martes, 1 de septiembre de 2026

¿Qué conversión?

¿Qué conversión?


Estamos inmersos en una época de miradas bajas, en la que el ojo de la carne se engaña creyendo haberlo visto todo porque ha medido, pesado y tocado la materia.

 

Pero el sentido profundo de la vida yace más allá de lo que la mano agarra y la mirada agota; es un horizonte que solo se deja entrever a quien se atreve a traspasar el velo de la carne.

 

La profundidad del Mensaje no se revela a quien permanece prisionero de los sentidos.

 

Hay un susurro que sacude los cimientos del ser, un eco que atraviesa los siglos, una propuesta que el Misterio ha lanzado como una semilla al viento, pero que solo un terreno transformado puede acoger.

 

La llamada es para quienes tienen oídos interiores, para quienes no se conforman con el pan que sacia el estómago, sino que anhelan el alimento que libera el alma.

 

No nos engañemos pensando que la visión es un esfuerzo de la voluntad.


Ni el hombre ni la mujer escalan la montaña del Espíritu solo con sus propias fuerzas; son guiados. Es un rapto dulce, una atracción profunda hacia otra dimensión, como el río que se rinde dócilmente a la corriente del Espíritu.

 

Pero si el viento sopla donde quiere, nuestra tarea es preparar la casa: limpiar el terreno; arrancar las zarzas del egoísmo y del orgullo que ahogan toda novedad; arreglar los senderos, ordenar nuestra vida cotidiana para que el Espíritu no encuentre obstáculos en el camino; hacer espacio, porque solo en el vacío de un corazón purificado el Misterio puede finalmente encontrar morada.

 

No hay tiempo que perder: el trabajo silencioso, a menudo invisible a los ojos del mundo, es el que prepara el milagro del florecimiento interior.

 

Llegará el día, tan repentino como un rayo y tan silencioso como el amanecer, en el que se nos caerán las escamas de los ojos. En ese momento, ya no veremos solo la crónica, sino la historia.

 

Y reconoceremos la Presencia que palpita en el corazón de los acontecimientos, la forma sutil y poderosa en que el Misterio actúa entre los pliegues del tiempo.

 

Creer no es un asentimiento intelectual, sino un cambio radical de mentalidad, es metanoia.

 

Es el paso de la oscuridad de la separación a la luz de la conexión. De espectadores ciegos nos convertimos en actores conscientes de la historia sagrada que se despliega.


Quien reconoce el Misterio ha captado por fin el sentido último del universo.

 

Verá lo que el hombre ciego ignora: todo está interconectado.

 

No hay hilos aislados en el tejido de la creación.

 

En esta nueva conciencia, las barreras que hoy os dividen - naciones, lenguas, miedos - se derrumbarán como muros de arena azotados por el mar.

 

Quien ve con los ojos del Espíritu no puede sino colaborar en la construcción de un reino de paz y justicia, porque reconoce en el otro la misma vida que emana del Único.

 

No esperemos a mañana. La labor de purificación comienza en el silencio de este instante.

 

Preparemos el camino, porque la vida está manifestando su gloria, y solo quien haya cambiado su mirada podrá heredar su plenitud.

 

Y recordemos que el futuro se construye en el presente, y el presente es el lugar donde el Misterio se ofrece a quien tiene el corazón despierto y las manos abiertas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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