miércoles, 12 de agosto de 2026

Un cambio climático que nos negamos a ver.

Un cambio climático que nos negamos a ver

Unos meses de calor récord. Ciudades asfixiadas por temperaturas que rondan o superan los 40 grados, incendios que devoran miles de hectáreas de bosque, inundaciones repentinas que convierten calles y plazas en ríos. 

Ante una evidencia tan evidente, cabría pensar que el cambio climático ya no es objeto de debate. Pero no es así: incluso después de haber vivido en carne propia fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes, una parte de la opinión pública sigue interpretando el calentamiento global como un problema secundario, exagerado o incluso inexistente. 

Y la razón es que nadie interpreta la realidad de forma neutral: incluso un hecho aparentemente inequívoco se filtra a través de las convicciones políticas, los valores culturales y la confianza en la ciencia. 

Y aquí es donde entra en juego la política. Y es que llama la atención que los fenómenos meteorológicos extremos no aumenten necesariamente la atención prestada a las cuestiones climáticas… porque lo que cuenta es la forma en que se narran, la interpretación que se les da. 

La explicaciones y justificaciones populistas evitan debatir sobre el consumo energético, los combustibles fósiles, los modelos de desarrollo… 

Tras las inundaciones de 2024 que se cobraron más de doscientas víctimas en la provincia de Valencia, Vox atribuyó la gravedad de la catástrofe a las políticas ecologistas, a las que acusó de haber impedido la limpieza de los cursos de agua y la construcción de nuevas infraestructuras hidráulicas: una interpretación desmentida por los estudios de atribución climática, que señalan al calentamiento global como la causa de la intensidad de las precipitaciones. 

Tras cada catástrofe se reabre puntualmente el debate sobre el consumo del suelo, el mantenimiento del territorio y la prevención: problemas reales que, sin embargo, a veces se contraponen al cambio climático, como si ambas explicaciones se excluyeran mutuamente. No es así: se suman. Un territorio frágil se vuelve más vulnerable cuando se ve expuesto a precipitaciones más intensas, sequías prolongadas y temperaturas récord. 

En el debate político, sin embargo, estos mismos elementos se transforman en una narrativa alternativa: no sería el clima el que ha cambiado, sino que solo la gestión del territorio es un fracaso. 

La política populista construye a menudo su mensaje: el problema no es la emergencia climática, sino un ecologismo que obstaculiza el desarrollo. Este es el típico mecanismo de inversión del blanco: quien denuncia el problema es presentado como el responsable. Así, el debate público se desplaza de las causas del calentamiento global a los supuestos efectos negativos de las políticas medioambientales y la crisis climática se convierte en el terreno de un enfrentamiento identitario potencialmente desastroso. 

A pesar de la realidad, el ser humano está haciendo todo lo posible por no afrontar el problema, por negar lo evidente. 

El hecho de que un número cada vez mayor de la población niegue la realidad tiene al menos dos causas: 

1.- la primera es que nos negamos a ver la catástrofe porque pone seriamente en tela de juicio nuestro futuro; 

2.- la segunda —que también influye en la primera— es que una parte considerable de la clase política está actuando en la dirección opuesta a la que se debería seguir. 

Hay quien decide suprimir los fondos destinados a la conservación de los bosques, o quien considera seriamente reintroducir el tema de las centrales nucleares en detrimento de las energías renovables, o quien defiende estrategias que abandonan proyectos de transición energética… 

Este año, y debido a la sequía, dicen que los pastos están demasiado secos y el forraje para el invierno será insuficiente. Recurrir a las importaciones, como se ha hecho en el pasado, será difícil porque toda Europa se enfrenta a la misma situación. 

Los glaciares se están derritiendo a un ritmo superior al previsto, el nivel de los lagos está alcanzando mínimos históricos y los embalses hidroeléctricos se encuentran en niveles muy bajos. 

Para recuperar el déficit hídrico anual se necesitarían, de aquí a diciembre, dos meses de lluvias abundantes. Si parece que no se van a producir precipitaciones significativas en agosto… nos quedan cuatro meses. 

Los efectos del cambio climático en curso, desde las olas de calor hasta la escasez prolongada de agua (sequía) y las precipitaciones de magnitud excepcional, son cada vez más frecuentes e intensos. 

Los científicos expresan una gran preocupación. No se trata solo de gestionar las emergencias del momento, sino de hacer frente a un cambio climático que amenaza la seguridad de los ciudadanos, la estabilidad económica de la sociedad, la productividad agrícola y la integridad de los ecosistemas locales. Solo reduciendo las emisiones que alteran el clima, derivadas en su mayor parte del uso de combustibles fósiles, podremos intentar detener esta escalada. 

Hay quien aún sigue pensando que el cambio climático podría tener un pequeño papel en las temperaturas elevadas y prolongadas de este verano…  pero que, en cualquier caso, todo ello sigue entrando dentro de la evolución normal del clima. Y es que en verano siempre ha hecho y hace calor… 

En la situación actual, está claro que los políticos muestran una notable incapacidad de gestionar una situación que se agrava año tras año: hay demasiados intereses económicos en juego (que, evidentemente, son a corto plazo) y demasiada ideología. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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