Mostrando entradas con la etiqueta Libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libertad. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de septiembre de 2026

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -.

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -

Jesús se encontró ante una clase religiosa que, poco a poco, había perdido el contacto con la realidad.

 

No se trataba solo de una rigidez moral o de un exceso de celo: había ocurrido algo más profundo.

 

La Ley, que había surgido como luz para guiar el camino del pueblo, había sido despojada de su espíritu original.

 

Lo que Dios había dado para que Israel pudiera caminar por el sendero de la vida se había convertido, en manos de los hombres de religión, en un sistema cerrado, una red de obligaciones capaz de aprisionar la existencia en lugar de protegerla.

 

En el Antiguo Testamento, los mandamientos no aparecen como una carga arbitraria impuesta desde arriba, sino como una palabra de alianza.

 

Dios señala a su pueblo un camino para que no se pierda, para que no entregue su libertad a los ídolos, para que aprenda a vivir en la justicia, en la memoria, en la fraternidad.

 

El mandamiento es, por tanto, un umbral abierto hacia la vida: educa el deseo, protege al débil, recuerda al hombre que no es dueño absoluto del mundo, sino un hijo llamado a recibir y a compartir.

 

Pero con el paso del tiempo, cuando el mandamiento se separa de la vida concreta de las personas, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

 

Ya no remite al Dios que libera, sino al control de quienes pretenden poseer a Dios. Ya no abre un camino, sino que establece límites insuperables. Ya no acompaña al hombre en su fragilidad, sino que lo juzga desde fuera.

 

Es aquí donde tiene lugar el proceso más peligroso: el vaciamiento del significado.

 

La forma permanece, pero el corazón está ausente; la norma sigue pronunciándose, pero ya no lleva en su interior el aroma de la misericordia.


Cuando la Ley se convierte en instrumento de opresión, significa que ha dejado de servir a la vida.

 

Una Ley nacida para hacer la existencia más humana puede transformarse, si es manipulada por el poder religioso, en una carga insoportable.

 

Entonces el sábado, que debía ser memoria de la liberación y espacio de descanso, se convierte en tribunal; el precepto, que debía proteger al hombre de la esclavitud, se convierte él mismo en una nueva esclavitud.

 

En nombre de Dios se acaba haciendo insoportable la vida que Dios mismo ha amado y bendecido.

 

Jesús se adentra en este engaño y lo desenmascara, no aboliendo el mandamiento, sino devolviéndole su significado profundo.

 

Él no desprecia la Ley: la lleva de vuelta a su origen.

 

Muestra que cada palabra de Dios se da para que el hombre viva, para que la mujer y el hombre recuperen la dignidad, el respiro, la posibilidad de un futuro.

 

Por eso puede decir que el Hijo del Hombre es señor del sábado: no porque el sábado carezca de valor, sino porque su valor reside en servir a la vida del ser humano; como recuerda el Evangelio según San Marcos 2, 27: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado».

 

En Jesús, el mandamiento vuelve a ser un amanecer: no una piedra colocada sobre el pecho de los vivos, sino una luz que surge para orientar los pasos.

 

La verdadera fidelidad no consiste en custodiar una norma vacía de su esencia, sino en dejarse guiar por su sentido más profundo.

 

El mandamiento es un don precioso cuando señala el camino de la vida y no el de la muerte, cuando abre a la libertad y no al miedo, cuando genera misericordia y no condena.

 

La religión, entonces, ya no es una prisión construida en torno al nombre de Dios, sino el espacio en el que el hombre vuelve a aprender a respirar, a reconocerse como hijo, a caminar en la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La libertad del peregrino para ponerse en camino.

La libertad del peregrino para ponerse en camino

Quien dice habitar en el Espíritu, pero permanece encadenado a sus propios límites, se miente a sí mismo.

 

La dimensión del Misterio no es un puerto seguro donde amarrar, sino un océano sin orillas que exige el valor de zarpar.

 

¡Ay de quienes se quedan quietos!

 

La vida sedentaria del alma es la tumba de la profecía.

 

Hemos construido recintos alrededor de nuestras tareas y muros alrededor de nuestros lugares, llamándolos seguridad. P

 

ero el Espíritu del Misterio no se deja secuestrar por nuestras costumbres, ni se domestica con la repetición de gestos vacíos de fuego.

 

Él es el Misterio del Éxodo, el soplo que empuja hacia fuera, la voz que llama a caminar por senderos que aún no existen.

 

Entremos en la nueva dimensión.

 

Acoger al Espíritu significa rasgar el velo del tiempo lineal y del espacio limitado. Es nacer a una libertad que el mundo no conoce: la libertad de no estar definidos por lo que hacemos, sino por Aquel que nos llama.

 

No somos nuestro papel, no somos nuestra tierra; somos caminantes del Infinito, dispuestos a cambiar de rumbo al más mínimo susurro del Viento.


No hay vuelo sin raíces sumergidas en el silencio. Nadie puede decirse libre si no se nutre a diario del Misterio, en un diálogo que no conoce descanso.

 

La libertad no es ausencia de vínculos, sino el abrazo constante con la Fuente. Todo fluye de Él y a Él todo debe volver.

 

Sin este contacto íntimo, perseverante y prolongado, vuestra libertad se convertirá pronto en un nuevo desierto, y vuestro movimiento en una huida vana.

 

Que este sea, pues, nuestro camino: busquemos su rostro en lo secreto, para ser fuego en la plaza. No temamos lo incierto, pues quien pertenece al Espíritu no tiene dónde recostar la cabeza, pero posee el universo entero.

 

La libertad espiritual no es la facultad de hacer lo que uno quiere, sino la capacidad de convertirse en lo que uno es en lo más profundo, liberándose de las cadenas invisibles que nos esclavizan.


Salir de la vida «sedentaria».

 

No se trata solo de movimiento físico, sino de desapego interior.

 

La libertad espiritual es la capacidad de habitar el mundo sin poseerlo.

 

Quien es libre no pertenece a ningún lugar, sino que es un peregrino. Esto le hace inmune a los chantajes de la comodidad y la seguridad material.

 

Es la libertad de quien sabe que su patria está en los cielos (o en lo Invisible) y, por eso, puede estar plenamente presente en cualquier lugar sin ser esclavo de nada.


Esta es la parte más paradójica: solo se es libre cuando uno se une a algo más grande. Sin el contacto diario con el Misterio (la meditación, la oración, el silencio), la libertad degenera en arbitrariedad o en soledad.

 

Al igual que una cometa solo es libre de volar mientras está atada al hilo, el ser humano alcanza su máxima plenitud cuando reconoce que «todo viene de Él y a Él vuelve».

 

La dependencia de la Fuente nos libera de las dependencias del mundo (el juicio ajeno, las dependencias emocionales, la ansiedad por el rendimiento…).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -.

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -

Es uno de los versículos más impactantes del Evangelio por su claridad y lucidez.

 

Es un versículo que contiene una revelación de suma importancia, porque muestra lo que ocurrió a lo largo del tiempo: la sustitución de la Palabra de Dios por las tradiciones humanas.

 

Ese es el drama.

 

Sin duda, quien vivía en busca de un sentido auténtico de la vida no podía sino darse cuenta de que algo no funcionaba en el sistema religioso de Israel.

 

La relación con Dios, en lugar de ser libre y vivirse en un clima de libertad, estaba condicionada por el dinero y por una insoportable maraña de preceptos.

 

¿Cómo se puede aprovechar la dimensión de la vida que tiene que ver con la sensibilidad personal y comunitaria, además del delicado hilo que nos une al Misterio?

 

Y, sin embargo, ocurrió precisamente lo que era imposible siquiera imaginar.

 

Este fue el gran descubrimiento de Jesús que, una vez manifestado públicamente, provocó su muerte.

 

Es una gran tentación para todos aquellos que ostentan el poder religioso: manipular lo sagrado, manipulando las conciencias.

 

Al fin y al cabo, es fácil manipular una conciencia cuando se encuentra en un momento delicado de la vida y, por ello, recurre a Dios y a sus mediadores.

 

Hay que ser verdaderamente despiadado para no respetar el alma de una persona desesperada o que está viviendo un momento de gran angustia.

 

Hay que tener la conciencia totalmente envuelta en el mal para actuar como los chacales, dispuestos a abalanzarse sobre quienes se encuentran evidentemente en un estado de debilidad, incapaces de defenderse y, por ello, presas fáciles para personas sin escrúpulos.


Que todo esto pueda ocurrir en un ámbito religioso es de lo más sórdido, porque está en juego la conciencia personal.

 

Aprovecharse de una persona que acude en busca de ayuda, que siente todo el peso de su propia fragilidad y, por ello, invoca misericordia, y que, en cambio, reciba órdenes, normas o la imposición, es verdaderamente una sordidez imperdonable.

 

Por eso Jesús tiene palabras muy duras, que no dejan lugar a malentendidos. Jesús sabe muy bien el precio que tendrá que pagar por estas acusaciones, pero también sabe que su ejemplo servirá para liberar a la religión de los estafadores de lo sagrado.

 

Por desgracia, como sabemos, la historia se ha repetido incluso en formas más graves que las que Jesús había señalado. No hay fin para la miseria humana.

 

El ámbito religioso, precisamente porque tiene que ver con el Misterio de Dios, se presta, para aquellos que llegan a las altas esferas del poder religioso y son personas sin ningún tipo de pudor, a las máximas formas de explotación de las conciencias.

 

Esta es la paradoja: el espacio más sagrado de la persona humana, es decir, su dimensión religiosa, se convierte, al mismo tiempo, en el lugar más vulnerable para cualquier forma de manipulación.

 

¿Cuántos abusos psicológicos, sexuales y de poder han tenido lugar y siguen produciéndose en los espacios sagrados de nuestras Iglesias?

 

¿Cuántas personas explotadas, masacradas, humilladas que, tras haber abierto su alma al mediador de lo sagrado de turno sin escrúpulos, se han sentido abusadas?

 

En estas situaciones parece que no hay remedio para el mal.

 

Pero la esperanza que habita en nuestros corazones llenos del Evangelio nos muestra el gran amor manifestado en la cruz de Jesús, un amor que ha vencido al odio.

 

Una esperanza que va más allá de toda percepción negativa.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

Una libertad cristiana más allá de nuestras seguridades religiosas.

Una libertad cristiana más allá de nuestras seguridades religiosas

En lo más profundo y oscuro de cada uno de nosotros hay una profunda necesidad de seguridad. No es un deseo superficial, ni una simple exigencia de orden: es una sed ancestral que brota de las zonas más frágiles de nuestra humanidad.

 

Y la llevamos dentro como una inquietud silenciosa, como un temblor que no siempre sabemos nombrar, pero que acompaña nuestros pasos cuando el mundo nos parece demasiado vasto, demasiado plural, demasiado difícil de habitar.

 

Nuestra humanidad es frágil. Se expone a la multiplicidad de lo real y, precisamente ahí, siente que puede perderse.

 

El mundo no se deja reducir a una sola forma, a un solo lenguaje, a una sola interpretación. Está hecho de diferencias, contradicciones, rostros, historias, heridas y promesas. Habitarlo significa aceptar no poseerlo, no dominarlo, no encerrarlo en una fórmula definitiva. Pero esta apertura nos asusta.

 

La pluralidad del mundo hiere nuestra necesidad de control y nos obliga a reconocer que no somos dueños de la realidad.

 

Por eso, impulsados por el instinto de supervivencia, buscamos puntos de referencia estables. Necesitamos lugares interiores en los que descansar, palabras seguras, signos reconocibles, límites que nos protejan de lo indeterminado.


Pero cuando no encontramos esta estabilidad en la realidad —porque la realidad se presenta móvil, variada e irreductible—, entonces caemos en la tentación de inventarla. Modificamos los datos de lo real a nuestro antojo, los simplificamos, los adaptamos a nuestros miedos, los construimos según imágenes capaces de tranquilizarnos.

 

Así nace una tranquilidad frágil, porque se basa en un artificio. Es una paz aparente, una seguridad fabricada, una falsificación que nos permite respirar solo por un momento.

 

Pero la realidad, tarde o temprano, vuelve a llamar a la puerta. Su pluralidad se cuela por las grietas de nuestras defensas, desmiente nuestras construcciones, resquebraja nuestras certezas. Y entonces se desata en nuestro interior un conflicto: por un lado, la tranquilidad que nos hemos construido; por otro, el mundo vivo, complejo, desbordante, que no deja de provocarnos inquietud.

 

Este dato antropológico también afecta a la dimensión religiosa.

 

El ser humano, de hecho, puede llegar a construir lo sagrado como defensa contra la inquietud. No siempre lo sagrado nace de la escucha del Misterio; a veces nace del miedo al misterio. Se convierte entonces en una barrera, una estructura, un sistema de signos con el que intentamos detener lo divino, hacerlo previsible, impedir que entre en el mundo con su libertad trastornadora.

 

El proceso de sacralización del fenómeno divino se sitúa precisamente en esta línea: el hombre busca tranquilidad, no implicación; busca confirmaciones, no conversión; busca un Dios que custodie sus certezas, no un Misterio que las ponga en tela de juicio.


Por eso, el hombre religioso siente a menudo la necesidad de signos concretos, de elementos visibles, de garantías externas que suplen la certeza que no encuentra en su interior. El signo se convierte entonces en refugio, el rito en protección, la forma en un dique contra la angustia.

 

Desde esta perspectiva, la presencia de Jesús se presenta como un hecho profundamente inquietante.

 

Jesús no viene a confirmar nuestras seguridades artificiales, sino a desenmascararlas. No entra en la historia para custodiar nuestras construcciones religiosas, sino para abrir una novedad que las supera.

 

Su presencia es como una luz en la noche: consuela, pero ante todo revela; ilumina, pero precisamente por eso muestra las sombras que habíamos aprendido a ocultar.

 

Acoger la novedad del Misterio manifestado por Jesús significa, por tanto, despojarse de las propias ideas preconcebidas culturales y religiosas. Significa renunciar a las certezas construidas falsificando la realidad, dejando que sea la realidad misma, en su verdad, la que nos alcance.


Jesús no es un adorno decorativo para nuestras convicciones, no es un remiendo colocado sobre el viejo vestido de nuestras costumbres. Él es la realidad nueva, la presencia que pide espacio, la irrupción de Dios que no puede quedar aprisionada en nuestros esquemas.

 

Por eso el Evangelio habla de vino nuevo y de odres nuevos.

 

El vino nuevo no puede verterse en odres viejos sin romperlos: la novedad que trae Jesús exige personas nuevas, conciencias abiertas, corazones capaces de dejarse ensanchar.

 

No basta con conservar lo que somos y añadir un poco de religión a la superficie de la vida. Es necesario permitir que el Misterio transforme la estructura profunda de nuestra forma de pensar, de creer, de habitar el mundo.

 

La noche, pues, no es solo el lugar del miedo. Es también el lugar donde se desvanecen las ilusiones y se aprende a esperar una luz que no hemos fabricado nosotros.

 

En la oscuridad de nuestras falsas seguridades, Jesús viene como una novedad inquietante y liberadora. Nos pide que no nos defendamos del mundo, sino que lo atravesemos; que no sacralicemos nuestros miedos, sino que dejemos que se curen; que no construyamos un Dios a nuestra medida, sino que acojamos al Dios vivo que entra en la historia y abre, dentro de nosotros, el espacio para una vida nueva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La libertad del Evangelio.

La libertad del Evangelio 


Hay un momento en el que las palabras del Evangelio dejan de ser palabras leídas y se convierten en heridas abiertas. No consuelan de inmediato.

 

Primero escarban. Primero descorchan el velo. Primero acallan el ruido de nuestras justificaciones, de nuestros proyectos, de nuestras pequeñas grandezas construidas con esfuerzo y defendidas con miedo.

 

En esa hora de la tarde, cuando el mundo parece por fin bajar la voz, esos versículos vuelven a resonar con una fuerza inesperada: no como un juicio que humilla, sino como una luz que revela.

 

Leídos en el contexto social y político en el que vivimos cada día, adquieren un peso casi insoportable.

 

Vivimos inmersos en una cultura meritocrática que nos educa, a menudo sin que nos demos cuenta, a medir el valor de la persona en función del rendimiento, del éxito, de la visibilidad, del dinero acumulado y de las cosas que se poseen.

 

Se nos insta continuamente a ser mejores que los demás, más eficientes, más competitivos, más reconocidos.

 

La identidad se confunde con el resultado; el sujeto queda reducido a la cantidad de lo que produce, compra, exhibe, controla.

 

Y así, poco a poco, aprendemos a mirarnos con los ojos del mercado, a valorarnos como mercancías, a temer toda fragilidad como si fuera una derrota.

 

Por eso el Evangelio duele.


Duele porque no se deja domesticar. Duele porque entra en nuestra vida cotidiana como una palabra ajena, y sin embargo más verdadera que todas las palabras que nos repetimos. Duele porque pone al descubierto nuestra nada, no para despreciarla, sino para liberarla de la mentira.

 

Y desvela la falsedad de muchos proyectos humanos en los que invertimos todas nuestras energías: carreras perseguidas como salvación, riquezas defendidas como garantía, reconocimientos buscados como amor, poder confundido con solidez.

 

Y, sin embargo, precisamente lo que prometía llenarnos, a menudo nos vacía.

 

En lugar de generar alegría, genera ansiedad; en lugar de abrirnos al amor, nos encierra en el miedo; en lugar de entregarnos al sentido profundo de la existencia, nos deja cansados, dispersos, empobrecidos interiormente.

 

En esa hora de la tarde comprendemos que el problema no es simplemente poseer algo, sino ser poseídos. No es el dinero en sí mismo, sino el engaño que lo acompaña: la promesa silenciosa de poder bastarnos a nosotros mismos, de poder salvarnos por nuestra cuenta, de poder comprar seguridad, dignidad, futuro.

 

El dinero, cuando se convierte en criterio último, no se queda en las manos: se cuela en la mirada, moldea los deseos, organiza las relaciones, establece quién cuenta y quién no.

 

Y entonces el Evangelio viene a romper el hechizo. Nos recuerda que una vida vale no por lo que acumula, sino por lo que da; no por lo que retiene, sino por lo que sabe compartir; no por la fuerza con la que se impone, sino por la libertad con la que se entrega.

 

Jesús se nos aparece, en esa hora de la tarde, como un hombre radicalmente libre.

 

Su libertad no nace de la improvisación ni de un gesto heroico aislado. Es una libertad que ha madurado lentamente, en los años ocultos del silencio, de la adolescencia y de la juventud, en esa larga etapa en la que el Hijo aprendió a escuchar al Padre en la vida cotidiana, en el trabajo, en las relaciones sencillas, en la espera.

 

Antes incluso de hablar a las multitudes, Jesús habitó en el silencio. Antes de liberar a los demás, dejó que la libertad creciera en él como un manantial profundo.



Esta libertad es, ante todo, interior.

 

Jesús es libre de la prisión de los preceptos religiosos cuando estos dejan de servir a la vida y se convierten en instrumentos de control. Es libre de una religión reducida a una carga, de un culto sin misericordia, de una ley utilizada para separar a los puros de los impuros, a los justos de los pecadores, a los dignos de los indignos.

 

Su obediencia al Padre no le hace rígido, sino infinitamente humano. Por eso puede acercarse a los excluidos, sentarse a la mesa con quienes son considerados perdidos, devolver la dignidad a quienes habían sido borrados, y anteponer la compasión al prestigio religioso.

 

Pero su libertad es también exterior: libertad respecto a las cosas, a la acumulación, a la seducción de la posesión, al engaño del dinero.

 

Jesús no necesita defenderse a sí mismo a través de lo que posee. No construye su identidad sobre bienes, títulos ni garantías. Su riqueza es la relación con el Padre y, precisamente por eso, su vida se convierte en un espacio abierto para los demás.

 

Solo quien es libre es capaz de vivir desinteresadamente. Solo quien no es prisionero de su propio yo puede compartir la vida y las cosas con las personas que encuentra en el camino. Solo quien no tiene que demostrar continuamente su valía puede inclinarse hacia los más débiles sin sentirse menospreciado.

 

Aquí el Evangelio se convierte en juicio sobre la historia. Porque los más débiles, los excluidos, aquellos que han sido apartados de la vida no son incidentes fortuitos del camino humano. A menudo son el producto de los mecanismos de muerte puestos en marcha por los hombres de poder: sistemas económicos que descartan, lógicas políticas que dividen, estructuras religiosas que condenan, relaciones sociales basadas en la competencia y la indiferencia.

 

El Evangelio no nos permite espiritualizarlo todo para no ver nada. La libertad de Jesús siempre tiene un rostro concreto: se fija en quienes están al margen, se detiene ante quienes no cuentan, devuelve la dignidad a quienes han sido invisibilizados.

 

Hay, pues, un camino de liberación que recorrer. No una huida del mundo, sino una nueva forma de habitarlo. No un desprecio por la vida, sino el descubrimiento de su verdad más profunda.


Este camino pasa por una conversión de la mirada: aprender a no medir ya a las personas según su utilidad, a no identificar la felicidad con la posesión, a no confundir la seguridad con la acumulación, a no buscar la salvación en el consenso de los demás.

 

Es un camino arduo, porque exige desaprender lo que hemos respirado desde el principio. Pero también es un camino luminoso, porque cada desprendimiento abre un espacio, cada renuncia libera un deseo, cada gesto gratuito devuelve la vida.

 

Las páginas del Evangelio nos revelan este camino. Leído, meditado e interiorizado, el Evangelio se convierte en un inmenso tesoro espiritual: no un libro que poseer, sino una palabra que dejar que penetre lentamente en el corazón; no una doctrina que utilizar contra alguien, sino una luz que, ante todo, nos juzga y nos consuela a nosotros mismos.

 

En esta hora de la tarde, cuando nuestras certezas vacilan y nuestros ídolos pierden consistencia, esta palabra ilumina nuestros pasos. No elimina la oscuridad, pero nos enseña a atravesarla. No nos sustrae de la historia, sino que nos hace capaces de permanecer en ella sin ser esclavos de ella.

 

Entonces, el dolor provocado por esos versículos se convierte en gracia.

 

Nos hieren porque quieren curarnos. Nos desestabilizan porque desean liberarnos. Nos desenmascaran para que podamos, por fin, dejar de vivir escondidos tras máscaras de éxito, eficiencia y posesión.

 

En el silencio de esta hora de la tarde, el Evangelio nos conduce hacia el espacio de la libertad: un espacio pobre y vastísimo, desnudo y fecundo, donde ya no estamos obligados a ser mejores que los demás, sino que simplemente podemos convertirnos en hermanos y hermanas; donde ya no tenemos que acumular para sentirnos vivos, sino que podemos dar porque, por fin, la vida nos ha alcanzado.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 24 de julio de 2026

La parábola de la cabeza gacha.

La parábola de la cabeza gacha 

Una imagen que capta por un instante con el rabillo del ojo, y de la que es imposible apartar la mirada. 

Ella tiene la cabeza gacha, la mirada fija en la tarjeta de colores; hay cuadraditos, números, estrellitas; predominan el amarillo y el rojo. No puede esperar y se apoya en un cubo de basura que han dejado allí a la espera de ser vaciado, justo al lado de la puerta del estanco. Todo el deseo del mundo concentrado en una fina capa plateada que hay que rascar rápidamente, para ver si la suerte está de nuestro lado. La moda ha dotado a quienes la siguen de unas uñitas de colores afiladas, perfectas para este fin, y se ve por ahí a gente rascando con las uñas, pero la persona a la que ha visto no tiene las uñas cuidadas, ni tampoco el pelo ni la ropa. Utiliza una simple moneda. 

Otra imagen. Una joven camina por una acera de la ciudad, con la cabeza gacha y la mirada fija en el móvil. De repente, se detiene en seco y teclea algo. El señor que camina detrás de ella, a pocos pasos, choca contra ella. Él también tenía la cabeza agachada sobre el móvil, aunque en ese momento no tenía nada que escribir. Se enfrentan con palabras mordaces. Se alejan enfadados, van en la misma dirección, la distancia entre ellos se alarga solo un poco, pero si uno de los dos no levanta la vista, volverá a ocurrir. 

La cabeza gacha es una realidad y, al mismo tiempo, una metáfora de gran parte de nuestra vida. 

También está la cabeza gacha de los trabajadores sometidos a chantaje. Quien la levanta, es arrinconado, alejado, despedido… La precariedad crónica legaliza el chantaje, y ser siervos ya casi no es motivo de escándalo. Es más, en un momento dado, las redes sociales lanzan coros furiosos contra quienes denuncian la explotación: que se curtan la piel, que sepan lo que es la vida, los jóvenes están llenos de pretensiones, no saben lo que es el sacrificio,…, escriben en los comentarios. 

Pero la dignidad se aprende si se reconoce socialmente; la benevolencia, la curiosidad hacia las personas, la generosidad y el propio sacrificio se aprenden, por así decirlo, al haberlos visto en la práctica y haberlos experimentado en primera persona. Nos van moldeando poco a poco. 

La cabeza gacha con la que vivimos nuestros días es la normalización de tantas formas de esclavitud a las que nos enfrentamos sin vigor, como si hubiéramos dejado de creer que podemos actuar en contra. 

Y es que, en realidad, los cristianos somos hermanos nacidos del anuncio de la libertad más radical que se pueda imaginar. La libertad de la esclavitud del miedo y de la muerte. 

La Biblia contiene páginas preciosas que expresan el encanto que nos sorprende cuando levantamos la cabeza: desde el salmo 121, casi al principio de la historia de la salvación, «Alzo los ojos hacia los montes: / ¿de dónde vendrá mi ayuda? / Mi ayuda viene del Señor, / que hizo el cielo y la tierra», hasta el pasaje del Evangelio de Lucas 21, que habla del fin de los tiempos: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque vuestra salvación está cerca». 

Debemos decirnos a nosotros mismos que levantar la cabeza y la mirada es libertad. Es Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de junio de 2026

Yo soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma.

Yo soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma


Antes de pasar a leer esta reflexión me gustaría que vieras, y recordaras, aquella escena de la película «Invictus»: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0

 

A veces, la resistencia es precisamente una virtud indispensable. Pienso en quienes llevan años padeciendo una enfermedad incurable, en quienes se ven oprimidos por la violencia, en quienes se sienten perseguidos por toda forma de hostilidad. En quienes deben soportar fatigas que superan sus fuerzas. Pienso en quienes están viviendo momentos sombríos y de desorientación.

 

Tantas veces hemos leído un poema que encierra una fuerza impresionante. Un poema que podría formar parte del canon de la Biblia o, en cualquier caso, que podría haber sido escrito por todos y cada uno de los cristos que llevan una vida de penurias.

 

Se trata de un poema escrito por William Ernst Henley, un poeta inglés nacido en 1848 y fallecido a los 55 años en 1903. La suya es una historia de sufrimiento: a los 12 años enfermó gravemente de tuberculosis, lo que le costó la amputación de una pierna. 

La enfermedad no le dio tregua en toda su vida; sin embargo, William Ernst Henley era una persona dotada de una extraordinaria fortaleza de espíritu: se graduó en 1867 y se trasladó a Londres para iniciar su carrera como periodista. Durante los ocho años siguientes pasó largos periodos ingresado en el hospital, corriendo incluso el riesgo de que le amputaran el pie derecho. 

Él se opuso a la segunda operación y aceptó ser ingresado en The Royal Infirmary de Edimburgo, bajo el cuidado de Joseph Lister (1827-1912), uno de los médicos pioneros de la cirugía moderna. 

Tras pasar tres años en el hospital —de 1873 a 1875—, recibió el alta y, aunque el tratamiento de Joseph Lister no fue del todo satisfactorio, le permitió, no obstante, llevar una vida autónoma durante treinta años. 

Precisamente en 1875, mientras se encontraba en el hospital, escribió su poema más famoso, «Invictus» - «invencible» -, dedicado a Robert Thomas Hamilton Bruce (1846-1899). 

En lugar de afligirse, reaccionó con valentía y esperanza; no se desesperó por lo que había perdido y, a lo largo de su calvario diario, siguió mirando hacia adelante y decidió no dejar que nada ni nadie, salvo él mismo, controlara su vida: ¡yo soy el capitán de mi alma! 

También podemos recordar que este era el poema que leía cada día, para darse ánimos y no perder la esperanza, Nelson Mandela durante su cautiverio. Él conservó este poema en una hoja de papel durante su prisión, ayudándole a sobrellevar su encarcelamiento. Invictus, aquella película de 2009 dirigida por Clint Eastwood, recogía el testimonio de aquel coraje de Nelson Mandela que fue la oportunidad para unir un país.

 

He aquí el texto de este hermoso y luminoso poema: 

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
 

En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.
 

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
Y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.
 

Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino
ni cuantos castigos lleve a mi espalda:
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.
 

No lo sé si William Ernst Henley conocía las palabras que San Pablo, en el momento de la prueba, escribía a los cristianos de Corinto:

 

«De hecho, estamos atribulados por todas partes, pero no oprimidos; estamos desconcertados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; golpeados, pero no muertos, llevando siempre y en todas partes en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. De hecho, siempre que estamos vivos, estamos expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida» (2 Co 4, 8ss).

 

El final del poema es un auténtico himno a la libertad y a la responsabilidad. Tomar las riendas de mi vida y guiarla con valentía hacia la verdadera Vida. Solo así seré «invencible», «invictus», más fuerte que cualquier adversidad y cualquier miedo, porque en mí triunfa la fuerza de la vida de Jesús. 

El 18 de julio se celebra el Día de Nelson Mandela, la jornada proclamada por las Naciones Unidas en honor al primer presidente negro que liberó a Sudáfrica del apartheid. 

Esa fecha no es casual: el 18 de julio de 1918 nació en el pueblo de Mvezo Nelson Mandela, conocido cariñosamente como «Madiba». 

Nelson  Mandela fue uno de los líderes políticos más queridos del siglo XX. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1993, su lucha contra el apartheid y los años que pasó en prisión lo convirtieron en un símbolo de la lucha contra el racismo. Militante y activista, su resistencia contra el gobierno segregacionista de Sudáfrica se prolongó durante casi cincuenta años, de los cuales pasó 27 en prisión. 

En aquellos largos años de prisión, que comenzaron con su detención en 1964, tras haber organizado acciones militares y de sabotaje contra el Gobierno sudafricano, su resistencia pasiva aumentó la popularidad del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido sudafricano cuyo objetivo era poner fin a las injusticias de la segregación racial. 

«Invictus», aquel poema escrito por un hombre de hace siglos, se convirtió en el himno a la vida de Nelson Mandela, quien supo leer en él el símbolo de la invencible resiliencia humana. 

En aquella celda de Robben Island, en la que permanecería recluido durante veintisiete años, Madiba tuvo un compañero de reclusión muy especial: William Ernest Henley. Lo encontraría entre aquellas líneas y, en aquellas palabras, se reconocería a sí mismo, descubriendo que, en el fondo, parecían haber sido escritas expresamente para él. 

En aquel «Invictus» en el que el poeta parece volcar todo el amor que siente por la vida y la convicción de que el espíritu humano vence a todo, el líder de la resistencia negra en Sudáfrica encontró un mantra que repitió cada día mientras miraba más allá de aquellos barrotes que limitaban su cuerpo pero no contenían su espíritu. 

El sufrimiento de un artista y poeta británico, plasmado en el papel, se convirtió en el motor del valor de otro hombre que, en esas palabras, volvió a ver la invencibilidad del alma humana frente a las dificultades de una vida dedicada al servicio de los demás. 

Uno quiere creer que cada uno de nosotros tiene algo sólido en su interior, una fuerza que resiste cualquier adversidad. Incluso cuando las circunstancias golpean, hieren y derrumban… incluso entonces el espíritu puede permanecer íntegro y el alma libre e indómita.

 

Acabo ya mi reflexión con la escena, un poco más larga, con la que comenzaba esta reflexión: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 27 de marzo de 2026

Descansa en Paz Noelia Castillo.

Descansa en Paz Noelia Castillo

En teoría, algunas personas consideran que todo el mundo tiene la libertad de dejar de amar su propia vida y ponerle fin.

Pero luego, ante el caso concreto de una persona, todos se preguntan qué se podría haber hecho para evitar, por ejemplo, una eutanasia.

Ante la eutanasia de Noelia Castillo muchos se preguntan de quién es la responsabilidad y por qué no se hizo lo suficiente para evitarlo.

Todos sabemos que la eutanasia de una mujer joven de 25 años es triste. De lo contrario, no estaríamos hablando precisamente de esto, de qué se podría haber hecho para ayudar,…

De lo contrario, diríamos: ella lo quiso, es una elección libre, ¡hizo bien!

Creemos saber bien, aunque a veces solo inconscientemente —y son episodios como este los que despiertan en nosotros el sentido de la vida— que la vida es buena.

Precisamente por eso queremos que se haga todo lo posible para ayudar a quien piensa en la posibilidad de una eutanasia a redescubrir, en cambio, su dignidad y a no rechazar esa realidad bendita que es vivir.

Esto no quita que sea legítimo debatir también sobre el contexto en el que se ha producido ese gesto aunque sepamos que la vida hasta es un bien… en línea de principio (aunque con matices como señalaré adelante).

Y por mucho que se diga que este es un tiempo de silencio y respeto. Lo es, sin duda: pero desde la difusión viral de la noticia de esta eutanasia de Noelia Castillo, este es también un tiempo en el que necesitamos encontrar un hilo al que tratar de aferrarnos para buscar y encontrar algún sentido…

Incluso con el más que posible riesgo de caer en palabras obvias y convencionales ante la empresa imposible de adentrarse en explicaciones que den respuesta al «¿por qué?».

Yo recordaba algo, no solo ahora por Noelia Castillo, sino por cada criatura que se enfrenta a un dolor que llega a vivirse sin esperanza. Hay un umbral muy doloroso respecto al cual cualquiera, incluso una persona joven como es el caso, puede entrar en la otra cara… el de la desesperanza.

A menudo los seres humanos solemos recurrir a una frase para consolar a alguien que está pasando por un mal momento: “No te preocupes, la esperanza es lo último que se pierde”. Y parece que todos nos agarramos a ese dicho para convencernos de que todo tiene solución en esta vida… menos la muerte.

No me cabe la menor duda de que la esperanza es el motor que nos conduce hacia delante. Pero, de la misma manera, también creo que en situaciones en las que parece no existir una salida, esa esperanza puede ser lo primero en difuminarse… hasta desaparecer… y perderse.

Una segunda resonancia amplía el círculo: «¿Pero quién cuidaba de ella? ¿No tenía a nadie cerca que la apoyara?». La cuestión es espinosa. Algunos nos hemos visto en ella: ¿se puede ayudar a alguien que tal vez ya no quiere ser ayudado? ¿A alguien que es tan consciente de su fragilidad que decide abandonar la lucha y dar por perdido el combate de vivir?

La tercera resonancia podría sonar así: «¿Qué hay que cambiar en nuestra sociedad? ¿Qué hay de individual o personal (y, por tanto, irreducible) y qué hay, en cambio, de estructural (es decir, reformable y revisable) en nuestra sociedad en este tipo de fenómenos como el de Noelia?

La historia de Noelia Castillo toca fibras profundas y me impone silencio, respeto y compasión. Ante el dolor real y el deseo humano de no sufrir, el primer impulso no puede ser otro que la compasión. La forma lúcida y pública con la que Noelia comunicó su decisión también merece respeto.

Pero precisamente porque su gesto se ha convertido conscientemente en un acto público, una declaración —como ella misma quiso consciente y libremente—, es justo y necesario intentar pensar también en la dimensión pública de su elección.

Se puede estar sinceramente conmovido por su historia, llorar su fin y, al mismo tiempo, preguntarse si una sociedad que reconoce jurídicamente el derecho de la eutanasia no está dejando de ofrecer un horizonte de esperanza a los más frágiles.

La mía es una pregunta. No es una afirmación. Es solamente una duda. Y la manifiesto con el más exquisito de los respetos.

Soy de los que creo que la ausencia de un fin unívoco que se imponga a todos los seres vivos con la misma claridad indica que el fin principal por el que cada uno de nosotros está en el mundo es el ejercicio responsable de su propia libertad. Lo que significa auto-determinación.

Con mayor razón cuando se trata de la propia existencia. Y es lo que, a mi modo de ver y al fin y al cabo, ha realizado Noelia Castillo.

En otras palabras, el sentido de la existencia humana consiste en un ejercicio continuo de la libertad. Para mí el valor supremo y absoluto es la dignidad de la vida que se realiza como libertad de poder decidir sobre uno mismo.

Alguien me podrá decir que la primacía objetiva de la verdad permanece. Y, llegado el caso, yo le responderé que esa primacía no es tal que suprima la libertad de conciencia, que puede incluso llegar a rechazar la supuesta verdad.

La afirmación de la primacía de la vida como don no puede ejercerse en detrimento de quienes no reconocen ese don o ya no lo quieren. Si la vida es un don, debe seguir siendo un don y no convertirse en un yugo. Y todo apunta a que para Noelia Castillo era un yugo insoportable.

Noelia tenía ante sí un pasado, un presente y un futuro duros y despiadados. Sé que otros enfermos que sufren tratan de buscar y encontrar cada día un sentido, una forma, una dignidad nueva dentro de esa vida. Pero éste no fue el caso de Noelia.

La verdadera cuestión social hoy no es juzgar una elección tan dramática como consciente, libre y soberana de Noelia Castillo, sino esperar que nuestra sociedad siga invirtiendo todo lo que pueda en cuidar también y muy especialmente de las fragilidades.

Acabo ya.

Hay para mí, discípulo de creyente cristiano, una última resonancia que me atrevo a señalar en voz tan libre como discreta: una palabra de Jesús que resuena en mí en acontecimientos de este tipo, y a la que yo mismo, con temor y temblor, me he atrevido a hacer referencia al presidir funerales de hermanos y hermanas fallecidos: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso».

Adiós, Noelia. Descansa en aquella Paz que deseaste, porque la soñaste y te pertenecía, y que aquí no sentiste encontrarla en nosotros. Has elegido que éste era el momento para regresar a casa. No me cabe la más mínima duda de que el Padre, cuando te ha visto de lejos, ha corrido hacia ti para abrazarte y cubrirte de besos. Y se ha puesto a servirte.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...