Dejad que los muertos entierren a sus muertos
Ya que me pides que lo haga, me pongo a escribir sobre ello, es decir, sobre la consagración de los cuatro nuevos obispos seguidores de monseñor Marcel Lefebvre.
Lo digo ya desde el comienzo. Sabemos bien que el cristianismo, desde sus inicios, ha sufrido divisiones y enfrentamientos, tal y como atestiguan los escritos del Nuevo Testamento, y sabemos que deberíamos hablar de «cristianismos» en plural y no de un único «cristianismo».
Una consagración según hemos sabido sin el consentimiento del Papa. Con lo que, por lo tanto, quedan automáticamente excomulgados, expulsados de la Iglesia católica.
Me parece que todo ha resultado según el guion previsto.
A pesar de la carta que el Papa León XIV había dirigido, en los últimos días, a la comunidad de los «lefebvrianos», estos decidieron seguir adelante con las nuevas ordenaciones episcopales.
La ceremonia fue presidida por monseñor
Alfonso de Galarreta, obispo consagrante principal, asistido por monseñor
Bernard Fellay, co-consagrante. Los nuevos obispos son: don Pascal Schreiber
(Suiza), don Michael Goldade (Estados Unidos), don Michel Poinsinet de Sivry
(Francia) y don Marc Hanappier (Francia).
Resulta interesante la historia de los dos obispos consagrantes.
El obispo consagrante principal fue ordenado por el propio fundador, monseñor Lefebvre, sin el consentimiento del Papa y, por lo tanto, excomulgado. Obtuvo la «remisión» de la excomunión por parte del Papa Benedicto XVI en 2009. Ahora volverá a ser excomulgado. Lo mismo le ha ocurrido al otro obispo concelebrante.
Así pues, ambos han sido obispos sin mandato pontificio, excomulgados, readmitidos y excomulgados de nuevo.
La opinión pública cree que todo se debe a que los seguidores de monseñor Lefebvre quieren la Misa en latín, la Iglesia no se lo permite y, por eso, se rebelan.
Vale la pena recordar una verdad obvia: no es así y, sobre todo, no es tan sencillo.
La Misa en latín no está prohibida y la Iglesia la permite.
Los lefebvrianos rechazan la nueva Liturgia… porque lo rechazan todo. Y, sobre todo, rechazan la idea de aquella Iglesia que fue reafirmada por el Concilio Vaticano II.
En ese Concilio, la Iglesia se esforzó por volver a las raíces, a la Palabra de Dios, por replantearse a sí misma y por cambiar en función de ese retorno y de esa reflexión.
Y hacía todo esto para volver a dirigirse, de manera convincente, a los hombres y mujeres de hoy, y poder transmitirles la «Buena Nueva», el Evangelio.
En otras palabras: la Iglesia no se comunica a sí misma, sino que comunica una Palabra de la que es testigo. Está doblemente al servicio: de esa Palabra y de los destinatarios de esa Palabra. Sin olvidar que ella misma es destinataria de esa Palabra, siempre puesta en tela de juicio, también porque tiene el encargo de anunciarla.
Todo esto son cosas conocidas.
Y vale la pena recordar otra cosa conocida, en relación con el latín y todo lo que lo rodea.
Al principio no estaba el latín, sino el griego. Todo el Nuevo Testamento —los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo, todos los demás textos hasta el Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento— fue escrito no en latín, ni una sola palabra en latín, sino en griego.
¿Por qué en griego?
El griego del Nuevo Testamento se denomina «koiné», «común», una lengua común que se hablaba en toda la cuenca del Mediterráneo: era el ‘inglés’ de la época. Jesús, por su parte, no hablaba griego, sino arameo. De la lengua de Jesús no nos ha quedado nada (salvo alguna que otra palabra preciosa, dispersa aquí y allá).
Por lo tanto: el mensaje de Jesús, para ser verdaderamente de todos, se transmite en una lengua distinta de aquella en la que fue anunciado.
Después del griego llegó el latín, por la misma razón, y luego las lenguas modernas, y siempre por esa misma razón. La fidelidad al único mensaje ha quedado garantizada por la infidelidad lingüística con la que fue anunciado.
Esta infidelidad lingüística es el signo inequívoco de una verdad fundacional del cristianismo: todo es «para vosotros» —el nacimiento, la muerte, la Resurrección de Jesús, la Iglesia y sus sacramentos… todo—, repiten continuamente los textos del Nuevo Testamento, todo es «para vosotros».
De ahí se deriva la inevitable consecuencia de que no son los hombres quienes sirven a la Iglesia, sino que es la Iglesia la que debe servir a los hombres.
La Iglesia está formada por hombres y mujeres que se dirigen a los hombres y mujeres de su tiempo. O la Iglesia hace —lo mejor posible— todo esto, o no es.
Ahora bien, los lefebvrianos confunden la fidelidad al mensaje con la fidelidad a uno de los idiomas que han servido para anunciarlo.
Y no han elegido el idioma original, el arameo, ni el idioma más antiguo, el griego, sino el idioma que más ha perdurado, el latín.
Pero al tomar esta decisión lingüística, los lefebvrianos toman una decisión teológica: su Iglesia se preocupa más por su propia coherencia que por su propia eficacia, más por sí misma que por el anuncio y por los destinatarios del mismo.
Un tiene la sensación de que esa Iglesia de monseñor Lefebvre está convencida de que cuanto más clerical es, más Iglesia es.
Pero, al final de todo, y entre muchas otras, destaca para mí sobre todo una consideración.
Los lefebvrianos son obstinados. A menudo han aceptado hablar con los interlocutores del Vaticano, pero para demostrar que son ellos quienes tienen razón.
El Papa Benedicto XVI creyó que conceder un poco de latín podría poner fin al cisma. El cisma se superó por poco tiempo y solo porque él perdonó. Pero ahora ellos han decidido reincidir y vuelven a estar excomulgados.
Quiero decir que el Papa Benedicto XVI mostró toda su bondad y, también, un poco, en su ingenuidad.
Ahora los lefebvrianos, de nuevo, se van. Inevitable tras las mencionadas cuatro ordenaciones episcopales: excomunión «latae sententiae», es decir, automática.
Ni siquiera el Papa puede hacer nada al respecto.
Para evitar que se produjera la excomunión, habría tenido que cambiar la ley. Pero la ley no se ha modificado y, por lo tanto, todo sigue su curso, como es justo que sea.
Por lo tanto, los seguidores de monseñor Lefebvre, los obispos consagrados y los obispos consagrantes están «excomulgados», fuera de la «comunión» eclesial. Se marchan.
Pero, visto cómo se han comportado, cómo han hecho caso omiso de todas las atenciones que se les han brindado, al final, un entiende que hasta es mejor que se vayan.
Una vez consumado el cisma —que, por otra parte, de hecho ya lo era desde hacía años (convendría volver a leer lo que el Papa Pablo VI ya decía y escribía a Lefebvre en 1976, incluso en audiencia privada)—, tal vez hasta podrían ser deseables dos movimientos.
El primero: que todos aquellos que, en el ámbito eclesial, se han esforzado mucho —y no siempre de forma desinteresada— por lograr la reintegración de la Fraternidad San Pío X, incluso de manera instrumental, pudieran reconocer el error y, tal vez, pidan también perdón por haber hecho que se malgastaran energías y credibilidad en un ámbito que era (y es) no solo litúrgico, sino eclesiológico y, en última instancia, también antropológico, porque no es tanto el latín, sino la idea de Iglesia, de cristiano, de hombre y mujer lo que subyace a tales fracturas…
Un error, por otra parte, que ha generado ciertas iniciativas generosas, pero muy mal entendidas, lo que a su vez ha creado desacuerdos, separaciones y tensiones.
Porque, hay que admitirlo, estaba claro desde el principio que tal generosidad eclesial, no concedida por igual a todo el espectro católico, no sería bien recibida: frente a la ideología disfrazada de verdad (es decir, alguien que convierte la parcialidad en la absoluta totalidad de la verdad) es casi imposible llegar a un acuerdo.
El segundo: dejando que los muertos entierren a sus muertos, tal vez sería el momento de poner fin al largo posconcilio, que en sí mismo llegó a su fin el día en que el Papa Benedicto XVI presentó su renuncia, la cual no fue solo un acto personal o de gobierno, sino que también estuvo simbólicamente cargada de valor teológico y eclesial, cuyo alcance quizá aún no haya sido comprendido ni admitido por muchos sectores de la Iglesia católica.
Porque aquella renuncia supuso también la humilde admisión de una «rendición», declaraba la imposibilidad de un intento «restaurador» moderado, animado por buenas intenciones pero que no se vio coronado por el éxito.
Un largo trienio de «normalización» ha desgarrado y agotado: la profundidad de la reflexión teológica, que hoy en día a menudo avanza a duras penas, tiene también en ese largo período una de sus raíces.
Ahora, por favor, es realmente el momento de entrar en el siglo XXI.
Y el hecho de que el Papa León haya nombrado a la hermana Alessandra Smerilli como Prefecta del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, precisamente mientras en Ecône se organizaba un acto anacrónico, reaccionario (tan evidente es la unión entre ciertos extremismos políticos y el rechazo del Vaticano II) ya es en sí mismo un gesto muy significativo.
La lección que llega desde Écône es
clara. Al menos así lo creo.
No puede haber, ya no puede haber, una
Iglesia católica sin el Concilio Vaticano II, tal y como ha demostrado el
profético magisterio del Papa Francisco.
La experiencia de la Fraternidad San Pío
X plantea la responsabilidad de no frenar, no bloquear, no hacer retroceder ni
un milímetro el soplo de novedad, de libertad, de confianza en el presente y en
el futuro que emana del Concilio Vaticano II.
Esta verdad hay que afirmarla también, y
sobre todo, en nuestras liturgias.
Una fe que se atrinchera en un museo por
miedo a la historia ya no es católica. No es más que un ídolo de sí misma. Un
ídolo que tranquiliza las fragilidades existenciales de quienes se escuden tras
él, pero que ya no es capaz de hablar a las mujeres y a los hombres de nuestro
tiempo de la esperanza y de la libertad evangélica.
Por eso, y para acabar, recuerdo y traigo a colación aquellas palabras del que vino a hacer nuevas todas las cosas (cf. Apocalipsis 21, 5): dejad que los muertos entierren a sus muertos (cf. Mateo 8, 22, Lucas 9, 60).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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