viernes, 27 de marzo de 2026

Descansa en Paz Noelia Castillo.

Descansa en Paz Noelia Castillo

En teoría, algunas personas consideran que todo el mundo tiene la libertad de dejar de amar su propia vida y ponerle fin.

Pero luego, ante el caso concreto de una persona, todos se preguntan qué se podría haber hecho para evitar, por ejemplo, una eutanasia.

Ante la eutanasia de Noelia Castillo muchos se preguntan de quién es la responsabilidad y por qué no se hizo lo suficiente para evitarlo.

Todos sabemos que la eutanasia de una mujer joven de 25 años es triste. De lo contrario, no estaríamos hablando precisamente de esto, de qué se podría haber hecho para ayudar,…

De lo contrario, diríamos: ella lo quiso, es una elección libre, ¡hizo bien!

Creemos saber bien, aunque a veces solo inconscientemente —y son episodios como este los que despiertan en nosotros el sentido de la vida— que la vida es buena.

Precisamente por eso queremos que se haga todo lo posible para ayudar a quien piensa en la posibilidad de una eutanasia a redescubrir, en cambio, su dignidad y a no rechazar esa realidad bendita que es vivir.

Esto no quita que sea legítimo debatir también sobre el contexto en el que se ha producido ese gesto aunque sepamos que la vida hasta es un bien… en línea de principio (aunque con matices como señalaré adelante).

Y por mucho que se diga que este es un tiempo de silencio y respeto. Lo es, sin duda: pero desde la difusión viral de la noticia de esta eutanasia de Noelia Castillo, este es también un tiempo en el que necesitamos encontrar un hilo al que tratar de aferrarnos para buscar y encontrar algún sentido…

Incluso con el más que posible riesgo de caer en palabras obvias y convencionales ante la empresa imposible de adentrarse en explicaciones que den respuesta al «¿por qué?».

Yo recordaba algo, no solo ahora por Noelia Castillo, sino por cada criatura que se enfrenta a un dolor que llega a vivirse sin esperanza. Hay un umbral muy doloroso respecto al cual cualquiera, incluso una persona joven como es el caso, puede entrar en la otra cara… el de la desesperanza.

A menudo los seres humanos solemos recurrir a una frase para consolar a alguien que está pasando por un mal momento: “No te preocupes, la esperanza es lo último que se pierde”. Y parece que todos nos agarramos a ese dicho para convencernos de que todo tiene solución en esta vida… menos la muerte.

No me cabe la menor duda de que la esperanza es el motor que nos conduce hacia delante. Pero, de la misma manera, también creo que en situaciones en las que parece no existir una salida, esa esperanza puede ser lo primero en difuminarse… hasta desaparecer… y perderse.

Una segunda resonancia amplía el círculo: «¿Pero quién cuidaba de ella? ¿No tenía a nadie cerca que la apoyara?». La cuestión es espinosa. Algunos nos hemos visto en ella: ¿se puede ayudar a alguien que tal vez ya no quiere ser ayudado? ¿A alguien que es tan consciente de su fragilidad que decide abandonar la lucha y dar por perdido el combate de vivir?

La tercera resonancia podría sonar así: «¿Qué hay que cambiar en nuestra sociedad? ¿Qué hay de individual o personal (y, por tanto, irreducible) y qué hay, en cambio, de estructural (es decir, reformable y revisable) en nuestra sociedad en este tipo de fenómenos como el de Noelia?

La historia de Noelia Castillo toca fibras profundas y me impone silencio, respeto y compasión. Ante el dolor real y el deseo humano de no sufrir, el primer impulso no puede ser otro que la compasión. La forma lúcida y pública con la que Noelia comunicó su decisión también merece respeto.

Pero precisamente porque su gesto se ha convertido conscientemente en un acto público, una declaración —como ella misma quiso consciente y libremente—, es justo y necesario intentar pensar también en la dimensión pública de su elección.

Se puede estar sinceramente conmovido por su historia, llorar su fin y, al mismo tiempo, preguntarse si una sociedad que reconoce jurídicamente el derecho de la eutanasia no está dejando de ofrecer un horizonte de esperanza a los más frágiles.

La mía es una pregunta. No es una afirmación. Es solamente una duda. Y la manifiesto con el más exquisito de los respetos.

Soy de los que creo que la ausencia de un fin unívoco que se imponga a todos los seres vivos con la misma claridad indica que el fin principal por el que cada uno de nosotros está en el mundo es el ejercicio responsable de su propia libertad. Lo que significa auto-determinación.

Con mayor razón cuando se trata de la propia existencia. Y es lo que, a mi modo de ver y al fin y al cabo, ha realizado Noelia Castillo.

En otras palabras, el sentido de la existencia humana consiste en un ejercicio continuo de la libertad. Para mí el valor supremo y absoluto es la dignidad de la vida que se realiza como libertad de poder decidir sobre uno mismo.

Alguien me podrá decir que la primacía objetiva de la verdad permanece. Y, llegado el caso, yo le responderé que esa primacía no es tal que suprima la libertad de conciencia, que puede incluso llegar a rechazar la supuesta verdad.

La afirmación de la primacía de la vida como don no puede ejercerse en detrimento de quienes no reconocen ese don o ya no lo quieren. Si la vida es un don, debe seguir siendo un don y no convertirse en un yugo. Y todo apunta a que para Noelia Castillo era un yugo insoportable.

Noelia tenía ante sí un pasado, un presente y un futuro duros y despiadados. Sé que otros enfermos que sufren tratan de buscar y encontrar cada día un sentido, una forma, una dignidad nueva dentro de esa vida. Pero éste no fue el caso de Noelia.

La verdadera cuestión social hoy no es juzgar una elección tan dramática como consciente, libre y soberana de Noelia Castillo, sino esperar que nuestra sociedad siga invirtiendo todo lo que pueda en cuidar también y muy especialmente de las fragilidades.

Acabo ya.

Hay para mí, discípulo de creyente cristiano, una última resonancia que me atrevo a señalar en voz tan libre como discreta: una palabra de Jesús que resuena en mí en acontecimientos de este tipo, y a la que yo mismo, con temor y temblor, me he atrevido a hacer referencia al presidir funerales de hermanos y hermanas fallecidos: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso».

Adiós, Noelia. Descansa en aquella Paz que deseaste, porque la soñaste y te pertenecía, y que aquí no sentiste encontrarla en nosotros. Has elegido que éste era el momento para regresar a casa. No me cabe la más mínima duda de que el Padre, cuando te ha visto de lejos, ha corrido hacia ti para abrazarte y cubrirte de besos. Y se ha puesto a servirte.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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