Una reflexión a propósito de Aliança Catalana
La humanidad nunca ha sido una estatua inmóvil, esculpida
de una vez por todas en la piedra del origen. Se asemeja más bien a un mosaico
en perpetuo movimiento: un conjunto de piezas vivas, frágiles y luminosas, que
se rozan, chocan, se alejan, se buscan, a veces se rompen y a veces se funden,
generando figuras que ninguna mente habría podido prever.
Cada pueblo, cada lengua, cada rito, cada memoria
colectiva, cada… es una pieza de este diseño inestable, pero el diseño nunca
está concluido, porque la historia no conoce marcos definitivos.
Allí donde una frontera parece cerrarse, la vida abre una
brecha; allí donde una identidad pretende bastarse a sí misma, el encuentro con
el otro la obliga a cuestionarse, a temblar, a renacer.
En este escenario variado e inquieto, la mezcla cultural
se presenta como una de las fuerzas más vitales del progreso humano.
No es un accidente marginal de la historia, ni un simple
adorno de la convivencia: es una de sus leyes más profundas.
Las culturas existen porque se transmiten, pero
sobreviven porque se transforman.
Una tradición que rechaza todo contacto se endurece; una
civilización que teme toda mezcla acaba confundiendo la pureza con la
esterilidad.
Por el contrario, en el diálogo, en el intercambio, en la
propia fricción entre diferentes visiones del mundo, se produce esa energía
creativa que permite a los seres humanos imaginar nuevas formas de vida, nuevos
lenguajes, nuevas instituciones, nuevas bellezas…
La mezcla no debe entenderse como una pérdida mecánica de
uno mismo, sino como una experiencia del umbral.
De hecho, todo encuentro auténtico tiene lugar en una
frontera: no solo geográfica, sino también simbólica, emocional y espiritual.
En el umbral, la identidad no desaparece; más bien queda
expuesta a su propia ser in-completo. El otro, con su lengua diferente, con sus
gestos, con sus mitos y sus preguntas, nos revela que lo que llamábamos «mundo»
era quizá solo una de sus posibles interpretaciones.
En este sentido, la cultura ajena no es simplemente lo
que está fuera de nosotros: es un espejo oblicuo, capaz de mostrarnos lo que en
nosotros permanecía invisible.
De ahí surge la belleza del encuentro. No es solo
entusiasmo, sino también vértigo.
Cuando las culturas se tocan, se observan, a veces se
enfrentan y se mezclan, el horizonte de lo posible se amplía. Lo que parecía
natural se revela de repente como histórico; lo que parecía necesario se revela
como contingente; lo que parecía ajeno se convierte, poco a poco, en parte de
nuestro vocabulario interior.
La belleza es precisamente esta desorientación fecunda:
el momento en que el ser humano descubre que no es prisionero de la forma que
ha recibido, sino capaz de habitar otras, de traducirlas, de reinventarlas.
A lo largo de la historia, los grandes florecimientos de
lo humano han surgido a menudo de cruces, préstamos y encuentros: rutas
comerciales, migraciones, traducciones, conquistas, exilios, escuelas, puertos,
bibliotecas, ciudades abiertas al paso.
Las lenguas se han enriquecido gracias a las palabras
extranjeras; las cocinas han inventado sabores inesperados al acoger
ingredientes venidos de lejos; las artes han generado nuevos estilos
entrelazando técnicas y simbologías diversas; incluso el pensamiento filosófico
ha encontrado a menudo su fuerza en el enfrentamiento con lo que lo superaba.
Ninguna civilización es realmente una isla: incluso
cuando se imagina autónoma, ya lleva en sí misma rastros de encuentros
olvidados.
Pero sería ingenuo celebrar la mezcla sin reconocer sus
sombras.
Cada encuentro conlleva también el riesgo de la
dominación, de la apropiación, de la reducción del otro a mercancía, adorno o
curiosidad exótica.
No toda mezcla es diálogo; no todo intercambio es
recíproco; no toda apertura es justa.
Para que la mezcla sea verdaderamente generativa, debe
custodiar una dimensión ética: la escucha, el respeto, la conciencia de las
asimetrías, la voluntad de no devorar lo que se encuentra.
El encuentro auténtico no asimila al otro borrándolo,
sino que le deja resonar en su diferencia.
Aquí se abre el problema filosófico más profundo: ¿cómo
seguir siendo uno mismo sin cerrarse, y cómo abrirse sin disolverse?
La respuesta no puede encontrarse en la nostalgia de
identidades puras, porque tales identidades son a menudo ficciones
retrospectivas, construidas por miedo al cambio.
Pero tampoco puede consistir en una fluidez sin memoria,
en la que todo se vuelve intercambiable y nada conserva profundidad.
La humanidad necesita raíces y viento: raíces para no
perder su propia memoria, viento para no convertirla en una prisión. La cultura
está viva cuando sabe recordar y, al mismo tiempo, dejarse atravesar.
La mezcla cultural, social,…, pues, no es una amenaza
para la belleza del mundo, sino una de sus condiciones. Hace visible el
carácter plural de lo humano: nadie posee por sí solo toda la gramática de la
existencia.
Cada cultura guarda una respuesta parcial a las preguntas
fundamentales: cómo vivir, cómo morir, cómo amar, cómo recordar, cómo dar
sentido al dolor y a la fiesta.
Cuando estas respuestas entran en relación, no siempre se
armonizan de inmediato; a veces producen disonancia, conflicto, esfuerzo. Pero
incluso la disonancia puede convertirse en música, si se escucha no como un
ruido que hay que suprimir, sino como la posibilidad de una composición más
amplia.
En el fondo, la belleza del encuentro es la experiencia
de una libertad mayor: la libertad de no coincidir por completo con lo que
hemos sido, de descubrir que nuestra identidad no es una fortaleza, sino un
camino.
El otro no viene a quitarnos nada; viene, cuando el
encuentro es acertado, a multiplicar nuestra forma de estar en el mundo. Nos
enseña que la pertenencia no tiene por qué excluir necesariamente la apertura,
y que la diferencia no es lo contrario de la comunión, sino su materia viva.
Así, el mosaico de la humanidad sigue moviéndose. Sus
piezas no pierden valor por cambiar de posición; al contrario, adquieren nuevos
reflejos al estar cerca de las demás.
La belleza que nace de la mezcla no es la fría de la
simetría perfecta, sino la ardiente de lo imprevisto: una belleza hecha de
transiciones, heridas, traducciones, injertos, reconocimientos.
Es la belleza de un mundo que no se deja reducir a una
sola voz, sino que busca, en la pluralidad de sus voces, una armonía siempre
provisional y siempre necesaria.
Y tal vez el progreso humano no sea más que esto:
aprender, de época en época, a transformar el choque en diálogo, el miedo en
curiosidad, la distancia en creación.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF