Ven a trabajar a mi viña - San Mateo 20, 1-16 -
«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos», así lo anunciaba el Señor por boca del profeta Isaías. Exactamente así.
¿Quién de nosotros haría cuentas, al final del día,
sin basarse en las horas de trabajo?
Es curioso que se opte por ceñirse únicamente a lo
establecido.
En realidad, no es solo esto lo que resulta curioso.
¿Qué empresario saldría todavía a las cinco de la
tarde a contratar obreros por jornada?
Y, sin embargo, si releemos el Evangelio, esa es la
hora en la que realizó contrataciones extraordinarias: a veces, a esa hora hizo
las mejores adquisiciones.
¿Acaso no llamó en el último momento a quienes parecían no tener ningún mérito para ser reclutados?
¿Lo tenía, tal vez, la mujer de Samaria con cinco
maridos a sus espaldas y un sexto a prueba?
¿Lo tenía Mateo con su oficio de mala fama?
¿Lo tenía Zaqueo?
¿O María Magdalena?
¿O, incluso, el ladrón del último momento?
¿O Saulo de Tarso, que, como si fuera a propósito, se
encontraba entre los oponentes más acérrimos de esta nueva forma de hacer
empresa?
¿Qué currículum puede presumir alguien que firma
contratos de este tipo? ¿Dónde se licenció? ¿Qué máster cursó alguien a quien
no le preocupa el beneficio de la empresa, sino la dignidad que hay que
reconocer a cada persona?
Y, de hecho, las quejas de los trabajadores no tardan en llegar.
Pero esta vez sin mediación sindical, el dueño de la
viña comienza por aclarar que esa protesta está totalmente fuera de lugar. ¿Por
qué?
Porque el dueño no ha vulnerado ningún derecho de
quienes habían comenzado muy temprano su jornada laboral.
«No te hago
ningún agravio»: tanto es así que
a cada uno se le reconoce aquello por lo que había aceptado ese contrato, es
decir, una paga diaria. Pero como él es el propietario de ese negocio, puede
disponer de sus cosas a su antojo.
¿Acaso no es libre de regalar lo que posee?
Si alguien ha aceptado trabajar por contrato, mejor
que mejor: se le paga lo que le corresponde. Pero si el dueño quiere ser
generoso con quien ha llegado el último, ¿puedes, acaso, impedírselo? «¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío?».
Ninguno de los contratados por jornada había
comprendido el «honor incomparable de
trabajar en su viña». No importa cuánto hayas trabajado, sino que lo
hayas hecho: ya sea desde el amanecer o hasta el atardecer, poco importa.
¡Qué bien me sienta a mí, que soy un obrero de las primeras horas, escuchar estas palabras!
Cuando alguien ha hecho un descubrimiento maravilloso
en su vida, el mayor deseo es compartirlo, no guardárselo solo para sí mismo,
no dejarse corroer por la envidia, hacer que también otros se regocijen de las
mismas posibilidades que a mí se me han concedido, no por quién sabe qué
habilidades mías, sino solo por una gracia singular.
Fui llamado cuando era un poco más que adolescente. Es un honor trabajar para el Señor y es una cuestión de honor hacer que otros puedan conocerlo: aquí no hay ascensos profesionales ni aumentos de categoría. La recompensa es simplemente poder decir que he comprendido algo de lo que le importa a Dios y haberlo compartido lo más posible.
Por eso, si leemos con más atención esta espléndida
página, descubrimos que es una página de revelación.
De hecho, revela quién es Dios y quién es el hombre. Venir
al mundo es acoger el crédito de confianza que Dios nos ha concedido a cada uno
de nosotros.
¿Qué son nuestras relaciones sino la prolongación y la
encarnación de este crédito? ¿Qué habría sido de mí si no hubiera sido
misionero claretiano, presbítero,…?
El hecho de que se nos contrate por días para cuidar de esa viña que es la creación, la historia, la Iglesia, las relaciones, las amistades y los compromisos laborales, es precisamente una de las formas en que se manifiesta el crédito de Dios hacia nosotros.
Algunos reconocen esta llamada desde el primer
momento, como los jornaleros de las nueve de la mañana; otros, más tarde.
Hay quienes, en cambio, no son contratados por
jornada: casi parece que, por toda una serie de coincidencias, quedan como un
excedente, un descartado.
Los jornaleros de la última hora reconocen que no han
encontrado a nadie que depositara su confianza en ellos. Por eso, interviene el
propio dueño de la viña, quien hasta el último instante, incluso cuando todo
parece ya decidido, no deja de ofrecer una oportunidad, una posibilidad a quien
está al borde del abismo, pagando incluso las horas pasadas lidiando con la
tristeza que produce sentirse un desecho.
Dios no se resigna a que la vida de un hombre pueda
considerarse un lastre. Por eso, incluso en las peores circunstancias, no deja
de devolverle la confianza de los comienzos.
¿Y yo? ¿Acaso voy a sentir envidia porque él es bueno?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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