El sentimiento religioso en una sociedad en el que Dios ha dejado de ser
cierto
A partir de la lectura de las declaraciones del
Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello (https://www.religiondigital.org/espana/Arguello-sentimientos-religiosos-juridico-protegido_0_2707829217.html)
me he propuesto hacer una reflexión.
¿Qué ha cambiado en la religiosidad y, sobre todo, en la
espiritualidad de los españoles en este nuevo milenio en curso? ¿Qué
importancia tienen hoy los valores de la fe y la ética? ¿El multiculturalismo
ha afectado también a los aspectos más íntimos de la espiritualidad?
Vivimos en una época que cultiva
una idea débil y plural de la verdad: la religión no es una excepción.
Desde hace algunos años, la España religiosa está en gran
movimiento: por el crecimiento del ateísmo y del agnosticismo entre los
jóvenes, por el aumento de creencias diferentes a las tradicionales, por la
demanda recurrente de alternativas nuevas o espirituales.
Quien paga el precio parece ser ese catolicismo que durante mucho
tiempo representó la cultura común de la nación, pero que parece tener
dificultades para conectarse con la conciencia moderna, (incluso a pesar de la
presencia del Papa Francisco -lo digo entre paréntesis-).
Lo que algunos definen como una ruptura silenciosa de la
tradición religiosa quizá no está sucediendo en toda España de manera uniforme,
como aparentemente puede estar sucediendo en otros países del centro y norte de
Europa, pero sobre todo este asunto sí creo que hay una advertencia generacional que arroja una determinada luz sobre el
destino del cristianismo, pero quizás también sobre el futuro de la religión.
Por decirlo brevemente, y quizá de una manera demasiado simple, los índices de
religiosidad y de fe cristiana muestran una tendencia decreciente directamente
proporcional a la disminución de la edad.
Además, hoy todos, creyentes y no creyentes, interpretan
y viven su condición de manera más libre y abierta que en el pasado. Es el lado subjetivo de la vida humana el
que se apodera incluso de los asuntos religiosos e informa cómo las personas se
definen y perciben a sí mismas en esta esfera de la vida.
Además de ser más inseguro, el creyente de hoy también
parece más solitario. Se enfrenta a los acontecimientos de la vida en soledad,
pero también a los desafíos que la época actual plantea a la fe religiosa.
Desafíos que se derivan, por ejemplo, del contacto con
quienes profesan otras religiones o creen de manera laica. O por la dificultad
de orientarse en un ámbito ético y bioético en constante evolución. O también
de vivir en un mundo global, lleno de ansiedades y miedos, de desigualdades y
desequilibrios, de espectáculos de dolor.
Desde los años de la protesta - 68 y alrededores -,
algunos estudiosos evocan la idea de que está en marcha un cisma sumergido en
la Iglesia católica, debido al distanciamiento de muchos católicos de la
doctrina oficial en algunos ámbitos como, por ejemplo, el del comportamiento
sexual y el de la familia. Seguramente hasta pueden estar surgiendo o han
surgido otros cismas similares con respecto a otros ámbitos.
Más allá del diferente juicio sobre el pluralismo
religioso, que se desarrolla entre quienes casi esperan un alineamiento con el
"mundo global" y quienes, en cambio, se declaran preocupados por el
aumento de "símbolos religiosos que modifican el panorama habitual y desafían
certezas consolidadas", sí se observa una preocupación generalizada: una
cierta dificultad de hacer convivir en una misma sociedad grupos que expresan
creencias y culturas diferentes, portadores de cuestiones -religiosas y sociales-
que no pueden combinarse fácilmente en un marco unitario.
Las mayores reservas que yo observo se dirigen al Islam.
La relación con los musulmanes sigue siendo una relación incómoda, porque a menudo está relacionada con el
discutido fenómeno de la inmigración, así como con las tensiones que acompañan
a la presencia del Islam en todo Occidente.
Sin embargo, yo observo un enfoque diferente hacia las
religiones orientales, hacia las que se cree que se desarrolla un interés
cultural y espiritual que tiende a enriquecer la sociedad.
Sin cuestionar la idea de una “verdad religiosa”, la
creencia de que existe una verdad absoluta, custodiada por una única confesión
religiosa, mientras que todas las demás serían portadoras de medias verdades o
verdades parciales o falsas verdades, es menor en comparación con el pasado, en
un contexto en el que muchos creen que todas las religiones expresan verdades
importantes para la condición humana, y que cada una de ellas ofrece un camino
hacia esa verdad última que está por
encima de todos nosotros.
En poco margen de tiempo, las encuestas indican que el
grupo de los no creyentes ha aumentado frente a una reducción de los creyentes.
Los más afectados por el fenómeno del ateísmo son los jóvenes. Además, la no
creencia también aumenta de forma inversamente proporcional al nivel de acceso
a estudios superiores.
Los mayores obstáculos para creer suelen surgir, para
ateos y agnósticos, de la presencia del mal en el mundo y del desacuerdo entre
ciencia y fe, razón y religión.
Una parte de los “sin religión” parece asumir una misión
particular: contrarrestar la pretensión
de la Iglesia de representar los sentimientos más auténticos de la población,
es decir, salir del equívoco de identificar España tout court con la España católica y reivindicar la misma
consideración para las ideas de creyentes y no creyentes.
Y esto, concretamente, sobre los temas candentes que
centran el debate público actual: las cuestiones de la vida, la familia, la
bioética, el género, los derechos de los homosexuales, la laicidad del
Estado...
En situaciones de fuerte desamparo, ya sea generacional o
personal, parece desarrollarse una mayor desconfianza y marginación
institucional, que conduce a una desafección de las normas y a menores
expectativas y esperanzas de futuro, así como a un enrarecimiento de la
voluntad de comprometerse con proyectos y la consecución de metas.
En las últimas décadas, el estigma nacional contra la
práctica de la homosexualidad se ha reducido considerablemente, y también ha
disminuido la visión negativa del consumo de drogas blandas. Otros temas, por
ejemplo la legalidad del aborto, ya ha sido como asumida y está instalada en
una grande parte de la población.
Existe un amplio consenso sobre las prácticas de
reproducción asistida, tanto homóloga como heteróloga, mientras que el útero de
alquiler, la maternidad más allá de la edad fértil, los experimentos con
embriones humanos con fines terapéuticos y las intervenciones sobre células
humanas para determinar determinadas características (estatura, color de
ojos...) siguen dividiendo la opinión, con una población en desacuerdo.
Seguramente no todos los fieles de las principales
confesiones se comportan y piensan de la misma manera, pero esto es aún más
cierto dentro de la feligresía católica, ya que las diferencias de “estilo
religioso” delinean formas diferentes y múltiples de interpretar la identidad
cristiana o católica.
Además, hay que tener en cuenta que, de ser una sociedad
de monopolio católico, España se ha ido y se está transformando en una sociedad
impregnada por una variedad de confesiones.
El pluralismo cultural y religioso, no sólo debido al
fenómeno de las migraciones, parece plantear a los creyentes de todas las
confesiones un desafío más sutil y desestabilizador que la secularización.
Se trata de un desafío que introduce en la mente de los individuos la idea de
que existen diferentes formas de creer -y de responder a las cuestiones de la
existencia-, que cada sociedad y cultura tiene sus propias formas de lo
sagrado, que es difícil creer que exista una única fe depositaria de la “verdad”.
La confrontación con la diversidad religiosa, por tanto,
hace más incierta y precaria la creencia de muchos, desafía la fe habitual,
erosiona el supuesto (común a muchas religiones) de que existe una forma
superior de conocimiento, de que hay una “verdad cognitiva y normativa
absoluta”.
Seguramente una parte de la población española suscribe
la idea -muy enfatizada en el clima político actual- de que la presencia de
confesiones y culturas distintas de las tradicionales constituye una amenaza
para la identidad cultural del país, ciertamente ya algo incierta. Otra parte,
en cambio, cree que es o puede ser una fuente de enriquecimiento cultural.
Casi universal es la condena del extremismo religioso,
que muchos atribuyen directamente a la radicalización y al terrorismo islámico.
Otros, en cambio, se detienen a pensar que existe o es posible para cualquier
confesión religiosa, llamando la atención, por ejemplo, sobre los fracasos
provocados por las cruzadas.
Ésta es una época que, incluso en el ámbito religioso,
está más marcada por los flujos que por los bloqueos, caracterizada por una
búsqueda errante de sentido, que a menudo va más allá de las fronteras y lucha
por reconocerse en las definiciones convencionales.
Incierto y solitario, el creyente de hoy parece confiar
en un
Dios más esperado que creído.
La poca fe, la fe débil puede representar también un
rasgo común a los creyentes de todas las confesiones religiosas, que expresa
la perenne dificultad de la condición humana para relacionarse con un gran
mensaje religioso. Un rasgo común que, tal vez, podría incluso llegar a
convertirse en un rasgo característico y distintivo de las nuevas formas, ahora
embrionarias, de sociedades multiétnicas, multiculturales y multirreligiosas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF