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martes, 15 de septiembre de 2026

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -.

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -

Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.

 

Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…

 

Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra pregunta. Más silenciosa. Más exigente.

 

¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?

 

No, no es una pregunta propia de la vejez.

 

No, no es nostalgia por lo perdido.

 

Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.

 

Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.


Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».

 

No «dejar» en el sentido de abandono, sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.

 

Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.

 

Es entonces cuando la vida cambia de verdad.

 

Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en una responsabilidad hacia alguien.

 

Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.

 

He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.

 

Intuyo que llegará un día en el que ese camino encuentre su destino natural.

 

¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?


Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.

 

Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades. Incluso recuerdos.

 

Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por lo que dejamos atrás.

 

Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.

 

Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.

 

Un educador transmite saber. Una madre transmite confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…


La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.

 

La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una sabiduría silenciosa.

 

La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la entrega a la tierra.

 

La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino que los ofrece.

 

El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.

 

No, no lo había comenzado a entender hasta hace un tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio de los pies…

 

Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de julio de 2026

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo. 

Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida. 

Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista. Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se pone en su sitio y así recupera su valor. 

Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a través de la experiencia más elemental del amor humano. 

Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay algo entre nosotros». 

Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor. Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero». Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al unirlos, los abre más allá de sí mismos. 

El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo, sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del Otro».

Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la Presencia que transfigura todos los bienes. 

Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera. La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío, sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha. No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su curso. 

El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin: lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita. 

Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia. 

Para comprender el alcance de la parábola evangélica, podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12: 

«Pues bien, yo no soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». 

Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es precisamente el propósito de las parábolas. 

También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada de sabiduría. 

Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento. Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece. 

Discernir es un acto que involucra a la vez la inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a ninguna forma innovadora de cálculo o recuento. 

Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos en la era de la inteligencia artificial. 

Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad. Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo. 

La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se encuentran ante el bien. 

Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio, estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial», para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo (Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada hombre habita siempre la posibilidad. 

Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140). 

Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una conversión. 

Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en el campo (Magnifica Humanitas 140). 

Es precisamente este entrelazamiento de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma: la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas 126). 

La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer. 

El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio. 

El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida (Magnifica Humanitas 1). 

La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada, porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas 126). 

Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona. 

El futuro de una persona nunca es completamente predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la maduración (Magnifica Humanitas 140). 

Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia. 

Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas. Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de un archivo. Es el servidor de una fuente. 

Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como una fuerza secreta de resurrección. 

El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María, guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas 245). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Optar - con determinada decisión - por la locura.

Optar - con determinada decisión - por la locura 

Vivimos tiempos de locura. Lo oímos decir por ahí, lo leemos en los periódicos, lo escuchamos en los programas de análisis. La Tierra se ha vuelto de repente pequeña y estrecha, sacudida por guerras violentas cada vez más frecuentes, tan numerosas que nos dan la sensación, a nosotros, pequeños espectadores asustados, de estar cada vez más expuestos y en peligro, de no poder seguirles el ritmo, de no entender nada, de no poder dar razones ni explicaciones racionales. 

La continua sucesión de noticias, actualizaciones casi en tiempo real, proclamas y las inevitables desmentidas que les siguen, crean confusión y no ayudan a aclarar las cosas. Y la confusión, a su vez, genera preocupación y ansiedad, sentimientos que refuerzan la idea de que todo se nos está yendo de las manos y de que algo extremadamente terrible está a punto de suceder (o ya está sucediendo sin que nos demos cuenta). 

Que estamos viviendo una época de caos y que el orden mundial, tal y como creíamos haberlo construido y entendido, ya no existe, lo confirman también los llamados poderosos. 

Pienso en el discurso del Canciller alemán Friedrich Merz, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que afirmó sin rodeos que «el orden internacional basado en derechos y normas se encuentra actualmente en fase de destrucción». 

Donde no hay ley, hay lucha por el poder y la prepotencia del más fuerte. Donde no hay racionalidad ni civilización en las relaciones, reinan la locura y la violencia. Donde no hay orden, hay quienes manipulan el miedo de la mayoría en su propio beneficio. 

Entre las diversas metodologías de gestión de la política exterior, por ejemplo, existe incluso una denominada «del rey loco». 

La teoría del loco tiene como objetivo atemorizar a los adversarios convenciéndoles de que se les podría atacar con reacciones enormemente desproporcionadas; consiste en enmascarar las verdaderas intenciones tras comportamientos poco convencionales, declaraciones absurdas y provocaciones incendiarias. Son muchos los que piensan que esta es la técnica utilizada por el actual Presidente de USA Donald Trump. 

¿Cómo podemos nosotros, pequeños espectadores del desequilibrado escenario mundial, sobrevivir a esta locura sin perder la cabeza? ¿Y si fuera, también para nosotros, simples ciudadanos, la locura —y no una angustiosa búsqueda de sentido— lo que nos ayudara? 

A quien me lee suelo recordar lo que escribió Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, más actual que nunca: «Fingirse loco en el momento y lugar adecuados es la máxima sabiduría». 

¿Será, pues, precisamente la locura la vía de salida? 

Con esta inquietud, releí algunas páginas del grande Humanista Erasmo de Rotterdam, encontrando en ellas consuelo y motivación. Un fruto de aquella relectura está ya en este blog: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/elogio-de-la-locura-erasmo-de-rotterdam.html 

El filósofo y teólogo había observado que cuando los tiempos se vuelven confusos, no son los sabios y los eruditos, con sus tristes explicaciones, los que resultan útiles para la mayoría, sino los bufones. 

Erasmo de Rotterdam explica que las ciudades, los gobiernos, las leyes y las religiones se basan en la locura, en personajes que halagan al pueblo con promesas irracionales, que compran votos, buscan aplausos, se complacen con las aclamaciones, se dejan llevar en procesión triunfal como una estatua para mostrarla al pueblo y hacen que se coloque en la plaza, bien a la vista, su propia estatua de bronce. «Con estas tonterías se controla a esa bestia enorme y poderosa que es el pueblo». ¿Nos recuerda a alguien? 

Y continúa su análisis señalando que si algún sabio se levantara de repente para gritar que el personaje al que todos miran como a un dios y a un poderoso no es un hombre, sino una bestia, sería acusado de estar loco: marginado, ridiculizado y humillado. Uno no puede evitar preguntarse una vez más: ¿nos recuerda a alguien? 

Si no queremos resignarnos a ser manipulados, utilizados como marionetas de un espectáculo que nunca habríamos elegido; si no queremos que nos arrebaten nuestros derechos como ciudadanos, entre los que destaca el derecho a discrepar, a negarnos a participar en guerras ilegales (si es que alguna vez puede haber guerras legales), a vivir en paz, tal vez debamos optar por la locura. 

La locura de quienes siguen diciendo «no» a la violencia, de quienes salen a la calle a manifestarse contra las guerras, de quienes siguen trabajando en silencio en las organizaciones humanitarias, cooperando en lugar de dominar, creyendo en la solidaridad y no en el dominio. 

Es decir... cosas de locos, en definitiva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 7 de noviembre de 2025

Tener la suficiente lentitud.

Tener la suficiente lentitud 

Vivimos inmersos en una carrera continua. Cada día transcurre con la misma frenética actividad: reuniones, plazos, notificaciones, objetivos. Ya no hay distinción entre horario laboral y tiempo personal. 

Trabajamos incluso cuando no deberíamos, respondemos a mensajes por la noche, nos sentimos culpables si nos tomamos una tarde de descanso. El tiempo, que antes pertenecía a las personas, hoy pertenece a las empresas, a los algoritmos, a los ritmos impuestos por un mercado que nunca duerme. 

Siempre hemos pensado que la mayor conquista fue la de las ocho horas: ocho para trabajar, ocho para vivir, ocho para dormir. Un equilibrio sencillo y humano. Pero, viendo la realidad actual, ese principio parece un recuerdo lejano. Las ocho horas ya no son suficientes, y a menudo ni siquiera lo son las veinticuatro. El trabajo se ha colado en todos los espacios de nuestra vida: en casa, en nuestros pensamientos, incluso en los momentos de descanso. 

La velocidad se ha convertido en la nueva medida del valor. Quien va despacio se queda atrás, quien reduce la velocidad corre el riesgo de quedar excluido. Pero a fuerza de correr, hemos perdido la capacidad de entender hacia dónde vamos. 

Llenamos nuestra vida de actividades, objetivos y plazos, pero la calidad de lo que hacemos —y de lo que somos— se va diluyendo. Trabajamos para acumular tiempo libre que luego no sabemos cómo disfrutar, porque nuestra mente sigue atrapada en ese ritmo incesante que nos ha moldeado. 

La paradoja es que este frenesí no solo viene de arriba. Se ha convertido en un hábito colectivo. Incluso aquellos que podrían reducir la velocidad, a menudo no pueden hacerlo. Sentimos la obligación de «ser productivos» incluso en nuestro tiempo libre: cursos, deportes, compromisos, viajes programados como proyectos. Hemos interiorizado la lógica del rendimiento hasta convertirla en un estilo de vida. 

Pero detenerse no significa rendirse. Reducir el ritmo no es un lujo, sino un acto de resistencia. Es decir no a un sistema que reduce al ser humano a una suma de resultados. Es una forma de recordar que la productividad no puede ser la única medida de la vida. 

Cuando pensamos nos damos cuenta de que la petición más profunda, bajo cada reivindicación en el ámbito laboral, casi suele ser siempre la misma: tener tiempo. Tiempo para uno mismo, para la familia, para respirar. Muchas de las luchas, en el fondo, giran en torno a esto: el derecho a vivir sin ser aplastado por el ritmo. 

Quizás hoy en día, además de no pocas ni poco importantes reivindicaciones, deberíamos volver a hablar también de esto: la gestión del tiempo, el derecho a la lentitud, a la desconexión, a la calidad de vida. 

Porque no basta con tener un trabajo: también hay que tener la posibilidad de vivirlo de forma humana. El futuro del trabajo no puede ser solo digital, ágil o automatizado, también debe ser sostenible para las personas. 

El tiempo es nuestra verdadera riqueza, pero lo tratamos como un bien de consumo. Lo desperdiciamos, lo perseguimos, lo vendemos. Deberíamos aprender a considerarlo, en cambio, como un bien común, que hay que proteger, compartir y respetar. 

Quizás la verdadera libertad comienza cuando dejamos de perseguir la productividad y volvemos a perseguir el sentido. Cuando comprendemos que la vida no es una carrera que hay que ganar, sino un equilibrio que hay que construir. Cuando redescubrimos que el tiempo, más que un recurso, es la esencia misma de lo que somos. 

Porque, al fin y al cabo, la lentitud no es solo una forma de vida. Es una forma de dignidad. Es el derecho de cada persona a vivir su propio tiempo, sin tener que justificarlo ante nadie. 

La lentitud no es precisamente detenerse, a veces es el movimiento de un sentir y un pensar que «ruge alrededor» de las personas, los momentos, los problemas. Alrededor, sin tomar, sin atravesar, pero un poco distante, para reflexionar y escuchar. También los silencios y los gemidos; también los estremecimientos y los impulsos contenidos. 

Nos damos cuenta de nosotros mismos y de lo que nos mueve por dentro; nos esforzamos por corresponder con atención a las expectativas de los demás. La expectativa de que se haga el bien y no el mal, de la que habla Simone Weil en “La persona y lo sagrado”. Entonces, incluso elegir y posicionarse, hacerse presente, será una conciencia madurada en los encuentros. 

Sin una cierta lentitud, se corre el riesgo de no captar la expectativa sobre uno mismo, hacia uno mismo. Y uno se pierde en los objetivos, en los éxitos y en los logros. Sin lentitud no hay viaje, no hay camino de vida, solo quedan etapas y metas, usos y medios. La existencia es encuentro, verdad y descubrimiento. 

Las aceleraciones provocan indiferencia, los remolinos difuminan las formas y los colores. La indiferencia es (también) juicio y justificación rápida: el valor propio de las personas (y las cosas, y las situaciones, y las pruebas) se da, en cambio, en las experiencias de lentitud. 

Y en esas experiencias, se aprecia no solo el valor que le damos al movernos, concentrados y rápidos, hacia objetivos, conquistas, alturas, roles y méritos. También se aprecia el encuentro y el regalo, el reconocimiento y las cosas bien hechas tantas veces de modo artesano y paciente.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 23 de septiembre de 2025

Elogio de la ecuanimidad.

Elogio de la ecuanimidad

Sentimos que vivimos en un mundo al borde del precipicio y tenemos razón: estamos al borde del precipicio. Pero no lo estamos por lo que pensamos inmediatamente, sino porque la sabiduría ha desaparecido del mundo.

 

Dicho esto, por supuesto, no pretendo minimizar los problemas actuales en su concreción, como el cambio climático, el oscuro futuro al que nos conduce la tecnología, el estallido de las guerras, la ruptura del tejido social, las migraciones masivas, la proliferación por doquier de populismos…

 

Soy consciente de que las ojivas atómicas en los arsenales de algunos Estados son suficientes para destruir varias veces nuestro pequeño planeta azul, maravilla absoluta en la oscuridad del espacio cósmico.

 

Además, sé bien que la humanidad nunca ha vivido tiempos felices, recuerdo bien el inicio del ensayo de Immanuel Kant sobre el mal radical: «El mundo va de mal en peor: es una queja tan antigua como la historia». Y continuaba: «Según esta perspectiva, hoy (un hoy que, sin embargo, es tan antiguo como la historia) vivimos en el tiempo extremo: el último día y el fin del mundo están a las puertas». Era 1793, pero aún hoy todo el mundo puede decir que todavía estamos…

 

Entonces, ¿dónde está el precipicio? En el hecho de que antes se tenía un punto fijo al que recurrir para empezar a callar y luego, tal vez, razonar, y esto daba la esperanza de poder empezar siempre de nuevo.

 

No es casualidad que Immanuel Kant pudiera escribir en esos mismos años un ensayo sobre la paz («Por la paz perpetua», de 1795) en el que hipotizaba un mundo en el que el poder se inclinaría ante la justicia, la política ante el derecho y, sobre esta base, saliendo de la lógica de la fuerza y entrando en la del derecho internacional, se construiría efectivamente la paz.

 

El punto fijo de la mente podía llamarse Dios, Razón, Socialismo, etcétera: lo cierto es que la humanidad lo poseía y, por lo tanto, era capaz, en cierto momento, de callar, escuchar, pensar y ponerse de acuerdo. Existía la posibilidad de un ejercicio público de la sabiduría. Uno decía «en nombre de Dios» o «en nombre de la Constitución» y todos escuchaban.


 

Hoy en día, ese punto de referencia ha desaparecido y por eso digo que la sabiduría ha huido del mundo: entre nosotros ya no hay nada en común a lo que todos podamos apelar juntos.

 

El resultado es que cada uno está dispuesto a decir al otro lo que debe hacer, pero ya nadie sabe escuchar las razones del otro.

 

Los ecologistas dicen a los economistas y a los empresarios lo que deben hacer, pero no escuchan las razones de los economistas y los empresarios; por el contrario, los economistas y los empresarios buscan el beneficio y cómo contrarrestar la competencia sin preocuparse por el planeta y las condiciones desastrosas denunciadas con razón por los ecologistas.

 

Los pacifistas dicen a los gobernantes y a las fuerzas armadas lo que deben y, sobre todo, lo que no deben hacer, pero no escuchan los argumentos de los militares que piden a los gobiernos aún más armas para no dejar ganar a la tiranía; por el contrario, los militares no se preocupan mucho por las víctimas civiles a las que se llaman “daños colaterales”, la destrucción progresiva de territorios enteros y el peligro creciente de una guerra mundial, objeto de la justa denuncia de los pacifistas y probable último acto de la historia de la humanidad.

 

Los conflictos en curso muestran de la manera más trágica a qué puede llevar el no escuchar al otro. A esto conduce la incapacidad de escuchar las razones del otro por la falta de un punto firme común y de sabiduría. Los ejemplos podrían multiplicarse.

 

Pues bien, dentro de este panorama bastante deprimente, a veces nos preguntamos qué podemos hacer nosotros. Mi respuesta es: intentar comprender ejerciendo la sabiduría y la ecuanimidad.

 

El ejercicio de la sabiduría consiste, ante todo, en desearla, para que vuelva al menos a nuestro corazón. Y cuando la sabiduría regresa, el primer don que trae es la ecuanimidad, es decir, saber escuchar las razones del otro.

 

Aristóteles enseñaba el «camino medio» como criterio para guiar la mente, porque es encontrando el centro entre dos polaridades como se obtienen las virtudes, entre las que destaca la sabiduría. Lo mismo enseñaban Buda y Confucio.

 

¿Es la solución a todos los problemas? Por supuesto que no, pero nunca hay que olvidar el precepto que Hipócrates estableció como fundamento de la medicina: «Primum non nocere», «Lo primero es no hacer daño». A veces, al querer curar, se empeora la situación, mientras que habría que reconocer que no se puede curar, sino solo tratar.


 

Más allá de las necesarias metáforas: ¿de qué sirve ser pacifista e invocar la paz si se hace con palabras violentas llenas de odio que alimentan las raíces de la guerra? ¿De qué sirve pedir la creación de un Estado para un pueblo si se hace aspirando a la destrucción de un Estado para otro pueblo?

 

Si no se entiende cómo servir eficazmente a la paz, es mucho mejor abstenerse de tomar posición. La bandera de la paz tiene los colores del arcoíris para significar que quiere abarcar a todos, si se convierte en una sola parte, fracasa.

 

En algunos conflictos es más fácil entender por qué queda claro quién ataca y quién es atacado, quién lucha para invadir y quién para expulsar al invasor, y entonces se toma posición apoyando a quien se defiende de la tiranía.

 

Con todo, sí creo que tengo miedo. Y el miedo es algo muy serio, es la primera de las seis emociones universales, sobre la que siempre hay que reflexionar con prudencia. Hans Jonas llegó a escribir sobre la «heurística del miedo»: quería decir que el miedo, si se reconoce y no se niega (porque a nadie le gusta admitir que lo tiene), puede ayudar a buscar y a encontrar. Heurística significa esto: método de descubrimiento («¡eureka!», gritó Arquímedes tras su famoso descubrimiento).

 

Cuando se tiene el privilegio de no estar en la refriega, hay que vencer la tentación de entrometerse y dejarse guiar siempre por estas palabras de Baruch Spinoza: «Me he esforzado por no burlarme, ni compadecer, ni mucho menos detestar las acciones de los hombres, sino por comprenderlas».

 

La paz comienza en la mente que estudia. No puede haber paz sin estudio. Y del estudio de la situación surgirá una vez la oportunidad de actuar, otra la de no actuar; una vez será correcto ceder, otra resistir. La sabiduría, ejercicio práctico de la inteligencia, es el arte del discernimiento.

 

Yo no tengo un programa político. No sé dirigir a la mayoría ni mucho menos a una sociedad. Me basta, y con cierta dificultad, dirigirme a mí mismo. Etty Hillesum escribió en Ámsterdam bajo la ocupación nazi: «En el fondo, nuestro único deber moral es cultivar en nosotros mismos amplios espacios de tranquilidad, de una tranquilidad cada vez mayor».

 

Estas palabras de una joven judía escritas antes de ser deportada a Auschwitz nos enseñan aún hoy que el primer acto a favor de la paz se realiza en la mente: liberarla del odio y estudiar con ecuanimidad, recogiendo la sabiduría que se deriva de ello. Quien lo hace, comprende que si bien es bueno manifestarse por la paz, primero hay que «ser paz».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 3 de agosto de 2025

Que no nos roben la VIDA.

Que no nos roben la VIDA 

Acumular tesoros para uno mismo: ahí es donde comienza el sufrimiento. 

Todas las grandes tradiciones espirituales lo proclaman de mil maneras: quien se engaña a sí mismo construyéndose a partir del poder, el éxito y las seguridades, ya ha perdido la partida de la vida. 

T. S. Eliot se pregunta con conmovedora lucidez: «¿Dónde está la vida que hemos perdido al vivir?» 

Sí, ¿dónde está? 

Jesús nos lo recuerda sin ambigüedades. Solo hay una manera de llegar a la luz de uno mismo: morir a uno mismo. No es una sombría invitación al sacrificio, sino una llamada a despertar. 

Es el fin del sueño, el comienzo de la VIDA auténtica. Aquí está el «enriquecerse en Dios» del Evangelio: gastar la vida no según la lógica de la posesión, sino de la verdad; comprometerse con lo que no pasa, alimentando el alma y no el ego. 

Hay una VIDA más allá de la vida: es esta la que merece nuestra atención, nuestra dedicación, nuestro valor. Pero atención, no se trata aquí de la vida después de la muerte, sino de lo que ahora se encuentra detrás del velo de la ilusión, detrás del telón de ese escenario en el que estamos representando nuestra aventura humana. 

Se trata de la VIDA auténtica: la del Ser, y no la del pequeño yo egoísta que nos mueve y nos domina. 

No hace falta decir que el único «pecado mortal» que existe es vivir engañándonos a nosotros mismos de que lo que da sentido y fecundidad a la vida son «los graneros llenos», es decir, los objetivos alcanzados, las carreras profesionales, los objetos y los cuerpos acumulados, haberse hecho un nombre, el poder ejercido, el éxito conseguido. En una palabra, el propio yo engordado. Todas estas cosas pueden ser incluso hermosas, dice el Evangelio, pero son incapaces de tocar la VIDA. 

Existir aún no es vivir. Jesús lo demostró con toda su existencia. 

Su muerte no es la exaltación de la nada, de la vanidad, sino la negación de la vanidad, porque hemos comprendido, de una vez por todas, que también se puede morir sin morir. 

Quien muere porque hay algo más grande que la dialéctica vida-muerte, es decir, el amor, ese no muere. 

Hay un camino de VIDA que es metamorfosis continua. Sí, el cuerpo se consume, se desgasta. Pero mientras tanto, en su interior, algo crece. Una esencia secreta que madura, una presencia que se convierte en plenitud. Como intuyó Pablo al escribir a los corintios: «No nos desanimamos, pero, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva día a día» (2 Cor 4,16). 

La verdadera VIDA está oculta, como una semilla que trabaja en la noche. 

Y quien la descubre, no encuentra paz en sus provisiones. Como escribe Saint-Exupéry: «Solo viven aquellos que no han encontrado paz en las provisiones que han hecho». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Necedad o tan llenos de bienes como pobres de bien.

Necedad o tan llenos de bienes como pobres de bien 

Hay momentos en los que la vida nos detiene. No pide permiso. Nos coloca frente a un espejo que nos pregunta: «¿Y tú, para qué estás viviendo realmente?» No es una pregunta obvia. Es una navaja afilada que se clava en las articulaciones de los huesos. Una grieta en la roca de nuestra rutina. Una provocación que lo sacude todo, si dejamos que nos atraviese. 

Hay noches que nos desnudan. Nos sorprenden en pleno cálculo, en el corazón de la ilusión de tener tiempo. Y en esa misma noche se nos pide la vida como un préstamo vencido. Y nos recuerdan que nada es realmente nuestro, ni siquiera el tiempo. Entonces nos damos cuenta de que se puede vivir lleno de bienes, pero vacío de bien. Que se puede ser dueño de todo, pero sin herencia, y descubrir que la vida no se conserva en silos. 

Una petición impropia dirigida a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que divida conmigo la herencia», permite a Jesús presentarse como verdadero mediador. ¿De quién y para qué? «¿Quién me ha constituido juez o mediador sobre vosotros?» Y les dijo: «Cuidado con la avaricia, porque la vida de uno no depende de lo que tiene, aunque sea abundante». 

Jesús, en la disputa entre dos hermanos, pide cambiar la mirada. ¿Cuál es la herencia que está en juego en la vida de cada uno? 

Con la parábola del hombre rico, Jesús pretende propiciar una conversión del corazón en su interlocutor. Jesús opera un cambio radical, relanza una perspectiva «otra»: no son los bienes los que atestiguan el valor de una vida, sino la sustancia, la profundidad de una vida lo que puede conferir valor también a los bienes. Si la defensa de los bienes nos hace perder la vida misma, todo lo demás se pierde efectivamente. En la disputa con su hermano, el que se dirige a Jesús es invitado a asumir su responsabilidad y a no perder de vista lo esencial. Lo que no puede permitirse perder es su propia vida. 

Jesús lo cuenta así: un hombre hizo bien sus cuentas. Tenía campos fértiles, cosechas abundantes, graneros llenos. Está satisfecho. Se dice a sí mismo: «Ahora descansa, come, bebe, diviértete». Pero precisamente esa noche, la vida lo sorprende. Su vida terminó. Y todo lo que había acumulado ya no vale nada. No era culpable de haber cosechado, sino de haber confundido la riqueza con la posesión, la salvación con la seguridad. 

Había pensado en todo, excepto en el sentido. Había llenado los almacenes, pero se había quedado vacío. Lo había planeado todo, excepto lo esencial. Había atestado la vida, sin ponerla a salvo.  Había acumulado, pero no había amado. Había retenido y no había dado. Dios lo llama necio. No por los bienes que tenía, sino porque no los había convertido en relaciones. «¿Y lo que has preparado, de quién será?» Así es quien acumula tesoros para sí mismo y no se enriquece ante Dios. ¿Podría haber hecho otra cosa? ¡Por supuesto que sí! La parábola también es para nosotros. 

No es una historia lejana, la historia de un hombre de otros tiempos. Es la nuestra. La historia de cuando confundimos los bienes con el bien. Es ese granero invisible en el que nos encerramos cuando acumulamos tesoros para nosotros mismos y no nos enriquecemos ante Dios. Acumular no es solo un instinto del animal que es el hombre. El hombre pone todo su ingenio también en la iniquidad. Vivimos en una época de constipación espiritual: amontonamos, calculamos, protegemos... y nos vaciamos. 

Ninguna riqueza es suficiente si falta la relación. Y ninguna posesión dura si no se convierte en don. La cuestión no es ser o no ser rico. Sino: ¿qué produce tu riqueza? ¿Hace espacio o lo cierra? ¿Alimenta la vida o la devora? ¿Te libera o te aprisiona? En un mundo que se hunde en las desigualdades, donde la riqueza se concentra en manos de unos pocos, donde unos pocos deciden por muchos y demasiados ya no tienen nada que poner en la mesa. 

Esta parábola quema. Quema la conciencia. Cuestiona la justicia. Invoca la conversión.  ¿Quién es el hombre rico, si su hermano muere? 

No debemos luchar contra los bienes, la riqueza, sino contra la pobreza que generan cuando se convierten en injusticia. No debemos avergonzarnos de los bienes, sino de la injusticia que la acumulación produce en nosotros. No es pecado tener un campo, sino ignorar al que no tiene tierra. No es malo tener una cuenta, sino cerrarla al pobre. Así es quien acumula solo para sí mismo y no se enriquece ante Dios. El problema no es el trigo, sino el corazón que lo convierte en ídolo. No es pecado poseer cosas, sino la ilusión de que bastan. Y es necedad acumular sin compartir. 

Porque los bienes, por sí solos, no dan vida. Y el bien, si no se comparte, se vacía. No hay mayor herencia que una vida que ha sabido perderse por amor. 

La urgencia hoy es la medida. Una medida interior. Porque la codicia es una llama que no sabe decir basta, devora incluso lo que ya tiene. La riqueza no hay que combatirla. Hay que convertirla. En justicia. En pan partido. En relaciones salvadas. 

Una riqueza que genera pobreza no es inocente. Es engañosa, injusta e idólatra. No salva a nadie, ni siquiera a quienes la acumulan. Porque lo que no se convierte en bien común, se convierte en ídolo. Y los ídolos no salvan. Pesan, aplastan, aprisionan, sacrifican vidas. Y matan, a veces lentamente, a quienes les sirven. 

La frontera, hoy como entonces, está aquí: entre lo que retenemos por poder, posibilidad y miedo, y lo que podemos dar por amor. Entre el granero cerrado y la mesa abierta. Entre la codicia que devora y la medida que salva. 

La acumulación en manos de unos pocos produce desigualdades, dolor, injusticia. Jesús nos invita a una medida diferente. No de las cuentas, sino del corazón. Entrenar la gratitud, que desactiva la avaricia. Practicar la sobriedad, que no es renuncia, sino libertad. Elegir compartir, que es justicia en acción. Invertir y gastar bien tu tiempo. Perder algo por amor. Dejar que algo tuyo se convierta en «nuestro». Porque no hay riqueza más verdadera que la alegría compartida. Convertir la riqueza en justicia. 

Detente. Mira dentro de tu granero: ¿qué riquezas posees realmente? No solo cosas, sino dones. Pregúntate: «¿Puedo donar esto?». Si no, pregúntate: «¿Me está poseyendo?». Elige transformar un bien en un compartir concreto. Donar es recordar que nada es solo nuestro y que solo queda el amor. Haz espacio, elige un gesto que abra tu corazón y tu vida. 

Buen camino en busca de la medida que salva.


Has llenado la casa,

pero te falta una habitación.

Has contado los días,

pero no has amado el tiempo.

 

Has dicho:

«Come, bebe, diviértete» –

pero ¿quién comerá tu nombre

cuando la noche te despoje?

 

Has construido silos,

no mesas.

Has recogido,

pero no has entregado.

Te creías rico,

pero estabas solo.

 

Tu hermano moría

mientras tú pesabas los frutos.

Estabas saciado,

pero no salvado.

 

Nada era tuyo,

ni siquiera el aliento.

El bien que no se da

se pudre.

La posesión que no se abre

encarcela.

 

¿Quién es el hombre rico,

si su hermano muere?

Solo lo que pierdes por amor

permanece.

Solo lo que se rompe

alimenta.

Solo lo que das

te salva.

 

Y la vida,

no se conserva.

Se entrega.

Esa es la sabiduría.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...