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viernes, 21 de marzo de 2025

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero…

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… 

Una Iglesia clerical atraerá vocaciones clericales de presbíteros, de religiosos, de laicos. Una Iglesia sinodal atraerá vocaciones en sintonía con un estilo sinodal, hecho de apertura y de discernimiento de su presente. 

Es un pensamiento que encuentro en sintonía con lo que pienso sobre el tema del clericalismo y, también, sobre los seminarios como lugares actualmente destinados a la tarea de formar a los futuros presbíteros. Y trato de explicar mi punto de vista. 

El clericalismo es una raíz enferma del ministerio ordenado presbiteral. Y entiendo por clericalismo fundamentalmente la condición de separación que aísla al clero del Pueblo de Dios y lo configura en una esfera de sacralidad, la condición de superioridad que eleva al clero por encima del Pueblo de Dios, la condición de monopolio que asigna al clero casi todos los carismas-ministerios. Y digo raíz enferma también porque supone una pérdida del carácter eminentemente laical y secular del cristianismo de los Evangelios y, por ende, de la Iglesia. 

Habrá quienes esperan que la formación de los futuros presbíteros resuelva casi todos los problemas relacionados con la figura del presbítero. En esta visión, el seminarista será un buen presbítero en el futuro si la formación, con todos y cada uno de sus recursos, habrá sido una formación adecuada, buena, óptima… 

Mi experiencia me dice que las cosas suelen ser un poco más matizadas y, ciertamente, complejas de lo que he pretendido describir, pero al final los deseos que se esconden detrás de los debates eclesiales sobre el presbítero llegan muy a menudo a esta conclusión. 

En realidad, creo que la formación del seminario es importante y cuenta aquello que cuenta… No menos. Tampoco más. De hecho, no podemos atribuir las quejas sobre el ministerio del presbítero exclusivamente al seminario (como si se tratara de una especie de pecado original). 

Por esta razón no creo que haya que debatir tanto como creo que se hace sobre el valor o no de la formación en los seminarios. Por supuesto, se trata de debates importantes, probablemente necesarios, pero tanto en cuanto, es decir, teniendo en cuenta que la realidad de la formación/seminarios es sólo un aspecto de un problema mucho más profundo que lo precede, lo acompaña y le sucede. 

Lo podría formular con una expresión un tanto cruda, pero que ayuda a transmitir la idea: "dime qué presbítero y (antes aún o mejor aún) qué Iglesia quieres, y te diré qué formación/seminario tendrás". 

No creo, es una opinión por supuesto, que los seminaristas ciertamente tomen sus modelos eclesiológicos y ministeriales de las aulas de teología, tampoco de la “burbuja” o “invernadero” del seminario, sino que los toman de su vida y experiencia de la Iglesia. 

Dicho con otras palabras, los seminaristas no toman como modelo de ministerio ordenado presbiteral,   y más generalmente de la Iglesia, tanto el que se propone en los programas de formación del seminario, como el que viven concretamente en sus parroquias y diócesis. Y, exactamente, ¿qué o cuáles son estos modelos? Sobre este punto deberíamos reflexionar más… 

El reto, sigo creyendo, debe pues ser tomado en su amplitud y complejidad, sin limitarlo a lo que puede convertirse, según los casos, en el chivo expiatorio o en la clave de solución de todos los problemas: es decir, la formación en los seminarios. 

Con todas las limitaciones y dificultades, existen también seminarios (y por tanto programas de formación) que se plantean el acompañamiento de los candidatos al presbiterado tratando de contrastar o al menos problematizar la figura del presbítero tal como ha sido percibida y vivida en el régimen de cristiandad. 

Si en el presente y en el futuro se revisan, se agrupan, se cierran los seminarios, pero sin una reforma previa del ministerio presbiteral a gran escala (poder, celibato, visión sacral, etc.), corremos el riesgo de tener seminaristas y futuros presbíteros no menos clericales,… de lo que podemos tener hoy. 

O, si se prefiere, si no afrontamos una revisión profunda del ministerio ordenado presbiteral, seguramente tendremos estructuras formativas más afinadas y (al menos en teoría) más relacionadas con la vida cotidiana, pero la pre-comprensión con la que los seminaristas asumirán la vida presbiteral seguirá siendo fundamentalmente clerical. En una palabra, siempre tendremos los mismos problemas. 

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… a la vez, por lo menos a la vez, replanteamiento y reforma de la configuración concreta y real del ministerio ordenado presbiteral. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de marzo de 2025

A un seminarista en el Día del Seminario.

A un seminarista en el Día del Seminario 

Muy estimado seminarista: 

¿Qué puedo decirte mientras te encuentras en el umbral de esta vertiginosa aventura que yo mismo confieso que aún no he comprendido del todo? ¿Qué consejo te puedo dar, si quieres un consejo de mi parte? 

Me viene a la mente el gran Rainer Maria Rilke, que en una famosa carta a un joven poeta escribió: “Nadie puede darte consejos ni ayudarte, nadie. Sólo hay un camino. Mira dentro de ti”. 

Tú también quieres ser poeta, en esa forma extrema de poesía que es el sacerdocio (ya que ni siquiera tomo en consideración la hipótesis de que quieras seguir la carrera eclesiástica) y entonces también se te pueden aplicar estas palabras, que al final se pueden resumir en una sola: Sinceridad. 

Sinceridad lúcida y decidida. Eso es todo lo que necesitas realmente. 

1.- Ser siencero ante todo con Dios: de lo poco que sé de Él, he aprendido que no le gustan los poetas de la corte, los amigos de Job, aquellos que oran sólo citando a algún gran autor, pasado o presente, como si no tuvieran una mente y un corazón propios. Entiendo, si fueras mujer ¿te gustaría que tu amante sólo te hablara usando palabras de otras personas? Pensemos en Cyrano de Bergerac. 

No hay nada malo en los libros sobre la oración, siempre y cuando recuerdes que los bancos de una Iglesia son diferentes a los bancos de una biblioteca; siempre y cuando no olvides que la oración es una lucha cuerpo a cuerpo, una lucha por la vida, un abrazo amoroso, una búsqueda sin aliento, una escalada, la demolición de un muro... cualquier cosa menos una conversación tranquila junto al fuego. 

Sonrío cuando la gente dice que “hablan con Dios como un amigo”… no es mi caso. Si no eres Moisés, y eres demasiado joven para serlo, ni lo intentes. Dios es un fuego devorador, un desierto asesino, un torrente furioso, una madre solícita, un sonido de trompetas, un guerrero y un rey, un médico y un maestro… ¿pero un amigo? Ciertamente no en el sentido que habitualmente se le da a la palabra. Si es amigo, es el más exigente, decidido y misterioso que he conocido. Los amigos hablan como iguales, ¿y cómo podrías tú ser igual a tu Señor y Maestro? Un amigo es alguien que cuida tu humanidad, pero el Señor lo conducirá a la cruz y al sacrificio. 

Pero sincero, sí, debes ser sincero con Él. Hasta la blasfemia, que a veces se transforma en oración y plegaria, hasta gritarle cuando te invada (y te invadirá, créeme) el disgusto por tu misión, sin ocultar tus dudas y tus miedos y confesándole sin miedo todos los movimientos de tu corazón, incluso los más imperceptibles y secretos. 

Sólo así descubrirás que sí, el fuego, el desierto, el torrente son verdaderamente tus amigos, pero sólo lo son después de que te hayas dejado quemar, resecar y abrumar por ellos. Sólo así descubrirás la loca e impensable alegría que se encuentra colgado de la cruz y aprenderás la danza del crucificado, sólo así conocerás la inmensa paz que se extiende en el corazón que se ha dejado partir y romper. La paz que viene de haber crucificado el propio egoísmo y puesto todo de sí al servicio del Amor. 

2.- Ser sincero contigo mismo: los mayores males en la vida espiritual provienen de la negación de la realidad, llama a tus pecados y tentaciones por su nombre, sólo así podrás sanarlos y descender a lo más profundo de tu alma para encontrar en ella la luz que te hará resurgir. Sólo a costa de una verdad, incluso despiadada, sin disfraz, podrás abrir la trampilla que te separa del agua viva que dentro de ti murmura “ven al Padre”. 

Reconoce la verdad de lo que te hace feliz y no temas a tu humanidad. Ama apasionadamente, canta a todo pulmón, llora fuerte y ríe aún más fuerte, ten el coraje de arriesgarlo siempre todo, porque bebes de una fuente inagotable y tu fuerza nunca se agotará. Nunca empieces una batalla pero combátelas y termínalas todas. 

Muchas personas se engañan a sí mismas pensando que para ser como Dios deben tratar de ser como los ángeles. Mi experiencia, sin embargo, me dice que quienes quieren parecerse a un ángel terminan pareciendo un fantasma, sin profundidad, forma ni color. 

No tienes un cuerpo, eres un cuerpo. Y tu cuerpo lleva consigo todo un mundo de olores y sensaciones y pasiones que son el color y la belleza de la vida. Aprende a hacer de ella el arpa de tu alabanza. Nunca los niegues, incluso si te harán daño. No huyas de la ola, sino súbete a ella con valentía si quieres que te lleve lejos. 

3.- Ser sincero con los hombres, especialmente con aquellos que te serán confiados. Los hombres de hoy tienen una necesidad extrema de verdad, de ser guiados en sus elecciones, de ser iluminados en su confusión. En una palabra, de un maestro, pero no te aceptarán como maestro si no saben que pueden confiar en ti y no confiarán en ti si no llegas a su mente pasando primero por su corazón. Y no puedes mentirle al corazón. Cor ad cor loquitur, sólo usando el corazón puedes hablarles. 

No tengas miedo de mostrarte débil y herido si lo estás, no es a ti mismo a quien debes guiarlos, sino al único Salvador que es Jesús, por eso no es a ti a quienes deben confiarse, sino a Él. Tú eres el acompañante, el guía, no la Tierra Prometida, y por eso se te pide una sola cosa: conocer el camino y conducir sin vacilaciones por ese sendero. De hecho, si estás débil y cansado, esto a veces será una ventaja, porque te hará comprender mejor el cansancio y la debilidad de las personas que te han sido confiadas. 

¿Tienes miedo? Haces bien en tenerlo, porque estás a punto de ser un signo humano -pequeño, falible, pecador… - de Dios. A menudo pienso en la consternación de Pedro cuando por primera vez los doce le dijeron que le correspondía presidir y partir el pan, a él, que había traicionado y negado. ¿Cómo se habría sentido? ¿Qué pensó ese día? Sólo puedo imaginarlo, pero no creo que esté muy lejos de lo que también siento cada Viernes Santo cuando hago mi postración. 

Y también de lo que sentirás un día tú cuando te impongan las manos el Obispo (y aquellos que le acompañen), cuando te postres y extiendas en el suelo, y cuando coloques tus manos en las manos del obispo. 

Dios te bendiga amigo mío y a través de ti bendiga a todos los hombres que amarás y servirás, porque Él hará de ti un gran pueblo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de marzo de 2025

Carta a un presbítero recién ordenado.

Carta a un presbítero recién ordenado

Querido hermano Timoteo: 

Eres presbítero. 

Es una conversión profunda, que debe renovarse cada día. 

Cada mañana, antes de levantarte de la cama, bendito seas si dices: «Gracias, Señor, por haberme creado, hecho cristiano y presbítero». 

Escribe en el espejo de la sacristía, o al menos en el del baño: «No soy un profesional de lo sagrado, ni un maestro de la fe: soy un anunciador del Evangelio». 

«No has sido a bautizar, sino a ser testigo del Evangelio». 

¿Recuerdas la gramática básica del presbítero? Se trata de una gramática construida sobre un cuadrilátero de certezas que deben permanecer sólidas como los cimientos de la Iglesia: 

· La Palabra de Dios es como el agua y la nieve, si cae y empapa… 

· La Palabra de Dios no está lejos, sino muy cerca del corazón, es más, está dentro. Sólo tienes que encontrar una manera de hacer contacto… 

· “Como corderos entre lobos”: no se trata de hacernos pedazos, sino de hacernos entender el mensaje: cuanto más débiles somos humanamente… 

· Nuestra tarea es anunciar. Es el Señor quien vela por que su Palabra se cumpla… 

Recuerda las palabras de tu ordenación diaconal cuando se te entregó el Evangelio: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas”. Leer, creer, enseñar, vivir la Buena Noticia de Jesús y del Reino. 

Recuerda las palabras de tu ordenación presbiteral cuando se te entregó el cáliz y la patena: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura toda tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. No es tu ofrenda sino la del Pueblo Sacerdotal. Imitar y configurar tu vida a la medida y conforme a Aquél que hizo de su existencia una ofrenda sacerdotal viva, santa, agradable al Padre.

Ten cuidado, Timoteo: debes ser estricto en que este espíritu de servicio al Evangelio no sea atacado por virus mortales, como la idolatría del presbítero que piensa: "¡No hay nadie como yo: antes de mí y después de mí, no habrá nadie como yo!" 

Otro virus que está haciendo estragos en nuestro hogar es el estrés pastoral: correr, competir, entrar en conflicto y al final… ¡descanso eterno! Aléjate de la depressio clericalis. 

Sé estricto. Si estás con Él, también podrás estar atento al servicio de tus hermanos. Los otros no son lugares de poder o escalones para emerger el ego clerical -este es un peligro que siempre está al acecho-, sino para concretar y desarrollar tu servicio al Evangelio. 

Por último, permíteme recordarte algunas reglas que pueden ayudarles a medir tu espíritu de servicio como presbítero: 

1) No maldigas los tiempos actuales: el cristianismo de costumbre inercial está a punto de terminar y está renaciendo el cristianismo por elección, por atracción, por enamoramiento. 

2) No antepongas nada al anuncio de Jesucristo, muerto y resucitado, con gestos y con palabras. Toma cada situación, cada problema, cada interés, y llévalo de vuelta allí, al centro de toda fe. 

3) Anuncia el cristianismo de las Bienaventuranzas y no te avergüences nunca del evangelio de la cruz: ¡Cristo no quita nada y lo da todo! 

4) El Evangelio debe ser propuesto, no impuesto. Nunca se lo impongas a nadie, ni siquiera a los niños, especialmente a los niños: les dejaría un recuerdo negativo para toda la vida. 

5) No te amargues por la indiferencia de los “distantes” y no invoques jamás fuego del cielo para consumirlos, sino celebra a Dios que hace llover sobre buenos y malos, justos y pecadores. 

6) Recuerda: el kerigma no es como un chicle que pierde su sabor cuanto más lo masticas. El mensaje cristiano no debe repetirse, debe releerse y reinterpretarse en la mentalidad y en el lenguaje del pueblo. 

7) Sueña con una Iglesia que sea casa, comunidad, familia,…, signo y lugar de salvación, no un club de personas perfectas. 

8) ¡No pienses que puedes comunicar el Evangelio solo! ¡Al menos 2, mejor 12, mucho mejor 72! 

9) Recuerda que los laicos no deben ser utilizados como auxiliares útiles y esforzados, sino que hay que ayudarles a convertirse en colaboradores corresponsables no tuyos sino del Reino.

10) Nunca te reduzcas a un policía de tránsito dentro de una comunidad: no eres el coordinador de actividades ni el superanimador de grupos, sino un verdadero acompañante y guía que se pone al lado.

Deseo que creas en la fuerte y dulce, inteligente y sabia presencia del Espíritu Santo y te recomiendo que reavives el don de Dios que está en ti mediante la imposición de las manos. 

Querido Timoteo, te repito lo que te escribí en mi primera Carta: custodia con diligencia lo que se te ha confiado. 

¡Gracias mi hermano! Gracias por hacer de tu vida un tabernáculo viviente de Cristo. No te escatimes nunca en amor, servicio y escucha; para que el rebaño del Señor sea tu primer pensamiento en la mañana y el último en la noche. 

Gracias por hacer una Iglesia alrededor de la mesa de la Palabra y del Cuerdo y la Sangre del Señor. 

Gracias por tu humanidad que permite encontrar la divinidad de Jesucristo a través de ti y en ti. Que en tu rostro brille el Rostro del Maestro. 

No te pido que seas perfecto, inquebrantable, un superhéroe o señales divinas. Me basta ver tu humanidad que también es la mía. Pero también escucho tus labios que me hablan de Año de Gracia, de Buena Noticia. Veo tus manos que me ofrecen el cuerpo y la sangre de Jesús. Te pido, de todo corazón, que tus vestidos huelan a rebaño. 

Porque creemos en un Padre que es pastor, en una Iglesia que no es un palacio sino un valle verde, un prado herboso. 

Perdona si con demasiada frecuencia los demás olvidan tu carne, tus dudas, tus desiertos, si no ven tus lágrimas. Por todas las veces que no notan las tormentas en tu corazón. 

¡Habla con todos! No te canses de hacer resonar la Palabra, porque en ti se escucha la Voz del Señor. 

No construyas muros con tus ovejas, convócalas, pero no te olvides de usar la misericordia con los corazones heridos. 

Eres ministro de la Iglesia en la que creemos, una Iglesia que es nuestra madre, no un juez, que nos acoge y no nos condena, una Iglesia que nos habla y no nos acusa, que nos escucha y no nos silencia. En una Iglesia que instaura la fraternidad, donde nuestros pies son el primer punto de comunión. 

Una mirada hacia abajo. Una mirada hacia la periferia. Una mirada hacia el último. Una mirada hacia la tierra. 

Donde pastores y ovejas se funden en el único gran deseo de Dios: ser perfectos en el amor entre nosotros, en Dios, hasta el final. 

Es por esto que nos reconocerán como sus discípulos. Así nos reconocerán como Iglesia. Así nos reconocerán como Amor. 

Ruego al Espíritu Santo para que siga guiando nuestros pasos hacia el cielo y que tus pasos, a través del don y del ministerio que huelen a servicio, sea para nosotros una puerta santa del amor de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


domingo, 9 de marzo de 2025

El ministerio apostólico en una Iglesia sinodal.

El ministerio apostólico en una Iglesia sinodal 

La contracción numérica del clero está poniendo en una grave crisis el modelo lateranense-tridentino de Iglesia polarizada en torno a la figura del presbítero/cura. En este contexto, no basta reorganizar los servicios religiosos sino simultáneamente repensar la identidad y las funciones de los presbíteros. En realidad hay toda una serie de modificaciones y cambios que están afectando a los individuos y a las estructuras. Por ejemplo, la red parroquial se modifica en forma de “agrupaciones peculiares” (can. 374 §2), nacen figuras ministeriales diversificadas (equipos y equipos pastorales, grupos ministeriales, asistentes pastorales...), las relaciones entre los fieles cambian. Está claro que se trata de cambiar y comprender el rostro mismo de la Iglesia. 

Siguiendo, por ejemplo, en la perspectiva parroquial, respecto a las coordenadas de la figura del presbítero en relación a la parroquia, las que nos dio el Concilio de Trento (un territorio, una parroquia, un párroco, una serie de servicios religiosos identificados como 'pastoral'), se están desmoronando. El Concilio Vaticano II, al poner en el centro la identidad del Pueblo de Dios, ha aclarado la identidad y la dignidad de todos los bautizados. En este contexto, es necesario reconsiderar la identidad y el ministerio del presbítero, concebidos como los dos focos de una “elipse ministerial”. 

De modo sintético, la modificación del rostro y de la red eclesial en Europa los desafíos actuales de la evangelización exigen, desde el ministerio ordenado, una identidad y un servicio relacional, comunitario y sinodal. 

La primera característica –relacional– se refiere tanto al estilo con el que realizar el ministerio pastoral como al modo de entender su ejercicio. 

Es un estilo de proximidad y sensibilidad humana y espiritual. Una comunidad cristiana se compone principalmente de relaciones. Hay relaciones estrechas y amplias, de participación y de simple territorialidad, con diferentes modalidades de pertenencia. 

Pero lo que lo constituye en profundidad es la red de relaciones entre quienes habitan ese contexto antropológico particular. La “cultura del encuentro” es el contexto que promueve el diálogo, la solidaridad y la apertura hacia todos, resaltando la centralidad de la persona. Es necesario, pues, que la comunidad cristiana sea un «lugar» que favorezca la convivencia y el crecimiento de relaciones personales perdurables, que permitan a cada uno percibir el sentido de pertenencia y de ser querido. 

La presencia del presbítero en contextos comunitarios cada vez más “líquidos” actúa como un vínculo, como un tejedor de esas relaciones que dan vida al testimonio y a la ósmosis cristianos. Una capacidad relacional que se mide ante todo en términos psicológicos y antropológicos, capaz de aproximarse a lo humano, de interceptar los caminos de búsqueda, de acercarse a los problemas del hombre de la calle. 

Desde esta perspectiva urge otra determinación del ministerio del presbítero: la comunitaria. 

Los documentos posteriores al Concilio Vaticano II subrayan cómo la comunión con la Iglesia es un elemento indispensable para asumir una función eclesial, ya que la communio es la dimensión ontológica del cristiano mismo, criterio y principio formal que regula las relaciones intersubjetivas. 

El ser sujeto en la Iglesia se realiza globalmente como comunión de sujetos, como comunión de los diversos oficios y servicios, de las diversas vocaciones y de los diversos carismas. Con esto, el ser sujeto se extiende no sólo a los miembros individuales, sino también a los elementos estructurales de la Iglesia. 

La necesidad de que un presbítero acompañe una comunidad cristiana requiere no sólo habilidades organizativas y habilidades de relación, sino también la capacidad de crear comunión. Una comunión que se extiende a través de diferentes niveles. En primer lugar, entre comunidades vecinas, con el objetivo de crear una pastoral unificada. Una colaboración que concierne también a los mismos presbíteros. La experiencia de fraternidad ayuda tanto a la vida espiritual como al ejercicio del ministerio, también como prevención de la soledad y del burnout destacado por algunas investigaciones. 

Una tercera dimensión que caracteriza la identidad y el funcionamiento del presbítero es la sinodal. Es un estilo que se traduce también en capacidad de implicar y de pensar y realizar procesos y caminos pastorales convergentes. 

En la Iglesia hay una corresponsabilidad que atañe a todo el Pueblo Sacerdotal. Los órganos consultivos y decisorios tienen como finalidad ejercer el derecho-deber de concretar y realizar el sensus fidei y el consensus fidelium. 

El presbítero no pide la opinión de sus feligreses, no busca un consenso utilitario al estilo democrático. Los órganos de comunión no dan consejos sino que activan una instancia del pensar y del decidir conjuntos. El presbítero participa en los procesos durante los cuales los feligreses elaboran decisiones y en ese mismo proceso, y no fuera de él, el presbítero toma aquellas decisiones para lo cual se siente facultado en virtud del sacramento del orden, pero también porque ha participado en el proceso del discernimiento y de la elaboración de las decisiones. De ello se desprende que el ministerio de gobierno o de dirección pastoral debe ejercerse de manera sinodal para que sea un ministerio cristiano: en el que pensar, decidir, hacer y revisar son instancias siempre colaborativas. 

Por otro lado, la reducción del ministerio ordenado conducirá inevitablemente a la superación del eje individual y verticalista de párroco-parroquia, en favor del eje comunitario de equipo pastoral-áreas. 

Hay dos elementos de la gestión que es necesario repensar: el ejercicio del leadership y del partnership. El primer llamado a alejarse de las lógicas jerárquicas, clericales y autoritarias que todavía caracterizan el modo en que se ejerce el “poder”. El segundo es entender el ejercicio de la gestión comunitaria de manera participativa. Esto se expresa sintéticamente mediante can. 519: «…desempeñar las funciones de enseñar, santificar y gobernar en el servicio de la comunidad, también con la colaboración de otros presbíteros o diáconos y con la contribución de los fieles laicos…». No se trata de una cuestión de beneplácito, de concesión o de suplencia, sino de colaboración constitutiva y deseada sin la cual ni se entiende como autoridad evangélica ni se practica con espíritu cristiano el servicio de la animación y gobierno. 

Las funciones de acompañar, guiar, presidir… verán cada vez más la contribución del ministerio laical. La participación de los fieles complementa el ministerio ordenado del presbítero. También para todo aquello para lo que el presbítero no tiene ni competencia ni carisma porque el sacramento del orden no confiere a los ministros ordenados todos los carismas necesarios para la vida de la Iglesia. Sólo el conjunto de los fieles goza de todos los dones del Espíritu, gracias a los cuales la Iglesia sale al mundo y transmite las riquezas del Evangelio a los hombres y a la sociedad. 

El ministerio ordenado así entendido exigirá un mayor dominio de la pedagogía pastoral. En la relación y colaboración con múltiples sujetos, y en el seno de los equipos pastorales, el presbítero se inserta en una acción grupal que se funda en un “contexto participativo” y en un “clima democrático”. La heterogeneidad de conocimientos, competencias, experiencias de sus miembros, los puntos de vista y capacidades diferentes y complementarias,…, representan el valor añadido del trabajo en equipo respecto a la acción de un único agente pastoral por más que haya recibido el sacramento del orden. 

Tanto la reflexión y el discernimiento como la toma de decisión y el trabajo se realizan en forma de cooperación y cada miembro se convierte en copartícipe de una actividad colectiva y de su realización, desarrollando dos dimensiones: la acción individual y la acción colectiva. Se trata de un nuevo estilo de colaboración eclesial, capaz de favorecer la aportación de todos, evitando un estilo únicamente directivo. Y también se trata de otra comprensión de la identidad y del ejercicio del ministerio ordenado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En el Día del Seminario: Poned vuestra mirada en Jesucristo (Hb 12,2).

En el Día del Seminario: Poned vuestra mirada en Jesucristo (Hb 12,2) 

San José, el «patrón de la Iglesia», cuya fiesta se celebra el 19 de marzo, es una figura que la propia Iglesia ha descubierto con lentitud. No hay rastro de su culto en los calendarios litúrgicos ni en los martirologios anteriores al siglo IX. En Occidente, el culto aparece oficialmente hacia el siglo XI. A finales del siglo XIV se difunde la fiesta del 19 de marzo dedicada al Santo, que se convierte en precepto en 1621 por decisión de Gregorio XV. Fue en 1870 cuando Pío IX proclamó a San José Patrón de la Iglesia y al año siguiente le reconoció el derecho a un culto superior al de todos los demás santos. Fue finalmente el Papa Francisco, con un decreto de la Congregación del Culto Divino del 1 de mayo de 2013, quien incluyó la mención de san José en el canon de la Misa, en la plegaria eucarística, inmediatamente después del nombre de María y antes del de los Apóstoles. 

En una homilía pronunciada como Papa emérito en el convento donde vivía en el Vaticano, Benedicto XVI trazó una semblanza de San José: «¿Por qué eligió Dios a José? Porque José era un hombre justo y piadoso. Pero también porque José era un hombre práctico. Después de todo, se necesitaba un hombre práctico para organizar la huida a Egipto, pero también para organizar el viaje a Belén para el censo, y para satisfacer todas las necesidades prácticas de Jesús». El 19 de marzo de 2006, el Papa Benedicto XVI había recordado la figura del Santo que lleva su nombre, subrayando que «la grandeza de san José, como la de María, resalta tanto más cuanto que su misión tuvo lugar en la humildad y el ocultamiento de la casa de Nazaret». En las primeras Vísperas de la fiesta de San José, en 2009, el mismo Papa describía la figura del Santo casi con asombro teológico: «San José lo manifiesta de modo sorprendente, él que es padre sin haber ejercido la paternidad carnal. No es el padre biológico de Jesús, de quien sólo Dios es Padre, y sin embargo ejerce una paternidad plena y completa. Ser padre es ante todo ser servidor de la vida y del crecimiento. San José mostró una gran dedicación en este sentido. Por Cristo, conoció la persecución, el exilio y la pobreza que conlleva. Tuvo que establecerse en un lugar distinto de su aldea. Su única recompensa era estar con Cristo». 

El 19 de marzo de 2013, el Papa Francisco celebró la Misa de inicio de su pontificado. En su homilía, San José era presentado como modelo de educador, que custodia y acompaña humildemente a Jesús en su camino de crecimiento. «Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación». 

A partir de estos fragmentos, es posible concluir mencionando algunos rasgos del identikit de San José y, por ejemplo, del ministerio ordenado dado que el mismo día 19 de marzo buena parte de la Iglesia de España celebra el Día del Seminario-. 

Es un hombre justo y misericordioso, capaz de mirar más allá de las convenciones sociales. Es un hombre silencioso y humilde. Está abierto a las «sorpresas» de Dios, a sus planes, aunque perturben su vida. Es un guardián de la vida, que deja crecer al Dios hecho carne. Es capaz de ser padre incluso de un hijo que no era suyo en la carne. Es un hombre práctico, capaz de escuchar la voz de Dios y ponerla en práctica, tomando las decisiones adecuadas para el bien de su familia. 

Sí, la Iglesia ora por aquellos que disciernen su vocación al ministerio ordenado. Y ora para que sean personas y discípulos, incluso antes que ministros ordenados de la Iglesia. Ministros que ayuden al Pueblo de Dios a acoger, creer y realizar su identidad profética, real y sacerdotal. No burócratas ni funcionarios ni gestores ni profesionales de lo sagrado, sino personas llamadas a crecer en humanidad, en sabiduría de vida, en seguimiento de Jesucristo, en comunión con sus hermanos a cuyo servicio llama el Sumo y Eterno Sacerdote. 

La Iglesia sinodal os ayudará a vosotros, seminaristas, a descubrir y a profundizar en nuestra identidad fundamental: no aquella del funcionario de lo sagrado ni la del burócrata envuelto en el narcisismo o cerrado en el formalismo, ni siquiera en la de una especie de "líder" que domina el rebaño. El Pueblo de Dios necesita hombres ungidos por el Espíritu, habitados por la conciencia de que «la unción no es para perfumarse» sino para salir y anunciar la Buena Noticia del Año de Gracia y del Reino, muy especialmente entre los pobres y los que sufren, compartiendo el estilo de Jesús, que no guarda celosamente su dignidad divina sino que pasa como uno de tantos, haciendo el bien, acompañando al lado o poniéndose de rodillas al servicio de la humanidad, y ofreciendo gratuitamente Vida abundante y plena a todos. 

Vuestra configuración es con Cristo Buen Pastor. Del Corazón de Cristo aprenderéis aquella caridad que dispone el corazón para la misión, en la perspectiva del servicio y de la donación. Que el Seminario en el que realizáis vuestro discernimiento os brinde aquellas instancias y caminos formativos que os ayuden a discernir la llamada del Señor y vuestra idoneidad a su ministerio ordenado. Porque no se trata de ser instruido en algunas nociones, tampoco en prácticas, sino de poder vivir una experiencia discipular, que nunca se acaba, de intimidad con el Maestro de aquella noche santa que enseñó a sus discípulos a hacer lo que Él hace y como Él lo hace, es decir, con sus mismos sentimientos: el sacramento de la toalla, de la jofaina y del lavatorio de los pies. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de febrero de 2025

A propósito del Día del Seminario.

A propósito del Día del Seminario

Me escribía un presbítero secular que a sus 80 años conduce un coche, todos los domingos y días festivos de precepto, para poder llegar a algunas de sus muchas parroquias de, rotando las celebraciones: “Joseba, dentro de unos años seremos una panda”. Y es que tiene la impresión de que los números indican el colapso inminente de todo un sistema eclesiástico que durante siglos, al menos desde el Concilio de Trento, ha pivotado sobre la figura del sacerdote-párroco. La tendencia a la implosión es evidente desde hace décadas, probablemente desde hace al menos treinta años. 

¿Qué se puede hacer? Me temo que hoy, al menos en Occidente, hay que buscar soluciones más allá del presbítero tal y como lo representamos. Me parece que en el imaginario colectivo, también por cuestiones de edad, hoy seguimos de hecho con el 'Cura de Ars' -quizá con retoques menores-, en un retraso que sería grotesco si no fuera dramático. 

La tendencia de los últimos, por ejemplo, 50 años nos dice que, dentro de 10 o 15 años, los presbíteros, si no se han extinguido, serán como los pandas o, mejor, como los dinosaurios, vestigios de una época antigua. Así pues, la idea de amalgamar parroquias, más allá de las mejores intenciones, me parece efímera y sigue siendo un tanto ingenua: la desproporción cada vez mayor entre párrocos y parroquias es evidente. ¿Hasta cuándo se puede pensar en sobrecargar a un clero que será cada vez más escaso y cada vez más anciano? 

Hoy me temo que necesitaríamos la honestidad de reconocer que las soluciones para el futuro ya no pasarán por esta figura del presbítero. Creo que la verdadera cuestión del futuro -sobre la que deberíamos empezar a trabajar hoy, para estar preparados cuando llegue el momento, si es que ya no es demasiado tarde- ya no es la del clero, sino la más amplia del ministerio: ¿quiénes serán las figuras a las que se confiará la responsabilidad del ministerio que antes era del párroco que mañana ya no estará, pero cuya figura corre el riesgo de seguir siendo enormemente pesada incluso en su ausencia? Y así pienso en qué dolorosos y radicales cambios de horizonte serán necesarios para avanzar hacia el futuro. 

Sí hay que reconocer, a decir verdad, que la Iglesia lleva tiempo cuestionándose la situación, unos más, otros menos. La Iglesia no es sólo el clero. Los presbíteros no son hongos, no se clonan, no se crean con campañas de promoción vocacional. Los presbíteros nacen en el seno de las comunidades cristianas, allí descubren su fe y, por tanto, su vocación. Provocadoramente diría que tenemos el número justo de presbíteros en comparación con el número de fieles laicos. Es obvio que es un tiempo de fatigas, pero a mí me parece muy claro que iremos hacia pequeñas comunidades creyentes, más evangélicas y verdaderas. 

El problema es amplio y yo diría que concierne ante todo a la realidad eclesial en su conjunto en equilibrio. Es verdad que disminuye el número de presbíteros, como disminuye el número de personas cristianas, pero no los edificios y las responsabilidades de gestión, que por tanto en realidad se multiplican. El riesgo es pensar en resolver el problema de mañana con las soluciones de ayer, quizás revisadas y corregidas (quizás replicando de alguna manera la realidad parroquial de hoy, que me parece ya bastante anticuada, pensando en modernizarla un poco para adaptarla al futuro). 

Y no me gustaría que el problema se resolviera en términos de relación entre el número de fieles y el número de párrocos. El problema, en cambio, me parece que está en la relación entre el párroco y los fieles. Y, por tanto, también en la propia figura del párroco, y no simplemente en el número más o menos reducido de párrocos. 

Por un lado, está el problema de los «pandas», y éste es un problema numérico y de gestión al que pronto tendremos que enfrentarnos -si es que no nos hemos enfrentado ya- nos guste o no, pero por otro lado está el problema de los «dinosaurios», es decir, de una figura clerical (y por tanto de una estructura parroquial) que corre el riesgo de permanecer prisionera de su pasado, porque está marcada históricamente por la cultura socio-religiosa que la configuró, y que ahora ha llegado a su atardecer… si no al anochecer de su ocaso. 

Quiero decir que tengo la impresión de que habrá que repensar y remodelar la identidad del presbítero para y según la situación actual, y con ello toda la configuración de la comunidad cristiana, no sólo en su equilibrio interno, sino sobre todo en su vertiente de relación con el mundo exterior si es que la evangelización, la misión, el testimonio es su principal razón de ser. 

Por ejemplo, estamos acostumbrados a decir: vamos a la parroquia, pero quizá más bien la parroquia tenga que acostumbrarse a decir: vamos a la ciudad, vamos fuera. Por eso decía que ya hoy, en mi opinión, la cuestión ya no es tanto la del clero, sino la del ministerio -que implica a toda la comunidad cristiana-, es decir, de quién debe tener la responsabilidad sacramental en una comunidad cristiana en la que el presbítero actual será el «panda» de la situación. 

Recuerdo las clases de teología cuando el profesor preguntaba provocativamente: ¿se acabará la Iglesia cuando se acaben los presbíteros? Evidentemente no, pero he aquí, en mi opinión, un bonito desafío, concreto, real,…, actual y apremiante porque la figura heredada de ese presbítero tiene todavía mucho de «dinosaurio». 

No es fácil ser presbítero hoy en día. Incluso hasta puede ser más aún si es párroco. Sí, porque el mundo, el de los mil campanarios, ha cambiado profundamente, mientras que la teología del ministerio ordenado no. 

No es fácil ser presbítero hoy en un mundo en el que el mismo celibato, quizá también a causa de los escándalos conocidos por todos, se considera un elemento de sospecha, o que debe abolirse lo antes posible. 

No es fácil ser presbítero hoy, más aún si estás llamado a vivir en un contexto en el que, cuando no te atacan, a lo sumo eres tolerado como un elemento contextual, un poco “folklórico”, útil todavía para ese segmento de población de pelo blanco a los que, por decirlo sin demasiada suavidad, no les gustan realmente estos cambios en la Iglesia. 

Hoy el ministerio del presbítero hasta puede estar llamado a lidiar cotidianamente con ese sentimiento de frustración personal que lo acompaña en cada una de sus acciones. Hay una conciencia de una civilización parroquial muerta, y dentro de esta situación se nos pide hacer como si no pasara nada, minimizar, mantener en pie lo que ya no existe. 

Cualquier presbítero, viejo o joven, siente en su piel que es anacrónico, un cuerpo extraño en un mundo cada vez más plural al que su propuesta ya dice poco o, incluso, no dice nada. O tal vez es que no dice nada la forma de proponer tal y como estaba acostumbrado a hacerlo. 

Habrá presbíteros que sienten hoy en el corazón el peso de los jóvenes que se van, de las personas que ya no ven en la Iglesia un lugar donde ser acogidos y libres, de las quejas de los ancianos que ya no encuentran sus certezas religiosas, ligadas a prácticas de un tiempo definitivamente pasado. 

Y mientras el Papa Francisco pide una Iglesia con las puertas abiertas, buena parte de la estructura y organización de la institución que dirige habla y actúa con un lenguaje muy diferente, especialmente hacia aquellos que han encontrado, y encuentran, esas puertas bien selladas. 

Y quien, como cualquier presbítero – del centro o de la periferia, de la ciudad o del campo – se encuentra en este momento en primera línea, siente la complejidad y la dificultad del momento presente y, previsiblemente, de mañana. 

Yo, también presbítero (de una congregación religiosa), pertenezco a un mundo en peligro de extinción, ¿o ya extinto? O al menos en caída libre y en picado. El de los presbíteros. No tiene sentido enterrar la cabeza en la arena. Hay una manera de vivir este seguimiento del Señor Jesús que ya no resulta atractiva para nadie y quizá –pero la historia lo dirá– Dios mismo también le esté dando su toque de atención y su llamada a reconsiderar y replantear. 

De hecho, si se observa con atención, semejante aceleración del cambio en nuestra Iglesia no puede ser obra únicamente del hombre. Estoy profundamente convencido de que se está produciendo una “pérdida de peso forzada” terriblemente dolorosa, cuyas raíces no están todas en la tierra sino que nos vienen del aire del espíritu que sopla como y cuando quiere. 

No, no es fácil ser presbítero hoy en día. No lo sé si fue fácil ayer. Preveo que no será fácil mañana ni pasado mañana.  El fin de la civilización eclesial (y parroquial), sin embargo, no significa el fin de la Iglesia, sino sólo, como muchos observan agudamente, el fin de un cierto modelo de Iglesia. Y quizá seguirá también el fin de un cierto modelo de presbítero (y de párroco). De ella surgirán presbíteros (y parroquias) más adecuados al mundo venidero. 

En su última entrevista concedida, el arzobispo Martini afirmó que “La Iglesia está 200 años atrasada: ¿Por qué no se sacude? ¿De qué tenemos miedo? 

El que firma estas líneas es presbítero desde el 3 de mayo de 1992. He estudiado la teología del sacramento del orden (y también la he explicado en la Facultad de Teología). Trato de vivir con alegría y esperanza este don, servicio y ministerio presbiteral en medio de un Pueblo de Dios todo Él sacerdotal. 

Confío tanto en el magisterio como en la teología. Creo que ambos están caminando. Con sus propios tiempos. Pero sería necesaria cierta celeridad en la reflexión y clarividencia en las opciones de presente y de futuro porque estamos en una situación, por lo menos, compleja. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata: 

Nótese, por favor, que reservo el título "sacerdotal" para el Pueblo de Dios. En ese Pueblo de Dios, todo Él sacerdotal, algunos son "presbíteros" al servicio del sacerdocio bautismal del Pueblo de Dios.

miércoles, 22 de enero de 2025

Jornada o Día del Seminario: ¿Qué sacerdocio ministerial? ¿Qué ministerio ordenado sacerdotal?

Jornada o Día del Seminario: ¿Qué sacerdocio ministerial? ¿Qué ministerio ordenado sacerdotal? 

‘Seminario’ es el nombre que se da al espacio y al tiempo para la formación de los sacerdotes. En el primer milenio de la historia de la Iglesia parece que la formación no estuvo institucionalizada. Cada Obispo era responsable de la formación de sus presbíteros aunque parece que existieron algunas escuelas episcopales y parroquiales para la formación del clero. 

El origen del ‘seminario’, con su configuración actual, se remonta al Concilio de Trento (1545-1563), que prescribió la necesidad de que los ministros ordenados católicos recibieran una sólida formación humana, espiritual, intelectual y pastoral. 

El canon 18 de la XXIII sesión del mencionado Concilio de Trento proporciona indicaciones de diversas maneras sobre el perfil ideal y la formación de los futuros ministros ordenados: deben ser jóvenes preparados para "huir de los placeres del mundo" y llevar una vida marcada por la "piedad y religión". 

Por esta razón, los seminarios se establecen con el doble propósito de separar un número adecuado de adolescentes desde una edad temprana -en los seminarios "menores"- entre los cuales identificar candidatos idóneos para una formación real para el ministerio -en los seminarios "mayores" o seminarios-. 

El criterio fundamental para seleccionar a los futuros sacerdotes era su elección entre aquellos que, además de saber leer y escribir, demostraran por "naturaleza y voluntad" que estar siempre "al servicio de Dios y de la Iglesia". Los pilares de su formación eran la Liturgia, las Escrituras y las homilías y la vida de los santos. 

En el primer milenio, el modelo agustiniano de presbítero se refería ante todo a un servicio más pastoral, mientras que en los siglos siguientes se vio un crecimiento en importancia de la función más cultual. 

Hoy el modelo litúrgico no ha desaparecido en absoluto. Hay sacerdotes, incluso jóvenes, que absolutizan algunos lenguajes antiguos y descontextualizados de la Liturgia, olvidando que pertenecen al Pueblo de Dios, reduciendo la acción litúrgica a una sacralidad exteriorizada, exclusivamente relacionada con sus propias ideas, incluso con la tentación del cuidado estético de su propia imagen. En lugar de gastarse de una manera más profética…, parecen cultivar, ¿de modo narcisista?, en una afición más cultual. 

¿No será necesario superar una lectura jerárquico-sacralizada del ministerio ordenado concebido y ejercitado como “promoción en el altar”? 

¿Es necesario una cierta desacralización del poder eclesiástico en el que ciertas prácticas pastorales, liturgias, símbolos, títulos, ceremonias, estilos de comportamiento, expectativas parecen sobre exaltar al clero en detrimento de los no clérigos? ¿No debe refundarse más y mejor el ministerio ordenado sobre la raíz bautismal común, no sólo a nivel de principio, sino de manera eficaz y visible? ¿No fue el sacerdocio de Cristo, tal y como se nos relata, por ejemplo, en la Carta a los Hebreos, de un corte más propia y decisivamente ‘existencial’? 

No soy de los que opinan que haya una crisis de ‘vocaciones al ministerio ordenado sacerdotal’ sino más bien la erosión de un paradigma de reclutamiento y formación del clero. Y creo que es necesario repensar el modelo tridentino de formación "separada", y que no ha sido modificado sustancialmente en ese sentido de ‘separado’ de entonces ahora, deseando un mayor compromiso con la vida comunitaria y con las situaciones normales de la vida. 

Contrariamente a lo que muchos creen los concilios posteriores -principalmente el más reciente Concilio Vaticano II- no sólo nunca cambiaron la visión fundamental del ministerio sacerdotal desarrollada en el Concilio de Trento, sino que, en cierto modo, la hicieron aún más definida, clara y omnicomprensivo (y por tanto, de una forma u otra, “clerical”). Insistieron en un papel extremadamente exigente para los presbíteros católicos, que son los plenamente responsables en la práctica más ordinaria de las tres munera, es decir, la función de enseñar, santificar y gobernar en la Iglesia. 

La verdadera novedad de los documentos eclesiales conciliares y posconciliares es, sin embargo, la introducción cada vez más fuerte de la idea de "vocación", entendida no tanto y ya no como una llamada de personas individuales reconocidas como dignas de confianza por el cuerpo eclesial para asumir una función pastoral y de servicio al culto, sino más bien como el reconocimiento por parte de la jerarquía eclesial de una vocación individual percibida por cada candidato en su conciencia. 

Los cambios del Concilio de Trento hasta ahora han sido mínimos y se han referido sólo a la adición de algunos elementos "humanos" a la formación tradicional, junto con una estructuración mucho más sustancial y ambiciosa de los estudios teológicos necesarios para que un candidato sea admitido a la ordenación presbiteral. 

En cierta medida, y separado del resto del cuerpo eclesial, en una relación particular con lo sagrado, al presbítero así ordenado se le confieren de manera única ("plena", a diferencia de lo que ocurre con el sacerdocio de todos los fieles) las tres funciones de enseñanza, santificación y gobierno de la Iglesia, teniendo obligación del celibato. Para cumplir una misión tan ambiciosa, se cree que un largo período de "segregación" del mundo en ‘seminarios’ sigue siendo la solución óptima. 

El seminario atrae a estos niños/adolescentes/jóvenes porque es un lugar protegido, donde no tienen que preocuparse por nada. La institución les proporciona todo lo que necesitan y organiza su existencia en cada detalle, llenándola en cada rincón. En esta lógica, los seminaristas son sujetos a resetear y reprogramar, personas a las que lanzarles todo tipo de cosas, todo tipo de iniciativas, en el ejercicio del ministerio ordenado conferido. 

Está claro que el primer y radical replanteamiento de la formación de los presbíteros debe referirse al lugar donde se forman los futuros presbíteros, es decir, el ‘seminario’. Habría que ver si el ‘refugio’ que representa la actual forma segregada y protegida de los ‘seminarios’, lejos de atraer a las personalidades más sólidas y adecuadas para el ejercicio del ministerio sacerdotal, constituye en realidad un imán más óptimo para personas inmaduras que buscan seguridades y compensaciones posibles mucho más por un estatus y protecciones propias de una "clase" que por un camino real de crecimiento humano. Habría que ver. 

La Iglesia, se suele decir, debería liberarse del clericalismo, de la concepción de que existe una élite, una aristocracia que, por su formación y estudios, tiene legitimidad por su primacía sobre el resto. Habría que ver si es o no perjudicial seguir formando jóvenes que creen firmemente en la idea de que, una vez ordenados sacerdotes, serán seres sagrados y radicalmente diferentes. 

Quizá fuera incluso necesario cultivar el pensamiento crítico respecto de un tipo de enseñanza que se remonta al siglo XVI y que "mitifica" la suposición de que los sacerdotes ordenados cambiarían ‘ontológicamente’ con la ordenación presbiteral. Esta "mitificación" se puede utilizar para reforzar una determinada actitud de superioridad. Si así fuera, esto podría llevar a no pocos en la Iglesia a considerar al clero como "por encima del resto de los bautizados". 

Es necesario, por tanto, archivar definitivamente la concepción de que la Iglesia está formada por el clero y que los fieles son sólo sus beneficiarios o clientes o los súbditos, y adquirir la conciencia de que, en la Iglesia, existe «una verdadera igualdad sobre la dignidad y la acción común de todos los fieles en la edificación del cuerpo de Cristo" (LG 32). 

La hora de los cambios y de las rápidas transformaciones en la sociedad y en la Iglesia exige claramente nuevas formas de organizar la vida eclesial y nuevos estilos diversificados de ejercicio del ministerio sacerdotal. Los caminos a seguir y las decisiones a tomar deben buscarse, en comunidad, en la escucha atenta de la Palabra de Dios que nos salva y su susurro en las palabras humanas tan plurales. 

No se puede continuar la formación en un modelo ministerial "agotado" en el sentido de que fue creado en el siglo XVI. Se corre el riesgo de formar sacerdotes para una sociedad que ya no existe, definida por una realidad social, cultural y socioeconómica completamente nueva. 

Estamos inmersos en un proceso no sólo de imaginación, sino también de transformación que exige, en cierto sentido, que seamos capaces de aprovechar la oportunidad que se nos presenta. Es urgente una reconfiguración del ministerio ordenado del sacerdote, descentralizándolo de su exclusividad como ministro, poniendo fin a la "cultura de la separación" entre los futuros sacerdotes, las comunidades cristianas y la sociedad. 

Los seminarios siguen siendo "burbujas", a pesar de los esfuerzos por introducir otras dimensiones en la formación de los futuros sacerdotes en su camino formativo. Los seminarios reflejan a la Iglesia en su búsqueda de entenderse a sí misma. Una Iglesia, a veces, con notable cansancio institucional y con falta de claridad sobre el qué hacer y cómo hacerlo en un cambio de época. 

Se requiere una reflexión honesta, libre de clichés y profunda para poder alinearse con los grandes desafíos que enfrenta el mundo hoy en el servicio a las comunidades eclesiales y en el diálogo con un mundo diferente. 

El seminario no puede ser la formación de las elites sino que debe estar abierto a otros ministerios y otras formas de gestión de la misma Iglesia, y también al diálogo con todo tipo de conocimientos y desafíos comunes a todos los seres humanos. Hasta sería de desear tratar de evitar la formación de una burbuja en torno a los seminarios. 

Seguramente hasta la fecha no existen soluciones fáciles ni proyectos ejemplares. Nadie puede esperar simplificar la situación. Se han iniciado trabajos de investigación por parte de distintos actores sobre las "buenas prácticas" que se están desarrollando en los seminarios en Europa. Desconozco si se ha encontrado algún proyecto formativo digno de ser considerado "ejemplar". El reto está en cómo hacer la transición al nuevo modelo que todavía nadie se atreve a decir cómo debería ser. 

Sí creo, con todo, que habría de tratar de ponerse fin a la separación de los sacerdotes del pueblo. De lo contrario el ministerio ordenado se convierte en poder y fuerza y ​​pierde su razón de ser. 

Es importante evitar que el debate sobre la vocación presbiteral se limite a la "experiencia subjetiva" de quien se siente llamado a la vida presbiteral. Hay otras vías por explorar. Por ejemplo, una comunidad puede - como lo hace hoy, en relación con los diáconos permanentes -, en su propia dinámica, sugerir que uno de sus miembros se prepare para prestar un servicio a esa misma comunidad. 

Los lugares de formación podrían ser, quizá hasta lo sean en no pocos casos, espacios capaces de generar lectura y crecimiento espiritual, capaces de generar encuentros múltiples, y por eso no debieran ser lugares cerrados sino lugares donde se cultivara la experimentación. 

¿Cómo se forma hoy un sacerdote, cómo se organiza la jornada del candidato al ministerio sacerdotal? Laudes, desayuno, lecciones, comida, siesta y luego tiempo de estudio, pastoral, vísperas, misa, cena... 

Pero no se ocupan de cocinar, comprar, lavar y planchar la ropa. Además de lavar los platos y recoger la mesa, el tiempo se dedica mayormente a la oración y al estudio. Asuntos más prácticos, quehaceres de gestión y domésticos… iguales a cero. Tal vez incluso ni siquiera el esfuerzo de coger el transporte público y mezclarse con la gente. 

Existe una desconexión entre teoría y práctica, entre una educación filosófica y teológicamente impecable y su transferencia a la vida cotidiana de los seminaristas demasiado "protegidos" de la realidad cotidiana, del cansancio, de la concreción de llevar delantal y pelar patatas o planchar una camisa. 

Imbuir del Evangelio los gestos cotidianos, no sólo las liturgias solemnes, es quizás también una clave para una formación verdaderamente integral. El sacerdote cristiano, llamado como todo creyente a ser otro Cristo, no puede ser "separado" de los demás, a modo de privilegiado o de protegido. Desde el seminario tal vez se fomente una formación básica más adecuada para los monjes que para los futuros sacerdotes, llamados a afrontar una realidad compleja y en constante cambio de nuestra moderna "sociedad líquida". 

Un reto de fondo reside precisamente en la estructura formativa del seminario. El contexto cultural posmoderno y poscristiano en continua evolución está exponiendo todos los límites de aquellas estructuras educativas religiosas que surgieron en la era moderna, basadas en la primacía de la doctrina dogmática, canónica,…, sobre la conciencia, de la firmeza… sobre la sensibilidad humana. 

En la fase antropológica que estamos atravesando, por ejemplo, somos capaces y, por tanto, estamos llamados a reconocer formas muy sutiles y a menudo ocultas de defensa del yo, estamos llamados a comprender que incluso muchas actitudes, quizás consideradas "santas", pueden ocultar deseos inconscientes de escapar de uno mismo. Estamos llamados a desenmascarar nuestras distorsiones "espirituales", nuestro deseo inconsciente de ser especiales precisamente porque nos sentimos deficientes y humanamente inconsistentes. 

De hecho, es precisamente del trabajo pobre o mal hecho en esos niveles de donde surgen personalidades autoritarias, rígidas y frías, personalidades frágiles y neuróticas, incapaces de relaciones auténticas, personalidades sedientas de poder y dominio sobre las personas, en definitiva, personalidades que compensan sus heridas no sanadas con la violencia contra niños y mujeres. 

Otro elemento que favorece esta deriva tiene que ver con los procesos institucionales de nombramiento y asunción de roles. En no pocos casos, no siempre está prevista para el presbítero una inserción paulatina en nuevos ambientes y roles, pero siempre tiene un nivel de entrada demasiado alto: llega a la parroquia y, incluso antes de conocer a nadie, ya tiene un rol superior de presbítero, es decir, "superior" a la mayoría de fieles. El principio evangélico según el cual los de arriba deben servir, de hecho no es del todo contemplado en la práctica organizacional, y luego nos quejamos de la enfermedad del arribismo. 

Necesitamos recuperar una centralidad contemplativa más auténtica, necesitamos decirnos claramente que no puede haber ninguna experiencia espiritual de calidad que no surja de prácticas diarias serias que nos ayuden primero a silenciar nuestro parloteo mental y luego a prepararnos en el silencio, a escuchar, a recibir la gracia de la Palabra de Dios. 

Y el nivel cultural también necesita repensarse en un sentido específico. Debemos desarrollar una nueva cultura, una síntesis cultural sin precedentes que sea capaz de darnos claves interpretativas bien fundadas de lo que está sucediendo en la tierra, en el mundo, en la historia,…, es decir, que sea capaz de interpretar este extraordinario punto de inflexión antropológico de una manera mesiánica, es decir, evolutiva, y esencialmente salvífica. 

Esta integración, sin embargo, requiere también trabajo y experimentación. ¿El proceso de formación se corresponde adecuadamente con el ejercicio de las tareas del ministerio ordenado en las actuales circunstancias de nuestras sociedades? La extrema fluidez de la situación actual -la liquidez a la que alude Zygmunt Bauman también se da a este nivel- hace imposible prefigurar cuál será la fisonomía del sacerdote en los próximos años. 

Por lo tanto, las verdaderas preguntas que debemos plantearnos son: ¿Qué ministerios son necesarios en la Iglesia hoy? ¿Qué papel realista y no global se puede atribuir a los sacerdotes (y a cualquier otra forma de ministerio laical y ordenado)? 

"Hoy todo estado clerical podrá recuperar cierta credibilidad" sólo si consigue reposicionarse tras las huellas de Jesús "que no era ni monje ni sacerdote; más bien fue profeta, poeta, viajero, visionario, médico y persona digna de confianza, predicador viajero y trovador, arlequín y encantador de la eterna e inagotable misericordia de Dios" (Eugen Drewermann). 

Una sobreestimación excesiva de la vocación sacerdotal en detrimento de la bautismal corre el riesgo de embalsamar al sacerdote en el sarcófago de su cargo. El Papa Francisco decía que la vocación presbiteral abre en el sacerdote "esa potencialidad de Amor que recibimos el día del bautismo". 

Cuando falta una personalidad auténtica formada en la escuela del Evangelio - no en las diversas escuelas psicológicas (¡no se trata de llenar los seminarios de psicólogos! -, es completamente natural que el papel se convierta en la máscara de la propia fragilidad no aceptada y la propia incapacidad para hacer frente a los desafíos más ordinarios y normales de la vida. 

El estilo evangélico se aprende en la vida diaria, manteniendo el contacto con la realidad. Nos convertimos en hombres y mujeres sensibles a la humanidad al vivir situaciones humanas, y la escuela de este estilo humano sólo puede ser la vida. De hecho, es en esa escuela de la vida donde descubrimos sorpresas, situaciones que salen de lo común, que exigen rapidez, capacidad de nuevas respuestas, etc. 

Quienes vienen de años de adoctrinamiento, de educación en la obediencia a la doctrina, en un ambiente artificial, exclusivamente masculino, alejado de los problemas cotidianos de la vida, cada vez que se encuentren ante la novedad que manifiesta la realidad, tal vez hasta queden desplazados, avergonzados,…, en una palabra, desprevenidos y desubicados. 

Surge entonces la pregunta de cómo discernir el llamado de Dios en cuestión. ¿Es sólo un impulso interno y personal, o también un llamado que proviene de la comunidad eclesial? La comunidad eclesial es central en los procesos de evangelización y, cuando es posible, puede identificar necesidades, evaluar, entre sus miembros, quién se siente "capaz de satisfacerlas" y asumir la llamada a través de la comunidad eclesial como "llamada de Dios". 

Insistir demasiado en la inmensa dignidad del sacerdocio, en la grandeza del ministerio ordenado en la celebración eucarística, en la exclusividad que crea la obligación del celibato, en el carácter eminentemente personal y exclusivamente divino de la "vocación", en la solemnización del sacramento del orden sagrado,…, ¿no corre el riesgo de configurar una imagen del sacerdote que, en el mejor de los casos, ya no sostenible a largo plazo en nuestra sociedad en general y en nuestros pueblos? 

El Papa Francisco ha destacado tres prioridades en relación con el identikit del sacerdote. 

La primera es la capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de las personas, compartiendo sus alegrías y sus dificultades cotidianas. El Papa Francisco subraya la importancia de "oler el olor de las ovejas" y convertirse así en partícipes del misterio de la encarnación. 

La segunda prioridad la constituye la elección de la pobreza como austeridad y sobriedad de vida y como renuncia a toda tentación de poder, para conquistar esa libertad interior que nos permite solidarizarnos plenamente con el mundo de los pobres y comprometernos nosotros mismos a su liberación. 

La tercera prioridad es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal ni devocional, sino caracterizada por una fuerte tensión mística, capaz de interpretar la necesidad de trascendencia que aún hoy habita en el corazón de muchos y de convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios. 

Necesitamos urgentemente amigos y compañeros, maestros y guías que sepan caminar, acompañar, ser amigos,…, iniciarnos en una experiencia más auténtica y directa de las dimensiones espirituales y divinas de nuestro ser. Pero ¿hasta qué punto nuestros sacerdotes están educados para este fin? 

¿En qué medida son ellos mismos personas más libres y felices, más íntegras, iniciadas, es decir, capaces de emprender? ¿En qué medida la formación de los sacerdotes apunta al libre florecimiento de sus potencialidades y en qué medida se pone al servicio de una función más o menos burocrática que deben desempeñar? La realidad nos ayuda también a darnos cuenta de la no pequeña complejidad y dificultad, y de cuánta creatividad, imaginación y experimentación requiere. 

Más allá de las frases altisonantes que se pueden leer en los documentos eclesiales sobre la formación de los futuros sacerdotes, la preparación para ser líderes comunitarios es casi exclusivamente intelectualista; en un ambiente artificial separado de la vida, que no permite captarla; a distancia, cuando no alejado, de una comunidad eclesial que inspire Evangelio; más centrado en aprender y asimilar la rectitud de la dogmática y canónica ortodoxia de una doctrina; no cercano ni prójimo a compartir las alegrías y los sufrimientos con quienes desean caminar con ellos por el camino trazado por el Señor. Lo que se pide al sacerdote es que sea una obra maestra de la vida humana y esto es una gracia y una tarea, no solamente en contacto con la vida concreta y real a la que se pretende servir, sino en medio del pueblo al que se quiere servir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF. 

Posdata: Una imagen, decimos, vale más que mil palabras. Una imagen dice mucho por lo que evoca en la mente del interlocutor al que te acercas. Hay significados que se evocan y sugieren en apenas unos milisegundos y ni siquiera nos damos cuenta de ello. La imagen puede ir y suele ir más allá de la palabra. ¿Qué significado del ministerio ordenado se quiere sugerir con la imagen propuesta para el Día o la Jornada del Seminario de este año 2024? Se suele definir como sagrado "aquello que pertenece al ámbito separado, intangible e inviolable de lo religioso y que debe inspirar temor y respeto (por oposición a lo profano)". Para Jesús y para los profetas lo verdaderamente sagrado está en el corazón de nuestra historia humana. No está en lo que está separado, codificado, en manos de unos pocos. También seguramente por ello la primera experiencia y teología cristianas del Nuevo Testamento tuvieron no pocas reticencias en aplicar a Cristo las categorías "sacerdotales".

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