Un Año de los Bautizados - una propuesta al Papa León XIV -
Hubo un tiempo en la Iglesia en el que se utilizaba este principio: «lo que concierne a todos debe ser tratado y aprobado por todos».
Y hoy sigue siendo importante debatir los temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero en foros que garanticen la libertad de expresión, sin jerarquías, sentados todos alrededor de una mesa, sin cátedras. Sería muy útil, también para favorecer el crecimiento de una opinión pública en la Iglesia.
Según un Doctor de la Iglesia, San John Henry Newman, los laicos no son extraños a los que hay que mantener al margen, ni siquiera en las cuestiones relativas a la fe desde que la fe del Concilio de Nicea fue salvada por la fe popular. Para poder participar en las cuestiones relativas a la fe, los laicos no deben convertirse en teólogos, sino dejarse guiar por su instinto de cristianos bautizados.
Obviamente, señala el mencionado Doctor, también el instinto laical está expuesto a riesgos de errores y desviaciones. La conciencia del fiel laico, por lo tanto, no debe entenderse como autorreferencialidad individual, sino siempre en relación con el ‘sensus fidei’ del Pueblo de Dios. La fe no es un sistema cerrado, sino que es necesario comprender qué relación existe entre la verdad y su formulación.
Jean Guitton escribía sobre San John Henry Newman: «No era la estabilidad de la Iglesia lo que le había impresionado, sino su evolución, aunque fuera en un mismo eje: su identidad, sí, pero viva, sus desarrollos».
Si es cierto que la definición de la fe se confía al Magisterio, el desarrollo de la fe se confía a todos los fieles bautizados.
¿Cómo «justificar la fe del hombre inculto»? ¿Qué papel puede desempeñar la piedad popular? ¿Son las devociones un factor de corrupción para la fe?
La Iglesia ha entendido que la idea de desarrollo en el Doctor San John Henry Newman es decisiva, fundamental.
La verdad revelada en el tiempo adopta formas históricamente visibles y perceptibles. El desarrollo no solo no representa la pérdida total o parcial de la verdad encarnada, sino que es la única manera de custodiarla renovándola.
La fe, por lo tanto, no es una noción encerrada en una vitrina sellada de una vez por todas que solo el clero pueda abrir, sino que, gracias al cuerpo vivo de los fieles, se hace cada vez más explícita.
Dicho esto, la distinción entre laicos y clero no solo no desaparece, sino que se valoriza de otra manera.
Porque no son los laicos los que tienen la tarea de definir cada cuestión que se debate, sino el carisma de la autoridad que, en última instancia, puede decidir. Y el laicado no está formado solo por los laicos más preparados intelectualmente, que forman una especie de clase que monopoliza los foros y debates eclesiales.
Pero ¿cómo pueden convivir jerarquía y comunión? ¿Por qué la diversidad de ministerios y carismas debe representarse jerárquicamente y no en una red horizontal?
La comunión entre lo alto y lo bajo puede ser una ficción engañosa.
Es cierto que los laicos, en cuanto laicos, no gobiernan la Iglesia,
pero en algunas funciones no específicas del ministerio ordenado, ¿por qué no
experimentar la posibilidad del criterio, del sentir, de la palabra, …, de la
decisión… de la elección… de los fieles laicos?
Lamentablemente, hay que decir que, en los casi dos siglos que nos separan de ellas, las valiosas advertencias de San John Henry Newman han sido poco utilizadas.
Tantas veces no parece posible salir de una concepción clerical, jerárquica y piramidal de la Iglesia católica en favor de una comunión que no elimina los carismas y los ministerios, sino que los coloca precisamente en horizontal y en red.
Las dificultades para tomar la palabra dentro de la Iglesia surgen sobre todo de aquí.
La práctica sinodal propuesta en estos años pasados por el Papa Francisco es la mejor manera de recuperar la eclesiología de comunión propuesta por el Concilio Vaticano II y superar así la dicotomía clero-laicos desde el momento en que todos debaten alrededor de una mesa en pie de igualdad porque están unidos por el bautismo.
Desde los tiempos apostólicos, siempre ha existido un desarrollo de la doctrina cristiana. La Iglesia y los cristianos, en lo que respecta a las exigencias del Evangelio, siempre están lejos de alcanzar la auténtica plenitud.
Y el desarrollo y la reforma son las únicas «marchas» que hay que utilizar para avanzar y no salir del todo de la órbita del anuncio evangélico. Creo que era el Papa San Juan XXIII quien decía aquello de: «No es el Evangelio lo que cambia, somos nosotros los que lo entendemos mejor».
Pero ¿se puede imaginar un desarrollo sin variaciones?
La idea de que para tener autoridad hay que repetir siempre y solo el pasado no es aceptable. La fe, dada de una vez por todas en el momento inicial, solo después se define y se precisa en proposiciones codificadas.
La fe estimula la reflexión conceptual, es decir, la teología, que, sin embargo, solo debe mantenerse si ayuda a custodiar la fe; de lo contrario, ¡debe abandonarse!
El desarrollo no debe entenderse como el desarrollo biológico y, por lo tanto, como una sucesión de fases preestablecidas, pero tampoco se puede determinar hasta qué punto será posible el desarrollo de la doctrina.
La Tradición nunca ha sido estática, como demuestra la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La antigüedad presenta una serie evidente de novedades, ¿por qué deberían concluir estas con los Concilios de los primeros siglos?
A veces se trata de formas imprevisibles, pero que pueden remontarse ex post a la fe inicial. Novedades que no se percibían como rupturas con la Tradición porque el desarrollo se produce según una economía que relaciona la realidad divina, suprahistórica, con la humana, histórica.
La historia de la salvación no es, como querrían los ideólogos de la Tradición, un río lineal, llano, armonioso, sino una historia a veces discontinua e imprevisible. La fe no es una doctrina, pero de la fe nace y se desarrolla una doctrina. De hecho, se habla de doctrina de la fe, no de fe en la doctrina.
Una idea solo sigue siendo válida si se realiza dinámicamente, es decir, si expresa aspectos que antes no habían sido percibidos o captados por el discernimiento. Siempre hay que prestar atención al desarrollo: de la fe vivida a la doctrina, no solo durante los primeros siglos, sino a lo largo de toda la historia de la Iglesia.
La doctrina, gracias a la reflexión teológica, traduce en la medida de lo posible el misterio de la fe, pero la razón siempre se queda al otro lado del objeto, porque, en definitiva, el objeto de la fe es un Sujeto irreducible. Por lo tanto, la identidad cristiana nunca puede ser estática, un fósil muerto, sino en continuo crecimiento, como un organismo vivo.
La fe es una realidad vivida, antes que conocida, no simplemente una aceptación intelectual de una noción. La experiencia de los fieles, incluso de los más analfabetos, puede anticipar con su testimonio los argumentos teológicos posteriores.
Los pasos esenciales a tener en cuenta son, por tanto: la experiencia de la fe vivida, las hipótesis teológicas, el Magisterio como confirmación, rechazo o pronunciamiento sobre estas. Ninguna traducción doctrinal es nunca total, sino una anticipación de otras precisiones y posibles definiciones.
Así las cosas, estimado Papa León XIV, desde la Nicea que Usted visita estos días le hago una propuesta: ¿Se podría proponer un «Año de los bautizados»? ¿Se podría plantear un tiempo de meditación de toda la Iglesia sobre la vocación propia de los bautizados - no solo los laicos sino también el clero porque todos juntos somos bautizados -?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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