La libertad del Evangelio
Hay un momento en
el que las palabras del Evangelio dejan de ser palabras leídas y se convierten
en heridas abiertas. No consuelan de inmediato.
Primero
escarban. Primero descorchan el velo. Primero acallan el ruido de nuestras
justificaciones, de nuestros proyectos, de nuestras pequeñas grandezas
construidas con esfuerzo y defendidas con miedo.
En esa hora de la
tarde, cuando el mundo parece por fin bajar la voz, esos versículos vuelven a
resonar con una fuerza inesperada: no como un juicio que humilla, sino como una
luz que revela.
Leídos en el
contexto social y político en el que vivimos cada día, adquieren un peso casi
insoportable.
Vivimos inmersos
en una cultura meritocrática que nos educa, a menudo sin que nos demos cuenta,
a medir el valor de la persona en función del rendimiento, del éxito, de la
visibilidad, del dinero acumulado y de las cosas que se poseen.
Se nos insta
continuamente a ser mejores que los demás, más eficientes, más competitivos,
más reconocidos.
La identidad se
confunde con el resultado; el sujeto queda reducido a la cantidad de lo que
produce, compra, exhibe, controla.
Y así, poco a
poco, aprendemos a mirarnos con los ojos del mercado, a valorarnos como
mercancías, a temer toda fragilidad como si fuera una derrota.
Por eso el
Evangelio duele.
Duele porque no
se deja domesticar. Duele porque entra en nuestra vida cotidiana como una
palabra ajena, y sin embargo más verdadera que todas las palabras que nos
repetimos. Duele porque pone al descubierto nuestra nada, no para despreciarla,
sino para liberarla de la mentira.
Y desvela la
falsedad de muchos proyectos humanos en los que invertimos todas nuestras
energías: carreras perseguidas como salvación, riquezas defendidas como
garantía, reconocimientos buscados como amor, poder confundido con solidez.
Y, sin embargo,
precisamente lo que prometía llenarnos, a menudo nos vacía.
En lugar de
generar alegría, genera ansiedad; en lugar de abrirnos al amor, nos encierra en
el miedo; en lugar de entregarnos al sentido profundo de la existencia, nos
deja cansados, dispersos, empobrecidos interiormente.
En esa hora de
la tarde comprendemos que el problema no es simplemente poseer algo, sino ser
poseídos. No es el dinero en sí mismo, sino el engaño que lo acompaña: la
promesa silenciosa de poder bastarnos a nosotros mismos, de poder salvarnos por
nuestra cuenta, de poder comprar seguridad, dignidad, futuro.
El dinero,
cuando se convierte en criterio último, no se queda en las manos: se cuela en
la mirada, moldea los deseos, organiza las relaciones, establece quién cuenta y
quién no.
Y entonces el
Evangelio viene a romper el hechizo. Nos recuerda que una vida vale no por lo
que acumula, sino por lo que da; no por lo que retiene, sino por lo que sabe
compartir; no por la fuerza con la que se impone, sino por la libertad con la
que se entrega.
Jesús se nos
aparece, en esa hora de la tarde, como un hombre radicalmente libre.
Su libertad no
nace de la improvisación ni de un gesto heroico aislado. Es una libertad que ha
madurado lentamente, en los años ocultos del silencio, de la adolescencia y de
la juventud, en esa larga etapa en la que el Hijo aprendió a escuchar al Padre
en la vida cotidiana, en el trabajo, en las relaciones sencillas, en la espera.
Antes incluso de
hablar a las multitudes, Jesús habitó en el silencio. Antes de liberar a los
demás, dejó que la libertad creciera en él como un manantial profundo.
Esta libertad
es, ante todo, interior.
Jesús es libre
de la prisión de los preceptos religiosos cuando estos dejan de servir a la
vida y se convierten en instrumentos de control. Es libre de una religión
reducida a una carga, de un culto sin misericordia, de una ley utilizada para
separar a los puros de los impuros, a los justos de los pecadores, a los dignos
de los indignos.
Su obediencia al
Padre no le hace rígido, sino infinitamente humano. Por eso puede acercarse a
los excluidos, sentarse a la mesa con quienes son considerados perdidos,
devolver la dignidad a quienes habían sido borrados, y anteponer la compasión
al prestigio religioso.
Pero su libertad
es también exterior: libertad respecto a las cosas, a la acumulación, a la
seducción de la posesión, al engaño del dinero.
Jesús no
necesita defenderse a sí mismo a través de lo que posee. No construye su
identidad sobre bienes, títulos ni garantías. Su riqueza es la relación con el
Padre y, precisamente por eso, su vida se convierte en un espacio abierto para
los demás.
Solo quien es
libre es capaz de vivir desinteresadamente. Solo quien no es prisionero de su
propio yo puede compartir la vida y las cosas con las personas que encuentra en
el camino. Solo quien no tiene que demostrar continuamente su valía puede
inclinarse hacia los más débiles sin sentirse menospreciado.
Aquí el
Evangelio se convierte en juicio sobre la historia. Porque los más débiles, los
excluidos, aquellos que han sido apartados de la vida no son incidentes
fortuitos del camino humano. A menudo son el producto de los mecanismos de
muerte puestos en marcha por los hombres de poder: sistemas económicos que
descartan, lógicas políticas que dividen, estructuras religiosas que condenan,
relaciones sociales basadas en la competencia y la indiferencia.
El Evangelio no
nos permite espiritualizarlo todo para no ver nada. La libertad de Jesús
siempre tiene un rostro concreto: se fija en quienes están al margen, se
detiene ante quienes no cuentan, devuelve la dignidad a quienes han sido
invisibilizados.
Hay, pues, un
camino de liberación que recorrer. No una huida del mundo, sino una nueva forma
de habitarlo. No un desprecio por la vida, sino el descubrimiento de su verdad
más profunda.
Este camino pasa
por una conversión de la mirada: aprender a no medir ya a las personas según su
utilidad, a no identificar la felicidad con la posesión, a no confundir la
seguridad con la acumulación, a no buscar la salvación en el consenso de los
demás.
Es un camino
arduo, porque exige desaprender lo que hemos respirado desde el principio. Pero
también es un camino luminoso, porque cada desprendimiento abre un espacio,
cada renuncia libera un deseo, cada gesto gratuito devuelve la vida.
Las páginas del
Evangelio nos revelan este camino. Leído, meditado e interiorizado, el
Evangelio se convierte en un inmenso tesoro espiritual: no un libro que poseer,
sino una palabra que dejar que penetre lentamente en el corazón; no una
doctrina que utilizar contra alguien, sino una luz que, ante todo, nos juzga y
nos consuela a nosotros mismos.
En esta hora de
la tarde, cuando nuestras certezas vacilan y nuestros ídolos pierden
consistencia, esta palabra ilumina nuestros pasos. No elimina la oscuridad,
pero nos enseña a atravesarla. No nos sustrae de la historia, sino que nos hace
capaces de permanecer en ella sin ser esclavos de ella.
Entonces, el
dolor provocado por esos versículos se convierte en gracia.
Nos hieren
porque quieren curarnos. Nos desestabilizan porque desean liberarnos. Nos
desenmascaran para que podamos, por fin, dejar de vivir escondidos tras
máscaras de éxito, eficiencia y posesión.
En el silencio
de esta hora de la tarde, el Evangelio nos conduce hacia el espacio de la
libertad: un espacio pobre y vastísimo, desnudo y fecundo, donde ya no estamos
obligados a ser mejores que los demás, sino que simplemente podemos
convertirnos en hermanos y hermanas; donde ya no tenemos que acumular para
sentirnos vivos, sino que podemos dar porque, por fin, la vida nos ha
alcanzado.
P. Joseba
Kamiruaga Mieza CMF