Jornada o Día del Seminario: ¿Qué sacerdocio ministerial?
¿Qué ministerio ordenado sacerdotal?
‘Seminario’ es el
nombre que se da al espacio y al tiempo para la formación de los sacerdotes. En
el primer milenio de la historia de la Iglesia parece que la formación no estuvo
institucionalizada. Cada Obispo era responsable de la formación de sus
presbíteros aunque parece que existieron algunas escuelas episcopales y
parroquiales para la formación del clero.
El origen del ‘seminario’,
con su configuración actual, se remonta al Concilio de Trento (1545-1563), que
prescribió la necesidad de que los ministros ordenados católicos recibieran una
sólida formación humana, espiritual, intelectual y pastoral.
El canon 18 de la
XXIII sesión del mencionado Concilio de Trento proporciona indicaciones de
diversas maneras sobre el perfil ideal y la formación de los futuros ministros
ordenados: deben ser jóvenes preparados para "huir de los placeres del
mundo" y llevar una vida marcada por la "piedad y religión".
Por esta razón, los
seminarios se establecen con el doble propósito de separar un número adecuado
de adolescentes desde una edad temprana -en los seminarios "menores"-
entre los cuales identificar candidatos idóneos para una formación real para el
ministerio -en los seminarios "mayores" o seminarios-.
El criterio
fundamental para seleccionar a los futuros sacerdotes era su elección entre
aquellos que, además de saber leer y escribir, demostraran por "naturaleza
y voluntad" que estar siempre "al servicio de Dios y de la
Iglesia". Los pilares de su formación eran la Liturgia, las Escrituras y
las homilías y la vida de los santos.
En el primer milenio,
el modelo agustiniano de presbítero se refería ante todo a un servicio más
pastoral, mientras que en los siglos siguientes se vio un crecimiento en
importancia de la función más cultual.
Hoy el modelo
litúrgico no ha desaparecido en absoluto. Hay sacerdotes, incluso jóvenes, que
absolutizan algunos lenguajes antiguos y descontextualizados de la Liturgia,
olvidando que pertenecen al Pueblo de Dios, reduciendo la acción litúrgica a
una sacralidad exteriorizada, exclusivamente relacionada con sus propias ideas,
incluso con la tentación del cuidado estético de su propia imagen. En lugar de
gastarse de una manera más profética…, parecen cultivar, ¿de modo narcisista?,
en una afición más cultual.
¿No será necesario
superar una lectura jerárquico-sacralizada del ministerio ordenado concebido y
ejercitado como “promoción en el altar”?
¿Es necesario una
cierta desacralización del poder eclesiástico en el que ciertas prácticas
pastorales, liturgias, símbolos, títulos, ceremonias, estilos de
comportamiento, expectativas parecen sobre exaltar al clero en detrimento de
los no clérigos? ¿No debe refundarse más y mejor el ministerio ordenado sobre
la raíz bautismal común, no sólo a nivel de principio, sino de manera eficaz y
visible? ¿No fue el sacerdocio de Cristo, tal y como se nos relata, por
ejemplo, en la Carta a los Hebreos, de un corte más propia y decisivamente
‘existencial’?
No soy de los que
opinan que haya una crisis de ‘vocaciones al ministerio ordenado sacerdotal’
sino más bien la erosión de un paradigma de reclutamiento y formación del
clero. Y creo que es necesario repensar el modelo tridentino de formación
"separada", y que no ha sido modificado sustancialmente en ese
sentido de ‘separado’ de entonces ahora, deseando un mayor compromiso con la
vida comunitaria y con las situaciones normales de la vida.
Contrariamente a lo
que muchos creen los concilios posteriores -principalmente el más reciente
Concilio Vaticano II- no sólo nunca cambiaron la visión fundamental del
ministerio sacerdotal desarrollada en el Concilio de Trento, sino que, en
cierto modo, la hicieron aún más definida, clara y omnicomprensivo (y por
tanto, de una forma u otra, “clerical”). Insistieron en un papel extremadamente
exigente para los presbíteros católicos, que son los plenamente responsables en
la práctica más ordinaria de las tres munera,
es decir, la función de enseñar, santificar y gobernar en la Iglesia.
La verdadera novedad
de los documentos eclesiales conciliares y posconciliares es, sin embargo, la
introducción cada vez más fuerte de la idea de "vocación", entendida
no tanto y ya no como una llamada de personas individuales reconocidas como
dignas de confianza por el cuerpo eclesial para asumir una función pastoral y
de servicio al culto, sino más bien como el reconocimiento por parte de la
jerarquía eclesial de una vocación individual percibida por cada candidato en
su conciencia.
Los cambios del
Concilio de Trento hasta ahora han sido mínimos y se han referido sólo a la
adición de algunos elementos "humanos" a la formación tradicional,
junto con una estructuración mucho más sustancial y ambiciosa de los estudios
teológicos necesarios para que un candidato sea admitido a la ordenación
presbiteral.
En cierta medida, y
separado del resto del cuerpo eclesial, en una relación particular con lo
sagrado, al presbítero así ordenado se le confieren de manera única
("plena", a diferencia de lo que ocurre con el sacerdocio de todos
los fieles) las tres funciones de enseñanza, santificación y gobierno de la
Iglesia, teniendo obligación del celibato. Para cumplir una misión tan
ambiciosa, se cree que un largo período de "segregación" del mundo en
‘seminarios’ sigue siendo la solución óptima.
El seminario atrae a
estos niños/adolescentes/jóvenes porque es un lugar protegido, donde no tienen
que preocuparse por nada. La institución les proporciona todo lo que necesitan
y organiza su existencia en cada detalle, llenándola en cada rincón. En esta
lógica, los seminaristas son sujetos a resetear y reprogramar, personas a las
que lanzarles todo tipo de cosas, todo tipo de iniciativas, en el ejercicio del
ministerio ordenado conferido.
Está claro que el
primer y radical replanteamiento de la formación de los presbíteros debe
referirse al lugar donde se forman los futuros presbíteros, es decir, el ‘seminario’.
Habría que ver si el ‘refugio’ que representa la actual forma segregada y
protegida de los ‘seminarios’, lejos de atraer a las personalidades más sólidas
y adecuadas para el ejercicio del ministerio sacerdotal, constituye en realidad
un imán más óptimo para personas inmaduras que buscan seguridades y
compensaciones posibles mucho más por un estatus y protecciones propias de una
"clase" que por un camino real de crecimiento humano. Habría que ver.
La Iglesia, se suele
decir, debería liberarse del clericalismo, de la concepción de que existe una
élite, una aristocracia que, por su formación y estudios, tiene legitimidad por
su primacía sobre el resto. Habría que ver si es o no perjudicial seguir
formando jóvenes que creen firmemente en la idea de que, una vez ordenados
sacerdotes, serán seres sagrados y radicalmente diferentes.
Quizá fuera incluso necesario
cultivar el pensamiento crítico respecto de un tipo de enseñanza que se remonta
al siglo XVI y que "mitifica" la suposición de que los sacerdotes
ordenados cambiarían ‘ontológicamente’ con la ordenación presbiteral. Esta
"mitificación" se puede utilizar para reforzar una determinada
actitud de superioridad. Si así fuera, esto podría llevar a no pocos en la
Iglesia a considerar al clero como "por encima del resto de los bautizados".
Es necesario, por
tanto, archivar definitivamente la concepción de que la Iglesia está formada
por el clero y que los fieles son sólo sus beneficiarios o clientes o los
súbditos, y adquirir la conciencia de que, en la Iglesia, existe «una verdadera
igualdad sobre la dignidad y la acción común de todos los fieles en la
edificación del cuerpo de Cristo" (LG 32).
La hora de los
cambios y de las rápidas transformaciones en la sociedad y en la Iglesia exige
claramente nuevas formas de organizar la vida eclesial y nuevos estilos
diversificados de ejercicio del ministerio sacerdotal. Los caminos a seguir y
las decisiones a tomar deben buscarse, en comunidad, en la escucha atenta de la
Palabra de Dios que nos salva y su susurro en las palabras humanas tan plurales.
No se puede continuar
la formación en un modelo ministerial "agotado" en el sentido de que
fue creado en el siglo XVI. Se corre el riesgo de formar sacerdotes para una
sociedad que ya no existe, definida por una realidad social, cultural y
socioeconómica completamente nueva.
Estamos inmersos en
un proceso no sólo de imaginación, sino también de transformación que exige, en
cierto sentido, que seamos capaces de aprovechar la oportunidad que se nos
presenta. Es urgente una reconfiguración del ministerio ordenado del sacerdote,
descentralizándolo de su exclusividad como ministro, poniendo fin a la
"cultura de la separación" entre los futuros sacerdotes, las
comunidades cristianas y la sociedad.
Los seminarios siguen
siendo "burbujas", a pesar de los esfuerzos por introducir otras
dimensiones en la formación de los futuros sacerdotes en su camino formativo. Los
seminarios reflejan a la Iglesia en su búsqueda de entenderse a sí misma. Una
Iglesia, a veces, con notable cansancio institucional y con falta de claridad
sobre el qué hacer y cómo hacerlo en un cambio de época.
Se requiere una
reflexión honesta, libre de clichés y profunda para poder alinearse con los
grandes desafíos que enfrenta el mundo hoy en el servicio a las comunidades
eclesiales y en el diálogo con un mundo diferente.
El seminario no puede
ser la formación de las elites sino que debe estar abierto a otros ministerios
y otras formas de gestión de la misma Iglesia, y también al diálogo con todo
tipo de conocimientos y desafíos comunes a todos los seres humanos. Hasta sería
de desear tratar de evitar la formación de una burbuja en torno a los
seminarios.
Seguramente hasta la
fecha no existen soluciones fáciles ni proyectos ejemplares. Nadie puede
esperar simplificar la situación. Se han iniciado trabajos de investigación por
parte de distintos actores sobre las "buenas prácticas" que se están
desarrollando en los seminarios en Europa. Desconozco si se ha encontrado algún
proyecto formativo digno de ser considerado "ejemplar". El reto está
en cómo hacer la transición al nuevo modelo que todavía nadie se atreve a decir
cómo debería ser.
Sí creo, con todo,
que habría de tratar de ponerse fin a la separación de los sacerdotes del
pueblo. De lo contrario el ministerio ordenado se convierte en poder y fuerza y
pierde su razón de ser.
Es importante evitar
que el debate sobre la vocación presbiteral se limite a la "experiencia
subjetiva" de quien se siente llamado a la vida presbiteral. Hay otras
vías por explorar. Por ejemplo, una comunidad puede - como lo hace hoy, en
relación con los diáconos permanentes -, en su propia dinámica, sugerir que uno
de sus miembros se prepare para prestar un servicio a esa misma comunidad.
Los lugares de
formación podrían ser, quizá hasta lo sean en no pocos casos, espacios capaces
de generar lectura y crecimiento espiritual, capaces de generar encuentros
múltiples, y por eso no debieran ser lugares cerrados sino lugares donde se
cultivara la experimentación.
¿Cómo se forma hoy un
sacerdote, cómo se organiza la jornada del candidato al ministerio sacerdotal?
Laudes, desayuno, lecciones, comida, siesta y luego tiempo de estudio,
pastoral, vísperas, misa, cena...
Pero no se ocupan de
cocinar, comprar, lavar y planchar la ropa. Además de lavar los platos y
recoger la mesa, el tiempo se dedica mayormente a la oración y al estudio. Asuntos
más prácticos, quehaceres de gestión y domésticos… iguales a cero. Tal vez
incluso ni siquiera el esfuerzo de coger el transporte público y mezclarse con
la gente.
Existe una
desconexión entre teoría y práctica, entre una educación filosófica y
teológicamente impecable y su transferencia a la vida cotidiana de los
seminaristas demasiado "protegidos" de la realidad cotidiana, del
cansancio, de la concreción de llevar delantal y pelar patatas o planchar una
camisa.
Imbuir del Evangelio
los gestos cotidianos, no sólo las liturgias solemnes, es quizás también una
clave para una formación verdaderamente integral. El sacerdote cristiano,
llamado como todo creyente a ser otro Cristo, no puede ser "separado"
de los demás, a modo de privilegiado o de protegido. Desde el seminario tal vez
se fomente una formación básica más adecuada para los monjes que para los
futuros sacerdotes, llamados a afrontar una realidad compleja y en constante
cambio de nuestra moderna "sociedad líquida".
Un reto de fondo
reside precisamente en la estructura formativa del seminario. El contexto
cultural posmoderno y poscristiano en continua evolución está exponiendo todos
los límites de aquellas estructuras educativas religiosas que surgieron en la
era moderna, basadas en la primacía de la doctrina dogmática, canónica,…, sobre
la conciencia, de la firmeza… sobre la sensibilidad humana.
En la fase
antropológica que estamos atravesando, por ejemplo, somos capaces y, por tanto,
estamos llamados a reconocer formas muy sutiles y a menudo ocultas de defensa
del yo, estamos llamados a comprender que incluso muchas actitudes, quizás
consideradas "santas", pueden ocultar deseos inconscientes de escapar
de uno mismo. Estamos llamados a desenmascarar nuestras distorsiones
"espirituales", nuestro deseo inconsciente de ser especiales
precisamente porque nos sentimos deficientes y humanamente inconsistentes.
De hecho, es
precisamente del trabajo pobre o mal hecho en esos niveles de donde surgen
personalidades autoritarias, rígidas y frías, personalidades frágiles y
neuróticas, incapaces de relaciones auténticas, personalidades sedientas de
poder y dominio sobre las personas, en definitiva, personalidades que compensan
sus heridas no sanadas con la violencia contra niños y mujeres.
Otro elemento que
favorece esta deriva tiene que ver con los procesos institucionales de
nombramiento y asunción de roles. En no pocos casos, no siempre está prevista
para el presbítero una inserción paulatina en nuevos ambientes y roles, pero
siempre tiene un nivel de entrada demasiado alto: llega a la parroquia y,
incluso antes de conocer a nadie, ya tiene un rol superior de presbítero, es
decir, "superior" a la mayoría de fieles. El principio evangélico
según el cual los de arriba deben servir, de hecho no es del todo contemplado en
la práctica organizacional, y luego nos quejamos de la enfermedad del
arribismo.
Necesitamos recuperar
una centralidad contemplativa más auténtica, necesitamos decirnos claramente
que no puede haber ninguna experiencia espiritual de calidad que no surja de
prácticas diarias serias que nos ayuden primero a silenciar nuestro parloteo
mental y luego a prepararnos en el silencio, a escuchar, a recibir la gracia de
la Palabra de Dios.
Y el nivel cultural
también necesita repensarse en un sentido específico. Debemos desarrollar una
nueva cultura, una síntesis cultural sin precedentes que sea capaz de darnos
claves interpretativas bien fundadas de lo que está sucediendo en la tierra, en
el mundo, en la historia,…, es decir, que sea capaz de interpretar este extraordinario
punto de inflexión antropológico de una manera mesiánica, es decir, evolutiva, y
esencialmente salvífica.
Esta integración, sin
embargo, requiere también trabajo y experimentación. ¿El proceso de formación se
corresponde adecuadamente con el ejercicio de las tareas del ministerio
ordenado en las actuales circunstancias de nuestras sociedades? La extrema
fluidez de la situación actual -la liquidez a la que alude Zygmunt Bauman
también se da a este nivel- hace imposible prefigurar cuál será la fisonomía
del sacerdote en los próximos años.
Por lo tanto, las
verdaderas preguntas que debemos plantearnos son: ¿Qué ministerios son
necesarios en la Iglesia hoy? ¿Qué papel realista y no global se puede atribuir
a los sacerdotes (y a cualquier otra forma de ministerio laical y ordenado)?
"Hoy todo estado
clerical podrá recuperar cierta credibilidad" sólo si consigue
reposicionarse tras las huellas de Jesús "que no era ni monje ni
sacerdote; más bien fue profeta, poeta, viajero, visionario, médico y persona
digna de confianza, predicador viajero y trovador, arlequín y encantador de la
eterna e inagotable misericordia de Dios" (Eugen Drewermann).
Una sobreestimación
excesiva de la vocación sacerdotal en detrimento de la bautismal corre el
riesgo de embalsamar al sacerdote en el sarcófago de su cargo. El Papa
Francisco decía que la vocación presbiteral abre en el sacerdote "esa
potencialidad de Amor que recibimos el día del bautismo".
Cuando falta una
personalidad auténtica formada en la escuela del Evangelio - no en las diversas
escuelas psicológicas (¡no se trata de llenar los seminarios de psicólogos! -,
es completamente natural que el papel se convierta en la máscara de la propia
fragilidad no aceptada y la propia incapacidad para hacer frente a los desafíos
más ordinarios y normales de la vida.
El estilo evangélico
se aprende en la vida diaria, manteniendo el contacto con la realidad. Nos
convertimos en hombres y mujeres sensibles a la humanidad al vivir situaciones
humanas, y la escuela de este estilo humano sólo puede ser la vida. De hecho,
es en esa escuela de la vida donde descubrimos sorpresas, situaciones que salen
de lo común, que exigen rapidez, capacidad de nuevas respuestas, etc.
Quienes vienen de
años de adoctrinamiento, de educación en la obediencia a la doctrina, en un
ambiente artificial, exclusivamente masculino, alejado de los problemas
cotidianos de la vida, cada vez que se encuentren ante la novedad que
manifiesta la realidad, tal vez hasta queden desplazados, avergonzados,…, en una
palabra, desprevenidos y desubicados.
Surge entonces la
pregunta de cómo discernir el llamado de Dios en cuestión. ¿Es sólo un impulso
interno y personal, o también un llamado que proviene de la comunidad eclesial?
La comunidad eclesial es central en los procesos de evangelización y, cuando es
posible, puede identificar necesidades, evaluar, entre sus miembros, quién se
siente "capaz de satisfacerlas" y asumir la llamada a través de la
comunidad eclesial como "llamada de Dios".
Insistir demasiado en
la inmensa dignidad del sacerdocio, en la grandeza del ministerio ordenado en
la celebración eucarística, en la exclusividad que crea la obligación del
celibato, en el carácter eminentemente personal y exclusivamente divino de la
"vocación", en la solemnización del sacramento del orden sagrado,…, ¿no
corre el riesgo de configurar una imagen del sacerdote que, en el mejor de los
casos, ya no sostenible a largo plazo en nuestra sociedad en general y en
nuestros pueblos?
El Papa Francisco ha
destacado tres prioridades en relación con el identikit del sacerdote.
La primera es la
capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de las personas,
compartiendo sus alegrías y sus dificultades cotidianas. El Papa Francisco
subraya la importancia de "oler el olor de las ovejas" y convertirse
así en partícipes del misterio de la encarnación.
La segunda prioridad
la constituye la elección de la pobreza como austeridad y sobriedad de vida y
como renuncia a toda tentación de poder, para conquistar esa libertad interior
que nos permite solidarizarnos plenamente con el mundo de los pobres y
comprometernos nosotros mismos a su liberación.
La tercera prioridad
es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal ni
devocional, sino caracterizada por una fuerte tensión mística, capaz de
interpretar la necesidad de trascendencia que aún hoy habita en el corazón de
muchos y de convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios.
Necesitamos
urgentemente amigos y compañeros, maestros y guías que sepan caminar,
acompañar, ser amigos,…, iniciarnos en una experiencia más auténtica y directa
de las dimensiones espirituales y divinas de nuestro ser. Pero ¿hasta qué punto
nuestros sacerdotes están educados para este fin?
¿En qué medida son
ellos mismos personas más libres y felices, más íntegras, iniciadas, es decir,
capaces de emprender? ¿En qué medida la formación de los sacerdotes apunta al
libre florecimiento de sus potencialidades y en qué medida se pone al servicio
de una función más o menos burocrática que deben desempeñar? La realidad nos
ayuda también a darnos cuenta de la no pequeña complejidad y dificultad, y de
cuánta creatividad, imaginación y experimentación requiere.
Más allá de las
frases altisonantes que se pueden leer en los documentos eclesiales sobre la
formación de los futuros sacerdotes, la preparación para ser líderes
comunitarios es casi exclusivamente intelectualista; en un ambiente artificial
separado de la vida, que no permite captarla; a distancia, cuando no alejado,
de una comunidad eclesial que inspire Evangelio; más centrado en aprender y
asimilar la rectitud de la dogmática y canónica ortodoxia de una doctrina; no
cercano ni prójimo a compartir las alegrías y los sufrimientos con quienes
desean caminar con ellos por el camino trazado por el Señor. Lo que se pide al
sacerdote es que sea una obra maestra de la vida humana y esto es una gracia y
una tarea, no solamente en contacto con la vida concreta y real a la que se
pretende servir, sino en medio del pueblo al que se quiere servir.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF.
Posdata: Una imagen, decimos, vale más que mil palabras.
Una imagen dice mucho por lo que evoca en la mente del interlocutor al que te
acercas. Hay significados que se evocan y sugieren en apenas unos milisegundos
y ni siquiera nos damos cuenta de ello. La imagen puede ir y suele ir más allá
de la palabra. ¿Qué significado del ministerio ordenado se quiere sugerir con
la imagen propuesta para el Día o la Jornada del Seminario de este año 2024? Se
suele definir como sagrado "aquello que pertenece al ámbito separado, intangible e inviolable
de lo religioso y que debe inspirar temor y respeto (por oposición a lo
profano)". Para Jesús y para los profetas lo verdaderamente sagrado está
en el corazón de nuestra historia humana. No está en lo que está separado,
codificado, en manos de unos pocos. También seguramente por ello la primera
experiencia y teología cristianas del Nuevo Testamento tuvieron no pocas
reticencias en aplicar a Cristo las categorías "sacerdotales".