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lunes, 7 de septiembre de 2026

Olas de calor que vienen para quedarse.

Olas de calor que vienen para quedarse

Calor sin precedentes, sofoco agobiante, sequía persistente y una situación hídrica cada vez más crítica, salud en peligro. Y consecuencias económicas devastadora.

 

Esto bastaría para despertarnos.

 

Pero no es suficiente.

 

Sobre todo entre los «políticos» y en los partidos más populistas y, por tanto, entre quienes los siguen.

 

¿A qué se debe esta discrepancia entre lo que constatamos y sabemos y lo que estamos dispuestos a hacer o lo que no hacemos?

 

A menudo se responde: porque aún no se sabe lo suficiente; y se añade además, con resentimiento o escepticismo: porque se exagera.

 

Pero la realidad es otra.


Lo que habitualmente se denomina «hechos o problemas ecológicos» casi siempre va acompañado de tres verbos, como si fueran su sombra: reducir, limitar, renunciar.

 

Pero es innegable que esos tres verbos chocan con un concepto de libertad impuesto desde hace ya dos siglos, es decir, el de que la libertad es «ausencia de obstáculos».

 

Y entonces esos tres verbos adquieren un único significado: el de «pérdida».

 

Acentuado además por aquellos políticos o jefes de Estado que van más allá y hablan del «fin de la abundancia». Y nunca se ha visto que se gane una causa recurriendo a los mismos términos que aquellos que la rechazan.

 

¿Qué hacer, pues, cuando los hechos, como los que he mencionado, no bastan?

 

Hay quien ha propuesto un término nuevo, un poco complicado, quizá incluso repulsivo, para explicarlo: hipo-cognición. Lo que significa, sencillamente: ausencia de una idea de la que se tiene una necesidad urgente.

 

Y ahí es precisamente donde nos encontramos.


Cada ola de calor - que sin duda se repetirá y será peor - y cada inevitable restricción de agua y cada… nos hacen comprender los límites que se nos imponen.

 

Pero ninguna expresión, en nuestro lenguaje público, nos permite vivirlos de otra forma que no sea como una amputación.

 

La sociedad tiene, no obstante, una intuición acertada: la mayoría de nosotros valoramos tanto nuestra libertad como los ecosistemas que la hacen posible.

 

Dos necesidades que nunca se han formulado conjuntamente.

 

Y es esta labor —compuesta de discusiones y debates públicos repetidos, más aún que de nuevos informes— la que podrá decidir qué haremos ante los próximos récords de calor, sequía, salud amenazada, crisis hídrica, agricultura en apuros y precios de los alimentos que suben y merman nuestro poder adquisitivo.

 

Alguien me recordaba al anciano sabio Séneca: no es porque las cosas sean difíciles por lo que no nos atrevemos, sino porque no nos atrevemos por lo que se vuelven cada vez más difíciles.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

Fantasmas en esta democracia.

Fantasmas en esta democracia

Que la democracia moderna - allí donde aún existe o resiste - no goza precisamente de buena salud es algo que se viene diciendo y repitiendo desde hace tiempo; pero, en realidad, la democracia siempre se ha cuestionado a sí misma.

 

Mucho, y bueno, se ha escrito montones para comprender las causas de esta enfermedad que hoy se denominan populismo, soberanismo, neoliberalismo,…, con figuras como Peter Thiel y Donald Trump - evito, conscientemente, citar figuras del Estado español… que las sensibilidades están como a flor de piel… -.

 

¿Significa esto que quizá nos hemos cansado otra vez de la democracia, de la participación, de la responsabilidad, es decir, de la libertad y de la política, hasta tal punto que parece haber vuelto a imponerse un nuevo deseo de huida de la libertad o de miedo a la libertad, buscando otra vez a alguien autoritario que decida por nosotros, evitando así el esfuerzo de tener que pensar?

 

¿Y esta búsqueda de una personalidad autoritaria a la que delegar el poder político no es acaso análoga a esa delegación que estamos otorgando a la Inteligencia Artificial, por lo que: «no pienses, pregúntale a la máquina, que te dará inmediatamente una respuesta que deberás creer exacta y verdadera; no profundices, no pierdas el tiempo, no reduzcas tu productividad, pídele a la IA que simplifique todo» —es decir, una rendición de la inteligencia por nuestra parte análoga a nuestra rendición política como ciudadanos cuando buscamos precisamente a alguien que piense y decida por nosotros, prometiéndonos simplificarnos la complejidad del mundo?

 

La democracia se nutre de la política, si se entiende como participación, como construcción libre y consciente de un proyecto común por parte de un nosotros colectivo que no olvida la libertad del individuo (del yo) y de las minorías, fundamentándose (al menos en teoría) en la libertad, la igualdad y la solidaridad/fraternidad.

 

Para curar la democracia, hoy (quizá habría que decir siempre o casi) de nuevo enferma, sería necesario eliminar aquel veneno que la está corroyendo desde dentro (veneno, precisamente como el populismo, pero por encima de todo están el capitalismo y la tecnología, antidemocráticos por esencia), veneno que, sin embargo, gran parte de la ciudadanía ama ingerir en dosis cada vez mayores creyendo que es un medicamento…

 

Sería necesario salir del egoísmo neoliberal al que llevamos medio siglo sometidos y para el cual la sociedad no existe, solo existen los individuos; lo mismo ocurre con los sistemas técnicos, siempre en contra de una democracia considerada un obstáculo para el funcionamiento eficiente del sistema de máquinas y algoritmos.


Haría falta - ¿no será este el mejor remedio? - más política y menos delegación, más cosmopolitismo y menos egoísmos, más humanismo y menos capitalismo y menos tecnología.

 

Porque la política es una necesidad, porque somos animales políticos y sociales, aunque el sistema económico y técnico nos quiera como mónadas aisladas porque así se nos integra mejor en el sistema; porque sin los demás nos convertimos en nadie; porque la política se refiere a la convivencia humana, pero es también la acción que da orden al caos y regula un poder que, de otro modo, estaría desbocado, permitiendo, sin embargo, también subvertir el orden y el dominio.

 

Viendo, escuchando, leyendo… ciertas intervenciones de políticos de primera línea uno experimenta la sensación política de asfixia, es decir, de sufrir, y de ver sufrir a otros, medidas que acentúan la violencia económica y social, degradan las condiciones de vida, agravan la crisis ecológica o condenan a muerte a los migrantes,…, sin entender por qué uno tiene que aceptar soportarlo y, quizás, lo que es peor aún, sin tener una capacidad real —ni siquiera con los mejores argumentos del mundo— de impedir que se apliquen tales medidas.

 

¿Quién no se pregunta alguna vez, al escuchar a un político pronunciar discursos mentirosos o peligrosos sobre la inmigración, la ecología, la policía, la delincuencia, el asistencialismo, el valor del trabajo: pero ¿con qué derecho esta persona ejerce o pretende ejercer– su poder?

 

¿Acaso estamos condenados a aceptar que, solo por haber ganado unas elecciones, un grupo de gobernantes pueda imponer un poder reaccionario, autoritario o populista, suprimir los derechos de las minorías o los derechos sociales, endurecer la lógica de ciertas prioridades nacionales, emprender o apoyar operaciones genocidas en Gaza…?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana.

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana 

La humanidad nunca ha sido una estatua inmóvil, esculpida de una vez por todas en la piedra del origen. Se asemeja más bien a un mosaico en perpetuo movimiento: un conjunto de piezas vivas, frágiles y luminosas, que se rozan, chocan, se alejan, se buscan, a veces se rompen y a veces se funden, generando figuras que ninguna mente habría podido prever. 

Cada pueblo, cada lengua, cada rito, cada memoria colectiva, cada… es una pieza de este diseño inestable, pero el diseño nunca está concluido, porque la historia no conoce marcos definitivos. 

Allí donde una frontera parece cerrarse, la vida abre una brecha; allí donde una identidad pretende bastarse a sí misma, el encuentro con el otro la obliga a cuestionarse, a temblar, a renacer. 

En este escenario variado e inquieto, la mezcla cultural se presenta como una de las fuerzas más vitales del progreso humano. 

No es un accidente marginal de la historia, ni un simple adorno de la convivencia: es una de sus leyes más profundas. 

Las culturas existen porque se transmiten, pero sobreviven porque se transforman. 

Una tradición que rechaza todo contacto se endurece; una civilización que teme toda mezcla acaba confundiendo la pureza con la esterilidad. 

Por el contrario, en el diálogo, en el intercambio, en la propia fricción entre diferentes visiones del mundo, se produce esa energía creativa que permite a los seres humanos imaginar nuevas formas de vida, nuevos lenguajes, nuevas instituciones, nuevas bellezas… 

La mezcla no debe entenderse como una pérdida mecánica de uno mismo, sino como una experiencia del umbral. 

De hecho, todo encuentro auténtico tiene lugar en una frontera: no solo geográfica, sino también simbólica, emocional y espiritual. 

En el umbral, la identidad no desaparece; más bien queda expuesta a su propia ser in-completo. El otro, con su lengua diferente, con sus gestos, con sus mitos y sus preguntas, nos revela que lo que llamábamos «mundo» era quizá solo una de sus posibles interpretaciones. 

En este sentido, la cultura ajena no es simplemente lo que está fuera de nosotros: es un espejo oblicuo, capaz de mostrarnos lo que en nosotros permanecía invisible. 

De ahí surge la belleza del encuentro. No es solo entusiasmo, sino también vértigo. 

Cuando las culturas se tocan, se observan, a veces se enfrentan y se mezclan, el horizonte de lo posible se amplía. Lo que parecía natural se revela de repente como histórico; lo que parecía necesario se revela como contingente; lo que parecía ajeno se convierte, poco a poco, en parte de nuestro vocabulario interior. 

La belleza es precisamente esta desorientación fecunda: el momento en que el ser humano descubre que no es prisionero de la forma que ha recibido, sino capaz de habitar otras, de traducirlas, de reinventarlas. 

A lo largo de la historia, los grandes florecimientos de lo humano han surgido a menudo de cruces, préstamos y encuentros: rutas comerciales, migraciones, traducciones, conquistas, exilios, escuelas, puertos, bibliotecas, ciudades abiertas al paso. 

Las lenguas se han enriquecido gracias a las palabras extranjeras; las cocinas han inventado sabores inesperados al acoger ingredientes venidos de lejos; las artes han generado nuevos estilos entrelazando técnicas y simbologías diversas; incluso el pensamiento filosófico ha encontrado a menudo su fuerza en el enfrentamiento con lo que lo superaba. 

Ninguna civilización es realmente una isla: incluso cuando se imagina autónoma, ya lleva en sí misma rastros de encuentros olvidados. 

Pero sería ingenuo celebrar la mezcla sin reconocer sus sombras. 

Cada encuentro conlleva también el riesgo de la dominación, de la apropiación, de la reducción del otro a mercancía, adorno o curiosidad exótica. 

No toda mezcla es diálogo; no todo intercambio es recíproco; no toda apertura es justa. 

Para que la mezcla sea verdaderamente generativa, debe custodiar una dimensión ética: la escucha, el respeto, la conciencia de las asimetrías, la voluntad de no devorar lo que se encuentra. 

El encuentro auténtico no asimila al otro borrándolo, sino que le deja resonar en su diferencia. 

Aquí se abre el problema filosófico más profundo: ¿cómo seguir siendo uno mismo sin cerrarse, y cómo abrirse sin disolverse? 

La respuesta no puede encontrarse en la nostalgia de identidades puras, porque tales identidades son a menudo ficciones retrospectivas, construidas por miedo al cambio. 

Pero tampoco puede consistir en una fluidez sin memoria, en la que todo se vuelve intercambiable y nada conserva profundidad. 

La humanidad necesita raíces y viento: raíces para no perder su propia memoria, viento para no convertirla en una prisión. La cultura está viva cuando sabe recordar y, al mismo tiempo, dejarse atravesar. 

La mezcla cultural, social,…, pues, no es una amenaza para la belleza del mundo, sino una de sus condiciones. Hace visible el carácter plural de lo humano: nadie posee por sí solo toda la gramática de la existencia. 

Cada cultura guarda una respuesta parcial a las preguntas fundamentales: cómo vivir, cómo morir, cómo amar, cómo recordar, cómo dar sentido al dolor y a la fiesta. 

Cuando estas respuestas entran en relación, no siempre se armonizan de inmediato; a veces producen disonancia, conflicto, esfuerzo. Pero incluso la disonancia puede convertirse en música, si se escucha no como un ruido que hay que suprimir, sino como la posibilidad de una composición más amplia. 

En el fondo, la belleza del encuentro es la experiencia de una libertad mayor: la libertad de no coincidir por completo con lo que hemos sido, de descubrir que nuestra identidad no es una fortaleza, sino un camino. 

El otro no viene a quitarnos nada; viene, cuando el encuentro es acertado, a multiplicar nuestra forma de estar en el mundo. Nos enseña que la pertenencia no tiene por qué excluir necesariamente la apertura, y que la diferencia no es lo contrario de la comunión, sino su materia viva. 

Así, el mosaico de la humanidad sigue moviéndose. Sus piezas no pierden valor por cambiar de posición; al contrario, adquieren nuevos reflejos al estar cerca de las demás. 

La belleza que nace de la mezcla no es la fría de la simetría perfecta, sino la ardiente de lo imprevisto: una belleza hecha de transiciones, heridas, traducciones, injertos, reconocimientos. 

Es la belleza de un mundo que no se deja reducir a una sola voz, sino que busca, en la pluralidad de sus voces, una armonía siempre provisional y siempre necesaria. 

Y tal vez el progreso humano no sea más que esto: aprender, de época en época, a transformar el choque en diálogo, el miedo en curiosidad, la distancia en creación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 12 de agosto de 2026

Un cambio climático que nos negamos a ver.

Un cambio climático que nos negamos a ver

Unos meses de calor récord. Ciudades asfixiadas por temperaturas que rondan o superan los 40 grados, incendios que devoran miles de hectáreas de bosque, inundaciones repentinas que convierten calles y plazas en ríos. 

Ante una evidencia tan evidente, cabría pensar que el cambio climático ya no es objeto de debate. Pero no es así: incluso después de haber vivido en carne propia fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes, una parte de la opinión pública sigue interpretando el calentamiento global como un problema secundario, exagerado o incluso inexistente. 

Y la razón es que nadie interpreta la realidad de forma neutral: incluso un hecho aparentemente inequívoco se filtra a través de las convicciones políticas, los valores culturales y la confianza en la ciencia. 

Y aquí es donde entra en juego la política. Y es que llama la atención que los fenómenos meteorológicos extremos no aumenten necesariamente la atención prestada a las cuestiones climáticas… porque lo que cuenta es la forma en que se narran, la interpretación que se les da. 

La explicaciones y justificaciones populistas evitan debatir sobre el consumo energético, los combustibles fósiles, los modelos de desarrollo… 

Tras las inundaciones de 2024 que se cobraron más de doscientas víctimas en la provincia de Valencia, Vox atribuyó la gravedad de la catástrofe a las políticas ecologistas, a las que acusó de haber impedido la limpieza de los cursos de agua y la construcción de nuevas infraestructuras hidráulicas: una interpretación desmentida por los estudios de atribución climática, que señalan al calentamiento global como la causa de la intensidad de las precipitaciones. 

Tras cada catástrofe se reabre puntualmente el debate sobre el consumo del suelo, el mantenimiento del territorio y la prevención: problemas reales que, sin embargo, a veces se contraponen al cambio climático, como si ambas explicaciones se excluyeran mutuamente. No es así: se suman. Un territorio frágil se vuelve más vulnerable cuando se ve expuesto a precipitaciones más intensas, sequías prolongadas y temperaturas récord. 

En el debate político, sin embargo, estos mismos elementos se transforman en una narrativa alternativa: no sería el clima el que ha cambiado, sino que solo la gestión del territorio es un fracaso. 

La política populista construye a menudo su mensaje: el problema no es la emergencia climática, sino un ecologismo que obstaculiza el desarrollo. Este es el típico mecanismo de inversión del blanco: quien denuncia el problema es presentado como el responsable. Así, el debate público se desplaza de las causas del calentamiento global a los supuestos efectos negativos de las políticas medioambientales y la crisis climática se convierte en el terreno de un enfrentamiento identitario potencialmente desastroso. 

A pesar de la realidad, el ser humano está haciendo todo lo posible por no afrontar el problema, por negar lo evidente. 

El hecho de que un número cada vez mayor de la población niegue la realidad tiene al menos dos causas: 

1.- la primera es que nos negamos a ver la catástrofe porque pone seriamente en tela de juicio nuestro futuro; 

2.- la segunda —que también influye en la primera— es que una parte considerable de la clase política está actuando en la dirección opuesta a la que se debería seguir. 

Hay quien decide suprimir los fondos destinados a la conservación de los bosques, o quien considera seriamente reintroducir el tema de las centrales nucleares en detrimento de las energías renovables, o quien defiende estrategias que abandonan proyectos de transición energética… 

Este año, y debido a la sequía, dicen que los pastos están demasiado secos y el forraje para el invierno será insuficiente. Recurrir a las importaciones, como se ha hecho en el pasado, será difícil porque toda Europa se enfrenta a la misma situación. 

Los glaciares se están derritiendo a un ritmo superior al previsto, el nivel de los lagos está alcanzando mínimos históricos y los embalses hidroeléctricos se encuentran en niveles muy bajos. 

Para recuperar el déficit hídrico anual se necesitarían, de aquí a diciembre, dos meses de lluvias abundantes. Si parece que no se van a producir precipitaciones significativas en agosto… nos quedan cuatro meses. 

Los efectos del cambio climático en curso, desde las olas de calor hasta la escasez prolongada de agua (sequía) y las precipitaciones de magnitud excepcional, son cada vez más frecuentes e intensos. 

Los científicos expresan una gran preocupación. No se trata solo de gestionar las emergencias del momento, sino de hacer frente a un cambio climático que amenaza la seguridad de los ciudadanos, la estabilidad económica de la sociedad, la productividad agrícola y la integridad de los ecosistemas locales. Solo reduciendo las emisiones que alteran el clima, derivadas en su mayor parte del uso de combustibles fósiles, podremos intentar detener esta escalada. 

Hay quien aún sigue pensando que el cambio climático podría tener un pequeño papel en las temperaturas elevadas y prolongadas de este verano…  pero que, en cualquier caso, todo ello sigue entrando dentro de la evolución normal del clima. Y es que en verano siempre ha hecho y hace calor… 

En la situación actual, está claro que los políticos muestran una notable incapacidad de gestionar una situación que se agrava año tras año: hay demasiados intereses económicos en juego (que, evidentemente, son a corto plazo) y demasiada ideología. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 5 de agosto de 2026

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular.

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular

Lo ocurrido hace unos días en Ceuta es sin duda una trampa tendida por los mercaderes de la muerte y un suceso organizado y orquestado a sabiendas. Sin embargo, su valor simbólico es difícil de subestimar. 

Es la demostración evidente de un deseo de libertad y de vida que nos llega desde el Sur del mundo y que no puede tratarse únicamente como un problema de seguridad pública. 

Abandonar la propia tierra, el propio país, no es algo que ninguna mujer ni ningún hombre haga a la ligera. 

Partir significa adentrarse en lo desconocido, dejar atrás las seguridades, abandonar las costumbres y tradiciones que han marcado la propia vida, arriesgar la integridad física propia y la de los seres queridos. 

¿Cuántas personas han muerto al intentar cruzar el mar? 

Las contamos con frialdad, sin darnos cuenta de que son vidas humanas, rostros, sueños y deseos ahogados por la esperanza de una nueva patria. 

Más allá de las necesarias valoraciones políticas y de las medidas legislativas, acontecimientos como los de Ceuta siguen siendo el barómetro del enorme desequilibrio del mundo, de la distribución injusta de la riqueza, del recorte de las democracias en todo el planeta (y de los derechos sociales, civiles y económicos que estas conllevan), de la crisis climática. 

Y todo ello condensado en esa esperanza desesperada de los migrantes en Europa. 

Así se repiten sin fin hechos trágicos, en los que las esperanzas, las sonrisas y los cuerpos de tantas personas, en un instante, quedan destruidos por las decisiones de otros hombres, que se arrogan el derecho de quitar la vida a los demás, borrando como inútiles los muchos amores que los trajeron al mundo. 

Y el riesgo es precisamente la anestesia de la conciencia, que banaliza el mal. Crear letargo, crear conciencias adormecidas es el proyecto oculto de Occidente. 

Prueba de ello es la forma en que los gobiernos y los medios de comunicación del Viejo Continente (con la habitual y indefinible ramificación estadounidense) narran lo ocurrido en Ceuta. 

Una forma que resulta absolutamente terrible. Ningún respeto, ninguna implicación, ningún dolor, ningún sentido de la humanidad, ninguna explicación de las razones profundas. 

Solo la alarma del alarmismo, totalmente infundada desde el punto de vista jurídico, de una invasión de hecho imposible (hay mar, hay Gibraltar entre Ceuta y Europa); solo la descalificación absurda de toda política de acogida e inclusión. 

Y ese es el pecado original de la Europa actual frente a los migrantes: no querer admitir que se trata de un fenómeno mundial, irreversible, que hay que afrontar y gestionar con la política y no con los ejércitos; que nos enfrentamos a un éxodo al que no se puede responder solo medidas de seguridad de los pasos fronterizos. 

Y antes de caer en ese letargo que —como nos ha enseñado la Historia— nos impide percibir la violencia y su escándalo, hasta el punto de aceptarla como algo normal o incluso necesario. 

En Ceuta, Europa demuestra una vez más de manera flagrante la profunda crisis de su civilización y de sus valores. Se reniega a sí misma como patria del derecho y del reconocimiento de cada mujer y cada hombre como parte de una humanidad común, de una fraternidad universal que nos trasciende. 

No se da cuenta de que las soluciones del tipo ‘pañales calientes’ eliminan la molestia de un día, pero preparan la tragedia del mañana. 

Y, sobre todo, al negarse a pensar y actuar según sus propios principios y capacidades, Europa corre el riesgo de condenarse a muerte. 

Todo ello también, o precisamente ahora, que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular. Y la sociedad vuelve a la normalidad cotidiana de una realidad estructural y sistemática de injusticia.

P. Joseba Kmairuaga Mieza CMF

domingo, 2 de agosto de 2026

A la altura de la calorina.

A la altura de la calorina 

Estamos acostumbrados a medir el calor con el termómetro. Deberíamos empezar a medirlo con la cartera. Porque el verano abrasador ya no es un fenómeno meteorológico: es un nuevo actor económico, un factor social, un multiplicador de fragilidad. 

Es un impuesto que no se ha votado ni debatido, pero que ya está en vigor. Y cada año aumenta. El calor se cuela en los hogares, en los cuerpos, en las cadenas de suministro, en los presupuestos familiares. No pide permiso. No espera. No hace descuentos. 

En los días en que se superan los treinta y cinco grados, las ciudades cambian de ritmo. Las persianas se bajan como párpados cansados, los ventiladores giran como aspas de molinos agotados, los aparatos de aire acondicionado zumban como un segundo latido del corazón. 

Cada grado más es un euro que se va: facturas que suben, medicamentos que se encarecen, visitas médicas que se multiplican. Las personas mayores que viven solas en el centro —aquellas a las que ya se ha clasificado en los grupos de riesgo «alto» y «muy alto»— viven el calor como una presión física. El termómetro marca treinta y seis, pero el cuerpo siente cuarenta. 

Cada ola de calor es una prueba de resistencia, y cada prueba tiene un coste sanitario que no aparece en los presupuestos municipales, pero que pesa y mucho. El calor no es solo una temperatura: es una sustracción. Sustrae energía, sustrae salud, sustrae seguridad. Y cada sustracción se convierte en un coste que nadie ha previsto, pero que todos deben pagar. 

Hemos descubierto que el calor es un adversario silencioso. Cada día en el que se superan los treinta y cinco grados es media jornada perdida, como si el clima hubiera convocado su propio conflicto laboral, sin sindicatos y sin negociación. 

Y luego están los costes invisibles: climatizar naves enormes, refrigerar las líneas de producción, proteger a los trabajadores al aire libre. La factura energética se convierte en un nuevo capítulo del balance empresarial. El calor ya no es un fenómeno estacional: es un factor económico que modifica la estructura de los costes. 

En los valles, el calor no es solo una temperatura: es una sustracción de futuro. Maíz que crece mal, forrajes que se queman, ganaderías que producen menos leche. El calor entra en los establos como un invitado indeseado: no grita, no hace ruido, pero quita. Quitar es su forma de expresarse. 

Cada litro de leche menos es una señal que recorre la cadena de suministro hasta llegar a los mercados y las familias. Cada riego adicional supone un coste. Cada cosecha comprometida es una pérdida irrecuperable. 

El termómetro mide el calor, pero es la cartera la que mide la pérdida. Y el sector agrícola, ya de por sí frágil, descubre que el clima se ha convertido en un actor económico que no se puede ignorar. 

Aunque la ciudad sea fuerte el verano abrasador la enfrenta a una verdad sencilla: la fuerza no basta. Se necesita una red de apoyo, se necesita atención, se necesita prevención. Porque el calor no afecta a todos por igual: elige a los más solos, a los más mayores, a los más expuestos. 

En algunos municipios predominan los hogares unipersonales, a menudo de personas mayores que viven solas: son los más vulnerables a las olas de calor. Cada medida que no se toma se convierte en un coste social que se acumula como un impuesto no declarado. 

El calor se convierte en un indicador de desigualdad: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. Y la ciudad, que ya ha conocido la fragilidad en otras formas, descubre que el clima es una nueva línea de fractura. 

El calor extremo aumenta el consumo eléctrico y obliga a realizar inversiones: aparatos de aire acondicionado, protecciones solares y rehabilitaciones energéticas. Las inversiones en climatización y energía fotovoltaica ascienden a miles de millones a nivel nacional, con unos costes energéticos adicionales igualmente elevados. 

La cuota local de este «impuesto climático» es especialmente elevada: naves industriales, talleres, tiendas y oficinas deben refrigerarse durante más tiempo y con mayor intensidad. El calor ya no es un fenómeno estacional: es una partida de gastos. Y cada verano abrasador añade una línea al presupuesto familiar y empresarial. 

El calor no vota, no habla, no firma decretos. Y, sin embargo, decide. Decide quién puede trabajar y quién no, quién puede salir y quién se queda encerrado en casa, quién puede permitirse refrescar su vida y quién debe soportarla. El verano abrasador se ha convertido en un indicador de justicia: muestra quién tiene recursos y quién no, quién puede protegerse y quién queda expuesto. 

El termómetro indica la temperatura, pero la cartera revela la verdad. Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿tiene sentido, en cuestiones medioambientales, esperar a que se tome una decisión a nivel nacional? 

Uno tiene la sensación de que lo que se hace no es suficiente. Y no es suficiente porque el calor corre como un animal herido, y las administraciones lo persiguen con las pesadas botas de la burocracia. 

No basta porque cada administración hace lo que puede, pero el calor hace lo que quiere. Las ordenanzas son hojas de papel frente a un cielo que no conoce tregua. Los protocolos son intentos de poner orden en un fenómeno que carece de orden. Los incentivos son gotas en un sistema que gotea por todas partes. 

No basta porque cada intervención local es un gesto de cuidado, sí, pero también un gesto de soledad: un ayuntamiento que intenta proteger a sus mayores, un valle que intenta salvar sus cosechas, una empresa municipal que persigue la factura como se persigue una deuda antigua. Son acciones necesarias, pero también son señales de una desproporción: el problema es más grande que la mano que intenta contenerlo. No basta porque el calor no es una emergencia: es una estructura. 

Y una estructura no se gestiona con medidas puntuales, sino con una dirección. Una dirección que hoy falta: estable, continua, sistemática… Sin esa dirección, cada intervención es un parche en una herida que sigue abriéndose. 

No basta porque el calor ya es un actor económico, social y sanitario. Y las entidades territoriales deben convertirse en actores políticos a la altura: ya no solo administradores del presente, sino guardianes del futuro climático. 

El calor ya no es un fenómeno natural. Es un coste. Un coste que crece, que se acumula, que se distribuye de forma injusta. El verano abrasador no es un accidente: es una nueva infraestructura económica. Y mientras no lo reconozcamos, seguirá presentándonos la factura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


El guion habitual: crónica del desastre de siempre.

El guion habitual: crónica del desastre de siempre

Las imágenes procedentes de Ceuta, con miles de personas que en pocas horas han intentado llegar al enclave español, decenas de miles de repatriaciones, decenas de víctimas rescatadas en el mar y las consiguientes decisiones adoptadas por los gobiernos europeos, hasta la suspensión temporal del régimen de Schengen, no representan únicamente la crónica de una emergencia. 

Todo es símbolo de un fracaso político que viene de lejos y que hoy ya nadie puede seguir fingiendo no ver. 

Desde hace demasiados años, Europa solo aborda el fenómeno migratorio cuando estalla una crisis. Se interviene cuando las fronteras se ven sometidas a presión, cuando el número de desembarcos aumenta repentinamente, cuando las imágenes dan la vuelta al mundo y cuando la opinión pública exige respuestas inmediatas. 

Luego, una vez pasada la emergencia, todo vuelve a ser como antes. Se aplazan las decisiones, se posponen las reformas, se prefiere el enfrentamiento político a la construcción de una estrategia común. En realidad, nos seguimos limitando a comentar las emergencias. 

Pero sin convertirnos en protagonistas de las soluciones. 

Los acontecimientos de las últimas horas confirman lo necesario que es abordar la cuestión migratoria con equilibrio y responsabilidad. 

El Gobierno español ha comunicado que miles de migrantes ya han regresado a Marruecos, que no se registran nuevas entradas irregulares hacia la España peninsular y que ninguna de las personas que entraron en Ceuta ha llegado al territorio de la Península Ibérica. 

Pero persiste el dramático balance humano de las víctimas en el mar, lo que impone a Europa una reflexión seria sobre las causas profundas del fenómeno. 

Ante acontecimientos de esta magnitud, se requiere la cooperación entre los Estados miembros, la lucha contra los traficantes de personas, un control eficaz de las fronteras exteriores y políticas migratorias comunes. 

Las polémicas entre gobiernos, las confrontaciones ideológicas y las instrumentalizaciones políticas no pueden sustituir a una estrategia europea compartida, capaz de conciliar la seguridad, la legalidad, la protección de la dignidad de las personas y la responsabilidad institucional. 

Lo ocurrido no es un episodio aislado y no puede descartarse como un acontecimiento imprevisible. Es el resultado de décadas de políticas a menudo incoherentes, de acuerdos incompletos, de estrategias que nunca se han llevado a buen término y de una incapacidad crónica de Europa para abordar el fenómeno migratorio con una visión compartida. 

Europa ha fracasado. 

Y ha fracasado no porque hayan faltado los análisis o las cumbres, sino porque han faltado la continuidad, el valor y la voluntad política para transformar las propuestas en reformas estructurales sobre inmigración cualificada, cooperación internacional, inclusión, lucha contra los traficantes de seres humanos, planificación de los flujos migratorios… 

Y al observar lo que ocurre en las fronteras europeas, debemos reconocer con honestidad que muy poco tanto análisis y de tanta cumbre se ha traducido en políticas concretas. Esta es la verdadera derrota que debería hacer reflexionar a toda la clase política europea. 

Las imágenes de Ceuta deberían servir de lección para toda la clase política europea. Cuando se llega al punto de tener que suspender el acuerdo de Schengen, reforzar los controles fronterizos, contabilizar decenas de víctimas en el mar y miles de repatriaciones en pocas horas, significa que el sistema ya había fracasado mucho antes de que se produjera la emergencia. 

Durante años se ha preferido buscar el consenso en lugar de gestionar el fenómeno migratorio: por un lado, prometiendo reformas que nunca se han llevado a cabo; por otro, convirtiendo a los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero en el blanco de una confrontación política permanente. 

De este modo no se protege ni la seguridad ni la inclusión, sino que solo se alimentan la desconfianza, las tensiones y las divisiones. 

¿Ha llegado el momento de salir de esta lógica? 

Las comunidades de origen extranjero no pueden seguir siendo consideradas un problema que solo hay que gestionar en situaciones de emergencia o un tema que utilizar durante las campañas electorales. Sino que deben convertirse en parte de la solución, contribuyendo con responsabilidad, competencia y espíritu constructivo a la definición de una política migratoria moderna, equilibrada y realmente capaz de conciliar seguridad, legalidad, derechos, deberes, integración… 

En los últimos años asistimos a una carrera incesante por la instrumentalización del tema de la inmigración. En muchos casos, los inmigrantes, las comunidades árabes, los musulmanes y los ciudadanos de origen extranjero se convierten en tema de propaganda, casi como si la complejidad del fenómeno pudiera resolverse alimentando miedos o señalando a comunidades enteras como responsables de los problemas de una ciudad, de una comunidad autónoma, de un país. 

Ese es un camino peligroso. 

Luchar contra la inmigración irregular es un deber del Estado. Defender las fronteras nacionales es una responsabilidad de las instituciones. Actuar con firmeza contra las organizaciones criminales que trafican con seres humanos es una prioridad absoluta. 

Pero todo esto no autoriza a nadie a confundir la delincuencia con millones de personas honradas que viven, trabajan, pagan impuestos, respetan las leyes y contribuyen cada día al desarrollo de nuestra sociedad. 

La política debería tener el valor de moderar el tono y abordar por fin el tema de la inmigración con seriedad, competencia y sentido del Estado, porque la seguridad no se construye a base de eslóganes y la inclusión no se logra mediante declaraciones carentes de consecuencias concretas. 

Tantas promesas de inclusión, con demasiada frecuencia, no se han traducido en políticas concretas. Mientras tanto, se alimenta esa continua carrera hacia la instrumentalización de la inmigración, el islam, los musulmanes, las comunidades árabes y, en general, de cualquier persona de origen extranjero. 

¿No se hace necesaria una política diferente? ¿Una política de equilibrio, de competencia, de seriedad y de responsabilidad? ¿Una política que rechace tanto las promesas irrealizables como la propaganda basada en el miedo? ¿Una política capaz de gestionar los fenómenos y no de ir a sus anchas, de resolver los problemas y no de convertirlos en instrumentos de consenso? ¿Qué política necesitamos a la altura del reto que supone lo sucedido en Ceuta? 

Las imágenes de Ceuta deberían suponer un punto de inflexión y no la enésima emergencia destinada a caer en el olvido en cuestión de unas semanas. 

Si esta crisis también se aborda exclusivamente con medidas temporales, sin una estrategia común europea y sin una revisión profunda de las políticas migratorias, dentro de unos meses nos encontraremos debatiendo el mismo problema, con los mismos tonos y con las mismas divisiones. 

Y volveremos a ser testigos del habitual guion de siempre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...