Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -
Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.
Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me
convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…
Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra
pregunta. Más silenciosa. Más exigente.
¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?
No, no es una pregunta propia de la vejez.
No, no es nostalgia por lo perdido.
Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.
Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en
que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.
Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».
No «dejar» en el sentido de abandono,
sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.
Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza
poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que
seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.
Es entonces cuando la vida cambia de verdad.
Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en
una responsabilidad hacia alguien.
Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.
He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el
mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.
Intuyo que llegará un día en el que ese camino
encuentre su destino natural.
¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué
sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué
sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué
sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de
alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?
Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.
Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades.
Incluso recuerdos.
Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por
lo que dejamos atrás.
Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido
gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.
Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y
mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.
Un educador transmite saber. Una madre transmite
confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero
transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…
La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.
La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una
sabiduría silenciosa.
La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la
entrega a la tierra.
La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino
que los ofrece.
El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.
No, no lo había comenzado a entender hasta hace un
tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también
en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en
aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio
de los pies…
Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para
comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


No hay comentarios:
Publicar un comentario