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jueves, 12 de junio de 2025

El arte de una contemplación integral: abrazar la realidad en su totalidad.

El arte de una contemplación integral: abrazar la realidad en su totalidad

La contemplación auténtica requiere un valor especial: el de no apartar la mirada cuando la realidad se presenta en toda su crudeza. A menudo confundimos la oración contemplativa con una huida hacia lo bello, lo consolador, lo armonioso. Pero contemplar significa acoger la vida tal y como es, no como nos gustaría que fuera. 

Cuando San Francisco abrazó al leproso, no estaba eligiendo lo bello por encima de lo feo, sino que estaba aprendiendo a ver a Jesús incluso allí donde la belleza parecía negada. No estaba ignorando la enfermedad, sino contemplándola como parte del misterio de la encarnación. 

La vida tiene muchos sabores, y la contemplación nos enseña que incluso lo amargo y lo salado pertenecen a la mesa de Dios. No podemos permitirnos elegir solo los aspectos que nos tranquilizan. El árbol seco no es menos digno de contemplación que la flor que florece. La naturaleza es vida y muerte, armonía y violencia, pero todo está en equilibrio. 

Durante los años de formación, oí hablar a menudo de «unificación». Era una idea extraña y misteriosa que sugería que, tarde o temprano, en la vida espiritual se podía llegar a la unidad de la persona. 

Probablemente entonces lo malinterpreté según mis expectativas, pero creía que unificar significaba que todas las dimensiones de la persona iban al unísono, en una sola dirección, sin tensiones ni contradicciones. 

¡Creo que no lo entendía! La experiencia de la vida, también la de la fe y la del espíritu, me han enseñado que el verdadero reto es, en cambio, conseguir caminar dentro de todo lo que somos contemplándolo en una visión de conjunto que ve a la persona en su realidad. Y todo es «persona». 

Este es el paso más delicado de la contemplación. Es relativamente fácil aceptar la naturaleza en su ciclicidad de vida y muerte, es más complejo contemplar sin resistencia nuestros límites, nuestras sombras, nuestros fracasos. 

Sin embargo, como enseñan los grandes maestros espirituales, es precisamente en nuestra pobreza donde se manifiesta la riqueza de Dios. No debemos fingir ser diferentes de lo que somos, ni esforzarnos por contemplar solo nuestros «mejores» aspectos. 

El santo no es aquel que ha eliminado las contradicciones, sino aquel que las ha integrado en su camino hacia Dios. 

Esta visión unificada nos libera de la fatiga de dividir continuamente la experiencia en «aceptable» e «inaceptable». Cuando contemplamos, no juzgamos: miramos. Y en este mirar sin juzgar, incluso el dolor puede convertirse en puerta hacia el Misterio. 


Tal vez el icono más perfecto de esta contemplación integral es María al pie de la Cruz. Ella no aparta la mirada de su Hijo desfigurado, no huye ante la aparente derrota de todo aquello en lo que había creído. Contempla el Misterio incluso cuando este adquiere los rasgos de la devastación.

En ese momento, María no está eligiendo el sufrimiento, está eligiendo permanecer presente a la realidad en su totalidad. Y en esta presencia total, que no excluye ni siquiera la contradicción más estridente, se realiza la contemplación más elevada.

Esta contemplación que lo abarca todo no nos vuelve pasivos ni resignados. Al contrario, nos libera para la acción. Cuando ya no tenemos que gastar energías en luchar contra la mitad de la realidad, podemos dedicarnos por completo a servir a la vida dondequiera que se manifieste. 

La contemplación, más que salir del mundo, es una forma de entrar en él de manera diferente, desde lo alto y con amor. Es una mirada que transforma, no porque cambie la realidad, sino porque cambia nuestra forma de habitarla. 

Pero es sobre todo en la relación con el prójimo donde esta forma de contemplar revoluciona nuestra vida. Dejo de buscar en el otro lo que espero, no limito mi mirada a las características positivas, sino que acojo al otro en su realidad verdadera, contradictoria, unificada... Cuando me acerco a esta mirada, experimento una chispa de la luz que ilumina la mirada de Dios sobre nosotros. 

La conclusión paradójica de este camino es que la contemplación integral no se alcanza «haciendo» algo más, sino dejando de excluir algo. Es un acto de rendición, no de conquista porque se trata dejar de intentar llegar a la fuerza donde no puedes llegar. Haz lo que puedas para caminar, pero luego siéntate y disfruta del placer de descansar contemplando el panorama.

Y contempla el panorama completo. Incluso cuando incluye el invierno además de la primavera, la noche además del día, la cruz además de la resurrección. Porque todo esto, misteriosamente, es un solo panorama: el de Dios que se revela en la historia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 10 de junio de 2025

Contemplar: mirar a los ojos de Cristo.

Contemplar: mirar a los ojos de Cristo

La contemplación de Dios en el misterio de Cristo no solo constituye el fin de la existencia humana, sino también su principio.

 

Tal y como Dios lo creó, el hombre es, de hecho, un ser contemplativo, y no es casualidad que el Adán imaginado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina espere el contacto vital del Creador mientras lo mira a los ojos.

 

Sin embargo, hay que recordar que este es el hombre antes del pecado; después ya no tendrá tanto valor y, de hecho, cuando el pecador Adán oye los pasos de Dios en el jardín, huye junto con Eva «de la presencia del Señor entre los árboles» (Génesis, 3, 8); solo después de la redención volverá a esperar ver cara a cara al Creador.

 

Esta aspiración es una consecuencia de la gratitud que la salvación suscita en el ser humano, como afirma San Pedro Crisólogo en una página de sabor casi platónico: «El amor engendra el deseo, aumenta el ardor y el ardor tiende a lo velado», dice. Y explica: «El amor no puede abstenerse de ver lo que ama; por eso todos los santos estimaban muy poco lo que habían obtenido, si no llegaban a ver a Dios» (Sermones, 147).

 

Este ardiente anhelo se satisface en Cristo, como Él mismo confirma diciendo: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan, 14, 9). Quien mira con fe a Cristo ve a Dios, y san Buenaventura describe la alegría que esto produce, caracterizando al Salvador como «el camino y la puerta (...) la escalera y el vehículo (...) el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios».

 

Por último, especifica las condiciones necesarias para «pasar» de la mera visión del hombre Jesús a la contemplación, en Él crucificado, del rostro de Dios: «Para que este paso sea perfecto, es necesario que, suspendida la actividad intelectual, todo afecto del corazón sea íntegramente transformado y transferido a Dios. Esto es un hecho místico y extraordinario que nadie conoce sino quien lo recibe. Solo lo recibe quien lo desea, y no lo desea sino quien está inflamado por el fuego del Espíritu Santo, que Cristo trajo a la tierra» (Itinerario de la mente en Dios, 7).

 

Ahora bien, el Espíritu traído a la tierra por Cristo conduce primero a la conversión y luego a la santificación. Afirma San Gregorio de Nisa: «Dios (...) se propone a la contemplación de aquellos que han purificado su corazón. Pero «nadie ha visto jamás a Dios», como afirma el gran Juan (1, 18). Pablo, con su sublime inteligencia, lo confirma y añade: «Nadie entre los hombres lo ha visto ni puede verlo» (1 Timoteo, 6, 16)».

 

San Gregorio caracteriza el impedimento de los pecadores para ver a Dios como una montaña imposible de escalar: «Esta es la roca lisa, resbaladiza y escarpada, que no ofrece en sí misma ningún apoyo o sostén para los conceptos de nuestra inteligencia. Incluso Moisés, en sus afirmaciones, la calificó de impracticable, de modo que nuestra mente nunca puede acceder a ella, por mucho que se esfuerce por aferrarse a algo y llegar a la cima».


 

Hay que observar que el Adán de Miguel Ángel casi ilustra este concepto: ve a Dios, pero corre el riesgo de resbalar del terreno inclinado sobre el que se apoya precariamente, sosteniéndose con la pierna izquierda doblada y el codo derecho.


Y San Gregorio de Nisa concluye pensando en el hombre salvado en Cristo: «Pero ver a Dios es la vida eterna. Si Dios es vida, quien no ve a Dios no ve la vida».

 

Ver a Dios es la vida eterna. La contemplativa por antonomasia es, pues, María, que, pura de corazón desde su concepción, vio a Dios en sí misma precisamente como vida. Tantos artistas la representan en estos términos precisos, como una contemplativa de rostro extático que, rezando, concibe a aquel que es la vida, Cristo.

 

Guardar la verdad de Cristo en la mente para luego concebir al Salvador en el corazón: estas son otras características de la oración contemplativa.


 

Hablando de este tipo de experiencia, San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre la oración, enseña que: «la oración o diálogo con Dios es un bien supremo. Es, en efecto, una comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo se iluminan al ver la luz, así también el alma que se tiende hacia Dios se ilumina con la luz inefable de la oración (...) El alma, elevada por medio de ella hasta el cielo, abraza al Señor (...) como el niño que, llorando, llama a su madre, el alma busca ardientemente la leche divina, anhela que se cumplan sus deseos y recibe dones superiores a todo ser visible. La oración actúa como mensajera augusta ante Dios y, al mismo tiempo, hace feliz al alma porque satisface sus aspiraciones (...). Es un deseo de Dios, un amor inefable que no proviene de los hombres, sino que es producto de la gracia divina. De ella dice el Apóstol: «No sabemos orar como conviene, pero el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inexpresables» (cf. Romanos, 8, 26b). Si el Señor da a alguien esta forma de orar, es una riqueza que hay que valorar, es un alimento celestial que sacia el alma; quien lo ha gustado se enciende de deseo celestial por el Señor, como de un fuego ardiente que inflama su alma».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Contemplación: el arte de la mirada de la gratitud y de la alabanza.

Contemplación: el arte de la mirada de la gratitud y de la alabanza 

La celebración de la Jornada de la Vida Consagrada Contemplativa también nos recuerda la necesidad de ofrecer una nueva mirada, de aprender a vivir el silencio de la contemplación y adoración, superando la preocupación tantas veces banal de lo cotidiano. 

Estar, de hecho, en contemplación es la única manera de abrir una puerta hacia el otro, hacia cualquier y todo otro, evitando convertirlo en nuestros deseos, en nuestras expectativas, quizá obligándolo incluso a vivir dentro de los límites y muros que nosotros mismos hemos erigido por seguridad y comodidad, olvidando que lo hemos hecho, quizá, simplemente para tranquilizarnos. 

Estar, de hecho, en contemplación es adentrarse en una mirada con una atención diferente, detenida, pausada, sosegada, tranquila, sin preocuparse por hacer preguntas, ofrecer respuestas, por…, sino tratando de mirar para comprender dónde reside el corazón. Ver, mirar, contemplar suspendiendo los juicios, ralentizar… entrenando los ojos para ver los prodigios encajados en lo cotidiano. 

Nuestros ojos, precisamente al cerrarse, pueden abrirse de verdad: por eso, por ejemplo, los adivinos y los poetas de los mitos suelen ser ciegos. No vivimos el cumplimiento del asombro porque no establecemos la intimidad adecuada con las cosas y las personas que nos rodean: somos hombres cuya capacidad de atención dura unos segundos, devoramos sin saborear, preferimos la superficie al todo. 

A nuestra generación, marcada por la prisa por la acción, se le pide que redescubra la importancia de la contemplación. La acción y la contemplación son la sístole y la diástole de la vida: cuanto más se exagera en una, más reclama sus privilegios la otra, porque el corazón sin acción se seca, sin contemplación se pudre. 

Detenerse no significa quedarse inmóvil sino estable que es lo contrario de inestable, aquel que nunca se detiene y, por lo tanto, enferma. Detenerse es crear cada día espacios de intimidad que permiten a lo cotidiano ampliar los horizontes de nuestra mente y encontrar el espacio para contemplar, sin doblarlo, forzarlo o pretender entenderlo. 

¡Hay que tener el valor de invertir en lo que podría parecer una pérdida! Pero ‘perder tiempo’ y detenerse a contemplar es la única manera de ‘ganarlo’, poniendo de relieve que lo que a veces parece tiempo perdido resulta ser, en realidad, la forma más adecuada de favorecer los procesos de aprendizaje y crecimiento, de discipulado y seguimiento. 

Detenerse significa ejercitarse en el asombro y la maravilla que, una vez más, nos propone la vida en su misterio. Marcel Proust afirmaba que «el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en ver con nuevos ojos». 

Qué difícil se ha vuelto ver la grandeza del mundo en el que vivimos. Estamos tan absortos en nosotros mismos que hemos perdido la costumbre de levantar la vista para dejarnos llenar, atravesar e iluminar por la contemplación. 

Las ciencias naturales no nos hablan de la belleza. Nos han acostumbrado a considerar la naturaleza como un objeto de estudio. Somos capaces de descifrar microscópicamente todo lo que existe, podemos definir la estructura física, analizar la composición química, medir las propiedades energéticas de cada cosa. 

Sin embargo, esto no significa que seamos capaces de discernir los vínculos que existen entre la miríada de cosas creadas; el significado de la materia, el sentido de la tierra, la orientación del mundo... Su belleza, su bondad, manifestación de Dios. 

De un tiempo a esta parte pienso que solamente los artistas ven y muestran las cosas más allá de su apariencia. Qué difícil es ver sin la Epifanía. Cada partícula de la creación lleva inscrita en sí misma una huella, un código, una orientación, de tal manera que el mundo entero se presenta como un signo que desvela y revela. 

Y el hombre puede contemplar así el cosmos no solo desde fuera, sino también desde dentro. Puede ver lo visible unido a lo invisible. Porque la belleza de lo que ve le dice lo que no ve. El caos en el mundo surge del rechazo humano del Logos, que es orden y sentido del mundo. 

Sin la luz divina, el hombre ve el universo a imagen de su propia decadencia. Ya no ve la materia unida a su sentido, sino que divide lo visible de lo invisible, separa el fenómeno de su contenido espiritual. Sin la luz divina, lo que es símbolo y lugar de encuentro con Dios, se vacía de sentido; lo que es transparente, se vuelve opaco. 

Quienes han recibido el don de una mirada contemplativa sobre el mundo, consiguen levantar el velo opaco de las cosas, consiguen devolverlas a la Epifanía original, primera, verdadera. Consiguen hacer corresponder a la Epifanía la «diafanidad», la transparencia de la creación. Consiguen manifestar el propósito, la visión con la que todo fue creado y con la que todo se mantiene en el ser. Consiguen así, al igual que la Liturgia, abrazar el mundo en un plano diferente, donde el agua, el aceite, el fuego y los colores se asumen con toda su fuerza simbólica y se incorporan a la alabanza. 

La mirada contemplativa es una mirada cautivada por las Epifanías: no es una mirada pasiva. Es la mirada contemplativa la que deja pasar la luz, la que deja pasar el Logos, la Palabra que Dios quiere decirnos. 

El arte de ver (y de desvelar y revelar) es, por tanto, una verdadera contemplación, una fuerza transformadora y creadora. Una fuerza que, a través de la transformación del corazón y de la mirada, transforma realmente también el mundo. Una fuerza que permite reconducir todo a la unidad en la verdad y en la belleza original de nuestras vidas, abriendo una ventana a la eternidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 31 de mayo de 2025

La contemplación como acto de fe.

La contemplación como acto de fe 

Una palabra poco extendida en el lenguaje popular católico, pero que indica una experiencia espiritual que se encuentra en lo más profundo de la fe. 

Cuando estamos enamorados de alguien y esa persona no está físicamente con nosotros, nuestra mente tiende a perderse en el recuerdo de los momentos bonitos vividos juntos y en la fantasía de los que podrían llegar a ser. De este modo, al escuchar nuestras emociones y nuestros sentimientos, verificamos si realmente esa persona nos atrae tanto como para elegirla como nuestro amor, consolidamos nuestra decisión de ser y vivir para él o ella y podemos presagiar nuestra vida futura juntos. 

La contemplación es lo mismo. Antes del cristianismo, la palabra indicaba la delimitación mental de un espacio del cielo en el que se podía observar y describir el vuelo de los pájaros y el movimiento de las estrellas. Es decir, ponerse delante de una ventana que nos abre al infinito y dejar que esto entre en resonancia interior con el infinito que hay dentro de nosotros. 

Cuando estamos enamorados de Jesús, esta experiencia adquiere tonos de asombro, de maravilla, de agradecimiento por el amor infinito que Él nos tiene y por el valor que tenemos para Él. 

La contemplación cristiana, por lo tanto, nos permite verificar si Jesús nos ama tanto como para elegirlo como nuestro amor, consolidar nuestra elección de ser y vivir para Él y presentir la infinita belleza de nuestra vida futura juntos, en su Reino. 

Una experiencia que tiene sus raíces ya en el Antiguo Testamento, con Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,3); o con el profeta Elías en el monte Horeb (1 Re 19). Pero, sobre todo, una experiencia que se sitúa en el centro de la vida espiritual del mismo Jesús, quien, según el Nuevo Testamento, especialmente en Lucas, dice hasta diez veces que contempla al Padre. 

Y de la que tenemos testimonio, en los creyentes, a lo largo de los dos mil años de cristianismo, desde el siglo I hasta hoy. Una experiencia que no se improvisa, que hay que buscar sobre todo refugiándose en el silencio, delimitando espacios y tiempos específicos, y activando el deseo de estar en su presencia: «Mi corazón ha dicho de ti: «Buscad su rostro»; tu rostro, Señor, yo lo busco. No me escondas tu rostro» (Sal 26, 8). 

Una experiencia que moviliza todo nuestro ser, desde la cabeza hasta el corazón y el cuerpo, y hace posible una fe espiritual y carnal al mismo tiempo. Hasta hace 30 o 40 años, era una experiencia que solo se consideraba posible para algunos que tenían una vocación a la relación mística con Cristo, suponiendo que el fiel común podía vivir su fe dentro de las formas de relación con Dios definidas por los ritos religiosos clásicos. 

Hoy en día, se tiende a pensar, en cambio, que este tipo de experiencia espiritual es la base de una fe auténtica que ya no puede apoyarse en el contexto cultural en el que se vive, sino en la calidad de la experiencia individual en la relación personal con Cristo. 

Ciertamente, no todos pueden pensar en alcanzar las cimas de la contemplación mística que nos han contado los grandes santos: Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, por citar solo algunos de los más conocidos. 

Pero todos podemos intentar encaminarnos hacia esta experiencia, porque contemplar es la prueba más verdadera de una fe menos religiosa y más espiritual y carnal al mismo tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 26 de mayo de 2025

Aprender a contemplar.

Aprender a contemplar 

La contemplación no es una cima de la vida espiritual reservada a los místicos o a los monjes, sino una operación del Espíritu pertinente a la vida cristiana y que, por lo tanto, concierne al cristiano como tal.

 

La contemplación es un espíritu de síntesis al mirar los acontecimientos, las personas, las cosas. Es la capacidad de tener una visión global de la realidad que permite captarla en sus justas proporciones. Se trata de una actitud poco natural para el hombre maduro, un don que poseen más naturalmente los niños y algunos ancianos, pero que es menos habitual en los jóvenes, en las personas adultas y maduras.

 

Por eso es necesario ejercitarse en la contemplación, esforzarse por adquirir esa capacidad de síntesis que permite captar y ver las cosas y las personas en sus justas proporciones. La mirada analítica nunca debe impedir ver el todo como algo compacto y armonioso, nunca debe prevalecer sobre la mirada sintética.

 

La contemplación es capacidad de pensar y ver en grande, grandeza de visión. Quien se preocupa y se detiene en las cosas pequeñas no es contemplativo. Incluso en el análisis de nuestra historia personal de gracia y pecado, si somos contemplativos nunca nos bloqueará un pecado, el episodio de una caída, ni nos obsesionará el recuerdo de los fragmentos negativos de nuestra vida, impidiéndonos captar lo positivo que hay en la mirada misericordiosa de Dios sobre toda nuestra existencia. Los accidentes de la vida no desvían al contemplativo de su camino, porque en realidad su forma de ver y pensar en grande lo hacen soberanamente libre en la plena confianza en Dios.

 

La contemplación es un espíritu de longanimidad que se alimenta de la paciencia en las dificultades y los sufrimientos padecidos. Es una cualidad de perseverancia y constancia que nunca desemboca en el endurecimiento. Las injusticias, las dificultades, las amarguras que nuestra vida y los demás pueden causarnos corren el riesgo de endurecernos. El espíritu de longanimidad, en cambio, permite no dejarse llevar por la impaciencia y las preocupaciones: de hecho, lleva al contemplativo a mirar las cosas y los acontecimientos con los ojos mismos de Dios y ya no con los suyos.

 

Percibir en los demás solo los pecados y las injusticias responde a nuestra forma parcial de mirar, pero la mirada del contemplativo tiende a captar al otro en la totalidad de su persona y en todo el arco de su camino de pecado, sí, pero también y sobre todo de gracia.

 

La contemplación es un espíritu de desapego, la capacidad de relativizar todo lo que no es Dios. La gracia da alegría a quien sabe acogerla, y el contemplativo es capaz de medir lo que conquista (que es poco) y lo que Dios le da (que es mucho, es inconmensurable). Por eso, el contemplativo tiende a la flexibilidad, obedece y es fiel a la historia, a los acontecimientos, y no se deja arrastrar por ellos, sino que sabe transfigurarlos y recapitularlos en Dios.

 

La contemplación es espíritu de asombro y de agradecimiento: todo es gracia abundante y plena a los ojos del contemplativo. Él conoce la gracia de Dios como preveniente, y entonces da gracias, hace de su vida una doxología, un canto de alabanza, un agradecimiento continuo y cotidiano hasta la muerte.

 

La contemplación es atención al tiempo, a las horas y a los días, porque en el tiempo está encerrado el desarrollo de toda la vida. El tiempo de la propia vida, el paso de los años, el cambio de edad: todo esto es unificado por el contemplativo en una sucesión que tiene en cuenta el crecimiento humano y espiritual y la intervención de Dios en su vida.

 

La contemplación es espíritu de discernimiento, de clarividencia tal que los contemplativos llegan a poseer una mirada que atraviesa las cosas y escruta a las personas. El gran fruto del discernimiento es el desvelamiento de las cosas (apokálypsis-apocalipsis), que es siempre obra del contemplativo que ha aprendido el arte y ha recibido el don del discernimiento en la larga y dura ascética del desierto y del retiro.

 

Todo esto está ordenado a la paz y a la caridad, los grandes dones que provienen del retiro y de este camino que conduce a la contemplación: la paz profunda, la paz del corazón que se manifiesta en una actitud ágape, de amor, hacia los demás y hacia la creación misma.

 

El cristiano debe saber que hay un precio que pagar por su vocación a ser hombre de paz que anuncia la paz (cf. Lc 10,5) y hombre de caridad, que cumple la ley amando a los demás (cf. Rom 13,8.10). Este precio es la ascética que permite que la gracia de Dios actúe en él.

 

Todo es gracia, todo es don de Dios: el esfuerzo de la ascética, de la profundidad, del retiro, de la soledad,…, no hace más que preparar las condiciones para que la gracia actúe en nosotros



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cuando Dios habla al corazón.

Cuando Dios habla al corazón

Rezo todos los días y sigo aprendiendo a rezar. Rezo sobre todo con la Liturgia de la Iglesia y, por lo tanto, con los Salmos. Mi oración ha cambiado con los años, se ha vuelto cada vez más contemplativa, recurro menos al libro y abro mi corazón, a veces árido, a veces turbulento, a veces sufriente, ante Cristo, ante el Dios de Jesucristo.

 

Ahora, en esta etapa de mi vida, he conservado la fe y, más aún, he conservado y aumentado un gran amor por Jesucristo, el Señor, y entre muchas dudas avanzo hacia el encuentro final. Rezo, pero solo tengo una pregunta: pido misericordia; rezo, pero sé que todas las criaturas, animadas e inanimadas, rezan; rezo, pero sé que el Señor ha rezado más por mí que yo por Él.

 

He leído muchas páginas sobre la oración, muchos libros, y he estudiado y aprendido y practicado a orar. Pero cada vez más la oración me ha parecido un misterio, porque he comprendido que en la fe cristiana es ante todo escuchar a Dios en lo íntimo de nuestro ser, y porque hablar a Dios es temerario y se corre el riesgo de hablar mucho para no escucharlo. No es natural decir: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (cf. 1 Sam 3,1-18). Nos resulta más fácil decir: «Escucha, Señor, que tu siervo habla» (cf. 1 Sam 3,1-18).

 

Y luego, la oración es elocuencia de la fe, pero esta a veces se debilita, se convierte en poca fe e incluso en falta de fe. Entonces la oración puede parecer una ilusión, un hablar en el vacío, un ejercicio completamente mental porque nadie escucha. Ciertamente, entonces, la oración sigue siendo siempre un monólogo, una búsqueda de orientación, un pensar, una autoaclaración que tiene su valor humano, pero que no pone en relación al hombre con su Señor.

 

Entre la oración de los creyentes en Dios y la de los no creyentes en Dios hay una frontera no claramente trazada... Y el hecho de que la oración sea un fenómeno antropológico presente en todas las religiones, en todas las espiritualidades y culturas, es significativo: los seres humanos rezan, tienen esta increíble necesidad de gritar dirigiéndose a alguien, sienten la necesidad de invocar.

 

También existe una oración idólatra, una oración pagana, que no es conforme al Evangelio. El Evangelio de Jesucristo también juzga la oración y pide que sea conforme al canon de la relación entre un Dios padre misericordioso y un hijo confiado. Nunca puede ser lo que veía Lucrecio, un «fatigar a los dioses», no puede ser mágica, no puede ser una pretensión o imposición a Dios de nuestros deseos y nuestra voluntad.

 

La oración que recogen los Evangelios, enseñada únicamente por Jesús, el Padre nuestro, es el canon, la regla de la oración cristiana, un resumen de todo el Evangelio.

 

Los cristianos tenemos la conciencia de que cuando oramos debe venir el Espíritu Santo a orar en nosotros, enseñándonos, uniéndonos a la oración de Cristo y dirigiéndonos al Padre: ¡una oración que se abre a la comunión de la vida divina!

 

Si la oración que hacemos es esta, entonces el Espíritu Santo nos revela la voluntad de Dios, nos susurra en el corazón una palabra envuelta en el silencio que es la voz de Dios hecha voz de nuestra conciencia y podemos decir con plena confianza «¡Abba!», pronunciado de una manera que quizás nunca hemos usado ni siquiera dirigiéndonos a nuestro padre terrenal.

 

Los cristianos comprendemos bien que rezar de manera auténtica no coincide con hacer, con recitar oraciones. La oración implica el ser, no el hacer, no es una actividad entre otras, sino una dimensión, un espacio en el que penetrar, es una relación viva que se nutre de descubrimientos, de nuevos conocimientos, del crecimiento del amor.

 

Es significativo que ya en los Salmos, el orante, cuando quiere identificarse a sí mismo en la oración, llegue a decir: «Yo soy oración» (Sal 109,4) y que de Francisco de Asís, tan semejante a Cristo, se dijera que al final de su vida no rezaba, sino que se había convertido en oración. Solo así nuestro corazón está cerca de Dios.


 

¿Existe una iniciación a la oración cristiana? A partir del Antiguo Testamento, para entrar en relación con Dios, la primera actitud que hay que adoptar es la de escuchar. Si el Dios que se revela a Israel es «un Dios que habla», entonces el creyente, y por consiguiente el pueblo, es el que escucha. Escuchar no significa solo prestar atención para oír, sino inclinar toda la persona hacia quien habla.

 

Y Dios habla en lo más profundo de nosotros, en el corazón, dice la Biblia, allí donde se generan el hablar, el querer y el actuar. Su voz es silencio, y por eso hay que captarla con silencio: debe haber silencio exterior, pero sobre todo debe callar el yo, siempre locuaz y siempre dominante.

 

La voz de Dios no se escucha si no se practica escucharla, invocándola, deseándola, pidiéndola, y entonces surgirá en el corazón como voz de nuestra conciencia.

 

Esta voz será ante todo la que escuchamos y leemos en las Sagradas Escrituras. La asiduidad en la escucha de la Palabra nos capacita para escuchar la Palabra de Dios para nosotros aquí y ahora. En la acogida interior de la Palabra de Dios, esta crece con el lector, como decía Gregorio Magno, y se abre a una interpretación infinita. Sucede lo que ilustra el Salmo como gracia en la oración del salmista: «Dios ha pronunciado una palabra, dos he oído: a Dios pertenece la fuerza, a ti, Señor, la gracia, y tú darás a cada uno según sus obras» (Sal 62,12-13).

 

Y no hay que olvidar que de la escucha nace la fe, de la fe el conocimiento de Dios, y del conocimiento de Dios el amor de Dios. La palabra escuchada, meditada, rezada y contemplada es la oración por excelencia, para la sinagoga y para la Iglesia. Y la lectura orante de la Palabra es capaz de moldear toda la vida del creyente y de la comunidad cristiana.

 

Pero entonces, ¿podemos hablar con Dios? Si se tiene la precaución de hacer que la oración sea conforme al Evangelio, es ciertamente posible. Pero hay que tener presente que hoy en día, con facilidad, con demasiada facilidad, incluso en la Liturgia hay abusos que se dicen creativos, oraciones que deben mucho a la magia, a oraciones que pretenden curaciones y se envuelven en milagros.

 

El cristiano sabe que puede confiar en su relación con Dios, que puede exponerle sus necesidades y sus sufrimientos, pero siempre afirmando: «Hágase la voluntad del Señor, no la mía». Jesús nos lo enseñó: «Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?»

 

El Padre no dará las cosas que piden los hijos, aunque sean buenas, pero sin duda dará el Espíritu Santo, dará fuerza y consuelo para atravesar los sufrimientos y la muerte misma. El cristiano lleva toda su persona a la oración, lleva sus relaciones, los amores que vive, lleva la humanidad.

 

Bienaventurado el que calla sobre Dios y habla en cambio de Aquel que nos ha hablado de Dios, Jesucristo. Bienaventurado el que habla con Dios, porque nuestro Dios es un Padre, un amigo con el que se puede hablar.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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