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miércoles, 19 de agosto de 2026

A golpe de Biblia y rifle.

A golpe de Biblia y rifle 

«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html). 

Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas. 

De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria. 

Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos. 

Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra». 

El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos. 

Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho: 

«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos». 

En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto. 

Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús. 

¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 12 de julio de 2026

¿Una humanidad magnífica?

¿Una humanidad magnífica?

El frenesí tecnológico sin precedentes en el que vivimos, en el que la inteligencia artificial ya no es materia de especulación de ciencia ficción, sino, cada vez más, una presencia cotidiana y estructural (redes neuronales algorítmicas capaces de procesar textos complejos, superar exámenes académicos, crear arte y simular la empatía), nos lleva a experimentar un vértigo identitario. 

Para defendernos de esta ansiedad ante la obsolescencia y del miedo a ser sustituidos, tendemos a aferrarnos con todas nuestras fuerzas a lo que consideramos nuestro núcleo inexpugnable e irreproducible: la conciencia, la autocomprensión, la percepción de uno mismo. Nuestra esencia humana. 

La encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV aborda (también) este aspecto. El Papa promueve la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, esbozando la encrucijada histórica ante la que nos encontramos: levantar una nueva torre de Babel, símbolo de poder autorreferencial y dominio tecnológico, o bien construir una Jerusalén de responsabilidad y comunión. 

Y subraya que, aunque nuestra humanidad es capaz de crueldades inauditas, de guerras espantosas y de esclavitud, no debemos avergonzarnos de definirla como «magnifica», ya que todo ser humano posee una dignidad inalienable y una sublime capacidad de amar otorgada por el Creador. 

Pero la mirada descarnada de algunos textos bíblicos propone una antropología mucho menos tranquilizadora, que exige una lectura decididamente desencantada. 

El profeta Jeremías lanza una advertencia que desmonta incluso estas certezas arraigadas: 

«El corazón es más engañoso que cualquier otra cosa y irremediablemente maligno; ¿quién podrá conocerlo?» (Jeremías 17, 9). 

Si la encíclica del Papa León XIV se esfuerza por defender la primacía de lo humano sobre la máquina, recordando que la inteligencia artificial es mera simulación, carente de cuerpo, de relaciones auténticas y de responsabilidad moral, el crudo texto de Jeremías plantea una pregunta incómoda: ¿es nuestra humanidad realmente tan plenamente «magnífica» como se da por sentado desde el principio? ¿No corremos el riesgo, al exaltar nuestra esencia interior en oposición al algoritmo, de caer precisamente en esa autorreferencialidad babilónica que el propio Papa pretende combatir? 

En la compleja antropología semítica, el corazón no es la visión romántica ligada a los sentimientos, sino el centro vital y decisorio profundo donde se entrelazan la racionalidad y la voluntad. Y precisamente este centro, nuestra tan alabada «conciencia», se describe como lo más poco fiable que existe. 

El corazón humano es constitutivamente engañoso. Nuestra mente, de la que nos enorgullecemos tanto frente a los fríos circuitos de silicio, posee una capacidad casi infinita para justificar sus propias bajezas, encubriendo el egoísmo y las prevaricaciones con nobles ideales. 

Una crítica teológica constructiva al optimismo subyacente de la encíclica parte precisamente de aquí: el mayor engaño es creer que nuestra superioridad ontológica sobre la máquina nos hace inmunes al mal. La Escritura nos advierte de que nuestra inclinación al egoísmo es «incurable» solo con los recursos humanos. 

Las reflexiones modernas sobre la inteligencia artificial nos alertan sobre la llamada black box, la caja negra del machine learning. Tememos no poder rastrear los procesos oscuros a través de los cuales una red neuronal llega a una conclusión determinada. 

Pero Jeremías nos recuerda implacablemente que la primera, verdadera y más insondable caja negra es precisamente nuestro interior: «¿Quién podrá conocerlo?». 

La máquina, en su potencia computacional, carece estructuralmente de malicia; no tiene un ego que proteger. El ser humano, por el contrario, dotado de conciencia y libertad, es capaz de urdir el mal con lúcida intencionalidad, porque su software interior lleva las cicatrices de una fragilidad radical. 

Si el Papa León XIV insiste en la preciosa sabiduría que nace de la conciencia de nuestro límite, Jeremías hunde el bisturí recordándonos que este límite se manifiesta a menudo como un formidable autoengaño. 

¿Dónde se encuentra, entonces, la salida de este laberinto interior? ¿Cómo podemos evaluarnos a nosotros mismos, si nuestra brújula está viciada desde el principio? 

La propuesta del profeta - «Yo, el SEÑOR, que escudriño el corazón, que pongo a prueba los riñones, para recompensar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus acciones» (Jeremías 17, 10) - es un cambio de perspectiva: la prueba de la verdadera humanidad no se agota en la reivindicación orgullosa de un estatus superior

Esa prueba de verdadera humanidad se desplaza con fuerza hacia el exterior. Se mide por los «caminos» que decidimos recorrer y por el «fruto» tangible que producen nuestras acciones. La valoración divina de la humanidad no tiene lugar en el silencio amortiguado de la habitación, sino en el camino polvoriento y fatigoso de la vida cotidiana. 

Hoy exigimos con razón, sobre todo en Europa, que las máquinas se ajusten a los valores humanos y al respeto de los derechos y las libertades, pero la palabra profética sigue siendo la piedra de toque definitiva: nuestra «magnífica humanidad» no es una posesión estática que idolatrar sino un horizonte que alcanzar con los «frutos» o, como dirían algunos, con los ‘outcomes’ (resultados). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 5 de julio de 2026

Lo que está en juego con los lefebvrianos.

Lo que está en juego con los lefebvrianos

Parece que estuviéramos asistiendo a un drama barroco representado en un centro comercial: vestimentas litúrgicas, latín, anatemas, mientras a su alrededor transcurren vidas que ya no tienen ningún contacto con esas representaciones.

 

Y, sin embargo, ahí están, convencidos de que la Iglesia está traicionando su identidad porque ya no repite las fórmulas de antaño, porque ya no defiende un mundo que no existe.

 

Pero la cuestión no es el latín.

 

La cuestión no es la liturgia.

 

La cuestión tampoco es el Concilio Vaticano II.

 

La cuestión es que estos hombres creen que la verdad es una piedra.

 

Y, en cambio, la verdad es algo que se mueve, incluso sin que nos demos cuenta. Y aquí me viene a la mente, como un viento en contra, un tal Paul Karl Feyerabend filósofo de la ciencia:

 

«La fijeza es una ilusión. La verdad nunca se queda quieta. La tradición que no cambia es una tradición muerta».

 

Lo decía refiriéndose a la ciencia, que es el ídolo de nuestro tiempo, pero en mi humilde opinión el principio también se aplica aquí: no existe un único método, no existe un único lenguaje, no existe una única forma de decir la verdad.

 

La verdad es un campo de batalla, de búsqueda apasionada, no un museo.

 

Para ellos, el Catecismo de Pío X sigue siendo una tabla infalible. Seguramente hasta fue un catecismo que trató de ayudar a comprender muchas cosas; sin embargo, como cualquier catecismo, no puede considerarse un mapa perfecto. Una fotografía de lo divino.

 

Y entonces se escandalizan cuando alguien señala que el infierno como «fuego eterno sin ningún bien» ya no se sostiene ante lo que sabemos sobre la psique, la justicia y la misericordia.

 

Se indignan cuando se dice que la Trinidad no es una fórmula matemática, que Jesús nunca habló de fundar una Iglesia como institución jurídica, que Adán y Eva no son una pareja prehistórica que existió realmente.

 

Lo siento. No me cabe el largo etcétera de los posibles temas de su indignación.


Estoy convencido de que carecen de ese soplo místico que corre por las venas del cristianismo y que lleva a los cristianos a integrarse en la realidad de cada época y a mantener la esperanza en lo posible.

 

Para ellos, cada palabra es literal. Cada imagen es un hecho. Cada símbolo es una fotografía.

 

Han olvidado que, desde sus orígenes, el cristianismo nunca ha sido así. Siempre ha sido un lenguaje que se reinventa, un relato que se abre, una verdad que se deja expresar con palabras diferentes.

 

Estoy convencido de que, en las últimas décadas, la Iglesia ha hecho lo que debía hacer: ha mirado al mundo a la cara.

 

Ha escuchado a las ciencias. Ha reconocido que ciertas imágenes ya no pueden tomarse al pie de la letra. Ha transformado el dogma en poesía, en símbolo, en metáfora. No para debilitarlo, sino para salvarlo. Porque un dogma que no cambia de lenguaje muere. Un dogma que no deja que el tiempo lo atraviese se convierte en una reliquia, no en una fe.

 

Y aquí surge la paradoja: los lefebvrianos acusan a la Iglesia de haber cambiado demasiado, pero en realidad es la Iglesia la que ha comprendido que la verdad no es una estatua. Es un río. Es un movimiento.

 

Es un aplazamiento continuo: lo que creemos poseer siempre está ya en transformación, siempre ya va por detrás de sí mismo. La Tradición no es un archivo cerrado, es un texto que se reescribe cada vez que se lee.

 

Los lefebvrianos y todo el ámbito del conservadurismo no soportan esta fluidez. Quieren un cristianismo 1.0 que nunca ha existido. Quieren un pasado que no es pasado, porque nunca ha sido tan compacto como lo imaginan.

 

Y entonces exigen coherencia: si hoy cambiamos el lenguaje, si hoy reinterpretamos los dogmas, entonces —dicen— debemos admitir que los Papas del pasado no eran infalibles.

 

Pero esta pregunta se basa en un malentendido: la infalibilidad no es la fijeza del contenido, es la fidelidad del movimiento. No es la repetición, es la capacidad de decir la misma verdad de diferentes maneras.


Alguien me ha dicho que su no es solo teológico. Sino también político.

 

Es el mismo impulso que atraviesa a la derecha y al conservadurismo contemporáneo: la nostalgia como identidad, la restauración como refugio, el miedo al mundo como programa.

 

No creo que sea casualidad que encuentren simpatía precisamente allí, donde se mira a la historia con recelo y al cambio con hostilidad.

 

Quieren una Iglesia que juzgue el presente desde la eternidad, pero en realidad están más inmersos en el presente que nadie: son la versión eclesial de la reacción social.

 

La Iglesia, con toda su lentitud, está haciendo lo único cristiano que puede hacer: aceptar el tiempo y captar sus signos.

 

Aceptar que la verdad no es un objeto que hay que custodiar, sino un camino que hay que recorrer. Aceptar que el dogma no es un fósil, sino un ser vivo. Aceptar que la Tradición no es un museo, sino un camino.

 

Los lefebvrianos no defienden el pasado: defienden el miedo. Y el miedo, como sabemos, nunca ha sido un buen consejero de la fe.

 

El cristianismo no es la repetición de lo antiguo: es encarnación en el presente.

 

Si la interpretación del dogma no evoluciona, no es fe: es idolatría.

 

Si la Tradición no se mueve, no es raíz: es cadena.

 

Si la Iglesia no cambia de lenguaje, ya no le habla a nadie.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dejad que los muertos entierren a sus muertos.

Dejad que los muertos entierren a sus muertos

Ya que me pides que lo haga, me pongo a escribir sobre ello, es decir, sobre la consagración de los cuatro nuevos obispos seguidores de monseñor Marcel Lefebvre. 

Lo digo ya desde el comienzo. Sabemos bien que el cristianismo, desde sus inicios, ha sufrido divisiones y enfrentamientos, tal y como atestiguan los escritos del Nuevo Testamento, y sabemos que deberíamos hablar de «cristianismos» en plural y no de un único «cristianismo». 

Una consagración según hemos sabido sin el consentimiento del Papa. Con lo que, por lo tanto, quedan automáticamente excomulgados, expulsados de la Iglesia católica. 

Me parece que todo ha resultado según el guion previsto. 

A pesar de la carta que el Papa León XIV había dirigido, en los últimos días, a la comunidad de los «lefebvrianos», estos decidieron seguir adelante con las nuevas ordenaciones episcopales. 

La ceremonia fue presidida por monseñor Alfonso de Galarreta, obispo consagrante principal, asistido por monseñor Bernard Fellay, co-consagrante. Los nuevos obispos son: don Pascal Schreiber (Suiza), don Michael Goldade (Estados Unidos), don Michel Poinsinet de Sivry (Francia) y don Marc Hanappier (Francia).

Resulta interesante la historia de los dos obispos consagrantes. 

El obispo consagrante principal fue ordenado por el propio fundador, monseñor Lefebvre, sin el consentimiento del Papa y, por lo tanto, excomulgado. Obtuvo la «remisión» de la excomunión por parte del Papa Benedicto XVI en 2009. Ahora volverá a ser excomulgado. Lo mismo le ha ocurrido al otro obispo concelebrante. 

Así pues, ambos han sido obispos sin mandato pontificio, excomulgados, readmitidos y excomulgados de nuevo. 

La opinión pública cree que todo se debe a que los seguidores de monseñor Lefebvre quieren la Misa en latín, la Iglesia no se lo permite y, por eso, se rebelan. 

Vale la pena recordar una verdad obvia: no es así y, sobre todo, no es tan sencillo. 

La Misa en latín no está prohibida y la Iglesia la permite. 

Los lefebvrianos rechazan la nueva Liturgia… porque lo rechazan todo. Y, sobre todo, rechazan la idea de aquella Iglesia que fue reafirmada por el Concilio Vaticano II. 

En ese Concilio, la Iglesia se esforzó por volver a las raíces, a la Palabra de Dios, por replantearse a sí misma y por cambiar en función de ese retorno y de esa reflexión. 

Y hacía todo esto para volver a dirigirse, de manera convincente, a los hombres y mujeres de hoy, y poder transmitirles la «Buena Nueva», el Evangelio. 

En otras palabras: la Iglesia no se comunica a sí misma, sino que comunica una Palabra de la que es testigo. Está doblemente al servicio: de esa Palabra y de los destinatarios de esa Palabra. Sin olvidar que ella misma es destinataria de esa Palabra, siempre puesta en tela de juicio, también porque tiene el encargo de anunciarla. 

Todo esto son cosas conocidas. 

Y vale la pena recordar otra cosa conocida, en relación con el latín y todo lo que lo rodea. 

Al principio no estaba el latín, sino el griego. Todo el Nuevo Testamento —los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo, todos los demás textos hasta el Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento— fue escrito no en latín, ni una sola palabra en latín, sino en griego. 

¿Por qué en griego? 

El griego del Nuevo Testamento se denomina «koiné», «común», una lengua común que se hablaba en toda la cuenca del Mediterráneo: era el ‘inglés’ de la época. Jesús, por su parte, no hablaba griego, sino arameo. De la lengua de Jesús no nos ha quedado nada (salvo alguna que otra palabra preciosa, dispersa aquí y allá). 

Por lo tanto: el mensaje de Jesús, para ser verdaderamente de todos, se transmite en una lengua distinta de aquella en la que fue anunciado. 

Después del griego llegó el latín, por la misma razón, y luego las lenguas modernas, y siempre por esa misma razón. La fidelidad al único mensaje ha quedado garantizada por la infidelidad lingüística con la que fue anunciado. 

Esta infidelidad lingüística es el signo inequívoco de una verdad fundacional del cristianismo: todo es «para vosotros» —el nacimiento, la muerte, la Resurrección de Jesús, la Iglesia y sus sacramentos… todo—, repiten continuamente los textos del Nuevo Testamento, todo es «para vosotros». 

De ahí se deriva la inevitable consecuencia de que no son los hombres quienes sirven a la Iglesia, sino que es la Iglesia la que debe servir a los hombres. 

La Iglesia está formada por hombres y mujeres que se dirigen a los hombres y mujeres de su tiempo. O la Iglesia hace —lo mejor posible— todo esto, o no es. 

Ahora bien, los lefebvrianos confunden la fidelidad al mensaje con la fidelidad a uno de los idiomas que han servido para anunciarlo. 

Y no han elegido el idioma original, el arameo, ni el idioma más antiguo, el griego, sino el idioma que más ha perdurado, el latín. 

Pero al tomar esta decisión lingüística, los lefebvrianos toman una decisión teológica: su Iglesia se preocupa más por su propia coherencia que por su propia eficacia, más por sí misma que por el anuncio y por los destinatarios del mismo. 

Un tiene la sensación de que esa Iglesia de monseñor Lefebvre está convencida de que cuanto más clerical es, más Iglesia es. 

Pero, al final de todo, y entre muchas otras, destaca para mí sobre todo una consideración. 

Los lefebvrianos son obstinados. A menudo han aceptado hablar con los interlocutores del Vaticano, pero para demostrar que son ellos quienes tienen razón. 

El Papa Benedicto XVI creyó que conceder un poco de latín podría poner fin al cisma. El cisma se superó por poco tiempo y solo porque él perdonó. Pero ahora ellos han decidido reincidir y vuelven a estar excomulgados. 

Quiero decir que el Papa Benedicto XVI mostró toda su bondad y, también, un poco, en su ingenuidad. 

Ahora los lefebvrianos, de nuevo, se van. Inevitable tras las mencionadas cuatro ordenaciones episcopales: excomunión «latae sententiae», es decir, automática. 

Ni siquiera el Papa puede hacer nada al respecto. 

Para evitar que se produjera la excomunión, habría tenido que cambiar la ley. Pero la ley no se ha modificado y, por lo tanto, todo sigue su curso, como es justo que sea. 

Por lo tanto, los seguidores de monseñor Lefebvre, los obispos consagrados y los obispos consagrantes están «excomulgados», fuera de la «comunión» eclesial. Se marchan. 

Pero, visto cómo se han comportado, cómo han hecho caso omiso de todas las atenciones que se les han brindado, al final, un entiende que hasta es mejor que se vayan. 

Una vez consumado el cisma —que, por otra parte, de hecho ya lo era desde hacía años (convendría volver a leer lo que el Papa Pablo VI ya decía y escribía a Lefebvre en 1976, incluso en audiencia privada)—, tal vez hasta podrían ser deseables dos movimientos. 

El primero: que todos aquellos que, en el ámbito eclesial, se han esforzado mucho —y no siempre de forma desinteresada— por lograr la reintegración de la Fraternidad San Pío X, incluso de manera instrumental, pudieran reconocer el error y, tal vez, pidan también perdón por haber hecho que se malgastaran energías y credibilidad en un ámbito que era (y es) no solo litúrgico, sino eclesiológico y, en última instancia, también antropológico, porque no es tanto el latín, sino la idea de Iglesia, de cristiano, de hombre y mujer lo que subyace a tales fracturas… 

Un error, por otra parte, que ha generado ciertas iniciativas generosas, pero muy mal entendidas, lo que a su vez ha creado desacuerdos, separaciones y tensiones. 

Porque, hay que admitirlo, estaba claro desde el principio que tal generosidad eclesial, no concedida por igual a todo el espectro católico, no sería bien recibida: frente a la ideología disfrazada de verdad (es decir, alguien que convierte la parcialidad en la absoluta totalidad de la verdad) es casi imposible llegar a un acuerdo. 

El segundo: dejando que los muertos entierren a sus muertos, tal vez sería el momento de poner fin al largo posconcilio, que en sí mismo llegó a su fin el día en que el Papa Benedicto XVI presentó su renuncia, la cual no fue solo un acto personal o de gobierno, sino que también estuvo simbólicamente cargada de valor teológico y eclesial, cuyo alcance quizá aún no haya sido comprendido ni admitido por muchos sectores de la Iglesia católica. 

Porque aquella renuncia supuso también la humilde admisión de una «rendición», declaraba la imposibilidad de un intento «restaurador» moderado, animado por buenas intenciones pero que no se vio coronado por el éxito. 

Un largo trienio de «normalización» ha desgarrado y agotado: la profundidad de la reflexión teológica, que hoy en día a menudo avanza a duras penas, tiene también en ese largo período una de sus raíces. 

Ahora, por favor, es realmente el momento de entrar en el siglo XXI. 

Y el hecho de que el Papa León haya nombrado a la hermana Alessandra Smerilli como Prefecta del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, precisamente mientras en Ecône se organizaba un acto anacrónico, reaccionario (tan evidente es la unión entre ciertos extremismos políticos y el rechazo del Vaticano II) ya es en sí mismo un gesto muy significativo. 

La lección que llega desde Écône es clara. Al menos así lo creo. 

No puede haber, ya no puede haber, una Iglesia católica sin el Concilio Vaticano II, tal y como ha demostrado el profético magisterio del Papa Francisco. 

La experiencia de la Fraternidad San Pío X plantea la responsabilidad de no frenar, no bloquear, no hacer retroceder ni un milímetro el soplo de novedad, de libertad, de confianza en el presente y en el futuro que emana del Concilio Vaticano II. 

Esta verdad hay que afirmarla también, y sobre todo, en nuestras liturgias. 

Una fe que se atrinchera en un museo por miedo a la historia ya no es católica. No es más que un ídolo de sí misma. Un ídolo que tranquiliza las fragilidades existenciales de quienes se escuden tras él, pero que ya no es capaz de hablar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo de la esperanza y de la libertad evangélica. 

Por eso, y para acabar, recuerdo y traigo a colación aquellas palabras del que vino a hacer nuevas todas las cosas (cf. Apocalipsis 21, 5): dejad que los muertos entierren a sus muertos (cf. Mateo 8, 22, Lucas 9, 60). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 19 de junio de 2026

El Evangelio y las multitudes.

El Evangelio y las multitudes

Solemos decir que la historia de la redacción de los Evangelios nos ha permitido comprender que el relato de la Pasión de Jesús fue lo primero que se escribió y que el resto constituye una especie de introducción más o menos extensa, dependiendo del Evangelio que tomemos como referencia.

 

En el relato de la Pasión aparecen algunos personajes, ya sean individuos o grupos, que ante Jesús adoptan una actitud que invita a la reflexión y que sigue teniendo relevancia hoy en día.

 

Uno de estos personajes es, por ejemplo, la multitud.

 

Los Evangelios nos dicen que la multitud acompañó a Jesús en su recorrido humano y de entre esa multitud, indistinta, anónima y amorfa, surgieron figuras singulares de rara belleza: la Verónica, Simón de Cirene, la mujer de Poncio Pilato, José de Arimatea…

 

La multitud intenta, tras el episodio de la multiplicación de los panes y los peces, proclamar rey a Jesús. También es la multitud la que vocifera la libertad de Barrabás y la ejecución de Jesús.

 

Se puede decir que la multitud actúa en el Evangelio como un único personaje.

 

Y, como digo, también acompaña a Jesús en los últimos días de su vida.

 

Al principio, a su llegada a Jerusalén, aclama al Nazareno, venerándolo como Mesías, aunque —como subrayan los textos de los Evangelios— cabalga un asno y no un caballo. Probablemente espera de Jesús la liberación tan anhelada; desea un nuevo líder político.

 

Pero en el transcurso de muy pocos días, la multitud cambia de actitud: incitada por los líderes religiosos, grita que crucifiquen a Jesús.

 

Este sencillo trazo basta —y el Evangelio nos lo hace comprender— para poner en guardia a todo cristiano frente a las multitudes.


El propio Jesús no busca el consenso, no lo utiliza como escudo protector porque, en el fondo, sabe que su mensaje no será comprendido en profundidad.

 

En la multitud se condensan algunas ambigüedades: por un lado, en medio de ella hay quienes buscan sinceramente una Palabra que salve; por otro, hay quienes esperan, desean y quieren un derrocamiento del poder, alguien —quizá un poco mejor que el político actual— que llene los estómagos, alguien que libere a un pueblo de la opresión para que luego, como el pueblo de Israel liberado de la esclavitud, se arrepienta de las cebollas de Egipto.

 

Jesús conoce estas ambigüedades y no busca el consenso de la multitud, ni siquiera cuando esto podría haberle salvado de la muerte; así, nos invita, en todas las épocas, a no confiar en las multitudes.

 

Las grandes cifras no sirven al cristianismo. No está dicho que el cristianismo tenga que ser una religión del consenso, sino una religión que cuestione e inquiete las conciencias para ofrecer una luz en la oscuridad, para ser una instancia críticamente profética en medio de inhumanidad, para ver las injusticias que se cometen, para escuchar el grito del pobre...

 

Lo pienso y lo digo también porque creo el impacto de la fe en el mundo actual no es una cuestión de números ni de ocupación de los espacios de la vida humana sean estadios o sean plazas.

 

Dicho lo anterior, también voy entendiendo que hay formas diversas de pertenecer a la Iglesia. No solo la del "adulto" y "comprometido" en la fe - valga la expresión -, es decir, la del discípulo. No, no me gustan los sueños de un "elitismo" de la fe.

 

Y no me gustan porque entiendo que el destello de un encuentro fugaz con el Papa, con su palabra y con sus gestos, puede decir mucho más de lo que es capaz de hacer la fe institucional, la de aquellos que se sienten cercanos al Maestro o de su círculo más íntimo.

 

Por eso, también entiendo que sin estos encuentros momentáneos - como los que han ocurrido en España durante la visita papal del 6 al 12 de junio -, incluso efímeros, de la multitud con el Papa León XIV no hay Evangelio.

 

A Dios gracias el Evangelio de Jesús también dice que no hace falta ser ni actuar como nosotros - los que pertenecemos a las instituciones y estamos institucionalizados - para acercarse a una palabra en la que reconocer una propuesta a nuestra hambre o sed de vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 17 de junio de 2026

La “Rerum novarum” de nuestro tiempo.

La “Rerum novarum” de nuestro tiempo

Una encíclica, y ¿por qué ahora?

 

Una encíclica es una carta circular, la forma más solemne del magisterio ordinario de un Papa y —desde el Papa Juan XXIII en adelante— dirigida no solo a los católicos, sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Cuando el tema es la vida social, económica y política, se habla de encíclica «social»: un género que nace en 1891 con la Rerum novarum, con la que el Papa León XIII abordó la cuestión obrera.

 

El Papa León XIV ha firmado la suya el 15 de mayo de 2026, en el 135.º aniversario de aquel texto y en el mismo día: el nombre y la fecha conforman una declaración de legado. No es un tratado sobre tecnología, sino la Rerum novarum de nuestro tiempo.

 

Por eso el porqué del «ahora».

 

El Papa escribe en un mundo que ha dejado de creer en la paz como horizonte: una «guerra mundial a pedazos» librada también en el terreno económico e informático, una carrera de rearme que rehabilita la fuerza como instrumento habitual, un multilateralismo vaciado de autoridad.

 

En el fondo, una transformación comparable a la industrial, pero incomparablemente más rápida, en la que la IA ya no es una herramienta, sino que se ha convertido en un entorno: moldea las decisiones, da forma al imaginario e incluso cambia la gramática de los conflictos.


La pregunta que recorre toda la encíclica es una sola: ¿qué estamos dejando crecer?

 

La metáfora es acertada, porque la IA está «más cultivada que construida» —ha crecido sobre una arquitectura cuyo funcionamiento interno ni siquiera quienes la entrenan conocen realmente—.

 

Pero lo que crece, y lo que el Papa señala como el verdadero peligro, es una sensación generalizada de deshumanización: desde la Realpolitik que hace pasar el cinismo por sabiduría, pasando por la reducción de las personas a datos y perfiles, hasta la idea de que la eficiencia es la medida última del valor.

 

La IA es la ocasión y la lente; el objeto es la protección de la persona humana. Muchos la han presentado como «la encíclica contra la IA»: no lo es.


Todo el documento se sustenta en dos imágenes bíblicas contrapuestas.

 

Por un lado, Babel (Génesis 11): la ciudad y la torre «cuya cima alcance el cielo», una única lengua, una única tecnología, una única dirección, erigida para «hacerse un nombre» sin Dios. Babel no fracasa por debilidad, sino por exceso: la homologación que confunde la uniformidad con la unidad y que dispersa precisamente mientras pretende unir.

 

Por otro lado, Nehemías (Nehemías 2-6): las murallas de Jerusalén reconstruidas tras el exilio, no por un decreto de arriba. Nehemías primero reza y guarda silencio, luego camina en silencio entre las ruinas y, por último, confía a cada familia un tramo de muralla: la ciudad renace gracias a la responsabilidad compartida, reconstruyendo los lazos antes que las piedras.

 

La primera elección, pues, no es un «sí o no» a la tecnología —una pregunta mal planteada—, sino «Babel o Jerusalén»: un poder que pretende dominar el cielo, o bien un pueblo que, en presencia de Dios, levanta pieza a pieza los muros de la convivencia.

 

Y esta cuestión es decisiva porque desplaza el juicio del instrumento a la intención que lo anima. La pluralidad de lenguas ya no es solo la maldición de Babel: puede convertirse en la comunión de Jerusalén, donde la diversidad es un recurso y no un desorden.

 

Y San Agustín cierra el círculo: dos amores han creado dos ciudades, el amor propio hasta el desprecio de Dios y el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo.


Uno de los puntos más agudos del diagnóstico se refiere a la naturaleza del poder tecnológico.

 

Antes eran sobre todo los Estados los que orientaban la innovación; hoy en día, los motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Son ellos quienes controlan las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo, y quienes establecen las condiciones de acceso y las propias posibilidades de participación.

 

El poder adquiere así un rostro inédito, predominantemente «privado», y por ello más difícil de discernir y orientar hacia el bien común: cuando se concentra en pocas manos, tiende a volverse opaco, generando nuevas dependencias, exclusiones y manipulaciones.

 

La encíclica sitúa esta concentración dentro del paradigma tecnocrático de Laudato si’: la lógica de la eficiencia, el control y el beneficio, dejada a su libre albedrío, que reduce la creación a mera explotación y a las personas a engranajes que deben rendir al máximo.

 

Por eso la conclusión formulada sin ambigüedades: la IA no es moralmente neutra. 

 

Todo artefacto técnico conlleva elecciones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza, la forma en que clasifica a las personas y las situaciones.

 

Tampoco la propiedad de los datos, fruto de la contribución de muchos, puede dejarse en manos del sector privado: debe regularse como bien común, con verificación independiente, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo e instrumentos de recurso. No se puede permitir que unos pocos dirijan por sí solos procesos que afectan a la vida de todos.


El núcleo antropológico se encuentra en el tercer capítulo, y aquí el texto se juega su credibilidad ante un lector informado.

 

Lo hace con dos afirmaciones que destacan por su sobriedad: que cualquier cosa que se diga sobre la IA corre el riesgo de quedar obsoleta rápidamente, y que sabemos (incluso los que diseñan la IA) poco sobre su funcionamiento real.

 

Sobre esta humildad epistémica —poco común en un campo que oscila entre el apocalipsis y la publicidad— el documento traza la línea divisoria.

 

Estos sistemas imitan algunas funciones de la inteligencia humana, a menudo superándola en velocidad y alcance, pero su potencia sigue ligada al tratamiento de datos: no viven una experiencia, no tienen cuerpo, no maduran en la relación, no poseen conciencia moral. Pueden simular empatía, pero —y esta es la frase decisiva— no comprenden lo que producen.

 

El peligro no es metafísico. No se trata de que alguien confunda la máquina con una persona, sino de «que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro». La imitación del cuidado, cuando se insinúa en un contexto ya pobre en afectos reales, no construye un vínculo, sino una apariencia del mismo, y atrofia la búsqueda del verdadero.

 

Es una observación aguda, porque desplaza la alarma de la sustitución técnica a la erosión del deseo. Y se vincula a una rehabilitación del límite: la incapacidad, la enfermedad, la vejez y la vulnerabilidad no son defectos que haya que corregir, sino el lugar en el que el ser humano madura y se abre a la relación.


Aquí es donde se sitúa lo que más asusta al Papa León XIV, más que la propia IA: el transhumanismo y el poshumanismo, el trasfondo ideológico que habita en algunos centros del poder tecnológico y coloniza el imaginario.

 

El transhumanismo imagina un potenciamiento ilimitado del ser humano; el poshumanismo, en sus versiones más radicales, plantea una hibridación entre el hombre, la máquina y el entorno hasta alcanzar una nueva etapa en la que la humanidad se supera a sí misma y a su propio cuerpo.

 

El punto crítico no es el uso de la tecnología, sino la visión que subyace a ella: si el ser humano es materia prima que hay que perfeccionar o superar, resulta más fácil considerar a algunos menos útiles, menos dignos, hasta el punto de imaginar «sacrificios necesarios» y seres humanos «de segunda clase», al servicio de unas élites que se perciben a sí mismas como superiores.

 

Este es el verdadero reto de la deshumanización: no una máquina que se rebela, sino una idea del hombre que se rinde al sueño de superarse a sí mismo y deja de reconocer la dignidad de quienes se quedan o al margen o atrás.



Una fuerza del documento radica en el rechazo de la ética genérica: «no basta con invocar la ética de forma genérica», se necesitan marcos jurídicos, supervisión independiente, educación y una política que no renuncie a sus responsabilidades.

 

Y es al adentrarse en todos los ámbitos en los que el mundo ha cambiado donde el texto da lo mejor de sí mismo.

 

Sobre la verdad, ante todo. La desinformación no surge con la IA, pero encuentra en ella «un potente multiplicador»: manipular contenidos, imágenes y vídeos difumina la frontera entre lo verdadero y lo falso.

 

La cuestión no es solo técnica, sino democrática: la verdad de los hechos exige verificación y responsabilidad argumentativa, pero también se sustenta en vínculos de confianza, y una democracia que pierde interés por lo que es verdadero se desliza —se cita a Hannah Arendt— hacia el totalitarismo, cuyos súbditos ideales son aquellos para quienes ya no existe la distinción entre realidad y ficción.

 

La respuesta es una «ecología de la comunicación»: transparencia sobre los criterios con los que se seleccionan y difunden los contenidos, protección de datos, periodismo serio, espacios en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata.

 

Y todo ello con una autocrítica que no es obvia: también las comunidades cristianas deben buscar lealmente los hechos, y el Papa agradece a los periodistas que han sacado a la luz los abusos y las injusticias en la Iglesia.


De aquí a la educación hay un paso muy corto. La encíclica señala tres retos.

 

El primero es sociopolítico: persisten fuertes desigualdades en el acceso a la educación, y cuando se confía demasiado al sector privado, la escuela acaba dependiendo de las posibilidades económicas de las familias.

 

El segundo es pedagógico: los programas diseñados para otra época pronto resultan inadecuados, y es necesario formar continuamente a los docentes para que ayuden a los alumnos a utilizar las tecnologías de forma crítica, no a sufrirlas.

 

El tercero es de carácter sapiencial: el riesgo de un sistema sin amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituye a la investigación y al discernimiento, debilitando el pensamiento crítico.

 

De ahí la invitación más contracorriente —«educarnos para ayunar de la IA»— y el llamamiento, citando a Platón, a redescubrir que las cosas más profundas solo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo.

 

Hay, además, una atención explícita a los menores: la exposición precoz y sin mediación a dispositivos y redes sociales afecta al sueño, la atención y las relaciones, y los expone a la captación, el ciberacoso y la explotación sexual, que se vuelven más insidiosos debido a las herramientas capaces de manipular imágenes, e impone límites de edad y responsabilidad a los proveedores, sin descargar la carga sobre las familias.


En cuanto al trabajo —que para el Papa no es solo una fuente de ingresos, sino un lugar donde se forja la identidad—, la encíclica es tajante, se apoya en Antiqua et nova y en Laborem exercens y da la vuelta al discurso dominante: las «nuevas formas» de trabajar no son necesariamente mejores.

 

Si bien la IA promete liberar al ser humano de las tareas rutinarias, a menudo ocurre lo contrario: los trabajadores se ven obligados a adaptarse al ritmo de las máquinas, lo que conlleva la descalificación profesional, la vigilancia automatizada y la reducción a funciones repetitivas.

 

De ahí se derivan criterios precisos: toda automatización debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo, recualificación y participación; las decisiones algorítmicas sobre crédito, trabajo y servicios deben ser comprensibles, impugnables y controlables, «para que la persona no quede reducida a un perfil».

 

El texto llega a pedir que se supere el PIB como único indicador del desarrollo, a defender la función social del crédito frente a las «finanzas por las finanzas», y a considerar el desempleo masivo como una calamidad social que interpela al Estado. No es una encíclica tímida en el ámbito económico.

 

Hay, además, una dimensión que la retórica de lo inmaterial tiende a omitir: el impacto medioambiental.

 

Nada, en el mundo de la IA, es realmente inmaterial. Los sistemas actuales requieren grandes cantidades de energía y agua, influyen en las emisiones de dióxido de carbono y consumen recursos de forma intensiva; y, a medida que aumenta la complejidad, crecen las necesidades de cálculo y almacenamiento, que se basan en máquinas, cables, centros de datos e infraestructuras que consumen mucha energía. La «nube» tiene un peso físico medible, y cuidar de la Casa Común exige soluciones más sostenibles en lugar de fingir que el cálculo no cuesta nada.

 

Esta materialidad nos lleva a un paso realmente complejo, por no decir, difícil: las «nuevas formas de esclavitud».

 

Gran parte de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de personas en actividades poco visibles pero esenciales —etiquetado de datos, moderación de contenidos atroces, entrenamiento de modelos—, realizadas en su mayor parte por jóvenes y mujeres, a cambio de remuneraciones mínimas.

 

A este esfuerzo se suma la extracción: en algunas regiones, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas para la obtención de tierras raras, «cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de la computación no se interrumpa».

 

Y un colonialismo con un rostro inédito, que ya no domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos —las verdaderas «tierras raras» del poder—: quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras tiene una ventaja estructural sobre el futuro.


Aquí se encuentra uno de los gestos más sorprendentes del texto: tras reconocer el retraso con el que la Iglesia condenó la esclavitud —incluidas las bulas del siglo XV que la regularon—, el Papa León XIV pide «sinceramente perdón» y lo convierte en una advertencia para el presente, a lo largo de las cadenas de suministro invisibles del mundo digital.

 

De ahí la exigencia de transparencia en las cadenas de suministro y de una verificación ética preventiva por parte de las empresas y los inversores.

 

Hasta aquí el diagnóstico: un poder que se desplaza hacia el sector privado, una máquina que imita sin comprender, una idea del ser humano que corre el riesgo de rendirse.

 

Pero un diagnóstico aún no es un programa. Bajo cada terreno subyace una única pregunta: cuando una decisión que excluye o selecciona se confía a una máquina, ¿quién responde de ella?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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