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viernes, 28 de noviembre de 2025

Un Año de los Bautizados - una propuesta al Papa León XIV -.

Un Año de los Bautizados - una propuesta al Papa León XIV - 

Hubo un tiempo en la Iglesia en el que se utilizaba este principio: «lo que concierne a todos debe ser tratado y aprobado por todos». 

Y hoy sigue siendo importante debatir los temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero en foros que garanticen la libertad de expresión, sin jerarquías, sentados todos alrededor de una mesa, sin cátedras. Sería muy útil, también para favorecer el crecimiento de una opinión pública en la Iglesia. 

Según un Doctor de la Iglesia, San John Henry Newman, los laicos no son extraños a los que hay que mantener al margen, ni siquiera en las cuestiones relativas a la fe desde que la fe del Concilio de Nicea fue salvada por la fe popular. Para poder participar en las cuestiones relativas a la fe, los laicos no deben convertirse en teólogos, sino dejarse guiar por su instinto de cristianos bautizados. 

Obviamente, señala el mencionado Doctor, también el instinto laical está expuesto a riesgos de errores y desviaciones. La conciencia del fiel laico, por lo tanto, no debe entenderse como autorreferencialidad individual, sino siempre en relación con el ‘sensus fidei’ del Pueblo de Dios. La fe no es un sistema cerrado, sino que es necesario comprender qué relación existe entre la verdad y su formulación. 

Jean Guitton escribía sobre San John Henry Newman: «No era la estabilidad de la Iglesia lo que le había impresionado, sino su evolución, aunque fuera en un mismo eje: su identidad, sí, pero viva, sus desarrollos». 

Si es cierto que la definición de la fe se confía al Magisterio, el desarrollo de la fe se confía a todos los fieles bautizados. 

¿Cómo «justificar la fe del hombre inculto»? ¿Qué papel puede desempeñar la piedad popular? ¿Son las devociones un factor de corrupción para la fe? 

La Iglesia ha entendido que la idea de desarrollo en el Doctor San John Henry Newman es decisiva, fundamental. 

La verdad revelada en el tiempo adopta formas históricamente visibles y perceptibles. El desarrollo no solo no representa la pérdida total o parcial de la verdad encarnada, sino que es la única manera de custodiarla renovándola. 

La fe, por lo tanto, no es una noción encerrada en una vitrina sellada de una vez por todas que solo el clero pueda abrir, sino que, gracias al cuerpo vivo de los fieles, se hace cada vez más explícita. 

Dicho esto, la distinción entre laicos y clero no solo no desaparece, sino que se valoriza de otra manera. 

Porque no son los laicos los que tienen la tarea de definir cada cuestión que se debate, sino el carisma de la autoridad que, en última instancia, puede decidir. Y el laicado no está formado solo por los laicos más preparados intelectualmente, que forman una especie de clase que monopoliza los foros y debates eclesiales. 

Pero ¿cómo pueden convivir jerarquía y comunión? ¿Por qué la diversidad de ministerios y carismas debe representarse jerárquicamente y no en una red horizontal? 

La comunión entre lo alto y lo bajo puede ser una ficción engañosa. 

Es cierto que los laicos, en cuanto laicos, no gobiernan la Iglesia, pero en algunas funciones no específicas del ministerio ordenado, ¿por qué no experimentar la posibilidad del criterio, del sentir, de la palabra, …, de la decisión… de la elección… de los fieles laicos? 

Lamentablemente, hay que decir que, en los casi dos siglos que nos separan de ellas, las valiosas advertencias de San John Henry Newman han sido poco utilizadas. 

Tantas veces no parece posible salir de una concepción clerical, jerárquica y piramidal de la Iglesia católica en favor de una comunión que no elimina los carismas y los ministerios, sino que los coloca precisamente en horizontal y en red. 

Las dificultades para tomar la palabra dentro de la Iglesia surgen sobre todo de aquí. 

La práctica sinodal propuesta en estos años pasados por el Papa Francisco es la mejor manera de recuperar la eclesiología de comunión propuesta por el Concilio Vaticano II y superar así la dicotomía clero-laicos desde el momento en que todos debaten alrededor de una mesa en pie de igualdad porque están unidos por el bautismo. 

Desde los tiempos apostólicos, siempre ha existido un desarrollo de la doctrina cristiana. La Iglesia y los cristianos, en lo que respecta a las exigencias del Evangelio, siempre están lejos de alcanzar la auténtica plenitud. 

Y el desarrollo y la reforma son las únicas «marchas» que hay que utilizar para avanzar y no salir del todo de la órbita del anuncio evangélico. Creo que era el Papa San Juan XXIII quien decía aquello de: «No es el Evangelio lo que cambia, somos nosotros los que lo entendemos mejor». 

Pero ¿se puede imaginar un desarrollo sin variaciones? 

La idea de que para tener autoridad hay que repetir siempre y solo el pasado no es aceptable. La fe, dada de una vez por todas en el momento inicial, solo después se define y se precisa en proposiciones codificadas. 

La fe estimula la reflexión conceptual, es decir, la teología, que, sin embargo, solo debe mantenerse si ayuda a custodiar la fe; de lo contrario, ¡debe abandonarse! 

El desarrollo no debe entenderse como el desarrollo biológico y, por lo tanto, como una sucesión de fases preestablecidas, pero tampoco se puede determinar hasta qué punto será posible el desarrollo de la doctrina. 

La Tradición nunca ha sido estática, como demuestra la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La antigüedad presenta una serie evidente de novedades, ¿por qué deberían concluir estas con los Concilios de los primeros siglos? 

A veces se trata de formas imprevisibles, pero que pueden remontarse ex post a la fe inicial. Novedades que no se percibían como rupturas con la Tradición porque el desarrollo se produce según una economía que relaciona la realidad divina, suprahistórica, con la humana, histórica. 

La historia de la salvación no es, como querrían los ideólogos de la Tradición, un río lineal, llano, armonioso, sino una historia a veces discontinua e imprevisible. La fe no es una doctrina, pero de la fe nace y se desarrolla una doctrina. De hecho, se habla de doctrina de la fe, no de fe en la doctrina. 

Una idea solo sigue siendo válida si se realiza dinámicamente, es decir, si expresa aspectos que antes no habían sido percibidos o captados por el discernimiento. Siempre hay que prestar atención al desarrollo: de la fe vivida a la doctrina, no solo durante los primeros siglos, sino a lo largo de toda la historia de la Iglesia. 

La doctrina, gracias a la reflexión teológica, traduce en la medida de lo posible el misterio de la fe, pero la razón siempre se queda al otro lado del objeto, porque, en definitiva, el objeto de la fe es un Sujeto irreducible. Por lo tanto, la identidad cristiana nunca puede ser estática, un fósil muerto, sino en continuo crecimiento, como un organismo vivo. 

La fe es una realidad vivida, antes que conocida, no simplemente una aceptación intelectual de una noción. La experiencia de los fieles, incluso de los más analfabetos, puede anticipar con su testimonio los argumentos teológicos posteriores. 

Los pasos esenciales a tener en cuenta son, por tanto: la experiencia de la fe vivida, las hipótesis teológicas, el Magisterio como confirmación, rechazo o pronunciamiento sobre estas. Ninguna traducción doctrinal es nunca total, sino una anticipación de otras precisiones y posibles definiciones. 

Así las cosas, estimado Papa León XIV, desde la Nicea que Usted visita estos días le hago una propuesta: ¿Se podría proponer un «Año de los bautizados»?  ¿Se podría plantear un tiempo de meditación de toda la Iglesia sobre la vocación propia de los bautizados - no solo los laicos sino también el clero porque todos juntos somos bautizados -? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de febrero de 2025

Redescubriendo el laicado.

Redescubriendo el laicado 

Durante muchos siglos en la Iglesia Católica esa porción del Pueblo de Dios llamada laicos fue definida de manera exclusivamente negativa

De hecho, los laicos no pertenecen a órdenes sagradas ni a comunidades de vida consagrada y, por tanto, el hecho de no ser ni ministros ordenados ni religiosos identifica desde hace tiempo a buena parte de los fieles cristiano-católicos. 

El Concilio Vaticano II fue más allá de esta definición negativa al registrar que los laicos, mediante el sacramento del bautismo, participan del oficio sacerdotal, real y profético de Cristo y, por tanto, son protagonistas de pleno derecho de la misión de la Iglesia a través de una característica singular reportada en el número 31 de Lumen Gentium: "A los laicos les corresponde por vocación buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios". 

La inmersión en el mundo que exige la naturaleza secular de los laicos hace que éstos consagren todo a Dios desde dentro, como la levadura. Como surge del Concilio Vaticano II, la identidad de los laicos está estrechamente vinculada a su misión, destinada a generar frutos en la familia, en el trabajo, en la vida social, política, económica, educativa y cultural: «los laicos, como adoradores en todo lugar que actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (Lumen Gentium, 34). 

El llamado a cumplir deberes terrenales con la guía del espíritu evangélico hace de los laicos ciudadanos de la tierra y del cielo. Fieles a ambas ciudadanías, no pueden ignorar las realidades temporales, pero tampoco pueden disociar el cielo de la tierra

El carácter secular, pues, empuja a los laicos a moverse con discernimiento y responsabilidad en el mundo para encontrar soluciones a los problemas de la sociedad y del hombre. Soluciones que los pastores no pueden aportar. En este esfuerzo el Concilio Vaticano II legitima diferentes puntos de vista en el plano social, político, cultural, económico y pedagógico siempre que estén orientados a la búsqueda del bien común y conscientes de la imposibilidad de exigir el favor exclusivo de la Iglesia. 

De esto deducimos que para los laicos todo lo que constituye la realidad temporal tiene un valor que debe ser concretado ante Dios: «en todas partes y en todas las cosas deben buscar la justicia del reino de Dios» (Apostolicam Actuositatem, 7)

Además, el Concilio Vaticano II destaca la importancia tanto del apostolado asociado, muy significativo en cuanto al valor social y cultural del mensaje cristiano, como de la formación permanente que, además de las cuestiones teológicas y espirituales, está invitada a acompañar al creyente en temas como la paternidad, la sociabilidad, las adicciones, la sexualidad, etc. 

El Papa Francisco, hijo de la eclesiología del Concilio Vaticano II, en su enseñanza insiste en que el Pueblo de Dios camina en la historia incluso antes de especificar carismas y llamadas particulares. En Evangelii Gaudium subraya la necesidad de convertirse en una Iglesia en salida, formada por discípulos misioneros capaces de tomar la iniciativa y salir a buscar a los lejanos y excluidos. 

Para ello, es urgente establecer un estado de misión permanente, accesible a todos en términos de lenguaje, estilo, horarios y ausencia –o casi- de organización burocrático-administrativa. En este plan, los laicos con su naturaleza secular son los primeros llamados a anunciar y vivir el mensaje del Evangelio en todas partes. Es una Iglesia extrovertida que ofrece al mundo un estilo de fraternidad. Esto último requiere un compromiso concreto en las ciudades y los barrios. Un compromiso que, impulsado por el valor social y político del amor, forma parte –como recuerda Laudato si’– de la espiritualidad de todo creyente, especialmente si es laico. 

También en un momento en el que la Iglesia se enfrenta a una crisis relacionada tanto con los números -las parroquias y los grupos se vacían, los seminarios y las comunidades religiosas no son tan atractivos como antes, las facultades teológicas conocen un descenso de las inscripciones…- como con la dificultad de anunciar y transmitir la fe en el clima cultural actual, es necesario retomar, rearticular y reactualizar una reflexión sobre el laicado. 

Para ello no podemos ignorar las adquisiciones del Concilio Vaticano II, que no pueden ni deben seguir siendo conocimientos y saberes teóricos, sino más bien una práctica de vida y de historia encaminada a renovar las comunidades creyentes, las parroquias y los grupos eclesiales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 7 de enero de 2025

Una Iglesia más laical: una consecuencia de una Iglesia cada vez más minoritaria e irrelevante.

Una Iglesia más laical: una consecuencia de una Iglesia cada vez más minoritaria e irrelevante

Un amigo laico (a propósito de mi reflexión https://www.religiondigital.org/beste_aldera_joan_zen_jesus/Iglesia-Espana-afrontar-conscientes-convertido-minoria-dia-iglesia-diocesana_7_2723797596.html) me ha preguntado cuáles son las responsabilidades y tareas de los laicos hoy en un momento como este. La cuestión es compleja porque el peso de la historia que tenemos detrás es pesado. Muy pesado.

Hay dos tipos de cristianos. Hay quienes asisten a la liturgia y a la oración y se dedican a la contemplación: les conviene mantenerse alejados de la confusión de las cosas temporales. Estos son los clérigos. De hecho, ‘klêros’ significa “parte elegida” (…). Hay otro tipo de cristianos: los laicos. De hecho, ‘laos’ significa "pueblo". Éstos pueden poseer bienes temporales, casarse, cultivar la tierra, hacer justicia civil, hacer ofrendas y pagar diezmos: y así podrán salvarse, si hacen el bien y evitan los vicios”. 

Ese es el “Decreto de Graciano”, una colección jurídica de la Iglesia medieval. Una perspectiva "dual" que, en la Iglesia, duró mucho tiempo. Todavía en 1906, en la encíclica “Vehementer nos” se escribía: “La Iglesia es por naturaleza una sociedad desigual, es decir, compuesta por dos categorías de personas: los Pastores y el Rebaño [...]. Y estas categorías son tan claramente distintas unas de otras [...] que la multitud no tiene otro deber que dejarse guiar y seguir como un rebaño dócil”. 

El peso innegable de esta historia ha hecho que cada vez que decimos "Iglesia" la mayoría de la gente piense en el Papa, en los obispos, en los sacerdotes, en el párroco… En el pensamiento común se identifica a la Iglesia con el clero. 

¿Y los laicos? Preferimos pensar en ellos como "fieles", no como un súbdito de la Iglesia, sino más bien como el objeto del cuidado del clero: amorosos, ciertamente, pero manteniendo al laico en una perpetua condición infantil. 

Sin embargo, incluso en este sentido, el Concilio Vaticano II representó algo nuevo. Por supuesto, es necesario disipar el cliché según el cual todavía hoy se llama al Vaticano II el "Concilio de los Laicos". Se trata de una sugerencia absolutamente infundada, ya que los textos promulgados no revelan un plan completo y orgánico para los laicos desde una perspectiva doctrinal y pastoral, ni los padres conciliares se fijaron tal objetivo. En todo caso, es inevitable que el uso de las categorías de "Pueblo de Dios" y "comunión" conduzcan a favorecer una visión participativa -en virtud del bautismo- del cuerpo eclesial. Por tanto, no hay duda de que la cuestión de los laicos está en el centro de los desafíos pastorales que enfrentan nuestras comunidades cristianas. 

Su innegable valorización se produjo sobre todo en términos de su participación activa en el ministerio de la Iglesia como catequistas, animadores litúrgicos y operadores en el campo asistencial. El riesgo es que su compromiso dentro de la Iglesia -que en cualquier caso es indispensable y requiere incluso un trabajo de formación aún más preciso- se siga considerando predominantemente en términos de colaboración y sustitución de la acción del sacerdote. Esta perspectiva favorece y perpetúa un nuevo clericalismo y no permite que la comunidad cristiana se construya como una comunidad de bautizados, de cristianos. Yo diría, incluso, de adultos y maduros en la fe. 

Lo veo a menudo paseando por la Diócesis. ¡Cuántos laicos, mujeres y hombres, viven con generosidad su servicio a la comunidad cristiana! Pero qué poco se les valora por lo que realmente son. Sin embargo estoy cada vez más convencido de que el Evangelio será comunicado cuanto más sea narrado por adultos laicos a otros adultos laicos. 

Está claro que el párroco sigue siendo responsable del anuncio del Evangelio en la comunidad, pero es impensable que sea el único o el principal. Necesita adultos, solteros y en parejas, a quienes se ayude a animar a otros adultos. Por tanto, es necesario reforzar la elección de una Iglesia ministerial animada por la confianza en los ministerios laicos. Sólo así podremos pasar de una pastoral de conservación a una pastoral capaz de hablar más allá del perímetro, a menudo bien delimitado, de la comunidad eclesial. 

Es difícil pensar que personas formadas en una cultura eclesial/eclesiástica de marcdo carácter clericalista, para bien o para mal marcada por una lengua iniciática -la «lengua de la tribu»-, sean capaces de llegar a los hombres y mujeres en el corazón de su profanidad. 

Un creyente laico puede hacerlo. Esto hace más urgente la tarea de formar a los laicos llamados a anunciar el Evangelio. Dentro de un “novum” que nacerá lejos de nosotros. Pero que hay que imaginar y preparar.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: 

También por eso me ha llamado tanto la atención que la primera carta pastoral de un Obispo en España, el de San Sebastián para ser más exactos y claros, la haya dedicado y centrado en los sacerdotes… y no en el Pueblo de Dios… que es todo él sacerdotal… y a cuyo servicio está el ministerio ordenado… Cortedad de miras, miopía, vista cansada,..., o una carta interesada por otros motivos...

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...