El paso de una fe infantil a una fe adulta - San Mateo 16, 13-20 -
Quizá esta página deba abordarse avanzando con calma y más allá de la superficie de las palabras, intentando adentrarse en lo más profundo de los surcos abiertos por las preguntas.
Y sin detenerse, porque lo descrito no es un
cuestionamiento estéril de un Mesías curioso, sino un rastro valiente, un
itinerario, una trayectoria posible. Para cada discípulo.
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?»
Porque es normal que nuestra fe, cuando da sus primeros pasos, se apoye en el credo de las personas a las que hemos amado. No es cierto que no importe: daba seguridad saber que personas queridas, estimadas y de confianza habían elegido el Evangelio como horizonte de sentido. Tranquilizaba y, a menudo, bastaba.
Nos sentíamos pequeños ante las preguntas y, desde luego, no estábamos a la altura de poner en duda lo que otros, más sabios que nosotros, creían. Ante la primera duda, basta con pensar en la fe de las personas de las que estábamos aprendiendo a vivir. A quienes queríamos parecernos. ¿Qué dice la gente que nos rodea? Era una confianza depositada más en ellos que en los contenidos de la fe.
Respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas»
Los discípulos tienen excelentes referencias, de eso no hay duda. O bien saben seleccionar bien y recogen lo mejor del repertorio. Quizá aprender la fe sea, ante todo, seleccionar a los testigos, elegir a los que parecen más fiables.
Pero las respuestas de los demás, precisamente porque son de otros, aunque sean buenas, aunque sean tranquilizadoras, no pueden bastar. Son respuestas ya cerradas, de vidas que ya han llegado a su plenitud, de profetas que escandalizaron y que fueron condenados pero que luego recibieron la corona de gloria.
Son, como todas las
respuestas, centradas en el final. A Jesús le encantan las preguntas. Y en el
camino de la fe es precisamente la pregunta la que ayuda a avanzar.
«Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Esta es la pregunta radical para el discípulo, esta es la línea divisoria entre una fe infantil y una fe adulta.
Y claro, aquí también se corre el riesgo de ahogarse. Pero no existe itinerario de fe sin riesgo de perderse.
Cuando llegamos a
sentir que la relación con lo Infinito se vuelve seria, cuando llegamos a
sentirnos interpelados, cuando sentimos que ya no podemos fingir. Y ya no hay
nada ni nadie a quien recurrir. Y no podemos refugiarnos en la fe de otros. Y
luego está ese «pero» que es una espada, una provocación, una
ruptura.
«Pero»
¿qué digo yo de Ti? No solo con palabras, no tanto con palabras, ¿qué digo de Aquel
a quien nombro cada día, de aquel a quien tengo la suerte de haber convertido
en «vocación, sentido, razón»?
«Pero», ¿sigues siendo Tú el hilo conductor que une mis intentos de llevar una vida buena?
Porque quizá todo esté aquí. En ese «pero». Que, además, marca una distancia entre mí y cualquier otra interpretación de Él. En ese «pero» me encuentro realmente a «mí mismo», encuentro todos los intentos de cada persona que trata, a menudo con esfuerzo, de responder de manera personal a la llamada de Dios en su propia historia. Sin respuestas prefabricadas, sin tener que imitar la fe de otros. Sin miedo a la duda ni a las preguntas. Una fe adulta.
«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»
«Vivo»: Pedro no es que adivine la única respuesta posible, sino que simplemente no se equivoca en el final, que es perfecto, porque está abierto. «Vivo»: su respuesta no cierra, sino que devuelve a la vida. Hijo de ese Dios que se revela de manera muy personal en la vida de cada ser vivo.
Si digo que la respuesta es «vivo», no estoy fijando la mirada en el rostro de Dios, sino que estoy diciendo que, mientras haya vida, siempre habrá un crecimiento, un camino, una traición, un replanteamiento, un perdón; habrá cambios.
Cristo es el Hijo del Dios que vive y crece en medio de nuestros cambios. La vida es algo que nunca se puede detener ni fijar. El Dios que elige aliarse con la vida es un rostro en constante mutación.
Jesús dice que es el Padre que está en los cielos quien ha revelado esta visión a Pedro, no la sangre, ni la carne, ni la mera repetición de lo existente, sino una enorme capacidad para escuchar y sentirse parte de la revelación del misterio de la vida.
Pedro experimenta lo que es escuchar a este Dios que pide vida para poder manifestarse. Y no es casualidad que aquí Pedro sea el rostro cristalino del amor; unas líneas más adelante lo estropeará todo, luego se recuperará, después traicionará, llorará… y finalmente confesará su amor.
He aquí al Hijo del Viviente contándose a sí mismo en medio de las contradicciones, incluso contradictorias, de toda vida. La fe consiste en acoger esa complejidad.
Para comprender que somos seres reveladores, que hemos nacido para esto. Cuando creemos, cuando dejamos que la vida nos atraviese, nos convertimos en revelación del Amor. Como si lográramos rasgar el velo de la costumbre que nos hace razonar únicamente a través de nexo entre causas y efectos. Somos seres reveladores cuando permitimos que el Cielo se cuente aquí, en la tierra. Como cuando una nube susurra desde el corazón de una piedra.
La única primacía del hombre es la de ser pontífice, es decir, puente entre la tierra y el cielo, y viceversa. Revelador. A veces, incluso algún Papa ha sido pontífice, es decir, puente. Al menos por un instante, como todos nosotros.
Somos fragmentos de experiencias en las que la Vida ya no repite el credo de otros, no se acomoda en torno a respuestas fáciles, sino que se atreve a mostrar la gratuidad del Amor en el discurrir de los acontecimientos.
El rostro de Dios es el del Hijo del Hombre que ama, Hijo del Dios Vivo en las historias miserables y espléndidas de los hombres. Hijo del cielo que convierte lo humano en reflejo del infinito.
Tal vez sea mejor guardar silencio. Nos hemos expuesto demasiado. Se corre el riesgo de perderse. Jesís «ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo».
Llega el momento de la desorientación, como la de cuando Pedro piensa en voz alta (y pretende corregir al Maestro) que el amor, ese vínculo entre el cielo y la tierra, es algo tierno y gozoso, fácil y sencillo. Pero no es así.
Tiene la forma de la cruz. El amor tiene la forma de la cruz. Que une la tierra y el cielo, al hombre y a Dios. Nunca dejaremos de aprenderlo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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