, capaces de responder con la
oración de bendición a la bendición de Jesús.
La incredulidad es finalmente vencida y la fe en Jesús
Señor y Dios es tal que permite a los discípulos sentir a Jesús presente en
medio de ellos incluso después de la separación de su cuerpo glorioso, ahora en
la intimidad del Padre, Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF