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martes, 1 de septiembre de 2026

¿Qué conversión?

¿Qué conversión?


Estamos inmersos en una época de miradas bajas, en la que el ojo de la carne se engaña creyendo haberlo visto todo porque ha medido, pesado y tocado la materia.

 

Pero el sentido profundo de la vida yace más allá de lo que la mano agarra y la mirada agota; es un horizonte que solo se deja entrever a quien se atreve a traspasar el velo de la carne.

 

La profundidad del Mensaje no se revela a quien permanece prisionero de los sentidos.

 

Hay un susurro que sacude los cimientos del ser, un eco que atraviesa los siglos, una propuesta que el Misterio ha lanzado como una semilla al viento, pero que solo un terreno transformado puede acoger.

 

La llamada es para quienes tienen oídos interiores, para quienes no se conforman con el pan que sacia el estómago, sino que anhelan el alimento que libera el alma.

 

No nos engañemos pensando que la visión es un esfuerzo de la voluntad.


Ni el hombre ni la mujer escalan la montaña del Espíritu solo con sus propias fuerzas; son guiados. Es un rapto dulce, una atracción profunda hacia otra dimensión, como el río que se rinde dócilmente a la corriente del Espíritu.

 

Pero si el viento sopla donde quiere, nuestra tarea es preparar la casa: limpiar el terreno; arrancar las zarzas del egoísmo y del orgullo que ahogan toda novedad; arreglar los senderos, ordenar nuestra vida cotidiana para que el Espíritu no encuentre obstáculos en el camino; hacer espacio, porque solo en el vacío de un corazón purificado el Misterio puede finalmente encontrar morada.

 

No hay tiempo que perder: el trabajo silencioso, a menudo invisible a los ojos del mundo, es el que prepara el milagro del florecimiento interior.

 

Llegará el día, tan repentino como un rayo y tan silencioso como el amanecer, en el que se nos caerán las escamas de los ojos. En ese momento, ya no veremos solo la crónica, sino la historia.

 

Y reconoceremos la Presencia que palpita en el corazón de los acontecimientos, la forma sutil y poderosa en que el Misterio actúa entre los pliegues del tiempo.

 

Creer no es un asentimiento intelectual, sino un cambio radical de mentalidad, es metanoia.

 

Es el paso de la oscuridad de la separación a la luz de la conexión. De espectadores ciegos nos convertimos en actores conscientes de la historia sagrada que se despliega.


Quien reconoce el Misterio ha captado por fin el sentido último del universo.

 

Verá lo que el hombre ciego ignora: todo está interconectado.

 

No hay hilos aislados en el tejido de la creación.

 

En esta nueva conciencia, las barreras que hoy os dividen - naciones, lenguas, miedos - se derrumbarán como muros de arena azotados por el mar.

 

Quien ve con los ojos del Espíritu no puede sino colaborar en la construcción de un reino de paz y justicia, porque reconoce en el otro la misma vida que emana del Único.

 

No esperemos a mañana. La labor de purificación comienza en el silencio de este instante.

 

Preparemos el camino, porque la vida está manifestando su gloria, y solo quien haya cambiado su mirada podrá heredar su plenitud.

 

Y recordemos que el futuro se construye en el presente, y el presente es el lugar donde el Misterio se ofrece a quien tiene el corazón despierto y las manos abiertas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 2 de agosto de 2026

Venid conmigo a un sitio apartado.

Venid conmigo a un sitio apartado 

Como siempre, también estos días nos hundimos de repente en no pocas pesadillas. 

Miedos, duelos, limitaciones, oposiciones, cansancios, victimismos… ¿Podemos entrever algunos destellos de esperanza en el horizonte? 

La dichosa guerra… Sombras amenazantes… Imágenes de dolores y sufrimientos… 

¿Alguna alegría? 

Sí, tengo miedo y estoy cansado. Lo admito. 

Y quisiera huir pero no sé a dónde. 

Y veo a Dios, mi Dios, moviendo la cabeza. 

Le pedimos que detenga las guerras, después de que nosotros las hemos fomentado. 

Se necesita urgentemente un cambio. 

En mirada, en estilo, en acciones. De fe. 

Se necesita urgentemente una metamorfosis. 

Venid conmigo. Seguidme 

En la montaña 

Un cambio. Para superar la tentación de la desesperación. O de la violencia. 

Como nos decía Lucas el domingo pasado, la tentación, cuyo término significa “pasar a través”, es la dimensión habitual en la que vivimos y nos afecta precisamente porque somos creyentes y estamos llenos del Espíritu Santo. Paradójicamente es una buena señal ser tentado, significa que estamos en la lógica de la conversión. 

Si somos tentados es porque somos creyentes. 

Tabor es la meta de nuestra Cuaresma. La belleza y la alegría nos esperan, allí queremos ir, allí queremos orientar nuestras vidas. 

No para escapar de la pesada realidad, sino para transfigurarla. 

Vivimos en una época en la que se cultiva la desarmonía. En palabras, en discursos, incluso en nuestros barrios. En nuestras relaciones cotidianas. El lujo se confunde con la belleza, la riqueza con el esplendor. 

Pero sin belleza el corazón se marchita. Sin la belleza que toca lo bueno y lo justo, el alma se seca hasta quedar reseca. 

Una nueva mirada 

Aquel carpintero convertido en rabino lo conocían desde hacía mucho tiempo. 

Escucharon sus palabras, admiraron su profundidad y tranquilidad, amaron su visión de las cosas. Pero ahora, en Tabor, su forma de verlo cambia. 

La belleza está en nuestra mirada, no en las cosas ni en las personas. 

Y ahora los discípulos lo ven con los ojos del corazón. 

¡Qué hermoso es ver la belleza de Dios! ¡Cuánto reconocemos, en el rostro más humano del Señor Jesús, la transparencia sonriente del rostro del Padre! 

¡Y cuánta belleza falta en nuestra fe! Hemos forzado la experiencia de la fe a incluirse en las categorías de justicia y moralidad. 

Creemos que es correcto y apropiado creer en Dios. 

Es hermoso, responden los apóstoles. Una belleza que supera toda otra belleza, que ilumina y rebaja toda otra alegría que en Dios, y sólo en Dios, adquiere profundidad y esperanza de inmortalidad. 

Buscamos esta belleza cuando entramos en el desierto de la Cuaresma. 

En la locura del hombre que se cree Dios. 

Buscamos al Dios hermoso, nada más. 

En la oración 

Lucas escribe que Jesús subió al Tabor a orar y que está en oración, mientras se transfigura, como para indicar que sólo en un profundo camino de interioridad podemos descubrir la belleza de pertenecer a Dios. 

Por eso, es urgente redescubrir en nuestra fe el aspecto de la oración como encuentro íntimo y fecundo con la Palabra de Dios, para hacer de ella una lectura orante, prolongada y fecunda. 

Nos habla de su rostro transformado, que cambia de apariencia: como cuando estás enamorado, como cuando estás feliz, como cuando regresamos de una experiencia extraordinaria de fe. Se ve, si hemos descubierto la belleza de Dios no necesitamos hablar de ello por mucho tiempo. 

Jesús habla con Elías y Moisés, los profetas y la Ley, para dar plenitud a su revelación. Pero sólo Lucas nos dice que habla de su éxodo, de su partida. Han transcurrido ocho días desde que Jesús anunció a sus discípulos el terrible giro que estaban tomando los acontecimientos y su posible muerte estaba en el horizonte. 

Hoy aprendemos de Lucas que aquí mismo, en la gloria, Jesús recibe la confirmación de esto y una clave para entender el dolor que está a punto de afrontar. Cuando estamos en el Tabor comprendemos que la vida real también está hecha de cruces y derrotas, de dolores y desilusiones. Sólo en la belleza podemos afrontar el dolor. 

Los discípulos están oprimidos por el sueño, aquí como lo estarán más tarde en Getsemaní. Para ver la belleza de Dios debemos luchar duro, pelear, permanecer despiertos. Hoy día, ser y permanecer cristianos exige un esfuerzo inmenso, sobrehumano, que sólo el Espíritu nos permite realizar. Evitemos construir tiendas para “bloquear” al Señor en el momento de gloria. Si tenemos la alegría de ver la belleza de Dios, es para llevarla con nosotros a la ciudad. 

En la escucha 

La nuestra no es la fe de las visiones, sino de la escucha. 

Y esta página lo confirma. Si la oración nos lleva al lugar interior donde se encuentra la mirada de Dios sobre el mundo, la escucha de la Palabra es la invitación que el Padre nos dirige a todos. 

Un escuchar que requiere atención. 

Una escucha que requiere silencio. 

Un escuchar requiere deseo. 

Como cuando recogemos las preciosas palabras de una persona que amamos. 

Que esta subida al Tabor sea una oportunidad para escuchar mejor. Nuestro yo más profundo, en primer lugar, sin vivir en la superficie. Los que nos rodean, para mejorar la calidad de nuestras conversaciones. Hemos de desear a sopesar y pensar en las palabras a pronunciar. Retomar, cada día, el Evangelio que nos ayuda a releer la vida. 

Entonces nuestra mirada verá la metamorfosis, la transfiguración, que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros cuando tomamos a Dios en serio. 

Y quiero empezar por mí mismo: sabiéndome amado, quiero construir un metro cuadrado de paz absoluta a mi alrededor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida.

Oración y transfiguración: transfigurar la mirada o la luz para afrontar la vida 

Cada año, el 6 de agosto - fecha de mi cumpleaños -, en pleno verano, la Iglesia nos invita a contemplar el gran misterio de la transfiguración de Jesús, narrado en los Evangelios sinópticos. Lucas (9, 28-36), en particular, lo relaciona con el tema de la oración de Jesús. 

Lucas nos revela que «Moisés y Elías, aparecidos en gloria, hablaban con Jesús de su exodus que se iba a cumplir en Jerusalén», del exodus de este mundo al Padre que Jesús iba a vivir en obediencia a las Escrituras. La conexión entre el Tabor (monte de la transfiguración) y el Gólgota (monte de la pasión) es el levantamiento del velo sobre lo que le espera a Jesús al final del viaje emprendido hacia Jerusalén. 

Inmediatamente después de recibir la confesión de Pedro, que lo proclamó Mesías, Jesús hizo el primer anuncio de la «necesidad» de su pasión, muerte y resurrección (cf. Lc 9,22). Justo después de esta revelación, «unos ocho días después», se produce el acontecimiento de la transfiguración, para atestiguar que Jesús es el Cristo, como lo había proclamado Pedro (cf. Lc 9,20), pero también que su gloria contiene como necessitas la pasión y la muerte. 

Esta «necesidad», de la que Jesús habla a menudo en Lucas, no está ligada ni al azar ni a un destino querido por Dios: Jesús fue hacia la muerte en libertad y por amor. Su pasión estaba ligada ante todo a una necesidad humana: en un mundo de injustos, el justo es rechazado, perseguido y, si es posible, asesinado (como se lee en los dos primeros capítulos del libro de la Sabiduría). Jesús podría haberse pasado al bando de los injustos: entonces habría cesado la hostilidad hacia él; pero, al seguir siendo fiel a la voluntad de Dios y haciendo el bien, solo podía preparar su rechazo. 

Ahora bien, si Jesús, el Justo, afronta esta situación sin recurrir a la violencia, sino permaneciendo fiel a Dios, entonces la necesidad humana puede interpretarse también como divina: la libre obediencia a la voluntad de Dios, que pide vivir el amor hasta el extremo, exige una vida de justicia y amor, incluso a costa de la muerte. 

En esta perspectiva, Jesús había anunciado que algunos de sus discípulos verían el Reino de Dios antes de morir (cf. Lc 9,27). Y así sucede. Jesús toma consigo a Pedro, Juan y Santiago, y sube al monte a orar con ellos, para encontrar luz en su camino. Y he aquí que, durante la oración, se manifiesta la gloria de Dios en su persona: se produce una transformación de su rostro, que se vuelve resplandeciente, y de sus vestiduras, que se vuelven luminosas. ¿Es otro Jesús? No, es el hombre Jesús de Nazaret, pero contemplado en su gloria, en su vínculo inquebrantable con el Padre. 

Según los Padres de la Iglesia griega, la transformación, la metamorfosis, es un acontecimiento que afecta a los ojos y al corazón de los discípulos. Lo que se transfigura es la mirada de los tres, que por gracia han visto lo que no podían ver en la vida cotidiana. Se les concede la facultad de ver a Cristo en su realidad de Hijo de Dios, «oculta» en la vida terrenal de Jesús. 

¿Quieres saber si los discípulos, cuando Jesús se transfiguró ante los que había hecho subir al monte, vieron a Jesús bajo la forma de Dios, la que era la suya antes, habiendo tomado aquí abajo la forma de esclavo? Escucha estas palabras, en sentido espiritual, y fíjate en que no se dice solo «se transfiguró», sino «se transfiguró ante ellos» - Orígenes -. 

Esta experiencia de gloria es una revelación no solo para los discípulos, sino también para Jesús: para afrontar la prueba, no es necesario ser experto en el sufrimiento, sino simplemente haber visto la luz, en la fe, no con los ojos carnales. Hay que permanecer firmes en el Señor, creer que su camino es el de la vida, incluso a costa de perderla: perderla por Él es encontrarla, y quien tiene una razón por la que vale la pena dar la vida, hasta la muerte, ¡también tiene una razón para vivir! 

Jesús, pues, al comienzo de su viaje hacia Jerusalén, recibe del Padre la luz necesaria para afrontar el camino, incluso en la oscuridad del sufrimiento. También los discípulos están provistos de una luz que debe sostenerlos y hacerles comprender la necesidad de la pasión en todo camino de amor auténtico, que debe mantenerlos en la fe incluso en el escándalo de la pasión. 

Por eso, en la luz que Dios da a Jesús y a los discípulos aparecen Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, las Escrituras que contienen la Palabra de Dios, como confirmación del camino de Jesús y luz para los discípulos. Moisés y Elías hablan de la necesidad del éxodo de Jesús: en un mundo injusto, si el justo quiere permanecer en la lógica de la justicia y del amor —es decir, de Dios—, no puede sino «sufrir muchas cosas» (Lc 9,22). Es una verdad difícil de aceptar, pero el esfuerzo es un paso necesario en todo camino de amor fiel: no puede suprimirse en el camino de la humanización ni en el seguimiento de Jesús. 

Por otra parte, Jesús acaba de decirlo: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se despoje de sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará» (Lc 9,23-24). Si, pues, el discípulo, cada uno de nosotros, ha visto con los ojos de la fe la luz de Cristo, está equipado para la lucha espiritual, para vivir la paradoja del Evangelio. 

Esto supone en la dinámica de la oración que Jesús y los discípulos subieron al Tabor y subirán al monte de los Olivos (cf. Lc 22,39-46) para orar. Los discípulos vieron la gloria de Jesús en el Tabor porque permanecieron en oración; en cambio, no supieron contemplar a Jesús en el monte de los Olivos y seguirlo al Gólgota porque aquella noche no supieron orar. 

En ambas ocasiones estaban oprimidos por el sueño, pero en el Tabor se mantuvieron despiertos para orar y vieron la gloria de Jesús; en el Monte de los Olivos, en cambio, no pudieron velar, a pesar de que Jesús los había llamado a orar con Él, y así decidieron huir y renegar del camino recorrido. 

Nuestra oración está llamada a ser como la de Jesús: escucha de la palabra de Dios contenida en las Escrituras, coloquio con quien vive en Dios, experiencia de la comunión de los amigos y discípulos del Maestro de la Luz. 

En esta oración, Jesús encuentra la confirmación de su camino, orientado hacia la pasión, la muerte y la resurrección, en continuidad con la historia de la salvación. En esta oración, que se nos conceda renovar nuestra fe en la voz de Dios que repite cada día a nuestro corazón: «Este es mi Hijo, el amado, el elegido; escuchadle». 

El gran mandamiento «Escucha, Israel» (Dt 6,4) resuena ahora como: «Escuchadle a Él, el Hijo», Verbo hecho carne en Jesús (cf. Jn 1,14), Hombre en quien las Escrituras encuentran su cumplimiento (cf. Lc 24,44). 

Esto es lo esencial de nuestra fe y es el camino para seguir a Cristo: seguros de que nuestra lucha cotidiana, sostenida por la oración, se abrirá un día, ¿o no será que se abre cada día?, a la luz de la resurrección. Y confiando en la promesa transfiguradora de Jesús: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 21 de marzo de 2026

Contemplación y meditación sentidas ante la muerte del amigo - San Juan 11, 1-45 -.

Contemplación y meditación sentidas ante la muerte del amigo - San Juan 11, 1-45 -

El relato de la muerte de Lázaro refleja nuestras preguntas, que muchas veces no se expresan con palabras, sino con el llanto, con las lágrimas que resbalan por nuestro rostro cuando nos damos cuenta de que no podemos soportar el robo que la muerte viene a infligirnos al romper el hilo de nuestros lazos.

 

Nosotros también sufrimos, como Marta y María, la angustia de la separación, las despedidas: Señor, si hubieras estado aquí…

 

Y mientras sufrimos este dolor, nuestros ojos se cruzan con los del Señor, quien, por gracia, no es un Dios de ojos secos.

 

Solo Dios sabe cuánto necesitamos esa mirada que logra dar sentido a cada acontecimiento, porque todo lo lee desde la perspectiva de un Dios que nunca está en contra nuestra.

 

«Si hubieras estado aquí…»: es quizá la expresión que mejor expresa lo que nos ocurre cuando nos enfrentamos a acontecimientos que de inmediato nos parecen más grandes que nuestras fuerzas.


Nos cuesta soportar la ausencia de Dios, nos cuesta soportar a un Dios que parece sordo a nuestras preguntas. La tentación de huir es muy fuerte.

 

Y podemos huir de muchas maneras. Eliminando el problema o encontrando caminos que de inmediato pueden parecer más atractivos, pero que en realidad no hacen más que posponer la pregunta que puntualmente vuelve a presentarse.

 

Nos cuesta «permanecer» en esos momentos de la vida que no comprendemos de inmediato y que, sin embargo, solo pueden atravesarse en la medida en que hayamos aprendido a depositar nuestra confianza en alguien más.

 

Nos gustaría que el Dios en el que creemos nos ahorrara estos momentos. Sin embargo, no es así.

 

Y no es así no por ninguna extraña conspiración por su parte contra nosotros. Sino porque, en la vida, no se puede saborear la vida verdadera si no es a través de muertes, a través de tribulaciones. Todos llevamos dentro la convicción de que, si hay un Dios, este Dios es un Dios que preserva, que salva, que perdona.

 

El Dios que Jesús vino a revelarnos es un Dios que ni siquiera se salva a sí mismo, sino que da su vida.


«Cuando Jesús la vio llorar, se conmovió profundamente, y se turbó… y rompió a llorar… Mira cómo lo amaba».

 

Nos conmueve el llanto de Jesús ante el sepulcro de su amigo. Dios llora por la muerte, solloza por cada muerte. Nos conmueve el hecho de que Jesús pida: quitad la piedra.

 

Dios no es un Dios que cierra, sino un Dios que abre. Había abierto un camino a Israel, lo había abierto a los apóstoles asustados tras el anuncio de su muerte llevándolos a un lugar donde se había transfigurado, lo abrió para su amigo Lázaro. Hoy lo abre para cada uno de nosotros.

 

La historia de Jesús nos invita a reconocer que, tal vez, también en nuestra vida hay una piedra que cierra y que ahoga. Y no siempre es una piedra material. Esa piedra es símbolo de todo lo que pesa sobre nuestro corazón de hombres y mujeres.

 

Piedra puede ser el miedo que nos encierra, el egoísmo que nos ahoga, todo aquello que en nosotros y a nuestro alrededor apaga los sueños, el rendirnos a la resignación, el permanecer en la lógica del cálculo. También para nosotros existe el riesgo de vivir en el cautiverio de una tumba cuando ninguna sombra de futuro atraviesa nuestros días. Y es fácil rendirse a la muerte.


El hecho de que Jesús pida que se quite la piedra indica que no podemos abandonarnos a la muerte con una naturalidad despreocupada. Nos pide también a nosotros que nos entreguemos al llanto de una protesta, tal y como él se rebela ante la muerte de su amigo.

 

Junto al llanto, el grito, un alarido incluso: Gritó a gran voz: Lázaro, sal fuera. Es lo que sigue haciendo por nosotros cada vez que parece llegar tarde respecto a nuestra capacidad de aguantar, de perseverar.

 

Pasar de la nostalgia a la esperanza significa precisamente no rendirse, no resignarse. Significa creer que aún se puede salir, igual que los hebreos del Mar Rojo cuando ya tenían el aliento de los perseguidores en el cuello. Significa creer que se puede salir del sepulcro, aunque el cadáver lleve ya cuatro días.

 

¿Crees tú esto? ¿Qué debería creer? Que no es normal que unas piedras nos encierren. Cuando llegamos a considerarlo normal, hemos apagado el grito de Dios.

 

Dios es glorificado cuando un hombre, una mujer, acepta salir de todo lo que ahoga la vida, la inteligencia, la libertad. Dios ha puesto su gloria en la VIDA.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A las puertas del drama de la salvación - San Juan 11, 1-45 -.

A las puertas del drama de la salvación - San Juan 11, 1-45 -

Lázaro no hace nada: no habla, no actúa, no se sabe quién es, no tiene un carácter definido. Dado que Lázaro no hace nada, significa que Jesús lo hace todo: es Jesús quien elige a los amigos y no hace falta poseer ninguna característica especial, porque la primera característica especial es dejarse elegir. Lázaro representa, en mi opinión, a la persona que es amada por Jesús porque así lo quiere Jesús.

 

Es una caricia muy dulce, al final de esta Cuaresma, volver a decirnos que Jesús nos ama porque así lo quiere, y basta. No por nuestros ayunos, no por nuestras virtudes, ni por nuestras penitencias. Nos ama porque así lo quiere, y basta: no hay que indagar, no hay que entender, no hay que preguntar. Solo hay que aceptar.

 

Es bueno que este tiempo de Cuaresma, a las puertas ya de su final, no haya transcurrido según los propósitos que nos habíamos marcado; de lo contrario, pensaríamos que nos merecemos la Pascua; y, en cambio, la Pascua llega y basta. Porque Jesús así lo quiere y lo dispone.

 

Entre las palabras y los hechos del Evangelio se abren paso, con una tensión creciente, dos sentimientos, dos sensaciones, que ya nos llevan al umbral de la Semana Santa.

 

Se abre paso a un ritmo trepidante la tensión que va en aumento, el presentimiento del drama que se avecina, el ambiente que se vuelve pesado.


Marta y María mandan llamar a Jesús al lugar más allá del Jordán donde se había refugiado después de que los judíos estuvieran a punto de apedrearlo. Tomás habla de ir a morir; y tras la resurrección de Lázaro, los jefes de los sacerdotes y los fariseos reúnen al sanedrín para decidir matarlo (Jn 11,47). Incluso, en cierto momento, los jefes de los sacerdotes deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).

 

A esta tensión le sirve de contrapunto un clima denso de afecto, de intimidad, casi de deseo de cercanía, de amistad.

 

Jesús se conmueve profundamente, «y, muy turbado, preguntó: “¿Dónde lo habéis puesto?”». Rompe a llorar delante de todos —quizás también por la tensión que le oprime por dentro—, hasta tal punto que la gente que está allí no puede sino decir: «¡Mirad cómo lo amaba!».

 

Ese milagro le debió de costar mucho a Jesús. Quizás el único milagro que pidió al Padre un poco también para sí mismo, por amor a esos amigos. Debió de costarle mucho, porque no podía ignorar que, tras esa señal, ya no le darían tregua, lo aplastarían definitivamente.

 

Este entrelazamiento entre tensión e intimidad acompaña toda la trama de los próximos días. Lo volveremos a encontrar la noche del Jueves Santo: por un lado, la tensión del traidor que debe hacer pronto su trabajo: «Lo que tengas que hacer, hazlo cuanto antes»(Jn 13,27)

 

Y por otro, el deseo de Jesús de estar cerca de los suyos, aferrado casi físicamente a su amistad: «Mi alma está triste hasta la muerte: quedaos aquí» (Mt 26,38).

 

Al final, habrá otro grito, como el día de la resurrección de Lázaro: «Gritó a gran voz: “¡Lázaro, sal fuera!”», para sacarnos esta vez a mí —a cada uno de nosotros— de los sepulcros en los que nos hemos encerrado: «Dando un fuerte grito, expiró» (Mc 15,37).

 

La resurrección de Lázaro es la última vez que podemos entusiasmarnos con la divinidad de Jesús: alguien que incluso resucita a los muertos. De aquí en adelante, nos sentiremos desconcertados ante su debilidad, su impotencia, su fragilidad: alguien que se deja matar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


sábado, 7 de marzo de 2026

Somos sed - San Juan 4, 5-42 -.

Somos sed - San Juan 4, 5-42 -

El pasaje del Evangelio de la Samaritana es molesto.

En primer lugar, es molesto por su longitud para quienes están acostumbrados a la lectura litúrgica de pasajes breves.

 

Pero además es realmente perturbador.

 

Perturba la forma en que aparece Jesús: Jesús está cansado del viaje, es mediodía, tiene sed. Se trata de una escena de extrema sencillez y debilidad.

 

Jesús no entra en escena con fuerza, con solemnidad, con un discurso sabio.

 

Hay al menos dos referencias a la cruz: aquí Jesús pide de beber, y en la cruz dirá: «Tengo sed»; se dice que es la hora sexta, la hora en que Pilato lo condenará a muerte.

 

La cruz es la culminación de una vida de Jesús vivida bajo el signo del compartir las fatigas de los hombres, sus cansancios, su camino.

 

Esta mujer tiene una historia tormentosa. Pero no se encuentra ante un juez inflexible, sino ante un hombre cansado, capaz de comprender las fatigas, sediento, necesitado de ayuda, débil.

 

La mujer se queda asombrada: la escena es inapropiada. No es conveniente que un hombre se entretenga con una mujer extranjera.


Y la situación es aún más extraña porque él es judío, mientras que ella es samaritana, y los samaritanos no tenían buenas relaciones con los judíos.

 

La mujer se queda asombrada, porque Jesús parece sortear con naturalidad y sencillez todas las barreras mentales que hay en ella.

 

Jesús va a buscar a esta mujer más allá de cualquier conveniencia social, más allá de las etiquetas. Y se presenta sediento como ella.

 

Dios es así: te busca por todas partes, comparte tu sed, no escatima recursos, supera barreras para buscarte y encontrarte.

 

Jesús no educado, incluso resulta molesto, en su franqueza con la mujer: le pide que vaya a llamar a su marido.

 

Ella revela que no tiene marido y Jesús le cuenta su situación: ha tenido cinco hombres, ahora está con el sexto.

 

El ‘seis’ no es un número aleatorio en la Biblia: es el número de la plenitud que falta y que está por venir.

 

La Samaritana ha experimentado toda la fragilidad del amor, ha comprobado de primera mano cuánto se puede sufrir y decepcionarse.

 

Jesús la lleva de vuelta a una sed esencial de la existencia, la de ser amada, pero al mismo tiempo le abre una herida.

 

La mujer intenta defenderse, pero luego intenta dejarse perturbar.


Dejarse perturbar por Dios: podría ser un propósito para la tercera semana de Cuaresma. Y tal vez un proyecto para toda la vida.

 

¿De qué sirve una fe demasiado etiquetada, en la que nos encontramos de forma distante y nos mantenemos a una distancia segura?

 

Jesús revela el rostro de un Dios que entra en la humanidad para hacerla suya, conocerla, amarla,…, desordenarla e inquietarla.

 

Y a nosotros nos queda una elección.

 

No hay nada tan inquietante como la fe.

 

La mujer intenta cada vez llevar la conversación a un terreno aceptable:

 

- cuando Jesús le hace una pregunta que la perturba, ella se pone a disertar sobre la forma de sacar agua;

 

- cuando Jesús le habla del agua eterna, ella desvía la conversación hacia el agua terrenal;

 

- cuando Jesús la invita a ver la concreción de su vida, ella se pone a hacer teología sobre el lugar adecuado para venerar a Dios.


Pero luego se rinde y se olvida de la jarra en el pozo… Seguramente porque entonces ha intuido de qué tiene sed.


Solo Él, y no un séptimo, octavo o noveno marido, puede saciar mi deseo.

 

Podemos resistirnos, y podemos hacerlo durante mucho tiempo, pero no hay otra manera de llegar a la fe que dejarse molestar, inquietar, desordenar… por Jesús.

 

Y yo, ¿de qué tengo sed?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 2 de marzo de 2026

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -.

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -

La narración de la resurrección de Lázaro presenta una pedagogía de la fe cristológica (que culmina en las palabras de Marta: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo», pero también contiene una profunda dimensión humana que se puede resumir así: el amor hace vivir, el amor da vida, el amor hace pasar de la muerte a la vida.

 

El texto comienza con el anuncio a Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo».

 

El paso de Lázaro de la tumba a la compañía de los vivos se produce entre las lágrimas que Jesús derrama por su amigo, lo que lleva a los judíos presentes a reconocer: «Mirad cómo lo amaba».

 

El narrador especifica que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro».

 

Si el episodio de la resurrección de Lázaro es el signo que anticipa la Pascua de Jesús, este signo —el paso de la muerte a la vida— es posible gracias al amor.

 

Un amor concreto, personal, cotidiano, amistoso, como el que une a Jesús con Lázaro, un hombre que no formaba parte del grupo de los Doce, pero que, junto con sus hermanas, acogía a Jesús cuando este iba a Betania (Jn 12,1).

 

De María se recuerdan los gestos concretos de amor que había reservado a Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos».

 

Pero el amor no impide que la enfermedad y la muerte afecten a quienes amamos, sino que, precisamente, el amor por el amigo que enferma y muere hace aún más dolorosa nuestra vida y nuestro amor.

 

Conocemos algo de la muerte en la medida de nuestro amor, y esto es a veces lo que nos empuja a huir del amor, a resistirnos a él, a no querer amar y a no dejarnos amar. El miedo al sufrimiento que puede derivarse de él puede inhibir el amor. Pero esto equivale a renunciar a la vida, a no querer vivir.


 

Jesús ama a Marta, María y Lázaro, pero está lejos cuando le anuncian que Lázaro está enfermo.

 

El amor vive también en la distancia, en la lejanía física, en la falta de contacto inmediato. Y cuando Lázaro muera, Jesús permanecerá dos días más donde se encuentra.

 

Las hermanas reprochan dos veces a Jesús su ausencia física junto a Lázaro, convencidas de que su presencia habría salvado a Lázaro de la muerte. También los judíos presentes se suman a esta protesta.

 

Marta y María vinculan el amor con la proximidad física.

 

Jesús vive un amor absolutamente auténtico (y reconocido como tal por la misma multitud), pero en una alternancia de cercanía y distancia, de proximidad y lejanía.

 

Jesús vive el amor también en la espera y sabe que el amor no impide la muerte.

 

Hay un límite al amor, el amor no es omnipotente. Y

 

 aunque Lázaro ha vuelto a la vida, lo que significa que el amor puede operar el paso de la muerte a la vida, sin embargo, Lázaro tendrá que enfrentarse a la muerte, porque el amor no puede impedir la muerte.

 

Al mismo tiempo, la muerte no inhibe el amor.

 

Éste es un primer mensaje de este relato: el hecho de que tengamos que morir no puede ni debe impedirnos amar, ni el amor puede ser visto como algo que escapa a la muerte.

 

Jesús, al enterarse de que Lázaro está enfermo, afirma que esa enfermedad no es para la muerte, sino para la manifestación de la gloria de Dios.

 

Y, en realidad, cuando Lázaro muera, se revelará que también la muerte es una ocasión para manifestar la gloria de Dios, que para el cuarto evangelio es la gloria del amor.


 

Jesús no invita a luchar por prolongaciones agotadoras y penosas de la vida, Jesús no convierte la vida en su dimensión biológica en un fetiche, sino que afirma que tanto vivir como estar enfermo y morir son lugares de posible manifestación de la gloria de Dios, la gloria del amor.

 

Y la gloria de amar se manifiesta ya en el valor con el que Jesús afronta el viaje a Judea desafiando a la muerte.

 

Estamos ante el amor que vence el miedo a perder la vida por amor.

 

Desde siempre, el hombre vive esta extraña condición por la que, por un lado, teme la muerte y el morir, siente repugnancia por la descomposición del cuerpo, pero, al mismo tiempo, encuentra la fuerza para dar la vida por otro, para morir por una persona amada, por una causa justa.

 

Aquí, el amor por Lázaro impulsa a Jesús a emprender un viaje que podría costarle la vida. Esto también dice mucho de la importancia que Jesús concede a la relación tan humana de la amistad.

 

Las objeciones que se le pueden plantear a Jesús son varias. ¿No es acaso un motivo demasiado íntimo, ajeno a la misión salvífica y al Reino de Dios, arriesgar la vida para ir a ver a un amigo? Si sucediera, ¿se trataría de la muerte de un mártir o de un imprudente que ha concedido demasiado peso a las relaciones humanas?

 

Pero la repetición de los términos afectivos que unen a Jesús con Lázaro (el que tú amas, nuestro amigo, mirad cómo lo amaba) indican que la realidad que Jesús vivió con Lázaro es la amistad, y que la revelación de Dios que Jesús realiza en su humanidad incluye también la historia de la amistad, del afecto humano.

 

También en la amistad, Jesús narra la gloria de Dios, narra el poder del amor más fuerte que la muerte.


 

Jesús y los discípulos se dirigen entonces a casa de Lázaro.

 

Y he aquí el grito de Tomás: «Vamos también nosotros a morir con él». Grito que expresa su deseo de compartir el camino de Jesús que, yendo a Judea, puede efectivamente encontrar la muerte. Un grito que indica su voluntad de no dejarlo solo incluso en esa eventualidad extrema.

 

Al llegar a Betania, el narrador señala que Lázaro llevaba ya cuatro días en la tumba y Marta sale al encuentro de Jesús haciendo lo que es a la vez una confesión de fe y una queja.

 

Marta sufre por la muerte de su hermano, porque no comprende, a pesar de lo que sabe. Ella sabe que todo lo que Jesús pide a Dios, Dios lo concede. Entonces, ¿por qué Jesús no ha venido a conjurar la muerte de su amigo con su cercanía?

 

Jesús muestra un amor que permanece incluso más allá de la muerte, un amor cuya prioridad no es evitar la muerte a toda costa.

 

Y hace que Marta pase de un artículo de fe, la creencia en la resurrección de los muertos en el último día, a la fe en la vida en Jesús, a vivir como Jesús, a sumergirse en la realidad en la que vive Jesús, que es el verdadero lugar de la vida.

 

Quien se compromete con Jesús, cree en Él y trata de vivir la vida de Jesús, habita el amor que permanece incluso a través de la muerte.

 

El encuentro con María está marcado por las mismas palabras que había pronunciado Marta. Pero falta toda la parte del diálogo teológico sobre la resurrección. Los tonos son más afectivos, el contexto es de lágrimas y llanto.

 

También María vive la idea del amor por el que la cercanía conjura la muerte. Pero está más centrada en el pasado, en los afectos vividos y ahora interrumpidos, y solo el llanto puede expresar ese dolor. No existe en María la preocupación de Marta por el futuro, la resurrección venidera, el último día.

 

Frente a estas dos actitudes, Jesús vive el presente de la muerte de Lázaro, asume esa muerte y afirma que el amor no muere con la muerte. El amor sigue vivo después de la muerte y tiene el poder de crear un puente entre los vivos y los muertos.



El relato evangélico tiene un clímax emocional.

 

Jesús entra en un torbellino de sentimientos que le llevan a romper a llorar. Se turba, se conmueve, se contagia del llanto de los demás y se estremece por la muerte de su amigo. Jesús rompe a llorar de forma liberadora, lo que reorienta sus emociones, que, de ser internas, se vuelven visibles, se exteriorizan, se hacen corporales.

 

El amor no permanece oculto, sino que se manifiesta. Las lágrimas son la elocuencia discreta del alma, el lenguaje del corazón. Son la parte visible, material, por temblorosa y transparente que sea, de nuestro deseo.

 

Las lágrimas unen admirablemente lo interior y lo exterior, el cuerpo y el alma. Y nos dicen algo sobre la sabiduría del cuerpo, expresando una dimensión de la verdad inherente al cuerpo que las palabras y el discurso conceptual no saben manifestar.

 

Y he aquí que, ante la tumba, Jesús comienza a actuar.

 

Marta parece querer frenarlo. «Ya huele mal». Marta está ligada a la muerte y mantiene a su hermano anclado a ella, pero para Jesús incluso la muerte es un lugar de manifestación de la gloria de Dios.

 

El problema no es evitar la muerte, sino comprender que en ella puede manifestarse la gloria de Dios, su amor. Solo un amor que asuma en su totalidad lo trágico y lo inevitable de la muerte es un amor que conduce al paso de la muerte a la vida.


 

Jesús cree en el amor incluso ante la muerte. Jesús sigue amando incluso ante el cadáver. Y es significativo que la orden que Jesús da después de llamar a Lázaro sea «desatadlo y dejadlo ir».

 

La orden se refiere a los presentes: Lázaro ya se está moviendo sin problemas. El problema son los que lo rodean, que deben dejarlo ir, porque el amor no retiene, no se aferra, sino que cuanto más ama, más libera al amado.

 

Jesús está enseñando a amar: no lleva consigo al muerto que ha vuelto a la vida, sino que enseña a amar con libertad. Amar es liberar al otro. Ni siquiera la muerte puede retener el amor.

 

El paso del amado Lázaro de la muerte a la vida anticipa lo que Jesús hará poco después cuando, habiendo amado a los suyos, los amará hasta el final (Jn 13,1), entregándose a esa muerte que no podrá retenerlo porque el poder del amor disuelve los lazos del infierno.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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