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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando confundimos salvación con solución.

Cuando confundimos salvación con solución

¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como paja?

 

Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo sagrado en un mercado de necesidades.

 

Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.

 

Esta es la religión del hambre pasajera: una vez saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.

 

¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!

 

Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio de nuestro deseo.

 

Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios para servirse a sí mismo.

 

Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no encadenada a la necesidad de las cosas tangibles. 



La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de gratuidad y de amor.

 

Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.


No confundamos la salvación con la solución. El camino del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego hacia el horizonte de la luz verdadera.

 

La hora de la religión del deber ha llegado a su fin bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.

 

La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo esclavo del do ut des.

 

La religión del deber se basa en la norma, un dique que tranquiliza pero que no salva.

 

El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.

 

La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.

 

Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.


El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.

 

Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.

 

Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.

 

Quien vive la religión del deber es un siervo que teme el castigo o ansía la recompensa.

 

Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura alegría.

 

Esta es la verdadera subversión profética: la gratuidad libera a la ética del chantaje.

 

La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la cadena de la necesidad.

 

En la cruz muere definitivamente la religión del contrato.

 

La religión del deber construye muros de piedra; la gratuidad profética abre pasos de luz.

 

El deber interroga a la conciencia, la gratuidad enciende el corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 26 de septiembre de 2025

¿Dios ha muerto?

¿Dios ha muerto?

Un número grande de peregrinos recorre el Camino de Santiago o visita los grandes santuarios marianos… lo que indica un interés no pequeño por los lugares de silencio y contemplación, y una no menor demanda de espiritualidad.

 

Sin embargo, no pocas Iglesias están cada vez más vacías, al igual que los Seminarios, los Conventos, las Facultades de Teología…

 

Tal vez incluso pudiera existir una desconexión entre la religiosidad y la religión institucionalizada. Disminuye la práctica religiosa tradicional y aún más la fe en la doctrina eclesiástica oficial, pero aumenta el carisma reconocido de algunos líderes religiosos, la religiosidad de la tierra, el espacio de la espiritualidad en el arte…

 

¿Qué significa este dato contradictorio? ¿Se trata de un retorno totalmente ‘sui generis’ de la religión en forma de una nueva ola de Nueva Era?

 

En realidad, no solo Dios nunca ha muerto, sino que tampoco los dioses han muerto nunca.

 

Lo demuestra cada día el imperio de Afrodita o del placer, el de Ares o de la fuerza, el de Zeus o del poder.

 

Si, de hecho, no existe civilización sin religión, es porque los seres humanos experimentan una dependencia de poderes superiores que, una vez expresada, genera la categoría de lo divino. Y lo divino, hoy como hace diez mil años, entra inevitablemente en juego en la vida humana.

 

Antes se hablaba de ‘Deus ex machina’, hoy, en la era de la tecnología, se puede hablar de ‘machina ut Deus’, pero la esencia existencial no cambia: existe un poder mayor que el hombre individual y también que la humanidad en su conjunto al que nuestras existencias están sometidas.

 

Pero hay algo aún más importante: lo divino no solo expresa la inevitable dependencia de fuerzas cósmicas, psíquicas, técnicas o políticas, sino también, y sobre todo, la innata necesidad de pertenencia que caracteriza al ser humano.

 

«¿A quién pertenezco?»: esta es la pregunta existencial más fuerte, aún más urgente que el deseo de independencia, y su respuesta se llama religión.

 

Lo cual también es válido cuando la respuesta no prevé ningún Dios trascendente, como en el caso de las pertenencias políticas o de otro tipo: siempre y en cualquier caso entra en juego una religio - un vínculo - que, respondiendo a la pregunta más radical, genera la pasión más fuerte.

 

Así, por ejemplo, Fyodor Dostoevski describía su fe como «creer que no hay nada más bello, más profundo, más simpático, más razonable, más valiente y perfecto que Cristo; y no solo hay, sino que con amor celoso me digo a mí mismo que no puede no haberlo. Y no basta: si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad y resultara efectivamente que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad».

 

Por eso la religión ha sido tan eficaz desde el punto de vista social, y hoy, en la época de las pasiones tristes y, por tanto, insuficientes para responder a la necesidad radical de pertenencia, adquiere un encanto particular.

 

Mientras los seres humanos tengan libertad y sientan la necesidad de conectarla con una dimensión más grande que su pequeño ego, la religión existirá. Su objeto puede cambiar, como de hecho cambia: antes eran los dioses, luego un único Dios, hoy y mañana quién sabe.

 

Esa religiosidad, como dinámica existencial, nunca ha desaparecido y nunca lo hará.

 

Hoy en día, en Occidente, el gran problema (¿o la gran oportunidad?) es que la sed innata de religiosidad ya no encuentra una respuesta adecuada en la religión que durante siglos ha sido la religión de Occidente, es decir, el cristianismo, ya sea católico, ortodoxo o protestante.

 

La escisión entre religiosidad y religión se remonta al comienzo de la era moderna - pienso por ejemplo en Giordano Bruno y Galileo Galilei - y ha llevado a otras disciplinas a intentar ocupar el lugar de la religión constituida: pienso en la ciencia, la filosofía, el arte y la política.

 

Pero las tres primeras, por su naturaleza, solo pueden generar en unos pocos esa pasión integral que sacia la sed de pertenencia que garantiza la religión. La ciencia, la filosofía y el arte están intrínsecamente destinados a las minorías y, de hecho, cualquier intento de popularizarlos está destinado a disolver su núcleo vital.

 

Queda la política. En el siglo XX, ésta ocupó en algunos momentos efectivamente el lugar de la religión, convirtiéndose a su vez en una religión, pero hoy en día las cosas han cambiado por completo (aunque las fuerzas políticas ganadoras parecen ser precisamente las más capaces de suscitar pasión y generar pertenencia: ¿será eso precisamente esto lo que las hace interesantes?).

 

Lo cierto es que el destino de lo que llamamos Occidente, de lo que hasta ahora, para bien o para mal, ha dado forma a la dimensión social de las libertades, está ampliamente ligado a la capacidad de llenar el vacío entre la religión y la religiosidad.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Quien no tome su cruz…

Quien no tome su cruz…

Quién sabe si el señor que lleva sobre sus hombros la cruz de Jesús, debidamente provista de ruedas, en la ceremonia de despedida de Charlie Kirk, conoce que existe una figura específica en la liturgia de la Iglesia Católica encargada de este instrumento: el “crucífero”, del latín crux y fer, «el que lleva la cruz». Se trata del ministro encargado, en las ceremonias religiosas, de llevar la llamada cruz procesional, izada en un largo asta.

 

En otras ocasiones, la cruz, siempre de madera, se lleva a hombros con esfuerzo y sufrimiento.

 

Ciertamente, la foto del homenaje-funeral difundida por Reuters tiene algo ligeramente hasta irónico: la chaqueta, el pie izquierdo bien calzado ligeramente levantado del suelo y la ausencia de esfuerzo.

 

Es una verdadera cruz de madera, pero también es una cruz pragmática, americana: equipada con ruedas, como una maleta con ruedas o un carrito de la compra del supermercado.

 

La ceremonia por Charlie Kirk fue la combinación, no sé si perfecta, de religión y política, un elemento que aún le faltaba a Donald Trump. Además, presentaba al mundo la figura del primer mártir de la causa trumpiana: Charlie Kirk fue ‘canonizado’ sin pasar por ningún milagro, o mejor dicho, el milagro es conferir al Presidente Donald Trump una identidad religiosa.

 

La foto hasta ofrece una imagen de una determinada religión estadounidense, más aún que las personas que vimos en la celebración cantando con las manos en alto y coreando rítmicamente: ¡Aleluya!

 

Hace treinta y tres años, el crítico literario estadounidense Harold Bloom publicó un libro titulado La religión americana con una descripción de las innumerables religiones que surgieron en Estados Unidos de América durante el siglo XIX, incluida la de Charlie Kirk.


 

Estados Unidos de América erigió la ‘libertad’ como fundamento de su ideología práctica. Es una palabra que ha resonado en la celebración de  Glendale en más de un discurso. La libertad en el contexto de la religión americana «significa estar solo con Dios, o con Jesús, el Dios americano o el Cristo americano».

 

Y hay otra palabra que explica a la perfección el funeral de Charlie Kirk y que es ‘soledad’. Los estadounidenses están solos: solos con Dios, un Dios que a su vez está aislado y solo, un Dios libre o, en otros términos, un Dios de libertad.

 

No existe una verdadera teología de esta religión, ni siquiera en sentido amplio. Todas, incluidas las iglesias conservadoras o reaccionarias de los predicadores —que hoy en día utilizan como púlpito las redes sociales— se basan en la Biblia aunque su teología se reduce a unos pocos pasajes evangélicos o a citas de las cartas de San Pablo.

 

Al observar el eclecticismo y la mezcla de religión y política —pero también de política y religión— en la celebración de Glendale uno tiene la sensación de que se trata de un batiburrillo de situaciones y motivos, además de emociones y intenciones, bien representadas al estilo americano hollywoodiense.  

 

Estados Unidos de América es un país pragmático… como la cruz con ruedas.

 

Y también forma parte de esa “pragmaticidad” la esencia del credo estadounidense: la convicción de ser un país amado por Dios. Y esa convicción es compartida mayoritariamente por sus habitantes incluso en formas de ‘espectáculo revival’.

 

El señor de la portada de esta reflexión se muestra seguro con su cruz a hombros, provista de ruedas que la hacen deslizarse casi sin peso, que no deja traslucir ningún esfuerzo, dolor u otro sentimiento de sufrimiento al llevarla consigo hasta el centro del estadio.

 

¿Se sentirá amado por Dios? Probablemente sí, y esto incluso afecta al Presidente estadounidense. Lo dijo con motivo del atentado del que salió ileso: Dios me ama.

 

He leído que algunos seguidores de Donald Trump creen firmemente que él es el único hombre en la tierra que le habla de Tú A Tú a Dios. No es tanto problema el que haya gente que lo crea, ni que sea firme esa creencia, sino que él mismo se convenza que tiene una misión divina, salvadora, en la tierra. La historia enseña lo peligroso que es un ‘Iluminado’ con balas. De ahí a optar por el premio Nobel de la Paz… un paso.

 

Son los milagros de la religión en Estados Unidos de América, la otra Tierra de la Promisión. Una tierra abocada a un ocaso que no será ni sencillo ni fácil para ella. Y, con toda probabilidad, tampoco para nosotros al otro lado del Atlántico.

 

Mientras tanto, toca tomar la cruz… por si acaso con ruedas...



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 23 de septiembre de 2025

Reírse de lo divino.

Reírse de lo divino

Considerando la cuestión de los dibujos satíricos sobre Dios de Charlie Hebdo desde un punto de vista más reflexivo, hay que decir que hay dos conceptos en juego:

 

1.- nuestra risa;

 

2.- y nuestra relación con lo divino (no necesariamente con el Dios único de los monoteísmos, sino con lo divino; es decir, el gran misterio que los seres humanos siempre han sentido con respecto a su existencia en este planeta) ...

 

Empiezo por la risa.

 

Sonreír remite al humor sutil, del que proviene el buen humor. De hecho, muchos subrayan con razón el carácter beneficioso de la risa.

 

Hay sitios web que enumeran detalladamente los beneficios de la risa, entre los que se encuentran, por ejemplo, la mejora del tono muscular y la respiración, la reducción del colesterol, la relajación, la depuración, la reducción del estrés y las propiedades antidepresivas. Escriben que «reír es la mejor terapia para la salud física y mental».

 

Incluso ha surgido una disciplina específica llamada «gelotología», un neologismo que significa «ciencia de la risa». La gelotología se propone demostrar científicamente los efectos calmantes, analgésicos, eufóricos e inmuno-estimulantes de la risa. Sin duda, estos efectos existen, todos los experimentamos, espero que con la mayor frecuencia posible.

 

Pero también se pueden decir al menos dos cosas.

 

La primera es subrayar que la calidad beneficiosa de la risa no es absoluta, sino que depende de cómo y por qué se ríe.

 

Burlarse y ridiculizar son formas de reír que distan mucho de ser relajantes: no solo porque siempre se dirigen a alguien que, como una verdadera víctima, es ridiculizado con desprecio, rencor y resentimiento, sino también porque estas emociones negativas se depositan inevitablemente en la psique de quien se burla, acabando por llenarla de negatividad.

 

Es lo que ocurre con el sarcasmo, con la risa agresiva que equivale a un insulto, si no a un puñetazo, y que a menudo denota vulgaridad, grosería, virulencia, agresividad. Burlarse y ridiculizar puede equivaler a herir, quizás incluso a matar desde el punto de vista psíquico.

 

El acoso y el mobbing comienzan precisamente así, como burla: burla de un individuo por parte de un grupo, en la que el individuo se convierte en un auténtico chivo expiatorio sobre el que el grupo vierte toda su mordacidad que, como dice el término, le lleva a morder sin piedad, a fuerza de burlas, la psique del desafortunado.

 

¡Menudo efecto analgésico! Los efectos beneficiosos que sin duda tiene la risa en sí misma pueden, en algunos casos, invertirse por completo.

 

Otra cosa que hay que tener en cuenta es que, a veces, incluso lo contrario de la risa, es decir, el llanto, puede tener un valor positivo, porque en algunas circunstancias el llanto puede ser mucho más liberador y revitalizante que la risa. No en vano, en el teatro de la antigua Grecia, además de la comedia, existía, y ocupaba un lugar prioritario, la tragedia.


 

Paso ahora al segundo concepto, lo divino.

 

Este concepto nace de la conciencia de estar lidiando con un exceso, con un «más» que presenta la realidad global de la existencia con respecto a la capacidad cognitiva de nuestra razón.

 

Hay quien no se considera ni ateo ni agnóstico y que, como persona de razón, no de fe, sabe que está inmersa en el misterio. Es la razón, debidamente ejercida, la que entrega a los seres humanos pensantes a la dimensión del misterio: el misterio de por qué existe la vida, de su origen, de su destino, de su lógica, de su sentido global.

 

La percepción de lo divino surge de aquí, de esta emoción de la inteligencia que experimentaron espíritus supremos. Sin este «misterio» no habríamos tenido la música de Bach, Mozart, Beethoven… No habríamos tenido a Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael. Y un sinfín de cosas más, entre ellas las catedrales y las iglesias rurales que salpican por todas partes nuestro magnífico viejo continente.

 

¿Qué significa entonces burlarse de lo divino?

 

Creo que se puede, y tal vez se deba, burlarse de las supersticiones y los dogmáticos que, en la mayoría de los casos, muestran una desconexión cognitiva entre la mente y la realidad.

 

Pero también creo que burlarse y ridiculizar lo divino como tal es indicio de una enfermedad espiritual: es decir, la desconfianza y la desesperación de quien ha perdido la posibilidad de experimentar el sentido del misterio y se encuentra considerando el sentido de su existencia únicamente como una grotesca puesta en escena y que, por ello, no sabe hacer otra cosa que reírse amargamente de todo y, en particular, burlarse sarcásticamente de aquellos que, en cambio, no han perdido la conexión con la dimensión del misterio.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Espiritualidad.

Espiritualidad

La escasa adhesión de los jóvenes a la experiencia cristiana me hace pensar que la Iglesia ya no se percibe hoy en día como un recurso espiritual.

 

Hace dos mil años, Plutarco, historiador, filósofo y sacerdote del Templo de Delfos, se preguntaba: «¿Por qué están desiertos los templos de los dioses?». Con otras palabras… es la misma constatación.

 

En otra parte, Plutarco había relatado el grito desgarrador que anunciaba al mundo la muerte del dios Pan, el más pagano de los dioses, y por tanto la muerte del paganismo, constatando el lento pero imparable declive de la civilización clásica: había visto bien, porque cuatro siglos después el declive culminaría con las invasiones bárbaras y el establecimiento de otra civilización...

 

Hoy en día, esa civilización que se había establecido y que con una sola palabra podemos llamar europea, es decir, nuestra civilización, muestra a su vez los signos de un declive quizás igualmente imparable.

 

El declive de la religión va de la mano del declive de la política. Ambos indican el estado de salud del espíritu humano con respecto a la historia: cuando el espíritu está sano, produce una religión y una política que hacen evolucionar la historia y la naturaleza; cuando, en cambio, el espíritu está débil y enfermo, son la historia y, más aún, la naturaleza las que toman el control, reduciendo todo a una lucha despiadada por la supervivencia de unos contra otros.

 

«Bellum omnium contra omnes», por usar la famosa expresión de Thomas Hobbes: «Guerra de todos contra todos».

 

¿Qué es la verdad? Hoy en día, al menos en esta parte de universo en la que yo me encuentro, buscamos el bienestar y el disfrute. Hoy en día prevalece un punto de vista moral, una forma de actuar, opiniones y convicciones absolutamente particulares, sin veracidad, sin verdad objetiva. Lo contrario tiene valor: solo reconozco lo que es mi opinión subjetiva.

 

¿No es así? Creo que cada uno de nosotros tiene la constatación diaria de este estado de cosas por el cual solo vale la voluntad subjetiva, en la ausencia total de un canon objetivo que regule la ética, la estética, la educación y otras expresiones de la subjetividad humana.

 

Solo nos queda el derecho a mantenernos unidos, pero esto solo es posible y se consigue gracias a la fuerza.

 

El resultado es que nuestra civilización está atravesada por una creciente violencia y conflictividad, estamos presa de la ira y de la cólera, de una agresividad sin límites que genera demandas, juicios, sentencias, recursos, apelaciones sin fin y un estado general de ansiedad, miedo y pánico.

 

Al faltar la “religio”, falta la “humanitas”; y al faltar la “humanitas”, faltan las condiciones para entendernos, empezando por las palabras y los buenos modales, y así vivir juntos, si no como socios, al menos como buenos vecinos.

 

Pero no somos buenos vecinos unos con otros, somos extranjeros: extranjeros morales, el grado más alto de extrañeza. Y nos hemos reducido a esto porque, diría Hegel, «ya no sabemos nada de Dios».

 

Una civilización es tanto más fuerte cuanto más conoce lo divino, y tanto más débil cuanto más lo ignora.

 

No, no me refiero a un conocimiento catequístico y doctrinal, sino más bien a esa experiencia concreta y existencial que lleva al ser humano a tener en el centro de su corazón un altar, un espacio ideal que le hace reconocer y venerar algo más importante que su propio interés particular o disfrute privado o ego idolatrado.


El hecho de compartir ese altar convierte a una masa anónima de individuos en un conjunto de socios, en una sociedad; y los individuos, de este modo, trascienden sus intereses particulares y dan origen a una civilización, término que en latín, curiosa y significativamente, se dice «humanitas».

 

Hoy, sin embargo, la ausencia de «religio» va de la mano de la ausencia de «societas» y de «humanitas».

 

Todo el mundo sufre por ello, pero en particular Occidente, el territorio más secularizado y, por lo tanto, más desarraigado. Es un problema que tiene una dimensión que va mucho más allá de la mera dimensión religiosa: no se trata de la supervivencia de una religión concreta y de la institución que la representa; se trata, mucho más profundamente, de la supervivencia de una civilización, la nuestra, y de la salud psíquica y existencial de cada uno de nosotros, empezando por nuestros jóvenes, que son las primeras víctimas de esta falta de ideales, de esperanza, de visiones, de confianza.

 

Hubo un tiempo en que el cristianismo pensaba que podía proponerse como remedio para los males del mundo, pero hoy en día el cristianismo a lo mejor hasta es una parte del problema.

 

El Cardenal Carlo Maria Martini lo constató hace casi veinte años:

 

«Hubo un tiempo en que tenía sueños sobre la Iglesia. Una Iglesia que avanza por su camino en pobreza y humildad... que da espacio a las personas capaces de pensar de forma más abierta. Una Iglesia que infunde valor, sobre todo a quienes se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo esos sueños» (Coloquios nocturnos en Jerusalén).

 

La gravedad de la crisis se pone de manifiesto también en el hecho de que en la Iglesia parecen faltar mentes capaces de percibir la magnitud del problema.

 

Todavía se cree que basta con algunos retoques aquí y allá, algunas medias aperturas más de fachada que de fondo,…, o con eslóganes y frases hechas… Pero está por ver si el cristianismo, de hecho, ofrece verdaderos caminos de espiritualidad adulta y contemporánea. 

 

Porque si una religión no ofrece verdaderos caminos de espiritualidad, ¿para qué sirve? Es como mantener abierto un restaurante que no ofrece comida… o una gasolinera que no ofrece combustible…

 

He leído en el Cardenal Carlo Maria Martini: «Siempre me ha entusiasmado Teilhard de Chardin, que ve al mundo avanzar hacia la gran meta, donde Dios es todo en todos... La utopía es importante: solo cuando tienes una visión, el Espíritu te eleva por encima de los mezquinos conflictos».

 

La Iglesia necesita mentes que ayuden a vislumbrar una nueva utopía, ya que la que durante siglos gobernó las mentes cristianas, es decir, la cristiandad del mundo, ha terminado. Hoy en día, nadie puede esperar legítimamente que todo el mundo se convierta al cristianismo. Por eso, ya no es sostenible afirmar que «no hay otro nombre en el que haya salvación, salvo Jesucristo».

 

Ha quedado superado el axioma «extra Ecclesiam nulla salus» - no hay salvación fuera de la Iglesia -, y nos toca comprender mejor el axioma más decisivo «extra Christum nulla salus»...

 

Porque la salvación (del nihilismo, del mal, de la maldad, de la guerra interior que devora nuestros corazones, de…) llega a todos aquellos que la buscan invocando los nombres que cada uno conoce y viviendo según el espíritu del amor y la justicia.

 

Es el culto en el Espíritu y en la Verdad… Es el Espíritu que guía al mundo y que siempre habla a través de sus grandes profetas dentro y fuera de la Iglesia y del cristianismo.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Qué espiritualidad.

Qué espiritualidad

Alguien me decía que era cristiano porque creía firmemente en lo que dice San Pedro en el Libro de los Hechos: que no hay otro nombre en el que haya salvación, salvo Jesucristo.

 

En sí mismo, nada nuevo, solo la repetición del mensaje cristiano tal y como se ha transmitido durante dos mil años. Y uno que comienza a cuestionar sus certezas… se pregunta…

 

¿Realmente no hay otro nombre que el de Jesús para la salvación de los seres humanos? ¿Realmente solo se salvan (sea lo que sea que signifique «salvarse») los cristianos? ¿De verdad todos aquellos que no invocan el nombre de Jesús, y que son la mayoría de la humanidad en el pasado, en el presente y en el futuro, están excluidos de la salvación? ¿De verdad Dios se niega a salvar a quienes le rezan dirigiéndose a Él con otro nombre? ¿O a quienes no le rezan pero practican una vida espiritual? ¿O incluso a quienes lo niegan pero sirven al bien con una conducta moral irreprochable, luchando contra las injusticias y las desigualdades? ...

 

A mi alrededor percibo que la Iglesia actual no solo es minoritaria, sino que está envejeciendo rápidamente… La escasa adhesión de los jóvenes a la experiencia cristiana me hace pensar que la Iglesia ya no se percibe hoy en día como un recurso espiritual.

 

Tal vez, a veces lo pienso, vivimos un cristianismo que ofrece muchas cosas (curiosas, interesantes, importantes, necesarias…) pero que no ofrece verdaderos caminos de espiritualidad.

 

Sospecho que nos encontramos en un cruce de caminos, en un momento de transición: lo que hemos heredado, la forma de ser Iglesia de los siglos pasados, o no existe ya o se apresura a dejar de existir. Si así es, se trata de pasar a otra forma, que sin embargo aún no tenemos en mente y, sobre todo, no tenemos en la carne.



Hay una tradición cristiana que ya no existe o está en vías de dejar de existir salvo como pieza de museo o arqueología clásica. Si fuera así, se trataría de cruzar el vado a otra orilla.

 

Hay una forma de cristianismo que resiste en los libros y en las fórmulas dogmáticas, pero ya no existe en los corazones de los seres humanos, y no solo de los jóvenes.

 

En la Iglesia se pueden proponer y re-proponer las fórmulas tradicionales…, otra cosa diferente es que esa propuesta o re-propuesta se perciba y se acoja como un recurso espiritual.

 

Hay quien dice que algunos indicadores sociológicos apunta a que menos cristianismo no es sinónimo de menos espiritualidad… Si así fuera, la separación entre la religión cristiana y la espiritualidad sería una novedad realmente sensacional…

 

Aunque eso mismo sería simplemente impactante y desconcertante para la Iglesia porque significaría que la Iglesia ya no sabe captar la razón principal que siempre ha impulsado a los seres humanos a creer en Dios y a tener una religión.

 

Hoy en día parece que en Occidente son cada vez menos los que, queriendo cultivar seriamente la dimensión espiritual en su existencia, recurren a la Iglesia católica y, en general, a las Iglesias cristianas.

 

Esta fractura entre la propuesta religiosa cristiana y la búsqueda espiritual contemporánea es el dato, el punto, diría que el sello, que caracteriza una situación inédita de estos días, tan difíciles como inquietos y sorprendentes.

 

Podría existir una creciente demanda de sentido y espiritualidad, pero la oferta cristiana en Occidente -no así en otras partes del mundo- es cada vez más irrelevante y cada vez menos capaz de responder a la inquietud de los corazones.

 

En este contexto, me parece por lo menos problemático el que la terapia tantas veces sugerida siga consistiendo en el enfoque habitual del cristianismo tradicional (que es la verdadera razón de la crisis cristiana): es decir, la idea de que «en ningún otro hay salvación».

 

A un mundo que busca la unidad, el diálogo y el pluralismo, se le ofrece de nuevo ese exclusivismo teológico que a lo largo de los siglos no solo pero también ha producido divisiones, persecuciones y, no pocas veces, violencia y guerras religiosas.

 

¿En ningún otro hay salvación? ¿De verdad? ¿Entonces Gandhi, Martin Buber, el Dalai Lama, el Gran Imán de Al Azhar están excluidos de la salvación?

 

San Agustín y los concilios ecuménicos pensaban así, pero la conciencia siente un no sé qué que queda balbuciendo… y que ya advirtieron Orígenes en el siglo III, y otros místicos y teólogos después de él.



Hasta ahora, algunos han elegido el dogma y no la conciencia, y la situación a la que ha conducido esa elección es ya conocida. El problema no es del mundo, que sigue su camino, sino del cristianismo, cuyas Iglesias no se llenan sino que se vacían…

 

La frase del libro de los Hechos de los Apóstoles es pronunciada por el Apóstol Pedro dirigida a las autoridades judías, a las que dice hablar «en nombre de Jesucristo el Nazareno que vosotros habéis crucificado».

 

Estas palabras representan una evidente simplificación «teológica» porque ese versículo del Nuevo Testamento está en abierto contraste con el pensamiento de Jesús, que siempre vinculó la salvación a la práctica del bien y la justicia, y no a ritos o invocaciones particulares.

 

Entre los muchos pasajes evangélicos, retomo la famosa escena del juicio universal: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis» (Mateo 25,34-35).

 

Aquí la participación en la salvación no es para aquellos que han invocado el nombre de Jesús, sino para aquellos que han practicado el bien: es decir, tiene que ver con la ética, no con la religión, y por lo tanto es universal.

 

Seguramente se puedan citar textos griegos, romanos, hindúes, budistas, musulmanes, taoístas y de otras religiones, así como textos filosóficos y literarios de la búsqueda espiritual laica, orientada al cultivo del bien y la justicia por el solo amor al bien y la justicia, que no es más que una forma diferente de honrar esa emoción inefable que a veces sienten los seres humanos ante el misterio de la vida y sus grandes valores.

 

Ésta es una espiritualidad nueva, y a la vez antiquísima, arquetípica y primitiva, universal y, como tal, unitaria, que sigue surgiendo en el mundo, ante la cual el cristianismo, como todas las demás religiones, debería ponerse humildemente al servicio, abandonando toda pretensión de primacía y exclusividad.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

El sentimiento religioso en una sociedad en el que Dios ha dejado de ser cierto.

El sentimiento religioso en una sociedad en el que Dios ha dejado de ser cierto 

A partir de la lectura de las declaraciones del Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello (https://www.religiondigital.org/espana/Arguello-sentimientos-religiosos-juridico-protegido_0_2707829217.html) me he propuesto hacer una reflexión. 

¿Qué ha cambiado en la religiosidad y, sobre todo, en la espiritualidad de los españoles en este nuevo milenio en curso? ¿Qué importancia tienen hoy los valores de la fe y la ética? ¿El multiculturalismo ha afectado también a los aspectos más íntimos de la espiritualidad? 

Vivimos en una época que cultiva una idea débil y plural de la verdad: la religión no es una excepción. 

Desde hace algunos años, la España religiosa está en gran movimiento: por el crecimiento del ateísmo y del agnosticismo entre los jóvenes, por el aumento de creencias diferentes a las tradicionales, por la demanda recurrente de alternativas nuevas o espirituales. 

Quien paga el precio parece ser ese catolicismo que durante mucho tiempo representó la cultura común de la nación, pero que parece tener dificultades para conectarse con la conciencia moderna, (incluso a pesar de la presencia del Papa Francisco -lo digo entre paréntesis-). 

Lo que algunos definen como una ruptura silenciosa de la tradición religiosa quizá no está sucediendo en toda España de manera uniforme, como aparentemente puede estar sucediendo en otros países del centro y norte de Europa, pero sobre todo este asunto sí creo que hay una advertencia generacional que arroja una determinada luz sobre el destino del cristianismo, pero quizás también sobre el futuro de la religión. Por decirlo brevemente, y quizá de una manera demasiado simple, los índices de religiosidad y de fe cristiana muestran una tendencia decreciente directamente proporcional a la disminución de la edad. 

Además, hoy todos, creyentes y no creyentes, interpretan y viven su condición de manera más libre y abierta que en el pasado. Es el lado subjetivo de la vida humana el que se apodera incluso de los asuntos religiosos e informa cómo las personas se definen y perciben a sí mismas en esta esfera de la vida. 

Además de ser más inseguro, el creyente de hoy también parece más solitario. Se enfrenta a los acontecimientos de la vida en soledad, pero también a los desafíos que la época actual plantea a la fe religiosa. 

Desafíos que se derivan, por ejemplo, del contacto con quienes profesan otras religiones o creen de manera laica. O por la dificultad de orientarse en un ámbito ético y bioético en constante evolución. O también de vivir en un mundo global, lleno de ansiedades y miedos, de desigualdades y desequilibrios, de espectáculos de dolor. 

Desde los años de la protesta - 68 y alrededores -, algunos estudiosos evocan la idea de que está en marcha un cisma sumergido en la Iglesia católica, debido al distanciamiento de muchos católicos de la doctrina oficial en algunos ámbitos como, por ejemplo, el del comportamiento sexual y el de la familia. Seguramente hasta pueden estar surgiendo o han surgido otros cismas similares con respecto a otros ámbitos. 

Más allá del diferente juicio sobre el pluralismo religioso, que se desarrolla entre quienes casi esperan un alineamiento con el "mundo global" y quienes, en cambio, se declaran preocupados por el aumento de "símbolos religiosos que modifican el panorama habitual y desafían certezas consolidadas", sí se observa una preocupación generalizada: una cierta dificultad de hacer convivir en una misma sociedad grupos que expresan creencias y culturas diferentes, portadores de cuestiones -religiosas y sociales- que no pueden combinarse fácilmente en un marco unitario. 

Las mayores reservas que yo observo se dirigen al Islam. La relación con los musulmanes sigue siendo una relación incómoda, porque a menudo está relacionada con el discutido fenómeno de la inmigración, así como con las tensiones que acompañan a la presencia del Islam en todo Occidente. 

Sin embargo, yo observo un enfoque diferente hacia las religiones orientales, hacia las que se cree que se desarrolla un interés cultural y espiritual que tiende a enriquecer la sociedad. 

Sin cuestionar la idea de una “verdad religiosa”, la creencia de que existe una verdad absoluta, custodiada por una única confesión religiosa, mientras que todas las demás serían portadoras de medias verdades o verdades parciales o falsas verdades, es menor en comparación con el pasado, en un contexto en el que muchos creen que todas las religiones expresan verdades importantes para la condición humana, y que cada una de ellas ofrece un camino hacia esa verdad última que está por encima de todos nosotros. 

En poco margen de tiempo, las encuestas indican que el grupo de los no creyentes ha aumentado frente a una reducción de los creyentes. Los más afectados por el fenómeno del ateísmo son los jóvenes. Además, la no creencia también aumenta de forma inversamente proporcional al nivel de acceso a estudios superiores. 

Los mayores obstáculos para creer suelen surgir, para ateos y agnósticos, de la presencia del mal en el mundo y del desacuerdo entre ciencia y fe, razón y religión. 

Una parte de los “sin religión” parece asumir una misión particular: contrarrestar la pretensión de la Iglesia de representar los sentimientos más auténticos de la población, es decir, salir del equívoco de identificar España tout court con la España católica y reivindicar la misma consideración para las ideas de creyentes y no creyentes. 

Y esto, concretamente, sobre los temas candentes que centran el debate público actual: las cuestiones de la vida, la familia, la bioética, el género, los derechos de los homosexuales, la laicidad del Estado... 

En situaciones de fuerte desamparo, ya sea generacional o personal, parece desarrollarse una mayor desconfianza y marginación institucional, que conduce a una desafección de las normas y a menores expectativas y esperanzas de futuro, así como a un enrarecimiento de la voluntad de comprometerse con proyectos y la consecución de metas. 

En las últimas décadas, el estigma nacional contra la práctica de la homosexualidad se ha reducido considerablemente, y también ha disminuido la visión negativa del consumo de drogas blandas. Otros temas, por ejemplo la legalidad del aborto, ya ha sido como asumida y está instalada en una grande parte de la población. 

Existe un amplio consenso sobre las prácticas de reproducción asistida, tanto homóloga como heteróloga, mientras que el útero de alquiler, la maternidad más allá de la edad fértil, los experimentos con embriones humanos con fines terapéuticos y las intervenciones sobre células humanas para determinar determinadas características (estatura, color de ojos...) siguen dividiendo la opinión, con una población en desacuerdo. 

Seguramente no todos los fieles de las principales confesiones se comportan y piensan de la misma manera, pero esto es aún más cierto dentro de la feligresía católica, ya que las diferencias de “estilo religioso” delinean formas diferentes y múltiples de interpretar la identidad cristiana o católica. 

Además, hay que tener en cuenta que, de ser una sociedad de monopolio católico, España se ha ido y se está transformando en una sociedad impregnada por una variedad de confesiones. 

El pluralismo cultural y religioso, no sólo debido al fenómeno de las migraciones, parece plantear a los creyentes de todas las confesiones un desafío más sutil y desestabilizador que la secularización. Se trata de un desafío que introduce en la mente de los individuos la idea de que existen diferentes formas de creer -y de responder a las cuestiones de la existencia-, que cada sociedad y cultura tiene sus propias formas de lo sagrado, que es difícil creer que exista una única fe depositaria de la “verdad”. 

La confrontación con la diversidad religiosa, por tanto, hace más incierta y precaria la creencia de muchos, desafía la fe habitual, erosiona el supuesto (común a muchas religiones) de que existe una forma superior de conocimiento, de que hay una “verdad cognitiva y normativa absoluta”. 

Seguramente una parte de la población española suscribe la idea -muy enfatizada en el clima político actual- de que la presencia de confesiones y culturas distintas de las tradicionales constituye una amenaza para la identidad cultural del país, ciertamente ya algo incierta. Otra parte, en cambio, cree que es o puede ser una fuente de enriquecimiento cultural. 

Casi universal es la condena del extremismo religioso, que muchos atribuyen directamente a la radicalización y al terrorismo islámico. Otros, en cambio, se detienen a pensar que existe o es posible para cualquier confesión religiosa, llamando la atención, por ejemplo, sobre los fracasos provocados por las cruzadas. 

Ésta es una época que, incluso en el ámbito religioso, está más marcada por los flujos que por los bloqueos, caracterizada por una búsqueda errante de sentido, que a menudo va más allá de las fronteras y lucha por reconocerse en las definiciones convencionales. 

Incierto y solitario, el creyente de hoy parece confiar en un Dios más esperado que creído. 

La poca fe, la fe débil puede representar también un rasgo común a los creyentes de todas las confesiones religiosas, que expresa la perenne dificultad de la condición humana para relacionarse con un gran mensaje religioso. Un rasgo común que, tal vez, podría incluso llegar a convertirse en un rasgo característico y distintivo de las nuevas formas, ahora embrionarias, de sociedades multiétnicas, multiculturales y multirreligiosas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...