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lunes, 24 de agosto de 2026

Esa falsa conciencia apocalíptica.

Esa falsa conciencia apocalíptica 

Para empezar, la problemática del Apocalipsis tiene su miga. Y me explico. 

No existe en la cultura griega clásica. 

Los estoicos hablan de «ekpyrosis», de un Fuego universal que lo incinera todo, pero luego el mundo renace, según el esquema cíclico de los griegos. 

En las culturas de inspiración confuciana, hindú o budista no hay rastro alguno de ello: si este mundo acaba, nace otro. 

¿De dónde surge hoy esa conciencia apocalíptica que impregna las decisiones privadas y públicas de millones de personas? 

El mundo del Occidente colectivo ya no domina el planeta. Los imperios occidentales —el español, el portugués, el neerlandés, el británico, el francés, el alemán y, hoy en día, el estadounidense— han agotado su ciclo de dominio desde el siglo XVI en adelante. 

Hasta aquí, nada históricamente anómalo: las sociedades, las naciones y los imperios crecen y decaen. Su duración se cuenta en siglos y milenios; nuestra historia personal dura un suspiro. 

El fin del mundo se entrelaza con la categoría judeocristiana de la esperanza. Seguramente el virus de la esperanza fue introducido en el pensamiento político de Occidente por el judaísmo y el cristianismo. 

Y esto ha trastocado la concepción greco-clásica de la historia como una repetición cíclica de acontecimientos. 

Según la filosofía cíclica, no tiene sentido esperar una mejora irreversible de la propia condición histórica. Si no esperas, tampoco te desesperas. Te abandonas a los acontecimientos o intentas contrarrestarlos, pero sin ilusiones. 

La esperanza sería la verdadera enfermedad de Occidente. Hoy en día, Occidente está «en declive», y por lo tanto disminuyen las esperanzas occidentales y, en consecuencia, crece el miedo al futuro. 

En realidad, los biblistas nos informan de que «apocalipsis» deriva del griego antiguo - ἀποκάλυψις -, que significa «revelación». Tiene el significado de profecía, no como una previsión amenazadora del futuro, sino como el desvelamiento de un presente ya «redimido». 

El Apocalipsis, escrito en Patmos por San Juan —quizá el apóstol, quizá otro—, no es un libro que predique la ruina, sino un libro de esperanza. 

El libro nos habla en el lenguaje metafórico e imaginativo de los cuatro grupos de siete, de las siete cartas a las siete iglesias, de los siete sellos, de las siete trompetas, de los siete azotes que brotan de las siete copas de la ira de Dios, de los cuatro jinetes, pero no promete la realización en esta tierra de un reino de mil años ni amenaza con ninguna catástrofe. 

¿Cómo ha sucedido que, tras Patmos, la esperanza se haya transformado en utopía, en milenarismo y en catastrofismo? 

Ha sido la secularización de la esperanza la que ha contribuido a distorsionar la idea del Apocalipsis. 

Por un lado, la esperanza se ha transformado en la ideología de un progreso sin fin, ya sea evolutivo-lineal o mediante una ruptura revolucionaria. El límite, el mal, lo negativo, la violencia y la ferocidad animal del homo sapiens se consideran redimibles mediante el desarrollo económico, la ciencia y la tecnología, el proletariado y la nación... Y han sido expulsados de nuestra conciencia histórica como imperfecciones provisionales. 

En realidad, nunca habían desaparecido ni de la historia colectiva ni de la biografía de los individuos. El descubrimiento de que en la historia humana existen el mal, la violencia y el enemigo parece estar dando un vuelco al panorama intelectual de Occidente. 

Hay quien hizo este dramático «descubrimiento» por ejemplo después de que las Torres Gemelas fueran devoradas el 11 de septiembre de 2001 por una «ekpyrosis» infernal. Aquel 11 de septiembre, y todo lo que vino después, han confirmado que el Occidente histórico, el del progreso infinito, ya no dicta la agenda del mundo. Por lo tanto, como tal, está llegando a su fin. Así, el fin de un mundo se está convirtiendo en el fin del mundo, según la expresión del Papa Francisco. 

En este contexto aparece en escena el apocalipsis, entendido en el sentido de una catástrofe sin salvación. ¿Cómo escapar del destino apocalíptico? Es necesario identificar un Katechon, capaz de derrotar al Anticristo que se avecina. 

Hay quien dice que el Katechon es la tecnología llevada al máximo de su potencial. O, por ejemplo, si la democracia es un estorbo… deshagámonos de ella. Esto y más, con tal de defender la libertad, que es el principio constitutivo de Occidente. Para algunos, el «katechon» es el propio Donald Trump… 

«El Apocalipsis» se está convirtiendo en una ideología improvisada, exegéticamente infundada, que solo sirve para expresar la angustia por el declive del Imperio. 

El bipolarismo geopolítico ha llegado a su fin y los intentos de monopolio imperialista han fracasado. 

Construir un nuevo orden multipolar concertado parece ser la tarea necesaria. 

Y tal vez, en este sentido, la apocalíptica es aquella falsa conciencia que encubre la negativa a pensar o construir un nuevo orden mundial. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 21 de junio de 2026

¡Oh capitán, mi capitán!

¡Oh capitán, mi capitán!

En el mundo nunca han faltado personajes grotescos. 


En la Casa Blanca, para celebrar los ochenta años del emperador, se instaló un enorme ring de artes marciales o algo semejante coronado por una estructura de acero. Esto se suma al salón de baile de estilo grecorromano, y a los generosos dorados que el César ha introducido en los interiores de ese antiguo palacio neoclásico.

 

Hay quien define ese lugar institucional, así transfigurado, como un parque de atracciones o un circo. Debo de ser realmente un pacato timorato porque la ostentación de Donald Trump me repugna como si fuera un rasgo político de la persona. No solo un rasgo estético.

 

El uso contundente del dinero, la ostentación jactanciosa del lujo, el mal gusto americano llevado al paroxismo sin que ni una sola partícula residual del perdurable estilo del buen gusto pueda actuar como anticuerpo, sin que una vaga percepción de la variedad del mundo, de su biodiversidad humana, disuada de considerar el planeta entero como un conjunto de parcelas no solo edificables, sino también reducibles a una única estética americana y hollywoodiense.

 


Como esa Nueva Gaza dorada y servil, erigida sobre la sangre de sus habitantes y puesta a disposición de los ricos clientes occidentales, ilustrada por aquel vídeo (https://www.youtube.com/shorts/7YQvpsaW6aA) del que nunca se entendió bien si era satírico - para desacreditar a Donald Trump y Benjamin Netanyahu - o promocional-triunfalista: es difícil imaginar algo más violentamente imperialista y más estúpidamente incapaz de aceptar que el mundo existe por sí mismo, y que es muy diferente de la medida norteamericana.

Con la llegada de Donald Trump es como si ese cielo del pésimo gusto nos hubiera envuelto a todos. El mito de la moderación y la compostura pertenece definitivamente al pasado: a menudo me pregunto cuántos, y por qué, y de qué edad, comparten conmigo la idea de que, para ser caballeros, hay que intentar no llamar demasiado la atención.

 

El «no te jactes, son los necios los que se jactan» (cf. Proverbios 13, 6; 14, 7-9; 27, 2-22;…) me parece un eslogan sepultado por los acontecimientos, casi como aquel de «proletarios de todos los países, uníos». La burguesía y el proletariado están, al fin y al cabo, y para siempre, reunidos y, en cierto modo, reconciliados por la derrota común.


Con todo, ¡qué lejos toda esa exhibición esperpéntica de mal gusto trumpiano de aquel primer verso de uno de los poemas que Walt Whitman dedicó a la «memoria del presidente Lincoln» - Memories of President Lincoln - y que forma parte, al igual que toda la obra del poeta estadounidense, de Hojas de hierba, el libro que, entre 1855 y 1892, fue creciendo poco a poco, edición tras edición, con nuevos poemas! 

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! 

Nuestro espantoso viaje ha terminado,

la nave ha salvado todos los escollos, 

hemos ganado el anhelado premio,

próximo está el puerto, 

ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,

siguiendo con sus miradas la poderosa nave, 

la audaz y soberbia nave;

más ¡ay! 

¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!

No ves las rojas gotas que caen lentamente,

allí, en el puente, donde mi capitán

yace extendido, helado y muerto.

Por eso confieso que sigo prefiriendo, delante de toda la lógica trumpiana, o análoga, aquel emotivo e insurrecto clamor  ¡Oh capitán, mi capitán!: https://www.youtube.com/watch?v=BfjyJfgAKJs (te invito a recordar aquella escena memorable de "El club de los poetas muertos").


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de junio de 2026

¿Claridad moral?

¿Claridad moral?

Me gustaría llamar la atención sobre un notable ejemplo de prosa, una auténtica filípica ciceroniana contra la deshonestidad en el poder, un «¿Hasta cuándo, Catilina?» rebosante de la mejor moral clarity generada por la civilización: esa «claridad moral» que permite distinguir nítidamente el bien del mal.

 

Es una regla de la política inglesa, por ejemplo, que un ministro pueda sobrevivir incluso al más escandaloso de los escándalos, o haber llevado la carrera más sórdida, pero si ha mentido al Parlamento no tiene más remedio que dimitir, es decir, que ser destituido de su cargo.

 

Si un político es capaz de mentir conscientemente a sus pares y al electorado, a partir de ese momento nada de lo que diga podrá creerse. Una vez que la sinceridad se pierde, tanto en el país como en el extranjero, la política se vuelve imposible. Los asuntos internos corren tanto riesgo como la seguridad nacional. No importa a qué se refiriera la mentira. Lo que importa es que haya sido una mentira premeditada.

 

Por supuesto, los Estados Unidos de América no tienen un sistema parlamentario, razón por la cual el presidente tiene un margen de maniobra mucho mayor. Puede disculparse, puede pedir perdón o puede aceptar un juicio político.



Pero Donald Trump no es una persona tan honrada como para dimitir. Sus mentiras son la destilación de todo lo que ya sabemos de él, la prueba más clara del nihilismo moral que lo guía.

 

Desde el principio, Donald Trump ha mentido con una generosidad indiscriminada. Ha mentido sobre un genocidio igual que ha mentido sobre los resultados de sus partidos de golf.

 

Cada etiqueta que se ha atribuido, cada postura pública que ha adoptado ha estado corrompida por el oportunismo, por una deshonestidad que servía a sus intereses personales y nunca al interés público.

 

Como una tarjeta de crédito, Donald Trump es cualquier cosa para lo que se quiera utilizarlo, lo que significa que nunca es fiable, nunca digno de confianza y mucho menos honesto.

 

Y lo que es más importante, nunca ha asumido la más mínima responsabilidad. En su universo moral, la verdad es todo aquello con lo que puede salirse con la suya. De hecho, no tiene problemas con la verdad, porque donde no hay responsabilidad no hay problemas.



Me imagino que esto ya se sabía en sus Estados Unidos de América. Y aun así fue reelegido.

 

Pero su reelección se basaba en una apuesta: es decir, que los resultados prácticos importan más que la integridad de la persona, y que una cultura basada en el engaño puede contrarrestarse con una acumulación de prosperidad.

 

Sus acciones son las de quien está convencido de no tener restricciones, y su degeneración moral toca fatalmente a muchos de los que se asocian con él.

 

Sin una pizca de honestidad en los más altos cargos del país, ningún sistema democrático puede soportar el cinismo y el conformismo que tarde o temprano lo arrollarán.

 

Pero aunque se demuestre que Donald Trump ha mentido de la forma más cínica y desvergonzada, y que se le ha permitido salir indemne, el daño que ya ha infligido será indeleble.

 

Donald Trump es un cáncer de la cultura, un cáncer de cinismo, narcisismo y mentira. Ni siquiera la economía más triunfante vale el precio de una metástasis tan imparable.



En esta imagen de arriba Catilina aparece solo, con la cabeza gacha, derrotado. Es culpable de traición a la República, y no cambiará de opinión sobre su rebelión, pero las palabras de Cicerón le afectan porque sigue siendo un sujeto moral. Sabe a qué se ha expuesto públicamente.

 

La moral de Donald Trump, sin embargo, no se expone a nada. Es solo suya. Cuando le preguntaron si había límites a su poder, Donald Trump respondió: «Sí, mi moralidad, mi forma de pensar. Es lo único que puede detenerme» (New York Times, 8 de enero de 2026). Donald Trump no puede ser objeto de «crítica» en el sentido tradicional, ni siquiera de la más inspirada y elocuente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de abril de 2026

La arrogancia del poder.

La arrogancia del poder 

La arrogancia prepotente es una especie de indigestión de poder. 

La historia ofrece grandes ejemplos y, como enfermedad, es tan antigua como la humanidad. 

No solo es frecuente entre los políticos, sino que aparece con frecuencia entre los directores generales, los presidentes de empresas prestigiosas o entre los profesionales que alcanzan un alto nivel de poder en su sector. 

La peculiaridad es que quienes la padecen acaban siendo destructivos para la organización o la empresa que dirigen y para su propio entorno. 

La razón por la que muchos partidos políticos, empresas, organizaciones sociales,…, echan por tierra los buenos propósitos por los que fueron creados es precisamente tener al mando a una persona que padece la enfermedad de la arrogancia prepotente. 

No me refiero a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgredir los límites cuando la insolencia y la arrogancia dominan. 

Carisma, encanto, capacidad de inspirar, amplitud de miras, disposición a asumir riesgos, grandes aspiraciones, audacia, autoestima… suelen asociarse con un liderazgo exitoso. 

¿Dónde está el límite? ¿En qué momento estos aspectos transforman a un líder resuelto e intrépido en un peligro? 

La línea divisoria es, precisamente, la arrogancia, la impulsividad, la negativa a escuchar o aceptar consejos y una forma particular de incompetencia debida precisamente a la impulsividad insolente.   

La arrogancia extrema constituye un conjunto de características —o síntomas— desencadenadas por un «gatillo» específico que es, precisamente, el poder. Y, por lo general, termina cuando se pierde el poder. 

La clave es que esta enfermedad es un trastorno de la posesión del poder —en particular, el asociado a un éxito abrumador— mantenido durante un cierto número de años con mínimas restricciones para el líder. 

Quienes la padecen tienen una propensión narcisista a ver su mundo como un escenario sobre el que ejercer el poder y buscar la gloria; en consecuencia, muchas de las acciones emprendidas servirán más que nada para mejorar y reforzar la imagen, por la que sienten una preocupación desproporcionada, perdiendo de vista los objetivos de su propio papel.

Se identifican con la nación, o con la organización que representan, hasta el punto de considerar que los puntos de vista y los intereses son idénticos, es decir, perfectamente superponibles. 

Desprecian los juicios y los tribunales «terrenales» que critican su inmoralidad y su desprecio por la ética; solo serán juzgados por los dioses y por la historia y, en su mente, absolutos y reivindicados sin sombra de duda. 

Seguramente el escenario hasta es similar a otros trastornos de la personalidad (narcisismo…) pero en este caso el detonante es el poder, especialmente si va acompañado del éxito. 

Las personas en posiciones de poder pueden volverse más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y, sobre todo, menos capaces de considerar los hechos desde el punto de vista de otras personas. 

Los síntomas pueden atenuarse o desaparecer, junto con la pérdida del poder que los «desencadenó». 

Las personas humildes, dotadas de sentido del humor, de autocrítica y de autocontrol, corren menos riesgo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 13 de abril de 2026

El Anticristo: la imagen de un falso Mesías.

El Anticristo: la imagen de un falso Mesías

Se puede decir, muy a grandes rasgos, que la importancia de los elementos de fantasía, de los elementos de representación en la vida en sociedad, es un dato objetivo y también de una conciencia muy marcada en la memoria de Europa occidental.

 

Esta es una de las tradiciones, quizá más antiguas y más importantes, de la cultura europea: reconocer en el mito o en lo fantástico una dimensión diferente que no pertenece ni a lo verdadero ni a lo falso, pero que es, en cualquier caso, una condición esencial.

 

Si la investigación histórica se concibe como un lugar de verificación de la verdad, y se han creado técnicas útiles para ello, por otro lado la dimensión de la fantasía, de la imaginación, sobre todo el principio subjetivo de la representación, ha ganado un espacio enorme.

 

Precisamente porque el mito desempeña un papel importante en la interpretación de la realidad, hay que detenerse en la figura apocalíptica del Anticristo. La cuestión se vincula, en el imaginario cristiano occidental, al binomio verdadero/falso, auténtico/hipócrita o perverso.

 

El intento por parte de los autores cristianos de identificar al Anticristo pone en juego varios elementos en nombre de una pretensión racional o, al menos, argumentada: la teología de la historia.

 

Los textos sobre el Anticristo surgen precisamente para responder a las estrategias de este enemigo, tradicionalmente mentiroso: él intenta entrelazar su reino con el de Dios, a fin de engañar a sus víctimas.



En la historia de sus doctrinas, el cristianismo ha establecido una igualdad entre Cristo y la verdad. Ya en los textos cristianos más antiguos se puede observar dicha correlación. En el Evangelio de Juan, Cristo mismo se define como la verdad; en los escritos paulinos y pseudopaulinos, la verdad se identifica con el mensaje de Cristo y para llegar al conocimiento de la verdad hay que adherirse a la verdadera fe. De hecho, la sustitución del nombre de la persona de Cristo por el término «verdad» se vuelve muy común.

 

Pero frente a esta verdad, existe - siempre dentro de la historia cristiana - una verdad engañosa, que se presenta de la forma más cautivadora posible. Y esta mentira aparecerá, en los momentos finales de la historia, en forma de un enemigo final, destinado a cumplir los misterios de la iniquidad, mostrándose como un falso mesías.

 

Este sujeto, que se ha ido configurando a lo largo de los siglos, resume toda la vasta acumulación de imágenes y relatos diseminados en toda la literatura apocalíptica de la Biblia, y, por supuesto, en los apócrifos intertestamentarios y neotestamentarios. Y recapitula en sí mismo, en el momento final de la historia, toda la acción del mal personificado, que desde siempre ha estado actuando en el mundo contra los justos.

 

Ciertamente, y en el abundante bestiario que los apocalipsis bíblicos han aportado a nuestro imaginario, el Anticristo no desempeña el papel de un simple figurante.

 

Su presencia resulta inquietante porque se le presenta como una persona. No se trata solo de una fuerza de las tinieblas, un simple sustituto del Mal, un eco confuso, el ruido de fondo de la culpa original: posee, en cambio, rasgos personales.

 

Tampoco se trata de un demonio cualquiera, ya que se presenta como una persona humana dotada de poderes excepcionales; su maldad, que huele a azufre, es tanto más horrible cuanto que es un hombre de verdad.

 

Esa auténtica humanidad es probablemente el rasgo más aterrador del Anticristo: si la salvación de los hombres está asegurada por la Encarnación de Dios en la humanidad, ¿cómo no temer lo peor de este Mal encarnado, de este hijo del Engañador que se ha establecido en nuestra carne?

 

Este hombre es identificado como el adversario personal de Cristo.


Ahora bien, para los cristianos, el Mesías es la Encarnación de Dios. Esta identidad no se ha acogido en el cristianismo sin arduas construcciones conceptuales, organizadas por una enseñanza doctrinal compleja que se constituyó en los concilios ecuménicos de los primeros siglos.

 

La reflexión sobre el Dios-Hombre ha dado lugar a una teología delicada, que hace coexistir en la unión «hipostática», sin confusión ni separación, las dos naturalezas, humana y divina, para construir un único individuo. ¿Cómo puede este individuo, el Mesías Hijo de Dios, ser enfrentado por una criatura?

 

Si el Mesías no es un ángel hecho hombre, ya que está por encima de los ángeles, ¿sería entonces el Anticristo un «ángel maligno» particularmente excepcional, hasta el punto de poder oponerse al Mesías y representar un obstáculo o, al menos, un adversario para aquel que expulsa a los demonios y gobierna sobre los infiernos?

 

El poder y el papel del Anticristo plantean cuestiones delicadas a la teología. 


Pero aún más delicada es la reflexión sobre el comportamiento del Anticristo, que no es solo un adversario de Cristo. De hecho, es usurpando su identidad como se opone a Cristo.

 

Y en nuestros días ese imaginario del usurpador hasta se ha convertido no en un concepto, idea,…, sino en una imagen... que,  también en esta ocasión, vale más que mil palabras: la de un Donald Trump endiosado... y que no es sino una caricatura del Anticristo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 6 de marzo de 2026

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia

Un pensamiento norteamericano obsesivo: los perdedores y ganadores de la historia 

Debe haberse puesto de moda (o tal vez nunca ha dejado de estar de moda) dividir el mundo en perdedores y ganadores. En débiles y fuertes. En buenos y malos. En amigos y enemigos.

 

Hay quien utiliza la categoría de “perdedor” o, sus más o menos equivalentes, débil, estúpido, flojo, idiota, tonto…

 

Pero, y no desde ahora, tengo la sensación de que detrás de estas categorías no hay una gran visión. Porque las categorías en sí mismas son más frágiles de lo que parecen. Y detrás de no pocos ganadores, o considerados tales, hay un comportamiento perdedor.

 

La pareja “ganador – perdedor” delinea un panorama cognitivo que incluye criterios de juicio quizás hasta primitivos y toscos, pero dotados de una coherencia innegable y, por lo tanto, probablemente muy persistentes.

 

Se trata de criterios de juicio característicos del pensamiento dicotómico, que esquematizan y simplifican dividiendo el mundo en blanco y negro, sin matices. O en amigos y enemigos. O, como digo, precisamente, en perdedores y ganadores.


Un pensamiento típico del Far West del universo norteamericano.

 

Es un pensamiento demasiado apresurado, superficial,..., y, por ende, inadecuado para lidiar con la complejidad del presente.

 

Pero también es fácil de entender, tranquilizador y consolador, sobre todo si siempre y automáticamente nos ponemos de lo que llaman “el lado bueno de la historia”. O de la película.

 

En una supuesta historia de perdedores, o en un hipotético mundo de perdedores, siempre hay quien construye la narrativa de que él es el único ganador que promete proteger, redimir, salvar… a los supuestamente perdedores.


Como digo, hay quien tiene la obsesión  de definir el éxito y la felicidad en términos de ganadores y perdedores. Se trata de una actitud que impregna todos los ámbitos, desde el deporte hasta la política y los negocios, y que causa más daños que beneficios.

 

De hecho, esta obsesión neurótica genera algunas consecuencias paradójicas.

 

Por ejemplo, suelen decir que los ganadores olímpicos de medallas de plata suelen estar más insatisfechos que los ganadores de medallas de bronce. Y esto se debe a que los «plateados» se consideran perdedores con respecto al primer clasificado, mientras que los «bronceados» se alegran de haber ganado una medalla.

 

Las personas más infelices y frustradas solo se emocionan con los resultados excelentes, y solo las más felices aprecian cualquier buen resultado aunque no sea excelente.

 

Y una de las consecuencias de querer ganar a toda costa, y no solo en los deportes, es la propensión a ganar incluso con el engaño. O el aumento del estrés. O el aumento de los prejuicios y la alienación. O la transformación de cada derrota en un evento traumático.

 

La alternativa a competir, obviamente, no es renunciar a la competición. Porque eso sería otra forma de pensamiento dicotómico. Sino elegir la cooperación. Por ejemplo, en las relaciones entre naciones.

 

Ocurre que los ganadores, si los consideramos desde el punto de vista narrativo, son poca cosa. Menos de lo que ellos creen que son.

 

Y ocurre a menudo que una reacción positiva y consciente ante la derrota resulta mucho más interesante que una victoria que se exhibe auto-complacida y normalmente no exenta de controversia entre otras cosas porque se debe al engaño.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


domingo, 1 de febrero de 2026

De Donald Trump o la banalidad.

De Donald Trump o la banalidad

Hay épocas en las que la crisis no adopta la forma de un acontecimiento, sino la de una permanencia. Nada explota, nada interrumpe el curso de las cosas y, sin embargo, algo ya se ha retirado hasta desaparecer.

 

Las instituciones siguen funcionando, el lenguaje sigue circulando, el poder se sigue ejerciendo.

 

Lo que falta no es el funcionamiento, sino el sentido.

 

Esta es la disfunción sin acontecimiento: una condición en la que el mundo no se acaba, pero deja de tener valor.

 

El rasgo decisivo de esta condición no es el caos, sino la equivalencia. Todo puede ponerse en el mismo plano porque nada tiene ya fundamento. Las diferencias no desaparecen, pero dejan de importar.

 

La verdad y la mentira, la decisión y la reacción, el juicio y la opinión se vuelven intercambiables, no porque sean idénticos, sino porque el mundo ha perdido la capacidad de distinguirlos.

 

La equivalencia no es igualdad: es indiferencia estructural.

 

En este régimen, el poder ya no necesita pensar. No planifica, no orienta, no fundamenta: simplemente ocupa espacio y titulares.

 

Ocupa el espacio discursivo, la atención, el tiempo.

 

Gobierna no a través de la reflexión, sino a través del flujo, también de las salidas de tono.

 

No es un poder fuerte, sino un poder vacío, que obtiene su eficacia de la ausencia de criterios, de la suspensión del juicio, de la renuncia al pensamiento.

 

Las fracturas del orden internacional no son más que una manifestación de esta condición.

 

La crisis de las alianzas, la imprevisibilidad de las grandes potencias, la transformación de la cooperación en instrumento de presión no solo indican un cambio geopolítico. Señalan la disolución de un mundo compartido.

 

El orden basado en normas no se ha derrumbado: ha dejado de creer en sí mismo. La fuerza que lo sostenía ya no organiza el mundo, sino que lo expone a una desarticulación permanente.


Donald Trump no es el origen de esta disfunción. Es su figura reveladora y ejemplar. Modélica. Paradigmática.

 

No introduce una nueva ideología, no funda un nuevo orden, no inaugura una ruptura histórica. Más bien muestra que la ruptura ya se ha producido.

 

Su lenguaje carente de interioridad, su acción sin duración, su poder sin pensamiento,..., su verborrea infinita no son desviaciones, sino formas coherentes con un mundo ya vaciado.

 

El verdadero umbral no fue su elección, sino el descubrimiento de que el vacío podía gobernar.


Y ese vacío fue elegido democraticamente por millones de personas, por la mayoría de electores del país de las libertades y del progreso.

 

Lo que inquieta no es el exceso, sino la banalidad.

 

Un poder que no necesita justificarse porque nada pide ya justificación.

 

Un lenguaje que no persuade porque ya no apunta a la verdad sino a la presencia y al titular.

 

Una política que no reflexiona porque se limita a reaccionar.

 

La disfunción se vuelve normal precisamente porque no aparece como tal. Simplemente funciona.

 

Esta lógica atraviesa Occidente en su conjunto.

 

En Europa de manera emblemática se manifiesta como un aplanamiento simbólico: la sustitución de la acción por el reconocimiento, del proyecto por la imagen, del sentido por la visibilidad, de la verdad por la propaganda, de la honestidad por la estrategia...

 

La política renuncia a fundar el mundo y se limita a exponerse a la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales.

 

Todo es el síntoma de una política que ya no sabe producir valor y trata de aparentar. La apariencia de lo políticamente correcto de las buenas formas sustituye a la responsabilidad éticay moral.

 

No es astucia, sino adaptación al régimen del vacío.

 

No existe un retorno posible a la normalidad. Lo que se querría restablecer ya está sostenido por la inercia del exabrupto - salida grosera de tono - más que por el pensamiento de la reflexión ponderada.

 

El problema no es lo que salió mal, sino lo que siguió funcionando sin sentido.

 

La disfunción sin acontecimientos no se corrige con reformas técnicas ni con cambios de liderazgo.


Pensar no significa producir soluciones inmediatas, sino reabrir la posibilidad de la reflexión.

 

Pensar es devolver peso a las palabras y, de paso, límite al poder.

 

Reconstruir un mundo en el que algo cuente más que la nada multiplicada por cero.

 

Porque mientras todo sea equivalente, nada es responsable.

 

Figuras como Donald Trump no son accidentes de la historia democrática, sino revelaciones históricas.

 

Muestran lo que sucede cuando el pensamiento se retrae y el mundo del sentido de más elemantalmente humano pierde consistencia.

 

La verdadera amenaza no es el desorden, sino un orden sin sentido, el vacío a la enésima potencia.

 

Y contra esto no basta con oponerse: hay que volver a pensar.

 

Y esto, me temo, no es fácil ni sencillo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 31 de enero de 2026

Cortina de humo.

Cortina de humo

El título en castellano de aquella película fue “Cortina de humo”. Así se tradujo «Wag the dog». Según explica Wikipedia, Wag the dog  es un juego de palabras que se explica en un pie de foto al principio de la película: “¿Por qué un perro mueve la cola? Porque el perro es más inteligente que su cola. Si fuera la cola la más inteligente, sería ella la que movería al perro”.

 

Sea como sea, la película merece ser vista y revisada, también en estos tiempos de guerra, e incluso de las fotografías del actual presidente norteamericano en el “caso Epstein”, de los excesos del celo policial en Minneapolis,…

 

El reparto es excepcional (Dustin Hoffman, Robert De Niro, Anne Heche, Woody Harrelson, Kirsten Dunst, William H. Macy), la dirección es del célebre director Barry Levinson y la película es de 1997, pero revela mecanismos de manipulación de los medios de comunicación que siguen siendo actuales e instructivos.


Resumida al máximo, la trama es la siguiente: la CIA, para desviar la atención internacional de una Casa Blanca sacudida por un escándalo sexual, contrata a un conocido productor de Hollywood para montar una campaña mediática destinada a convencer a la opinión pública de que Estados Unidos de América está en peligro porque está siendo atacado por... Albania. De ahí surge una serie de noticias falsas y vídeos grabados ad hoc para «difundirlos» en los medios de comunicación y hacer plausible la situación de peligro.

 

Una práctica y una filosofía que recuerdan mucho a lo que está sucediendo en estas semanas…

 

La intención del director es poner al descubierto la capacidad engañosa del poder y la terrible eficacia de los instrumentos de manipulación a su servicio. Si no es funcional a los fines de quienes controlan el sistema, incluso la verdad se convierte en un adorno inútil, un error que siempre se puede corregir con la ayuda de un buen productor y un equipo adecuado.

 

Cortina de humo” narra una doble manipulación. Por un lado, está la capacidad del poder para utilizar medios sofisticados con el fin de ofrecer a los medios de comunicación una verdad falsa, inventada de la nada y, precisamente por eso, aún más perfecta y creíble que la realidad; por otro, la facilidad con la que los instrumentos de comunicación logran difundirla, amplificarla y transformarla en emoción.


Sin embargo, si todo se limitara a esto, no sería nada nuevo. Muchas películas han contado la sutil relación entre el poder y la información «creativa». La especificidad de “Cortina de humo” reside en la ligereza juguetona con la que se mueven los protagonistas, sorprendente y decididamente más eficaz que la seriedad con la que se ha abordado el tema en otras ocasiones.

 

Entre las escenas más increíbles y, en cierto modo, impactantes estaban aquellas en las que el teatro de guerra se recreaba dentro de un estudio cinematográfico con la ayuda del “chroma key” y los gráficos por ordenador que ciertamente en 1997 aún estaban en sus inicios.

 

Si la crítica de todo el mundo la elogió, si el jurado del Festival de Berlín le concedió el Oso de Plata, en Estados Unidos de América fue recibida con cierta frialdad y acusada de «cinismo». Quizás porque no se apreciaban demasiado las reflexiones irónicas sobre las guerras que surgían de los diálogos entre De Niro y Hoffman...

 

Hoy reflexionaba precisamente sobre esto cuando veía las noticias de las fotografías del actual presidente norteamericano en el “caso Epstein” y de los excesos y asesinatos del celo policial en Minneapolis.

 

¡Qué fácil es diseñar y hacer ejercicios distracción para alimentar a la opinión pública - que si Venezuela, que di Groenlandia, que si Irán, que si... -!


En aquella época aún no se hablaba de «fake news», pero “Cortina de humo” fue realmente una película profética al ilustrar lo que el poder puede hacer cuando quiere desviar nuestra atención, o confundir la realidad, o inventar otra verdad… Se dice que la realidad supera, y con creces, la imaginación de los artistas.

 

Cortina de humo” sigue siendo emblemática por el hecho de que en la película es un Estado democrático el que está en el centro de este engaño… uno hasta se puede imaginar lo que puede hacer el aparato de ese Estado democrático en manos de su presidente Donald Trump.

 

La propaganda siempre ha utilizado tanto armas sutiles como estiletes como otras más contundentes como misiles con el único objetivo de influir en la opinión pública, y si antes solo teníamos que cuidarnos de la prensa, la televisión y el cine, hoy son las redes sociales y la web los nuevos campos de batalla donde se juega la partida para captar, al mismo tiempo, nuestra atención y nuestra distracción.

 

A nosotros, los «espectadores», solo nos queda el arma del análisis en profundidad para intentar hacer frente a este gigantesco espectáculo del entretenimiento informativo… mientras algunos u otros quieren distraernos, entretenidos y divertidos, de aquellas noticias que ponen de manifiesto, negro sobre blanco, la calidad democrática de un Estado como Estados Unidos de América en manos de un presidente con semejante calado ético y moral humano como el de Donald Trump.


En los 250 años de historia de los Estados Unidos de América se ha documentado tal vez por primera vez que su Presidente fuera amigo íntimo y compañero habitual en la vida social de un pedófilo condenado y traficante sexual.

 

Es verdad. En los llamados archivos Epstein no hay pruebas directas de la culpabilidad de Donald Trump: hay pruebas circunstanciales, acusaciones nunca investigadas, insinuaciones…

 

Pero Donald Trump no es simplemente otro nombre en los archivos. Es un Presidente ya condenado años atrás. Los estadounidenses lo votaron no una, sino dos veces. Sabían a quién estaban eligiendo. Y no les importó.


Todo lo anterior para decir que la cortina de humo parece que es efectiva y funciona.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...